Capítulo 4: 'A Message'
El día siguiente del matrimonio no fue precisamente un buen día. Llegó una carta de la Universidad de Utah anunciando que ya había sido designada mi habitación junto a una tal Johnson de Oklahoma. Mi madre sabía que quería estudiar Arte o Historia, y de alguna forma con su instinto maternal se dio cuenta que no quería ir a Utah, y si quería ir, era por una razón muy distinta a mis expectativas académicas. Y cuando leí la carta en la cocina, junto a ella, salió el tema que nunca esperé discutir con alguien, menos con ella. Me preguntó por qué iba a una universidad que no me gustaba, había sido aceptada en otras que ofrecían mejores clases de Arte y Literatura, pero no las había considerado; por qué tenía que ir a Utah para seguir a mi novio. No le respondí, y salí de la cocina decidida a ignorarla.
Pero el día después siguió acosándome con sus preguntas y me miró como si fuera una delincuente a la que iba a usar cualquier método para que reconociera su crimen. Sólo se detuvo en el almuerzo porque no quería involucrar a los gemelos en el asunto y aproveché para escaparme, enojada, por la actitud de mi madre.
Tomé un chaleco que colgaba en la silla de mi pequeño escritorio en la esquina de mi cuarto y bajé anunciando que iría a visitar a Lauren.
Me despedí de mis hermanos, que aún no terminaban de devorar el postre, y sentí la penetrante mirada de mi progenitora en la nuca cuando le daba la espalda dirigiéndome a la puerta principal.
La brisa fría de Forks me golpeó, haciéndome consciente de lo acalorada que me encontraba. Había estado tan enojada, que mis mejillas ardían en un rojo vivo. Agradecí por el clima de mi pequeña ciudad porque el frío siempre me despertaba y me renovaba las energías al salir de casa o de cualquier lugar cerrado. Era un golpe de frescura que me calmaba.
Caminé, mirando hacía el cielo nublado y pensando adónde ir, ya que no me hablaba con Lauren desde hacía varios meses y sólo fue una mentira para huir del acoso de mi madre.
De repente, como si hubiera estado tan quieto esperando no ser visto, divisé a Jacob Black al otro lado de la calle, sentado en la acera y mirándome fijamente.
Tomé una bocanada de aire confundida por verlo allí y miré hacía ambos lados verificando que ningún automóvil venía antes de cruzar.
En el momento en que me vio venir con intenciones de hablarle, se levantó como un resorte, abriendo los ojos como en el matrimonio de Bella cuando nuestras miradas se encontraron. Parecía que quería escapar de mí.
-Hola… ¿Qué haces aquí, Black? –pregunté, sonriéndole, y me detuve cuando apoyé mis pies en la acera sabiendo que si me acercaba más, podría correr de mí. No sabía por qué, ni que fuera un perro rabioso o algo peligroso.
Parpadeó sin decir nada, incrédulo que le hablara tan natural. ¿Acaso creía que iba a gritarle o que me iría sin siquiera saludarle?
Abrió la boca con lentitud antes de decir, aún sorprendido:
-Er… Te estaba esperando –dijo, evitando mirarme. Pensé que podría sentirse avergonzado o algo así, pero su piel caramelo seguía de la misma tonalidad-. Quería… -pero se quedó callado y su mirada iba de sus zapatillas a mi cara.
-¿Quieres dar un paseo? –miré hacía el cielo nuevamente-. No quiero estar cerca de mi casa por ahora. Caminar me vendría bien. ¿Me acompañas? –me daba un poco de pena verlo tan nervioso para hablar, y pensé que distraerlo ayudaría a que se expresara con más soltura; y de paso yo olvidaría Utah, mi novio y estudiar Arte.
Me giré y comencé a caminar hacía el sur para llegar a la esquina y allí doblar a la zona donde había un pequeño parque en el que solía jugar cuando era niña.
Sin decir nada, y con silenciosos pasos, me alcanzó casi en tres segundos, considerando que ya le había dejado unos metros atrás, y se posicionó lo más lejos que pudo de mi lado.
Con una fugaz mirada de reojo, me fijé que llevaba unos pantalones cortos y una camiseta sin mangas. No hacía frío, ya que era verano, pero estábamos en Forks y no era para usar ese tipo de ropa tan desabrigada. Yo andaba con un chaleco y debajo una blusa delgada y jeans largos, y aún así sentía un poco de frío en mis brazos. Bueno, cada persona tiene una tolerancia diferente a las temperaturas y él se sentirá bien así, me dije no dándole importancia a su vestimenta.
