Luchas

Un par de días después, el cuervo había estado observando la ropa que había tomado prestada del albino aquel día en su casa, aun no se la devolvía. De momento, por lo que había sucedido con los niños, su mamá se había estado haciendo cargo de ellos. Era grandioso, por fin era libre de cuidar a esos niños y ya había terminado el trabajo con su odiado compañero de clases, debería estar más contento ¿o no?

Pero no era así, aun había cosas de qué hablar con el joven de nieve, aun había ciertos asuntos que no habían terminado de tocar aquel día. No podía sacarse de la cabeza aquel color carmesí en el rostro del albino, así como tampoco podía deshacerse de aquella molesta sensación al recordar el inocente beso que le robó su vecinito. Chistó molesto. Pensó que posiblemente no podía sacarlo de su mente precisamente porque aun conservaba la ropa del joven, así que decidió ir a devolvérsela y terminar con toda esa penosa situación. No mencionaría lo del beso, no mencionarían lo de aquella confesión de la niña, ni nada. Siendo el albino, seguro que él comprendería ese "acuerdo" no acordado.

Se dirigió a casa de su compañero aun con esos sentimientos de celos, ira, vergüenza, pasión y posesividad que habían estado cocinándose en su interior desde entonces. No planeaba ir a casa del albino a pelearse con él ni nada por el estilo, no. Sólo iba a devolver su ropa y ¡listo! Regresaría y pasarían la página.

-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o

El diamante por su parte no dejaba de pensar en la conversación que tuvo con su hermanita aquel día, esa niña era más observadora y celosa de lo que había pensado. Con esos pensamientos en la cabeza decidió tomar un baño, mientras continuaba recordando aquella charla:

*Flash back*

- ¿Por qué luces tan molesta?- le preguntó el mayor pensando para dentro de sí "el molesto debería ser yo"

- No me agrada ese tipo…lo odio- dijo seria la niña.

- ¿Ese tipo? ¿Kougami?- se aseguró, a lo que la niña asintió- A mí tampoco – coincidió- pero ¿a ti por qué no?

La pequeña se detuvo y volteó a verlo con una expresión que le pareció muy diferente de la usual era como si le dijera con solo la mirada "No te atrevas a fingir que no sabes" pero en vez de eso ella le dijo:

- No mientas- esto lo desconcertó un poco, su hermanita nunca le había dicho algo así, usualmente en su familia eran del estilo de "jugar a ser una familia feliz"

- Y según tú ¿En qué estoy mintiendo?- agregó más serio, pero nuevamente consiguió la misma mirada.

- A ti te agrada. Y mucho- aseguró la pequeña- Y naturalmente, tú le agradas a él, por si te lo preguntabas- dijo mordaz, realmente increíble para una niña de cuatro años, hablaba como una jovencita o inclusive como una adulta.

- ¿Por qué mentiría?- preguntó el mayor, no quería terminar de entender el punto de la niña, aunque era algo que en el fondo ya sabía.

- Eso dímelo tú. Estoy segura de que con una palabra de él, te enfocarías sólo en él y no volverías- le devolvió. El albino sintiéndose atrapado optó por hacer lo que suelen hacer la mayoría de los adultos cuando alguien más joven les pregunta algo que les incómoda:

- Esta no es una conversación que yo deba tener contigo- esquivó.

- ¡No vuelvas a usarme como excusa!- sentenció la niña, sorprendiendo en el acto al copo, luego de eso ambos siguieron su camino a casa en silencio.

*Fin del flash back*

El albino hundió la cabeza en el agua, intentando con eso lavar de su cabeza aquella sensación que tuvo durante esa charla, quería mantener su "descubrimiento" lo más lejos posible de él.

-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o

Cuando el cuervo llegó a aquella mansión, tocó el timbre y le abrió la morenita que de inmediato cambió su expresión por una muy dura y llena de rencor.

- Vine a…- comenzó, solo le entregaría la ropa a la niña y se iría, no le importaba no ver al joven de mármol. O mejor dicho, quería evitarlo.

- Sé a qué vienes- le interrumpió la niña seria, como si fuese una persona adulta. Antes de poder decirle nada, vio a la madre de su compañero acercarse.

