Disclaimer: Los personajes de Avengers no me pertenecen.
.
oOo
III
La huida
.
oOo
Los pasos presurosos desde el piso superior se oían aún dentro de la oficina. Enfermeras vestidas de blanco iban y venían, cargando vendas, suministros o llevando pacientes consigo. Natasha había oído las noticias del asalto a un campamento militar cercano a la frontera, y aunque le sorprendió que los heridos fuesen llevados allí en vez de a Stuttgart, se mantuvo imperturbable. No era su tarea investigar el asunto. No obstante, ver los camiones militares todavía afuera era algo que no le agradaba demasiado. Es decir, estaba acostumbrada a moverse entre soldados alemanes, pero tanta exposición no dejaba de ser peligrosa.
—Natasha. Siento la tardanza. ¿Qué tal te ha ido?— Bruce Banner entró en su oficina con dos cajas a cuestas y le dedicó una amable sonrisa que Natasha correspondió con una leve mueca. Sus ojos pequeños y azules, otrora sagaces y brillantes, demostraban todo el cansancio que recaía sobre sus hombros luego de una larga jornada de trabajo que, a juzgar por los gritos que llegaron a ella antes de que el doctor cerrara la puerta, todavía no llegaba a su fin.
—Nada nuevo, doc— respondió la mujer mientras cruzaba las piernas y levantaba una ceja, contemplando las mangas manchadas de sangre del hombre, aunque no hizo ningún comentario al respecto—. ¿Y aquí? Parece que tienen mucho trabajo el día de hoy...
—Hemos recibido más refugiados, y decenas de soldados heridos de la frontera con Francia— asintió el médico, acomodándose la insignia nazi en el brazo tras dejar los paquetes sobre su escritorio para quitarse las gafas y limpiarlas antes de arremangarse la camisa y empezar a acomodar los medicamentos de las cajas en sus respectivas repisas— Mis enfermeras y todo el equipo han trabajado sin descanso desde ayer.
—Y usted también, por lo visto.
—Yo no importo— suspiró el doctor, dejando su labor de lado un momento para tomar asiento frente a Natasha, con expresión cansada—. Recibí tu carta, y tengo tus pruebas listas.
— ¿Y bien?
El doctor Banner soltó un pequeño bufido, metiendo la mano derecha en la primer gaveta de su escritorio y poniendo los documentos sobre la mesa con aire sumamente profesional.
—Ya hablamos de esto, Natasha... No estás embarazada. No podrías estarlo— le dijo, pero aun así Natasha observó atentamente sus análisis— ¿Los malestares continúan? Porque, dado tu historial clínico, podemos suponer que quizá atravieses un embarazo psicológico, y si es así...
— ¿Quiere decir que estoy loca?
— ¡Dios, no!— contestó el hombre, sonrojándose igual que un adolescente— Natasha, creo que estás somatizando éste deseo tan común de las mujeres de tu edad de ser madres. Además, todo el tiempo pasas por tanto estrés que...
—Mi útero está completamente muerto, ¿no es así?— lo interrumpió la espía, con tono neutro. El doctor guardó silencio entonces, mirándola con profunda comprensión.
—No. Tu útero funciona. Eres una mujer muy joven, después de todo. Sin embargo, creo que son tus óvulos los que tienen un daño.
— ¿Es por lo que ellos me hicieron?
—No podría decírtelo, porque aún no tenemos muchas respuestas en esa área. Y no sé a ciencia cierta cómo funciona la medicina soviética. Los de la KGB son muy herméticos al respecto. Pero si lo que quieres es embarazarte en un futuro podemos hacer más estudios.
Natasha miró fijamente al hombre, moviendo la cabeza de forma negativa.
—Sería impráctico hacerlo— respondió, llevándose las manos al vientre de forma inconsciente.
De repente se sintió muy estúpida por estar allí, esperando que Bruce le diera una noticia que jamás iba a suceder.
Aunque, en realidad, sí había pasado una vez.
Fue varios años atrás, cuando, con apenas diecisiete años, la habían contratado para una misión de espionaje en América, una de las primeras, teniendo que hacerse pasar por una alumna de intercambio para espiar a un millonario científico y así robar varios de sus experimentos. Y un día, yendo a un encuentro con uno de sus contactos lo conoció.
Él era un chico común, pero sumamente atractivo, que estudiaba en la universidad pero tenía pensado entrar al ejército. Parecía ser el típico americano galán y confiado, y quizá por eso Natasha se sintió atraída por él. Él fue su primer hombre, y al ser una chiquilla aún ingenua, creyó que podrían estar juntos para siempre. Pero entonces la guerra estalló en Europa, y ella tuvo que regresar y olvidarse del joven americano, sin saber que llevaba una parte de él en su interior. Pero una agente embarazada era sumamente inútil, sobre todo siendo tan joven y prometedora como lo era ella, por eso nadie le preguntó, y un día despertó atada a una cama, y con la noticia de que sus superiores se habían encargado de su carga.
Natasha, en ese entonces, no se permitió sentir pena ni dolor, pero cada vez que recordaba a aquel americano no podía evitar pensar en qué hubiera sido de su vida de haberse quedado con él y con el niño de ambos, si hubiera sido capaz de ser una buena madre, y qué hubiera pensado el americano de haber sabido que pudo haberle dado un hijo.
Se preguntó entonces si algún día volvería a verlo, así como si alguna vez su vientre marchito sería capaz de darle un nuevo comienzo.
