Oikawa se paseaba de un lado a otro del cuarto, posando sus ojos brillantes en los objetos que descubría a la luz verdosa de la pantalla del ordenador, donde el rostro reflejado de Ken lo vigilaba discretamente.
La segunda ocasión que se le apareció lo había pillado desprevenido en su cuarto y a punto estuvo de caer de la silla del susto. Habían tenido un rápido intercambio de palabras para que él se convenciera de que el incidente en el cementerio no había sido ningún sueño. Después de eso, Oikawa se limitó a observar como hacía sus deberes en silencio hasta que Ken le sugirió que se fuera para que pudiera concentrarse en su trabajo de Historia. Ahora que se había acostumbrado más a la presencia del misterioso individuo trataba de comportarse con indiferencia para compensar la cobardía de la noche anterior, como si el hecho de que un hombre pudiera aparecer y desaparecer a su antojo no le afectara lo más mínimo; de la misma manera, Oikawa había decidido que en lugar de estar impávido como una estatua se pasearía por la habitación para resultar menos amenazador, aunque Ken opinaba que moverse de un lado a otro a su alrededor manoseando sus cosas no era menos inquietante que estar inmóvil.
Oikawa dejó escapar una exclamación al dar con una colección de libros de terror. Cogió un ejemplar y fue pasando rápidamente las páginas para contemplar los dibujos.
-Viene mi madre –anunció Ken al oír unos pasos en la escalera.
Oikawa retrocedió unos pasos hasta quedarse pegado a la pared, camuflándose entre las sombras del cuarto.
La madre de Ken entró cargada con una bandeja con un par de bollos de crema caseros y una taza de té y los dejó encima del escritorio. Cuando volvió al umbral de la puerta se dio la vuelta hacia su hijo.
-Ken, cariño, me preguntaba si te gustaría bajar al comedor a ver la televisión con tu padre y yo -dijo con algo de temblor en la voz.
-No, estoy bien aquí –respondió Ken. Aunque ya no odiaba a sus padres, bajar a ver la televisión con ellos era demasiado para él.
-Está bien, si necesitas algo estamos abajo –sonrió, pensando que podía considerarse afortunada de que Ken no le hubiera respondido con gritos e insultos, y cerró la puerta con suavidad.
Oikawa se despegó de la pared y continuó dando rienda suelta a su curiosidad. Cogió un oso de peluche y lo examinó.
-Mi madre piensa que tengo cinco años –explicó Ken con rapidez-. Siempre están intentando convertirme en una buena persona.
-Es bonito –observó el hombre. A continuación acercó el oso a su rostro e hizo algo que Ken no pudo ver.
Cuando terminó, pulsó el mecanismo de su panza, pero en lugar de bailar y entonar una alegre melodía estalló en insultos y sus ojos se iluminaron en la oscuridad, dándole un aspecto terrorífico.
-¿Así es más acorde con tu estilo? –Inquirió Oikawa en tono socarrón.
-Déjalo como estaba –respondió Ken, demasiado avergonzado para sorprenderse-. Así parece todavía más ridículo que antes.
Se oyó un sonido de succión y el oso volvió a su amoroso estado natural.
-Solo estaba de broma, aguafiestas –pasó un dedo largo y pálido como un hueso por una estantería hasta dar con una de las navajas que estaban apiladas-. ¿Sabes una cosa? Yo no pretendo ser como tu padre y tu madre, no intentaré cambiarte –cogió la navaja y la movió entre sus dedos-. Me gustas tal y como eres.
-¿Por qué estás aquí? –preguntó Ken, mirando el reluciente filo. El mismo la había afilado por si un día tenía que hacer uso de ella, y le ponía nervioso que no la tuviese en sus manos en ese momento.
-Estoy aquí para servirte, Ken –contestó-. Soy, ¿cómo decirlo? Tu ángel de la guarda.
-¿Por qué yo? –Continuó Ken, girando la silla para encararlo. Nunca se hubiera esperado aquella respuesta, pensaba que Oikawa exigiría algún tipo de compensación.
-Tú eres especial, Ken –contestó el hombre-. Te he elegido entre millones.
-Vale, eso puedo aceptarlo porque el resto son unos imbéciles, pero me gustaría saber lo que te motiva exactamente a servirme –respondió Ken, pensando que tenía más pintas de asesino que de otra cosa.
