4.

Aquellas últimas semanas.

"El murmullo del pasado me entumece. Esta no puede ser mi vida, aunque es mi voz la que habla de ella como si estos fueran mis recuerdos, mis días buenos, mis caídas, mis errores. Sean o no sean mías, las emociones son fuertes. La melancolía es confusa, porque sé que he estado huyendo del pasado como si ocultara horrores indescriptibles. No esperaba esto, añorar esos días simples y monótonos, atesorar los trozos de una vida inventada... No esperaba sentir pesar por haber perdido eso también. Así que me quedo muy quieto procurando no inquietar estas memorias mientras me diluyo en ellas en un intento por retener un poco de lo que fue."

Siempre había odiado aquella percepción del paso del tiempo. Cuando necesitaba alargar cada segundo, se le iban de las manos. Cuando quería que las horas pasaran volando, se detenían frente a él, negándose a irse. Por eso aquella tarde todo parecía ir en cámara lenta. La espera era eterna, cansina, ¡terrible! Y no podía hacer nada más que esperar a que su turno de guardia terminara. Tal vez lo peor de todo era la calma, el relativo silencio, aquella excesiva tranquilidad lo ponía tan tenso que sentía que pronto reventaría. Estaba desesperado porque todo concluyera, menos mal que sólo era cuestión de horas para que vinieran a recoger los paquetes. En un par de horas más sería hombre libre y tendría el dinero suficiente para largarse a donde quisiera.

Cuando los contrataron, les dijeron que debían tener cuidado, que sus presas eran escurridizas y un imán de problemas. La realidad era que todo había sido tan fácil que consideraba que había reclutado a un par de hombres de más. Aun así, las cosas fáciles no le gustaban. Por experiencia sabía que eran los trabajos más sencillos los que tendían a salir mal. Además, las recientes circunstancias no lo ayudaban a relajarse ni un poco. Después de que los miembros de su organización habían sido arrestados, no confiaba ni en su propia sombra y ahora no estaba muy cómodo rodeado de sus antiguos compañeros de tropelías.

"Sólo tendrás que soportarlo un poco más", se consoló pensando y, como ahí no pasaba nada de nada, se permitió dejar su arma un momento a su lado y tomar una botella en su lugar. El hombre dio un sorbo de cerveza y agradeció vivir en un país donde se pudiera beber una cerveza de verdad. Si había algo por lo que agradecía ser austriaco era por que el alcohol era un componente más de su sangre, su gente gustaba de la bebida y no como los americanos que parecían beber cualquier cosa, los austriacos sólo bebían cosas de calidad.

Sus ojos grises y cansados examinaron la callejuela nuevamente, estaba muerta, ni un sólo sonido provenía de sus estrechas dimensiones, otra cosa que lo ponía tenso. Normalmente al menos escuchaba el ladrido de los perros o un par de gatos peleando, pero ahora los únicos sonidos que le llegaban a los oídos eran los que él mismo hacía. Completamente hastiado de la tensión, sacó una cajetilla de cigarros de su desgastada chamarra y un encendedor, encendió uno de los cigarrillos e inhaló profundamente el tabaco alemán. Inmediatamente algo se calmó dentro del hombre.

Günther Schausberger miró su reloj y maldijo. Cinco míseros minutos habían transcurrido desde la última vez que había mirado aquella condenada cosa. ¡Aquello no era justo, Jörg en el bar y él ahí encerrado! Se retrepó en su asiento exhalando otra bocana de humo dejando la botella, acaba de escuchar un sonido de motor, una camioneta blanca se había estacionado en la callejuela. Se acercó el rifle y aguzó sus ojos. Pudo distinguir a una pareja platicando en el vehículo, probablemente sólo querían pasar el rato. Estaba pensando si debía ir a correrlos cuando escuchó el grito de un hombre. Inmediatamente corrió en dirección del sonido, bajo unas viejas escaleras de metal saltando los últimos escalones y corrió hacia la bodega donde estaban los paquetes. Abrió la oxidada puerta de un golpe. Lo primero que vio fue a la joven en el suelo, sus tobillos y muñecas todavía estaban amarrados, tenía sangre en la boca, un marcado golpe en la mejilla y en el brazo, expuesto por su chamarra caída, se podía apreciar la marca de una mano. A unos pasos de ella, estaba un hombre de unos treinta años, de cabellos oscuros y ojos agrestes. Se agarraba la entrepierna con ambas manos mientras se retorcía como gusano en el suelo. También tenía sangre en el labio como si lo hubieran mordido.

—¡Helmut! ¡Deja de estar de estúpido y levántate!

El hombre en el suelo lo miró lleno de odio sin poder moverse todavía. Günther soltó una carcajada y arrastró a la joven hacia la tubería, encadenándola nuevamente junto a los otros dos muchachos. Luego se le quedó mirando a la indómita joven de cabellos y ojos negros, pocas veces veía mujeres de su edad tan fieras. Sonrió y volcó su atención al hombre en el suelo.

