Hielo y Fuego.
Él siempre ha sido cómo el frío hielo. Incluso, desde que era un inocente niño. Y ella… Ella siempre ha sido el fuego que logra derretirlo. Incluso, desde antes de conocerse.
Capítulo Cuatro.
Oscuridad.
Cuando la oscuridad, profunda y aterradora, se cierne sobre ti, ¿Qué es lo primero que piensas? ¿Te sientes ciega? ¿Intentas buscar la salida o te quedas en el mismo sitio, esperando? ¿Tropiezas, gritas, lloras? ¿Imaginas que hubiera pasado si no estuvieras allí? ¿Sientes los gritos de las personas que te rodea? ¿Su pánico?
Astoria sintió sus extremidades temblar de terror y angustia. Sintió que su corazón se aceleraba y que deseaba salirse de ella por su garganta. Sintió que pisaba arena movediza, que se encontraba pisando inestablemente y que dentro de nada, caería en un hoyo del cual nadie la sacaría. No estaba segura de si los gritos, los chillidos que escuchaban eran suyos o del resto. No recordaba donde estaba parada, ni las salidas de la estancia. Era como si su mente se hubiese nublado de negro, como su vista.
Quiso hacerse un ovillo en el piso, de veras que lo quiso. No pensaba coherentemente, titubeaba cuando abría sus labios. Estaba ciega, su peor miedo. Y no sabía como salir de aquella ceguera, como quitarse la banda que la cubría. Escuchaba los gritos desesperados, los pedidos de ayuda desgarrantes que la hacían estremecer. Y no podía hacer nada. Intentó sacar su varita, pero, sus manos no dejaban de temblar y no podían mantenerla entre ellas. Y cuando sintió que se desvanecería, él le tomó la mano.
Una mano fría, delgada y elegante, que no veía, pero sabía que así era, se cerró sobre la suya, protectora y la arrastró hasta que chocó con algo que resultó ser el torso del dueño de aquella mano.
—Necesito que te calmes—, masculló Draco, apretando los dientes. No la veía y sabía que estaba igual de desesperada que él, igual de aterrada. Y eso le enfurecía. El no poder verla, el sentir pánico. Y culpa, por meterla en todo eso. —La magia no funciona, Astoria.
Ella asintió, como asimilando sus palabras, sin importarle si él la podía ver o no. Se pegó a él, como una niña pequeña en busca de protección, y sintió cuando sus brazos la rodearon, con rudeza.
— ¡Maldición, Astoria, deja de temblar! —, ella lo ponía nervioso en aquél estado. Indefensa no le servía para nada. Necesitaba pensar con claridad para sacarlos de allí y ella solo lo distraía con aquella actitud. ¿Dónde estaba la maldita fuerza de la cuál la castaña siempre alardeaba? Necesitaba aquella firmeza, no una muñeca de trapos. —No me sueltes. Vamos a ponernos a salvo.
Y el rubio, haciendo acopio de las fuerzas que el miedo aun no se había encargado de destruir, la tomó firmemente del brazo con brusquedad y comenzó a caminar, analizando todas las salidas qué sabía que existían, en su mente. Primero una, luego la otra. Ninguna servía, eran grandes muros de concreto. Tropezaron, Draco maldijo y volvió a maldecir. Incluso, recibió golpes. Draco sintió el desagradable sabor a oxido escurrir de sus labios. El muy bastardo había bloqueado las puertas lo que representaba un grave problema. Intentó pensar de nuevo, pero los chillidos histéricos de las personas en la sala no le dejaban concentrarse. Cuando se decidió a hacerlos callar con cualquier cosa, la escuchó. El grito agudo femenino de la rubia Greengrass.
Un chillido desgarrante que los hizo callar a todos.
—Daphne—, el susurro de Astoria le llegó con extrema facilidad gracias al repentino silencio de la habitación y enseguida, la sintió forcejear contra su brazo para liberarse, pero él apretó un poco más. — ¡DAPHNE! —. Aquél grito de la morena le quebró el enfermo corazón, y aun así, no la soltó.
Y se hizo la luz.
