MIENTRAS su madre le daba al niño, a Bella se le cayó el alma a los pies. Los gemidos del bebé se calmaron cuando se aferró a su madre. Renné abrazó a Bella.
–Acepta el empleo –le susurró. Después se volvió hacia Edward–. Espero que nos volvamos a ver pronto, señor Cullen.
Bella se quedó a solas con Edward, con el hijo de ambos en brazos.
Edward miró al niño y luego a ella.
–¿Es tu hijo?
–Sí.
–¿Qué edad tiene?
–Seis meses –respondió ella con una voz casi inaudible.
–¿Quién es el padre?
Bella había deseado muchas veces poder decirle a Edward la verdad y dar un padre a su hijo.
–El padre es...
«Eres tú. Tú eres el padre de Robby», pensó. Pero no le salieron las palabras. Edward no quería sentirse atado por un hijo. Si le contaba su secreto, tal vez creyera que su deber le obligaba a pedir la custodia del niño, lo que perjudicaría a Robby. Y ella se sentiría culpable por haberle forzado a hacerlo. Tal vez tratara de llevárselo a Brasil para entregárselo a una niñera joven y sexy.
No ganaría nada con decirle la verdad y se arriesgaba a perderlo todo.
–¿Y bien? –insistió él.
–Su identidad no es asunto tuyo.
–Tuviste que quedarte embarazada inmediatamente después de marcharte de Río.
–Sí –afirmó ella de mala gana. Se estremeció al pensar si Edward no se daría cuenta del parecido.
Edward la miró con ojos acusadores.
–Eras virgen cuando te seduje. Me dijiste que querías fundar un hogar y una familia. ¿Cómo fuiste tan descuidada y te quedaste embarazada por la aventura de una noche?
Edward había usado protección, pero, de todas maneras, ella se había quedado embarazada.
–A veces se produce un accidente –replicó ella con un nudo en la garganta.
–No se producen accidentes, sólo errores –la corrigió él.
–Mi hijo no es un error.
–¿Quieres decir que lo planificaste? ¿Quién es el padre? ¿Un guapo granjero? ¿Alguien a quien conocías del colegio? ¿Dónde está ese dechado de virtudes? ¿Por qué no te ha pedido que te cases con él?
Robby comenzó a resoplar. Tenía frío, y Bella también. Lo abrazó.
–Te he dicho que no es asunto tuyo.
–¿Está aquí?
–No.
–Así que te ha dejado.
–No le di la oportunidad. Lo dejé yo.
–Ah, entonces no lo quieres. ¿Le causará problemas que te lleves al niño a Río?
–No.
–Muy bien.
–Me refiero a que no me lo voy a llevar a Río porque no voy a ir –el niño empezó a llorar mientras ella se daba la vuelta–. Adiós, Edward.
–Espera.
La emoción de su voz hizo que ella vacilara. Sabiendo que era un error, se volvió hacia él. Edward se le acercó y ella vio en su expresión algo que nunca había visto.
Vulnerabilidad.
–No te vayas –dijo él en voz baja–. Te necesito.
«Te necesito».
Lo había amado. Lo había servido día y noche y sólo existía para él. Tuvo que dominar ese hábito, ese deseo, con toda su fuerza de voluntad.
–¿No son suficientes cien mil dólares? –se le acercó aún más, con los ojos brillantes–. Pues que sea un millón. Un millón de dólares, Bella, por una noche.
Ella ahogó un grito.
Él le acarició la mejilla.
–Piensa en lo que significaría ese dinero para ti y para tu familia. Y lo único que tendrías que hacer es sonreír durante unas horas, beber champán, llevar un bonito vestido de noche y fingir que me quieres.
Ella lo miró con un nudo en la garganta. Fingir que lo quería... –Aunque sé que no será fácil. Pero no puedes ser tan egoísta como para rechazarlo.
–Tal vez ahora lo sea.
–La Bella que conocí siempre anteponía las necesidades de sus seres queridos a las suyas. Sé que eso no ha cambiado. Probablemente te hayas pasado toda la noche levantada preparando la tarta para tu hermana.
Bella hizo una mueca.
–De verdad que te odio.
–Ódiame si quieres, pero si no vienes conmigo a Río esta noche... –se pasó la mano por el pelo y suspiró–. Perderé el legado de mi padre. Para siempre.
Tiritando y acunando a su hijo, Bella miró el rostro hermoso y demacrado de Edward. Sabía mejor que nadie lo que la compañía Açoazul significaba para él. Lo había visto durante años planear y maquinar la forma de recuperarla. Era su herencia.
Bella entendía lo que sentía porque vivía en la casa que sus antepasados habían construido con sus manos y en la tierra que llevaban dos siglos cultivando. Al mirarlo a la cara, le volvió a sorprender la vulnerabilidad que expresaba. En todos los años que habían trabajado juntos, nunca lo había visto así. Sintió que su resolución flaqueaba.
