El cielo del norte era de un blanco tan puro, que difícilmente nadie podría asegurar en que lugar del horizonte acababa el firmamento y empezaba la nieve. Desde pequeño Cid había mostrado curiosidad por este fenómeno. Aunque le sorprendía, a decir verdad no le agradaba mucho. Un cielo que no mostrara la intensa paleta de colores del alba y el ocaso no le gustaba. No recordaba cuando empezó a mostrar aquel interés por el inmenso azul que se alzaba sobre su cabeza, quizás desde que conoció al señor Holland.

Los padres de Fye eran los abuelos; pero los padres de Celine... era otra historia más complicada. La distancia que había entre padres e hija se traspasó al nieto, y durante muchos años los trató de "señores" ante la gran diferencia de edad que separaba a los adultos del niño. La confianza adquirida con los años de trato dio que al final eliminara la partícula de cortesía; pero difícilmente se dirigía a ellos como "abuelos", del mismo modo que a Celine también le costaba hacerlo como "padres".

Quizás el niño ya mostrara predisposición, o quizás la pasión del adulto se traspasara a la criatura; pero el caso es que Cid empezó a desarrollar gran interés por el cielo y lo que navegaba por él. Holland le enseñó fabricar maquetas ligeras y a diferenciar los distintos tipos de pájaros que sobrevolaban la ciudad, aun no suficientemente contaminada. Los días que el viento soplaba en dirección al océano y limpiaba el aire de materia en suspensión, salía a volar cometas.

–Siempre es mejor hacer estas manualidades con papel de color naranja – le explicó una vez Holland –. El naranja queda bien en contraste con el azul del cielo.

Y por ello los aviones, las maquetas y las cometas estaban pintadas en distintos tonos de naranja, aunque este no fuera el color favorito de Cid. Él se decantaba más por el azul vibrante del cielo limpio sobre Midgar, y detestaba el blanco opalino del cielo del Gran Glaciar. Sus ojos azul frío parecían una mezcla de ambos tonos.

El cielo del Gran Glaciar defraudaba de día por su ausencia de tonos. Pero durante la noche lo compensaba con creces, cuando los destellos de la aurora boreal se arremolinaban sobre su cabeza. Cuando fue lo suficientemente mayor para aguantar despierto después del ocaso, pasaba muchas noches a la intemperie para contemplar ese espectáculo, hasta que su abuela salía al patio y lo obligaba a regresar a casa, con las manos congeladas y tiritando de frío.

Talho cerró la puerta con llave cuando el niño regresó al calor del hogar. Cid se quitó los guantes húmedos y se frotó las manos doloridas.

–Eres demasiado pequeño para pasarte tanto tiempo al raso –reprendió la abuela mientras dejaba las botas mojadas por la nieve en la entrada.

–Voy a cumplir 9 años –se quejó el niño mientras se acercaba al fuego.

–Para mí sigues siendo muy pequeño –comentó ella con media sonrisa –. Todo el mundo está durmiendo ya.

–No es tan tarde –comentó él; pero el reloj anunció la medianoche, llevándole la contraria.

–Si te dejo estar tanto tiempo fuera es porque pasas muy pocos días aquí. Sería injusto no dejarte ver la aurora ahora que puedes.

–...–Cid se sintió mal por perder la noción del tiempo – ¿Cómo es que estás despierta?

–Alguien tiene que cerrar la puerta para que no entren los lobos.

Antes Cid creía en esta historia de los lobos a pies juntillas, y regresaba corriendo a casa de los abuelos antes de la puesta de sol; pero hacía un año sus primos le contaron que en la aldea no entraban aquellos animales. Ahora no sabía muy bien que creer... los lobos en la puerta de casa le daban un poco de miedo; pero le desilusionaba que no hubieran.