-Puedo darte mi palabra de que mis motivaciones son puras.
Ken se echó a reír, lo que hizo que su atractivo rostro se afease en una mueca casi desagradable.
-¡Es lo más ridículo que he oído en mi vida! Sabía que atraía a las masas, pero nunca hubiera imaginado que también atraía a monstruos como tú –escupió cruelmente entre carcajadas. No había demasiado motivo para la risa, quizás era una respuesta desesperada a la rapidez con que se habían sucedido los acontecimientos-. ¿Estás enamorado de mi? ¿O es que tienes complejo de buen samaritano?
-Simplemente necesito a alguien a quien servir –continuó Oikawa en un tono tan grave que hizo que Ken dejara de reír y frunciera el ceño. Cuando Oikawa volvió a hablar, lo hizo con más lentitud de la habitual, seleccionando cuidadosamente las palabras-. La gente como yo no concibe la vida de otra forma, encontramos dignidad en la subyugación.
-¿Qué quieres decir con "la gente como tú"? –Inquirió Ken, interesado- ¿Qué eres, de dónde vienes?
Oikawa sonrió.
-No puedo decir anda.
-¿Qué no puedes decir nada? No me fio de ti.
-Vaya, cuando te encontré creí que no tendrías miedo a nada.
-¿Y si decidiera que no te necesito?
-Sucedería que yo, fiel servidor, te abandonaría para siempre. Sería trágico, no lo niego, pocas personas hay como tú en este mundo, pero sobreviviría. Pero me pregunto si tú sobrevivirías sin mí.
-¿Por qué dices eso?
-Oh, ¿no te lo he dicho? –Se sorprendió Oikawa-. Si me rechazas, será con todas las consecuencias.
Hizo un rápido movimiento con el dedo y de repente Ken sintió que vomitaría de un momento a otro. Algo estaba removiéndose en su cabeza, algo espeso y caliente. Una súbita tristeza lo afligió, la misma de la que había sido víctima en el cementerio: el recuerdo de su hermano muerto se fue volviendo cada vez más intenso hasta hacerse insoportable.
-¡Basta! –Gritó.
El líquido dejó de removerse con la misma rapidez con que amainó el dolor.
Ken se agarró a la mesa para no caerse y tosió fuertemente. Las lágrimas que resbalaban por sus mejillas eran un detalle chocante en su rostro sonriente. No cabía la menor duda de que aquello no era producto de su imaginación.
-Está claro –susurró Oikawa-. Pobre chico, tan admirado y tan desgraciado al mismo tiempo. Si tan solo pudieras librarte del dolor serías perfecto. Tú fuiste creado para mandar, al igual que yo fui creado para servir. ¿Aceptas, muchacho, esta realidad? –Extendió la mano.
-Has superado mi interrogatorio –respondió Ken jadeando.
Oikawa lo miró extrañado.
No había tal interrogatorio. Lo había dicho en un arrojo de orgullo porque tenía el presentimiento de que quien mandaba en realidad era Oikawa. Y eso no le gustaba, porque, como bien había dicho, él estaba hecho para mandar.
-¿Crees que te estoy utilizando? -Preguntó Oikawa, leyendo sus pensamientos-. ¿Piensas que te estoy chantajeando con el sufrimiento? Culpa a la vida de ello, no a mi –repuso con cierta indignación-. Lo que vengo a traerte es una alternativa a ello.
Por mucho que no le gustase que lo convencieran, Ken tenía que darle la razón a Oikawa. Hasta el momento el hombre no había dado indicios de ocultar motivaciones secretas. Si no había rechazado todavía su oferta era porque tenía el presentimiento de que si se aliaba con el saldría mal parado, presentimiento que surgía debido a sus prejuicios; además de su aspecto de villano de cómic, Oikawa le recordaba demasiado a sus compañeros de clase y a sus padres, haciéndole la pelota para su propio beneficio. La diferencia era que Oikawa parecía un tipo peligroso. Por otro lado, lo que obtenía de esa alianza acabar con el sufrimiento y quién sabe qué más podría proporcionarle.
-Aunque comprendería que rechazaras mi oferta de sentirte intimidado.
Ken no tenía miedo de nada. Solo al sufrimiento.
-La acepto –le dio la mano.
-Me alegro –dijo Oikawa, satisfecho-. A partir de hoy seré tu sombra.
