Capítulo 3. Agridulce.
Los gritos de Mavis pronto atrajeron la presencia curiosa de varios estudiantes de la escuela. Ella permanecía en el suelo, hecha un ovillo, mientras intercalaba gritos de rabia y lágrimas de dolor. Heather y Jane intentaron echar a los entrometidos de allí, pero fue imposible, pues cada vez llegaban más atraídos por la necesidad de ver qué era lo que estaba sucediendo, y pronto ellas se convirtieron en dos alumnas más sin ninguna capacidad de decidir quién debía estar allí y quién no.
Bajo la chica, un charco de sangre se extendía casi hasta la entrada de la lechucería. Su cuerpo se movía a trompicones a causa de la respiración entrecortada y de las lágrimas ahogándola por dentro. Su túnica también estaba manchada, al igual que sus manos y brazos, con los que estrechaba contra sí el pequeño cuerpo sin vida de su lechuza, May. Murmuraba cosas que nadie alcanzaba a escuchar, ni siquiera sus amigas, que se mantenían a una distancia prudencial de ella, otorgándole todo el espacio que necesitara en esos difíciles momentos.
No tardaron en llegar los profesores, y fueron Albus Dumbledore y el director Dippet los primeros en hacer aparición en escena, separándose del grupo de curiosos para acercarse a las tres alumnas que permanecían en el interior del lugar.
—Profesora Merrythought, por favor, acompañe a los estudiantes de vuelta al interior del castillo. Silvanus, ayúdela. Aquí no hay nada que ver —determinó el director Dippet, con la voz más calmada que pudo mostrar en esas circunstancias.
Mientras tanto, el profesor Dumbledore se había aproximado a Mavis y, arrodillándose, trataba de tranquilizarla con palabras dulces. Intentó mover uno de los brazos de la chica para separarla del animal, pero ella no cedió. Habrían hecho falta varias personas para conseguir separar a Mavis de su lechuza; ella se mantuvo rígida, saboreando las múltiples lágrimas que no cesaban de llegar a sus ojos.
Los ojos de Heather también se humedecieron. El corazón le ardía de rabia ante aquella escena, observando las pequeñas plumas blanquecinas que flotaban por la sala, algunas habiéndose salvado de ser tocadas por la sangre. Su puño se apretó ante la impotencia de ver a su amiga con semejante dolor y no poder hacer nada, ante no saber ni siquiera por dónde comenzar. El resto de lechuzas habían abandonado sus posiciones, y revoloteaban por el exterior de la torre entonando lo que casi podía tomarse como una suave melodía fúnebre.
Comenzó a escuchar la voz del director Dippet dirigiéndose a ambas, pero Heather no se quedó para prestar atención a lo que el mago quisiera decirlas; avanzó hacia su amiga e imitó la postura del profesor, acariciándole el pelo con ternura mientras, por dentro, se hacía mil pedazos y la pequeña frase del pergamino resonaba con fuerza.
—Mavis… —musitó, con dulzura, apoyando su frente sobre la cabeza de su amiga, y cerrando los ojos unos instantes—, te prometo que encontraremos al culpable. Lo haremos. Pero ahora… tienes que… tienes que intentar soltar a May.
Las caricias no cesaban, y la escena se desarrollaba frente a un Dumbledore que prestaba atención a las palabras de la joven, y los susurros del director informándose de los hechos a través de Jane.
—Señorita Rabbotta, la pérdida de un ser querido es una de las más dolorosas piedras que encontramos en el camino, pero, al igual que con el resto, hemos de ser capaces de levantarnos y, en honor al caído, seguir adelante con memoria —pronunció Albus con solemnidad, estrechando el hombro de Mavis—. Estoy seguro de que su lechuza fue afortunada a su lado, y los culpables no quedarán indemnes. Pero ahora debe usted luchar, debe usted alzarse y continuar. Es el mayor homenaje que puede usted hacerle: seguir adelante, y no hacerla caer en el olvido.
Poco a poco, los brazos de Mavis fueron relajándose hasta sostener al animal con cariño más que con esfuerzo. Su mirada seguía clavada en sus ojos, pero pareció asentir ante las palabras del profesor. Este, junto a Heather, ayudó a que se incorporara aun notándola ligeramente temblorosa e inestable; una rápida mirada de la pelirroja hacia Jane fue más que suficiente para que esta se aproximase y ambas, además del director Dippet, comenzaran a abandonar la lechucería.
—¿Puede decirme qué ha sucedido, señorita Poulter? —inquirió Dumbledore, una vez las tres figuras desaparecieron de la escena.