Le dio las buenas noches a su abuela y fue a lavarse los dientes antes de ir a la cama. A través del cristal esmerilado del baño difícilmente se apreciaba el exterior. Se acercó a la ventana y la abrió. El aire congelado del norte le arañó la cara; pero a pesar de ir descalzo y sin guantes se asomó afuera. Encuadrado en el marco rectangular el cielo era menos impresionante. Se asomó un poco más, sacando medio cuerpo al frío nocturno; cuando algo se acercó volando en su dirección y le golpeó en la cabeza.

Cid gritó, más por la impresión que por el dolor, y acto seguido se llevó las manos a la boca. Al hacerlo, notó algo caliente y pegajoso que resbalaba por su cara: sangre. Pero no era suya, no se había hecho ninguna herida a raíz del golpe. Buscó con la mirada el objeto que lo había golpeado y, al identificarlo a los pies de la pica, salió a la carrera del baño.

–¡Abuela! –la mujer, alertada por les gritos, estaba en mitad del camino –¡Abuela, un pájaro! ¡Ha entrado un pájaro por la ventana y se ha estrellado!

La mujer entró al baño con pasó ligero y se agachó cerca del ave. Era un halcón blanco, y aunque aturdido por el golpe, empezó a chillar en cuanto las manos de la anciana se acercaron a él. Tenía una herida en el ala y parecía asustado.

–Es muy pequeño para su especie. Debe ser una cría joven que ha empezado a volar hace poco –comentó la abuela.

A Cid no le parecía pequeño, tendría un tamaño mayor que un folio de papel. A pesar de estar herido y confuso, sus chillidos eran bastante intimidatorios.

–¿Qué crees que le ha pasado? –preguntó el niño a una distancia prudencial del pájaro.

–Puede que le hayan atacado mientras volaba. Quizás un cuervo o un águila... pero es mucho más probable que lo hiriera un cazador. Supongo que se habrá perdido, y por eso ha llegado hasta aquí.

–¿Qué hacemos? – Cid se acercó un poco al animal; pero no mucho.

–Lo primero será curarle. Ahora es muy tarde; pero mañana lo llevaremos al veterinario. Ves y tráeme una caja de zapatos grande, y una manta vieja. Pero no de lana, se podría enredar las garras. Y cierra la ventana del lavabo: hace frío.

El crío cerró la ventana y salió a buscar los objetos requeridos, mientras su abuela cogía al halcón entre sus manos con habilidad, plegando el ala herida en el ángulo correcto. El pájaro no dejaba de chillar. Cuando regresaba al baño, se chocó con alguien que salía al pasillo.

–¿Qué es todo ese jaleo a estas horas? –preguntó su padre frotándose los ojos.

–A entrado un halcón herido por la ventana del baño y la abuela va a curarlo –se asomó por la puerta del baño y no vio nadie –¿Dónde está la abuela?

–Debe estar en el salón, cerca del fuego –Fye bostezó –. Voy a buscar una jaula.

Aquella noche se durmió poco. Entre los chillidos del halcón y la novedad, todo el mundo acabó despertándose para ir a ver al pájaro. Hizo falta que Fye sujetara al ave contra la manta para que se estuviera quieta y se dejara curar. En realidad la herida no era grave; pero el contraste de la sangre contra el plumaje blanco era muy alarmante. Costó menos introducir el pájaro en la jaula, parecía que se había cansado de batallar. Dejaron un cazo de agua y un trozo de carne cruda entre los barrotes.

–Me quiero quedar a dormir aquí –comentó Cid mientras arrastraba un edredón y un cojín sobre la alfombra –. Quiero hacerle compañía al halcón.

Fye puso los ojos en blanco; pero dejó que el niño se acomodara cerca de la jaula, desde la cual el halcón lo miraba con ojos acusadores. A pesar del susto que se había llevado cuando se había estrellado contra su cabeza, ahora que podía verlo con tranquilidad le parecía un ave hermosa. Cuando fuera adulto y doblara su tamaño, seguro que sería espectacular.

Asomaba la luz pálida del amanecer por la ventana cuando el halcón empezó a chillar y aletear contra los barrotes de la jaula. El susto del niño fue monumental, que se despertó de golpe y salió del salón para luego regresar con paso sigiloso. El pájaro se había acabado su comida y exigía más.

