Capítulo 4


El cumpleaños fue llevado a cabo a los dos días, y en el desmadre previsible que fue, Gintoki se dio cuenta de dos realidades irrefutables, primero que debía escuchar más seguido a Shinpachi, segundo que debía conseguirse un empleo de verdad si no quería morirse de hambre y matar, en el proceso, a una inocente criatura. Claro que la segunda conclusión era como un plan C, y pensaba poner primero en marcha el A. El B lo inventaría cuando fallara el A.

—Lo siento, Gin-chan —lloriqueó Kagura ya de vuelta en la Yorozuya, mirando como su jefe se ponía hielo en el golpe que le había dejado el Shinsengumi en la frente como suvenir del cumpleaños fallido—, de verdad, no quise pegarle al cumpleañero.

—¡No quise hospitalizarlo, querrás decir! —vociferó.

—… pero es que era la primera porción de torta y las mujeres, embarazadas y niños tienen prioridad. Yo cumplo con las tres, soy mujer, estoy embarazada y tengo un niño dentro. ¡Tú me lo dijiste, Gin-chan! ¡Que tenía que hacer respetar mis derechos!

—¡Yo también llevo un niño dentro de mi alma y no por eso lo golpeé! ¡Me había puesto segundo en la fila y ya me tocaba, maldición!

—Por empezar, Gin-san —reprochó Shinpachi—haber contratado un stripper hombre para la madre, fue una idea muy desacertada. Ya bastante con la chica que salía de la torta.

—Yo quería comer torta —volvió a lloriquear Kagura.

—Creo que ahí todo se fue a pique —concluyó Gintoki—. Da igual —cortó por lo sano al ver que los reproches empezaban a ser dirigidos a él—. Siempre nos queda Otose; necesitamos dinero. ¡Encima esos desagradecidos no nos pagaron nada!

—Bastante con que cubrieron los gastos —opinó el chico con acierto—. ¿Vas a pedirle trabajo a Otose? —alzó las cejas, viéndolo con descreimiento.

—¿Te gustan las mujeres mayores, Shinpachi?

—¡Ya te dije que no voy a hacer eso!

—Bueno, entonces, si no es la vieja nos queda… Saigô.

Shinpachi, resignado, negó con la cabeza; no sabía qué era peor, si disfrazarse de "Pachi" o si seducir a Otose. Iba a reprocharle a su jefe el nivel de esclavitud al que era sometido y a reclamar sus propios derechos, como bien había dicho Kagura, pero se quedó con las palabras en la boca al ver la expresión de Gintoki. Este miraba a Kagura con las cejas levantadas, muy atento.

—¿Qué pasa? —preguntó dejando la compresa con hielo de lado.

—Nada, es que mi panza… —se la señaló.

—¿Qué, tienes gases? Ve al baño que los tuyos apestan.

—¡No, imbécil! —gritó ella—¡Además ni que los tuyos fueran flores!

—¿Tienes hambre? ¿Qué es, qué pasa? —exigió de nuevo.

—Lo siento… raro —pestañeó.

Gintoki se paró del sillón y caminó hasta ella tratando de no reflejar su preocupación, debía evitar contagiarla de esas emociones en su estado tan delicado. Posó la mano en el vientre de ella y aguardó.

En ese breve lapso se dio cuenta de algunos detalles que podían pecar de intrascendentes por lo evidente, pero que para él tenían mucho significado. Porque era la primera vez que tocaba el vientre redondeado de Kagura; era la primera vez que tomaba real consciencia de que allí, detrás de su mano, había una criatura y de que esa criatura tenía vida y, lastimosamente, dependía de él. Era así, porque Kagura no podría sola.

Fue leve, apenas un imperceptible movimiento que por serlo le hizo dudar.

—¿Qué pasa? —Ahora era Shinpachi quien empezaba a preocuparse.

—Nada es que… —sonrió Gin respondiéndole a los dos, pero mirándola a ella—se mueve, tonta —retiró la mano con cuidado—, es eso nada más, se está moviendo. Creo —dudó, metiéndose el dedo dentro de la oreja para escarbarse—, no soy médico.

—Se siente raro.