Astoria se liberó y Draco la dejó correr, entre la multitud consternada que parecía abrirle paso por si sola. La morena sintió que el miedo por la ceguera se volvía en un terror sofocante, que le paralizaba el corazón y le enviaba imagines de su hermana, ensangrentada, masacrada y llena de sangre, a su aterrorizada mente. Y al llegar hasta donde Daphne se encontraba, sintió el miedo liberarse para dar espacio al alivio, a la par que a la desagradable sorpresa, mientras veía el cuerpo inerte de Jack, la pareja de su hermana para aquella noche.
—Muerto. Muerto. Muerto—, Daphne se encontraba esparramada al lado del cuerpo de su cita y murmuraba aquella palabra que parecía quemarle la garganta, en un completo shock. Su hermana fue rápidamente a su encuentro.
—Oh, Merlín—Kinsgley observó al hombre muerto y enseguida comenzó a dar ordenes. —Váyanse todos. El lunes serán interrogados, uno por uno. Con veritaserum, por supuesto. Saquen a Greengrass de aquí, rápido.
Theodore abrazó a Daphne por atrás y la ayudó a levantarse. En cuánto la tuvo en brazos, la rubia rompió en llanto. Astoria buscó con la mirada a Emerick y lo encontró completamente consternado.
— ¿Estás bien? —, preguntó la morena, al llegar a su lado. Él la miró largamente antes de responder.
—No. —Directo y sencillo—. Está muerto, Astoria. Y lo conocía.
—Lo sé.
— ¿Qué mierda ha pasado? Te juro que no entiendo nada.
—Yo tampoco entiendo, Rick. No sé que coño ha pasado. Yo… —Él la abrazó en cuánto se percató de lo quebrada que se encontraba su voz. Ella se dejó abrazar por aquellos brazos que bien conocía. —Merlín. Oh, por Merlín.
—Greengrass, —Draco no supo si continuar o dejarla con alguien que pudiera consolarla. Decidió que ella había ido con él, y por lo tanto, se iba con él, —vamos, Bergström está esperando.
—Te puedo llevar yo, Astoria—, sugirió Rick, pero ella negó, separándose de él.
—No, Draco me cuidará—. Y con eso, siguió al rubio hasta el estacionamiento muggle donde había parado el coche. Una vez en el coche, Draco encendió el aparato y arrancaron con un grave rugido de aquello que llamaban motor. Ninguno habló durante el trayecto, ninguno se atrevía a romper el silencio penetrante que los había envuelto. No podían, temían que sí lo hacían, todo volvería a pasar, lo revivirían. Astoria no lo observó y él no se preocupó porque lo hiciera. Lo único que se escuchaba eran las llantas sobre la carretera londinense, a toda velocidad.
Y cuando llegaron a casa de Anastasia, ninguno de los dos hizo ademan de despedirse. Ella no se bajó y él no le dijo que lo hiciera. Ella rompió el silencio.
—Lo siento—, aquél comentario fue tal, que Draco se volvió con rapidez, para observarla con unos curiosos ojos mercurio. Ella asintió, esperando aquella reacción. —Sí, Draco, lo siento. Merlín, fue mi culpa. Si yo no te hubiese dicho para ir a la fiesta, él no hubiera causado nada porque no hubiésemos ido. Y Jack no estaría… Él… Merlín.
Draco se quedó sin habla por primera vez en su vida. Ella no lloraba, pero tenía las lágrimas atascadas en la garganta. No sabía si abrazarla, o decirle que se bajará del coche. ¡Por Merlín! Él no servía para consolar, sino ser consolado. Ella seguía sin verlo y eso solo lo desconcertaba un poco más. ¿Era una especia de prueba, quizás? ¡Maldición! Esa mujer terminaría con él, estaba seguro. Si aquél maldito bastardo que lo perseguía no terminaba con él, Astoria lo haría. Decidió que lo más razonable era huir. Hacerla bajar, arrancar el motor, recoger sus cosas en casa y desaparecer del mapa. Sí, eso era lo más razonable.
Pero, no lo hizo. Al contrario, puso una mano sobre el hombro de Astoria. Y después de ello, se llamó mentalmente estúpido.
—No es tu culpa, Greengrass—, su voz sonó demasiado dura, como si la estuviese acusando, así que intentó suavizarla, sin saber exactamente como hacerlo, —Jack solo fue una victima más. Morrel, Tatiana, Flint y tu padre también lo son. En todo caso, sería mi culpa, Greengrass.
