Los personajes de Naruto no me pertenecen, si no a Masashi-Sama. La historia tampoco me pertenece, es una adaptación.

Capítulo 3

A Hidan le gustaba jugar. Era particularmente aficionado a todos aquellos juegos que implicaban crueldad.

En ese momento lo estaba pasando en grande, aunque, en realidad, el día no había comenzado nada bien. Había regresado a Dunhanshire el domingo al mediodía, congelado y calado hasta los huesos por culpa de un inesperado y torrencial aguacero que lo había pillado desprevenido por el camino, y tal como se sentía, no estaba del mejor humor para enterarse que lady Hinata había tratado de ayudar al niño a escapar.

Antes de que su furia fuese a mas —ya había matado al soldado portador de las desagradables noticias —, Hinata y el muchacho fueron localizados y llevados de regreso al castillo. En ese momento se hallaban ante él, a la espera de oír su castigo.

La expectativa del placer que lo aguardaba no hacía sino incrementarlo. Quería que se cocieran en sus propios miedos, y parte del placer de Hidan consistía en dejarles imaginar qué clase de tortura tenia pensada para ellos. El niño, el torpe hermano menor de laird Sasuke, era demasiado estúpido para entender nada o para hablar, pero Hidan sabía que estaba asustado por la manera en que se apretaba contra Hinata. Ella, por el contrario, estaba resultando decepcionante, y de no haber estado prevenido, habría pensado que estaba tratando deliberadamente de estropearle la diversión. No parecía en absoluto preocupada por su suerte. No pudo detectar en ella la menor señal de temor.

La muy zorra todavía tenía el poder de amedrentarlo, y se insultó en silencio por su propia cobardía y por no poder sostenerle la mirada.

"Protégeme de los justos", se dijo para sus adentros. Enfrentase contra todo un escuadrón de soldados no era ni remotamente tan intimidante como este proyecto de mujer, y a pesar de que no cesaba de recordarse que quien tenía el poder era él, y de que podía hacerla matar con una simple orden, Hidan no podía evitar sentir que ella le llevaba ventaja.

Nunca había olvidado la forma en que lo había mirado cuando la llevaron a su presencia tras la masacre. En aquel entonces, ella no era más que una niña, pero el recuerdo todavía le hacía estremecer. Hidan sabía que ella lo había visto matar a su padre, pero había supuesto que el recuerdo se habría borrado con el tiempo. En ese momento, ya no estaba tan seguro. ¿Qué más recordaría Hinata? ¿Lo habría oído confesarle sus pecados a su padre antes de asesinarlo? La duda le producía escalofríos.

El odio de Hinata le aterraba, le debilitaba, le ponía la piel de gallina.

Su mano temblaba al tomar su copa de vino, y trató de ignorar sus temores antes de lanzarse al tema que tenía entre manos. Sabía que no tenía la mente clara, sino entorpecida y enturbiada. No solía embriagarse de esa forma delante de sus amigos. Hacía años que era un bebedor empedernido porque los recuerdos no le permitían descansar. Pero siempre había tenido la precaución de beber a solas. Ese día había hecho una excepción, porque el vino lo ayudaba a calmar su furia. No quería hacer nada que más tarde pudiera lamentar, y aunque había pensado en aguardar hasta el día siguiente para vérselas con la desafiante Hinata, decidió que estaba lo suficientemente lúcido como para terminar de una vez con la cuestión y así poder seguir celebrando con sus compañeros.

Hidan contempló a Hinata a través de ojos borrosos e inyectados en sangre. Estaba sentado en el centro de una larga mesa, flanqueado por sus sempiternos acompañante-el barón Hugh de Barlowe y el barón Edwin el Calvo. Raramente iba a algún lado sin ellos, ya que eran su público más devoto. Disfrutaban tanto con sus juegos que a menudo le habían pedido que les dejase participar, y así Hidan jamás tuvo que preocuparse por la posibilidad de que lo traicionaran, ya que eran tan culpables como él de sus pasados crímenes.

Hinata y el niño no habían probado bocado desde la mañana anterior y Hidan supuso que a esas alturas estarían muertos de hambre, de modo que los obligó a mirar cómo sus amigos y él compartían un banquete digno de un rey, mientras discutían varios posibles castigos. La mesa estaba cargada de faisanes, conejos, pavos y pichones, rodajas de queso amarillo, grandes trozos de áspero pan negro cubiertos de mermelada y miel, y exquisitas tartas de moras. Los sirvientes iban y venían, llevando grandes jarras llenas de vino, y sobre unos trincheros adicionales se apilaban otras delicias, esperando para satisfacer sus voraces apetitos.

Sobre la mesa había comida suficiente para alimentar a todo un ejército. Verlos comer le resultó a Hinata tan desagradable, que pronto perdió el hambre, que antes le había hecho sufrir. No conseguía decidir cuál de los tres hombres era más repugnante. Hugh, con sus enormes orejas y su barbilla prominente, soltaba constantes gruñidos mientras comía, y Edwin, con su triple papada y sus rojos ojillos porcinos, sudaba profusamente mientras se apresuraba a meterse en la boca con la mano enormes pedazos de carne grasosa. Parecía temer que la comida se fuera a acabar antes de que pudiera llenarse su descomunal barriga, y cuando se detenía un momento para respirar, el rostro le relucía de oleoso sudor.

Los tres estaban borrachos. Mientras ella aguardaba de pie, ellos habían acabado con seis jarras de vino, y estaban esperando que un sirviente les sirviera de una séptima.

Eran unos auténticos cerdos, pero decidió que Hidan era con mucho el peor de todos. De sus labios colgaban pellejos de pichón, y cuando se metió una tarta entera en la boca, por las comisuras le corrieron hilillos de jugo de moras, manchando de negro su celeste barba. Demasiado ebrio como para preocuparse por sus modales o su aspecto, atacó otra tarta con avidez.

Konohamaru estaba a la izquierda de Hinata, cerca de la chimenea, contemplando el espectáculo sin pronunciar palabra. De vez en cuando le rozaba la mano con la suya. Por mucho que anhelara consolarlo, no se atrevía ni a mirarlo, ya que Hidan no le quitaba los ojos de encima. Si demostraba preocupación o compasión por el niño, Hidan lo usaría contra ella.