Gintoki tomó distancia de los dos y murmurando un "empezaré a hacer la pobre cena", se recluyó en la cocina. Quería estar solo y tratar de alejar de su mente tantas cuestiones. El mayor problema que tenía era ese, que era muy mental, demasiado. La cabeza iba a explotarle con miles de conflictos.

Comprendía que debía serenarse para pensar en frío, pero era más fuerte que él esa tendencia a analizar todo en el calor del momento, a buscar mil escenarios distintos, con sus mil caminos a tomar.

Si alguien pudiera mirar dentro de su cabeza para entender cómo funcionaba, se encontraría con miles de diapositivas que navegaban a través de un canal ficticio, sin control y sin aparente relación entre ellas, un microsegundo de cataratas de imágenes, personas y frases aisladas; siendo la de Umibouzu la que más se repetía.

No, no debía encariñarse tanto con la idea que con tanta sutileza acariciaba, primero debía analizar a consciencia toda posible alternativa. Quería lo mejor para Kagura y para ello no debía ser egoísta.

Cuando esa tarde, en su cuarto y luego de que su hermana les dejara un refrigerio, Gintoki le dijo que iba a ser un varón, Shinpachi pudo verlo con claridad por primera vez.

El adulto trataba de disimular su propia emoción, pero esta era evidente en las sonrisas reprimidas, en el brillo de los ojos y en la emoción contenida que le imprimía a cada palabra cuando hablaba del bebé que venía en camino.

Aunque se lo preguntase, lo negaría, y por mucho que lo negase, Shinpachi percibía que Gin empezaba a encariñarse con la situación. No era para menos, convivía con ella y debía padecerla embarazada y todo, ¿cómo no hacerlo en el día a día?

—¿Y qué más dijo el médico?

—Que ya está de cinco meses y que debe cuidarse mucho del sol.

—Es una yato —lo miró entre ojos y Gin asintió.

—Imagina su humor.

La noticia no le había caído nada bien a la pobre Kagura. Por su condición y su raza, era tan delicada al sol que directamente se había convertido en un vampiro. De mal en peor los días nublados a esa altura del calendario solían ser los menos.

El médico también le habló de otras cuestiones, asuntos que el mismo Gin llegó a preguntar por interés; después de todo, argumentaba, alguien tenía que hacerse responsable y Kagura no parecía muy dispuesta a retener cierto caudal de información.

Así que era el supuesto adulto responsable el que estaba al tanto de todo lo referente sobre un embarazo yato. Conocía la medicación que Kagura debía tomar, la cantidad, las horas, los estudios hechos y por hacer. Incluso el médico, al ver al padre tan comprometido, le sugirió hacer un curso de pre-parto.

"Oh, no" le había dicho al médico esa mañana, carcajeando apenas y agitando una mano, "no soy el padre de esa criatura, acaso, ¿me veo como un pedófilo? ¿Cómo un malnacido capaz de mancillar un pequeño capullo?" había dejado de sonreír "¡¿cómo un hijo de puta al que le importa poco dejarle la faena a los demás?! ¡Porque claro, es todo muy divertido durante, pero después hay consecuencias! ¡¿Es que hoy un día un puff puff no es suficiente para los jóvenes, no se conforman con el sexo oral?! ¡Ni hablemos del sexo seguro! ¡Por algo se inventó el sexo anal!"

Estuvo despotricando por alrededor de media hora, hasta que se percató de que el médico estaba tan asustado que había llamado a los gritos al guardia. Cuando reaccionó lo tenía agarrado por el cuello mientras le gritaba en la cara un desquiciado "¡¿quién fue?!".

—¿Y… lo vas a hacer? —Shinpachi trató de no sonreír, sin embargo la mueca nació; cohibida, pero asomó.

—Pues —Gin se cruzó de brazos y carraspeó.

—Oh, lo vas a hacer…

—Son gratuitas, sino no lo haría —cerró los ojos por un breve instante en un gesto de aparente presunción—. Mañana empieza la primera clase —de inmediato trató de justificarse—¡Alguien tiene que hacerlo! La medicina aquí es muy cara y si el niño quiere nacer en el peor momento, y algo me dice que con la madre que tiene va a nacer en el peor momento —abrió grande los ojos aterrado con esa idea—¡porque es genética! Y si eso sucede… —se aplacó—alguien tiene que estar preparado.