— ¿Estás bien, Nat?— la pacífica voz del doctor la sacó de su abstracción, haciéndola regresar a la realidad y fingir una brillante y despreocupada sonrisa.
—Estupenda. De hecho, es un alivio no estar embarazada de un nazi, ¿no?— respondió, aunque no pudo evitar el sarcasmo en su voz.
El doctor Banner frunció los labios, pero decidió dejar el tema de lado.
— ¿Y cómo está tu nueva águila?— preguntó de pronto, captando toda la atención de la espía con ése código— ¿Crees que esté listo para otra visita?
—Tal vez. Parece estarse recuperando bien. Luego del incidente de la caída se ha mantenido tranquilo.
—Es una buena noticia. ¿Y crees que ya está listo para volver a su hábitat natural?
— ¿Por qué?
El doctor apretó los labios y bajó una octava el sonido de su voz.
—Unos amigos me enviaron una carta desde la frontera con Suiza. Parece que tienen toda una parvada por allá.
Natasha se cruzó de brazos. En el idioma de los espías "amigos" era la palabra clave para resistencia, "carta" eran mensajes encubiertos, y el "águila" obviamente se refería al ejército norteamericano, como "petirrojos" a los soviéticos, y "poetas" a los alemanes.
—Oh. Qué casualidad. ¿Y cómo son las águilas?
—Creo que del Norte. Parecían ser calvas.
—Vaya... Son buenas noticias, pero ave todavía no se recupera y en ese estado no podrá volar.
—Supongo que tienes razón— dijo el médico después de un rato, lanzando un suspiro mientras una vez más se quitaba las gafas con gesto cansado.
—Por cierto, ¿tienes las cosas que te pedí en mi nota?
—Las tengo, pero es la última vez que puedo surtirte.
— ¿Qué pasó? ¿Te están monitoreando?
—Ya quisiera, pero en realidad ya casi no tenemos medicinas, anestesia ni suministros quirúrgicos.
— ¿Bromeas? Esto es un hospital, Bruce.
—Créeme que quisiera estar bromeando, pero es la verdad— bufó el doctor, pasándose una mano por el rostro—. El dinero escasea, y los primeros recortes son siempre en los sistemas estatales. Sino pregúntale a tus amigos. El Ejército del Führer se está llevando todo. Incluso querían que me enlistara como médico.
— ¿Y por qué no lo hiciste? Eres alemán, ¿no?
—Como espía les sirvo más fuera del campo.
— ¿Y cuándo regresas a París?
—En una semana. Claro que espero poder volver a ver a nuestra águila herida antes de partir.
—Podemos arreglarlo— Natasha tomó su bolso para sacar un cigarrillo, pero el doctor se lo quitó de los dedos antes de que pudiera encenderlo.
—Estás en un hospital. Y no creas en todo lo que dicen sobre las propiedades del tabaco. Ésta cosa te matará.
—Moriré de cualquier forma— dijo ella con sarcasmo, aunque guardó su cigarrera— Por cierto, ¿crees que nos estén escuchando?— preguntó en ruso.
—No lo creo, pero siempre es posible— contestó Bruce, también en ruso.
— ¿Quieres hablar alemán otra vez? Tu ruso es muy malo— se burló, a lo que el doctor Banner frunció el ceño.
— ¿Es muy importante? Si es así deberíamos seguir hablando en ruso, aunque mi pronunciación sea tan mala...
Natasha ignoró su tono ácido esbozando una sonrisa ladina.
— ¿Oíste los rumores sobre Francia? Parece que llegará una enorme compañía de teatro a París.
—Todo el mundo sabe de los rumores— aseveró el doctor, con marcado acento alemán y pensando muy bien en cada palabra antes de hablar—. Pero nada es seguro.
—Sé que sí. Lo confirmó uno de mis amigos— aseveró Natasha, cruzando las piernas para recargarse más cómodamente en el escritorio del doctor.
— ¿Y cuánto tiempo tienes antes de la presentación?— preguntó éste, volviendo al alemán.
—Mi amigo dijo que dos meses— Natasha siguió hablando en ruso—. Tenemos que irnos antes de eso.
— ¿Y el águila?
—Deberá volar a casa— contestó, también volviendo al alemán—. Por eso espero que su ala sane lo antes posible. Cuento con eso.
— ¿Y si eso no pasa?
—Pasará. Es un ave fuerte— sentenció la espía rusa, levantándose para volver a ponerse los guantes— Por cierto, tengo unas nuevas pinturas para tus amigos del museo. Podrías pasar a verlas más tardes para enviarlas.
—Me parece perfecto. Así podré revisar el ala rota de tu nueva mascota.
oOo
—Bien Steve, es hora de que te muevas un poco— dijo Wanda mientras entraba en la habitación, chocando las manos para apurarlo. Y el soldado americano reaccionó enderezando la espalda abruptamente por la sorpresa, ahogando un siseo de dolor.
— ¡Wanda!— reclamó, tratando de cubrirse con una manta, a pesar de que vestía una camiseta sin mangas. Sin embargo, se relajó ante la mirada ingenua de la adolescente y suspiró— Ya te dije que debes golpear. No es correcto que entres a la habitación de un hombre sin llamar antes.
—Te lo dije, tonta— la regañó Pietro, entrando tras ella con sábanas limpias en los brazos— Lo siento, Steve. Mi hermana es una torpe sin modales.