- Oh, eres el amigo de Shougo- dijo la mujer con esa sonrisa encantadora que compartían aparentemente, todos en esa familia- Adelante, pasa. Él bajará dentro de poco –pidió la bella mujer, con una expresión a la que el muchacho no se pudo negar. Pasó y se quedó sentado en la sala esperando en lo que la señora llamaba a su hijo y preparaba un poco de té para él y su compañero. Mientras tanto la niña le hacía compañía al moreno, viéndolo fijamente.

- ¿Te hice algo?- preguntó por fin el cuervo, era molesto que la niña lo viera de esa manera siempre que se encontraba con ella, y más si le hacía bromas pesadas constantemente.

- No es lo que hiciste, es lo que estás haciendo- respondió la damita, con una mirada gélida y un tono impasible.

- ¿Estar sentado o respirar?- inquirió sarcástico. En ello ingresó a la habitación la mujer con un par de tazas de té y una bandeja con madalenas, las sirvió en la mesa y tomó su bolso.

- Lamento no poder quedarnos, iba apenas a llevar a Rikako a su clase de piano- explicó la dama- Siéntete como en tu casa, Shougo ya viene. Rikako, vámonos- llamó la mujer a la niña, que fue tras de ella, no sin antes acercarse al moreno y susurrarle:

- Ese día, no fui yo la que quiso ir al parque- Dijo, dándole una última mirada al moreno, pero esta mirada lucía más dolida que molesta, algo que él notó, pero no supo explicar.

Cuando finalmente se fueron, llegó de inmediato el albino secándose aun el cabello con una toalla y viendo con algo de incomodidad al moreno en su sala.

- ¿Qué haces aquí?- inquirió curioso, acercándose y tomando asiento.

- Traje tu ropa- respondió directo, entregándole la bolsa.

- Gracias- tomó la bolsa- …

- …- Ambos guardaron silencio por unos segundos que se volvieron minutos.

- ¿Ahora no vino el par contigo?- preguntó receloso. El moreno suspiró.

- No.

- Mmmh…- ambos decidieron tomar el té que la madre del albino había hecho para ellos. El copo tomó una madalena y la sumergió en el liquido rojizo

- ¿Por qué la remojas?- preguntó el moreno, casi reprendiéndolo - se va a turbar el té. Además no creo que nadie en Japón haga eso.

- ¿Quién eres? ¿Ena de Battenberg? – le contestó a modo de juego- Pues déjame decirte, Ena, que "en España lo hace hasta el Rey"- respondió divertido, sacando una sonrisa igualmente divertida en su compañero de clases, mientras negaba con la cabeza.

Continuaron tomando el té tranquilamente, incluso, por ese inconfesable deseo de continuar juntos un poco más de tiempo, habían cambiado su locación a la habitación del albino, donde tenía una gran colección de libros. Estuvieron un buen rato hablando de algunos libros, mencionando si les gustaban, si la trama era buena, si la narración lo era o si simplemente ninguna de las anteriores, fue una conversación amena, del tipo que provoca sosiego.

Inclusive se habían puesto a leer juntos, ambos en silencio, uno sentado en el borde de la cama y otro en un pequeño sillón, quedando de frente; sus piernas estaban enredadas con las contrarias, pero ni siquiera lo habían notado, y si lo habían hecho, no era algo que les incomodara. Después de casi una hora, la vista del moreno abandonó el papel y quedó absorbida por la imagen que proyectaba el joven de nieve, y permaneció así varios minutos, hipnotizado por su imagen.

Al cuervo le encantaba verlo leer, apenas acababa de notarlo y no lo diría en voz alta ahora, no aun, pero quizá algún día lo haría. Cada vez que veía al diamante leer, era un deleite para él, el joven siempre mostraba todo tipo de expresiones mientras leía, de acuerdo a cada situación que se presentaba, diferentes de la máscara que solía ver de él en la escuela. En ocasiones veía los ojos ámbar llenos de asombro, en otras más se llenaban de pasión, otras más de una paz increíble, algunas más de despreció. Había toda clase de expresiones sin explorar en ese rostro y esos ojos, que en circunstancias normales no podría ver jamás; y más por la posición de enemistad que constantemente ocupaba en la vida del muchacho.