—No me parece mal —sonrió, pero la mueca no fue burlona en esa ocasión, fue empática.

Le agradaba ver ese hipotético lado responsable, que no sabía que Gin podía llegar a tener a esos niveles. Es decir, su jefe sí sabía cuidar a los suyos, pero ciertamente ese bebé no era suyo para que se lo tomara tan a pecho.

—¿Te puedo acompañar?

—Claro, tonto —se estiró hacia atrás apoyando las palmas sobre la alfombra—, cuanto más seamos, mejor. ¡Es una yato, joder! ¡Y es Kagura! ¿Te la imaginas dando a luz?

Shinpachi empezó a reír, le resultaba graciosa la forma que Gin tenía de ver el panorama, por lo visto había pensado en varias cuestiones que no se había molestado en compartir. Otae pareció escuchar algo de lo dicho, porque se acercó al cuarto para preguntarlo.

—¿Clases de pre-parto? —La idea le parecía maravillosa—Yo también quiero ir.

Gintoki nada dijo, porque escapaba de él. La clase era abierta y gratuita, así que podía ir quien quisiera. Además había sido sincero: cuantos más fueran mejor para él, para Kagura y para el bebé.

Cuando a la mañana siguiente Gintoki la apuró para que estuviera lista, se dio cuenta de que todo sería mucho más difícil de lo pretendido. Kagura no solo no quería ir a la mentada clase, reparaba en que tampoco pretendía ser madre.

Era la primera vez que Gin podía hablar con ella del tema, sin rodeos, sin golpes e insultos. Kagura seguía echada boca abajo en el sillón, tanto como su vientre se lo permitía.

—Estás embarazada, te guste o no —apoyó una mano sobre la nuca de ella, como consuelo.

—No quiero…

—No se trata de querer o no, es así —suspiró, tratando de hacer uso de toda su empatía, pero le era menester hacérselo entender—; en un par de meses aquí habrá un bebé, ¿lo comprendes?

—Pero… —sollozó develando apenas su carita consternada—tengo miedo, Gin-chan.

El hombre sonrió con afecto para luego sentarse a su lado.

—Lo sé, tonta. Yo también —borró la sonrisa plantando una expresión de espanto—estoy aterrado, pero… —le habló con suavidad—verás que todo saldrá bien.

—¿Me va a doler, Gin-chan? —ella giró del todo para mirarlo y así poder adivinar si le mentía, aunque sabía que Gin no lo haría, al menos no sería capaz de hacerlo con ese tema. Podía mentirle respecto a la falta de sukonbu en la casa, pero no con algo tan importante.

—Supongo, no sé —fue sincero hasta la médula—, nunca parí —carcajeó, para enseguida buscar algo que la confortara—, pero no debe doler tanto como cuando nos peleamos en serio —aseguró, notando que eso había logrado calmarla un poco. Al menos ya no tenía esa expresión inconsolable de angustia.

—¿Ir a estas clases me va a ayudar a que me duela menos? —preguntó, incorporándose con dificultad para sentarse.

—Seguro, al menos te ayudará a quitarte algunas dudas al respecto.

—¿Es cierto que voy a tener que sacar una sandía de mi nariz?

—Claro que no —le golpeó despacio por la nuca con el revés de la mano.

—Gin-chan —murmuró despacio—¿y qué pasará después?

Gintoki miró al frente, tratando de hallar una respuesta que no solo dejara conforme a Kagura, sino también a él. Aunque había pensado muchísimo al respecto, no pretendía decir nada errado o de lo que pudiera arrepentirse después. Si lo pensaba bien, solo a una conclusión férrea había llegado, en que de alguna manera -solo kami sabría cómo- la ayudaría tanto como pudiera.

—¿Te refieres a cuando esté el bebé? —preguntó mirándola y ella asintió—Nada… todo seguirá como siempre, en la medida que se pueda. Dicen que un niño te cambia la vida… —lanzó un suspiro figurándose con agobio ese futuro cercano—, pañales, mamaderas, trabajo…

—Entonces… —Kagura se mostró nerviosa por su precipitada conclusión—, tú… ¿me ayudarás, Gin-chan?