Ella lo miró durante largo rato. Tanto, que incluso lo puso incomodo. Aquella profunda mirada esmeralda le hizo temblar de pies a cabeza. Era una mirada extraña, bajo aquellas largas pestañas que la cuidaba. Bajó un poco y encontró una nariz de botón, infantil y constrastante con el resto de sus facciones ya agudizadas. Un poco más abajo, aquellos labios carnosos, en forma de durazno. Rosados, apetecibles. Increíblemente tentadores. Mierda, fue lo único que pensó Draco.
—Estás sangrando—, dijo ella y él quitó la mano de su hombro, enojado con ella por romper el momento y con él por querer que hubiera un momento.
—Ya lo sé. Me golpeé—, respondió el rubio, regresando su mirada al frente y esperando que ella saliera. Al descubrir que no le dejaría curarle, pues era Draco Malfoy, Astoria bajó del coche, con un fuerte latigazo en el estomago que nada tenía que ver con el susto de la noche, sino con el tremendo deseo que sintió hacía el rubio en aquél instante.
—Nos veremos el… —, antes de poder terminar la frase, Draco ya había cerrado la puerta y había arrancado con un nuevo rugido por parte del motor, dejándola allí, en la calle, sola junto con su inesperado deseo.
{...}
Daphne estaba apoyada en Theodore, en aquél gran e incomodo sillón de la sala de su apartamento en el centro de Londres. Su cabeza estaba sobre su pecho y podía sentir la respiración de él, acompasada a la suya. Él la abrazaba, aun cuando ya había dejado de llorar. Y ninguno había hablado desde que habían llegado a la casa, donde se habían acomodado en el sillón y no se habían movido más que para respirar.
Él era su refugio, siempre lo había sido. Pero, eran demasiadas las decepciones que él se había llevado con ella, que ya no tenía esperanza en seguir utilizando aquél refugio, hasta esa noche. Él no había dicho nada, ni había preguntado, siempre tan adentrado en su típico silencio. Solo le había abierto los brazos, ofreciéndole el hombro y limpiando sus lágrimas con sus manos. De una forma tan delicada, como si ella fuera una muñeca que en cualquier momento se desvanecería en sus brazos.
Y no quería eso. La quería completa, no en diminutos trozos de cristal.
Las palabras estaban de más. Siempre lo estuvieron entre ellos, que casi podían leerse la mirada como si fuera su propia mente. Ella no amaba a Jack, pero le había tomado el afecto que uno le toma a un amigo. Y él apenas y lo había conocido aquella noche, pero el joven era eso: demasiado joven. Quizás, su mayor crimen ante los ojos del imbécil que había hecho aquello.
— ¿Theo? —Su voz sonó ronca, de tanto llorar. Tal vez habían pasado horas y ellos ni siquiera lo habían sentido, como siempre. Él acarició sus cabellos, rubios y sueltos por entre sus brazos y pecho, como respuesta a su nombramiento. —Tengo miedo.
Y aquello fue demasiado para él, que cerró los ojos con fuerza y se masajeó el puente de la nariz, asimilando las palabras de la voluptuosa rubia. Daphne Greengrass no tenía miedo a nada. O eso siempre había pensado. Y sin embargo, allí la tenía, entre sus brazos, encogida e indefensa, confesándole que era tan humana como cualquier otra mujer sobre Londres. Confesando que no era la Diosa que aparentaba ser, la perfección personificada. Temblando bajo sus brazos, y aferrándose a él, pidiendo con aquellos simples gestos, que no se apartara de su lado.
—No debes tenerlo—, dijo él, con un largo suspiro. —Nadie te hará nada, Daphne. No vengas a jugar ahora a la princesita en peligro. No te queda el papel, déjalo ya. No seas absurda—. Palabras duras que le penetraron en el alma y le hicieron sentir a la rubia un inmenso dolor allá donde decían, estaba el corazón. Se levantó con brusquedad, soltándolo al instante. Y las lágrimas, por segunda vez en la noche, se aglomeraron en sus ojos. Irónico, pensó para sí, hoy he llorado más que en toda mi vida.
—Vete—, siseó, tal cuál una serpiente llena de veneno, mientras señalaba la puerta.
—No.