—Tendrás que admitir que lo tienes merecido —comentó, tratando de contener la risa—. Incluso tienes suerte de que yo halla llegado antes que Maria. Si ella se entera de lo que pretendías seguro te mata aquí mismo. Sabes que los que nos contrataron nos especificaron no dañarlos o no nos pagarían lo acordado.

El hombre por fin pareció tratar de incorporarse, tras unos esfuerzos más estaba de pie pero aún le dolía el golpe y su propio orgullo. Se fue hecho una fiera hacia la joven que tenía una mueca socarrona en el rostro pero Günther lo detuvo.

—¡Voy a matarla! —gritaba, enloquecido, pero Günther era más alto, más robusto y más fuerte.

—¡Helmut! ¡Basta!

La voz de una mujer llamó la atención de las cinco personas en el lugar. Maria Prokop había entrado ya a la bodega y avanzaba furiosa hacia ellos.

—¿Pero qué demonios está sucediendo aquí!

Helmut Niess se soltó del agarre del hombre y se acomodó su ropa. Salió con aire desdeñoso del lugar, resoplando furiosamente. María, quien era de figura corpulenta y alta, le pidió una explicación a Günther de lo ocurrido con una implacable mirada. El hombre desvió sus ojos hacia el grupo de jóvenes amarrados y encadenados a los tubos del la caldera y María entendió.

—Animales —farfulló, exasperada, le quitó al hombre su arma de las manos, le ordenó que les echara un ojo y salió en busca de Helmut. Günther había estado a punto de protestar, su lado estaba sin vigilancia, pero la mujer alcanzó a gritarle—: Enviaré a Peer Beck para reemplazarte —y ella desapareció detrás de la puerta.

Así que Günther se limitó a sacudir la cabeza y volvió a lo suyo, fumar, mientras iba de un lado al otro por la bodega. Definitivamente no era el único que estaba cansado de estar cuidando a esos tres. Se suponía que los coreanos tenían que haber ido por ellos unos días atrás, pero sin explicación alguna atrasaron el intercambio hasta ese día.

El hombre inhaló una última vez, tiró el cigarrillo y lo aplastó con el zapato. Se estaba preguntando por enésima vez por qué estarían interesados en ese grupo de muchachos que no parecían tener nada de especial cuando una explosión retumbó la construcción entera. Oyó gritos, escuchó que Peer bramaba como loco pero sólo entendió «monstruos», lo vio pasar frente a la puerta de metal con metralleta en mano. Luego se oyeron disparos, otra explosión juntó con el rechinar del metal y más gritos pero él estaba desarmado, lo único que pudo hacer fue alistar su cuchillo y luego María entró corriendo como bólido a la bodega.

—¡Desencadénalos! —gritó—. ¡Hazlo! ¡El lugar está en llamas!

Günther iba a preguntar qué sucedía pero la mujer le exigió que obedeciera y el no tuvo más opción que ayudarla a liberar a los jóvenes de las cadenas mientras el lugar iba llenándose de humo. Otra fuerte explosión volvió a cimbrar el edificio y ambos escucharon el sonido de sirenas a la distancia. Había miedo en la mirada que intercambiaron Gûnther y María, sabían que no podían encontrarlos con esos chicos pero también estaban conscientes de que tenían que entregarlos, les habían adelantado un pago y ya no tenían el dinero.

El humo se hacía más denso y estaba tornándose difícil respirar. Günther se alzó el cuello de su camisa hasta la nariz y se apresuró a sacar a los dos chicos fuera de la bodega hasta el siguiente cuarto que eran donde tenían aparcados los vehículos. Maria tomó una bolsa de lona y siguió al hombre sacando a rastras también a la chica. Subieron a los chicos a una camioneta grande, negra, blindada. Mientras la mujer terminaba de asegurar los paquetes, Günther se apresuró a levantar la pesada cortina de metal.

María abrió la puerta de la camioneta dispuesta a subir pero se detuvo en seco al escuchar el sonido del corte de un cartucho justo a sus espaldas. La mujer dio la vuelta lentamente para encarar a un joven rubio de mirada de hielo completamente impasible con la mano sobre el gatillo. Era demasiado joven para poseer aquel control sobre su cuerpo, no había ni una sola pizca de temor ni de duda. Tragó saliva esperando que Günther se encargara de aquel fulano pero nada pasaba así que se atrevió a lanzar una mirada furtiva a la salida y lo vio, vio al joven moreno que había entrado por allí y que amenazaba a Günther, vio al hombre abalanzarse sobre el sujeto y, por el sonido del disparo y el alarido, concluyó que Günther había recibido una bala en la pierna como recompensa por su valor.

Volvió a poner toda su atención en el joven de los ojos de hielo.

—Tú no me importas, sólo quiero las llaves y que te largues.

La voz del joven era tan fría como su mirada lo cual la impresionó. Volvió a tragar saliva, abrió la palma de la mano dejando caer las llaves y comenzó a moverse muy despacio hacia la puerta. No le quitó la mirada de encima al joven y realizó cada movimiento con lentitud, temiendo que cambiara de opinión y le disparara. Cuando estuvo cerca de la puerta, se echó a correr lejos de aquella escena, perdiéndose entre el denso humo negro.