Hinata había tratado de preparar a Konohamaru, advirtiéndole que todo podría ponerse aún peor antes de terminar, y también le había hecho prometer que no abriría la boca bajo ninguna circunstancia. Mientras Hidan siguiera pensando que el niño no entendía lo que se le decía, era probable que siguiera hablando libremente ante él, y tal vez decir algo que explicara el motivo del secuestro.Cuando ya no pudo seguir viendo comer a esos animales, Hinata se giró hacia la puerta. Sabía que de pequeña debía de haber jugado en esos salones, pero no conservaba ningún recuerdo. Cerca de la escalera había un largo banco apoyado contra la pared, y se preguntó si habría pertenecido a sus padres, o si Hidan lo habría traído con sus cosas.

Sobre él se hallaban esparcidos varios mapas y rollos de pergamino, pero cerca del borde había una daga. Konohamaru le había dicho que el soldado le había arrebatado la daga y la había arrojado sobre un banco. Aún estaba allí. Pudo distinguir los raros e intrincados diseños de la empuñadura, y se sintió extrañamente confortada. La daga había sido un regalo de Naruto, el tutor de Konohamaru.

Un poderoso eructo de Hidan atrajo su atención. Vio cómo se limpiaba la boca con la manga de terciopelo y se recostaba en su silla.

Parecía tener dificultades para mantener los ojos abiertos, y cuando se dirigió a ella, su voz era rasposa.

—¿Qué voy a hacer contigo, Hinata? Cada vez que nos hemos encontrado, has ofrecido resistencia, ¿Acaso no ves que busco lo mejor para ti?

Edwin solté una estridente carcajada. Hugh rió por lo bajo, mientras volvía a tomar su copa de vino.

—Has sido un verdadero fastidio —siguió diciendo Hidan—. He sido demasiado complaciente contigo. ¿No te he dejado en paz durante todo este tiempo? Debo reconocer que me ha sorprendido ver en que hermosa mujer te has convertido. Eras una niña tan poco atractiva, tan carente de encanto, que la transformación es verdaderamente asombrosa. Ahora eres valiosa, querida mía. Podría venderte al mejor postor y ganar una pequeña fortuna. ¿Te asusta esa posibilidad?

—Parece aburrida, no asustada —señaló Edwin.

Hidan se encogió de hombros con indiferencia.

—¿Te das cuenta, Hinata, de que hizo falta todo un batallón de soldados para arrancarte de al lado de tu santo pariente? Me enteré de que tu tío Hizashi ofreció una dura batalla, lo que me parece francamente gracioso, considerando lo viejo y enclenque que es. Sabes, creo que sería un acto de piedad de mi parte poner final a sus desdichas.Estoy seguro de que agradecería una muerte rápida en vez de seguir durando y durando.

—Mi tío no es viejo ni enclenque —replicó Hinata.

Edwin se echó a reír. Hinata controló el impulso de golpearlo. Santo Dios, cómo deseaba ser más fuerte. Detestaba sentirse tan impotente y asustada.

—Deja en paz a mi tío, Hidan —le exigió—. Él no puede hacert ningún daño.

Hidan siguió como si no la hubiera oído.

—Se ha convertido en un padre adorable, ¿no es así? Hizashi no habría peleado como lo hizo para protegerte si no te amara como un padre. Sí, me desafió para protegerte, maldito sea —agregó, con una mueca de desprecio—. También me disgustó mucho tu propia resistencia. Fue muy desconcertante, la verdad. Yo esperaba que obedecieras mi llamada. Soy tu guardián después de todo, y deberías venir de inmediato cuando te llamo. Simplemente no entiendo tu resistencia. No, no la entiendo —dijo, sacudiendo la cabeza antes de proseguir— Éste es tu hogar, ¿no es así? Pensé que estarías ansiosa por regresar. El rey Nagato ha decretado que Dunhanshire seguirá siendo tuyo hasta que te cases. Después naturalmente, lo controlará tu esposo en tu nombre.

—Tal como debe ser —intervino Hugh.

—¿Todavía no le has reclamado Dunhanshire al rey Nagato? —preguntó Hinata, sin poder ocultar la sorpresa.

—No se lo he pedido —murmuro él—. ¿Por qué iba a hacerlo? De todas formas me pertenece ya que soy tu guardián y por tanto controlo todo lo que es tuyo.

—¿El rey Nagato te nombró mi guardián? —Hinata le hizo la pregunta sólo para irritarlo, sabía que el rey no le había otorgado tal derecho.

El rostro de Hidan se puso púrpura de furia, y la contempló ceñudo, mientras se ajustaba la desarreglada túnica y bebía otro sorbo de vino.

—Eres tan insignificante para nuestro rey, que ha olvidado todo lo que se refiere a ti. Yo me he designado como tu guardián y eso es lo que cuenta.

—No, no es suficiente.

—Hidan es el asesor de más confianza que tiene el rey —declaró Edwin—. ¿Cómo te atreves a hablarle en un tono tan insolente?

—Es insolente, ¿verdad? —coincidió Hidan—. Te guste o no, Hinata, soy tu guardián y tu destino está en mis manos. Voy a elegirte esposo personalmente. En cuanto a eso, bien podría casarme contigo yo mismo —agregó, impulsivamente.

Hinata no se permitió mostrar ninguna reacción ante tan repulsiva posibilidad y siguió mirando fijamente a Hidan sin responder a su amenaza.

—Se la has prometido a tu primo —le recordó Hugh a Hidan—. He oído que Clifford está haciendo grandes planes.

—Sí, ya sé lo que prometí, ¿pero cuándo me has visto mantener mi palabra? —preguntó Hidan con una sonrisa torcida.

Hugh y Edwin se echaron a reír hasta que las lágrimas les corrieron por las mejillas. Finalmente, Hidan les ordenó silencio con un gesto.

—Me habéis hecho perder el hilo de lo que estaba diciendo.

—Le estabas explicando a Hinata lo disgustado que estabas ante su resistencia —le recordó Edwin.

