Desnúdate

Esta es una adaptación

Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer.


ARGUMENTO:

Como directora de una galería de arte de Boston, Isabella Swan ha hecho tratos importantes en el pasado, pero ninguno como aquel. Para poder firmar con el increíblemente atractivo, brillante y exitoso artista Edward Cullen, para que exhiba sus celebradas esculturas eróticas en una exposición, Isabella debe cumplir una curiosa pero absolutamente no negociable demanda...

Debe posar para él desnuda, día tras día, o no firmará. No está dispuesta a retroceder ante un desafío, e Isabella acepta. Ardiendo bajo la intensa mirada del hombre más sensual que nunca ha conocido, mirando sus manos trabajar, Isabella se siente vulnerable, aunque liberada y totalmente excitada, y desesperada por la satisfacción que solo un maestro como Edward puede proporcionarle.

De hecho, le suplicaría para que cruzara esa línea. Y cuando lo hace, compasión es lo último que ella desea...


CAPÍTULO 04

Estaba, una vez más, frente al estudio de Ed. El viaje hasta allí no me había relajado demasiado. La voz de Jasper aún me daba vueltas en la cabeza, y casi podía oler su aftershave. Me froté la cara, sin preocuparme por el daño que podrían hacer las húmedas palmas de mis manos en mi maquillaje.

Como la cobardía no era una opción, salí del coche y conecté la alarma. La valentía, a veces, da asco. Me recompuse preparándome para el placer de la compañía de Ed, y entonces entré en su galería. Las luces de la exposición estaban ya apagadas, y el letrero de PRIVADO había desaparecido de las escaleras.

El silencio de la habitación era espantoso, e hizo que mi estómago se tensara. Aunque odiaba admitirlo, la conversación que acababa de tener con Jasper Whitlock me había puesto de los nervios. Su habilidad para arrancarme del mundo seguro que había construido a mi alrededor me abrumaba. Pero era culpa mía. Si hubiera presentado cargos, hubiera ido a la cárcel.

Mire las escaleras, y me pregunté dónde estaría Ed. Era la primera vez que no me había recibido en la galería. Empujé la puerta para que las campanillas sonaran de nuevo, y entonces seguí avanzando.

—¿Cierro la puerta? —grité.

Mi pregunta se hundió en el silencio de la galería. Entonces, una silueta femenina apareció en las escaleras y las bajó corriendo. Ed salió rápidamente detrás de ella.

La mujer me miró mientras se abotonaba la blusa. Tenía una figura esbelta y, a pesar de su enfado, parecía un ángel. Era fácil comprender por qué un artista podría encontrarla inspiradora. Comprendí la expresión de su rostro. Las mujeres como ella no estaban acostumbradas al rechazo. La noche anterior, esa misma mirada de sorpresa y confusión debió de verse en mi rostro. Incluso entonces, me sentí furiosa por el modo en el que Ed había ignorado mi más que obvia excitación sexual, y por cómo me había obligado a ocuparme de la satisfacción de mi propio placer.

—¿Por ella? ¿Me has reemplazado por ella? Bastardo desagradecido —La mujer lo miró de nuevo, y salió corriendo por la puerta.

Me sorprendí un poco cuando las campanas resonaron contra el cristal. Retrocedí hasta la puerta, la cerré, y saqué la llave. Cerré las persianas lentamente y me giré para mirar a Ed.

—No parecía muy contenta.

Él negó con la cabeza, y suspiró.

—Es muy joven.

—Sí —Caminé hacia él y le ofrecí la llave. —¿La has reemplazado conmigo?

—No. La usé como modelo para dos de las piezas de la colección. No encaja en la última obra, pero ella no está de acuerdo conmigo —Cogió la llave de entre mis dedos, y la guardó en su bolsillo.

Quería preguntarle si era su amante, pero no lo hice. Lo miré y descubrí que estaba observándome.

—Estoy lista.

—No, no lo estás, pero lo estarás. Ya nos han traído la cena.

