Muchas gracias a Little Feniix, Hika-chan y yumeatelier por sus comentarios :)
SYMPATHY
Capítulo 4: La Segunda Prueba
McGonagall le pidió que le acompañara el día de la Segunda Prueba. Estaban sentados en la mesa Gryffindor y Neville, frente a él, puso los ojos en blanco. Eran mediados de febrero y, aunque a veces tenía la sensación de que cuando lo miraba el corazón se le paraba durante un instante, solo uno, Harry estaba bastante seguro de que ya lo tenía superado.
Miró a Ron y a Hermione y tras sonreírles levemente, se levantó y la siguió.
—Siento molestarte, Potter —dijo mientras le guiaba escaleras arriba—, pero Kingsley quiere saludarte.
Giró levemente la cabeza hacia él y le esbozó una pequeña sonrisa.
—¿Eso es todo?
—Eso es todo —respondió. Para ser una bruja tan mayor tenía buen ritmo subiendo las escaleras. Se detuvo a la altura del segundo piso y lo miró muy seriamente—. Habrá un periodista del Profeta. No tienes que responder a ninguna de sus preguntas. Ya le hemos advertido que, si te molesta, cerraremos el castillo para ellos.
Harry sonrió y asintió. McGonagall colocó un instante la mano sobre su hombro y continuó su camino. A cada paso que daba, tenía la sensación de que estaban dirigiéndose al baño de chicas de Myrtle la Llorona.
Pero no podía ser, ¿no?
¿Verdad?
Mentira.
McGonagall abrió la puerta del baño y le invitó a entrar con un gesto. Harry se mojó los labios antes de dar el primer paso. Malfoy ya estaba allí, algo pálido y con los brazos cruzados. Tardó un instante en verle y, cuando lo hizo, abrió muchos los ojos.
Harry tragó saliva. Sí, no era difícil saber en qué estaba pensando. Bajó la mirada y, sin darse cuenta, la clavó en el punto en el que Malfoy había caído cuando la maldición Sectusempra le golpeó. Volvió a levantarla rápidamente al darse cuenta de que Kingsley Shacklebolt se estaba acercando. A pesar de su reciente nombramiento como Primer Ministro, seguía siendo el mismo hombre de tez oscura y cuestionable gusto para sus túnicas (y sus sombreros). Sonrió cálidamente al verle y alargó la mano.
Harry aceptó el gesto sin dudarlo.
—Cuánto tiempo, ¿cómo va la cosa?
—Bien, bien, señor. Estudiando para los exámenes y esas cosas.
—¿Señor? —repitió Kingsley negando levemente con la cabeza—. ¿Sigues pensando entrar en el programa de Aurores cuando termine el año?
—Sí, eso espero. La verdad. Perdone, ¿pero qué estamos en un baño?
La pregunta cayó a la vez que el periodista del Profeta pedía a los campeones que se colocaran contra la pared de los lavamanos. Harry recordaba que toda aquella pared había salido volando durante su duelo con Malfoy.
Apartó de nuevo la mirada.
—La Segunda Prueba tendrá lugar en los túneles del castillo —explicó McGonagall—. Hemos aprovechado la entrada de la Cámara Secreta como salida.
Harry giró la cabeza de nuevo hacia los campeones. Detrás de ellos estaba el grifo con el símbolo de la serpiente y la única manera de abrirlo era…
—Disculpe, ¿directora McGonagall? ¿Le importaría venir para que la saquemos en la foto? —preguntó el reportero. Harry notó sus ojos sobre él, codiciosa. Pero no dijo nada.
—Creo que yo también tengo que ir —se disculpó Kingsley dándole una pequeña palmada en el hombro.
Malfoy giró ligeramente la cabeza para mirarle un instante antes de que el foco brillara y el flash de la foto saltara. Harry se metió las manos en los bolsillos y pateó el suelo. Estaba seguro de que McGonagall le hubiera advertido de que necesitaba su ayuda para una de las pruebas con antelación. Aunque fuera para asegurarse de que no había ningún problema. Respiró hondo, No había vuelto a hablar pársel y no tenía nada claro que todavía pudiera hacerlo.