—Sí, muy disgustado —afirmó Hidan—. Esto no puede seguir así, Hinata. Soy un hombre indulgente, lo cual es un verdadero defecto, en realidad, y no puedo evitar compadecer a los menos afortunados, así que permití que el insultante comportamiento de tu tío no fuera debidamente castigado. También perdonaré tu negativa a obedecer de inmediato mi llamada. —Bebió un largo sorbo de vino antes de seguir—. ¿Y cómo pagas mi benevolencia? Tratando de ayudar a escapar al pequeño salvaje. Como guardián tuyo, no puedo permitir que tu desobediencia quede impune. Es hora de que el niño y tú aprendáis una lección de humildad.

—Si le pegas, Hidan, necesitará tiempo para recuperarse antes de que puedas emprender con ella esa búsqueda tan importante —le previno Edwin.

Hidan apuró el resto de su copa, y se la extendió a un lacayo para que se la volviera a llenar.

—Lo sé —respondió—. ¿Has notado, Edwin, cómo se ha encariñado el niño con Hinata? Como tonto que es, tal vez crea que ella podrá protegerlo. ¿Le demostramos cuán equivocado está? Hugh, ya que disfrutas tanto de tu trabajo, puedes pegarle al nino.

—No vas a tocar a este niño. —Hinata hizo esta afirmación en voz muy baja, lo que resultó mucho más efectivo que los gritos, y por la desconcertada expresión de Hidan, supo que lo había pescado con la guardia baja.

—¿No?

—No.

Hidan tamborileó con los dedos sobre la mesa.

—El dolor convencerá al niño de lo inútil que es tratar de escapar. Además, vosotros dos me habéis hecho enfadar, y realmente, no puedo decepcionar a Hugh. —Hidan se volvió hacia su amigo—. Trata de no matar al niño. Si Hinata me falla, voy a necesitarlo.

—¡No vas a tocar a este niño! —repitió Hinata, aunque esta vez lo hizo en tono duro y enfático.

—¿Estas dispuesta a ser azotada en su lugar?– pregunto Hidan

— Si

Hidan se sorprendió ante su inmediata conformidad, y enfureció porque Hinata no mostraba ningún temor. El coraje le era un concepto extraño, y jamás había podido comprender por qué algunos hombres y mujeres exhibían este raro fenómeno, y otros no. Esa virtud siempre le había sido esquiva, y aunque, ciertamente, nunca había sentido la necesidad de mostrarse valeroso, los que sí lo eran lograban sacarlo de quicio. Detestaba encontrar en los demás aquello de lo cual él carecía.

—Haré lo que se me antoje, Hinata, y no podrás detenerme. Bien podría decidir matarte.

—Sí, es verdad —concedió ella, con un encogimiento de hombros—. Podrías matarme, y yo no podría detenerte.

Hidan alzó una ceja y la observó con detenimiento. Le resultaba difícil concentrarse, el vino le causaba somnolencia y lo único que deseaba era poder cerrar los ojos algunos minutos. En lugar de eso, bebió otro sorbo.

—Estás tramando algo —dijo—. ¿De qué se trata, Hinata? ¿Qué clase de juego te atreves a jugar?

—Ningún juego —replicó ella—. Mátame, si ése es tu deseo. Estoy segura de que encontrarás alguna explicación satisfactoria que darle a nuestro rey. No obstante, como bien dijiste, no te acordaste de mí durante todos estos años, y de pronto me obligas a volver aquí. Es obvio que quieres algo de mí, y si me matas...

—En efecto —la interrumpió Hidan—. Quiero algo de ti. —Se enderezó en la silla, y la miró con aire triunfante antes de proseguir—. Tengo magníficas noticias. Después de muchos años de búsqueda, finalmente he encontrado a tu hermana. Sé dónde se oculta Hanabi.

Observó detenidamente a Hinata, y quedó sumamente desilusionado al ver que no mostraba ninguna reacción ante la noticia. Haciendo girar la copa entre sus dedos, dijo, sonriendo con afectación.

— Incluso sé el nombre del clan que la protege. Se trata de los Otsutsuki, pero no sé bajo qué nombre se oculta Hanabi. Una hermana seguramente podrá reconocer a la otra, y por eso quiero que tú vayas y me la traigas.

—¿Por qué no envías a tus soldados a buscarla? —preguntó ella.

—No puedo enviar mis tropas al interior de las Highiands y es precisamente allí donde ella se esconde. Esos salvajes masacrarían a mis hombres. Desde luego, podría obtener la bendición del rey Nagato para esta empresa, y entonces estoy seguro de que me enviaría soldados de refuerzo, pero no quiero involucrarlo en asuntos de familia. Además, te tengo a ti para hacerlo.

—Los soldados no sabrían reconocerla, y es seguro que los salvajes no se lo dirían. Protegen a los suyos a toda costa —intervino Hugh.

—¿Y si me niego a ir? —preguntó Hinata.

—Pues alguien más la traería hasta aquí —fanfarroneó él—. Sólo que sería menos complicado que lo hicieras tú.

—¿Y ese alguien sería capaz de reconocerla?

—El tipo de las Highlands que nos dio esta información conoce el nombre bajo el que se oculta Hanabi —le recordó Edwin a Hidan—. Podrías obligarle a que te lo dijera.

—Por lo que sabemos, el salvaje podría traer a Hanabi mañana con él. —dijo Hugh—. El mensaje que envió indicaba que había un problema...

—Un problema urgente —agregó Edwin—. Y no es seguro que llegue mañana. Podría hacerlo al día siguiente.

—No dudo que el problema sea urgente —Hugh se inclinó hacia adelante para poder ver a Hidan—. El traidor no habría corrido el riesgo de venir hasta aquí si no fuera por un asunto urgente. Podrían verlo.

Edwin se frotó su triple papada.

—Si azotas al niño, Hugh, el tipo de las Highlands podría disgustarse y reclamar que le devuelvan su oro.

Hugh se eché a reír.

—Quiere ver muerto al niño, viejo tonto. Estabas demasiado borracho todo el tiempo para entender la conversación. Basta decir que se selló un trato entre el tipo de las Highlands y Hidan. Como sabes, cada tanto surge un nuevo rumor de que ha sido vista la caja de oro, y cada vez que han llegado a oídos del rey Nagato, envía tropas a rastrear todo el reino. Su deseo de hallar al culpable de la muerte de su Konan, así como el de recuperar su tesoro, no ha disminuido con los años.