Takeru levantó las llaves y subió a la camioneta. Tras cerrar la puerta, pasó una rápida mirada a los asientos de atrás y le entregó una navaja a Henry quien, aún atado, comenzó a liberar a sus amigos. Ryo apenas había cerrado la puerta del acompañante cuando un hombre irrumpió en el lugar, rifle en mano. Les disparó varias veces, las balas sumieron la lámina y cuartearon los vidrios pero no penetraron dentro de la camioneta.

Takeru arrancó y salió a toda velocidad de la fábrica abandonada ahora en llamas, condujo lo más deprisa posible y mientras daba la vuelta esquivó a una patrulla gris con líneas azules y a un camión de bomberos. Sin embargo, el retrovisor le indicaba que los seguían, el hombre que les había disparado iba en la otra camioneta junto con la mujer y otro sujeto.

—¡Conduce más rápido! —le exigió Wendee desde el asiento trasero.

—¡No puedo! —contestó, esforzándose por no chocar contra la esquina de una casa mientras daba una vuelta demasiado cerrada—. ¡Las calles son muy estrechas!

Y lo eran, Takeru no podía subir la velocidad sin perder el control del vehículo ya que no había espacio suficiente para girar. Cuando ya no se veía nada de la fábrica salvo el humo, los hombres de la otra camioneta comenzaron a dispararles.

—¡Tratan de darles a las llantas!

—No creo que tengan tan buen tino —repuso Ryo.

—Podrían herir a alguien —observo Takeru, preocupado, pensando en la mujer que tuvo saltar y pegarse a una pared para evitar salir herida.

Derek inspeccionó el vehículo y detrás de los asientos de pasajeros encontró una surtida colección de armas.

—Wen, ayúdame.

La chica obedeció a su hermano. Encontraron una bazuca que pintó una sonrisa en la joven por primera vez en algunas semanas. Le dijo a su gemelo que le ayudara a sostenerla, se paró sobre le asiento sacando el resto del cuerpo por la ventana con semejante arma recargada al hombro y apuntó al maldito sujeto que había tratado de propasarse con ella momentos antes. Las personas del otro auto se dieron cuenta y frenaron de golpe pero ya era tarde, Wendee fue lanzada hacia atrás al disparar y se golpeó contra la puerta del auto, si Derek no la hubiera sujetado con fuerza habría caído, pero se incorporó para ver la camioneta siendo consumida por las llamas. Ella sonrió satisfecha, volvió a meterse al auto y se acomodó en el asiento.

—¿Por qué tardaron?

—Trafico —contestó Ryo, asombrado por el comportamiento de la joven británica.

—Tenemos que darnos prisa en abandonar esta camioneta —decía Takeru, más para sí mismo que para cualquiera en el auto.

—Es una suerte que los que los contrataron no hayan ido por ustedes antes. Ir a Corea a recatarlos sería una locura, suicidio prácticamente, después de lo que pasó la última vez.

—Chicos, no podemos dejar todas estas armas en el auto.

Henry buscó en la bolsa de lona que había subido la mujer y la revolvió buscando sus D-terminales, se las entregó a sus amigos y comenzaron a digitalizar las armas.

—¿Y dónde estamos? —preguntó Henry, al terminar su tarea sintiendo extraña su propia voz.

—En Styer, Alta Austria.

—¡Nos trajeron a Austria y lo único que he visto en semanas es un edificio destartalado! Pudieron retenernos un lugar más decente. Al menos en un lugar donde no hubiera hecho tanto frío.

—¡Claro! —soltó frustrada Wen—. ¡Tontos de nosotros! ¡Debimos ponernos exigentes! Así, después de los recorridos por la plaza, en lugar de comida rancia nos hubiéramos artado de asado de cerdo con cerveza —terminó cruzándose de brazos, todavía aturdida por la última semana.

Tras unos diez minutos llegaron un poco más al centro de la ciudad y abandonaron la camioneta en una calle con poca gente. Un minuto después llegaron dos camionetas (una blanca y una amarilla). Takeru les dijo que subieran y los chicos obedecieron. Wendee subió junto con Ryo a la que conducía Catherine mientras que Takeru, Derek y Henry abordaron la que conducía Wallace. En cuanto subieron el joven arrancó aunque se obligó a conducir respetando el límite de velocidad, no creían que hubiera razón para pensar que los seguían.

No hicieron parada alguna hasta llegar a Viena, se detuvieron en una posada y tomaron algunas habitaciones. Sin embargo, aunque estaban exhaustos, no fueron a dormir en seguida, tenían cosas que debían ser discutidas.

—Bueno…, no. No sucedió nada anormal aquel día, salvo el retraso de Catt —la aludida bajó la cabeza y Takeru le puso una manó en el hombro y le sonrió—. Nos sacaron ese mismo día del país y pasamos los últimos días en esa vieja fábrica.