A fin de cuentas, se suponía que aquella era una de las habilidades de Voldemort. No de las suyas.
Winston Stack caminó hasta el centro del baño y con un golpe de varita conjuró un disco plateado que a Harry le recordaba peligrosamente a los que se habían utilizado en la primera prueba. Con otro golpe de varita, la imagen cambió, mostrando un lateral del Campo de Quidditch. Harry alargó el cuello, casi sorprendido por la imagen. El estadio estaba repleto de gente y, cuando Stack sonrió y dio los buenos días, se oyó los gritos de alegría que provenían del otro lado.
Harry rodeó a Stack mientras este anunciaba la Segunda Prueba y caminó directamente hacia la directora McGonagall. Tenía una mano apoyada en el hombro de Malfoy y hablaba con él rápidamente, como intentando darle algún consejo antes de que todo empezara. Su rostro era serio, como si estuviera regañándole.
—… te aseguro que la prueba se puso ante de que conociéramos a los campeones —estaba diciéndole—. Jamás te habría puesto en una situaci… Potter.
McGonagall se incorporó y Malfoy estrechó los ojos. Harry le hizo un gesto pequeño con la mano, como saludo.
—¿Qué quieres? —le preguntó McGonagall suavizando ligeramente sus facciones.
Harry abrió la boca para responder. Pero entonces se fijó en Malfoy. Había empalidecido visiblemente y, de alguna forma, se parecía más al chico al que había visto en la Mansión Malfoy el año pasado. Parecía preocupado y, de alguna forma, decidió que aquello no iba sobre él. Así que se encogió de hombros y, sin saber qué diría si le pedían que volviera a abrir la Cámara Secreta, dijo:
—Desearle suerte a Malfoy, supongo. —Se encogió de hombros y esbozó una media sonrisa y se giró hacia él—. Suerte, Malfoy.
Malfoy asintió ligeramente con la cabeza, como si no acabara de creérselo. McGonagall le sonrió levemente, como si estuviera orgullosa de él.
—Bueno, supongo que voy a ir yendo al Campo de Quidditch, Ron y Hermione me están esperando —dijo, aunque no tenía muy claro si se lo estaba diciendo a ellos o a él mismo. O si estaba intentando descubrir si su presencia iba a ser necesaria más allá del saludo.
McGonagall dejó que se fuera.
Cuando Harry llegó al Campo de Quidditch, la prueba ya había empezado. No le costó mucho encontrar a Ron y a Hermione. El primero era demasiado alto y demasiado pelirrojo para pasar desadvertido y Hermione tenía un pelo demasiado alborotado.
En el centro del campo, suspendido a varios metros del cielo, había tres enormes discos que mostraban tres escenas diferentes. En el primero estaba Daviau, pálida y con un corte un poco feo en la mejilla. La sangre resbalaba hasta su barbilla. Llevaba la varita en alto, alumbrando un pasillo empedrado y aparentemente abandonado, por el estado del moho.
—¿Qué se supone que tienen que hacer? —preguntó Harry colocándose junto a ellos.
Radkov marcaba a cada pocos pasos las paredes, rayando la piedra lisa con su inicial.
—Es una especie de carrera —respondió Hermione ofreciéndole una bolsa con escarabajos de regaliz. Harry negó levemente con la cabeza—. Pero subterránea.
—Ajá.
La cabeza rubia de Malfoy brillaba por la luz azulada de la punta de su varita. Caminaba a paso rápido y la varita apuntando al suelo.
—Les han dado a cada uno un camino, según su puntuación es más largo o más compro, y se supone que cuando lo completen encontrarán algo que necesitan para la Tercera Prueba.
—¿Y ya está? —preguntó Harry frunciendo el ceño. No era por presumir, pero en su Segunda prueba había tenido que atravesar el Lago Negro. En perspectiva, las partes bajas del castillo parecían un paseo por el campo.
—Bueno, se supone que hay trampas de por medio.
—A Daviau antes le han caído unas lianas del techo y casi se ha quedado en el sitio —dijo Ron con una sonrisa divertida—. Y Radkov se ha enfrentado a un boggart.
Harry arqueó una ceja.