—Iba a enviar una importante carta a sus padres. Creo que quería pedirles quedarse en la escuela por Navidad. Nos pidió a Jane y a mí acompañarla, como siempre, y entonces… —Heather se detuvo, observando de nuevo las plumas, que ahora yacían esparcidas por el suelo, y apenas conservaban su blancura original—. El cuerpo de May estaba anclado a una de las paredes, por eso supimos que no habían sido las otras lechuzas. Seguía sangrando, por lo que pensamos que, quizás… Acababa de suceder. Pero no nos cruzamos con nadie de camino aquí —relató, clavándose las uñas de la mano derecha en la palma, confusa. No sabía por dónde comenzar.
El profesor escuchó con atención, observando a la alumna a través de sus diminutas gafas, casi sin parpadear.
—Después, Mavis comenzó a gritar, y…
—Está bien, señorita Poulter —interrumpió Dumbledore, tragando saliva—. Es, desde luego, un hecho que se investigará todo lo que se pueda. Pero, de momento, concéntrense en darle todo el apoyo y el cariño posible a la señorita Rabbotta. Una lechuza puede ser el más fiel amigo de un mago, y su pérdida no debe ser tomada con poca atención —aconsejó, reafirmándolo con un asentimiento de cabeza.
—Sí, profesor. —Ella también sintió que se ahogaba. Las palabras de la nota se repetían una y otra vez en su cabeza, y el puño abierto del sueño parecía repetirse una y otra vez en esos momentos.
Las plumas… son del mismo tamaño que…
—¿Hay algo más que quisiera decirme, Heather? —preguntó el profesor, esta vez clavando la mirada con mayor interés sobre ella, casi como si pudiera leer que algo no iba bien en su cabeza.
—No, profesor —se apresuró a decir, casi en un susurro.
—Bien, en ese caso las mantendré informadas sobre cualquier nueva información que posea.
Heather abandonó a toda prisa —sin parecer, tampoco, agitada o inquieta— la lechucería, adentrándose de nuevo en el castillo, y tratando de alcanzar a toda prisa su habitación. Le ardían las sienes, y sentía que su corazón bombeaba sangre más rápido de lo normal. A mitad de camino, tuvo que detenerse a tomar algo de aire y apoyarse en una pared unos instantes para tratar de calmar el tembleque de sus piernas.
No debes decir mentiras. No debes decir mentiras.
No debes decirlas, Heather.
Si las dices, me enfadaré.
Las palabras de la nota iban derivando a una conversación unilateral de alguien desconocido con ella. Heather no era capaz de pronunciar palabra, pero en su cabeza, la persona no cesaba en su petición y en la reiteración de la prohibición sobre decir mentiras. Pronto, consiguió identificar al dueño de la voz, alguien a quien había escuchado hablar en tan escasas ocasiones que, de no haberlo pensado dos veces, habría seguido creyendo que no pertenecía a nadie.
Tom Riddle.
Tom Riddle.
Tom Riddle.
Quería escapar, pero no sabía cómo. Encontraba tantas similitudes, era tal la casualidad, que sentía que estaba a punto de estallar. ¿Cómo iba a acusarle, aun así, alegando como única prueba el haberlo soñado? Ahí era más culpable ella que el propio Riddle, pues la escena se había creado en su mente y, por tanto, la probabilidad de haberlo hecho inconscientemente crecía en proporción al descenso de la culpabilidad de Tom. Pero era él quien sostenía la pluma en sueños, era él el ensangrentado…
No se había dado cuenta de cómo se había ido dejando caer sobre sus rodillas gracias a su espalda apoyada en la pared; había cerrado los ojos sin pensarlo, y así había permanecido varios minutos, hasta que notó una mirada clavada sobre ella.
Los abrió de pronto, visiblemente alterada, y se pegó aún más —si cabía— contra la pared al ver la figura que se alzaba sobre ella.
—¿Te encuentras bien? —Tom Riddle fue el que rompió aquel silencio que, al mismo tiempo, tensó aún más el ambiente que se había formado al instante entre ambos. No había preocupación en su voz; tampoco simpatía. Era más bien desdén lo que expresaba, un desdén aderezado con un análisis de la situación en la que se encontraba la chica.
—Sí —escupió Heather, algo más irritada de lo que había imaginado que estaba.
La respuesta dio paso a una media sonrisa en el rostro de Tom. Una mueca de suficiencia, de altivez, pero que también parecía guardar algo de victoria tras ella. Heather era incapaz de no posicionarle como el principal sospechoso de todo lo que acababa de suceder, y no sabía hasta qué punto podría estar relacionado también con la nota que había encontrado en su cajón.