Cid fue a la cocina y robó un trozo de filete que era para el almuerzo del día. En el salón el pájaro no dejaba de montar escándalo y una puerta anunció que alguien se había despertado. Cid no se atrevía a acercarse mucho a la jaula, por si el halcón le picaba en un dedo. Dejó caer la carne cruda desde arriba, entre los barrotes, y esta cayó sobre el pájaro.

–Lo siento –se disculpó mientras el halcón se movía para sacudirse el alimento de encima. Cuando cayó en el suelo de la jaula, empezó a comer.

–Ese era tu filete –comentó su abuelo al entrar al salón.

–Es igual. Prefiero comerme una tortilla –comentó el niño mientras veía al halcón desmigajar la carne con su fuerte pico.

–Cuando abran el veterinario lo llevaré. ¿Quieres venir?

–¡Sí! –la respuesta fue como un "eso no se pregunta".

El camino al veterinario se hizo más largo de lo que debiera. La gente iba parando a Sigfreid para ver el espécimen que llevaba a en la jaula. Algunos se veían tentados a tocar al animal; pero este los ahuyentaba chascando el pico fuertemente y batiendo las alas. Cid explicó como 12 veces cómo había entrado el pájaro por la ventana, chocándose contra él por el camino. Un moratón en su frente servía como testigo de la anécdota.

El veterinario se mostró optimista: en cuatro días estaría curado y podría volar con normalidad. Permitió que se lo llevaran a casa en lugar de dejarlo en el local, pues antiguamente Sigfreid se había dedicado a la cetrería y sabía cuidar estos animales. De regresó a casa Cid escuchó algunas historias sobre la caza con halcones y las incursiones de los cazadores en el Gran Glaciar, donde habitaban los lobos de la tundra. En niño le comentó lo que había dicho sus primos sobre que no había lobos.

–No te creas todo lo que te digan. Los lobos son suficientemente inteligentes para no dejarse ver por una panda de niños escandalosos. Pero que no los hayas visto no significa que no haya –explicó con cierto misterio. A Cid le gustó que hubieran lobos, hacía que todo fuera más interesante.

Los siguientes días fueron un ir y venir alrededor del halcón. Los primos de Cid se pasaban la tarde en el salón, viendo al pájaro enjaulado e intentando tocarlo; pero este no se dejaba. A lo largo del día Sigfreid lo dejaba volar por el garaje, para que se acostumbrara a mover las alas; pero entre la herida y la inexperiencia no lograba elevarse mucho del suelo, volando a trompicones. No fue hasta el tercer día que realizó un vuelo como es debido en el reducido espacio del garaje. Permitió que Cid le diera algunos trozos de carne, aunque el crío no aguantaba mucho tiempo con el alimento en la mano: viendo lo que podía hacerle a un trozo de carne cruda, sus dedos no estaban seguros cerca del fuerte pico del animal.

–¿Dónde dejaremos ir al halcón? –preguntó Cid la cuarta noche, mirando al animal que dormitaba en la jaula.

Sigfreid acabó de apretar el tabaco en su pipa con el pulgar y le prendió fuego antes de contestar.

–Saldremos de la ciudad e iremos en dirección al mar –dio una calada –. Los halcones hacen nidos en los acantilados, así que allí debe estar el suyo.

–Hm... –el niño cruzó los brazos sobre la mesa donde estaba la jaula y observó al animal.

–¿Te da pena que lo dejemos marchar? –comentó el abuelo.

–No... bueno, es sólo que cuando se vaya ya no volveremos a verle, ¿verdad?

–Seguro que cuando sea adulto se acercará al Gran Glaciar para cazar.

–Hm... –eso no parecía contentar al crío.

–Si quieres tocarlo deberías hacerlo ahora.

–¿Por qué?

–Porque para mañana deberíamos trastearlo lo mínimo posible para no dejar nuestro olor en él. Si no, los de su especie no lo reconocerán y le será más difícil regresar a casa.

