Disclaimer: Solo me pertenece la idea y los recursos para llevarla al papel, en este caso, al documento.

Bueno, quiero agradecer a todos aquellos que no me habeis dejado RR, me animó mucho ^^ Bromas aparte xD Espero que os gustase de verdad, sé que leeis aunque no lo digais. Este capitulo es uno de mis preferidos y me hizo reír bastante al escribirlo. Espero que os guste igual. Pero no publicaré más hasta que alguien me diga que le parece, que el siguiente capitulo tiene 3.215 palabras exactamente (según el Word) y me llevé una buena currada. Ahora, disfrutad ^^


El Día Anterior a los Problemas


Despertó sobresaltada, lo que solo le provocó que el dolor de cabeza (que aún no había notado) le doliese más. Con una mano en la cabeza y maldiciéndose como el día anterior por beber tanto, se levantó. Fue al tocador y miró el reloj de bolsillo para comprobar que eran las doce en punto. Sin pensárselo dos veces, bajó corriendo y somnolienta las escaleras (después de vestirse, por supuesto). No se fijó en el exterior, tampoco es que se viera mucho. Empezó a sacar todo tipo de cazuelas, cazos, platos, etc. Todo con tal de hacer la comida para el Sr. Todd.

El mencionado se levantó también sobresaltado de la cama, pero por una cuestión diferente. Bajó corriendo a la cocina, creyendo que algo malo pasaba, o que alguien se había colado dentro. Su sorpresa fue mayúscula cuando vio a la Sra. Lovett revolviendo en la cocina buscando algo, revoloteando de aquí para allá cogiendo cosas y juntándolas en el mostrador.

-¿¡Qué hace, mujer!? –bramó él, aunque con tono somnoliento.

-¿A usted que le parece? ¡Y no grite, por favor! –le recordó-. ¿Qué hace en pijama a estas horas? –le preguntó curiosa, susurrando, mientras seguía corriendo de aquí para allá.

-¿A usted que le parece? –le devolvió la pregunta él, sarcástico, haciendo que ella se diese la vuelta confusa-. Son las doce de la noche, y usted está aquí revoloteando y montando semejante estruendo. Si los vecinos aún no la han linchado, poco les falta.

-¿L-las do-doce de la noche? –preguntó incrédula, dejando caer una olla que le recordó que le seguía doliendo la cabeza.

-¿Pensaba que era mediodía? –no pudo evitar una carcajada cuando ella asintió levemente-. Ya le dije que beber tanto no era bueno. Váyase a dormir y descanse –sugirió, dándose la vuelta para volver a la cama-. ¿Sabe que emborracharse hace que perdamos unas cuantos miles de neuronas? –comentó-. Tal vez usted haya perdido la facultad de leer la hora –se mofó, desapareciendo por las escaleras. Ella hizo una mueca y empezó a recoger. De todas formas, él tenía algo de razón.

Se tomó algo para paliar el dolor y se quedó mirando fijamente a través de las ventanas. Como si de repente se diese cuenta, el día siguiente era Jueves (obviamente porque estaba a Miércoles) y tenía que llevar al Sr. Todd al mercado, cosa que aún no le había contado. Y seguramente él desearía que todo estuviese preparado para recibir al Juez ¿no? Entonces… ¿¡Por qué aún no había empezado!?

Se levantó a toda velocidad, lo primero que haría sería limpiar las ventanas de su tienda. Cogió un cubo y un trapo –que metió en el cubo- y se fue a la fuente de la esquina a llenar el balde de agua. Una vez hecho esto, volvió a su tienda, y sin entrar, se puso a limpiar los cristales. Después de limpiar unos cuantos, se quedó pensando. Ella usaba grasa de cerdo para las empanadas… y la grasa solía servir para limpiar… ¿no? Más contenta que unas castañuelas y con el dolor casi matado, cogió una empanada, la "trituró" y con el relleno hizo jabón. A eso de las 3 las ventanas parecían nuevas.

Se secó el inexistente sudor de la frente y entró. Dejó el balde en el mostrador y se quedó ahí, de pie, mirando al vacío. ¿Qué podía hacer ahora? Bueno, limpiar no estaba de más, pero por aquél día ya había tenido suficiente encontronazos con el jabón. De hecho, estaba totalmente calada, así que decidió cambiarse. Se puso un vestido negro bastante sencillo y empezó a recoger la cocina para hacer después el desayuno.