Llegamos a la pequeña plaza de juegos desvencijados, pero aún en buen estado. Había tres bancos debajo de unos faroles, mirando hacia el área donde se hallaban los columpios y el tobogán más algo que jamás haya visto, justo en medio de la plaza.
Me senté en el columpio que tenía el asiento más ancho y comencé a mecerme sin mucha fuerza. Apenas me movía y mis pies removían la arena levantando un poco de polvo.
Él se había quedado junto a los tubos que sostenían los tres columpios, mirándome con mucha atención y sin decir nada. Si yo hubiera sido él, pensaría que esa chica era realmente extraña por hablarle a un desconocido e invitarlo a una plaza para que en silencio pateara la arena. Y de cierta forma me miraba así, sin entenderme, tratando de descifrar qué estaba haciendo o por qué le había pedido que me acompañara.
-¿Por qué querías estar lejos de tu casa? –preguntó, precavido y observando los tornillos del que las cadenas del columpio se sostenían que emitían un ruidito chirriante cuando me mecía.
-Porque quiero olvidar mis problemas –respondí sin ahondar en lo que era mi problema y le sonreí, animándolo, para que contestara mi pregunta sin vacilar, como lo hizo cuando estábamos frente a mi casa-. ¿Qué me querías decir, Jacob?... ¿Puedo llamarte por tu nombre de pila, verdad?
Asintió torpemente e hizo una mueca con la boca, pensativo.
-Vine para darte las gracias por hablarme en el matrimonio –dijo, poniendo las manos en los bolsillos delanteros de sus pantalones. Me pregunté por qué venía a darme las gracias, no había hecho nada espectacular ni digno de admirar-, porque me hiciste pensar… Me animaste –concluyó, eligiendo con cuidado sus palabras, y entendí que había más de lo que pensaba en comparación con lo que me decía.
-No podía dejar que un amigo de Bella fuera infeliz en su día especial –con mis dedos pulgares comencé a trazar las formas de las cadenas del columpio.
-¿Ella te había hablado de mí? –preguntó con interés.
-Algo –lo miré y solté una risita al observar el brillo en sus ojos-. Supe que la ayudaste mucho cuando Edward se fue de la ciudad. También que cuando Edward volvió, ella tuvo serios problemas para que se llevaran bien.
Se acercó al columpio de la derecha y se sentó, provocando un chirrido de los tornillos de su columpio y haciéndome reír por su expresión, que denotaba arrepentimiento. Le dije que los columpios ya estaban viejos y él no era el responsable. Asintió sin decirme nada y su mirada se posó en uno de los faroles delante de nosotros.
Junté las piernas para doblarlas. Hacía delante, hacía atrás. Una y otra vez. Hasta que comencé a moverme, a balancearme en el mismo sentido que mis piernas se doblaban, haciendo que una brisa fría me recorriera todo el cuerpo y mi pelo comenzó a desordenarse. Mis rulos caían por mis hombros y luego se elevaban cuando subía hasta que el columpio no llegaba a más y volvía a descender llevándome con él; cerré los ojos pensando que estaba volando. Desde pequeña mi juego favorito había sido el columpio porque en él me sentía liviana, y con el movimiento de mis piernas sentía el viento en toda su intensidad.
-Me puedes llamar Angela, si quieres –dije sin saber si él aún estaría ahí o si me escuchaba. Abrí los ojos e incliné un poco el rostro para poder verlo. Estaba sentado en la misma posición, sin moverse, y me miraba fijamente-. Encuentro que fuiste muy valiente para ir al matrimonio de Bella.
-¿Valiente? –frunció el ceño, confundido.
Reduje la velocidad suavemente y apoyé mi mejilla en una de las cadenas pensativa.
-Porque para ir al matrimonio de la persona que amas debes haber aceptado el hecho que ella quiere ser feliz con otra persona –apunté, sintiéndome menos entrometida que cuando le hablé hace dos días atrás, en la escalera de los Cullen-, y que, aunque aún te lamentes que no te haya elegido, quieres estar presente para desearle lo mejor en su nuevo futuro.
Mis palabras más que sorprenderlo –como parecía que estaba haciendo continuamente con cada cosa que decía o hacía-, lo hicieron asentir en su usual silencio, llegándole más a su corazón de lo que hubiera creído.