—Theodore, vete—, alzó la voz, mostrando su enojo. Sus ojitos de zafiros se encendieron en llamas, y se volvieron de un azul marino demasiado oscuro para no ser peligroso. Él ni se inmutó. — ¡Vete, maldita sea! ¡Vete al infierno, al carajo y a la mierda pero sal de mi casa! —Algo se había quebrado en ella, como aquél florero de cristal que le lanzó al gritar, sin atinar. Él lo sabía, al igual que ella. Por eso, se levantó del sofá, pero no se fue. Theodore se acercó a ella y la tomó de las muñecas, serio como siempre. Ella no lo vio venir y fue muy tarde, cuando él ya cubría su boca con la suya.
Hambre. Mucha hambre de ella, de sus labios y su cuerpo. Rabia, dolor, rudeza. No fue dulce, pero agitó el vientre de Daphne como nada lo había agitado antes. Se aferró a ella, la atrajo hacía sí, pegándola a él, a su abdomen. Un beso voraz y violento, que ardía por la rabia del momento. Él tomó, en aquél baile brusco. Y ella le dio, con toda su necesidad y desesperación. Abrió más sus dulces labios y él se sintió triunfante, cuando los saboreó y los mordisqueó.
Cuando se separaron, a ambos le faltaba el aliento. Y ella rompió en llanto, una vez más, contra su pecho, mientras golpeaba débilmente con su puño, el hombro de Theodore.
— ¿Aun quieres que me vaya? —. Algo seguía quebrado en ella, ambos lo sabían. Y era algo que Theo no podría arreglar aquella noche. Ella cerró los ojos con fuerza y asintió.
—Vete, Theo, por favor—Él no sabía que su corazón, después de tanto tiempo, podía seguir rompiéndose por la misma mujer. Y tampoco sabía que aquél susurro le dolería tanto, como el primer grito. Se quedó estupefacto, pero aceptó su petición. Se iría, pero volvería.
Porque, joder, se había quedado hambriento.
Cuando la puerta sonó tras ella, anunciando la marchada de aquél por quién su corazón latía, ella se derrumbó, nuevamente, en aquél sillón. Y lloró. Lloró porque aun lo necesitaba como una colegiala, porque lo añoraba y porque se sentía sumamente egoísta. Lloró, por ella, por Jack y por el maldito Nott que ya no estaba con ella.
{...}
Pobres ilusos. Se creen los protagonistas y no son más que los títeres de utilería.
Observó al joven Nott salir del apartamento de la rubia chillona. Escondido entre las sombras de los oscuros callejones, lo observó dar patadas y puñetazos. Por lo visto, no había tenido lo que había ido a buscar. Pobre iluso. No debió dejar a la rubita sola, aunque no corría peligro. No aquella noche. Se la cargaría, sí. Era una más en su dulce venganza.
Pero, aun no.
Aun no era tiempo. Como aun no era tiempo de darle a Malfoy su merecido. Debía aceptar que ahora se le había sumado al juego una nueva pieza. Una hermosa pieza. La Greengrass. No tenía nada contra ella, pero ahora tendría que matarla también. Porque la muy zorra se había metido donde no la llamaban. Porque sí, se había fijado como Malfoy la mirada mientras ella abrazaba a su hermana, la rubia Daphne. Si eso no era atracción, ¿Qué coño lo sería? Mal, muy mal. La Greengrass menor no le caía mal.
Pero, ¡Eran cosas del destino! Sí la tenía que desaparecer a ella, pues que así fuera.
Aun no.
Esperaría a que el muy imbécil estuviera loquito por su culo y entonces, ¡Pum! Otra desaparecida.
Sí. Sí. Eso haría.
{...}
Las interrogaciones del lunes no dieron ningún resultado. Emerick, por ser el subjefe de aurores, después de Potter, lo acompañó en el interrogatorio y por ello, Astoria se enteró de todo lo que la gente había confesado. No supo como Draco se las arregló para no confesar su investigación privada, pero ella sufrió para no hacerlo.
—Señorita Astoria Cornelia Greengrass, ¿No es así? —, comenzó Harry, exhausto, leyendo un expediente bastante delgado.
—Sí, señor. —Astoria miró a Emerick, quién le envió una afable sonrisa de apoyo.
— ¿Estuvo usted en la fiesta celebrada el pasado Viernes, en el Londres muggle? —, preguntó Harry, mirándola fijamente a los ojos.
—Sí, señor.
