¡Hola! ¿Qué tal todo? Saco un hueco libre para subir un nuevo capi. Mil gracias por los reviews, sois las mejores ;) y una pequeña alerta: sobredosis de azúcar al acecho. Luego no digáis que no os avisé :P
Disclaimer: no soy Stephenie Meyer, por lo que ni los personajes ni el universo Twilight me pertenecen.
LOS CHICOS BUENOS SIEMPRE DICEN LA VERDAD
La oferta: ser el mejor novio que Bella pudiera tener. La recompensa: una promesa que Edward está dispuesto a cobrarse… a pesar de que Bella no recuerde haberla hecho. Los chicos buenos nunca mienten y Edward lo va a demostrar. Precaución: fluff y azúcar. Minific.
CAPÍTULO 4. HACER MAGIA
Cause I can't help it if you look like an angel, can't help it if I wanna kiss you in the rain
—¿Te acuerdas de nuestro primer beso?
Alcé los ojos del fregadero y le lancé a Edward una larga mirada de incredulidad. Tenía las manos enfundadas en guantes de goma y una pila inhumana de platos por fregar… ¿y él elegía ese momento tan poco romántico para rememorar nuestro primer beso?
—¿Estás nostálgico? —pregunté, volviendo a centrarme en mi ardua tarea—. Últimamente te ha dado por rememorar el pasado.
Y me estaba obligando a mí a hacer lo mismo.
Edward se limitó a esbozar una sonrisa misteriosa, al tiempo que comenzaba a colocar la compra en los armarios.
—Me gusta revivir los buenos tiempos —fue su enigmática respuesta.
—Ah —murmuré, volviéndome de nuevo hacia él y enarcando las cejas con fingida sorpresa—. ¿Entonces estos no lo son?
Edward movió la cabeza de un lado a otro y se acercó a mí para darme un rápido beso en la mejilla.
—No. Son todavía mejores. ¿Pero lo recuerdas? —insistió, sin darse por vencido.
Una sonrisa rebelde se dibujó en mis labios.
—¿Cómo iba a olvidarlo?
Edward cerró la nevera y se colocó a mi lado, recostándose contra la encimera y cruzando los brazos, mientras una sonrisa infantil revoloteaba en su boca.
—Fue increíble —aseguró, con la mirada perdida en algún punto de su memoria.
—Y húmedo —le recordé, riendo entre dientes.
Sus manos se posaron sobre el grifo y, con un movimiento fluido, detuvo el flujo de agua. Me quitó esos guantes de goma tan antieróticos, antes de tomarme por la cintura, obligándome a encararle. Dejé que mis manos descansaran sobre su pecho y no pude evitar sonreír al comprobar, una vez más —y ya había perdido la cuenta de las que iban—, lo bien que encajábamos.
—Los ha habido mucho más húmedos desde entonces —susurró, inclinándose sobre mí hasta que su aliento acarició mi piel, tentándola con la promesa de lo que estaba por venir.
Sentí de inmediato el tacto de su boca. Mientras sus labios descendían desde mi mandíbula hasta mi cuello trazando una camino delicioso y bastante húmedo, cerré los ojos y me perdí en el recuerdo de ese primer beso. Los detalles se conservaban vívidos en mi memoria y casi podía sentir el frío de Forks y el olor a hierba mojada.
—Quedan tres minutos para el final del partido y Cullen acaba de anotar un tanto que confirma la remontada del equipo local.
Fruncí los labios con desagrado al escuchar la estridente voz que por megafonía se había pasado los últimos noventa minutos narrando el partido de fútbol más aburrido de la historia de los partidos de fútbol de instituto. Aunque para mí, todos los eran. Horriblemente soporíferos.
Ni siquiera sabía qué hacía ahí, sentada en las gradas, completamente helada y con la lluvia cayendo sobre mi cara, la única parte de mi cuerpo que no había logrado cubrir con capas impermeables de ropa. Todo el instituto de Forks se encontraba en el campo, sí, pero eso no era razón suficiente para convencerme de que acudiera al partido. Por mucho que fuera la final. Por mucho que fuera el acontecimiento del año. Por mucho que "todo el mundo va a estar allí, Bella" y "no te lo puedes perder, Bella".
Pero allí estaba. Todo por culpa de Edward.
De Edward, de su encantadora sonrisa torcida y de su firme determinación para que esa tarde estuviera allí, animándole desde las gradas.
—¿A que es maravilloso?
Me volví hacia mi derecha para encontrarme con el rostro extasiado de Lauren Mallory. Dos asientos más allá, Jessica Stanley contemplaba el campo con la misma expresión embelesada de su amiga.