—Algunos dicen que incluso ha aumentado mucho más —remarcó Edwin—. El rey incluso ha enviado tropas a las Lowlands, en busca de información.

Hugh asintió, moviendo la cabeza.

—Y mientras Nagato busca su tesoro, Hidan busca a Hanabi, porque cree que ella sabe dónde está escondida esa caja. Se propone demostrar que su padre la robó. A lo largo de todos estos años, Hidan también ha hecho averiguaciones en todos los clanes, preguntando por Hanabi.

—Pero ninguna dio resultado.

—Así es —confirmé Hugh—. Nadie dijo conocerla.., hasta que llegó el hombre de las Highlands.

—Pero, ¿y el trato pactado entre este traidor y nuestro Hidan?

Hugh miró al barón, esperando que respondiera a la pregunta, pero Hidan tenía los ojos cerrados y la cabeza caída sobre el pecho. Parecía estar dormitando.

—Jamás he visto tan ebrio al barón —susurro Hugh a su amigo de forma audible—. Mira cómo se ha quedado dormido.

Edwin se encogió de hombros.

—¿Y el pacto? —insistió.

—El barón accedió a mantener cautivo al niño para atraer hasta aquí a su hermano, laird Sasuke, y que así el tipo de las Hmghlands pudiera matarlo. El niño no es más que un señuelo, y cuando el juego haya terminado y Sasuke haya sido asesinado...

—El niño ya no servirá para nada.

— Exactamente —confirmó Hugh—. Así que ya ves, que lo golpeemos no le va a preocupar en absoluto al tipo de las Highlands.

—¿Y el barón qué obtiene de este trato?

—El hombre le dio oro y digo más —dijo Hugh— Dejaré que lo explique el mismo Hidan. Si él quiere que lo sepas, te lo dirá.

Edwin se indignó al quedarse sin respuesta. Le dio un fuerte codazo a Hidan. El barón se despertó, sobresaltado, murmurando una blasfemia.

Edwin, entonces, exigió conocer los detalles del pacto. Antes de responder, Hidan bebió mas vino.

—El traidor me dio información más importante que el oro.

—¿Qué puede ser más importante que eso? —preguntó Edwin.

Hidan le sonrió.

—Te dije que me dio el nombre del clan que esconde a Hanabi, y cuando consiga lo que quiere, me dirá bajo qué nombre se oculta. Asíque, ya ves, si Hinata no me resulta útil, el traidor de las Highlands vendrá en mi auxilio.

—¿Por qué no te lo dice ahora? Sería mucho mas fácil sisupieras...

—No confía en nuestro barón —dijo Hugh, con una risa sofocada—. Primero debe morir ese Sasuke. Entonces jura que nos dirá el nombre.

Hinata no podía creer que los tres hablaran con tanta libertad frente a ella. Estaban demasiado borrachos para mostrarse precavidos, y dudaba de que ninguno recordara una sola palabra de lo dicho a la mañana siguiente.

y Hugh parecían creer que Hidan recibiría una recompensa del rey, y discutían sobre qué debía hacer con ella. Se sentía más que agradecida por su falta de atención, más al enterarse de que el hombre de las Highlands llegaría pronto a Dtinhanshire, sintió que se abría el suelo bajo sus pies. Presa del pánico, sintió que se le revolvía el estomago, y se tambaleó. Hidan no pareció darse cuenta de nada.

Desde luego, ella sabía por qué venía el traidor, Iba a decirle a Hidan el error cometido con el niño, y entonces, que Dios se apiadara de Konohamaru. El tiempo se acababa.

Hidan bostezó ruidosamente y la miró, bizqueando:

—¡Ah, Hinata, olvidé que estabas ahí! Ahora veamos, ¿de qué estábamos hablando? ¡Oh, sí! —dijo, volviéndose hacia Hugh—. Ya que Hinata se ha ofrecido tan graciosamente a tomar el lugar del niño, puedes darle el gusto. No le toques la cara –le advirtió- . He aprendido por experiencia propia que los huesos de la cara tardan más en curarse, y quiero enviarla a cumplir con mi recado lo antes posible.

—¿Y el niño? —preguntó Hugh.

Hidan miró a Hinata con gesto de desprecio.

—Quiero que también le des una buena paliza —respondió.

Hinata atrajo a Konohamaru hacia ella.

—Antes tendrás que matarme, Hidan. No voy a permitir que lo toques.

—Pero no quiero matarte, Hinata. Quiero que vayas y me traigas a tu hermana.

Su tono de burla fue deliberado, ya que quería que supiera que se reía de sus patéticos intentos de proteger al niño. ¿Realmente creía que sus deseos tenían alguna importancia para él? ¿Y cómo osaba darle órdenes, diciéndole lo que podía y lo que no podía, hacer? Él haría lo que quisiera, por supuesto, pero también le enseñaría una valiosa lección.

Hinata se enteraría de una vez por todas de lo insignificante que era.

—Te juro que si haces daño al niño, no te traeré a Hanabi.

—Sí, sí, lo sé —dijo Hidan, aburrido—. Ya me has amenazado con eso antes.

Hugh echó su silla hacia atrás, forcejeando para ponerse de pie. Presa de frenesí, Hinata trató de pensar en algo que pudiera salvarlos.

—En realidad, no quieres tener de vuelta a Hanabi, ¿verdad?

Hidan torció la cabeza hacia ella.

—Por supuesto que quiero tenerla aquí. Tengo grandes planes para ella.

Tratando deliberadamente de distraer su atención y apartarla del niño, Hinata se echó a reír.

—Oh, ya conozco tus grandes planes. Quieres la preciosa caja del rey Nagato, y crees que Hanabi la tiene, ¿no es así? Eso es lo que realmente quieres, y crees que si la obligas a volver aquí, traerá el tesoro con ella. Entonces podrás obtener ei premio prometido, así como las tierras de Dunhanshire. ¿No son ésos tus grandes planes?

Hidan reaccionó como si le acabaran de arrojar aceite hirviendo en pleno rostro. Aullando de ira, se puso de pie de un salto. Su silla se volcó, estrellándose contra la pared.