*Los feriantes se habían establecido en un descampado a las afueras de al ciudad. Cuando Kari lo vio desde la lejanía se dibujo una sonrisa de felicidad en su rostro; aquel espectáculo de luces y música era justo lo que necesitaba. Un tiempo atrás hubiera preferido ocupar las tardes sentaad en el alféizar de la ventana, fotografiando el sol de poniente o la ciudad, que parecía complejamente diferente al estar sumida en el hechizo del crepúsculo; se volvía taciturna, oyéndose tan solo risas lejanas o el sueva ir y venir del tranvía, y también melancólica, pero de una melancolía extrañamente hermosa. El día que le comunicaron la rapidez con que se había extendido el tumor dejó de contemplar los atardeceres, pues se sentía abrumada cada vez que lo hacía.
Se criticó a sí misma por juzgar a Yolei, que había tenido una idea espléndida. Entonces se dio cuenta de que la aludida le lanzaba miradas de vez en cuando, sin ocultar una sonrisa de oreja a oreja, y luego las desviaba hacia T.K. La luz se reflejaba en sus lentes dándole un aspecto bastante siniestro. Kari sintió un escalofrío. Todo era demasiado perfecto, y sin lugar a dudas, su amiga planeaba otra de sus excentricidades.
A pesar de ello, logró divertirse sin tener que estar alerta en todo momento. Se adelantaron en el recinto, embriagándose con el olor de las manzanas asadas y el algodón de azúcar recién hecho.
-Odio las manzanas asadas –se quejó Davis, aunque fue el primero en comer cuando T.K pagó cuatro de ellas.
-¿Seguro que no te importa, T.K? –Preguntó Yolei.
-Desde que mis padres se divorciaron recibo paga doble –contestó el rubio con amarga sencillez.
-Que suerte tener unos padres divorciados –saltó Davis con la boca llena.
-No es ninguna suerte que te estén comprando el afecto continuamente –repuso T.K con cierta indignación.
-Bueno, ¿por qué no nos subimos al Disco? –Interrumpió Yolei, que sabía más que nadie lo imprudente que podía ser Davis.
Se colocaron a la cola de la atracción, detrás de unos niños que al parecer habían acabado de llegar a la edad mínima para montar, porque reían extasiados todo el tiempo y callaban dramáticamente cuando sonaba el pitido que señalaba el cambio de pasajeros. Los chicos se permitieron sentir nostalgia de mejores tiempos para, a continuación, sentirse un poco mayores.
-Venir a la feria. Qué ideas más infantiles se te ocurren, Yolei –dijo Davis.
-Si estás deseando montar… -contestó la chica al ver que Davis no podía dejar de darse palmaditas en las piernas -. Además, recuerda no hemos venido aquí solo a disfrutar –susurró en su oído.
Entre los giros interminables del Disco y los bruscos movimientos de un simulador de guerra submarina al que montaron después, estuvieron a punto de expulsar las manzanas asadas de su aparato digestivo, así que se sentaron en un banco a reposar.
-¿Pero qué os pasa? –Se sorprendió Davis cuando volvió con un algodón de azúcar y vio a Yolei siendo abanicada por Kari con un monedero-. ¿No queréis montarse en el Lobotomizador?
-¡Por supuesto que no! –Exclamó Yolei con gravedad-. Pensé que me daría algo cuando ese submarino de giró trescientos-sesenta grados.
-En ningún momento giró tanto –rió Kari.
-Ese asqueroso humo que han puesto me habrá provocado alucinaciones.
-¿Qué os parece si nos montamos en algo más tranquilo como la noria? –Propuso T.K.
-Montad vosotros, yo me quedo aquí a…- calló de repente, porque una idea brillante se le acababa de pasar por la cabeza: la Noria, la atracción más romántica de la feria. Se recompuso al instante y se incorporó de un salto-. Venga, vamos.
-¿Por qué hay tanta cola para montar en esta estúpida atracción? –Preguntó Davis poco después, mientras intentaba colocarle un bigote de algodón de azúcar a YOLEI.
-No será necesario que montes –respondió la chica, defendiéndose con el palo que había sujetado la manzana asada.
-Cuatro entradas, por favor –dijo T.K al vendedor de los tickets.
-En lugar de cuatro, que sean dos –dijo Yolei interponiéndose entre T.K y Kari con la velocidad de un ninja-. Davis y yo no vamos amontar al final –explicó seguidamente.