Se alejó un paso de las escaleras, dejándome espacio para subir primero. La plataforma había desaparecido, y en su lugar había una enorme butaca roja. La miré un momento, y me pregunté para qué sería. ¿Cuál era el punto débil de un hombre como Edward Cullen? ¿Cuáles eran sus complejos? ¿Odiaba las mañanas tanto como yo? Lo miré, y me aclaré la garganta.

—Quizá deberíamos empezar a trabajar sin más.

Él señaló una mesa y dos sillas.

—Creo que primero deberíamos comer algo.

Miré la mesa un momento, y volví a mirar la butaca roja.

—¿El servicio?

Señaló una puerta cerca de las escaleras que guiaban a la tercera planta.

—Tómate tu tiempo.

Lo miré un segundo, antes de colgar mi bolso en una silla, y dirigirme al pequeño servicio. Al mirarme al espejo descubrí por qué me había sugerido que me tomara mi tiempo. Lo que quedaba de mi maquillaje sólo servía para potenciar mis pálidos rasgos.

Se me ocurrió que no estaba preparada, a nivel emocional, para lidiar con Edward. La noche anterior había sido difícil, pero me había sentido capaz de contenerme. Aquella noche era distinta. Mis sentimientos eran crudos, y me sentía sucia debido a mi conversación con Jasper. De repente, me di cuenta de que el tiempo que había pasado en la consulta de Rosalie no me había servido para nada. ¿No debería haber superado ya esa fase? ¿Por qué la voz de ese hijo de puta hacía aún que me estremeciera?

Me lavé la cara con el jabón de manos del lavabo, aun a sabiendas do que eso haría que mi rostro se secara. Eché un vistazo al pequeño armarito de medicinas y encontré un frasco pequeño de crema hidratante. No era la que yo hubiera elegido, pero tendría que servir.

Al darme cuenta de que llevaba casi diez minutos en el baño, me obligué a abrir la puerta y salir. Ed estaba en el extremo opuesto de la habitación, donde lo había dejado, de pie frente a la butaca.

Me senté, cogí una cajita de pollo kung pao, y me decidí a enfrentarme a la tortura que se avecinaba con el estómago lleno. Desde mi posición, en la mesa, lo observé atravesar la habitación y unirse a mí. Volví a mirar la butaca varias veces antes de mirarlo a él.

—¿Te pone nerviosa la butaca?

¿Que si me ponía nerviosa? Aquella maldita cosa me revolvía el estómago. ¿Qué era lo que pretendía con aquello? El sillón era grande, mucho más de lo que necesitaría cualquiera persona normal. Parecía que aquella cosa pudiera tragarme.

—¿No se supone que tiene que ponerme nerviosa?

—Pensé que quizá te gustaría un espacio más definido.

—¿Espacio?

—Sí, espacio. Un espacio que no pueda ser asaltado. Te lo creas o no, Bella, no pretendo incomodarte.

—No te tengo miedo.

—No, no creo que tengas miedo de demasiadas cosas.

—Eso intento.

—¿Y qué es lo que te da miedo?

—No soy diferente del resto del mundo. Supongo que mi mayor miedo es la pérdida de control. ¿La mayor parte de los miedos no tienen su raíz en ello?

—Supongo que sí —Ed bajó la mirada hasta su comida, y después se reincorporó en su silla para mirarme.

—¿Y tú a qué le tienes miedo? —le pregunté.

—Es extraño. Cuando era más joven, supongo que la mayor parte de mis miedos personales giraban en torno al rechazo de mi obra, o quizá al rechazo hacia mí, a un nivel personal. Nunca me gusto que me dijeran que no, ni siquiera de niño. Ahora no tengo razones para temer el rechazo, en ningún sentido. Como artista, me he hecho un hueco que es lo suficientemente cómodo, aunque no tanto como para evitar ponerme nervioso cuando corro un riesgo.

—¿Y a nivel personal?

—He conocido a tantas mujeres que, por cada una que me dice que no, sé que hay muchas otras que me dirán que sí —Bebió de una botella de agua. —He heredado buenos genes de mis padres, y me cuido. El resto viene solo.

—¿Y cuando una mujer te rechaza?

