Dominada por el Deseo
~Kawaii Tsuki-Chan~
Capitulo 3:
Hermione se encogió de hombros e intentó controlar el pánico que burbujeaba en su interior.
Sin poder hacer nada más que esperar, volvió a meter las fotos en el sobre. Cuando se encontró con que algo se lo impedía, se dio cuenta de que había otra cosa dentro. Perpleja, metió la mano en el sobre. Por lo general, ese loco bastardo sólo enviaba fotos... unas fotos desconcertantes e inquietantemente íntimas, pero nada más.
Pero no había sido así en esa ocasión.
Sacó bruscamente del sobre marrón un recorte de papel en el que había garabateado unas feas letras negras.
«Me perteneces. Eres mía».
Hermione se tragó el nudo de miedo que le obstruía la garganta. Ahora él se comunicaba con ella. Directamente. Le transmitía su posesividad, la furia que sentía ante la idea de que hubiera otro hombre en su vida. Ese lunático no sabía que Harry era su hermanastro. Había creído la historia que Harry había inventado, tanto para explicar la presencia de Hermione en su casa como para alejar al psicópata acosador.
Aunque pensar en quedarse sola asustaba a Hermione, una parte de ella se alegraba de que Harry tuviera que irse al día siguiente. Si le ocurriese algo, no sería porque su acosador hubiera decidido quitar de en medio a la «competencia». Ya se le ocurriría algo en las próximas tres semanas que Harry estaría fuera. Encontraría algún otro lugar a dónde ir, de manera que cuando Harry regresara, ella no pudiera poner en peligro al único de los hijos del senador Potter que se había puesto en contacto con ella.
Quizá, como Remus le había sugerido antes de marcharse de L.A, necesitaba un guardaespaldas.
—¿No tienes ni idea de quién puede ser este pervertido? —gruñó Harry, mirando fijamente la nota por encima del hombro de Hermione.
—No. —Ella negó con la cabeza—. Ojalá la tuviera. No me llevo mal con ninguno de mis compañeros de trabajo. Y mi novio me abandonó, no lo dejé yo.
—¿Uno de los seguidores del programa? ¿Un fanático que no sepa que hay ciertos límites?
Hermione se encogió de hombros.
—Quizá. He recibido un extraño e-mail de un seguidor del programa, pero no resulta amenazador, ni invade mi intimidad.
—-Voy a buscar a alguien que llegue hasta el fondo de esto, pequeña. No voy a dejar que te ocurra nada —le prometió.
En ocasiones como ésa, Hermione se preguntaba cómo era posible que Harry y ella tuvieran algo en común con los demás hijos del senador Potter. No tenían nada que ver con esos hombres ávidos y hambrientos de poder.
—Maldición —juró de pronto Harry, rompiendo el silencio—. Ojalá no tuviera que irme mañana. Me recogerán a las cinco de la madrugada y no podría ser en peor momento. ¡Maldita sea! El gobierno puede ser un amante de lo más exigente.
Hermione no sabía exactamente en qué trabajaba Harry, no le permitían contárselo a nadie. Por cosas que él le había comentado en los tres años transcurridos desde que había descubierto el secreto de su padre y la había localizado, Hermione había supuesto que trabajaba para Inteligencia. Pero no tenía ni idea de qué hacía.
—Si tanto odias tu trabajo, y deseas presentarte como candidato a un cargo público como sé que deseas hacerlo, ¿por qué simplemente no lo haces?
Por primera vez desde que lo conocía, Harry no le sostuvo la mirada. Se dio la vuelta cerrando los puños con fuerza.
Los abrió con evidente esfuerzo y luego dijo:
—No puedo.
.
.
Al día siguiente, Hermione se dejó caer en una silla de hierro forjado en la terraza de un pequeño café, junto a una pintoresca cadena de tiendas exclusivas. La tarde de febrero caía lánguidamente y era sorprendentemente bochornosa. Luchando contra el cansancio tras haberse pasado casi toda la noche en vela, le echó una mirada al reloj de su muñeca. Las tres en punto. Había calculado bien el tiempo. El Amo J debía de estar a punto de llegar.
Se le contrajo el estómago al pensar en ello.
Sin embargo, ésa no era la única razón. Podía sentir las miradas sobre ella, observándola, evaluándola y espiándola. Tenía erizados los pelos de la nuca.
Miró a su alrededor y escudriñó a la multitud. Nada.
Hermione respiró hondo, intentando reprimir su inquietud. No era difícil imaginar que si un psicópata era capaz de seguirla desde Los Angeles a Houston, no iba a costarle nada seguirle la pista hasta Lafayette. Lo más probable era que estuviera a salvo allí sentada en esa soleada plaza, pero si la reconocía, su acosador la vería con el Amo J, lo que suponía le sentaría todavía peor que verla con Harry. Y cuando se hiciera de noche, y estuviera sola en la casa de su hermanastro...