Un millón de dólares por una noche de lujo en Río. Miró a su hijo. ¿Qué podría hacer con ese dinero por él, por su familia?
Pero había un riesgo. ¿Sería capaz de no decirle a Edward la verdad? ¿Le mentiría durante veinticuatro horas? ¿Podría fingir que lo quería sin volver a enamorarse de él?
En el camino situado frente a la casa, un sedán negro encendió los faros y comenzó a acercarse.
Bella cerró los ojos.
–¿No volverás nunca más a buscarme después de esto? ¿Nos dejarás en paz?
–Sí –respondió él con dureza.
Bella inspiró profundamente y pronunció unas palabras que le traspasaron el corazón como un puñal.
–Una noche.
Una hora después llegaron al pequeño aeropuerto privado donde aguardaba el jet de Edward. Mientras cruzaban la pista, él la miró.
Era aún más hermosa de lo que recordaba. A la luz de la luna, su pelo tenía el color de los chocolates. El aire frío le había coloreado las mejillas. Ella se mordió el labio inferior y su roja boca resultó tentadora. Cuando la vio en la granja, había sentido el deseo de besarla.
Respiró profundamente. Estaba cansado por haber volado desde Río. Además, se sentía agotado por los largos meses de negociaciones para comprar la antigua empresa de su padre, para recuperar el negocio que le correspondía por nacimiento y que había perdido estúpidamente a los diecinueve años.
Pero no volvería a fallar. Miró su caro reloj de platino. No iban retrasados.
Al subir por la escalerilla del avión, Bella se detuvo, se cambió la sillita con su hijo de brazo y miró hacia atrás.
–Creo que deberíamos volver a por más cosas.
–¿No tienes lo que necesitarás durante el vuelo?
–Sí, pero no he metido ropa, un pijama...
–Todo lo que necesitas te estará esperando en Río.
–De acuerdo –aceptó, y lo siguió por la escalerilla.
Dentro de la cabina, Edward se sentó y una azafata le ofreció una copa de champán. Había sido más difícil de lo esperado convencer a Bella. Ella se sentó enfrente y lo fulminó con la mirada.
¿Estaba enfadada con él por algún motivo? Era él quien debería estarlo porque lo había dejado en la estacada un año antes. Él había accedido a que abandonara el trabajo porque era un santo, y no había podido llenar el hueco que ella había dejado en el despacho.
–Espero que tengas una buena niñera en Río –gruñó ella al tiempo que rechazaba el champán.
–Maria Silva.
–¿El ama de llaves?
–Fue mi niñera.
Contra su voluntad, a Edward le invadieron los recuerdos de su feliz infancia, de los juegos con su hermano, Emmet, sólo un año mayor. Edward siempre competía con él por parecer el mejor ante sus padres. Había iniciado peleas estúpidas, como la que había conducido a la noche del accidente.
–Pondría mi vida en manos de Maria –concluyó con brusquedad.
Bella ya no parecía enfadada, sino que lo miraba con una expresión risueña en sus ojos de color chocolate. Iba a hacerle una pregunta cuando la azafata la distrajo indicándole que asegurara la silla del niño antes de despegar.
Edward vio que sonreía a su hijo y le murmuraba palabras dulces, y experimentó un extraño sentimiento.
Había ganado. La había convencido y llegarían a Río a tiempo. Su plan tendría éxito. Debería estar contento.
Sin embargo, tenía los nervios de punta.
¿Por qué? No por el dinero que le había prometido. Un millón de dólares no era nada. Habría pagado diez veces más por recuperar la compañía de su padre. Habría pagado hasta el último centavo que tenía y habría dado todas sus acciones, los contratos, la oficina de Manhattan, los barcos de Rotterdam...
No era por el dinero. Miró por la ventanilla mientras despegaba el avión. Le molestaba algo, pero no sabía el qué. ¿Era el hecho de haber mostrado a Bella lo desesperado que estaba?
No. Ella sabía lo que significaba para él la empresa de su padre. Y, además, mostrarse vulnerable lo había ayudado a conseguir su propósito.
Era otra cosa. Miró al niño.
Era el bebé lo que lo inquietaba.
Apretó los dientes al darse cuenta de lo que sentía.
Ira.
Le resultaba increíble que Bella se hubiera dado tanta prisa en acostarse con otro hombre. La había dejado marchar un año antes por una sola razón: por su propio bien. Había empezado a importarle y sabía que no podía darle lo que quería: un esposo e hijos. Cuando, a la mañana siguiente de haberla seducido, ella le dijo que dejaba el puesto y que volvía con su familia, él le había dado la oportunidad de ser feliz.
Pero en lugar de hacer realidad sus sueños, había tenido una estúpida aventura con alguien a quien no quería. Había escogido la pobreza y ser madre soltera. Había dejado que su hijo naciera sin padre y sin apellido.
Sintió que la ira crecía en su interior.
La había dejado marchar para nada.
