Capítulo 3

Las calles de Londres estaban atestadas a tempranas horas de la mañana, pero Candy debía presentarse ante su superior para dar la información que había obtenido por la noche.

Detestaba pasar aunque más no fueran unos minutos en ese despacho: su cuerpo temblaba de recordar lo que había padecido su padre. Juntando lo que le quedaba de valor ingresó a la sala donde la esperaba el procurador, Sir Lenard y el sacerdote enviado por el rey.

Candy sabía que debía ser cuidadosa en la descripción de los hombres que había conocido en la fiesta; además, junto al conde de Lakewood, se encontraba un viejo amigo de su padre; si no cuidaba sus palabras podían usar eso para condenarlos sin un juicio justo.

Para ella no había nada extraño en estos caballeros, lo único que la perturbaba era la reacción de su cuerpo a la cercanía de ellos.

Después de su reunión con Sir Lenard, se dirigió presurosa a Hide Park; caminar por allí observando el paisaje la relajaba un poco. Estaba tan absorta en el paisaje que chocó de frente con algo muy parecido a un muro, por un momento pensó que se había equivocado de camino, pero cuando su mundo dejó de girar, se encontró mirando los ojos más azules que ella recordara.

Un leve calor la recorrió por entero y la mantuvo tensa y sin palabras, solo el saludo cortes de él la sacó de ese trance.

-Buenos días, señorita Candy, que alegría que nos hayamos "encontrado" por aquí- dijo una voz tan sexy, que ella pensó que sus piernas no la aguantarían.

-Buenos días, Lord Grandchester, disculpe mi torpeza

-La disculpo por "arrollarme", pero no por llamarme Lord Grandchester; por favor llámame Terry- le dijo con una sonrisa seductora

Vaya este hombre!, si que daba vueltas su sistema. Apenas habían cruzado algunas palabras y ella quería saborear su tentadora boca, estaba segura que sería fuego puro contra sus labios. El continuaba mirándola fijamente, y su vista se dirigió lentamente a sus rosados labios, tan delicados como pétalos de rosa y que él estaba seguro, debían saber a miel.

-Lo siento lord… Terry. Estaba distraída y no te vi, aunque te aseguro que yo recibí la peor parte; me pareció que me había estrellado contra el muro del parque –sonrio.

-Bueno, eso si que no se como interpretarlo… quizás un halago o tal vez un insulto?- decía, mientras observaba como el rostro de Candy cambiaba de color.

-Por favor Terry, no me malinterpretes, pero es que tu cuerpo es demasiado sólido para mi, y al estar mirando hacia otro lado, pues… que quieres que te diga, yo casi me caigo y tú como si nada- se defendió

- lo se princesa, tu cuerpo es…- su mirada bajó lentamente y sin prisas y volvió a subir quedándose más tiempo en aquellos lugares que obviamente habían llamado su atención- una delicia; delicado y perfecto.

Candy ya no sabía si podía morir de combustión espontánea o tal vez sobreviviría un día más. Terry parecía tocarla cada vez que la miraba y su cuerpo respondía ansioso a ese sutil mensaje; decidió que lo más acertado era retomar su camino y así enfriar un poco el asunto.

-Bueno, creo que voy a tener que dejarte; mi madre debe estar esperándome para entregar unos recados, quizás nos veamos otra vez, Terry

-No te quepa la menor duda Candy; nos veremos muchas veces más princesa, te lo prometo

La mirada de Terry y el tono en que pronunció esa promesa no le dejaban dudas de que si él así lo quería, podía encontrarla en cualquier parte. Eso la estremeció de pies a cabeza y a la vez la excitó; no sabía bien en que terminaría esto, pero su mente la llevaba a imágenes sensuales de cuerpos entrelazados y sonidos ahogados.

Se alejó de él con la seguridad de que habían compartido las mismas imágenes mentales y eso le dio más vergüenza aun. Sin detenerse a mirar, sabía que él aun la miraba, podía sentirlo, y eso ya era extraño.

Decidida a no pensar más en Terry, Candy se dedicó a hacer los recados de su madre; estuvo casi toda la tarde de aquí para allá terminando los encargos y llegando a los almacenes para comprar la mercadería que necesitarían sus hermanos.

