IV

Ningún perdedor

Existen un par de cosas básicas que cualquier deportista (o entrenador) debería saber. Primero, nunca insultes a tus fans (no van a olvidarlo jamás). Segundo, nunca creas nada de lo que dicen de ti cuando tienes una racha ganadora (te coronarán Rey del Universo para sacarte la corona a la primera bola que se salga del campo). Tercero, nunca te dejes limitar por una racha perdedora (es sólo una cuestión de esfuerzo, tarde o temprano lo superarás). Bien, Finn Hudson tiene esas tres cosas en claro. Y sin embargo, en éste último tiempo se le está haciendo difícil seguir un par de ellas. Uno creería que haber ganado el Gran Tazón dos años seguidos mantendría satisfechos a los fans por un par de partidos, pero ese no es el caso. No, al parecer la gente no tolera que los Jets hallan perdido tres de los últimos cuatro partidos, y tienen un par de cosas que gritar al respecto. Finn intenta no escucharlos, ni a ellos ni a los periodistas, pero sus jugadores no pueden evitarlo, lo que lleva a los Jets a su cuarta derrota consecutiva, por nada menos que seis touchdowns abajo (en palabras de Burt: "una masacre").

- Ya volveremos a nuestra racha, muchachos. No se desanimen.- le dice a sus jugadores, mientras caminan al vestuario con los cascos en las manos y las cabezas bajas, arrastrando los pies. Finn se encierra en su pequeña oficina, sentándose en el escritorio y cerrando los ojos. En general, las derrotas no lo afectan demasiado. Él sabe que éste es su trabajo, y que a veces se gana y a veces se pierde. Pero hoy… hoy es distinto. Hoy están en Ohio. Y sus padres están ahí y los papás de Rachel y toda la familia (ella inclusive pidió un par de días libres para ir a verlo, ¿sabes cuánto le cuesta a ella no actuar? Debe estar muriéndose por dentro.), hoy debía ganar ese juego porque toda su familia estaba en las gradas esperando eso… y pierden. Por mucho. Por demasiado. Se ducha en silencio, intentando pensar en otra cosa. Pero no puede. ¿Qué hay con Ohio, eh? Es como si él no pudiera ser un triunfador allí, como si todo lo relacionado con su lugar natal fueran derrotas.

- ¿Finn?- inquiere Blaine, asomándose al pequeño vestuario destinado a los entrenadores y sus ayudantes.

- ¿Hmm?

- ¿Vas a hablar con la prensa ahora?

- No. Diles que daré una conferencia en dos días en Nueva York.

- Eso pensé. Rachel dice que nos esperan en casa de sus padres.- responde Blaine antes de salir, y a Finn se le hace un nudo en la garganta. No sabe como hará para verlos a todos a la cara después de esto, especialmente a Rachel. Se pregunta si será maduro quedarse en la ducha hasta dentro de unos días. Se responde que no.

-oo-

A juzgar por los autos aparcados en la entrada, la casa debe de estar llena de gente. Finn suspira antes de bajar de su propio auto, echándose un vistazo en el espejo retrovisor para cerciorarse de que no luce demasiado patético. Se mete las manos en los bolsillos y camina hasta la puerta de entrada.

- ¿Adónde crees que vas?- dice la voz de Rachel desde la oscuridad del porche. Finn sonríe tristemente, acercándose hasta ella y apoyando su cabeza en el hombro de su esposa. Rachel lo rodea con sus brazos, besándole suavemente la mandíbula y el cuello.- Estuviste fantástico, cariño.

- Bueno, claramente se ve que tu no entiendes nada de Football Americano.- dice él con amargura, sentándose en la baranda del pequeño porche, quedando a la altura de los ojos de su esposa. Rachel sonríe, una parte de Finn parece sanar, como si con eso bastara.

- No me refiero a lo deportivo, Finn. Dios sabe que de eso no entiendo nada. Me refiero a que no dejaste de acompañar al equipo ni siquiera cuando iban perdiendo. Nunca perdiste la fe en ellos, nunca te diste por vencido. ¿Sabes cuan difícil es eso?- le dice ella, acomodándole cariñosamente el cuello de la camisa. Finn suspira.

- Es sólo que… este juego significaba tanto para mi. Tu te perdiste de ir a trabajar y toda nuestra familia estaba ahí y yo… yo sólo quería que se sintieran orgullosos.

- ¿Y crees que a ellos les importa si ganas o no, cariño? Claro que se alegran de que te vaya bien y de que seas exitoso… pero no es eso lo que hace que se sientan orgullosos. ¡Los chicos ni siquiera entienden cuando ganas o cuando pierdes (y creo que tu mamá tampoco)! Ellos solo saben que estás ahí y que eres su padre, y eso les alcanza para hacerlos sentir orgullosos. Siempre te queremos, no importa lo que pase. Yo al menos lo hago. Siempre.- explica ella, abrazándolo por los hombros. Finn la abraza por la cintura, colocándola entre sus piernas.

- ¿En serio?

- ¿Qué es lo que tu me dices siempre que obtengo una mala crítica o… alguien habla alguna tontería acerca de mi en la televisión?

- Que amo como eres capaz de superar eso y no dejar… no dejar que eso te detenga.- responde él, ahora sí sonriendo, puesto que Rachel le ha hecho entender aquello que a él le estaba costando un poco. La besa entonces. Porque ella se lo merece y porque él lo necesita, y Rachel suelta una carcajada cuando uno de sus padres les hace una seña de luz, indicándoles que entren, tal y como lo hacía cuando tenían quince años y Rachel se pasaba de su hora permitida.

- Algunas cosas no cambian.- le dice Finn, tomándola de la mano, y Rachel le ordena que cierre los ojos. La sigue con cuidado, intentando no chocarse con nada, y tiene que reprimir una sonrisa cuando oye a Amy ordenándoles a todos que guarden silencio.

- ¡Sorpresa!- gritan, en cuanto Rachel le permite volver a abrir los ojos, y Finn suelta una carcajada.

- ¿Qué es esto?- pregunta él, mirando hacia el sótano de los Berrys, que ha sido decorado con los colores de los Jets.

- Bueno, ya habíamos arreglado la fiesta. No valía la pena desarmarla.- le explica Rachel, mientras Amy intenta ponerle un gorro en la cabeza.

- Celebramos que estamos todos juntos.- le dice su madre, dándole un beso en la mejilla, y Finn siente que podría llorar. Se sienta con Burt, Leroy, Blaine y Puck a tomar unas cervezas mientras Amy y Kurt les enseñan a las chicas la coreografía de las porristas. Cuando Chris se queda dormido en sus brazos, chupándose el pulgar, con su cara aún pintada de los colores de los Jets y su pequeña camiseta del equipo, Finn hace una nota mental de comprarle a Rachel un anillo o un ramo de flores o lo que sea. Se lo merece. Siempre se lo merece, pero en ese día en particular se lo merece aún más: Rachel le ha enseñado a Finn que no por perder uno se convierte en perdedor. Y Finn definitivamente no es ningún perdedor. Un perdedor no termina consiguiéndose la mejor familia del mundo tan fácilmente.

Nos vemos en próximos capítulos.