—No creo que supieran por que nos querían, sólo querían el dinero que les iban a pagar por el trabajo.

—Ya vez, Tk, creo que estabas demasiado preocupado. —Wen alzó una ceja interrogante.

—El estaba convencido de que era una trampa —explicó Wallace—. Debo confesar que yo también pensaba lo mismo.

—La cuestión es, ¿cómo los encontraron? Habían pasado esos días en Georgia sin problemas, ¿no es así? Sólo esperaban a que Catt regresara de Rusia para saber a dónde ir, ¿verdad?

—Sí, sólo nosotros sabíamos dónde y cuándo nos encontraríamos con ella...

—Pues... —interrumpió Catt, dudando—, se suponía que no era la única que me reuniría con ustedes —se mordió un labio y miró fugazmente a Takeru quien asintió para que siguiera—. Mina sugirió que alguno de nosotros podría serle de utilidad y envió a Li Gun Mo para explicarnos el asunto. Él tenía que reunirse con nosotros ese día, pero nunca llego... —terminó calladamente, pero luego añadió enérgicamente—: Pero no pudo habernos traicionado.

—Nos debe una explicación de cualquier manera —apuntó Ryo mientras se levantaba del suelo en el que había escuchado toda la odisea de sus amigos.

—Tk ya sabe que he tratado de comunicarme con él pero simplemente no responde.

Tras unos minutos de silencio Wendee sentenció:

—Culpable hasta probar lo contrario.

Esto puso realmente tensó el ambiente en la habitación.

—Bueno, eso no es de ayuda, Wen.

—¿Qué haremos ahora? ¿Ir pon Li y hacerlo pagar? —Catt fulminó a Derek con la mirada y él británico aclaró—: Si es que él fue el culpable.

Takeru estaba cruzado de brazos recargado en la pared considerando sus opciones cuando se dio cuenta de que nadie decía nada y que todos lo miraban esperando a que dijera algo. Era cierto que era líder de sector pero Catt también y Ryo era mayor que ambos, también era un elegido y su hermano lo consideraba más que capaz para ponerse al frente en aquel momento. Pero no, todos esperaban que él decidiera. Se revolvió el cabello e inspiró hondamente antes de hablar.

—No creo que Li sea un traidor y si los hubieran seguido se habrían dado cuenta de que esperaban a alguien y hubieran esperado a que Catt llegara con ustedes antes de llevárselos —movió la cabeza hacia atrás para recargarla en la pared un momento, pensando—. La única manera de rastrearnos es por nuestros dispositivos, las terminales... ¿Crees qué se posible, Wallace?

—Pues, no han deshabilitado el programa de Iz. Tal vez podrían burlarlo pero tendrían que saber a quién están buscando y, sin ofender, si iban tras alguno de ustedes me parece que capturar al encargado de un sector tendría más sentido... Quizá podrían detectar si hay algún tamer en la zona pero no les darían la localización exacta... No lo sé Tk, supongo que es posible.

—Está bien, por ahora apagaremos las terminales, por sí acaso.

—¿Y si Li nos traicionó, Tk? ¿Y si no es sólo él, si hay más traidores en DATS y por eso todos los que estamos aquí tuvimos que huir? —preguntó Henry.

—Y si fuera así, ¿qué harías? —preguntó él, mirando al alemán.

—Cazarlo, supongo, porque por todo lo que ha pasado tiene que ser alguien en quien nadie sospeche, alguien de la total confianza de Taichi, quizás.

—Eso tiene sentido, pero ahora tenemos que ir por Yuri —comentó Catt.

—Sólo seis de nosotros —dijo un pensativo Takeru—. Los otros tres son libres de encargarse de otros asuntos en lo que rescatamos a Yuri.

—¿Qué significa? —preguntó Ryo con una sonrisa, como si lo que su hermano iba proponer se tratara de una aventura.

—Significa que nadie que no sea yo sabrá dónde están y qué están haciendo.

—¿Y si algo te pasa? —preguntó Henry, en un tono muy serio.

—Si yo no respondo es señal de que deben ir a Tokio.

El silencio que hubo después de las palabras de Takeru no se prolongo demasiado. Los nueve chicos aceptaron la idea, eran medias drásticas para tiempos difíciles, pero era mejor que esconderse en un rincón y no hacer nada. Además, querían demostrar que no habían huido por miedo, que estaban dispuestos a pelear.

Takeru salió del cuarto de las chicas con un severo dolor de cabeza, arrastrando los pies, deseando poder desconectarse por un par de horas. Pero todavía no podía hacerlo porque, claro, él estaba a cargo. Así que se quedó en el pasillo esperando a Derek, quien se había rezagado para hablar con su gemela.

—Dime —dijo Takeru antes de que el británico notara su presencia—, ¿hay algo que deba saber? —Takeru hablaba lentamente, cuidando de que su amigo comprendiera sus palabras, el porqué—. ¿Hay alguna razón por la que deba enviarlos con Steve? Sé que estuvieron sólo unos días retenidos, pero a veces eso basta... —comenzó a divagar, pero, de algún modo, Derek entendió.