—¡Recuerdas la caja! —bramó, mientras saltaba desde detrás de la mesa e iba hacia ella, apartando a Hugh de su camino con un empujón— ¡Y sabes adónde está escondida!

—Naturalmente que lo sé —mintió Hinata.

Un nuevo alarido aterrador sacudió el salón mientras Hidan corría hacia ella.

—¡Dime dónde está! —le exigió—. Hanabi la tiene en su poder,¿verdad?... Lo sabía... sabía que la tenía ella... ese chiflado de Ko me dijo que su padre se la había dado. Tu hermana me la robó, y todo este tiempo tú... has sabido... todo el tiempo en que casi perdí el juicio buscándola... sabías... todo el tiempo lo supiste.

En ese momento perdió completamente los estribos y le dio un fuerte puñetazo en la mandíbula, arrojándola al suelo.

Hidan estaba totalmente fuera de control. Su bota de cuero se clavó sobre la tierna piel de Hinata. La pateó salvajemente una y otra vez, decidido a hacerla gritar de agonía, a hacerla lamentar el haber osado ocultarle la verdad. Durante todo ese tiempo ella había sabido que esa caja destruiría la reputación de su padre y le permitiría obtener Dunhanshire y la recompensa del Rey. Todos esos años, la muy perra lo había atormentado con total deliberación.

—iLe daré la caja al rey... yo solo! —rugió, jadeando tratando de recuperar el aliento—. La recompensa será mía... mía... mía...

Tambaléandose por el golpe en la cara, Hinata estaba demasiado aturdida para ofrecer resistencia. Sin embargo, tuvo la suficiente presencia de ánimo para girar sobre sí misma, y protegerse la cabeza con los brazos. La mayor parte de los golpes los recibió en la espalda y las piernas, pero, irónicamente, no sentía tanto dolor como habría deseado Hidan, ya que en su estado cercano a la inconsciencia apenas notaba los golpes de su bota.

Súbitamente, se puso alerta cuando sintió que Konohamaru se arrojaba sobre ella. Histérico, gritaba con toda la fuerza de sus pulmones, mientras ella trataba de alejarlo de Hidan. Lo rodeó con sus brazos y lo apretó contra ella, tratando de protegerlo, y luego le tomo la mano y se la estrujó, con la esperanza de que comprendiera que debía permanecer en silencio. La furia de Hidan se dirigía directamente contra ella, y le aterraba pensar que la interferencia del niño pudiera atraer su cólera.

Espuma y saliva salían de la boca de Hidan mientras rugía obscenidades y mientras seguía pateándola. Pronto quedó agotado, perdió el equilibrio y se tambaleó hacia atrás. A Hugh, la imagen le pareció tan divertida, que no pudo contener la risa. Edwin quería que la diversión continuara, y animaba a Hidan con sus gritos para que siguiera. A Hinata le zumbaban los oídos por el ruido ensordecedor, y el cuarto entero giró a su alrededor en una borrosa confusión, pero desesperadamente siguió intentando concentrarse en el aterrado pequeño.

—¡Sshh! —le susurró— Ahora, calla.

Como si alguien le hubiera tapado la boca con la mano, Konohamaru dejó de gritar en medio de un sollozo. A pocos centímetros de su propio rostro, con los ojos dilatados por el pánico, le hizo un rápido gesto con la cabeza, indicándole que permanecería en silencio. Se sintió tan complacida con él, que logró esbozar una débil sonrisa.

—Trata de controlarte, Hidan —le gritó Hugh entre carcajadas. Se secó las lágrimas que le bañaban el rostro antes de agregar—: No podra ir a ninguna parte si la matas.

Hidan, trastabillando, logró apoyarse en la mesa.

—sí, sí —jadeó—. Debo controlarme.

Se secó el sudor que le cubría la frente, apartó al niño lejos de Hinata, y tiró de ella hasta ponerla de pie. La sangre le corría por la comisura de los labios, y Hidan observó complacido su vidriosa mirada, porque supo que le había causado considerable daño.

—Te atreves a hacerme perder los estribos —murmuró—. A la única que debes culpar por el dolor que sientes, es a ti misma. Te daré dos días para que te recuperes, y luego partirás hacia esos lugares dejados de la mano de Dios que llaman Highlands. Tu hermana se oculta en el clan Otsutsuki. Encuéntrala —le ordenó—, tráemela, a ella y la caja.

Se acercó, vacilante, hasta la mesa, ajustándose la túnica, mientras le gritaba al criado que volviera a llenarle la copa.

—Si me fallas, Hinata, ese hombre que tanto aprecias sufrirá las consecuencias. Tu tío padecerá una penosa agonía, una muerte lenta y dolorosa. Te juro que me suplicará que ponga fin a sus sufrimientos. El niño también morirá—agregó, como si se le acabase de ocurrir—. Pero cuando me traigas a Hanabi y la caja, te doy mi palabra de que le perdonaré la vida al niño, a pesar de la promesa que hice al traidor de las Highlands.

—Pero, ¿y si trae una y no la otra? —preguntó Hugh.

Edwin también había pensado en esa posibilidad.—¿Qué es más importante para ti, barón? ¿Hanabi o la caja del rey?

—La caja, por supuesto —respondió Hidan—. Pero quiero las dos, y si Hinata me trae sólo una, su tío morirá.

Hugh rodeó la mesa con aire jactancioso hasta plantarse frente a Hinata. La lascivia que ésta pudo detectar en sus ojos la hizo encogerse de miedo.

Hugh mantuvo los ojos clavados en ella, mientras le hablaba a Hidan.

—Tú y yo hemos sido amigos mucho tiempo —le recordó al barón—. Y nunca te he pedido nada... hasta ahora. Dame a Hinata.

La petición de Hugh logró sorprender y divertir a Hidan.

—¿Llevarías una bruja a tu lecho?

—Es una leona, y yo la voy a domar —alardeó, lamiéndose obscenamente los labios ante su propia fantasía.

—Te cortaría la garganta mientras duermes —advirtió Edwin.

Hugh solté un bufido.

—Con Hinata en mi lecho, te aseguro que no dormiría.

Se acercó a ella para acariciarla, pero ella le apartó la mano y dio un paso atrás. Hugh bajó la vista hasta el niño que se aferraba a sus faldas.