Subió sonriente por las escaleras con una bandeja, preguntándose qué podría hacer aquél día. Podía ir al mercado, pero no le apetecía ir sola. Podía colarse en la habitación prohibida, pero lo más seguro era que la pillase a la primera. Estaba tan distraída que estuvo a punto de entrar sin tocar, pero se acordó de que no debía hacerlo, así que llamó. Y no contestaron. Pensando que había hecho todo lo que podía (no pensaba llevar una banda para que él supiese que estaba allí) entró. Se quedó atónita en la entrada. La barbería parecía nueva. No había polvo, ni mugre en las ventanas. El antiguo tocador de Lucy estaba contra la pared derecha, y en ella estaba el portarretratos. La cuna había desaparecido, y en su lugar había una mesilla con una par de velas. Parecía que la habitación estuviese nueva. Se acercó al tocador para mirar la habitación desde otro ángulo. Vio la caja de las navajas abierta, supuso que él la dejaría ahí por alguna razón. Tal vez para tenerla cerca cuando afeitase.

Se percató de que el Sr. Todd estaba durmiendo en la cama algo agitado. Parecía tener una pesadilla. Dejó la bandeja en la mesilla y se agachó.

-Sr. Todd –llamó en tono bajo-. Es hora de despertar –le agitó suavemente.

-¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaah! –despertó él, gritando. La Sra. Lovett cayó hacia atrás del susto.

-¡Hombre de Dios! –exclamó ella-. ¿Es que tan siquiera sabe despertarse como un hombre normal? ¡A partir de ahora le va a despertar… yo qué sé quién! –terminó la frase por no decir algo ofensivo.

-Perdón –se disculpó él, sudando-. Tenía una pesadilla –le tendió una mano para que se levantase-. ¿Qué hace aquí?

-Ya lo sé, ya lo sé –refunfuñó ella-. "No entre sin llamar" ¿me equivocó? –le imitó una vez de pie.

-Está en lo cierto. Tiene que llamar. Debe respetar mi intimidad.

-¡Eso hice! ¡Yo llamé! Solo venía a traerle el desayuno –dijo mientras se alisaba el vestido-. Pero a partir de ahora vamos a tener que poner unas horas, porque no pienso caerme al suelo todas las mañanas.

-Por supuesto, señora.

-Bien –dijo, yendo a la puerta-. Aquí se desayuna a las 6, se come a las 12 y se cena a las 7, ¿entendido? La hora del té es a las 5, pero no tengo suficiente dinero para él, así que olvídese de eso último.

-Perfecto –accedió él, más tranquilo, aún recobrándose de la espantosa pesadilla donde Lucy...

-Sr. Todd… -dijo antes de abrir la puerta, y dándose la vuelta-. Quería comentarle que mañana pensaba ir al mercado. Me gustaría que me acompañase, hay un barbero en la ciudad.

-¿Y en qué podría interesarme? –preguntó con suficiencia, dirigiéndose a sacar la ropa de la bolsa.

-Pensé que sería buena idea enfrentarse a él. Usted era el Mejor Barbero de Londres. Si le venciese… podría ganarse un nombre en la ciudad, y…

-Y así tal vez el Juez viniese –la miró casi maravillado-. Sra. Lovett, querida, es usted una mujer aterradoramente inteligente, ¿sabe usted? –ella sonrió cohibida-. Muy lista para ser tan joven.

-Oh, bueno… gracias, supongo -dijo amablemente-. Me parece que en la planta baja tengo una silla de Albert… tal vez le sirva –sugirió, saliendo por la puerta-. Después se la traigo, tesoro… -susurró. Él había abierto la puerta de los sobrenombres. "Querido, cielo, tesoro, cariño, corazón…" Y ella tenía muchos para llamarle. Pensándolo mejor, la había alagado. Tal vez, en el fondo (tan fondo que apenas se veía) él la apreciase. Tal vez él la estaba empezando a mirar con otros ojos. Con esos pensamientos y más contenta que unas castañuelas, bajo a buscar el sillón. Sí, aquél serviría.