Sonrió de oreja a oreja.

—Ella se lo pierde.

—¿No te cabreas?

—No. Soy demasiado mayor para ese tipo de juegos. Si una mujer no está interesada en mí, me retiro.

—Aun así, me tendiste una trampa para que posara para ti.

—Eso es distinto. Los pasos que estoy dispuesto a dar a nivel profesional son totalmente diferentes de los que daría a nivel personal. El hecho es que, si mi interés en ti hubiera sido solo personal, hubiera encarado la cuestión de un modo totalmente distinto.

Apartó su comida, y me pregunté por qué no parecía interesado en comer. ¿Es que yo haría que él se pusiera nervioso? Era una idea tentadora, pero bastante improbable.

—De modo que no estás interesado en mí a nivel personal.

—Yo no he dicho eso —Sonrió, y me sentí como si le hubiera dado un puñetazo en la boca. —Ya sabes que eres preciosa.

Ya me han dicho eso antes —Cogí un cuchillo y arponeé un trozo do pollo. —Cuando era más joven, la atención do los hombres me hacía sentirme muy incómoda. No es que haya deseado ser fea, pero a menudo me sentía frustrada porque la gente nunca parecía capaz de ver más allá de mi rostro.

—¿Y qué hay más allá de ese precioso y encantador rostro?

—Estoy licenciada en Empresariales y en Historia del Arte. Si todo sale bien, seré la directora de la galería Holman en agosto de este año. Soy hija única de unos decepcionados padres que nunca imaginaron que su hija resultaría ser tan distinta de ellos —Abrí la botella de agua que había colocado para mí, y tomé un trago.

—¿Tus padres se sienten decepcionados contigo de verdad, o es algo que tú te imaginas?

Riéndome, no pude evitar encogerme de hombros.

—Bueno, es obvio que no soy lo que se imaginaron que sería. Si se hubieran dado cuenta de que yo nunca compartiría su insana necesidad de aceptación social, hubieran tenido otro hijo. No comprenden por qué he escogido trabajar, cómo puedo vivir fuera de Nueva York, y por qué no siento la cabeza con algún hombrecillo estrecho de miras de mi clase social, y les doy un nieto.

—¿No hay ningún hombre en tu vida?

Dejé caer la mirada hasta mi comida.

—No.

—Cuéntame por qué has elegido estar sola.

—No creas que voy a desnudarte mi alma sólo porque hayas conseguido ponerme entre la espada y la pared.

—¿Quieres que te diga lo que yo veo, Bella?

—No —Lo miré. —Pero me da la impresión de que me lo vas a decir de todos modos.

Se rió y apoyó la barbilla sobre su mano mientras miraba mi rostro.

—Veo una mujer que se esfuerza demasiado por parecer feliz, en lugar de esforzarse por ser feliz. La primera vez que te vi, me pareciste una mujer que tenía el control de su mundo. No eras así hace dos años, cuando trabajabas Nueva York. ¿Qué ocurrió allí, qué te cambió?

—No recuerdo haberte visto nunca en Nueva York —Seguramente era algo de lo que me acordaría.

—No, nunca nos presentaron. Aunque teníamos un amigo en común, Quil Ateara —Hizo una pequeña pausa. —¿Por qué dejaste Nueva York?

—Me di cuenta de que trabajar en un museo no me gustaba. Descubrir a un artista es mucho más excitante que proteger el trabajo de los que llevan ya mucho tiempo muertos. La vida es para los vivos. Los museos están dedicados al pasado —Había dicho aquellas mismas palabras más de veinte veces desde que había llegado a Boston, y aún no me sonaban convincentes. Pero como no podía ir contándole a todo el mundo que había huido de Nueva York porque tenía miedo de Jasper Whitlock, eso era lo único que podía decir.

—Hay algo más.

Lo miré a los ojos.

—Estás presionándome, y no me gusta.

Se echó hacia atrás en su silla.

—Cuando te vi la primera vez di por sentado que no eras castaña natural.

Su recordatorio de lo íntima que había sido nuestra situación la noche antes fue como una jarra de agua fría. Apartando mi plato, me levanté.