Rápidamente Hinata intentó conseguir que volviese la mirada hacia ella y se olvidara del niño.

—Eres un tonto redomado, Hugh —le dijo— ¡y tan debilucho! Casi te tengo lástima.

Sorprendido por el veneno que destilaba su voz, le dio una bofetada con el dorso de la mano.

Ella le contestó con una sonrisa.

—Déjala en paz —ordenó Hidan, impaciente cuando Hugh volvía a alzar la mano, disponiéndose a pegarle una nueva bofetada.

Hugh miró a Hinata por el rabillo del ojo durante algunos instantes.

—Voy a tenerte, perra —susurró. Dio media vuelta y regresó a su lugar en la mesa—. Dámela —le rogó a Hidan—. Puedo enseñarle a ser obediente.

—Lo tendré en cuenta —prometió Hidan con una sonrisa.

Edwin no estaba dispuesto a ser menos.

—Si le das Hinata a Hugh, entonces debes darme a Hanabi.

—Ya está prometida —dijo Hidan.

—Tú la quieres para ti —lo acusó Edwin.

—Yo no la quiero, pero se la he prometido a otro.

—¿A quién se la prometiste?

Hugh lo interrumpió riendo.

—¿Acaso importa, Edwin? Hidan jamás ha mantenido su palabra.

—Nunca —confirmó Hidan con una risita—. Pero siempre hay una primera vez.

Edwin también sonrió, ya tranquilo, porque creía tontamente que todavía tenía una posibilidad de conseguir a Hanabi.

—Si es la mitad de bella de lo que es Hinata, me daré por bien servido.

—¿Cuánto tiempo le darás a Hinata para que traiga a su hermana? —preguntó Hugh.

—Debe regresar antes de que comience las fiestas de la cosecha.

—Pero eso no es suficiente —protestó Edwin—. Vaya, le llevará una semana, incluso dos, llegar a su destino, y si tiene algún problema en el camino, o no encuentra a Hanabi...

Hidan levantó la mano, exigiendo silencio.

—Todo ese parloteo preocupándoos por el bien de la zorra me hace dar vueltas la cabeza. Conten tu lengua mientras le explico los detalles a mi pupila. ¿Hinata? Si acaso se te ha ocurrido que vas a encontrar gente en las Highlands que te ayuden a salvar a tu tio, entérate de esto: un contingente completo de mis soldados ha rodeado su casa, y si algún guerrero de las Highlands osa poner un pie dentro de la propiedad, Hizashi será ejecutado. Lo tendré de rehén hasta que tú regreses. ¿He sido claro?

—¿Y si ella le cuenta a Sasuke que su hermano no se ahogó, y que lo tienes tú? —preguntó Hugh.

—No se lo dirá —replicó Hidan—. Con su silencio, Hinata conserva la vida del niño. Basta de preguntas —añadió—. Ahora quiero hablar de cuestiones más divertidas, tal como en qué gastaré la recompensa del rey cuando le devuelva la caja. Ya he sugerido, y más de una vez, que fue el padre de Hinata y Hanabi quien robó la caja y mató a Konqn, y cuando el rey descubra que Hanabi la ha tenido en su poder todo este tiempo, se convencerá.

Con un gesto, indico a los dos centinelas apostados en la entrada que se acercaran.

—La querida señora aquí presente no puede tenerse en pie. ¿Veis como se tambalea? Llevadlos arriba, a ella y al niño. Acomodadla en su antigua habitación. ¿Ves qué considerado soy, Hinata? Voy a permitir que duermas en tu cama.

—¿Y el niño, milord? —pregunto uno de los soldados.

—Ponedlo en el cuarto de al lado —dijo Hidan—. Así podrá oírla llorar toda la noche.

Los soldados se apresuraron a cumplir la orden de su amo. Uno tomó a Konohamaru del brazo, y el otro hizo lo mismo con Hinata. Ésta se apartó bruscamente, recuperó el equilibrio y lenta y dolorosamente se enderezó. Con la cabeza en alto, se apoyó en el borde de la mesa hasta que sus piernas recobraron algo de fuerza, y entonces comenzó a avanzar con pasos precisos y medidos. Cerca de la entrada, trastabillo, y cayó sobre el banco.

El soldado la levantó y la arrastró hasta la escalera. Hinata cruzó los brazos sobre sus castigadas costillas y se dobló sobre sí misma, mientras Konohamaru se aferraba a sus faldas y empezaban a subir los peldaños. Hinata trastabilló dos veces antes de que sus piernas le fallaran por completo.

Con un sonido metálico, el soldado la levanto y la llevó en brazos el resto del trayecto.

El dolor en su espalda se volvió insoportable y Hinata se desmayó antes de llegar a la puerta. El soldado la dejó sobre la cama, y trató de tomar la mano del niño, pero Konohamaru se negó a marcharse. Mordió, arañó y pateó al soldado que intentaba atraparlo y separarlo de Hinata.

—Déjalo —le sugirió su amigo—. Si los dejamos a los dos en la misma habitación, esta noche sólo tendremos que poner un guardia frente a esa puerta. El niño puede dormir en el suelo.

Ambos hombres abandonaron la habitación, echando el cerrojo tras ellos. Konohamari trepó a la cama donde yacía Hinata, y se acurrucó a su lado. Aterrorizado al pensar que ella pudiera morir y dejarlo solo, sollozaba incontrolablemente.

Pasó largo rato antes de que finalmente ella despertara. El dolor era tan intenso en todo su cuerpo que los ojos se le llenaron de lágrimas. Esperó a que la habitación dejara de dar vueltas a su alrededor y trató de sentarse, pero el dolor era insoportable, y se desplomó sobre la cama, sintiéndose impotente y vencida.

Konohamaru la llamó en un susurro.

—Ya está, Konohamaru. Ya pasó lo peor. Por favor, no llores.

—Pero tú estás llorando.

—Ya no lloro —le aseguró ella.

—¿Vas a morir? —preguntó Konohamaru con preocupación.

—No —susurró ella.

—¿Te duele mucho?

—Ya me siento mucho mejor —mintió ella—. Está oscuro aquí, ¿no crees? ¿Por qué no corres la cortina para que entre un poco de luz?