No sabía si Jacob sólo sentía una atracción muy fuerte por Bella o la amaba, pero por lo poco que había hablo con ella sobre él y del dolor que irradiaba en su mirada cuando descubrió su rostro en la fiesta de la boda, me di cuenta que él tenía sentimientos muy fuertes por ella. Algo que sobrepasaba una buena amistad o la fraternidad. Él deseaba que no fuera Edward el que tuviera la mano de Bella, sino él. Él quería ser el novio, él quería ese lugar para estar con ella. Y aunque sus deseos fuesen tan fuertes, no hizo nada para impedir que ellos se casaran. Jacob no causó ningún disturbio ni hizo nada que atrajera la atención de los concurrentes. Él estaba presente sólo para apoyar a Bella, porque aunque no quería que se casara con Edward, sí quería que supiera que aún la consideraba alguien importante en su vida.
Mis pies volvieron a remover la arena produciendo una pequeña nube de polvo hasta que por fin el columpio dejó de mecerse.
-Supongo que ella será feliz con él –masculló con resignación pero más calmado de lo que podría haber esperado de alguien desilusionado como él. No apretó los puños con rabia, ni tampoco le apareció una vena en la frente, ninguna señal que denotara que estaba celoso de la decisión de mi amiga.
-Lo será, si es que ella lo quiere ser –apoyé mi mejilla en una de las cadenas para mirarlo fijamente-, al igual que tú puedes serlo si te propones ser feliz.
-Pero la vida no funciona así. Muchas veces uno planifica qué quiere o cuáles son sus metas, y por más que se intente, todo fracasa.
-Quizás se deba a que mi padre es ministro anglicano y me ha contado sus estudios sobre los humanos, pero las personas cambian. Cambian por decisión propia y si de verdad quieren ser diferentes, enmendar sus errores, lo hacen porque ellos se proponen tener un nuevo enfoque de vida –crispé la boca sabiendo que no había quedado muy clara mi analogía-; creo que se aplica para cada aspecto del ser humano. Si quieres ser feliz, te lo propones y lo logras. Y claro que debe haber fracasos para entender que debemos trabajar más duro porque si todo se nos diera fácil, no tendría sentido vivir.
-No tendría sentido vivir… - repitió, reflexivo, y evitó mi mirada casi al instante.
No interrumpí sus cavilaciones porque a mí tampoco me gustaba que no respetaran esos preciados momentos en silencio donde podía dejar que mi mente sacara conjeturas en paz.
El ruidito de un coche me hizo mirar hacia la esquina, y vi que la vecina de nuestra casa venía con su casi recién nacida hija. El coche era rosa y tenía una cortina que la tapaba para impedir que se muriera de frío. La vecina, al verme, me saludó mientras impulsaba con más fuerza el coche para atravesar las irregularidades de la acera sin que el coche se estancara en alguna de las grietas del ya prehistórico asfalto. Al darse cuenta que Jacob estaba conmigo, lo miró como si fuera un bicho raro y siguió su camino.
Jacob también pareció advertir la mirada de la vecina y se puso de pie atrayendo nuevamente mi atención.
-Lo siento por molestarte, no debería estar aquí.
-No me molestas, Jacob –repuse, tranquila.
-Tampoco fue mi intención achacarte con mis estupideces, debes tener algo mejor qué hacer que andar respondiendo mis preguntas.
-Me gusta escucharte, porque así olvido mis dramas personales –le interrumpí, sacando toda la rabia contenida desde que abrí esa estúpida carta que se había convertido en tristeza.
Nunca hubiera planeado pasar una tarde hablando con Jacob sobre Bella y Edward, sobre la felicidad y el amor; pero sus problemas me hacían olvidar los míos. Tenía más tiempo para figurar qué hacer cuando llegara a casa y tuviera que enfrentarme a mi madre. Sabía que no podía posponer por mucho tiempo la charla con ella, mas sí podía prolongar la espera sólo un poco más.
Le sonreí tratando de derribar cualquier atisbo de mi real estado anímico y me moví hacía la derecha dándole suaves golpecitos al asiento del columpio como señal para que volviera a ocupar el lugar.
-Y volviendo al tema… Sí, es ser feliz tanto como desees serlo, Jacob –dije a modo de conclusión para que me hiciera otra pregunta o una afirmación que pudiera rebatirle y así seguir hasta que me sintiera preparada para afrontar mis problemas, mis dudas, mis preguntas.