— ¡Tú eres el torpe!— contestó Wanda, sacándole la lengua a su hermano, pero sonriéndole a Steve a modo de disculpa— También lo siento, Steve. La próxima vez golpearé, lo prometo— aseguró, ayudándole a quitarse las sábanas de encima— A ver, déjanos ayudarte.
—Está bien. No es necesario...
—No puedes quedarte en esa cama para siempre— sentenció la muchacha, poniendo las manos en sus delgadas caderas— Además necesito cambiar las sábanas. Vamos. ¡Pietro, ayúdame!
— ¡Ya voy!— gritó Pietro, dejando las sábanas sobre una cómoda y entre los dos ayudaron a Steve a levantarse, pasándole sus muletas para que pudiera moverse libremente por la casa mientras ellos limpiaban.
Steve se levantó y trató de no estorbar demasiado. Ya era mucho todo lo que esos dos chicos hacían por él, alimentándolo, ayudándole a asearse y vestirse, no quería darles más problemas. Así que aprovechó el momento para recorrer un poco más la casa de Natasha.
Aunque no podía bajar las escaleras se dedicó a estirar los músculos caminando por el corredor de la segunda planta, yendo y viniendo sin rumbo fijo hasta que se percató de que a su izquierda, al final del corredor, había una puerta por la que entraba una gran cantidad de luz solar. La puerta lo llevaba a cuatro escalones que lo separaban de lo que parecía ser un altillo, así que con algo de dificultad subió con sus muletas.
El sol que se filtraba por un enorme ventanal triangular se sintió extrañamente cálido sobre su piel, tan agradable como el sol de Coney Island en verano. Steve ahogó un suspiro y cerró los ojos un momento, abriéndolos de inmediato al escuchar una suave exhalación que no había sido suya. Y entonces volteó hacia su derecha, dándose cuenta de que Natasha también estaba allí, sentada frente a un lienzo en blanco con una rodilla en el pecho, rodeada de limones cortados y pasando una pluma sobre él como si estuviera escribiendo, aunque nada se marcaba sobre la tela. Sin embargo, ella se veía muy concentrada en lo que hacía, tanto así que parecía no importarle que sus pies estuvieran descalzos, y su cabello atado en un moño suelto y desprolijo. Steve se sorprendió ante eso, pues nunca la había visto tan desarreglada, pero aun así se veía hermosa, tanto que no pudo dejar de mirarla. Y Natasha, cuando lo vio parado tras ella, sonrió, sin dejar de escribir palabras invisibles.
— ¿Vienes a ayudarme, americano?— le preguntó, sobresaltándolo un momento.
—Me llamo Steve— respondió el susodicho, cansino, usando sus muletas para caminar hasta ella, pero Natasha no dejó su tarea al verlo acercarse. No se movió ni intentó ayudarle al ver que tenía algunas dificultades. Sólo siguió con su trabajo, como si él no estuviera allí.
El hombre de América tomó asiento en una silla de madera, que crujió como protesta bajo su peso, y la observó durante unos minutos, dándose cuenta de que en la parte posterior del lienzo en el que ella escribía había un óleo de un bonito paisaje con un lago y una pareja en bote.
— ¿Qué estás haciendo con esa pintura?— preguntó sin poder contenerse, haciendo que Natasha se detuviera un momento y lo buscara con la mirada por encima del lienzo, sonriendo de lado antes de volver a lo que hacía.
— ¿Sabes? Deberías ser menos curioso. Vivirías más.
—No puedo evitarlo. Así somos en Brooklyn— soltó el soldado, y la joven mujer rió. Tenía una hermosa risa, y Steve se avergonzó de pensar en ello—. ¿Tú pintaste eso?
—No.
—Entonces, ¿qué estás haciendo? — insistió, logrando que Natasha lo mirara una vez más por sobre el lienzo, levantando una ceja con sorpresa.
—Tú no te rindes, ¿verdad?
—No, señorita. Ni siquiera sé lo que significa eso— bromeó Steve, haciendo que la espía riera otra vez.
¡Dios, como le gustaba su risa!
—Escribo un mensaje para los Aliados— respondió tranquilamente, sacándolo una vez más de sus pensamientos— Así es como les paso información.
— ¿A eso te dedicas? — preguntó, perplejo, pues si bien ya imaginaba que Natasha era una espía, nunca habían hablado de eso— ¿Eres parte de la resistencia?
—Trabajo para quien me pague mejor; pero contra los nazis no me importaría hacerlo gratis— contestó ella— ¿Quieres ver cómo funciona?
—Sí— Steve estiró el cuello, todavía sin poder ver nada escrito en el lienzo, reparando en otra cosa—. ¿Y para qué son los limones?
— ¿Nunca jugaste con tinta invisible de pequeño? — inquirió Natasha, y él ladeó la cabeza, igual que un niño confundido.
— ¿Qué es eso?
Natasha se levantó de su asiento sin acomodarse la falda, haciendo que Steve se diera la vuelta de inmediato.
—Ven, déjame mostrarte— dijo ella, tomando una papel en blanco y su pincel. Steve se levantó nuevamente para ir hasta la mesa donde Natasha se recargaba y la vio escribir sobre el papel, aunque de nuevo no aparecía ninguna palabra.
—Allí no hay nada.
—Espera, americano— Natasha, parada junto a él, movió la cabeza para mirarlo por un segundo y después regresó la vista al frente, haciendo que el aroma de su cabello quedara en el aire. Y a Steve le gustó cómo olía, y eso le asustó, pero se distrajo cuando la joven movió la hoja de papel frente a sus ojos, como esperando que se secara—. Está listo— anunció tras unos segundos, y el soldado frunció el ceño.