No, no podía pensar en eso ahora. Tenía que recordarse que estaba allí por un asunto de trabajo, y que si su acosador la reconocía o estaba observando ese encuentro, no vería nada sexual entre el Amo J y ella.
Se ajustó la bufanda y el sombrero para asegurarse de que le cubrían el pelo, y se colocó las gafas de sol. Tal vez estaba siendo paranoica. Nadie la iba a reconocer así vestida. Ojalá después de esa entrevista pudiera meterse en la cama de un albergue tranquilo y dormir hasta que se le ocurriera alguna forma de quitarse de encima a ese acosador.
Un camarero le dirigió una amplia sonrisa; sus dientes blancos contrastaban contra la piel oscura. Hermione se esforzó en devolverle la sonrisa mientras pedía un té helado.
En cuanto se fue, tiró del largo abrigo que había tomado prestado del armario de Harry, recolocándolo bajo las caderas y levantando las solapas. El camarero apareció con el té. Volvió a examinar el reloj de pulsera. Las tres y cinco. Le daría a Amo J, unos minutos más. Allí sentada se sentía vulnerable ante el psicópata que la estaba siguiendo... De repente, comprendió que había sido una imprudente.
—Tú debes de ser Hermione.
El profundo susurro llegó desde sus espaldas, casi encima de su oreja. Un cálido aliento rozó el lateral de su cuello, y Hermione se estremeció involuntariamente.
Hermione se giró, aturdida por el hecho de que alguien se hubiera podido acercar a ella con tanto sigilo a pesar de lo nerviosa que estaba. Pero él se había acercado en completo silencio.
Y era impresionantemente guapo.
El pelo, espeso y claro, caía sobre una frente amplia. La mandíbula era angulosa, y la barbilla con un hoyuelo estaba cubierta por una sombra de barba que proclamaba su masculinidad con la misma sutileza que un estampido de una bomba. La boca ancha se curvaba con una expresión que parecía mitad sonrisa, mitad desafío. Y, oh, esos ojos. La atrapaban. Acentuados por unas cejas rubias, esos ojos perspicaces la observaban como si pudieran ver en su interior. Como si él conociera todos sus secretos.
Bajar la mirada por su cuerpo no ayudó a calmar los latidos de su corazón. El Amo J medía más de uno ochenta y cinco, poseía unos hombros anchos y un cuerpo lleno de músculos duros que se hacían evidentes bajo una camiseta negra y ceñida que la hizo pensar en una sólida e inquebrantable montaña. Nadie podía mover una montaña. Nadie podría mover tampoco a ese hombre, a menos, claro está, que él quisiera ser movido.
Con sólo mirarle fijamente, Hermione se sintió atraída por él e invadida por la lujuria.
Era una suerte que su encuentro se limitara a esa reunión en público. De cualquier otra manera, Hermione creía que no hubiera sido responsable de su comportamiento.
Tragó saliva para recuperar el habla.
—Sí, soy Hermione.
Cuando le ofreció la mano, él no se la estrechó. Demasiado sencillo. Atrapándola con la mirada, se inclinó y se llevó la mano de Hermione a la boca, depositándole un beso sobre los dedos.
«Oh, Dios Santo...»
Una ardiente sensación le recorrió el brazo a toda velocidad, y los latidos de su corazón adoptaron un ritmo candente. Él se recreó, dejando que su cálido aliento le acariciara el dorso de la mano, mientras sus dedos jugueteaban con el centro de la sensible palma. Estremecimientos ardientes le atravesaron la piel y le subieron por el brazo.
El efecto que el Amo J tenía sobre Hermione no terminaba ahí. De hecho, el impacto de su presencia, de su contacto, la afectaba tan profundamente que un latido comenzó a pulsar suavemente entre sus piernas. Como si su clítoris necesitase anunciar a su libido que quería desnudarse para ese hombre.
«¡Es sólo trabajo!», se dijo a sí misma.
Con un discreto tirón, Hermione liberó la mano. El Amo J sonreía cuando se sentó a su lado —en vez de enfrente—, y acercó la silla unos centímetros más. Ella intentó ignorar lo consciente que era de él cuando el muslo masculino rozó el suyo, provocándole un hormigueo.
—Gracias por reunirse aquí conmigo, señor... ¿Cómo te gustaría que te llamara?
Esa amplia sonrisa pareció burlarse de su incertidumbre y proclamar un perverso conocimiento de su próximo debate sexual.
—Por ahora, será suficiente con que me llames señor.
—Vale. Sí, señor.