—Claro, boba —la reprendió—, somos amigos, ¿cierto? —Ella asintió con una sonrisa de complacencia, por lo que aprovechó para completar la frase—: y si somos amigos, es que puedes confiar en mí, ¿cierto? —Ella volvió a asentir con más seguridad y felicidad—, entonces… ¿me dirás quién es el padre?

De nuevo Kagura volvía a adoptar esa postura reacia, borró con violencia la sonrisa en los labios y giró en el sillón tanto como pudo para darle la espalda a su jefe.

—No tiene padre —fue lo único diferente que dijo a las otras ocasiones que tocaron el tema. Lo positivo en el presente es que no estaban gritando ni rompiendo nada.

—Es imposible que… —trató de ser suave al sugerirlo, pero Kagura fue tajante.

—No lo tiene y punto —se cruzó de brazos, mordiéndose los labios. Gintoki la miró notándola no solo incómoda por hablar del tema, sino también acongojada.

—No entiendo por qué… —quedó a medio decir, mientras la rodeaba con los brazos para consolarla—… no importa, Kagura —. Ella se aferró más a él, tratando de no llorar; pero por más que quisiera negarlo, seguía siendo pequeña para afrontar algunas responsabilidades, y saber que contaba con Gin no ayudaba del todo, aunque sí contribuía, a que el pánico fuera menor—No te preocupes, todo estará bien.

Era cierto, tenía terror al porvenir, a no poder con la situación, a no saber qué hacer, pero como siempre, ahí estaba él, y saber que contaba con Gin-chan una vez más la llenaba de tanta paz que el miedo poco a poco pasaba a ser solo una leve preocupación.

Tener esa plena seguridad y en el presente la confirmación de que no la dejaría sola, de que no la juzgaba y que, pese a representar un gasto, no pensaba echarla, hacía que esa preocupación desapareciera del todo.

Podía difamarlo con medio mundo, hacerle la vida a cuadritos cuando estaba enojada, ser insolente y maleducada, pero él jamás le daría la espalda. No entendía las razones, pero tampoco le importaba tanto entender por qué él era así con ella, lo único que le interesaba en ese momento era saber que contaba con su presencia; porque reparaba en ese preciso instante que en los brazos de Gin-chan el mundo parecía un lugar más seguro, y ya no sentía tanto miedo.

Envuelta en esa amalgama de sensaciones complejas, sintió un brusco movimiento en el vientre que llamó incluso la atención del samurái. La soltó, para tomar apenas distancia y estudiarla. Sin mediar palabras y sin pedirle permiso, le levantó la parte de arriba del piyama lo suficiente como para poder colocarle las manos sobre el vientre; en ese momento entendió el sobresalto de Kagura.

—¿A-Acaba de patear? —preguntó con la boca entre abierta, parecía un niño curioso ante algún juguete nuevo y llamativo. Pestañeó, sintiendo de nuevo ese palpable movimiento. Kagura alzó los hombros, ella lo sentía, sí, pero no entendía porque para Gin era tan trascendental, si lo estaba sintiendo ella dentro de su cuerpo, no él.

—¿Qué pasa? —le preguntó—Te quedaste con cara de idiota, Gin-chan —entrecerró los ojos—, aunque es tu cara habitual, solo que ahora está más idiota de lo normal.

—Mierda —miró hacia donde estaba el reloj—Ya es tarde. Vamos —la jaló de la mano para ponerla de pie y arrastrarla.

Kagura no había tenido ni tiempo de peinarse, a duras penas de quitarse el piyama y reemplazarlo por ropas de calle, así que llegó a la puerta de la clínica con un peinado algo exótico que Shinpachi ignoró para reprocharles la tardanza; siempre era igual con esos dos irresponsables. Gin tampoco lucía muy presentable, pero él era así por naturaleza.

Eran tal para cual.


Esta vez les traje un capítulo mucho más rápido.

Gracias por pasarse de nuevo ^^.


3 de mayo de 2013

Merlo Sur, Buenos Aires, Argentina.