— ¿Qué cosa?
—Espera y verás— Natasha se movió por la habitación, y de un cajón sacó cerillos y una vela; encendió ésta y regresó junto a Steve, poniendo la vela sobre la mesa, y con mucho cuidado pasó la hoja sobre la pequeña llama, logrando que después de unos pocos segundos como por arte de magia apareciera la palabra "hola" escrita en inglés. Y Steve parpadeó, confundido y maravillado.
— ¡Wow! ¡¿Cómo hiciste eso?! ¡¿Es magia?!
—Tranquilo, soldado. ¿Qué tienes, cinco años?— se burló, haciendo sonrojar a Steve, cosa que le pareció algo tierna así que decidió ser un poco más indulgente con él— Y no es magia. Es ciencia.
— ¿Tú lo inventaste?
—No, pero fue mi idea usar la técnica para transmitir mensajes a través de pinturas. Es más seguro que usar cables o cartas. Además, los nazis aman el arte y rara vez destruyen o retienen pinturas que entran o salen de Alemania.
—Vaya... Eres muy inteligente.
—Lo sé.
—Y además humilde.
—Extremadamente— Natasha siguió su broma, dedicándole la sonrisa más sincera que Steve la había visto esbozar, y, una vez más, se quedó prendado de ella.
—Pero... ¿De ésta forma no se queman las pinturas?— volvió al tema principal, frunciendo los labios con intriga.
—Sí, lo hacen.
—Oh— Steve echó un vistazo a todos los lienzos que había en la habitación, lo que le daba a entender que aún había varios mensajes por escribir— Lástima. Son pinturas muy hermosas.
—Lo sé. Pero todos debemos hacer sacrificios— suspiró la bella mujer, volviendo a su lugar frente al lienzo que escribía, cruzando los tobillos para volver a su trabajo— Por cierto, ¿cómo te sientes? Wanda dice que has estado comiendo bien.
—Sí— respondió, algo apenado— Me siento mucho mejor, aunque mi pierna sigue molestando, pero espero poder volver con los míos y dejar de molestarla pronto.
—No me molestas— afirmó Natasha, mirándolo fijamente—. Al menos eres agradable a la vista— le dijo en tono sugerente, haciendo sonrojar a Steve, lo que la hizo reír— Eres un niño, Steve.
Él clavó los expresivos ojos azules en los suyos una vez más, sonriendo nuevamente.
— ¿Ves que no es tan difícil?
— ¿Qué cosa?
—Llamarme por mi nombre— rió el muchacho— Me gusta como suena con tu acento. Desde hace meses sólo lo escucho con ése extraño acento alemán... Incluso en Wanda y Pietro. Se siente un poco raro a veces. Me hace extrañar...
— ¿A tu país?
—A mis amigos— la corrigió, hablando con completa honestidad—. Mis compañeros. Mi hogar. Me hace recordar que mi deber es estar allá afuera con ellos.
―Steve...
—Debo regresar con mi unidad― fue directo al asunto, haciendo que Natasha frunciera el ceño―. Ya llevo casi dos meses aquí, y mientras sigo recostado en esa cama mi amigos siguen en el campo de batalla. No tengo tiempo que perder― anunció, logrando que la espía rusa bufara, frunciendo aún más las cejas.
—Mira, no es tan fácil, ¿entiendes? Debes tener en cuenta tu condición. Estás en Alemania ahora. Aquí no hay territorio neutral. El coronel Schmidt emitió una orden de captura por todo el país, y con esas heridas no podrás llegar lejos...
— ¿Y cuánto más debo esperar?― Steve alzó la voz, sorprendiéndola por la vehemencia con la que hablaba ahora― Ya he pasado demasiado tiempo fuera del campo; casi sesenta días aquí encerrado. Los he contado.
—Sí, sé que ha sido mucho tiempo, pero te recuerdo que estuviste a punto de morir en más de una ocasión.
― ¡Pero estoy bien ahora, señorita Natasha! ¡Sólo necesito volver con los míos!
Natasha lo observó de pies a cabeza. El americano parecía fuerte. Si pie, aunque apenas le habían quitado el yeso, parecía haberse recuperado bien, y Steve parecía poder moverse libremente.
Steve parecía tener una fuerza de voluntad mucho más poderosa que cualquier otra que hubiese visto. Incluso más que la suya propia.
—Está bien— dijo al fin, levantándose de su asiento— Pero verás a un doctor primero. Es mi última palabra.
oOo
Dos días después de aquella conversación, Natasha se presentó en casa con un hombre que Steve nunca antes había visto.
Aunque al principio se sintió naturalmente desconfiado, decidió que si Natasha confiaba en él entonces era de fiar, y mientras pensaba en eso intentó relajarse, viendo como el hombre delgado y de gruesas gafas se paraba delante de él con una sonrisa amable.
—Steve, él es el doctor Banner— lo presentó Natasha, poniendo una mano en el hombro de su acompañante, quien amplió su sonrisa—. Es un amigo de confianza. Él fue quien te puso ése yeso mientras ardías en fiebre.
—Es un placer, capitán— dijo el hombre, extendiéndole una mano tan amistosa como su sonrisa, que Steve aceptó, y hablando en un perfecto inglés, con algo de acento británico—. Soy el doctor Robert Bruce Banner. Pero los amigos sólo me llaman Bruce.