En el momento que las palabras salieron de su boca, Hermione se dio cuenta de lo sexuales que habían sonado. De lo sexuales que él había pretendido que sonaran. No sólo eran respetuosas, aunque lo eran. Pero con respecto al Amo J, ella no podía conseguir que su voz fuera algo más que un ronco murmullo.
¿Cómo sería llamarle señor en privado?
A pesar de que las gafas de sol la protegían, esos ojos oscuros parecían conocer cada uno de los pensamientos de Hermione, cada pecaminosa sensación, y la mantenían inmóvil mientras la miraba como si pudiera leer el deseo en su cara.
Hermione utilizó el té intacto como excusa para apartar la mirada de él y se obligó a concentrarse en un tema seguro y neutral.
Algo difícil de conseguir cuando lo había invitado para hablar de sexo.
—He leído en el dossier que recibí sobre ti, que te dedicas a la seguridad personal. ¿Eres guardaespaldas?
—Exacto. —Encogió esos hombros tan deliciosamente macizos—. Protejo a unos cuantos políticos y a sus familias, a diplomáticos y a algún que otro deportista.
—Estoy segura de que conoces a mucha gente interesante. ¿Trabajas con celebridades? —le preguntó.
Un atisbo de humor curvó la ancha boca en algo parecido a una sonrisa.
—Demasiado para mí. Los políticos son mentirosos, pero por lo menos sabes qué esperar de ellos. Pero los de Hollywood son paranoicos y egocéntricos, y creen que cualquier persona es un psicópata en potencia. No gracias.
Hermione no podía decidir si estaba molesta o divertida.
—No soy nada de eso.
—Date tiempo —él le guiñó un ojo.
Incorregible era una palabra que le describiría a la perfección. Un asomo de arrogancia unido a una sana dosis de atracción sexual y humor juguetón. La mezcla resultaba demoledora, gracias a sus habilidades en el flirteo y al encanto sureño. Sin duda, él tenía un efecto mortal en el sentido común de cualquier mujer. Hermione tragó.
El camarero se acercó a la mesa, y el Amo J pidió una taza de espeso café de achicoria típico de Lousiana. Ella se estremeció cuando el camarero lo llevó unos momentos más tarde.
-Cuéntame más cosas sobre tu programa. —Las palabras deberían haber sido una invitación, pero Hermione oyó la sutil orden en su voz. No era ni dura ni directa. Pero la voz tenía un tono acerado..., un tono que le contrajo el estómago... y le tensó el vientre.
—Provócame combina entrevistas y hechos que exploran varias facetas de la vida sexual en parejas estables o no. La última temporada hice un programa sobre la etiqueta sexual en una primera cita, otro sobre «amigos con derecho a roce», luego continué con algunos matrimonios que se hacían tatuajes a juego. Ésta será la segunda temporada y estoy muy contenta de que el programa vuelva a estar en pantalla. Dado que la cadena emite programas orientados a mujeres y parejas, creo que éste será perfecto.
—Hum. Cuéntame qué tienes pensado para esta temporada.
De nuevo, ahí estaba esa orden sutil.
—Bueno, aún no tenemos una idea fija, pero ya hemos aprobado los siguientes temas: masajes, fotografías para parejas, pintura erótica, y...
—Dominación y Sumisión.
Hermione tragó. Estaba tan entusiasmada con el programa, que casi se había olvidado de que iban a hablar de ese tema. El tema que estimulaba sus más vergonzosas fantasías nocturnas.
—Sí.
Él arqueó una ceja oscura con impaciencia, consiguiendo parecer severo, disgustado y poco amenazador al mismo tiempo.
Hermione se sintió desconcertada y lo miró fijamente. ¿Qué quería?
—Sí, señor —aventuró.
La sonrisa con que la recompensó fue deslumbrante.
—Muy bien.
—Pensé que este tipo de tratamientos eran únicamente para los...
—¿Sumisos? Así es habitualmente, pero contactaste conmigo para una lección rápida. Pensé que ésta sería la mejor forma de empezar, un ejemplo práctico para ver cómo lo haces. —Él se inclinó hacia delante y apoyó un codo en la mesa. Su mirada siguió clavada en la de ella, derritiéndola de manera implacable—. ¿Entiendes lo que significa someterse a un hombre? ¿Rendirse por completo?
Hermione contuvo el aliento, aturdida por algo que se escapaba a su control. Los ojos del Amo J brillaron con aprobación.
—Esto... no es sobre mí —repuso ella con voz jadeante—. Sólo necesito captar el concepto para transmitirlo...
—¿Cómo vas a poder transmitirlo sin mantener una relación de ese tipo, chef? Probar no es malo. —La sonrisa de él transmitía algo que sólo podía ser definido como pecado puro y duro—. Incluso te podría gustar.