—No, pero estuvimos a nada de una situación irreversible... —Y Derek tampoco usaba todas las palabras, no se explicaba con claridad porque aún no podía procesar la idea de lo que sucedió ante sus ojos y de lo que casi había pasado, la impotencia que sintió aún lo abrumaba y se preguntó: ¿cómo estaba de pie ella?—. Mi hermana es muy fuerte, Tk, pero es humana. Tal vez no sea buena idea ponerla en una misión como Rusia en este momento.

Takeru asintió con lentitud, mirándolo, tratando de comprender a su amigo.

—¿Y tú? ¿Cómo estás tú?

—Cansado.

—Claro que lo estás —comentó, con una triste sonrisa en su rostro. Sacudió la cabeza, le deseó buenas noches y se dirigió hacia su habitación.

—Tk —el susodicho se detuvo y volteó a verlo—. Quizá lo mejor es separarnos. No creo que ni Henry ni yo seamos buenas compañías para ella en este momento. Necesita distraerse, al igual que yo.

—¿Qué significa? —preguntó, sin ánimo para descubrirlo por sí mismo.

—Que yo quiero con ustedes —respondió Derek, decidido.

—Descansa —fue toda la respuesta que obtuvo de Takeru, pero Derek se dio por satisfecho y se fue a dormir.

Al entrar a su habitación encontró a Ryo parado frente a la ventana mirando a la distancia. No se inmutó al escucharlo o, quizás, ni siquiera lo había escuchado.

—¿Y tú qué tienes? —preguntó bruscamente. Ryo rió desperezándose—. ¿Por qué no estas roncando todavía?

—Ni idea —comentó, caminando hasta su mochila y comenzando a buscar algo para cambiarse—. Aunque... —pero dejó la idea en el aire. Esto captó su atención.

—Si no te conociera... —dijo, frunciendo el ceño y moviendo la cabeza para deshacerse de la idea—. Quería enviar contigo a Mimi, esa era el plan original, enviarla contigo.

—Pensé que habíamos acordado que Rusia era demasiado arriesgado para ella —protestó Ryo.

—No tengo opción, Derek me pidió que su hermana no fuera.

—¿Sucedió algo? —preguntó de inmediato, preocupado.

—Creo que es sólo es el susto que se llevaron los chicos. ¿Cómo la viste? ¿Sospechas que le pase algo serió?

Ryo lo pensó un momento, luego una sonrisa apareció en su rostro. Se rascó la cabeza sopesando si debía contarle a su hermano lo que traía en la mente desde hacia un rato.

—Pensaba que Mimi y Tatum eran bichos raros —contuvo su risa para poder seguir—, pero Wen tampoco es, que digamos, una chica promedio. ¿Viste con que calma se sentó después de hacer lo que hizo? Luego, en la camioneta, mientras se cambiaba... —Takeru lo miró interrogante, alzando ambas cejas por la sorpresa—. ¡Juro que no vi nada! ¡Enserio! —protestó de inmediato—. Sabes que si ella hubiera siquiera sospechado tal cosa me hubiera dejado inconsciente.

—Cierto.

—Como decía, en la camioneta —continuó con una gran y sospechosa sonrisa—, mientras las chicas le preguntaban cómo estaba, ella hablaba como si estuviera en una visita rutinaria al doctor y no hubiera sido secuestrada, golpeada y maltratada en ese tiempo. ¡Que chica! ¿Dónde rayos están las chicas normales?

—Como si a ti te interesara —remarcó Takeru, comenzando a plantearse si era buena idea enviar a Wendee con él—. Pensé que se odiaban.

—Yo también, pero no te preocupes, seguro que su buen humor es pasajero porque juro odiarme, ¿no recuerdas? Y, la verdad, no sé por qué nos llevamos tan mal. La primera vez que la conocí fue más que civil conmigo, fue amistosa, y de buenas a primeras...

—Sí, si, estaban tratando de matarse el uno al otro.

—Creo que nunca entenderé a las mujeres —comentó Ryo, sentándose en la cama—. En un momento les agradas y al otro no pueden ni verte.

—Sé a que te refieres... —Takeru suspiró y también se sentó—. ¿Crees que sea buena idea enviar a Wen contigo? No quería llevar a Mimi conmigo pero creo que no tengo opción.

—¿Wendee y yo, en una misión? Por favor dime que no iremos solos.

—Jamás, Tatum ira con ustedes. No domina el ruso.

—Siendo así... Tatum es capaz de evitar que esa chica me ponga las manos encima —comentó Ryo, tratando de poner cara de susto sin conseguirlo. Takeru sonrió y los dos se fueron a dormir.

Al día siguiente el grupo se dividió, los hermanos Takaishi se despidieron en el hotel. Ryo se fue con las chicas a la estación del tren y el grupo de su hermano se dirigió al aeropuerto para ir a Rusia, habían acordado regresar a Japón después de aquello o seguramente Taichi los mataría si tardaban más, los elegidos acordaron regresar el mismo día para enfrentarlo juntos, pero sabían que les tomaría tiempo cumplir sus respectivas tareas.