— ¿Cuántos días lleva en el Ministerio?
—Dos, creo.
— ¿Fue acompañada de Draco Lucius Malfoy?
—Sí, señor.
— ¿Y qué hizo durante los minutos de oscuridad que se cernió sobre el salón? —. Astoria tragó ruidosamente. No le gustaba recordar aquellos momentos desesperantes de ceguera completa.
—Me quedé inmóvil, incapaz de moverme. No sabía donde estaba situada, ni donde estaban las salidas. Quise hacerme un ovillo o tirarme al suelo a llorar. Pero, Draco me tomó de la mano y me ayudó a calmarme. Me dijo que teníamos que salir, y que dejara de temblar. Y que no lo soltara, que nos pondría a salvo.
— ¿Piensa que el señor Draco Malfoy tuvo algo que ver por ser un ex mortifago? —. Esa pregunta le molestó. Y mucho.
—No. No lo pienso. —Espetó, con seguridad, como si la hubiesen insultado.
—Dice que el señor Malfoy no tiene nada que ver, ¿Cierto? —. Ella asintió ante su pregunta. — ¿Y sus amigos?
—Tampoco.
— ¿Sabe quién fue? —Astoria se asustó, pues aun tenía veritaserum en su sistema. Una palabra equivocada, una verdad mal parada y soltaría todo. Sin embargo, su respuesta fue casi automática.
—No—, era verdad. No sabía quién era el maldito bastardo. Harry dijo algo más, pero ella no supo que era, pues se lo dijo a Emerick. Su amigo le sonrió, feliz de que Astoria pasara la prueba. Y la dejaron salir.
Camino meditabunda por el Ministerio, dirigiéndose a su puesto de trabajo, pero antes de llegar, se topó con Tasi, quién la detuvo a gritos, pues Astoria no escuchaba.
— ¿Ya te interrogaron, Tori? —, pregunto su amiga al llegar a su lado. Astoria asintió, ausente. —A mi también. No pudieron probar más que estaba bien dormidita en mi casa.
Anastasia dijo algunas cosas más, a las que Astoria no le prestó atención. No supo cuando se despidió, pero si escuchó cuando le dijo que Draco la llamaba. Se acercó a la puerta y sintió unas terribles ganas de echar a correr, huir de todo aquél lío en el que el rubio la había metido y esconderse, en algún punto olvidado del mundo. Pero, pensó en su padre y no pudo hacerlo. Un buen hombre, desaparecido, por el pasado de aquél detestable rubio tras la puerta.
De pronto, aquellas ganas se convirtieron en cólera y entró, dando un portazo al cerrar.
— ¿Qué mierda quieres ahora? ¿Quieres que vaya a matar al bastardo por ti? ¿Quieres que vigile tu casa, como si fuera aurora? —Él la miraba, sin decir nada, sin moverse. Estaba de pie, frente al escritorio de roble, observándola con una ceja enarcada y con uno de esos juguetes anti stress que vendían los muggles. Maldita sonrisa de suficiencia, pensó Astoria. Y maldito atractivo de mierda. — Te he preguntado qué quieres.
Él no habló por un tiempo que pareció un par de horas, aunque fueron un par de minutos. Se dedicó a mirarla, fijamente, a aquellas esmeraldas que lo habían hecho enloquecer durante el fin de semana. Ahora, aquellas mismas esmeraldas brillaban de pura furia, en su punto más colérico. Incluso, llegó a pensar que se lanzaría a morderle la yugular. Finalmente, decidió hablar, furioso también.
—Quiero un informe, Greengrass. De lo que pasó el viernes. Con tu punto de vista, con tu conjeturas. Después, entre ambos discutiremos las teorías. —Vale, eso era pan comido para Astoria. —Y quiero que visites a Pansy Parkinson y que me la traigas. —Los bonitos labios de la castaña se abrieron, formando una perfecta o para satisfacción de Draco.
—No puedes pedirme eso. No tienes derecho a… —Se calló, cuando él, más cerca de lo que imaginaba, colocó ambas manos en sus mejillas, con una delicadez desconcertante y en contraste con la ira que veía en sus ojos plata. Supo lo que él haría, incluso antes que él. Y aun así, no se echó atrás.