La miró. Estaba recostada con los ojos cerrados y una mano sobre el bebé, colocado en el asiento de al lado. Incluso con aquel vestido tan poco favorecedor y aquel carmín horroroso, su belleza natural sobresalía. Y su engañosa inocencia.
Recorrió con la vista sus generosas curvas. Los senos le habían aumentado por la maternidad y se le habían ensanchado las caderas. Y se preguntó cómo sería su cuerpo bajo el vestido, cómo lo sentiría contra el suyo en la cama.
Recordó la primera vez que la había besado, cuando había tirado al suelo el ordenador portátil por su urgencia de poseerla. Hacerlo sobre el escritorio le había supuesto perder datos y miles de dólares.
No le importaba. Había merecido la pena.
La había deseado desde el momento que entró en su despacho con aire vacilante, ropa de pueblerina y unas gafas grandes y feas. Se había percatado en el acto de que era buena e inocente y que poseía la franqueza temeraria que él necesitaba en su ayudante. La había deseado, pero se había contenido durante cinco años. La necesitaba en el despacho, necesitaba su competencia para que las Empresas Cullen y su propia vida funcionaran como una máquina bien engrasada. Y sabía que una mujer chapada a la antigua como Bella no se conformaría con lo que un hombre como él le ofrecería: dinero, glamour y una aventura sin emoción. Así que no se había permitido ni tocarla, ni siquiera flirtear con ella.
Hasta que...
El año anterior, mientras iba en helicóptero desde la fábrica de Açoazul al norte de la ciudad, Edward vio que el piloto sobrevolaba la carretera donde su familia se había matado casi veinte años antes.
Se dijo que no sentía nada. Volvió tarde al despacho y todos los demás empleados se habían marchado, salvo Bella, que archivaba papeles. Y algo había saltado en su interior. Explotaron cinco años de deseo frustrado y la agarró y, sin mediar palabra, comenzó a besarla.
Esa noche descubrió dos cosas.
La primera: la señorita Swan era virgen.
La segunda: bajo su aspecto recatado, lo había reducido a cenizas con el fuego de su pasión.
Le hizo el amor con brusquedad sobre el escritorio. La segunda vez fue más suave, después de tomar el ascensor hasta su vivienda en el ático. La besó durante horas en su enorme cama. Aquella noche había sido increíble. Más aún, había sido la mejor experiencia sexual de su vida.
Se le hizo un nudo en la garganta al mirarla. Él había prescindido de todo aquello y ella se había lanzado en los brazos de otro hombre, que la había dejado embarazada.
Cerró los puños. Tal vez fuera un hipócrita al sentirse traicionado, ya que había estado con muchas mujeres desde que ella se marchó. Pero lo único que había conseguido era comprobar que ninguna lo satisfacía como Bella.
Apartó la mirada. Recuperaría el control de Açoazul y luego mandaría de vuelta a Bella y a su hijo a New Hampshire. Había pensado en pedirle que se quedara en Río una vez cerrado el trato, pero era imposible. Por mucho que la echara de menos en el despacho y en la cama, no podía volver con ella porque tenía un hijo.
No podía permitirse creer ni por un momento que formaba parte de una familia.
–Pareces cansado –le oyó decir a Bella.
Volvió a mirarla.
–Estoy bien.
–No lo parece.
–Han cambiado muchas cosas –miró al niño. Quiso preguntarle otra vez quién era el padre y cuánto tiempo había esperado para meterse en la cama con un desconocido. ¿Una semana? ¿Un día? ¿Qué había hecho ese hombre para seducirla? ¿Le había hecho promesas?
–Edward...
Vio que lo miraba con ojos angustiados.
–¿Qué?
–¿Qué pasará cuando lleguemos a Río?
–Oliveira celebra una fiesta en la piscina de su mansión en la Costa do Sul. Adriana estará allí.
–¿Una fiesta en la piscina? ¿Hay que ir en bañador? –preguntó ella, nerviosa.
–Y después –prosiguió él, implacable– vendrás conmigo al baile de Carnaval.
–Espero que en los centros comerciales de Brasil vendan polvos mágicos, porque sólo así podré convencer a alguien de que puedo competir con Adriana da Costa.
–La primera persona a quien debes convencer es a ti misma. Tu falta de seguridad en ti misma no resulta atractiva. Nadie creerá que estoy enamorado de una mujer que no destaca.
Vio con satisfacción que la expresión de ella se ensombrecía.
–Me refería a que...
–Hemos hecho un trato y te voy a pagar bien. Durante las próximas veinticuatro horas serás la mujer que necesito que seas. Me perteneces.
Los ojos de ella se llenaron de ira y resentimiento. Apartó la mirada y una parte de él se alegró de haberla herido.
Un año antes le había servido de consuelo creer que Bella estaría de vuelta con su familia tratando de hacer realidad sus sueños. Pero ella lo había traicionado.
Y la odiaba por eso.