Por su mente pasó velozmente un deseo de ver "otras" expresiones, pero se sorprendió por su propia idea y desvió la mirada, esperando que su pensamiento no fuese descubierto. De pronto, una preocupación le invadió, ahora que no estaba cuidando a sus vecinos, que el proyecto había acabado y que ambos se habían devuelto sus pertenecías ¿cómo podría ver al albino? No habría motivo para ello, no había excusa…Excusa, finalmente comenzaba a entender las palabras de la diablilla. El albino era ahora quien observaba al moreno, parecía que desde hacía algunos momentos su vista se había posado en la portada del libro que estaba leyendo.

- ¿Tan interesante es la portada?- inquirió echándole un vistazo él mismo.

- ¡Tch!- chistó, entonces ambos alzaron la mirada y sus ojos se encontraron: el oro contra la plata. Ambos pudieron percibir una chispa extraña en los ojos contrarios, pero estaban inmóviles.

- Tu hermanita me odia- repuso, como si esa fuese una excusa suficiente para no proceder de la manera que querían, para detenerse. Excusa…otra vez esa palabra tan graciosa.

- Lo sé, me lo dijo mientras volvíamos a casa aquel día- dijo con una sonrisa extraña. A lo que el moreno solo pudo pensar de manera neutra "Oh, entonces sí me odia de verdad" Quedaron observándose unos minutos…sentían deseos de abordar aquel tema no resuelto, pero ninguno hablaría del asunto. Lo sabían y podían percibir los celos del otro, pero continuarían con ese voto de silencio no acordado. Pero solo bastó que sus miradas se cruzaran una vez más, solo eso, había sido una provocación.

Sus cuerpos se movieron más rápido que sus mentes y comenzaron a pelearse, no con puñetazos ni patadas, no. Estaban prensándose uno al otro realmente luchando como en aquel deporte olímpico, intentando someter al otro en el suelo por unos segundos y luego procedían a comenzar una y otra vez. O quizá era una excusa para tener contacto físico con el contrario, un contacto de otro tipo que bajo otras circunstancias, lo que se llama "circunstancias normales" no podrían tener, y podía pensarse eso porque realmente no estaban lastimándose, parecía más bien que solo se acariciaban y sometían.

Llegó un punto en que sus rostros se encontraron demasiado cerca, cuando luego de muchos intentos el cuervo logró prensar al diamante contra la alfombra, tan pronto lo liberó y se tiró a su lado de manera que sus rostros quedaban de frente, sintiendo sus agitadas respiraciones, fue entonces en que así como sus anteriores convivencias, de manera espontánea, se besaron.

No hubo confusión, ira o repulsión, simplemente se besaron, como si fuese algo natural entre ambos. Se separaron ligeramente luego de algunos segundos y nuevamente sus ojos se enfrentaron, eran intensos, llenos de una desconocida pasión, pero al mismo tiempo serenos y satisfechos. No se dijeron nada, se observaron unos minutos y en breve continuaron besándose y disfrutando de sus bocas, inclusive habían comenzado a acariciarse ligeramente, ya sin la excusa de estar luchando, eran caricias reales, del tipo que se dan cuando anhelas un contacto o intensificarlo, caricias anhelantes y curiosas. Pero no fueron tan lejos, ambos sabían que si lo hacían, entonces la situación ya no sería "natural" como era, ya no sería "normal" entre ellos, al menos no de momento, no habían llegado aun a ese punto.

Cuando se separaron, se incorporaron y fueron a sentarse en la cama, recostaron sus espaldas en ella, mientras sus piernas caían en la orilla tocando la alfombra con sus pies descalos. Así permanecieron uno al lado del otro y se quedaron dormidos inclusive, cada uno con un libro en la mano. Cuando llegó la madre del albino, subió a ver cómo estaban y los encontró durmiendo, la mujer sonrió con cierta ternura y una mirada de complicidad. Los cubrió con una manta, apagó la luz y salió de la habitación. Caminó a la sala pensando en cómo ambos muchachos lucían tan afines que por un momento tuvo la sensación de que esos dos habían nacido para conocerse.


Les gustó? Personalmente disfrute escribirla y plasmar otra faceta de ese gracias a todas las personas que apoyaron esta historia :D
Continuaremos leyendonos en otros escritos más (º3º)/