-¿Qué? ¡Con toda la cola que he hecho? –Se quejó el chico.
Yolei lo mandó a callar pinchándole en el costado con el palo y se lo llevó de la cola prácticamente arrastrándolo.
T.K y Kari se les quedaron mirándolos, todavía tratando de digerir la situación, hasta que el revisor les ordenó que se metieran en la cabina. Cerró la puerta y encendió las luces, pues ya había oscurecido, y en menos de un segundo ya estaban asendiendo al cielo nocturno salpicado de estrellas y coronado con una romántica luna llena.
Kari suspiró. Yolei había sido demasiado lista, pero esa noche no tenía por qué hacerse lo que ella quería. Había cosas que Yolei no podía comprender.
-Esto está mucho mejor –comentó T.K, que parecía algo nervioso.
Kari asintió con la cabeza mientras pensaba de qué podrían hablar hasta que terminase la atracción. El tema de los hermanos estaba muy manido, al igual que el de los estudios y la situación climática. Se percató de que debía estar muy desesperada para considerar la idea de habalr de los padres de T.K, porque era un tema que al chico no le resultaba demasiado agradable. Tampoco había nada relevante que mencionar de los suyos excepto que cada vez que la veían tenían que evitar llorar como una magdalena. Al final decidió que sería franca, pues lo más vergonzoso de todo era siempre el silencio interminable.
-Sabía que Yolei estaba tramando alguna de las suyas.
-¿Tú también lo sabes? –Preguntó T.K.
-Bueno, no es una chica muy discreta que digamos.
-Apuesto a que ha chantajeado también a Davis –añadió T.K al prever que la conversación no iría por derroteros incómodos.
Kari se cercioró de algo que la sorprendió; cuando estaban con Davis y Yolei podía comportarse normalmente, pero cuando estaba con ella el chico, que siempre había sido tan inflexible con sus sentimientos, se convertía en un manojo de nervios. Aquello no solo le resultó encantador, sino que le dio confianza para hablar del asunto incómodo.
-Oye T.K, creo que es importante que hablemos un poco de ese tema –dijo atropelladamente, provocando que el chico se incorporase más y la mirara con los ojos muy abiertos-. Sé lo que estás pensando, es absurdo dar ese paso. Sería contraproducente para los dos ser novios –ambos tuvieron una indescifrable sensación cuando Kari pronunció la palabra.
-Sí, es lo que pienso, y creo que has sido inteligente en comentármelo. Debería haber hablado yo antes.
-Sí, ahora será todo mucho más fácil.
-¿A qué te refieres?
-Verás –Kari sonrió, animada; lo peor había pasado-, últimamente no hablamos con confianza. Ya no quedamos para hacer los deberes, ni para jugar a los videojuegos, ni nos gastamos bromas como antes.
-Tienes razón, lo siento –murmuró T.K, quien no se había percatado del tono desenfadado de Kari.
-A eso me refiero, eres demasiado cortés conmigo.
-¿Qué por qué ya no juego contigo a los videojuegos? –Repitió T.K, comprendiendo al instante qué era lo que quería la chica. Lo que pasa es que eres malísima jugando a Crazy Battle. Siempre coges esa espátula tan ridícula que solo sirve para hacer tortillas.
-Se llama la Vara de Rin –le corrigió Kari-, y prefiero convertir a mis enemigos en ranas antes que despedazarlos con una moto sierra.
-Y en cambio siempre consigues la puntuación más alta en ese juego de las focas que solo te gusta a ti.
-Para tu información lleva más de catorce millones de copias vendidas –repuso Kari con divertida autosuficiencia.
Se echaron a reír de la misma forma tonta que los niños de la cola del Disco.
-Te echaba de menos, T.K.
Habían llegado al punto más alto, donde un fuerte viento removió los cabellos de Kari, que cerró los ojos y sonrió. Esa imagen quedaría grabada para siempre en la mente de T.K.
No pudo evitar que escapara la pregunta de sus labios.
-¿No tienes miedo?
-No –mintió con convicción.
Él supo que no era verdad. Tratar de ocultar los sentimientos era más propio de él que de ella. Kari se había visto obligada a hacerlo por las circunstancias, y eso la había cambiado. La inocencia de sus ojos se había revestido de cierta dureza surgida del sufrimiento, dándole un aspecto de falsa fragilidad.