—¿Qué era?
—Una lluvia de serpientes. Las transformó en confeti.
—¿Y Malfoy?
Ron se encogió de hombros sin apartar la mirada del frente.
—Nada.
—Yo creo que le están siguiendo, no deja de mirar atrás —repuso Hermione y, como si el Malfoy de la imagen la acabara de oír, se giró en redondo y observó la oscuridad antes de continuar su camino con expresión crítica—. Si pierde tato tiempo…
—¿Qué? —la animó a terminar Harry.
—Pues que el camino de Malfoy es el más largo, volverá a quedar el último si no se da prisa.
Ron bufó divertido.
—Que se joda. Quién le manda.
Un chillido ahogado, femenino, inundó el estadio. Los tres levantaron la cabeza para ver a Radkov, cuya pierna derecha se había hundido hasta la rodilla en la propia roca. Nerviosa, su rostro enfocaba a todos lados mientras hablaba en búlgaro. Harry habría apostado su mano derecha porque estaba diciendo palabrotas, por las risas suaves de un grupo de alumnos de Durmstrang que tenían a un par de metros.
—Esta chica siempre tiene la peor de las suertes —comentó Hermione, apoyándose en la barandilla—. Oh, y tienen una hora para llegar al final del pasillo.
Hizo un gesto con las manos y Radkov intentó sacar su pierna a pulso, abrazándose a la pared. Al intentar sacarla, en su lugar, se hundió un poco más.
—Parecen arenas movedizas.
—¿Tú sabes que las arenas movedizas no son como salen en las películas, verdad, Harry? —Ron, al otro lado de ella, rio. Aunque Harry estaba seguro de que no acababa de entender la referencia.
Negó con la cabeza y volvió a mirar el progreso de los campeones. El camino de Daviau estaba roto y había unas pasarelas que se movían de manera errática que parecían llevarla de un lado a otro. Con un suspiro de cansancio, puso un pie encima de la primera plataforma. Malfoy por su parte, había vuelto a detenerse. Tenía el ceño fruncido y miraba al frente como analizando la situación.
—¿Qué le pasa a Malfoy? —preguntó, haciendo que Hermione girara la cabeza rápidamente hacia él.
—Se ha detenido.
—Quizá se le haya metido algo en el zapato —comentó Ron con sorna. Harry frunció el ceño, intentando fijarse en todos los detalles posibles. Era difícil, porque los aspavientos de Radkov eran difíciles de ignorar.
—Es como una barrera, ¿no? —preguntó Hermione frunciendo el ceño y entrecerrando los ojos. Como intentando ver mejor.
Harry la imitó, lamentando no haber bajado a aquella prueba los omniculares. Un parpadeo detrás de Malfoy, como una sombra, le llamó la atención. Y probablemente a Malfoy también, porque giró la cabeza rápidamente hacia atrás.
—Sí que tiene algo detrás —murmuró, intentando distinguir algo. La estancia, el pasillo o lo que fuera, estaba únicamente iluminado por la punta de la varita de Malfoy. A su espalda había algo. Algo más que las paredes y rocas.
—¿Sí?
—He visto algo moverse.
Malfoy dio un par de pasos hacia atrás y apuntó con firmeza hacia el frente, hacia la barrera.
«¡REDUCTO!», gritó con fuerza. Y su voz se alzó por encima de los jadeos de Daviau y de las palabrotas de Radkov. «¡REDUCTO!». Los hechizos golpearon la superficie de la barrera, azulándola en los puntos en los que golpeaba. Pero no se deshizo.
—Hermione —murmuró Harry—. ¿Qué criaturas se mimetizan?
—¿Se mimetizan?
—O cambian de forma, no sé. Juraría que esa roca se ha movido. —Señaló al cielo. Hermione se mordió el labio, Ron se acercó un poco más. Como si eso ayudara a verlo mejor.
—Que se mimeticen no sé —dijo, apoyando una de sus manos en la cintura de Hermione—. Pero yo diría que eso es un pogrebin.
—¿Qué?
—Sí, ya sabes. Enanos con cabeza de piedra.