Con mucha cautela, Cid pasó un dedo entre los barrotes y tocó la cabeza del halcón. Este abrió los ojos y pestañeó; pero no chilló ni batió las alas, no parecía incómodo.

–Es muy suave –comentó el niño con una sonrisa abierta.

–¿A que sí? Como este es un espécimen joven tiene el plumaje suave. Cuando sea mayor se le hará más espeso y en las puntas de las alas y la cola se endurecerá –dio otra calada –. Iremos a soltarlo cuando salga el sol.

Cid miró al halcón mientras acariciaba el plumaje blanco. De algún modo envidiaba al pájaro: él podría sobrevolar el Gran Glaciar y el océano con sus alas...

Al amanecer, Sigfreid, Fye y Cid se marcharon con la jaula hacía las afueras de la aldea. Era demasiado pronto y el cielo parecía muy oscuro, sin los destellos de la aurora nocturna ni el blanco de la mañana. Cid no había podido desayunar, por que tan pronto nada entraba en su estómago, y ahora empezaba a tener hambre. Pensaba que más gente vendría a despedirse del halcón; pero nadie más parecía dispuesto a sacrificar horas de sueño en una cama caliente por un animal salvaje.

–Esta es una excursión de hombres –comentó Fye a su hijo por encima del hombro.

Cid asintió, intentado no perder el paso sobre la nieve crujiente. Al respirar se le escapaba vaho por la boca y les costaba avanzar sobre el suelo helado. Su padre y su abuelo parecían moverse sin dificultad, de forma ágil y silenciosa. En ese instante no pudo evitar sentir cierta admiración por ellos, acostumbrados a un paisaje tan hostil. Fye se giró para ver si su hijo podía seguirles el paso. Al verlo batallar con la nieve en las rodillas estuvo tentado a cogerlo en brazos; pero rechazó la idea ante la mirada de determinación del niño.

Anduvieron tanto rato que cuando pararon el cielo ya se había clareado. En el lugar donde pararon no había árboles y se escuchaba el mar. El halcón, que hasta el momento había permanecido alerta y en silencio, empezó a batir las alas contra la jaula con impaciencia. Sigfreid se acomodó los guantes y abrió la jaula para sacar el pájaro con mano experta. Este chilló pero no se removió mucho. Como tantas veces había hecho en el garaje, alzó los brazos y dejó ir al animal. El halcón emprendió el vuelo y empezó a elevarse, dirigiéndose al Gran Glaciar.

–¿Por qué no va hacía el mar? –preguntó Cid.

–Lleva muchos días sin volar. Necesita orientarse antes de encontrar su nido.

Los tres se quedaron mirando al halcón hasta que este se alejó lo suficiente para difuminarse en el cielo pálido.

Durante el resto de la mañana Cid no pudo quitarse al halcón de la cabeza. Aunque su abuelo le había dicho que no tardaría en orientarse y regresar al nido, él no estaba tan seguro. ¿Y si se perdía por al Gran Glaciar? ¿Y si aun arrastraba el olor de él o del resto de sus familiares y los demás halcones no le dejaban volver? Este último pensamiento le hacía sentirse ligeramente culpable. Quizás habría sido mejor no hacer tocado al pájaro la noche anterior.

Aun seguía pensando en el ave cuando sus primos vinieron a buscarlo para hacer una excursión por los alrededores del Gran Glaciar. Sin compañía de un adulto no podían adentrarse en él, aunque los más mayores de envalentonaban y entraban unos cuantos metros.

–El abuelo dice que hay lobos de la tundra –comentó Cid.

–Pero los lobos son animales nocturnos, no los verás ahora –replicó Roy, que era el mayor de ellos.

Cid iba cogido de la mano de Cedric, quien era sólo un año mayor que él. Ambos niños parecían un poco inseguros al adentrase en la zona boscosa que precedía el Gran Glaciar. Los más mayores, sabiendo del miedo de los demás, empezaron a aullar y agarrar a los pequeños por la espalda para asustarlos. Cedric empezó a lloriquear, y su hermana mayor, Eleone, se quejó de ese comportamiento infantil de los otros. Empezaron a discutir cuando un chillido agudo se elevó sobre el bosque.