Cuando acabó la atracción, Yolei y Davis salieron de detrás de un árbol, evidenciando que todo aquello estaba planeado y que los habían espiado todo el tiempo. La chica, al ver que no se habían cogido de la mano, los recibió visiblemente decepcionada.
Al menos podría intentar fingirlo un poco mejor, pensó Kari.
Al volver ocurrió algo inesperado. Davis estaba peleándose con Yolei, como de costumbre, cuando de repente se quedó muy quieto y con un movimiento de cabeza señaló en dirección contraria.
Ken Ichijouji se acercaba hacia ellos. No iba con su grupo habitual de admiradores, sino acompañado de un señor alto y ataviado con una gabardina morada. Cuando estuvo a pocos metros se paró los miró sin decir palabra. Davis apretó los puños y lo miró con frialdad. Kari pensó que se lanzaría a pegarle en cuanto Yolei dejase de clavarle las uñas en el brazo. Su amiga bajaba la vista, visiblemente avergonzada. T.K, en cambio, sostenía la mirada, aparentemente impávido, pero Kari sabía que, al igual que Davis, hervía de ganas de descargar su puño contra su rostro. Para aliviar un poco la tensión del momento, Kari avanzó hasta Ken , cuya cruel sonrisa que dirigía hacia Davis se desvaneció tan pronto como Kari abrió la boca.
-Siento mucho lo de tu hermano, Ken.
-Gracias.
Oikawa analizaba uno a uno a los muchachos. Davis y Yolei estaban demasiado afectados por la presencia de Ken, pero T.K reparó en él. Oikawa bajó un poco el sombrero para ocultar su rostro.
-Nos vemos mañana en clase –se despidió Kari.
Ken hizo una sutil reverencia y continuó su camino. Cuando estuvo a una considerable distancia, giró la vista en dirección a Kari.
Oikawa lo miró y sonrió.
La llegada de dos estudiantes nuevos al instituto había causado un gran revuelo entre los alumnos. Alguien había decidido que eran bastante atractivos, educados y simpáticos, por lo que se esperaba que se ganasen la aprobación de Ken.
-Hola, soy Takeru -se presentó el chico con decisión, quien tenía la peculiaridad de ser rubio y de ojos azules-. Podéis llamarme T.K –las chicas de la clase suspiraron largamente.
-Yo soy Kari Yagami –dijo a continuación la chica. A diferencia de su acompañante, su voz sonaba algo trémula y miraba a un punto fijo en la pared.
Era bonita y tímida, por lo que decidió que sería su siguiente novia.
Se sentaron al lado de Davis, quien estaba solo al lado de la ventana y no podía creerse que gente como Kari y T.K le dirigieran la palabra.
Miró a la chica que tenía a su lado. No era muy agraciada físicamente; era larguirucha, tenía gafas y un horrible pelo morado. Tampoco sabía gran cosa de ella aparte de que se llamaba Yolei y hablaba por los codos. Ya iba siendo hora de romper con ella, pues la única razón por la que estaba con ella era porque sus padres tenían una tienda de comida y podía proveerle de lo que quisiera para luego compartirlo con su hermano.
-Te dejo –sentenció unas horas más tarde, antes de que la chica abriera la boca para decirle lo guapo, listo y encantador que era y lo afortunada que se sentía de estar con él.
-Pe-pero, porqué –respondió con la voz ahogada por el llanto inminente.
-Por pesada.
Como había previsto, su asiento estaba libre al día siguiente. Yolei había pasado de ser la chica más popular de instituto a estar marginada, por lo que solo podía relacionarse con tipos como Davis. Por esa razón le sorprendió verla charlar con Kari y T.K, quienes seguramente no eran conscientes de cómo funcionaban las cosas en el instituto.
-Kari, me gustaría hablar contigo –le dijo.
T.K, pobre iluso, trató de persuadirla para que no fuera con él, pero la chica finalmente aceptó. Parecía un mar de confusión. Ken le dio la mano y se alejaron al pasillo. No sabía mucho de romanticismo, pero supuso que tenía que ser un momento especial, así que no podía declararse en medio de toda la mediocridad.
-Quiero que seas mi novia.
Kari lo miró sin comprender.
-Que quiero que seas mi novia –repitió, impaciente.
-Lo siento pero no va a poder ser.
-Eres un bombón y me encantaría follarte dulcemente, ¿qué más piropos quieres que te eche para que me aceptes?