Pero también estaba el hecho de que Tom Riddle y ella no tenían ningún tipo de relación tras cuatro años en la escuela. ¿Por qué iba a haber sido él, quien apenas le había dirigido dos miradas en todo ese tiempo, el autor de la nota? Era darle demasiada importancia a una persona de la que sólo conocía el nombre y poco más. Era, en el fondo, darse demasiada importancia, creyendo que Tom, el distante Riddle, perdería el tiempo con juegos de críos de primer curso con ella.
—No lo parece —añadió, volviendo a mirarla, sin ningún pudor, de pies a cabeza.
Heather se incorporó de golpe, no llegándole casi ni al mentón, pero a pesar de ello con un ceño fruncido y una mirada de pocos amigos que quiso mantener para tratar de demostarle que no imponía nada sobre ella.
Los segundos de silencio se sintieron como horas para Heather. Él, impasible, se mantenía con la mirada clavada sobre ella y, por un instante, pareció estar observándola como si de una víctima se tratara. Y entonces, cuando creyó verle avanzar hacia ella, pegándose inevitablemente de nuevo a la pared, la túnica del muchacho serpenteó en el aire por el giro que había dado su dueño para marcharse. De un momento a otro, se había esfumado, dejando a Heather con la respiración entrecortada y un enorme interrogante sobre lo que acababa de suceder.
Lo único que tenía claro era que, tras esa mirada, lo veía más culpable que nunca.
Decidieron que la linde con el Bosque Prohibido era el mejor lugar para hacerlo.
Mavis sostenía el cuerpo de May entre sus brazos, envuelto en una sábana de seda verde cogida de los dormitorios de Slytherin. El agujero ya había sido cavado por Marcus y Jane, que aguardaban en silencio a un lado del mismo, observando a su amiga avanzar entre los pocos estudiantes presentes, todos cercanos al grupo de amigos. Entre ellos se encontraban Rubeus Hagrid, que había sido incapaz de contener las lágrimas desde que había visto a la pobre lechuza envuelta en la tela; Azalea Colwort, quien le tendía un pañuelo al muchacho que, pese a su edad, era más alto y grande que todos ellos; e Imma Shafiq, a quien habían invitado cuando ésta se acercó a Mavis en la sala común para darle sus condolencias por la pérdida.
Con un pequeño toque de varita, Heather hizo que una suave y dulce melodía recorriera la zona en la que se encontraban y se quedara a un segundo plano, por detrás de las voces. Mavis soltó a la pequeña lechuza en el interior de la tierra, dejando caer de nuevo alguna lágrima sobre un rostro enrojecido por la tristeza. No pudo evitar acariciar la seda bajo la que se encontraba quien había sido hasta la fecha su más fiel compañera, y entonces, con ayuda de Imma, ambas se retiraron hacia atrás unos pasos, dejando que los hermanos Fravey comenzaran a devolver de nuevo la tierra a su lugar.
—Fuiste la más leal entre las lechuzas, y la más fiel compañera. No te despedimos hoy, May, porque… —La voz de Mavis se cortó, necesitando de unos segundos de aire para poder continuar—, porque tú no te has marchado. Sigues aquí —pronunció, esta vez con más fuerza, señalándose al pecho—, en cada uno de nuestros corazones. Y en el mío seguirás por siempre.
Sacó entonces un fragmento de piedra casi rectangular de la túnica, no mucho más grande que la palma de su mano, en el que había grabado el nombre del animal. Lo colocó sobre el montón de tierra que ya habían apañado sus amigos, y suspiró, quedándose en esa posición inclinada mientras cada uno de los presentes se aproximaba a despedirse de la lechuza.
—Mavis, tengo algo que contarte… —murmuró Heather cuando fue su turno, el último, pues todos se habían marchado ya salvo los hermanos Fravey, que aguardaban distanciados a que ambas se les unieran en el regreso al castillo.
—Ahora no, Heather —pidió ella—. Id yendo. Os alcanzaré luego.
Heather asintió, seria, para caminar junto a Jane y Marcus segundos después.
Los tres se despidieron a su llegada al castillo, y Heather se dirigió a toda prisa hacia su dormitorio, el lugar que habría pisado antes de no haber sido por el encontronazo con Tom Riddle y la consiguiente confusión que aquello le confirió.
Una vez allí comprobó que una de las sábanas —la usada para May— faltaba en la cama de Mavis. Se aproximó hacia su mesilla, necesitando sentir de nuevo aquella nota entre sus dedos para estudiarla mejor y así, tal vez, averiguar la autoría de la misma. Quizás por el tipo de letra, o por la textura del pergamino, podría irse acercando poco a poco a la persona que había escrito aquello…
Pero cuando abrió el cajón, el fragmento de pergamino ya no estaba ahí. Rebuscó entre los libros y cuadernos, llegó a vaciarlo entero para comprobar que realmente no estaba; miró bajo la mesilla y la cama, por si acaso se había caído, e incluso llegó a mirar en el cajón de Mavis por si alguien lo había cambiado de lugar. Pero nada, la nota ya no estaba.