—He terminado.

Se incorporó, caminó hasta la butaca roja, y me miró. —Entonces ven aquí.

Caminé hacia él y me di a mí misma una sacudida mental. Era imprescindible que no le permitiera ponerme nerviosa.

—Iré a ponerme la bata.

—No —Me miró de arriba abajo. —Aquí. Quítate la ropa aquí.

Me detuve, mirándolo fijamente.

—¿A qué estás jugando conmigo, Edward?

—Te dije que me llamaras Ed.

—Como si yo aceptara órdenes tuyas —Resistí la necesidad de cruzar los brazos sobre mi pecha La necesidad de controlar la situación era insoportable, y sabia que la llamada de Jasper era, en parte, responsable. —No soy una stripper.

Se rió, y dio un paso atrás.

—No, no lo eres —Se sentó en el suelo a un par de pies de la butaca, con el cuaderno de dibujo en la mano.

—Preferiría desnudarme detrás del biombo.

—¿Siempre te sales con la tuya?

Apreté los labios, y lo miré fijamente un momento.

—¿Eso te hace pensar que soy caprichosa?

—No, creo que eres, con diferencia, la mujer menos caprichosa que conozco —Inclinó la cabeza suavemente. —Creo que anoche acordamos que confiarías en mí.

—Tú me pediste que confiara en ti.

—Y tú no das tu confianza fácilmente —murmuró, en respuesta. —Desnúdate para mí, Bella.

Caminé hasta colocarme frente a la butaca, y me saqué la blusa del interior de la falda. Con dedos temblorosos, comencé a desabotonarla. Para cuando llegué al último botón, tenía los dedos casi paralizados. Evitando mirarlo, me quité la blusa y la tiré en el suelo frente a él.

Nuestros ojos se encontraron mientras comenzaba a desabrochar el cierre delantero de mi sujetador. Había demasiado silencio en la habitación. Tragué saliva, dejé que el cierre se abriera, y mi sujetador cayó de mis manos hasta el suelo. Cuando tiré del lazo de la falda cruzada que llevaba tenía los dedos casi entumecidos. Finalmente, me quede ante él con las medias de medio muslo, las braguitas, y mi par de ligeras sandalias de tiras.

—Déjale el resto puesto.

Miré la butaca y dejé caer las manos.

—La butaca es mi espacio.

—Sí —Sus ojos vagaron sobre mí, deteniéndose en las duras protuberancias de mis pechos, y después moviéndose hacia abajo hasta las sandalias. —Y yo no invadiré ese espacio a menos que me lo pidas.

—¿Y si nunca te lo pido?

Ed se rió.

—Creo que ambos sabemos que lo harás. Por ahora, concentrémonos en el trabajo.

—De acuerdo —Me senté y él se levantó, dejando su cuaderno y su carboncillo en el suelo.

—Échate hacia atrás, y separa las piernas.

Sonrojándome, hice lo que me pidió.

—¿Dónde pongo las manos?

—En los brazos de la butaca —Rodeó el sillón, asintiendo dos veces, y después se detuvo frente a mí y me miró. —No te comprendo, Bella.

—No hay mucho que comprender.

—Claro que sí —Se alejó de mí. —Inclínate más en la butaca.

Inhalé aire, hice lo que me había pedido, e intenté ignorar el modo en el que mis pezones empezaban a erguirse. Ed volvió a su cuaderno de dibujo, aparentemente satisfecho con mi postura.

No dijo nada durante los siguientes treinta minutos. Llenó tres hojas de papel con distintas perspectivas mías en la butaca, concentrándose en mis piernas. Esparció los bocetos sobre el trozo de suelo entre nosotros, como si estuviera haciendo una especie de puzzle. Entonces se movió hasta la parte superior de mi cuerpo y mi rostro. Me moví un poco, cansada, pero intenté mantener la pose que me había indicado. Cuando sus ojos se posaron en los míos, suspiró y negó con la cabeza.

—¿Qué?

Dejó el cuaderno.

—Tus ojos te traicionan, Bella.