Malfoy volvió a girarse. Parecía nervioso. No era para menos, si Ron tenía razón… Bueno, si Ron tenía razón Malfoy no tardaría demasiado en empezar a sentirse apático y desesperanzado. Y solo entonces atacaría.
—¿Cuántas probabilidades hay de que Malfoy estuviera atendiendo ese día en clase? —preguntó. Ron bufó.
—No creo que le dé tiempo a que le ataque. Lleva ahí dentro casi media hora y no les han dado más de una. La prueba terminará antes de que sea peligroso, qué pena.
Un silbido provocador llamó la atención sobre el círculo de Radkov. La chica, que ya se había hundido hasta la mitad del muslo, se había quitado la parte de arriba del uniforme deportivo que llevaba. Debajo tenía un sujetador negro, pero verle los contornos parecía suficiente para animar al público.
Aunque había algo excitante en observarla allí, medio desnuda y a punto de ser tragada por el suelo, Harry no tenía muy claro si a él le gustaría que le observaran y silbaran de estar en su situación. Giró la cabeza hacia Hermione, que simplemente puso los ojos en blanco y negó con la cabeza.
Radkov transformó su camisa en una cuerda y la ató alrededor de su cintura con un lazo doble. Y, a base de tirar mágicamente de ella con el encantamiento Wingardium Leviosa, empezó a salir. Parecía que lo tenía controlado, así que Harry devolvió la vista hacia Malfoy y apretó los labios. Se había agachado, espalda contra la barrera mágica. Tenía la cabeza apoyada en una de sus manos, como si estuviera especialmente cansado.
—¿No se supone que lo de los pogrebines tarda en hacer efecto?
Malfoy no iba a ponerse a llorar en público, ¿verdad?
—Es demasiado pronto —concedió Hermione agarrando a Ron de la muñeca para mirar la hora. Ron apartó la mirada de la esfera de Radkov y frunció el ceño—. No tiene ningún sentido.
—¿Qué pasa?
Harry abrió la boca para responder, pero entonces vio como la sombra volvía a moverse. Así que en su lugar, hizo un gesto con la cabeza.
—Solo mira.
El pogrebin era una criatura pequeña y de aspecto retorcido, con una cabeza grande y grisácea que podía pasar por una piedra para magos poco avispados o en condiciones de oscuridad. Tenía unas garras afiladas y unos ojos pequeños y maliciosos y se acercaba a pequeños pasos, como si temiera alertar a Malfoy.
Malfoy que…
—¿Está sonriendo?
En cuanto el pogrebin entró en el campo de luz de la varita, Malfoy levantó la cabeza y le apuntó con ella.
«¡Desmaius!», exclamó bajándola rápidamente. La criatura se quedó muy quieta, antes de caer hacia atrás como si fuera un peso muerto.
—Qué pena —se lamentó Ron y Hermione dejó caer una risita nerviosa. Ambos se volvieron a girar hacia Radkov. Harry también, solo un instante. Lo justo para ver que ya había salido y que miraba a los lados jadeando y empalidecida.
Después de aquello, en realidad, no hubo grandes percances. La barrera de Malfoy se deshizo cuando acabó con la criatura y, aparte de tener que reptar por lo que parecía una tubería gruesa y de pasar por un pasillo que escupía dardos de sus paredes, no tuvo muchos más percances. De hecho, fue el primero en llegar al final del recorrido.
Era una sala redonda, con tres pasillos que daban a ella. Había tres calderos puestos en fila y, justo tras de ellos, una mesa con tres baúles diminutos colocados justo detrás de tres vasos de cristal. Dentro de cada uno de ellos había una rosa. Malfoy se detuvo frente a ellos, aún con la varita en mano y las mejillas sonrojadas. El último trecho lo había hecho corriendo y aún no había conseguido recuperar el aliento.
—Parece que Malfoy lo ha hecho —comentó Hermione. Ron, detrás de ella, hizo una mueca que hizo reír a Harry levemente.
La voz potente de Stack resonó a través de la esfera de Malfoy.
«La verdad te hará libre». Malfoy parpadeó. Harry parpadeó.