No puede reprimir el suspiro que se escapó de mis labios y me compadecí a mí misma por mi patética soledad. Todos mis amigos me habían abandonado y el único que estaba presente se encontraba ahí abajo, en el campo encharcado, conduciendo al equipo de fútbol hacia la victoria y a punto de convertirse en el nuevo héroe del instituto. Rosalie y Jasper se encontraban fuera de Forks, Emmett esperaba en el banquillo, seguramente refunfuñando por ser suplente, y Alice estaba recluida en casa por una gripe.
—¿Qué es tan maravilloso? —pregunté distraída.
Sentí las miradas de Jessica y Lauren clavarse sobre mí, pero fingí indiferencia y mantuve la vista sobre el campo. Edward se movía con una rapidez asombrosa entre los jugadores del equipo contrario.
—Edward.
—¿Hmm? —murmuré, volviéndome hacia ellas y sin entender.
—Edward —repitió Jessica, abriendo los ojos desmesuradamente para subrayar la aparente obviedad de su respuesta—. Edward es maravilloso.
Arrugué la frente, confusa. Edward era mi amigo. Edward era a veces esa pesadilla que sabía demasiado bien cómo sacarme de quicio. Edward era también la primera persona a la que acudía cuando tenía un problema, por embarazoso que fuera. Edward era leal, cabezota y un completo maníaco del orden. Edward era muchas cosas. Pero nunca se me habría ocurrido calificarle de 'maravilloso'.
Y menos soltando esa palabra en un suspiro anhelante y luciendo esa expresión de puro éxtasis que se reflejaba en las caras de Jessica y Lauren.
—Si tuvierais que aguantarle tanto como yo lo hago, no diríais eso de él —aseguré, poniendo los ojos en blanco en un gesto elocuente.
—Oh, pretendo aguantarle todo lo que él quiera —dijo Lauren, entonando sus palabras en un modo que pretendía ser enigmático—. Esta noche, en la fiesta en casa de Newton. Sólo tengo que buscar un rincón oscuro y…
El pitido ensordecedor que marcaba el final del partido ahogó las palabras de Lauren. Por suerte. Me incorporé de forma automática, sintiendo una extraña desazón en la boca del estómago. La gente se había levantado de los asientos, eufórica por la victoria del equipo del instituto, y coreaba el nombre de Edward, como si fuera una especie de salvador. Aunque realmente el único mérito que tenía era jugar demasiado bien al fútbol.
Y eso ni siquiera era un mérito.
No me uní a la euforia de los demás. Por que no me gustaba el fútbol y porque… bueno, porque Lauren se había cargado el poco humor que tenía esa tarde. En lugar de celebrar la victoria, me limité a largarme de allí lo más rápido posible, sin ni siquiera despedirme. Sin ni siquiera esperar para darle la enhorabuena a Edward.
Me escabullí con dificultad entre la gente, ayudándome de mis codos y de algún que otro empujón bienintencionado. Respiré aliviada en cuanto llegué al parking desierto. Las voces y los gritos de alegría enmudecían conforme caminaba sobre el asfalto mojado, pero las palabras de Lauren continuaban ahí, metidas a presión en mi cabeza.
Me subí a mi vieja camioneta para refugiarme de la lluvia, que había comenzado a arreciar con más fuerza, pero ni siquiera dentro de la cabina fui capaz de deshacerme de ese desasosiego que me había invadido en el campo.
No sabía lo que era. Pero estaba ahí. En mi estómago, martilleando con fuerza detrás de mis orejas, recordándome la insinuación de Lauren…
¿Por qué coño me molestaba? En fin. Era libre de intentar ligarse a Edward. Y él era libre dejarse invadir por la lengua de Lauren. Quizás incluso debería avisarle de sus intenciones para facilitarle la tarea.
Arranqué la camioneta, que lanzó un quejido de dolor antes de ponerse en marcha. La lluvia caía cada vez con más fuerza, pero no me importó. Necesitaba largarme de allí, llegar a mi casa y enterrarme bajo unas cuantas capas de mantas. Quizás así podría librarme de la terrorífica imagen mental de Edward y Lauren intercambiando saliva en un rincón oscuro durante la fiesta en casa de Mike Newton.
Habían pasado quince minutos desde que abandonara el parking del instituto y todavía no había logrado recorrer los escasos dos kilómetros que me separaban de mi casa. No sabía cuánto camino me quedaba. De hecho, si me preguntaran, no sabría decir dónde demonios estaba. La lluvia torrencial había borrado todo rastro familiar y me encontraba perdida. Por si mi situación no fuera lo suficientemente desesperada, la noche había caído ya sobre Forks y…
Oh, espera.
¿De dónde habían salido ese par de focos que me apuntaban directamente?
—Mierda —murmuré, súbitamente aterrorizada.
Sólo esperaba que no fuera un loco violador. O peor aún, la niña de la curva.