Eso era exactamente lo que Hermione se temía.
Se esforzó por mantener una expresión profesional.
—No importa si lo pruebo o no. Después de todo, cuando hicimos el programa sobre las parejas que se tatuaban, no me hice un tatuaje. Lo que me interesó fue comprender por qué era tan importante para ellos.
—Pagar a alguien para que te haga un tatuaje mientras tu pareja mira es mucho menos personal que dejar que te venden los ojos desnuda, y otorgar el control de tu placer a tu Amo.
Tragando saliva, Hermione se dio cuenta de que él tenía razón. Peor aún, el bocado que le presentaba comenzaba a parecer un banquete para su abandonada sexualidad.
No. Aunque esta vez era Adán quien le ofrecía a Eva la manzana de la tentación, ella era lo suficientemente lista como para no aceptarla. Si le interesaba, era sólo porque le estaba embotando la cabeza con esas sugerencias. Él era difícil de ignorar. Ella no era una depravada, no era el tipo de mujer que permitiría que un matón la encadenara y le dijera lo que tenía que hacer. Lo que pasaba era que la idea era nueva y Hermione tenía un interés puramente intelectual en el concepto. Bueno, más que intelectual. Pero eso no significaba que fuera a acceder.
A pesar de que el Amo J parecía ser el hombre que había inventado el concepto de placer.
—¿Qué es lo que te da miedo? —preguntó él.
«Yo misma».
Ella apartó la vista de esa intensa mirada.
—Simplemente, no es lo mío.
Él frunció el ceño de nuevo. Su mirada mostraba una impaciente demanda.
—Señor —añadió Hermione casi en contra de su voluntad.
Él suavizó la expresión.
—En los pocos minutos que llevo aquí sentado, te has sonrojado, se te ha acelerado el pulso, y se te han puesto duros los pezones. Conozco el aroma del deseo. Puedo oler el tuyo. Voy a volver a preguntártelo. ¿Qué es lo que te da miedo?
Sintió un impacto en el vientre. Oh, Dios... era como un libro abierto para él. Incluso más que eso. Hermione cerró los ojos, soltó un suspiro. Luego otro. Su mente trabajaba a toda velocidad.
—No te lo pienses demasiado —le advirtió—. Mentir implica un castigo.
—¿Un castigo? ¡No tienes derecho! —contestó en un acalorado susurro.
Él la miró fijamente durante un largo momento.
—Te dije ayer en el chat que una relación de este tipo requiere mucha confianza. Confié en que eras quien decías ser. Para que confiaras en mí, permití que tu ayudante de producción consiguiera una información muy personal sobre mí, ¿no? No pongas esa cara de asombro. Lo descubrí en cuanto comenzó a indagar sobre mí. Si no hubiera dejado dicho en todos esos clubes que podían dar esa información, nadie le habría dado a Remus ni los buenos días, así que mucho menos le hubieran contado detalles sobre mi vida sexual.
Él se movió en su asiento, rozando el muslo contra el de ella otra vez, luego le alzó la barbilla con un dedo. Hermione se derritió con una mezcla de sorpresa y deseo, excitada ante el abrumador atractivo sexual del Amo J.
—Es cierto —susurró él—. Aposté por ti. Si trabajamos juntos, tienes que confiar en mí. No voy a raptarte, ni a forzarte a hacer ninguna cosa melodramática que se te esté pasando por la cabeza. Si quieres que te ayude a comprender la psicología de la Dominación y Sumisión, tienes que tener la suficiente confianza para ser totalmente sincera conmigo. Y contigo misma. ¿Me comprendes?
—Sí... sí, señor.
—Excelente. Ahora, por última vez, ¿por qué te asusta tanto la idea de someterte?
Era una pregunta cargada de implicaciones que ella no sabía cómo contestar. Era miedo al rechazo. A que la ridiculizaran de nuevo. Era vergüenza. Miedo al dolor y a la degradación. Le asustaba que le gustara ser dominada por alguien como él, y luego tener que asumir la vergüenza y la culpa.
Pero no podía admitir eso... ninguna de esas cosas. Sería como ofrecerle su alma en una bandeja de plata.
—Por favor —susurró Hermione—. Por favor...
El Amo J apretó la mandíbula y entrecerró los ojos. Por alguna alocada razón, Hermione odió decepcionarle. No le debía nada, maldita sea. Él era su entrevistado y sería recompensado por su tiempo e información. Punto.
NOTA:
Espero que les haya gustado, esta vez traté de hacerlo lo más largo posible. ¿Qué sorpresas esconderá este amo J? ¿Qué es lo que les espera a Hermione? Espero sus comentarios. Que tengan linda noche. Con cariño, Eli.