~ º ~

Takeru escuchó el ruido que hizo la puerta de la entrada al abrirse, fue un sonido bajo, como si se tratara de un gruñido de advertencia. Fingiendo seguir dormido, deslizó la mano bajo la almohada donde, sabía, había una navaja. Apretó el mango con fuerza y aguzó el oído para escuchar el sonido de pasos acercándose al sillón que era su cama. Sabía que alguien había entrado al apartamento, alguien que no era ni Mimi, ni Catt, ni Vasily. Era de madrugada y él se esforzó para descifrar si existía verdadero peligro y entonces recordó que habían estado en peligro desde el momento en el que llegaron.

Entrar en una de las cuarenta y cinco ciudades cerradas que quedaban en Rusia no había sido nada sencillo. De hecho, hubiera sido imposible sin la ayuda de Vasily Markov. Známensk era una pequeña ciudad en el corazón del cosmódromo ruso, Kapustin Yar. Ningún no ciudadano podía entrar a menos que tuviera un permiso especial. Takeru sólo podía conjeturar la importancia que tenía Vasily para los rusos, porque no sólo había conseguido el permiso sino que, además, era de un periodo inusualmente largo, tres semanas. Permisos así solían reservarse para personajes importantes que tuvieran que supervisar alguna prueba de un misil o cuando tenían tratos con empresas de armamento extranjeras. Pero nadie había escuchado de otorgar tal permiso para las sobrinas de un científico y su acompañante.

Se suponía que Catt y Mimi eran la familia perdida del científico. En realidad, Vasily sí tenía dos sobrinas viviendo en el extranjero, pero no las había visto en años. «Ya viene siendo hora de que me visiten», le había dicho a Catt cuando se reunió con él en Astracan justo después de que ella hubiera conseguido escapar de Gran Bretaña. Catherine LeBlanc era la única que quedaba en DATS que conocía al científico y él confiaba en ella, como había confiado en Lara y en Yuri. Vasily había dejado de filtrar información para DATS cuando escuchó sobre la misteriosa desaparición de los chicos, por ello fue toda una sorpresa para Catt recibir un mensaje de él pidiéndole reunirse con urgencia.

Vasily había tratando de dejar de preguntarse por sus jóvenes amigos hasta que, a principios de abril, mientras estaba en el edificio de comunicaciones, por un descuido de un soldado, escuchó sobre la confirmación del traspaso de varios prisioneros, mencionaron a todos sólo por apellidos, así que al escuchar Nóvikov no se sobresaltó demasiado pero luego la voz confirmó la muerte de cierta Ivannova y entendió todo. Aquellos prisioneros eran tamers, Yuri iba a ser trasladado a Kapustin Yar y Lara estaba muerta.

Confiar en aquel hombre fue difícil para Takeru. Seguir sus instrucciones significaba poner sus vidas en sus manos, por lo que Takeru sabía, podía entregarlos en cuanto pasaran el punto de chequeo. Vasily los esperaría en el mismo aeropuerto e irían directamente a Kapustin Yar, no tenían opción, por su "escala" en Austria ya no tenían tiempo para nada más.

Catt fue la primera en verlo y corrió hacia él como si realmente fuera un tío querido que no hubiera visto en años. Mimi y Takeru la siguieron procurando imitarla. El hombre estaba parado en la salida mirando distraídamente un cartel con las manos en los bolsillos, emanaba de él un aire de descuido, en la ropa desalineada y en los zapatos viejos y sin lustre; en su persona por el cabello sin peinar y la barba crecida. Mientras Catt lo abrazaba, Takeru notó el cansancio en su rostro y la tristeza en sus ojos que le añadían al hombre más años de los que ya hablaban el cabello canoso y las arrugas. Vasily Markov no era una persona en la que Takeru hubiera confiado sin reservas en tiempos normales, pero como aquellos no eran tiempos normales, cuando el hombre le extendió la mano en signo de confianza, Takeru aceptó el gesto.

Aunque las chicas conversaban animadamente con su tío perdido, Takeru podía sentir la tensión creciente en el pequeño espacio del automóvil. Afortunadamente, las intervenciones de Takeru en su conversación sobre su fingida vida podían reducirse a respuestas monosilábicas, lo cual le venía perfecto mientras hacía fuerza mental para no tener ningún tipo de problema ni él, ni los chicos en Moscú, ni su hermano que viajaba rumbo a Corea.

Al divisar el letrero en la carretera que señalaba la dirección de Známensk, se obligó a prestar mayor atención a la carretera y a lo que había a su alrededor.

—No si sepan que al ser fundada Známensk nadie sabía su ubicación, su existencia era un simple rumor. Se llamaba Kapustin Yar-1 por aquel tiempo, como las instalaciones de Kapustin Yar eran secretas se construyó el pueblo para que los científicos, trabajadores y sus familias vivieran allí. Supongo que fue para que no revelaran los secretos de lo que se hacía aquí. Hoy sigue siendo un lugar muy bueno para guardar secretos.