Harry no se había dado cuenta de que seguía sonriendo hasta que la expresión se derritió de sus labios. Oh. Oh. De pronto, las palabras de McGonagall a Malfoy tenían todo el sentido del mundo. Malfoy iba a tener que contar algún secreto y, teniendo en cuenta todo lo que había pasado el año anterior, podía arruinar el buen ambiente del torneo.
Hermione frunció la boca.
—¿Eso no es de la Biblia?
—¿Qué pretenden que haga? ¿Que empiece a contar sus secretos? —preguntó Ron, que por primera vez había mudado su expresión de burla por una más preocupada.
—Creo que sí.
—Oh —murmuró Hermione casi en un tono de lamento, llevándose inconscientemente la mano a su antebrazo. Justo donde Bellatrix Lestrange había gravado la palabra «sangre sucia»—. Pero puede decir cualquier cosa, ¿no?
El «no» había sonado demasiado agudo.
—¿Creéis que hay algún suero de la verdad en los calderos? —preguntó Ron.
Malfoy se acercó a los calderos con expresión desconfiada y se inclinó ligeramente sobre uno de ellos, olisqueándolo. Se apartó rápidamente para oler el segundo. El tercero también lo olió y, después, hizo que se elevara la mezcla con un golpe de varita. Tenía el ceño fruncido y los labios apretados.
Harry pasó los ojos a Daviau, a la que se oía jadear mientras corría con todas sus fuerzas, y después a Radkov. Radkov iba considerablemente más lenta, puesto que su camino estaba lleno de obstáculos que debía saltar y esquivar.
—No va a beber —murmuró Hermione devolviéndole a la esfera de Malfoy. Sin duda, no parecía tener la mínima intención de hacerlo. Se había vuelto a separar y miraba a todos lados, como buscando una salida que no fuera pasando por el final de la prueba. Parecía un cervatillo asustado—. Quedan diez minutos.
Malfoy se mojó los labios y probó: «a veces dejaba pastelitos chupados en la Sala Común de Slytherin».
—Oh, recordadme que nunca acepte nada de Malfoy —dijo asqueada Hermione. Malfoy tenía una expresión rara, como si estuviera oliendo algo que no le gustaba.
—No te preocupes, no creo que nunca te ofrezca nada —respondió Ron con cierta amargura.
«Cuando era pequeño pillé a mis padres practicando sexo y mi padre intentó convencerme que a mi madre se le había caído la varita y por eso estaba agachada».
«Me reí en la cara del profesor Snape cuando me preguntó de qué quería trabajar».
—Prepotente.
«Me levanto todos los días una hora antes que mis compañeros de cuarto para no tener que coincidir con ellos».
—Ni que fuera algo nuevo.
—¿Vas a comentarlas todas, Ron? —le preguntó nervioso Harry. Malfoy cada vez estaba más y más pálido y parecía que iba a cruzar pornto la línea que separaba las tonterías con las cosas serias.
—Vale, vale.
«Solo eché mi nombre en el cáliz porque no quería que me llamaran cobarde».
«Llevé a Renard al baile porque cuando Pansy me preguntó si quería ir con ella tuve un ataque de pánico».
«No quiero ganar este estúpido torneo, pero tampoco quiero quedar el último».
«Me da miedo de lo que podría decir si bebo de los calderos».
«Necesito que Goyle encienda mi caldero en Pociones porque no soy…».
—Oh.
Ahí estaba. Harry respiró hondo.
«No he vuelto a usar la Red Flú desde mayo. No me atrevo», volvió a intentarlo.
«Vi como Él mataba a la profesora Burbage».
—Merlín —murmuró Hermione—. Terminaría mucho antes si se tomara la maldita poción.
«Y me meé encima», añadió con un hilillo de voz. Alguien que estaba sentado detrás de ellos rio por lo bajo y Harry tuvo que usar todo su autocontrol para no girarse y lanzarle una maldición bien echada.
«De verdad quería s…». Malfoy se interrumpió y giró en redondo, justo a tiempo para ver a Daviau entrar en la sala. Ella detuvo su sprint frente a él y frunció el ceño. Durante un instante parecía que iba a lanzarle un hechizo.