— ¿Banner? ¿Es alemán? — no pudo evitar preguntar Steve, sacando a flote su innata desconfianza en los germanos. Sin embargo, el doctor solamente sonrió.
—No todos somos malos— contestó con calma, haciendo que el americano bajara la mirada con pena.
—Lo sé. Lo siento. No quise sonar grosero, doctor. Sé que usted me ha ayudado mucho también, pero mi situación actual no es…
—Lo entiendo, Steve. ¿Puedo llamarte Steve, verdad? Pietro me dijo que ese era tu nombre.
—Por supuesto— asintió el americano, relajándose un poco más. El doctor Banner parecía ser realmente una buena persona
—Bien Steve, déjame ver esa pierna— con gran profesionalismo, el doctor le pidió que se recostara para comenzar con su revisión, y Steve obedeció, respondiendo a todas las preguntas de Bruce acerca de su hogar, sus amigos, su familia; era un hombre agradable, y parecía que le gustaba conversar, o al menos parecía muy curioso respecto a su vida.
— ¿Y cuál es su diagnóstico, Doc? —preguntó Steve tras recomendarle a cuáles juegos de Coney Island debía subir cuando visitara su país. Entonces el doctor Banner sonrió y observó a Natasha, que le devolvió el gesto mientras se encogía de hombros.
—Pues te ves mucho que la última vez. Sobre todo porque ahora estás consciente—informó el hombre, tomándole el pulso para luego escuchar su corazón— Todo bien por aquí. Y tú pierna también parece lista para quitarle esa estorbosa férula. ¿Me alcanzas mi maletín, Pietro? — pidió, siendo interrumpido por la ansiosa voz de Steve.
— ¿Cree que estoy listo para regresar al campo? — preguntó, haciendo que el doctor Banner lo mirara fijamente, torciendo los labios con algo de escepticismo.
—Físicamente, es posible— admitió—. Sanas muy rápido. Sin embargo, aún recuperado no lo aconsejaría. Los controles en las fronteras se han intensificado desde que el teniente Rumlow quedó a cargo, y nada ni nadie sale o entra de Alemania sin que él lo sepa; sin contar que nuestro querido teniente disfruta especialmente de cazar soldados aliados.
Steve frunció el ceño, sentándose con la espalda muy recta.
—Encontraré la forma. Ya me enfrenté a Rumlow una vez y pude escapar.
—Sí, con dos balas en el cuerpo— apostilló Natasha, frunciendo el ceño.
—Puedo hacerlo— aseguró, frunciendo las cejas rubias—. Sé que puedo. Y si me ayudan…
—En ese caso— lo interrumpió el médico— tienes mi permiso. Solo te quitaré la férula y haremos algo de terapia para asegurarnos de que tus músculos no hayan sufrido ningún daño— anunció, cosa que Steve agradeció con una enorme sonrisa, mientras Natasha fruncía mucho más el ceño.
—Bruce— llamó, haciendo que el doctro se girara nuevamente hacia ella— ¿Podrías acompañarme un momento?
—Claro. Enseguida regreso— aseguró, siguiendo a la espía hacia el corredor.
— ¿De verdad vas a dejar que lo haga? — Natasha no se anduvo con rodeos.
El doctor Banner bufó.
—No veo porqué no. Físicamente se encuentra bien, y no soy yo quien quiere retenerlo.
Natasha se cruzó de brazos y apretó los labios, sin duda nada feliz con esa respuesta.
— ¿Qué como médico no hiciste un juramento?
—Él ya es un adulto, Natasha—suspiró Bruce—. Es fuerte y su estado es saludable, puede hacer lo que quiera. Y si tanto quieres que se quede pues átalo a tu cama.
—Eso podría funcionar— Natasha apretó los labios mientras encendía un cigarillo, ganándose una mirada de reproche de parte del doctor.
—No te enojes conmigo, Nat. Steve es un soldado nato, y si quiere regresar a su guerra, ni tú ni yo podremos impedírselo, y lo sabes— dijo, y después los dos regresaron con Steve, que como un niño obediente esperaba sentado en la cama el veredicto de Natasha.
—Saldrás en tres días con Pietro— anunció la espía, sin rodeos—; le diré que te lleve hacia la frontera con Suiza, y de ahí podrás ir con tu regimiento. Además te conseguiré los documentos, cortesía del Gobierno ruso— anunció, dándose la vuelta para salir otra vez de la habitación.
—Gracias.
Natasha se detuvo al escuchar la tímida voz de Steve, y se dio la vuelta otra vez, mirándolo con una seriedad que nunca había mostrado antes.
—No las des hasta que estés fuera de Alemania— sentenció, saliendo de allí sin volver a mirar atrás.
oOo
Natasha despertó sobresaltada, sintiendo como la angustia le cerraba la garganta, ahogando el grito que luchaba por salir. No obstante, era incapaz de recordar lo que la había alterado. Solo podía ver imágenes borrosas y confusas de un sueño olvidado.
Bostezando, releyó las cartas que seguían sobre la mesa de noche antes de ponerlas dentro de un tazón de bronce para quemarlas. Clint no decía mucho, solo que había demasiado movimiento de la resistencia, pero no explicaba porqué ni para qué. Además de eso le infirmaba que los británicos no tenían de momento órdenes para ella, ya que con Schmidt todavía en París y Rumlow en Berlín su fuente de trabajo era bastante limitada. Por eso debía ser paciente y esperar; solo eso podía hacer.