—Profesor.
—Dime, Tom —respondió el profesor Dumbledore, mientras recogía sus cosas para preparar la siguiente clase de Transformaciones.
—Me preguntaba, ahora que se acercan las vacaciones de Navidad… ¿Cuándo podré abandonar el Orfanato de Wool?
—¿A qué te refieres, Tom?
—Sé que no estoy obligado a regresar, y que siempre me he quedado en Hogwarts hasta la llegada de las vacaciones de verano, pero me preguntaba… Sobre cuándo podría trasladarme con mi familia.
—Pero Tom, tú ya sabes que…
—Que tengo un tío vivo por parte de mi madre, sí —interrumpió él de inmediato, no queriendo escuchar la palabra muerte una vez más.
Dumbledore se limitó a asentir y a observarle por encima de sus diminutas gafas.
—Él se puso en contacto conmigo hace unos días. Me invitaba a pasar las Navidades junto a él —explicó, con un tono de voz carente de entusiasmo o alegría. La única motivación que empujaba a Tom a reunirse con su tío era la posibilidad de conocer mucho más sobre sus familiares, pues apenas sabía algo sobre sus antepasados.
—Me temo, Tom, que no podrás abandonar Wool hasta cumplir los diecisiete. Es el acuerdo al que llegué con la señora Cole, y es el acorde a la Ley Mágica sobre menores de edad.
El rostro del chico, inevitablemente, dibujó un ceño fruncido que no alarmó en absoluto al profesor Dumbledore, que seguía dirigiéndose a él con la más absoluta calma. Tom, al percatarse de su expresión, la borró de inmediato, regresando a su habitual porte educada e impasible.
—Pero profesor, él es un familiar…
—Que no tiene tu custodia dado que no es un familiar directo, y tendría que pedirla de querer realmente hacerse cargo de ti.
—¿Insinúas que…?
—Yo no insinúo nada, Tom —volvió a interrumpir, con los brazos cruzados sobre la espalda, acercándose a él con parsimonia—. Entiendo la necesidad que debes sentir por conocer a tu tío, de veras, pero eso es algo que nadie te impide hacer. He escuchado que Las Tres Escobas guardan un ambiente idóneo para tales encuentros, y estoy seguro de que a la señora Cole no le importará que pases el día de Nochebuena junto a él —añadió, con un cierto toque de gracia—. Pero convivir con él… Debes aguardar a cumplir la mayoría de edad o a que tu tío inicie un proceso de custodia.
Tom se mantuvo serio sin apartar la mirada del hombre. Aguardó unos segundos para que el silencio invadiera a la conversación, la única forma que conocía de mostrar su descontento.
—Sí, profesor —respondió finalmente, abandonando el aula solo, con un cuaderno de cuero bajo el brazo.
Avanzaba por los pasillos ocupando —no físicamente, sino con su sola presencia— todo el espacio. Su mandíbula tensa marcaba la dirección de sus pasos, y sus ojos en ningún momento se cruzaban con los de aquellos que le lanzaban una fugaz mirada de curiosidad, o miedo.
Subió a toda prisa las escaleras en dirección a la cúspide de la torre de Astronomía. Y una vez allí, se aproximó a zancadas, con el rostro enfurecido, hacia la figura que aguardaba pegada a la barandilla.
—Te lo advertí, pero ya no voy a darte más oportunidades —espetó Tom, pegándose al rostro de la otra persona bajo una expresión de amenaza.
—He hecho todo lo que me pediste —respondió.
—Pero lo hiciste tarde, y sabes que no me gusta que me hagan esperar.
—Tuve que pensármelo, pero al final accedí, no entiendo tu enfado…
El rostro de Tom se enrojeció más aún, y no tuvo reparo alguno en agarrar del cuello a la otra persona y apretarlo con fuerza.
—Vas a seguir actuando, pero esta vez vas a hacerlo todo bien, ¿entendido? —siseó Tom en su oído.
—Sabes que sí, Tom. Sabes que haría cualquier cosa por ti —replicó, con ansiedad.
En ese momento el enfado de Tom se disipó, dando lugar a una media sonrisa de satisfacción. La presión sobre su cuello aminoró, y su mano se trasladó por este en forma de caricia, ascendiendo también por su mejilla hasta llegar a su pelo, donde hundió los dedos para atraer aquel rostro contra el suyo. Permaneció a escasos centímetros de sus labios durante unos instantes, prolongando una sufrida espera por parte de la otra persona, observando en sus ojos la necesidad y la desesperación.
Y entonces fundió ambos en un beso.