–¿Qué ha sido eso? –preguntó Cedric.

–No tiene gracia, ¿me oyes? –acusó Eleone, más asustada que enfadada.

–¡A mí no me mires! –se defendió Roy.

–A sonado como el grito de un animal –comentó Armand, el segundo más mayor.

–¡El halcón!

Y al decir esto, Cid se separó de sus primos y se internó en el bosque, corriendo tanto como le permitían sus pies sobre la nieve endurecida. Estaba seguro que había sido el chillido de un halcón. Llevaba varios días escuchándolo, no podía equivocarse. De hecho, creía que era ese halcón, el que habían estado cuidando durante días en casa del abuelo. Nunca creyó que podría avanzar tan rápido por aquel paraje hostil. Sus primos, naturales de allí, no le iban a la zaga. Era extraño, deberían haberle alcanzado ya. Quizás ni siquiera lo estaban persiguiendo.

El verse sólo le hizo detenerse en la carrera. ¿Dónde estaba? Simplemente había avanzado en línea recta, no debía haberse internado mucho en el bosque. A su alrededor todos los árboles le parecían iguales. Escucho el crujir de unas ramas: quizás alguno de sus primos lo había seguido y se había escondido tras un árbol para asustarle. Como él era el único que no se había criado en la aldea, era más fácil gastarle ese tipo de bromas que a los demás que sí conocían el terreno. Cid se acercó hacía el origen del ruido, caminando lentamente ahora.

–¡No se vale asustar! –anunció mientras se acercaba.

Ya casi no se acordaba del chillido que lo había traído hasta allí cuando lo volvió a escuchar, mucho más cerca. Recorrió la distancia con la nieve crujiendo bajo sus pies y se asomó tras los árboles de tronco oscuro.

Allí, tirado en el suelo de un pequeño claro, estaba el halcón, aquel halcón que había entrado volando por la ventana del baño hacía 5 noches. Y a medio metro escaso de él, el animal del que tanto hablaban pero nunca había visto: el lobo de la tundra.

Quizás fue el instinto o el miedo; pero el caso es que se quedó paralizado. El lobo que tenía ante sí parecía menos amenazador de lo que le habían contado, pero no por ello dejaba de ser peligroso. Se acercaba al halcón y lo olisqueaba, como curioseando al animal. Esa actitud más cercana al juego que a la caza le hizo pensar que debía de tratarse de un espécimen muy joven, quizás un cachorro algo crecido.

Cid contuvo la respiración, sin saber si retroceder o esperar a que el lobo se marchara. El pelaje albino se fundía con la nieve y contrastaba en los troncos negruzcos. Cuando el animal se dio cuenta de la presencia del niño, lo observo durante unos segundos con sus ojos ambarinos antes de desaparecer entre los árboles. Fue como si hubiera sido un sueño, como si el lobo jamás hubiera estado allí.

Con paso inseguro se acercó al halcón, que chillaba débilmente en el suelo, ahora ya libre de su depredador. Posiblemente hubiera caído después de horas de vuelo, intentado orientarse hacía el mar, y entonces fue atacado por el lobo. No podía explicar de otra manera que fuera atacado por un animal terrestre si no era porque el cansancio le había hecho bajar hasta el suelo.

Cid intento coger al animal del mismo modo en que lo había visto hacer a sus abuelos, y pensó en que le parecía curiosamente pequeño. Este respiraba con dificultad y casi no se movía. En el mismo lugar donde había sido herido días antes había sangre, sólo que esta vez no veía el ala herida: ya no estaba, el lobo se la había arrancado.

Notó como se le hacía un nudo en la garganta al contemplar al halcón malherido. Pobre animal, con el futuro tan prometedor que le esperaba, habiéndose salvado una vez de morir a la intemperie por culpa de una ala herida; ahora ya no podría volver a volar. ¿Qué sería de un pájaro que no podía volar? Indefenso, desvalido, condenado a vivir para siempre en una jaula... Ya no volvería con los suyos, ya no regresaría al acantilado, ya no volaría bajo en cielo blanco del Gran Glaciar. Pobrecito...