De pronto, mientras veía las llamas consumiendo las cartas escritas en tinta invisible, escuchó ruidos en el corredor.
El día por fin había llegado, así que se apresuró a comenzar con lo planeado.
Los pasos presurosos de Wanda y Pietro se oyeron desde antes que despuntara el alba, corriendo de un lado a otro, cuidando de cada detalle de la huída del americano.
Natasha también hizo su parte; se levantó temprano y preparó los documentos holandeses que Banner, su mediador con la Unión y con la misma resistencia, le había hecho llegar la tarde anterior, y esperó junto a su cama hasta que escuchó los pesados y desiguales pasos de Steve fuera de su habitación, seguidos de tres suaves golpes en la puerta.
—Adelante— concedió, esperando una intromisión emotiva y dramática, pero el soldado abrió la puerta lentamente y asomó la cabeza, inseguro, como pidiendo permiso otra vez. Entonces, la mujer no pudo evitar sonreírle, dándole su permiso con ese gesto.
Steve, tímido, entró y cerró la puerta suavemente. Aunque había cambiado su seductor uniforme verde por un sencillo traje marrón bajo un abrigo de lana se veía muy apuesto y masculino, pero aun así seguía habiendo inseguridad en su rostro.
—Sólo quería...quería pasar a decir adiós― le dijo, bajando la mirada con algo de pena. Y la espía quiso reír, pero se contuvo.
—Está bien― respondió Natasha, levantándose y extendiéndole el sobre con sus nuevos papeles y el permiso para salir de Alemania―. Ten. Tu nuevo nombre es Stefan Höffler, así que ten mucho cuidado de aprender a decirlo bien.
―Lo sé. Wanda y Pietro me han estado ayudando a practicar el acento. E incluso aprendí un poco de alemán― sonrió, orgulloso de sí mismo, dando un paso hacia ella para recibir los papeles, y volviendo a retrocederlos. Después guardó silencio un momento, mirando fijamente sus nuevos y relucientes zapatos negros, hasta que tomó valor y se decidió a volver a hablarle— Señorita Natasha, yo...— comenzó, y cuando alzó la cabeza y sus ojos se encontraron con los de Natasha, sintió que su corazón se aceleraba de la misma forma en que lo hacía cuando veía a Peggy, pero ignoró ese sentimiento— Quiero darle las gracias por todo lo que ha hecho por mí sin siquiera conocerme— murmuró, dedicándole una de sus mejores sonrisas—. Es usted una de las mejores personas que he conocido en mi vida, y quiero...
De repente, a mitad de aquel discurso, Natasha se acercó a él, lo tomó por el cuello de la camisa y lo besó. Steve tensó todo su cuerpo en el acto, pero para cuando pudo reaccionar ella ya lo había soltado.
—Hablas mucho— le dijo, dando un paso hacia atrás—Cuídate, soldado— le dedicó una última sonrisa, sacando a Steve de su estupefacción. Y en ese momento el soldado le regresó el gesto y elevó la mano izquierda hacia su sien en un saludo militar.
—Jamás la olvidaré— admitió cuando ella le dio la espalda. Natasha entonces rió, abriendo la puerta de su habitación.
—Lo sé— dijo, y desapareció de su vista. Fue sólo entonces que Steve cayó en cuenta de que esa sería la última vez que la vería, pero también supo que no podía hacer nada para evitarlo.
Ellos vivían en lados opuestos del planeta, en mundos distintos. Lo mejor era que cada uno regresara a su propia vida. O eso fue lo que se dijo a sí mismo, y después suspiró, tocándose los labios con un dedo sin darse cuenta.
Tal vez era mejor así, por Peggy. Él volvería a la guerra; tal vez lo enviarían a casa; se casaría con Peggy, tendrían hijos y Natasha sería sólo un bonito y distante recuerdo, porque sabía que era muy probable que nunca volviera a verla. Así debía ser.
Sus destinos simplemente no estaban entrelazados.
O eso creía él.
...
Wanda le dio un fuerte abrazo y una bolsa con comida para varios días. Pietro le obsequió un cuchillo que había pertenecido a su padre para que lo usara en caso de tener que defenderse, y Steve le prometió regresárselo cuando la guerra acabara. Ya no volvió a ver a Natasha, aunque la buscaba en cada rincón de la casa mientras bajaba las escaleras por última vez.
Todo estaba listo para su partida. Pietro había encendido el motor de su motocicleta y esperaba. Steve se subió en el carro del copiloto, teniendo cuidado con su pierna, que apenas se recuperaba de la fractura, y tras un último abrazo de Wanda y una última mirada a la casa de Natasha él y Pietro condujeron lejos del pueblo, en dirección al sur.
El viaje hasta la frontera les llevó dos horas, llegando a primera hora de la mañana, cuando los soldados aún no habían abierto el paso. Había varias personas esperando en una larga fila, la mayoría hombres que debían estar de paso, unas pocas familias y algunas mujeres con un acento extraño que viajaban en grupo, todos con sus pasaportes nazis en la mano, y atentos a cada ruido que oían, igual que esos ratones asustadizos que corrían de un lado a otro en el puerto de su hogar.
Pietro se detuvo a un lado del camino y apagó el motor de su motocicleta. A Steve ese suave ronroneo mecánico, por un momento, le recordó a la Harley de su padre recorriendo las interminables calles de Brooklyn, pero se deshizo de esos pensamientos cuando Pietro quitó la llave y bajó para ayudarle, quitándose el casco y las gafas, hasta que el soldado lo detuvo.