—Ya no queda casi luz —le dijo el niño, al tiempo que saltaba de la cama y corría hacia la ventana para hacer lo que le pedía.

La luz del atardecer entró a raudales en la habitación, Hinata pudo ver las partículas de polvo suspendidas en el aire, pudo oler el rancio olor a moho y se preguntó cuánto tiempo hacía que la habitación estaba cerrada. ¿Acaso habría sido la última en dormir en esa cama? No era probable. A Hidan le gustaban las diversiones, y seguramente había tenido multitud de invitados en Dunhanshire desde que la desterró.

Konohamaru trepó a la cama, se acomodó a su lado y le tomó la mano.

—Se está poniendo el sol. Has dormido durante mucho rato, y no podía despertarte. Me asusté —reconoció—. Y, ¿sabes qué?

—No, ¿qué?

—Esto va a ponerse muchísimo peor, porque oí lo que decía el barón. El hombre de las Highlands viene para acá.

—Sí, yo también lo oí —Hinata apoyó la mano sobre la frente y cerró los ojos. Elevó una silenciosa plegaria, rogándole a Dios que le restituyera pronto las fuerzas porque lo que se avecinaba era grave.

—El hombre de las Highlands llegará mañana o pasado —siguió diciendo Konohamaru, muy agitado—. Sí me ve, sabrá que no soy Itachi. Y seguramente me delatará.

Mientras trataba penosamente de sentarse, Hinata decidió hablarle con franqueza.

—Estoy segura de que ya sabe que no eres Itachi. Probablemente sean ésas las noticias tan urgentes que quiere darle al barón.

Konohamaru frunció el entrecejo con gran concentración, hasta que las pecas de su nariz se fundieron en una sola.

—Tal vez quiera decirle otra cosa —sugirió.

—No lo creo.

—No quiero que me dejes solo.

—No voy a dejarte solo —prometió ella.

—Pero el barón te va a enviar lejos.

—Sí, así es —concedió Hinata—. Pero voy a llevarte conmigo.– Konohamaru pareció no creerle. Hinata le palmeo la mano y se obligó a sonreir—. A nosotros no nos afecta que el hombre de las Highlands venga o no venga, aunque a decir verdad, me gustaría echarle un buen vistazo.

—¿Porque es un traidor?

—Sí.

—¿Y entonces podrás decirle a mi papá y a Naruto, e incluso a Sasuke, cómo es ese traidor?

Como Konohamaru pareció animarse ante esa idea, Hinata se apresuró a darle la razón.

—Sí, exactamente. Podría decirle a tu padre cómo es ese traidor.

—¿Y a Naruto, e incluso también a Sasuke?

—Sí.

—¿Sabes qué ocurriría entonces? Harían que lamentara amargamente el haber sido traidor.

—Sí, no me cabe duda de que lo harían.

—¿Cómo es eso de que no nos afecta que venga o no venga el hombre de las Highlands?

—No nos afecta porque nos marchamos esta misma noche.

Los ojos de Konohamaru se abrieron grandes como platos.

—¿En la oscuridad?

—En la oscuridad. Ojalá que haya luna para guiamos.

La ansiedad del niño era casi incontenible, y se puso a saltar sobre la cama.

—¿Pero cómo lo vamos a hacer? Oí cómo el soldado echaba el cerrojo al salir, y supongo que hay un guardia en la puerta. Por eso hablo en voz baja, porque no quiero que me oiga.

—Así y todo, nos marchamos.

—Pero, ¿cómo?

Hinata señaló el otro lado de la habitación.

—Tú y yo vamos a atravesar esa pared.

La sonrisa de Konohamaru se desvaneció como por encanto.

—No creo que podamos hacerlo.

Parecía tan desolado, que Hinata sintió deseos de echarse a reír.

Advirtió entonces que, a pesar del dolor, comenzaba a sentirse eufórica porque no iba a dejar al niño en la guarida de Hidan. Había sido una verdadera suerte que Hidan no los hubiera separado, y se proponía aprovechar al máximo ese error del barón.

No pudo resistirse al deseo de tomar a Konohamaru en sus brazos, y apretarlo con fuerza.

—¡Oh, Konohamaru, no dudes que Dios nos está protegiendo!

Él permitió que le besara la frente y le apartara el cabello de los ojos, antes de escabullirse de su abrazo.

—¿Por qué se te ocurre que Dios nos protege? —Estaba demasiado impaciente como para aguardar su respuesta—. ¿Acaso Dios nos va a ayudar a atravesar la pared?

—Sí —se limitó a responder Hinata.

Konohamaru sacudió la cabeza.

—Me parece que el barón te ha dejado tonta con tanto golpe.

—No, no me ha dejado tonta. Me ha hecho enfadar mucho, mucho, mucho.

—Pero, Hinata, las personas no pueden atravesar las paredes.

—Vamos a abrir una puerta secreta. Esta era mi alcoba cuando era pequeña —le contó—. La alcoba de mi hermana estaba junto a la unía, y cada vez que me sentía sola o asustada, abría el pasadizo secreto y corría a su dormitorio. Mi padre se enfadaba mucho conmigo por hacer eso.

—¿Por qué?

—Porque el pasadizo debía utilizarse sólo en circunstancias extremas, y no quería que nadie se enterara de su existencia, ni siquiera sus sirvientes más fieles. Mi doncella, Natsu, sin embargo, sabía que existía el pasaje, porque me contó que por las mañanas solía encontrar mi cama vacía. Natsu se imaginaba que debía de haber una puerta secreta porque sabía el miedo que me daba la oscuridad, y sabía que jamás me habría atrevido a salir al vestíbulo oscuro durante la noche. ¿Ves ese banco apoyado contra la pared? Mi padre lo puso allí, para desanimarme a pasar. Sabía que el banco era demasiado pesado para que yo lo pudiera mover sin ayuda, pero Natsu me contó que yo me escabullía por debajo para salir al pasadizo.

—¿ Desobedeciste a tu papá? —preguntó Konohamaru con los ojos muy abiertos de incredulidad.

—Parece que sí —respondió ella.

Al niño le pareció sumamente gracioso que lo reconociera, y rió hasta que se le llenaron los ojos de lágrimas. Preocupada porque pudiera oírlos el guardia, Hinata le puso un dedo sobre los labios para que guardara silencio.