Él no pretendía hacerlo, y nunca supo si fue él quien acorto el espacio que los separaba en la habitación, o fue ella. Solo actúo. Draco deslizó las manos hasta los hombros de ella, y aferrándose a ellos, apoyó los labios sobre los suyos. Tan suaves. Tan dulces. Ella era una mezcla extraña entre el durazno y el dulce sabor a chocolate con fresas. Aquellos pequeños labios, cediendo ante los suyos. Derritiéndose, involuntariamente, mientras las manos de ella subían por la espalda de Draco y se entrelazaban, para mantenerlo abrazado. No era empalagosa, era perfecta. Ambos, moviéndose a un mismo compas, al mismo ritmo del descubrimiento y la sorpresa. Un suspiro de Astoria suelto entre sus labios y Draco sintió que se paralizaba, gracias al fuerte deseo.
Cuando se separaron, él apoyó su frente en la de ella, por un momento y luego, con ambas manos en las mejillas de Astoria, le alejó el rostro para verle a los ojos.
—Son tus labios. —Dijo él, y antes de poder agregar algo más, el puño de Astoria se estampó contra su mandíbula, volteándole la cara. Llevo su mano ahí y no se arrepintió. Aun tenía el sabor de Astoria entre sus labios. —Sí, no puedes ser tú. Definitivamente son tus labios.
— ¿Por qué coño has hecho eso? —Preguntó ella, contando hasta diez para no patear una parte más vital al rubio.
—He estado pensando todo el maldito fin de semana en el sabor de tus labios. Así que vete, Greengrass, antes de que se me olviden y decida recodarlo.
Astoria obedeció y salió de la oficina con un fuerte y nuevo portazo, y con un nuevo látigo de deseo en su vientre. Se le quitaría cuando buscara a Parkinson, decidió.
Disclaimer: Todo, menos mi querida pelirroja de ojos felinos, Anastasia y mi galán castaño de ojos oscuros, Emerick, son de Jotaká. Así que todos los créditos a ella. Así cómo he basado a Astoria en la imágen que nos proporciona Ophelia Greengrass, una gran escritora en éste fandom.
Sí, sé que estuve ausente durante más tiempo del estimado. Pero, fueron vacaciones y salí a Europa, donde difícilmente hallaba internet. No es muy largo el capítulo, pero considero que está cargado de emociones. Vemos un poco más de Daphne y Theo, mucho más de Draco y Astoria, y ligeramente de Anastasia y Emerick. Además, una breve descripción de nuestro bastardo y el aviso de la pronta aparición de nuestra Pansy Parkinson. Espero que les guste el capítulo. Y no, Draco no está enamorado de Astoria ni viceversa. Venga y busquen deseo en el diccionario, que no es amor. Por algo se empieza, mis amores. Saludos. :3
TATIANA: ¡Dios! Cómo espero que sigas por aquí. Tus comentarios siempre me dan ánimo y pues, me queda agradecerte mucho por ellos. Espero que éste capítulo no te decepcione y te guste, sí. Y pues, lo prometido es deuda y como prometí que no me olvidaría de la historia, aquí nuevo capítulo. Un beso grande y espero seguir leyendo tus comentarios. :3
Medusae: ¡Muchas gracias por el comentario, linda! Gracias por tomarte el tiempo de leer y comentar. Espero que este capítulo llene tus espectativas. E intentaré actualizar más seguidos. Un saludo enorme, cielo. ;)
MACARENA: No sabes la sonrisa que me has sacado. Ésta pareja tiene mucho potencial para explotar, pero la gente parece olvidarlo. Y un favorsote: Si ves que Draco se sale mucho del canon, no dudes en decirmelo. Porque, es lo que menos quiero. Igual, Ophelia es la culpable de éste placer culposo. Espero seguir leyendo comentarios tuyos y que el capítulo sea de tu agrado. Un saludo grande, al igual que un beso. (:
Ophelia Greengrass: ¿Qué decirte que ya no te haya dicho? Eres la culpable de que ame ésta pareja y por ello, te amo. Disculpa si últimamente no te he leído, o comentado. Pero, las vacaciones me han absorbido. Y de verdad espero mucho que sigas aquí y que el capítulo sea de tu agrado. Saludos, de verdad. Y fíjate que ironía, yo he terminado admirando tu forma de escribir. Un saludo y un beso. Nos andamos leyendo, linda. C:
Nos leemos.
Gabriela. (:
