CAPÍTULO 2:
La calle estaba desierta, la poca luz que alumbraba el camino venían de las contadas farolas a ambos lados de la carretera. A penas se escuchaba a alguien en la calle. Ahora sabía que si se hubiera quedado en aquel lugar, hubiera vivido en un barrio en condiciones, cosa que pasaba rara vez en su vida.
Aunque en aquel momento, aquella era la menor de sus preocupaciones.
La estación de autobuses, Thalia y el autobús que la conduciría fuera de aquel lugar. Tenía que llegar antes de que Percy la encontrara o que ni siquiera lo hiciera su madre. Apretó por lo tanto el paso y aunque sus pulmones le llegaron a quemar a causa de la falta de oxígeno y su corazón latía a mil por hora; no se podía parar. La estación estaría a unas pocas manzanas y aunque le costara la vida, llegaría sí o sí. ¿Quién hubiera pensado que una maleta de mano y otra para el hombro pesaría tanto? Era más, ¿desde cuándo tenía tantas cosas?
Casi cuando se iba a dar por vencida, pero solo por un rato para tomar aliento, vio a la lejanía. Las luces de la estación y un autobús que se preparaba para salir.
-Joder…- tenía que darse prisa.
-¡Annabeth!- pero por suerte, Thalia estaba allí y cuando la vio acercarse sin aliento, corrió para ayudarla- Creí que no ibas a venir…
-Y casi no vengo- respondió casi sin aliento cuando su amiga la ayudó con una bolsa- ¿Y tus cosas?- intentó decir entre jadeos.
-En el bus. Nos vamos en diez minutos, vamos- asintió siguiéndola, esta vez, mejor con menos peso- ¿Por qué tanta tardanza?
-Me iban cogiendo…
Annabeth casi se choca cuando su amiga Thalia se paró delante de la puerta del autobús:
-¿No te habrán seguido?
-No… no creo- en realidad, no estaba segura después de su encuentro con Percy- De todos modos, tenemos que darnos prisa antes de que pase algo que nos meta en problemas, ¿ok?- Thalia solo asintió dirigiéndola hacia la parte trasera del autobús.
Este iba casi vacío. Solo una pareja en medio del autobús, tres o cuatro pasajeros por la parte de delante y Thalia y Annabeth que tomaron los asientos más atrás que pudieron encontrar:
-Por fin- sonrió Annabeth cuando tomó asiento- Creí que nunca me encontraría en una situación como esta.
-Pues créetelo, amiga mía, lo estás- se entusiasmó Thalia- Han sido muchos días sin vernos, ¿cómo has estado? ¿Cómo estuvo la casa a la que te mandaron?
-He estado bien- se encogió de hombros- Y respecto a la casa… He de admitir que me da pena la mujer, pero no pienso que dentro de unos meses me deje de nuevo tirada y vuelva al reformatorio. California nos espera. Sol, playa y una casa donde no tenga que hacer caso a nadie y sin tener que temer que me echen de ella… ¿qué más puedo pedir?
-Valla, te ves feliz de hacer esto- ambas rieron.
-Lo estoy- admitió- Han sido demasiados años, Thalia- entrelazó su brazo con el de ella y se dejó caer sobre su hombro- Solo quiero cerrar los ojos y que todo esto desaparezca.
-No te preocupes, mi amigo Luke nos preparó un pequeño piso y trabajo en una cafetería cercana…
-Como si es vendiendo perritos caliente, con algo se empieza.
Amas se callaron cuando escucharon al conductor subir al autobús. De repente, todos los nervios que habían tomado a Annabeth, desaparecieron. Percy no había aparecido con Sally, quizás, sí, podrían estar buscándola, pero no habían llegado a tiempo. Lo que quería decir que si todo iba bien, en cuestión de horas o algún que otro día, estaría en California, tomando el sol y empezando una nueva vida.
Tomó aliento se relajó en su asiento y miró a Thalia que le sonreía con el mismo entusiasmo, más cuando el autobús arrancó; pero como arrancó, paró a los pocos segundos:
-¿Qué pasa?- Thalia la miró encogiéndose de hombros.
Ambas se levantaron del asiento, al igual que el resto de los pasajeros. El conductor, un hombre mayor, de unos cuarenta años, vestido de una forma muy curiosa para ser un simple conductor de autobuses con aquella camiseta tan estrafalaria, abrió la puerta cuando Annabeth se quedó blanca: era Percy.
-Mierda- se volvió a sentar- Joder, joder, joder.
-¿Qué pasa?- Thalia la miró, cuando Annabeth la agarró y prácticamente, la tiró otra vez al sitio- Annabeth, ¿se puede saber qué te pasa?
-Ese chico- lo señaló con la cabeza agachándose todo lo que podía- Es… es hijo de la que me acogió. El que me pilló, debe de haberme encontrado.
Thalia alzó la cabeza un poco cuando por su gesto, Annabeth adivinó que no era nada bueno lo que iba a pasar:
-Pues… no es por nada, pero viene hacia aquí.
-No, mierda, mierda- empezó a golpearse con el acolchado del asiento.
-Ya te dije que no ibas a ningún lugar- y antes de que pudiera reaccionar, Percy se encontraba frente a ellas con el conductor del bus- Hola de nuevo- miró a Thalia y sonrió- Soy Percy.
-Thalia- se presentó tímidamente.
-No voy a ir a ningún lado- ignoró el hecho de que su amiga estuviera haciendo amistades con el que era su peor enemigo ahora- Ahora, si me disculpas, California me espera.
-Creo que no irás muy lejos sin esto- y en su mano, estaba los trescientos que había ahorrado.
Annabeth se buscó como loca el dinero en sus bolsillos, pero no lo encontraba:
-¿Cómo lo has cogido?
-Tengo mis trucos…
-Chico, siento interrumpir, pero hay gente que…- el conductor señaló los demás.
-Sí, claro…- Percy se volvió de nuevo- ahora mismo vuelves conmigo a casa.
-No pienso- notó que Thalia la miraba preocupada- No voy a volver. He preparado este viaje durante años, por favor, no me abandones en esta.
-Annabeth, ha venido por ti… se preocupa por tu bienestar…
Y ahora, también la que era su amiga, su única y mejor amiga, se ponía en su contra. Alzó la cabeza y observó que todo el autobús los miraba. Se iba tener que aguantar por culpa de Percy su manía de quitar el dinero.
-Esta me la pagas- pasando incluso por encima de Thalia- salió del autobús con sus cosas y empezó a caminar hacia fuera de la estación.
-¡Annabeth, espera!- le ordenó Percy que la seguía y, sorprendentemente, Thalia también- ¡Annabeth!
-¿QUÉ?- gritó en medio de una solitaria y terrorífica estación que formaba el ambiente de una película de miedo aquellas horas- ¿Qué quieres? ¿No tienes bastante con haberme hecho perder el autobús?
-Annabeth, ¿no ves que lo que vas a empeorar las cosas? Mi madre quiere ayudarte…
-Ayudarme- repitió con ironía- Ayudarme, ¿con qué? No soy una enferma, ni siquiera me drogo, asique, no necesito ayuda con nada.
-Annabeth…- esta vez fue Thalia la que habló- Estás muy alterada.
-Tú no eres nadie para decirme como estoy. Tienes dieciocho años, prácticamente puedes hacer lo que quieras. Asique no tienes ni idea por lo que estoy pasando ni quiero, ¿entendido?
Estaba enfadada con Thalia, estaba enfadada con Percy y lo único que quería ahora era llegar a casa o como fuera que le podía llamar a su hogar de acogida y dormir, pero era tanta la rabia acumulada que había explotado.
-Sí lo sé… Nico pasó por lo mismo…- medió Percy.
-Nico- rió- Ese chico se puede llamar victorioso de que tu madre lo adoptara, ¿sabes? Yo a su edad había pasado por dos casas ya y en una de ellas, me habían pegado hasta estar casi una semana encerrada por las heridas, asique, no me digas que Nico ha pasado por lo mismo….- quería llorar y para que ni Percy ni Thalia lo notara, se volvió e intentó calmarse, guardando las lágrimas como podía-Solo quiero irme a casa. ¿Puedo o no?
-Claro… Thalia, ¿no?- asintió- ¿Te llevamos?
-Oh, no, me quedaba cerca, no hace falta… hazte cargo mejor de ella- y aprovechando que Annabeth se había ido hacia el coche y no escuchaba a ninguno de los dos, se acercó a Percy y le susurró- Solo dale tiempo. Es la peor, de nosotras dos, que lo ha pasado… Solo dale tiempo- Percy asintió con una sonrisa siguiendo los pasos de Thalia hacia el coche.
Ninguno de los dos habló durante el trayecto de vuelta y Annabeth lo agradeció. Lo último que quería ahora era hablar porque tenía tanta rabia acumulada en su interior que si empezaba a hablar, quizás, lo único que haría, era poner peor la situación. Asique, con aquella situación, lo único que se dedicó a observar la penumbra de la calle, de vuelta a donde salió.