—Pietro, será mejor que siga solo en adelante— anunció, y el adolescente frunció el ceño, sin comprender su actitud.
—Pero no hablas bien el alemán— le recordó, confuso.
Steve solo sonrió.
—Amigo, soy irlandés. No hay nada sobre la buena tierra del Señor a lo que no pueda adaptarme— dijo, estrechando su mano— Fue un placer haberte conocido. Y gracias por todo— amplió su sonrisa, dándole un amistoso golpe en la espalda—. Sé que nunca quisiste ser mi niñero, pero lo hiciste de todas formas. Por eso sé que eres un buen chico, Pietro. Cuídate mucho. Y cuida mucho a Wanda y a la señorita Natasha— pidió, y Pietro, que había escuchado sus palabras con ojos bien abiertos, bajó la mirada, aunque Steve aun así pudo notar que luchaba por contener las lágrimas, y se sintió profundamente conmovido por ello.
Y entonces, tan de improviso como Natasha, Pietro se abalanzó sobre él, abrazándolo igual que un niño pequeño que despide a su mejor amigo, tal y como Wanda había hecho al menos media docena de veces antes de que salieran de la casa.
—Ten mucho cuidado, Steve— dijo el joven tras separarse, sorbiéndose disimuladamente la nariz—. Solo enséñale tus papeles y baja la mirada. Según tu pasaporte eres holandés, así que no digas nada.
—Lo sé. Estaré bien, no te preocupes. Escribiré cuando llegue, como le prometí a tu hermana, y veré la forma de que reciban esa carta— le dijo, dándose la vuelta, pero volviéndose de inmediato— Ah, Pietro. Si algún día tú y Wanda llegan a América, pueden buscarme. Sólo vayan a Brooklyn y pregunten por mí o Bucky Barnes. No hay nadie allí que no nos conozca.
Pietro asintió, limpiándose el rostro con una mano que después usó para despedirse. Sin embargo, antes de que Steve pudiera siquiera alejarse dos pasos lo detuvo:
—Steve— llamó, y el soldado, una vez más, se dio la vuelta, notando a Pietro muy serio— Si algo sale mal...— el adolescente vaciló, pero sólo por un momento— Si algo pasa, regresaré al río, y esperaré allí hasta mediodía— anunció—. Aunque espero que no regreses, pero en caso de...ahí estaré— dijo, y Steve parpadeó. Sabía que Pietro era un muchacho muy inteligente, y que siempre pensaba bien en cada detalle, lo había aprendido durante los casi sesenta días que habían compartido, por eso no quiso preocuparse ni ser negativo, así que le sonrió una vez más y se despidió por última vez. Y mientras la figura de Pietro comenzaba a hacerse pequeña por el horizonte, Steve pensó en lo mucho que extrañaría las peleas entre él y su hermana; en lo mucho que los extrañaría a ambos, tal vez porque él nunca había tenido hermanos (sin contar a Bucky, claro, pues aunque lo quería como a uno no los unía ningún lazo sanguíneo) pero pensó que de haberlos tenido hubieran sido como ellos. En tan poco tiempo había llegado a querer a esos dos niños como a dos ruidosos hermanos menores, y pensó honestamente en lo mucho que le gustaría volver a verlos algún día.
Sin embargo, mientras se imaginaba a sí mismo llevando a los mellizos de paseo a Coney Island los soldados nazis abrieron la frontera, y las personas en la fila comenzaron a avanzar lentamente, instándolo a imitarlos.
Había casi un kilómetro y tres controles fronterizos entre el y la libertad, así que Steve procuró mantenerse tranquilo y sonriente, avanzando tras las demás personas sin apuro, a pesar de que le urgía salir de Alemania, y de que por dentro le aterraba la posibilidad de ser descubierto.
—Papeles— en el poco alemán que había aprendido, Steve entendió muy bien aquella palabra. Callado y manteniendo la vista baja, entregó sus papeles al soldado del primer control que los había solicitado y esperó ansiosamente— Siga adelante— ordenó el hombre, devolviéndole los documentos sin siquiera mirarlo, y entonces el corazón del hombre de América volvió a latir.
—Gracias— contestó, imitando lo mejor que pudo el acento que Wanda y su hermano le habían enseñado, y rápidamente (o tanto como pudo con una pierna que acababa de recuperarse de una fractura) avanzó hacia el siguiente control. Esa vez el movimiento fue más lento, porque además de los documentos los soldados requisaban las pertenencias de los viajeros. Steve sólo cargaba consigo una maleta con una manta, la comida de Wanda y una muda de ropa, así que no debía preocuparse más que por el cuchillo que llevaba bien escondido en su espalda. Además, para evitar llamar la atención más de la cuenta, se metió entre medio de un grupo de gente más o menos de su altura y complexión, logrando pasar el segundo control con éxito debido a la prisa que los guardias parecían tener por terminar con su trabajo.
Y entonces pudo permitirse, por un momento, suspirar con alivio.
Solo una última parada y estaría a salvo.
