2.1
No supo bien cómo había pasado, pero ahí estaba él, en su auto, yendo a recoger a su sobrina. Junto a él, la chica que parecía ser un clon de Kikyo le daba indicaciones de cómo llegar a destino, mientras le seguía mostrando cómo se vería Kikyo si fuese increíblemente expresiva.
La situación era extrañamente incómoda, pero agradable a la vez. No sabía qué tenía esa chica -creía que se llamaba Kagome o al menos así la habían nombrado sus amigos al despedirla-, pero todo en ella le resultaba incitante. Inuyasha no estaba seguro de si esa era la palabra correcta para definir lo que la chica lo hacía sentir, pero creía que, al menos, se aproximaba. De cualquier forma, esa sensación venía acompañada de un molesto pudor. Todo lo que Kagome le producía parecía estar muy fuera de lugar.
Cuando Sango insistió en que Kagome podía guiarlo hasta donde Rin estaba y que, qué casualidad, ella también estaba por irse, supo que no tenía opción más que llevar a la chica a su casa. Pero cuando Miroku acotó que, además, ya era muy tarde y que algo podría sucederle si volvía sola, supo también que no quería tener opción. A ella también le pareció buena idea, a pesar de mostrarse algo retraída, como si se sintiese una carga. Le había agradecido unas trescientas veces desde que subieron al auto.
"Es a una cuadra de aquí" le indicó Kagome y él sacó su celular de la guantera y llamó a Rin. Colgó segundos después, tras limitarse a decirle que salga. Cuando estacionó en la vereda de la casa de Sango, Rin ya estaba en la puerta, sola. Mientras ella se subía al asiento de atrás, vio a Kagome intentando abrir la puerta del coche.
"¿A dónde crees que vas?" le preguntó seriamente.
"Vivo a la vuelta y tú tienes que seguir hacia adelante. No quiero que te pongas a dar vueltas por mi culpa. Puedo caminar."
"¿Qué sentido tiene alcanzarte a tu casa para que llegues bien si voy a dejarte en el camino? ¿Y si algo malo te ocurre? Sango me mataría..." siguió hablando en ese usual tono molesto. Eso no impidió que una sonrisa se forme en sus labios. Kagome lo miró perpleja y luego sonrió ella también, con toda la cara. Diablos, realmente debía dejar de hacer eso.
Llegaron y ella no se bajó inmediatamente. En cambio, se quedó mirándolo a los ojos fijamente, como si quisiese decirle algo y no supiese cómo. Inuyasha sintió su cara arder de vergüenza y creyó que nunca se había sentido tan intimidado en su vida.