El coche que me enfocaba se detuvo delante de mi camioneta, obligándome a pisar el freno a fondo. Cerré los ojos en un gesto involuntario, suplicando incoherencias en mi fuero interno. Si tenía que morir esa noche, por lo menos esperaba que la experiencia fuera lo más indolora posible.
Fue entonces cuando escuché un par de golpes contra la ventanilla, seguidos de una voz familiar.
—¡Bella!
¿Qué mierda…?
Bajé la ventanilla. Al otro lado de la carretera, Edward me observaba completamente empapado. Todavía llevaba puesto el uniforme del equipo de fútbol.
—¡Bella! —gritó de nuevo, haciéndose oír por encima del ruido de la lluvia al caer, al tiempo que cruzaba la carretera hasta llegar a la camioneta—. Desapareciste.
—Yo… eh… —balbuceé, sin saber muy bien qué decir.
Solo cuando alcé la cabeza y me encontré con su mueca de decepción, comprendí lo que acababa de ocurrir. Edward había sido el culpable de que el instituto de Forks ganara el campeonato de fútbol después de… no sé… ¿un par de siglos?, y yo no había estado ahí para ser la primera en felicitarle.
¿Por qué?
Porque me encontraba mal.
Porque no sabía qué demonios pasaba conmigo.
Porque, de repente, la imagen de Edward y Lauren juntos, enrollándose en un rincón oscuro en la casa de Mike Newton, me revolvía el estómago. Y me provocaba…
Celos.
—Oh, perdona, pero supuse que la nueva estrella del instituto tendría compañía de sobra —gruñí, súbitamente enfurecida por la revelación que acababa de tener—. Lauren estaba más que dispuesta a dártela.
Hasta que sentí la lluvia fría caer sobre mi cara, no caí en la cuenta de que había salido de la camioneta para encarar a Edward. Me quedé ahí, en medio de la carretera, con las gotas de agua cayendo sobre mí en un torrente imparable y mi pecho subiendo y bajando al ritmo acelerado de mi respiración.
¿Qué acababa de pasar?
—¿De qué hablas? —preguntó Edward con suavidad; no parecía intimidado por mi arrebato irracional.
—¡De ti, de tus groupies, de tus fans y de los maravilloso que creen que eres! —exclamé, lanzando los brazos al aire.
De tu sonrisa, de que no soy capaz de sacarte de mi cabeza, del vuelco en el estómago que siento cada vez que te veo por la mañana.
De que me gustas.
—Bella —volvió a hablar Edward, y su voz sonó suave y ronca a un mismo tiempo—, ¿qué ocurre?
Cerré los ojos en señal de rendición. Deseaba desaparecer. Deseaba borrar esas nuevas emociones que Edward despertaba en mí. Deseaba que todo volviera a ser como antes.
—A veces me gustaría ser invisible, desaparecer por un rato —murmuré en un hilo de voz, y no supe si Edward me había oído—. Pero no puedo hacer magia.
—Creo que puedo ayudarte con eso.
Sentí su murmullo deslizarse sobre mi piel, pero aún así me sorprendí al abrir los ojos y encontrarme con los suyos a escasos centímetros de distancia. Sabía que aquello no estaba bien, que no debería estar tan cerca, pero también me moría de ganas porque borrara la poca distancia que aún nos separaba.
Antes de que pudiera aclarar mis ideas, sus labios estaban sobre los míos. Me quedé sin respiración por un par de segundos, pero inmediatamente después respondí al tacto de sus labios. Lo hice de forma involuntaria, como cuando me regalaba una de sus sonrisas torcidas y yo no podía evitar imitarle. Como cuando soltaba una carcajada en el momento menos oportuno y yo no podía evitar seguirle. Y aunque no era mi primer beso, era mi primer beso con Edward. Y eso lo convertía en algo perfecto. Aunque la lluvia siguiera cayendo con fuerza sobre los dos. Aunque mis labios y mis manos no se movieran con tanta habilidad y experiencia como a mí me hubiera gustado.
Aunque Edward se separara de mí demasiado pronto.
—¿Lo sientes? —preguntó, de nuevo en un susurro ronco, apoyando su frente contra la mía.
Asentí. Sabía a lo que se refería. Sabía que lo que acababa de ocurrir había sido extraordinario y que, después de eso, nada volvería a ser como antes.
—Me parece que tú y yo acabamos de hacer magia.
Me regaló una de sus medias sonrisas y no pude evitar imitarle. Porque Edward siempre sacaba lo mejor de mí y porque sí, esa noche, en mitad de la carretera, bajo la lluvia torrencial, acabábamos de hacer magia.
Creo que ese primer beso se merece un bonito review :)
Por cierto, el siguiente capi del capullo se va a retrasar, me está costando mucho escribirlo y apenas saco huecos libres, así que os pido un poquito más de paciencia.
Nos leemos.
Bars