Todo el proceso de control migratorio demoró casi una hora de angustiante espera, y ya no faltaba mucho para llegar al inicio de la fila cuando un brillante Mercedes-Benz negro se detuvo a un lado del camino, haciendo que todos los soldados detuvieran sus tareas para pararse muy erguidos y saludar al recién llegado. Steve los vio pararse en fila para recibir a quien fuera que acababa de llegar y suspiró con frustración. Sólo tenía a cinco personas entre él y Suiza. Pero todo eso pasó a un segundo plano cuando la puerta trasera del Mercedes se abrió, y por ella Brock Rumlow bajó del vehículo, con su impecable uniforme gris y sus relucientes botas e insignias de guerra brillando bajo el resplandeciente sol de la mañana. Steve se paralizó al instante, y de inmediato volvió a bajar la cabeza. Rumlow no sólo era el encargado de cazarlo, sino que por semanas había sido su torturador personal en el centro de prisioneros en Stuttgart, así que no había duda de que conocía su rostro.
En ése momento, tras intercambiar algunas palabras con los soldados fronterizos, Rumlow puso las manos en la espalda y ordenó reanudar los controles bajo su atenta mirada, pero Steve se detuvo de inmediato. Si seguía avanzando el soldado lo reconocería.
De pronto fue como si el tiempo corriera más lento, o tal vez la adrenalina corría con más fuerza por sus venas. Ya no podía avanzar, no podía arriesgarse a volver a ese centro de torturas, aunque quizá ni siquiera iría allí, tal vez Rumlow le dispararía en la cabeza apenas lo reconociera.
No tenía muchas opciones. Debía pensar en algo, y debía hacerlo ya.
— ¡Pasaportes! ¡Dense prisa!— gritó uno de los soldados cuando ya sólo quedaban tres personas delante de Steve, y fue en ese instante que el americano recordó las palabras de Pietro, y tomó su decisión: lo mejor sería regresar e intentar huir otro día, cuando Rumlow no estuviera cerca. Así que empezó a retroceder lentamente, sin dejar de ocultarse entre las personas, alejándose voluntariamente de su propia libertad, pero también de una muerte segura.
...
Brock Rumlow se acomodó la gorra y levantó la vista, frustrado.
Controlar a un montón de campesinos y comerciantes no era precisamente la tarea que hubiera esperado desempeñar ése día, pero Schmidt aún quería hacerle pagar el haber perdido la pista del americano. Y debía obedecer sus órdenes. Al menos hasta que lograra meterle una bala en la cabeza.
Al menos había podido salir de Berlín, pensó con gran alivio, imaginándose esa misma noche en brazos de Natasha.
Natasha... ¡Ah, la hermosa Natasha!
Ninguna mujer había sabido complacerlo en la cama como ella, y ninguna otra había logrado meterse tan profundo en sus pensamientos. Rumlow nunca había amado nada ni a nadie, pero lo que sentía por esa mujer se le antojó muy parecido a eso. Quería estar con ella todo el tiempo, tenerla atada a su cama, someterla una y otra vez y escuchar sus gemidos de placer, pero entonces pensaba en que ella debía gemir de la misma forma para Schmidt, y todo ese deseo se convertía en ansias por hacerle daño.
Cuando Schmidt estuviera fuera del camino ella sería libre de elegir, y Brock sabía que lo elegiría a él. Debía hacerlo, le convenía, porque si Natasha no sería para él, entonces no sería de nadie.
Con eso en mente, mientras echaba un vistazo general a la multitud de viajeros, de repente se dio cuenta de que alguien armaba un pequeño escollo en la fila. Un hombre rubio se había dado la vuelta e intentaba avanzar en dirección contraria en medio de todo el gentío, provocando un verdadero tumulto debido a su tamaño y altura. Al principio no le prestó demasiada atención, decidiendo que debía ser algún comerciante suizo que iba de regreso a su país, pero entonces algo captó su atención: el hombre cogeaba, y parecía que de la pierna izquierda, algo a lo que normalmente no le hubiera dado importancia, pero Rumlow decidió que en ése momento la tenía, y mucho.
— ¡Hey, tú!— exclamó, y el hombre rubio se detuvo, pero en ningún momento dejó de darle la espalda. Segunda cosa sospechosa— ¡Date la vuelta!— ordenó en alemán, pero el hombre no obedeció. Así que, con una seña, Rumlow le indicó a los dos soldados que lo acompañaban que fueran por él— Dije que te des la vuelta, americano— dijo en inglés, y entonces el hombre musculoso volteó al fin, mostrándole su pálido rostro.
Y el teniente contuvo la respiración, presa del odio.
—Tú…— susurró, demasiado turbado durante varios segundos, hasta que fue capaz de volver a hablar:— ¡Atrápenlo!— exclamó, haciendo que sus hombres sacaran sus armas, y que todas las personas de la fila se tiraran al suelo, pero el americano, siendo más rápido, golpeó a los soldados con su equipaje y en medio de la confusión de gritos y personas corriendo en todas direcciones consiguió salirse del camino y correr hacia el bosque.
— ¡No lo dejen escapar! ¡Disparen!— bramó Rumlow mientras sacaba su arma del estuche, disparándole a una mujer que en medio de la confusión osó atravesarse en su camino.
Los soldados empezaron a disparar, pero ya era tarde, porque el americano había logrado meterse entre los árboles.
— ¡Síganlo!— ordenó el teniente a viva voz, empezando él mismo a correr hacia el bosque mientras seguía disparando.
Ese maldito americano no se le escaparía dos veces.
oOo
.
Continuará...
oOo
.
N del A:
Hola!
Después de meses de no actualizar al fin pude terminar el capítulo, pero tuve que cortarlo en la parte más interesante jaja
Espero poder subir la continuación pronto, para que todos sepan qué pasará con Steve.
Gracias por leer!
Su buen vecino,
H.S.