Takeru sintió su mirada a través del retrovisor y se dio cuenta de que le sonreía. Eso lo hizo reflexionar en sus comentarios. Había hablado de la cantidad de gente que vivía en la pequeña ciudad, del tiempo que le tomaba llegar hasta su laboratorio por la seguridad que tenía que pasar, de los pocos turistas que conseguían permiso para entrar. Los comentarios del científico parecían calculados, como si se esforzara en darles toda la información que pudiera y de tal forma que no parecieran otra cosa que comentarios casuales.

Cuando se detuvieron en el punto de chequeo, la conversación se detuvo también. Vasily forzó una sonrisa cuando uno de los soldados se acercó a pedir los papeles y luego les pidió salir del vehículo. Los soldados revisaron los documentos, el auto y también a las cuatro personas antes de dejarlas volver al automóvil. Al levantar la barrera para dejarlos pasar le dieron instrucciones estrictas al científico de conducir directamente hasta su apartamento sin hacer parada alguna o usar una ruta más larga. Allí los esperaría su escolta, ningún foráneo podía estar dentro de los limites de la ciudad sin una.

Superado este primer obstáculo, el ambiente se relajo un poco, pero la sensación de «todo va bien» sólo duró unos minutos antes de evaporarse. Estaban dentro y tenían acceso a la ciudad pero, al ver los monumentos en honor a la construcción de Známensk, al divisar las plataformas de lanzamiento como sombras a la distancia, al observar a los soldados por todo lados, al entender las enormes dimensiones, las construcciones esparcidas por ellas y el calibre de la vigilancia de cada área...; no podían dejar de pensar en qué se habían metido. ¿Realmente había forma alguna de salir de allí con Yuri?

Al día siguiente, Vasily regresó a su rutina en su laboratorio y ellos salieron a conocer el pueblo junto con su niñera, un joven soldado fornido de estatura media llamado Il'ya Gólubev. Vasily les había dicho que la vida en Známensk era buena, que el crimen era prácticamente nulo, las escuelas eran de primera calidad y el ambiente era pacifico. A los chicos les costó creer en las palabras del ruso al comenzar a recorrer las casi desérticas calles. Los edificios parecían tristes, muchos habían sido descuidados y pedían a gritos una buena capa de pintura. El lugar estaba saturado de vegetación de un verde oscuro vivo y a su lado, las construcciones humanas parecían un desafortunado desatino. Aunque la gente sí parecía vivir con calma, caminaba sin prisa yendo de compras, saliendo de clases, paseaba. Una anciana con un pañuelo sobre la cabeza vendía vegetales sobre la calle como en cualquier otra ciudad..., con el fondo del museo de armamento de Známensk, del perfil de los tanques y los misiles... Sí, como cualquier otro lugar. Los chicos no podían decir si la vida realmente era buena en Známensk, aunque si había cierta tranquilidad extraña de la que no disfrutaban estando tan cerca de un campo de pruebas de misiles.

Al caer la segunda noche los jóvenes se sentían perdidos. Habían ido allí para elaborar un plan, para conocer Kapustin Yar y planear cuáles serían sus movimientos el día del rescate. Pero Il'ya, aunque era callado y amable, los vigilaba como un halcón y cualquier movimiento en falso haría que les revocaran su permiso de estadía, así que incluso mirar a las otras construcciones desperdigas a su alrededor, al la distancia, parecía mala idea. Debían dominar su interés hasta que el soldado no los considerara una amenaza. También se frustraban buscando una forma de mezclarse con el resto de los ciudadanos, una rápida y efectiva, porque el tiempo no estaba a su favor.

Afortunadamente, al tercer día encontraron la respuesta a uno de sus problemas y vino de un comentario de su niñera. Mimi le había preguntado cómo pasaba su tiempo libre y la única respuesta que se le ocurrió a Il'ya, que podría interesarles a ellos, fue ir a un bar que él y varios de sus amigos frecuentaban, el 'Baikal'.

Entraron al lugar sin parecer muy convencidos de que aquella fuera una buena idea. El lugar era amplio, mal iluminado y casi estaba lleno. La mayoría de los clientes eran soldados que hacían mucho escándalo desde las mesas en las que bebían con sus compañeros. Desde que se acercaron notaron que llamaban la atención y con las pocas mujeres que había adentro no fue difícil adivinar el motivo.

Takeru sintió la mano de Catt buscar la suya y él la estrechó con gentileza. Su amiga aún se ponía muy nerviosa en lugares como aquel, llenos de hombres, aún no había superado cierto incidente del pasado y no la culpaba.

Se sentaron frente a la barra y pidieron tres cervezas. La mujer que los atendió los miró con curiosidad mientras llenaba los tarros. Honestamente, Takeru encontró más atemorizante a aquella mujer que a cualquiera de los hombres fornidos que había por allí. Ella era una castaña alta que ya pasaba los cuarenta, poseía un mirada difícil de sostener, muy calculadora, sus hombros era anchos y sobre sus brazos musculosos había tatuajes.