—¿A qué te refieres?

—Eres una mujer preciosa, rebosas sensualidad, y aun así veo una cautela en ti que es inconfundible. Las mujeres como tú no tienen que ser tan cautas como gatitos. Los sonrojos recatados son para las inexpertas. Una chica se esconde, niega su sexualidad. Una mujer se acepta, tanto a ella como a su propio placer.

—Crees que sabes demasiado.

—Sé demasiado —Inclinó su cabeza. —Anoche me deseabas. Tu cuerpo me lo dijo —Su mirada viajó sobre mis pezones, y estos parecieron erguirse bajo su escrutinio. —Aun así, no intentaste por ningún medio animar un avance. Una mujer deja claras sus necesidades.

Lo miré, enfadada por que supiera tanto de mí.

—Jamás caeré ante los pies de un hombre, ni suplicaré por su polla. Si necesitara una, podría comprármela.

Se rió y asintió.

—Sí, supongo que podrías. No hay necesidad de exponerse a un rechazo, ni de admitir las necesidades propias, cuando tienes un aparato mecánico en casa a tu disposición.

Me crucé de brazos y resistí la necesidad de cruzarle la cara. Aquel bastardo arrogante estaba ganándose un puñetazo. Como si lo supiera, lo escuché suspirar, y me giré para mirarlo.

—Levántate y estira —Se apoyó sobre sus brazos y me miró. —Y después quítate el resto de la ropa.

Hice lo que me ordenó. El control que Edward tenía sobre la situación no hacía más que incrementar mi ira. Ambos sabíamos que no tenía modo de escapar de nuestro acuerdo, y aunque parecía tener algunos remordimientos sobre sus métodos, no tenía ninguna intención de librarme del trato que me había visto obligada a aceptar. Me quité las braguitas y me senté para quitarme las medias.

«Desnuda, una vez más», pensé. La ligera tela de mis braguitas, que había protegido la delicada piel de mi sexo, había desaparecido. Inmediatamente, me sentí excitada. Estar desnuda con aquel hombre hacía que mi mundo físico ardiera. Una suave humedad cubrió mi clítoris, y tragué saliva, ignorando la necesidad de acercar la mano a mi sexo para esconderlo.

Temblando un poco, lo miré.

—¿La misma postura?

—No —Inclinando la cabeza, me miró a la cara. —Ponte cómoda, Bella.

Me senté apoyando totalmente la espalda en el respaldo de la butaca, y recogí las piernas contra mi pecho. Me abracé las piernas y apoyé la mejilla sobre mis rodillas. Cuando por fin miré en su dirección, había vuelto a dibujar, aparentemente satisfecho con la postura.

Después de cuarenta minutos, cerró el cuaderno de dibujo y se levantó.

—Puedes vestirte.

Recogí mis ropas mientras se alejaba. Sin mirar adónde iba, me apresuré hasta el biombo. Cuando salí, estaba sentado en la butaca, con una copa de vino en la mano. La imagen era despreocupadamente elegante y natural.

—Pensaba que ese era mi espacio.

Me miró de arriba abajo distraídamente antes de mirarme a los ojos.

—Solo cuando estás desnuda.

—¿Estás consiguiendo lo que necesitas?

Asintió.

—Sí, exactamente lo que necesito. ¿Qué es lo que tú necesitas, Bella?

—Lo que necesita cualquier mujer.

—Me importa un rábano lo que necesita cualquier mujer. Quiero saber lo que necesitas.

—Paz —susurré. —Lo único que he necesitado siempre ha sido paz, Ed.

—No es algo fácil de proporcionar. Se quedó en silencio un momento, y después asintió. —Y es difícil conseguirla solo.

Atravesé la habitación y cogí mi bolso. Saqué mis llaves, metí las medias y mis braguitas en el bolso, y lo cerré. Ed se levantó y me siguió mientras bajaba las escaleras. En la puerta delantera, sacó la llave de su bolsillo, y entonces se detuvo.