Sus esferas se fusionaron, creando una nueva más grande.
«¿Qué hay que haceg?», le preguntó a la vez que daba un par de pasos hacia las pociones.
La voz de Stack no tardó en volverse a escuchar: «la verdad te hará libre».
«¿La vegdad?».
«La rosa simbolizan los secretos. Al menos una de las pociones debe de contener suero de la verdad», explicó Malfoy dejándola pasar al frente y olisquear las pociones. Sin dudarlo un instante, cogió uno de los vasos y tiró lejos la flor. Se inclinó sobre el primer caldero. «Esa es venenosa», le advirtió.
Ella parpadeó y levantó la cabeza para mirar a Malfoy. Frunció ligeramente el ceño y levantó la varita.
Malfoy hizo lo propio: «no te estoy mintiendo».
«¡Nefesta!», gritó agitando la varita. Malfoy reaccionó rápido, creando un escudo entre él y el hechizo. Pero nunca fue el objetivo. El hechizo chocó contra el tercer pasillo justo en el momento que Radkov chocaba contra él.
Malfoy abrió mucho los ojos y la miró con sorpresa.
«Molestaguía». Miró las otras dos pociones y luego a Malfoy. «¿Cuál tiene el suego?».
«A no ser que quieras probar las tres, es imposible saberlo. Ninguna lo es de por sí y el Veritaserum es incoloro, insípido y no tiene olor. Tienen que haber usado Veritaserum».
Daviau asintió antes de girarse y hundir su vaso en el segundo caldero. Levantó la copa y bebió de ella un trago largo sin tan siquiera parpadear. Malfoy apenas parpadeó mientras ella cerraba y abría los ojos.
La reacción no tardó mucho en hacer efecto. Primero empalideció y, después la piel empezó a volvérsele verdosa. Diminutas ronchas se distribuyeron por su cuerpo. Daviau jadeó y Ron hizo un sonido ahogado de disgusto.
Stack dijo: «¿qué secreto se anida en el fondo de tu corazón?».
Los ojos de Daviau se volvieron cristalinos durante un instante y a pesar de que las ronchas cada vez eran más y más grandes, con cabezas ambarinas que amenazaban con explotar, se estiró y habló.
«Mi hegmana es demasiado pegfecta. A veces fantaseo con que muegue hoguiblemente». El silencio se apodera del campo y uno de los diminutos baúles se abre. Daviau, sin girar la cabeza hacia atrás (hacia Malfoy que tiene una expresión de puro asco en su rostro, hacia Radkov que golpea el muro invisible que le conjuró como si eso fuera suficiente para derribarlo), rodea los calderos para coger su contenido.
Eso sí, sin apartar la mano de la varita de Malfoy y rascándose de manera compulsiva el hombro.
«No intentes nada», le advirtió mientras metía la mano en su interior.
—Es horrible —murmuró Hermione. Daviau apareció frente a ellos, en el centro del campo, y un par de magos corrieron hacia ella para socorrerla. Lo que sea que haya en el fondo de los baúles, ha sido conjurado para que haga de traslador—. Tres minutos.
—No va a beber —dijo Harry. Y no supo si sentirse aliviado o escandalizado porque Malfoy se rindiera justo ahí, después de todas las cosas que había dicho. Radkov se separó de la barrera y levantó la varita, furibunda.
Malfoy la miró y, negando suavemente con la cabeza, guardó su varita en la parte trasera del pantalón. Dejó la rosa sobre la mesa y cerró los ojos. Harry contó hasta tres antes de que introdujera el vaso en el tercer caldero.
—Dos minutos —contó Hermione a su lado. Malfoy lo levantó y dio un trago. Sin esperar a que hubiera efectos, caminó hasta los baúles. Radkov, frente a él, no paraba de lanzar hechizos intentando romper la barrera.
«¿Qué secreto se anida en el fondo de tu corazón?».
—Uno.
Malfoy cerró los ojos y respiró hondo, como si estuviera intentando mantener las palabras dentro de su boca. Cuando los abrió, sus ojos eran cristalinos y, sus palabras, carentes de emoción.
«Estoy enamorado de Harry Potter».
continuará.