Ya casi estaba oscureciendo y ella temía caminar sola por las callejas de Londres; podías encontrarte cualquier cosa a la vuelta de la esquina, y para una joven sola, era doblemente peligroso.

Subió su capucha y cerró más su capa de lana, esperando no encontrarse con nadie desagradable, no solo por su seguridad, sino porque llevaba lo último que les quedaba en sustento para su familia.

Caminaba cada vez más de prisa para evitar demorarse en los lugares más feos; de repente, en el silencio que solo era roto por algún carruaje que pasaba a lo lejos y los ladridos de los perros callejeros, Candy escuchó pasos detrás de si.

Cada vez más nerviosa y asustada, aceleraba los pasos y a su vez, los que venían detrás también aumentaban su ritmo. Su corazón había empezado a latir más rápido y su cabeza zumbaba; el miedo estaba convirtiéndose rápidamente en pánico.

Al girar en la esquina más próxima, empezó a correr tan rápido como sus débiles piernas se lo permitían, y aun así ella podía oír que quien estaba detrás, también lo hacía.

Presa del pánico, se detuvo de improviso, con el único propósito de desafiar a quien quiera que la fuera a atacar. Pero su sorpresa fue mayor, cuando vio quien era el que la seguía.

El conde de Lakewood, con George, trataban de darle alcance al reconocerla por la calle; no podían creer que la joven se aventurara a esas horas por callejas tan desoladas y peligrosas. No pretendían asustarla, solo acompañarla hasta su hogar para que no le pasara nada, pero ella se asustó y comenzó a correr, y de repente… se detuvo.

Albert se acercó a Candy lentamente; podía ver en sus ojos el miedo y luego el reconocimiento de quien era. Más aliviada, ella respiró profundamente y se echó a llorar. George no alcanzaba a comprender esa reacción, sin embargo Albert le extendió sus brazos y ella se refugió en él para encontrar consuelo.

-Ya, pequeña, no temas –dijo él- todo está bien Candy, solo somos nosotros. Discúlpanos, no queríamos asustarte, pero como no dejabas de correr, tuvimos que alcanzarte.

-Oh, por favor, que espectáculo estoy dando- dijo, tratando de alejarse de Albert, pero este no la soltó- el miedo me hace hacer cosas extrañas, como la de enfrentar a un posible atacante.

-No te preocupes, Candy- dijo George- es comprensible; en todo caso… qué haces a estas horas, sola por estas callejas?

-Se me hizo tarde en la entrega de los recados de mi madre, y debía pasar por el almacén por las provisiones para los niños; en fin, que entre una cosa y otra, me sorprendió la noche.

-No debes andar sola por estos lugares- sentenció Albert- una joven tan bella como tú, es presa fácil de los inescrupulosos que merodean; te acompañaremos a tu casa, pequeña

-Gracias caballeros, me harían un enorme favor si me acompañan; no quiero volver a experimentar ese terror otra vez.

-Será un placer ir contigo, jovencita- aseguró George- de paso saludaré a tu madre.

-Entonces, pongámonos en marcha… este no es el mejor lugar para charlar- bromeó ella.

Albert era reacio a soltarla; su cálido cuerpo se ajustaba a la perfección al suyo, y su aroma a rosas lo estaba volviendo loco; esa combinación de sangre caliente y su propio aroma estaban dejándolo sin control.

Todavía no podía creer como llegó a sentir el miedo de Candy, como si fuera el de él. Cada vez se convencía más de que ella le pertenecía, solo debía mantener alejado al "duquecito" de SU mujer.

Candy sintió la ausencia del duro cuerpo de Albert: la fragancia que él desprendía era una mezcla que alteraba sus sentidos, mientras más se llenaba de su olor, más quería acercarse a él.

Mirar sus labios fue un error: esa sonrisa de medio lado que tenía, hacía a Candy fantasear de manera escandalosa; solo imaginar lo que podría hacer con esa boca y lo que ella podría hacerle a ese cuerpo… pero en que estaba pensando!

Más le valía despertar de una vez y llegar a casa; si de algo estaba segura ella, es que ninguno de los dos caballeros aristócratas, podría jamás fijarse en una simple muchacha de clase inferior.