-Lo mismo para ti y tus dramas personales.
Touché.
Me sonrió mostrando un poco de sus dientes y admiré el contraste de sus dientes blancos y la piel canela de su rostro. Sonriendo de esa manera se veía más niño, más inocente; quitándole casi por completo el aspecto peligroso que le daba su estatura y proporciones físicas.
Supuse que era injusto volver a hablar de él cuando ya había admitido que mi vida no era de color rosa.
-Pero los míos son distintos a los tuyos, aunque afecten nuestro futuro –suspiré al saber que quería agregar algo en voz alta para liberar un poco la presión que me volvía loca desde hacía meses-. Tú ya aceptaste que Bella eligió a Edward para compartir un futuro marital. En cambio, yo aún estoy en la fase de negar lo que quiero para seguir lo que se espera de mí.
El aire filosófico y dramático fue interrumpido por el gruñido de mi estómago pidiendo alimento.
Me llevé las manos al estómago refunfuñando mentalmente; había estado tan preocupada en escapar del acoso de mi madre que comí poco para huir antes, sin prever que en menos de una hora estaría hambrienta.
-¿No almorzaste? –frunció el ceño, confundido. Dentro de poco aprendí que siempre arrugaba la frente y dejaba que sus cejas se juntaran cuando sentía que algo no iba de acuerdo a que él esperaba o daba por sentado.
-Aparentemente comí poco –no quería volver a casa, así que debía comprar algo en el supermercado que quedaba a tres calles de aquí. Podría comprar uno de esos platos preparados y comerlo en la cafetería del local-. No quería seguir en mi casa, así que para escapar tuve que almorzar lo mínimo aceptable –traté de disculparme por el nuevo ruido de mi estómago vacío.
-Vamos, creo que hay una cafetería por aquí cerca.
Sabía que se refería a la cafetería que estaba a media hora caminando, en la parte de la carretera que atravesaba Forks. En contadas ocasiones había pasado por allí, y las veces que lo había hecho, pedía panqueques (1) rellenos con mermelada de frutilla. Ni mi madre podía hacerlos parecidos, esos eran deliciosos. La sola imagen de tener un plato lleno de eso me hacía gruñir con más insistencia el estómago.
Aún así, no podía aceptar la invitación de Jacob. Él había venido a agradecerme de haberlo animado en la boda de Bella, y había terminado ceñido en una conversación filosófica sobre cómo conseguir la felicidad. Sentía que me aprovechaba de él para librarme de mi problema.
-Es lo mínimo que puedo hacer por molestarte –no supe que me había quedado mirando en silencio un punto fijo cuando su mano extendida me trajo a la realidad.
Estaba delante de mí, con su gran mano invitándome a tomarla y levantarme para dar una buena caminata hacía la cafetería.
-¿Vienes o quieres morirte de hambre, Angela? –me preguntó con sorna por la extraña expresión de mi cara.
Creo que el verdadero Jacob era así: Directo y burlón, porque le quedaba bien ese tono de voz.
Tal vez acepté su invitación porque me gustó escuchar mi nombre de pila en él o porque de verdad tenía muchísima hambre; lo único a ciencia cierta de lo que estoy segura fue que al tocar su mano, caliente y protectora, me sentí un poco mejor.
(1): Los panqueques también son conocidos como panquecas o pancakes, en inglés. Es una masa de harina, huevo, mantequilla, que se hace en un sartén con aceite y se rellena con manjar, verduras, mermelada, etc.
N/A: En el capítulo pasado me di cuenta que no les agradecí por sus maravillosos reviews, así que me reprendí un buen par de minutos, y aquí tienen mis más grandes gracias por el apoyo y sus comentarios en cada capítulo. De verdad es muy satisfactorio leer lo que tienen que decir :). Y quizás soné un poco pesada, pero no fue mi intención, en serio. ¿Cómo podría enojarme con ustedes?
Espero que esté yendo por buen rumbo con la historia… Este capítulo me pareció difícil de escribir. Tenía la idea de cómo Jake y Angela entablarían una relación más cercana, pero ya llevarlo en palabras era un pelín más complicado. Pero ha salido.
Por si hay dudas, Jacob sí se imprimió de Angela.
Ya saben, todos sus pensamientos, dudas, sugerencias, tomatazos, quejas, se reciben en reviews porque los lectores tienen que tomar un papel activo y vital en los fics.
¡Un abrazo y hasta la próxima!