Cuando llegó a la casa, cargó de nuevo sus cosas, esta vez no importándole lo que la escucharan y se dirigió hacia su habitación donde se encerró de nuevo, dejó las cosas donde estaba y se tiró en la cama.
Sentía en su pecho su estómago hecho una piedra. Quería vomitar, pero no podía. Quería llorar, pero algo se lo impedía. Por suerte, el sueño la inundó y cuando se quiso dar cuenta, lo primero que la despertó fueron el olor de huevos revueltos con beicon. Solo lo había olido contadas ocasiones cuando le caía alguna que otra casa decente. Parecía que le había tocado la lotería con esta.
Se cambió de ropa, aunque si Percy la había delatado, que se cambiara al pijama no iba a importar cuando quería regañarla.
-Buenos días, dormilona. ¿Has dormido bien?
A Annabeth le sorprendió aquella bienvenida, aun más cuando Percy y Nico ya estaban allí y desayunando, ¿por qué no la había delatado?
-Bien, gracias- respondió Annabeth mirando el panorama.
-Oh, por favor- Sally se acercó hacia ella y la colocó en la silla del frente de Percy- siéntate y come. Todo está recién hecho. Tenemos tostadas, tortitas, huevos y beicon; aunque date prisa porque estos dos atacan al beicon que da gusto- alzó la mirada, pero Percy la esquivó, jugando con la comida de su plato.
-Está bien, muchas gracias.
-Por cierto, mamá- saltó entonces Nico- ¿Vamos a ir hoy a la exposición de Grecia?
-Ya te he dicho que sí, Nico- miró a Percy y Annabeth- ¿Os apuntáis, chicos? ¿O queréis pasar todo el día aquí encerrados?
-Gracias, pero… en realidad, no es mi tipo de… actividad- Annabeth se disculpó lo más educada que pudo.
-Está bien.- la señora Jackson no insistió más- ¿Percy?
-Tengo que ponerme al día con eso de la dislexia, ¿recuerdas?- respondió con la boca llena de tortitas- Divertíos por mí, y tú, amigo- señaló a Nico- Me cuentas después, eh.
-Claro- rebañando el plato, Nico se levantó, chocó los cinco con Percy, se acercó a Annabeth y sin esperarlo de nuevo, le dio un beso en la mejilla- voy a cambiarme.
Annabeth lo miró extrañada mientras se perdía en el pasillo, camino a su cuarto:
-Lo siento mucho- se giró hacia Sally- es un chico muy cariñoso. En fin, os dejo solos, chicos, voy a prepararme yo también.
Ahora con la señora Jackson fuera, Percy y ella fueron los únicos que se quedaron comiendo el desayuno. Por alguna razón, Annabeth sentía que le debía una disculpa a Percy, o al menos un gracias por haber guardado el secreto. Aun así, también algo en su interior le decía que se mantuviera en su posición.
-Gracias por no haberle dicho nada a tu madre- Annabeth podía llegar a ser terca, pero cuando alguien hacía algo por ella, sabía agradecerlo.
-¿Quién dice que no lo he hecho?
-Ni me ha gritado, ni ha preguntado por qué me fui. Me sé todos los métodos, Percy.- había vivido demasiado como para que Percy creyera que se la podía dar.- ¿por qué no delatarte?
Percy dejó su desayuno a un lado y la miró:
-Porque no tengo ganas que ninguna niñita que se cree una rebelde meta en problemas a mi madre. Solo quiere ayudarte.
-Eso lo dices ahora, Percy- cogió el zumo de naranja y bebió un gran trago- pero sé que en cuestión de meses, días como mínimo, estaré fuera de este lugar, de nuevo en una casa de esas de albergue, el reformatorio si no hay sitio en el otro lado y vosotros estaréis dispuestos para otro chico… Siempre es igual, nunca hay una "familia distinta".
Ambos quedaron callados por un momento, solo el ruido de la calle que entraba a través de la ventana rompía el silencio hasta que Percy decidió romperlo.
-Bueno, seguramente será porque no has conocido aún esa familia…- tomó sus cosas, la dejó sobre el fregadero y se apoyó sobre este- Tienes diecisiete años y quizás ya te has hecho a la idea de que todo el mundo está en contra tuya, pero te digo que no es verdad…
Fue a responderle cuando el timbre de la puerta los interrumpió:
-Percy, ¿puedes abrir?- se escuchó la voz de Sally desde el otro lado de la casa.