—He pasado la mayor parte de mi vida adulta en compañía de hermosas mujeres desnudas. Las mujeres vienen a Boston solo para posar para mí. —Me miró a los ojos, y se aclaró la garganta. —Siempre he tenido una regla en cuanto a mis modelos.

—Oh, ¿en serio?

—Sí —asintió, agarrando la llave con fuerza en su mano. —No me acuesto con ellas.

—¿Ni siquiera con la de antes?

Se rió, y negó con la cabeza.

—No, ni siquiera con ella. Aunque me dejó claro que estaba dispuesta.

—¿Alguna vez te has sentido tentado?

—Sí —Se acerco más. —De hecho, ahora mismo me encuentro en un dilema.

—¿Yo te tiento?

—Sí, pero estoy intentando mantener distancia profesional hasta que el proyecto haya terminado.

—Entiendo —Me miré los zapatos, y después miré su rostro. —Eso suena bien, Ed.

—Sí—asintió.

Dijo algo entre dientes, y entonces deslizó sus dedos por mi cabello hasta sujetar mi nuca. Me atrajo hacia él y cubrió mi boca con la suya. Caí en el beso sin vacilación. Era demasiado fácil perderse en sus labios, en su sabor. Dos años sin el roce íntimo de otro ser humano me habían afectado de un modo del que nunca había sido consciente. Su lengua acarició mis labios y el interior de mi boca. Acepté la invasión, y deseé con toda mi alma que no se detuviera nunca.

Temblando, me abracé a él mientras me presionaba contra la puerta. Las persianas tintinearon al golpear el cristal, y se clavaron en mi espalda mientras su cuerpo ganaba terreno al mío. Estando tan cerca de él podía sentir el vacío acrecentándose en mi interior. Agarré sus hombros, y aparté mi boca de la suya con el poco autocontrol que me quedaba. Nos quedamos quietos, cuerpo contra cuerpo, jadeando.

—Cuando estabas en la butaca podía oler tu deseo —Su boca se movió por mi mandíbula. —Podría correrme sólo pensando en ello.

Tensé mis dedos sobre la tela de su camisa.

—Bésame.

Tomó mi boca sin necesidad de más estímulo. Comencé a gemir al tiempo que movía una pierna contra la suya. Cuando sentí que podría empezar a suplicarle, aparté mi boca de la suya, y desvié la mirada. Sus manos se deslizaron por mis caderas, y su respiración se entrecortó.

—No llevas bragas, Bella.

—Lo sé —Tomé aire profundamente. —Me siento bastante atrevida por ello.

—Deberías —Ed acarició mis labios con los suyos, y gemí un poco cuando profundizó el beso brevemente, antes de levantar la cabeza. —Sabes que creo que eres hermosa.

—Es agradable escucharlo —Se acercó más y presionó el duro saliente de su polla firmemente contra mi cadera. —Y sentirlo.

—Es demasiado pronto —Sus labios se movieron desde un mandíbula basta mi cuello.

—Entonces deberíamos detenernos —Me moví, y las persianas resonaron contra el cristal.

—Dentro de un minuto —Ed deslizó su mano bajo mi falda, introduciéndose por la abertura donde el material se solapaba.

Jadeé y cerré los ojos mientras su mano se posaba sobre mi sexo. Un dedo firme se deslizó entre mis labios menores, y acarició mi clítoris.

—Oh, Dios.

Entonces movió su dedo, y probó la entrada de mi vagina. Apreté la mano con la que lo tenía agarrado mientras aceptaba la dulce invasión de sus dedos. La superficial penetración me debilitó, y apreté mi mano sobre su hombro.

—¿Estás mojada para mí?

La pregunta hizo que mi vientre se tensara. Había estado húmeda para él desde el momento en que lo vi.

—Ed.

—Lo sé —Apartó su mano, y me estremecí ante su abandono. —Tranquila.

—Quiero más —La admisión me hizo sentirme débil, y cerré los ojos.

—¿Me necesitas a mí, o te serviría cualquier hombre?

La pregunta, susurrada, fue como una bofetada en la cara. Me liberé de su abrazo y crucé los brazos sobre mis doloridos pechos.