—Pero si el pasaje conduce a la alcoba de tu hermana, ¿cómo lograremos salir de allí?

—El pasaje también conduce a una escalera que llega hasta los túneles que pasan por debajo del castillo. Si no han sido sellados, nos llevará más allá de los muros.

—Entonces, ¿podemos irnos ahora? ¡Por favor!

Ella negó con la cabeza.

—Debemos esperar hasta que el barón se haya ido a la cama. Ha bebido tanto vino que se quedará dormido en seguida. Además, puede enviar algún sirviente antes de que caiga la noche, y si no nos encuentra aquí, dará la voz de alarma.

Konohamaru deslizó sus dedos en los de Hinata, y los apretó con fuerza, sin dejar de mirar la pared, tratando de descubrir dónde estaba la puerta.

Cuando se volvió hacia Hinata, otra vez fruncía el entrecejo.

—¿Y si el barón lo hubiera clausurado?

—Entonces tendremos que encontrar otra manera de escapar.

—Pero ,¿cómo?

Hinata no tenía la más remota idea, pero sabía que tenía que sacar a KoKonohamaru de Dunhanshire antes de que llegara el hombre de las Highlands.

—Podríamos engatusar al guardia para que entrara...

Lleno de excitación, el niño la interrumpió.

—Y podríamos darle un golpe en la cabeza para que se desmayara —completó, demostrando lo que decía con fuertes golpes sobre la cama—. Haré que le salga sangre —le aseguró—. Y si me subo al banco, incluso podría apoderarme de su espada, y entonces, ¿sabes qué? Le cortaría todo, y le haría lanzar aullidos de dolor. Yo soy muy fuerte —terminó alardeando.

Hinata tuvo que resistir el impulso de volver a abrazarlo, y tampoco se atrevió a sonreír, para que el niño no creyera que se reía de él.

—Sí, ya veo lo fuerte que eres —dijo, en cambio.

Konohamaru sonrió complacido con el cumplido, y cuadro los hombros, asintiendo.

¿Acaso todas las fantasías de los niños pequeños serían tan avidas de sangre como las de este niño?, se preguntó Hinata. Un momento, lloraba y se aferraba a ella, y al siguiente se regocijaba con el proyecto de alguna horrenda venganza. Ella no tenía ninguna experiencia con niños. Konohamaru era el primero con el que tenía trato directo en mucho tiempo, y se sentía totalmente inadecuada, aunque al mismo tiempo sentía también un tremendo deseo de protegerle. Ella era todo lo que separaba al niño del desastre, y para ella eso sólo significaba que Konohamaru todavía se hallaba enpeligro.

—¿Te duele?

Hinata pestaño, sorprendida.

—¿Si me duele qué?

—La cara —respondió Konohamaru, al tiempo que le tocaba la mejilla—. Se está hinchando.

—Sólo me arde un poco, eso es todo.

—¿Cómo te hiciste esa cicatriz debajo de la barbilla?

—Me caí por la escalera. Fue hace mucho tiempo.

Hinata dio una palmada sobre la cama.

—¿Por qué no te tumbas a mi lado y tratas de dormir un poco? —le dijo.

—Pero todavía no es de noche.

—Lo sé, pero vamos a pasarnos toda la noche caminando —le explicó —. Deberías tratar de descansar ahora.

Konohamaru se acercó a ella y puso la cabeza sobre su hombro.

—¿Sabes qué?Tengo hambre.

—Luego buscaremos algo para comer

—¿Tendremos que robar comida?

Por el entusiasmo con que pronunció estas palabras, Hinata supuso que esperaba ansiosamente esa posibilidad.

—Robar es pecado.

—Eso es lo que dice mamá.

—Y tiene razón. No vamos a robar nada. Sólo lo vamos a pedir prestado.

—¿Podemos pedir prestados caballos?

—Si tenemos suerte, y encontramos uno robusto, y no hay nadie cerca que nos detenga, entonces sí, lo tomaremos prestado.

—Te pueden colgar por robar un caballo.

—Ésa es la menor de mis preocupaciones —dijo Hinata, mientras cambiaba de posición en la cama. Cada centímetro de su cuerpo le dolía, y no lograba encontrar una posición cómoda. Colocó el brazo vendado al lado del cuerpo. Al hacerlo, sintió un pinchazo, y entonces recordó la sorpresa que le tenía reservada a Konohamaru.

—Tengo algo para ti —dijo—. Cierra los ojos, y no mires.

El niño se puso de rodillas, y cerró los ojos con fuerza.

—¿Qué es?

Hinata levantó la daga. No fue preciso que le indicara que abriera los ojos, porque ya estaba mirando. Al ver su alegría casi ie dieron ganas de llorar.

—¡La daga de Naruto! —susurro con admiración—. ¿Cómo hiciste para encontrarla?

—Tú me dijiste dónde estaba —le recordó Hinata—. La tomé del banco al salir del salón. Guárdala en la vaina de cuero para que no te pinches.

Konohamaru estaba tan contento por haber recuperado su tesoro, que le echó los brazos al cuello y le besó la hinchada mejilla.

—¡Te quiero, Hinata!

—Y yo también te quiero, Konohamaru.

—Ahora puedo protegerte porque tengo mi cuchillo.

—¿Vas a ser mi protector, entonces? —le preguntó ella, sonriendo.

— No– respondio él entre risas, alargando la palabra.

—¿Por qué no?

Konohamaru se aparto de ella y le respondio que le parecia obvio.

—Porque soy un niño pequeño. Pero, ¿sabes que?

—No, ¿qué?

—Vamos a encontrarte uno.

—¿Un protector?

Él asintió solemnemente.

—No necesito un protector —le aseguró ella, sacudiendo la cabeza.

—Pero tienes que tener uno. Tal vez podamos pedírselo a Naruto.

—¿El antipático? —bromeó ella.

Konohamaru volvió a asentir.

Hinata se echó a reír en voz baja.

—No creo que...

—Se lo pediremos a Naruto —insistió él, con aire muy serio—. Porque, ¿sabes qué?

—No, ¿qué?

—Lo necesitas.

Continuará...

¡¡En el capítulo siguiente por fin aparece Naruto!!