-¡Claro!- miró a Annabeth y le sonrió con ironía- Deja un poco tu cascarón…
-Deja tú de ser idiota- lo observó marcharse cuando se acordó de algo- El dinero.
-¿Qué dinero?
-Dame mis trescientos- aclaró Annabeth.
Percy se acercó antes de marcharse y le mostró una media sonrisa:
-Deja de meternos en problemas y ya hablaremos- Annabeth apretó su puño.
No dijo nada, solo volvió al desayuno mientras Percy se dirigía para abrir la puerta; aunque después de aquella charla, lo menos que quería era comer. Dejó sus cosas en el lavaplatos y se iba a ir cuando observó que Jane, su agente de la condicional, era la que había llamado.
-No te preocupes, Annabeth, solo está aquí para hablar de tu terapia- Sally, que salió de detrás de ellas, se acercó enseguida a Annabeth.
-¿Terapia?- miró a ambas- no necesito terapia.
-Es parte de todo este trato para dejarte libre, Annabeth. Tuviste un gran arrebato de ira, queremos que te lo vallan controlando.- Annabeth apretó los puños con todas sus ganas, respiró hondo y asintió.
-¿Y qué pasa si no voy? Puedo controlarme cuando quiera- en aquel momento lo estaba haciendo.
-Pues que volverás al reformatorio- y si las cosas iban mal, ahora se habían vuelto peor- Annabeth, es por tu propio bien- intentó mediar Jane lo mejor que pudo.- Empezarías mañana a primera hora, ¿vale?- abrió el porta papeles que llevaba en su maletín y le entregó una especie de papel- el psicólogo lo firmará cada vez que vallas y, si piensas en falsificarlo, él tendrá un registro también…
-Que o voy o voy, entendido- no era estúpida, como la intentaban pintar.- Ahora, ¿me puedo ir? Acabo de desayunar y parece que algo me ha hecho que me siente mal- tanto Jane como Sally asintieron.
Sin decir nada, Annabeth guardó el papel en uno de los bolsillos del pijama casi hecho una bola y corrió prácticamente a su cuarto, cerrando la puerta tras de sí, acostándose en la cama, intentando relajarse. No necesitaba nada de aquello. Tuvo aquel arrebato porque no la dejaban de perseguir. Aquellos policías fueron los que le tendieron la trampa. Justicia lo llamaron. ¿Lo llamarían justicia si supieran que los que empezaron todo fueron en realidad aquellos policías?
Annabeth suspiró, solo quería tener dieciocho años. A los dieciocho, todo acabaría, sería libre, dueña de sus propios actos y no tendría que decirle nada a nadie de lo que quería.
-¿Se puede?
Annabeth se sorprendió al ver que era Nico el que llamaba:
-Claro, Nico, ¿qué pasa?
-¿Va todo bien?- la manera en la que lo preguntó casi la enterneció.
-Sí, claro. ¿Por qué no debería ir?- solo se encogió de hombros y suspiró- ¿Qué te pasa?- sabía leer perfectamente las reacciones de los niños como Nico, había conocido muchos tras estos años.
Cerró la puerta tras de sí y se acercó a Annabeth que se incorporó para hablar con él:
-Mi hermana Bianca era como tú, un día cometió un error y terminaron mandándola al otro lado del país con otra familia… y no quiero que te lleven a ti también.- Annabeth se quedó sin palabras después de eso.
-Tranquilo- intentó sonar convincente- No pasará lo mismo…- Nico asintió con una valiente sonrisa.
-¡Nico! Nos vamos.-era Sally.
Nico, como antes, se acercó, la abrazó y salió corriendo.
-Nico…- se paró un momento antes de abrir la puerta y la miró- volverás a verla, ya lo verás….-este no dijo nada, asintió y se marchó corriendo.
No pudo si no sonreír ante aquello. ¿Cómo podía ser una cosa tan pequeña tan dulce?
-¿Quién le dio la virtud a los niños de enternecer tanto?- bromeó para si misma.
-Nico tiene esa posibilidad- Annabeth saltó cuando escuchó a Percy en la puerta.
-¿No sabes que es de mala educación escuchar conversaciones ajenas, capullo?- tomó su cojín y se lo tiró, pero Percy tenía más reflejos y lo cogió a la primera.
-Capullo no, idiota.- se la devolvió, cerrando la puerta antes de que Annabeth pudiera responderle.