—¿Qué mierda de pregunta es esa?

—Tengo derecho a saber si tu atracción por mí es superficial.

Me sentía insultada, pero en mi interior estaba de acuerdo con que tenía derecho a saberlo. El hecho era que lo deseaba de un modo que era ajeno a mí.

—Dudo que haya existido alguna mujer que haya considerado fortuita una relación sexual contigo —lo miré brevemente. —Yo no tengo relaciones esporádicas. Soy lo suficiente mayor para saber qué es lo que quiero.

Abrió la puerta y me miró.

—Buenas noches, Bella

—Buenas noches —Quería tocarlo, pero no lo hice. Pasé junto a él, y salí a la noche.

Una vez en el coche, con las puertas cerradas y la llave en el contacto, tardé varios minutos en recomponerme lo suficiente como para arrancar. Aún sentía sus labios sobre los míos, su lengua deslizándose en mi boca, sus manos moviéndose sobre mí, y por fin, esos dedos penetrándome. Deseaba —y temía—nuestro próximo encuentro.

Encendí mi teléfono móvil y, rápidamente, marqué el número de Alice mientras sacaba el coche del aparcamiento. El cable hasta el auricular se enredó en mi cabello, pero conseguí colocarlo bien antes de que descolgara. Hablé en cuanto escuché su voz.

—Dame cuatro buenas razones para echar un polvo salvaje contra la pared con un hombre al que apenas conoces.

—Orgasmo, orgasmo, orgasmo, y que si no le dices tu nombre real no podrá darte el coñazo luego.

Riéndome, agité la cabeza.

—Gracias.

—No hay de qué. Soy la soltera voz de la razón para la moderna mujer móvil —Hizo una pompa con el chicle antes de seguir hablando. —Entonces qué, ¿te lo has tirado?

—No.

—Vaya mierda —suspiró Alice.

—Sí, está empezando a apestar —Frunciendo el ceño, me detuve en un semáforo. —Oye, ¿tú me has llamado y has colgado cuando te ha saltado el contestador?

—No, generalmente cuelgo antes de que esa maldita cosa conteste. Ya sabes que esos trastos me sacan de quicio.

—Todos tenemos nuestras manías. ¿Quieres que quedemos para desayunar?

—Veamos… ¿quiero levantarme al amanecer para desayunar con una mujer que esta noche no ha follado? —Hizo una pausa dramática. —No. Hazme esa oferta de nuevo cuando tengas algo jugoso que compartir.

Miré la puerta de la galería, a mi espalda, mientras tiraba el teléfono móvil en el asiento del pasajero del coche. Deseé tener algo jugoso que compartir. Había intentado fingir que no sabía por qué me había dejado marchar, pero lo sabía. Ed no era el tipo de hombre al que le gustan las mujeres tímidas. Si quería estar en su vida, tendría que dejarle muy claras mis necesidades.

Presioné los muslos e intenté ignorar la hinchazón de mi clítoris. Aquel hombre me volvía loca de un modo que era tan placentero como frustrante.

Al recordar la sensación de sus dedos deslizándose por mi sexo, supe que era solo cuestión de tiempo que mi cuerpo empezara a tomar decisiones por mí.

¿Cuánto más tardaría?


bueno aki les dejo el capi

espero ke les haya gustado

gracias a todas por sus reviews =)

me regalan review? *** a las ke dejen review les daré un adelanto***


**nueva historia**

Un día a la semana

Argumento:

Una aventura prohibida.

Una vez a la semana, Bella Swan se refugiaba en los brazos de su amante secreto en una lujosa habitación de hotel. No obstante, la arrebatadora pasión que compartía con Edward Cullen debía permanecer en secreto, ya que sus adineradas familias estaban enemistadas desde hacía muchos años.

Edward, al que siempre le gustaba tener todo bajo control, estaba empezando a perder el rumbo con aquella sofisticada mujer y, sin darse cuenta, se encontró deseando cada vez más, poniendo así en peligro su secreto. Hasta que Bella le dijo una terrible mentira que podría cambiarlo todo.


los kiero se kuidan =D