-He dicho que no –insistió Kari en un tono nada dulce.
-Maravilloso –siguió Ken, relamiéndose los labios-. Si querías ponerme haciéndote la estrecha, lo has conseguido.
-¿Crees que voy a salir con el chico que ha conseguido que toda la clase desprecie a mi amigo Davis y que humilló ayer mismo a Yolei? –Dijo muy afectada.
-Preciosa, pareces tener un serio problema de prioridades.
-Tú si tienes un problema si crees que puedes tratar a la gente como te plazca –contestó.
La cogió por los hombros, la estampó contra la pared y la besó violentamente hasta que la chica le mordió el labio. Chilló de dolor y alguien salió de la clase y le pegó un puñetazo en la cara.
-¡No, T.K! –La oyó gritar.
-Vaya, el rubiales viene a rescatar a la princesita –se burló Ken, reponiéndose.
-Déjala en paz –amenazó T.K, colocándose delante de la chica para protegerla con su cuerpo.
Ken quiso contestar, pero la puerta se había abierto de nuevo y un corro de gente los rodeó. Las chicas lloraron su nombre y los chicos ya estaban acercándose a T.K con la intención de acabar con él. Pero él solo estaba concentrado en los ojos llorosos de Kari, que lo miraban suplicante.
-No les hagáis nada –ordenó.
Desde entonces Kari y T.K, por elección propia, pasaron a formar parte del grupo marginal de Davis y Yolei. T.K se convirtió en la frustrada ambición rubia de las chicas, y eso era divertido de observar, pero lo mejor de todo aquello era que los chicos tampoco se atrevían a salir con Kari por miedo de resultar rechazados. Y en ese momento Ken tenía que aferrarse a algo positivo, pues se sentía arrepentido de lo que había hecho. Por un lado Kari era sumamente estúpida por rechazarle, pero por otro eso era lo que le obsesionaba de ella. Era como una especie de trofeo que tenía que conseguir, costara lo que costase.
Un día la encontró por la calle. Estaba desprotegida y vulnerable, y parecía muy triste. Como salía del hospital supuso que se le habría muerto algún familiar. Era el momento idóneo. Convenció a de las chicas del colegio para que se llevara a Kari a tomar una copa, y una vez allí, que le metiera algo en la bebida que la dejara tan relajada que no opusiera ningún esfuerzo cuando Ken intentara seducirla.
Pero no todo salió como esperaba. Una vez que la chica le dejó a Kari en el edificio en obras abandonado, algo le impidió consumar su deseo. La chica estaba completamente drogada, mirando con los ojos vacios a su alrededor y asustándose. Él comenzó quitándole la chaqueta, pero cuando llegó a la camiseta paró, porque Kari se había abrazado repentinamente a él con mucha fuerza, llorando desconsolada, y él podía sentir el latido de su corazón. Entonces recordó que había tratado de impedir a T.K que se abalanzara sobre él el día que trató de abusar de ella. No tuvo ningún motivo para hacerlo, pero lo hizo. Y luego se acordó de la mirada suplicante de después, de esos ojos, esa luz de la que no podía escapar.
"Tonterías", pensó, "un polvo es lo que necesitas"
Pero no pudo hacerlo. Si lo hacía, perdería definitivamente cualquier oportunidad de conseguir a Kari. Podía ver de nuevo esos ojos clavados en él, ya no suplicantes, sino indignados, o peor aún, indiferentes.
Esperó hasta que se quedase dormida y luego la llevó hasta su casa, dónde su hermano mayor le recibió muy preocupado. Le explicó que alguien le había metido droga en la bebida y la tumbaron en el sofá. Como estaba colérico, tuvo que decir que mentir diciendo que él no había tenido nada que ver. Cuando se calmó, le dio las gracias y Ken aceptó aquella muestra de sincera gratitud, muy diferente del peloteo habitual que tenía que aguantar. Como todavía se sentía en deuda con ella, se quedó contemplándola hasta que abrió los ojos. Para entonces ya se había marchado.
Cuando Kari se enteró por su hermano lo que había hecho Ken, fue personalmente a darle las gracias. Fue un momento incómodo para ella, y Ken, aunque fingía que no le importaba, hubiera deseado alargarlo hasta la eternidad, porque fue entonces cuando se dio cuenta de que Kari Yagami no era un simple trofeo para él.
Era una luz de la que no podía escapar.