Roy llegó a casa de sus abuelos cuando empezó a anochecer. Siendo él el mayor, era suya la responsabilidad de explicar que habían perdido de vista a Cid durante su excursión de la tarde. Se retorcía las manos mientras esperaba la regañina y la alarma por no haber vigilado al niño como es debido. Cual fue su sorpresa al escuchar por boca de Talho que Cid hacía horas que había regresado a casa por su propio pie y se había marchado a su habitación.

–La verdad es que lo he visto un poco raro –confesó la mujer, y añadió alzando una ceja –. ¿Le habéis hecho algo?

–No... creo –Roy estaba enfadado y aliviado a la par –. Esta bien. ¡Adiós, abuela!

Roy desapareció por el sendero mientras Talho subía hacía la habitación de invitados que ocupaba Cid cuando venía a la aldea. Llamó a la puerta y la no recibir respuesta alguna entró. La habitación se hallaba a oscuras, y aparentemente vacía; pero al encender la luz vio que su nieto estaba sentado en el suelo, bajo el escritorio.

–¿Qué haces aquí a oscuras? –preguntó la abuela en tono conciliador.

No hubo respuesta.

–¿Ha pasado alguna cosa esta tarde? ¿Te has peleado con los primos?

El niño siguió sin responder, con la cara escondida entre los brazos.

–Me ha dicho Roy que te has internado en el bosque.

–Es que escuché un chillido del halcón –habló al fin.

–¿Del halcón que cuidamos? –el niño asintió con la cabeza –¿Y has ido a buscarlo?

–Sí, fui al bosque a buscarlo...

–¿Y lo encontraste?

–Había un lobo –la expresión de la mujer mostró sorpresa y alarma –. Había un lobo pequeño en el bosque que atacó al halcón. Creo que se había caído otra vez, no lo sé... un lobo lo atacó y le arrancó un ala.

Cid levantó la cabeza y acercó algo a su abuela. Al verlo entrar precipitadamente en la casa horas antes no había reparado en el bulto que llevaba bajo la chaqueta, pero ahora cayó en cuenta que el niño había traído el halcón de nuevo a casa. Talho lo examinó, le faltaba un ala aparte de otras heridas, dentelladas, que tenía en el lomo. El animal ya no se movía. Debía haber muerto hacía tiempo ya, pero conservaba algo del calor del cuerpo del niño.

–El lobo lo mató... –comentó ella más para sí que para el niño.

–No... Cuando yo lo encontré estaba vivo –explicó el niño con voz tomada.

–Quizás agotó sus últimas fuerzas intentado librase de su depredador. No se podía hacer nada por él.

La mujer pasó una mano por el pelo rubio de su nieto, intentado consolarle; pero el niño le dirigió una mirada extraña, casi culpable.

–Cuando lo vi estaba vivo, le faltaba un ala... pensé que era muy triste no poder volar. Un pájaro salvaje que no podía volar... ¿Qué vida le esperaba? ¿Una jaula?

–Realmente sería una lástima para un ave como esta haber pasado su vida en una jaula. Ya viste como se ponía cuando lo enjaulaba el abuelo después de hacerle volar por el garaje.

–Sí, no le gustaba... Era... era mejor para él morir antes que vivir enjaulado, ¿verdad? –la pregunta fue extraña, sobre todo viniendo de un niño.

–Sí, supongo... los animales salvajes no soportan la cautividad, acaban enfermando... Una vida muy triste –opinó con intención de tranquilizarlo.

–Hm... es que yo... abuela, yo...

Talho puso una mano en la boca del niño, silenciando su confesión. Quizás iba a comentar algo distinto a lo que en aquel momento se le había pasado por la cabeza, algo que posiblemente no tenía nada que ver con aquella idea. Pero si era así... entonces desconocía que clase de concepto tenía aquélla criatura sobre el mundo que lo rodeaba para tomar semejante camino. Ese tipo de decisión y de actos eran más propios de un adulto que de un niño de su edad. Por muy despierta que fuera su mente, no creía posible que llegara a formular tal conclusión.

Retiró la mano de la boca de su nieto y la apoyó en su hombro, con un semblante conciliador en el rostro.

–Mira Cid, ¿Sabes que vamos a hacer? –el niño negó con la cabeza – Vamos a enterrar al halcón. Busca una caja de zapatos, la misma donde lo tuvimos la primera noche, y la tapa. Iremos al linde del bosque y lo enterraremos allí. A él le habría gustado.

–¿Y como marcaremos el lugar donde esta enterrado?

–Dejaremos unas piedras que marque en lugar. ¿Te parece?

–Sí –Cid salió de debajo del escritorio y fue a buscar la caja.

Ya era noche cerrada cuando regresaron del bosque. Aunque fuera un hoyo pequeño, les había llevado tiempo apartar toda la nieve para llegar a la tierra. Cid preguntó por qué no habían llamado a sus padres o al abuelo para que también vinieran a despedirse del halcón; pero Talho simplemente comentó que ya era tarde y que ahora urgía enterrar al animal. Al día siguiente ya irían todos a verlo y traería enebro y muérdago para decorar la tumba. Dejaron sobre el lugar una piedra plana y grisácea sobre la cual rallaron una cruz, y la abuela arropó al niño un rato mientras lloraba en la oscuridad nocturna.

Aunque todo el mundo pareció sentir lástima por el pobre animal cuando explicaron el triste desenlace del halcón, nadie parecía más afectado que Cid. Posiblemente por ser un niño se mostraba más sensible ante esa extraña situación que es la muerte. Por eso su abuela lo consolaba y lo mimaba en su regazo. Aun y así, había algo que Talho no podía apartar de su mente, y era la idea de que Cid tenía muy claro que para un ave salvaje era mejor morir que vivir sin poder volar. Y por eso, aunque sólo era una ligera sospecha, una sospecha estúpida y sin fundamento, creía que había sido el niño quien había matado al pájaro.

Era mejor morir libre que vivir en cautividad. Al menos seguro que el halcón opinaba de ese modo.

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Hi!

Este capítulo ha sido un cuento extraño. Ha habido un salto temporal grande, ya tenemos a un Cid que formula frases completas XD. Sobre el tiempo que ha transcurrido no hay mucho que contar, ha vivido tranquilo con sus padres, ha ido a la escuela, ha hecho amigos... lo que es (debería ser) normal en una infancia sana y feliz.

Algunos capítulos de esta historia tiene mayor relevancia que otros, cuentan algo importante. Este es uno de ellos. Dejando a un lado si realmente ha sido Cid quien ha matado al pájaro o no (lo dejo a vuestra libre elección), en el momento en que decidió que era mejor para el halcón morir que vivir sin poder volar nació uno de los principios por los que ha ido guiando su vida.

Todos conocemos la faceta de piloto del personaje, lo bien que se le da manejar aviones y lo que le gusta. La decisión que tomó entonces en relación al halcón se podría aplicar a sí mismo: sin poder volar, la vida no tiene sentido. En aquel momento fue una decisión inconsciente que fue consolidándose con el paso de los años; la semilla de una idea que después sería de gran importancia para dirigir sus futuros pasos.

En otro orden de cosas, se nombra de refilón la familia paterna de Cid. Hablar ahora de todos sería pesado, sobre todo teniendo en cuenta que los únicos que aparecen aparte de los abuelos son los primos. Hay más primos de los que aquí se nombran. Sí alguien quiere conocerlos que me los diga y los presentaré XD

El halcón que aquí aparece es un gerifalte. Es un ave de la tundra, el único tipo de halcón blanco y el de mayor tamaño. Yo lo llamé halcón por razones literarias, me gusta más como suena y además es un ave más conocida por el dominio público.