—No son de aquí —afirmó, poniendo un tarro lleno de espumosa cerveza de barril frente a Takeru. El chico entendió que era su manera de preguntar y, siendo sinceros, no parecía buena idea no hacerlo, aún más si querían mezclarse.

—Resaltamos, ¿no es verdad? —comentó Takeru tomando el tarro—. Su tío vive aquí. Años sin verlo —explicó. Era una explicación vaga pero fue suficiente para la mujer.

—Los jóvenes de su edad que veo por aquí suelen usar uniforme —les lanzó una mirada al grupo de soldados más próximo—. Nuestros jóvenes suelen buscar su futuro fuera. ¿De dónde son?

—De una comunidad rusa en México —comentó Catt, uniéndose a la plática—. Nacimos en este país pero nuestros padres...

—Comprendo —la interrumpió la mujer mientras se dirigía a atender a otro cliente—. Así que están de paso. Eso es raro —comentó cuando estuvo de vuelta.

—Por allá —dijo Mimi señalando una mesa del fondo donde ahora estaba Il'ya con sus amigos—, está nuestra niñera.

La mujer soltó una risilla ante el comentario mientras movía la cabeza. Ella mencionó algo sobre como el gobierno demostraba confianza en sus ciudadanos y ahora los tres jóvenes frente a ella rieron.

—¿Son parientes? —preguntó, señalando a las chicas y luego a Takeru.

—No —se apresuró a contestar Catt, soltando una risita y moviendo la cabeza. La mujer rusa pareció comprender porque asintió y soltó un acusador «Mhmm»—. Llevamos años juntos —siguió Catt. Luego se tapo la boca y se acercó a la mujer, como si fuera a contarle un secreto, pero no bajo ni un poco el volumen de su voz al decir—: Creo que le asusta el matrimonio.

—Cuídate de esos hombres —dijo, poniendo énfasis en cada palabra y lanzando una mirada analítica sobre Takeru.

—Es lo que le he dicho a mi hermana —comentó Mimi con aire de superioridad—. Pero parece tener debilidad por este —señaló a Takeru con dedo acusador— tipo de hombres.

—¡Oye! —protestó el aludido, pero terminó riendo junto con Catt.

—La verdad no la culpo —confesó la mujer con una enigmática sonrisa en el rostro—. Bueno, disfruten sus tragos, no saben lo refrescante que es ver un par de caras nuevas para variar.

Con eso los dejó un rato mientras ellos platicaban y bebían pero regresó a charlar con ellos nuevamente, confirmando lo que dijo acerca de su alegría por ver caras nuevas. Cuando Mimi logró vaciar su tarro (aunque en realidad fue Takeru quien terminó con la última mitad de la cerveza de la chica), Takeru sacó el dinero y lo colocó en la barra.

—¿Y se van mañana? —preguntó la mujer recogiendo el dinero.

—No, tenemos permiso para quedarnos un par de semanas, aunque en realidad no estamos seguros de cuánto tiempo nos quedaremos... —Luego la voz de Catt perdió confianza—. Es una ciudad pequeña, ya hemos ido a todos los lugares interesantes a los que podemos ir... Tal vez no duraremos muchos si no averiguamos cómo pasar el tiempo.

—Pues si les interesa —comentó también vacilante la mujer rusa—, estoy corta de personal porque un par de meseras renunciaron hace poco. Podrían ayudarme aquí y ganarse un dinero extra.

—Lo pensaremos, gracias por todo...

—Irina, pueden llamarme Irina.

—Un placer Irina. Liosha, ella es mi Olya y su hermana Lena.

—Espero verlos pronto por aquí.

Al salir del establecimiento, los tres sabían que regresarían al día siguiente y que aceptarían la oferta de Irina. Así que su cuarto día en Známensk ya tenían trabajo, a decir verdad era su primer trabajo. Takeru ya no solía pensar en el futuro (aunque hubo veces en las que se sorprendió a sí mismo soñando con ser un escritor famoso o jugar en la NBA, nada del otro mundo), pero trabajar en proveer de alcohol a las masas, nunca estuvo en su lista, eso era seguro.

Irina realmente estaba feliz de que hubieran aceptado su oferta, en verdad le hacía falta ayuda y, por alguna razón, le agradaban. Aunque a Takeru no le gustó nada cuando dijo muy sonriente que con meseras como Olya y Lena el bar estaría repleto todos los días. Irina les dio a las chicas un delantal y una bandeja y cuando Takeru la miró buscando la suya ella le dijo que estaría en la barra, entonces, suspiró aliviado.

Las palabras de Irina resultaron ser proféticas, un par de días después el bar estaba a reventar, las chicas iban de una lado al otro limpiando meses y atendiendo a los clientes sedientos de alcohol (entre ortas cosas) y Takeru hacía lo mejor que podía por no perderlas de vista y por refrenarse para no golpear a todos los hombres que las miraban de una forma inapropiada. Sabía que Cathy no estaba nada cómoda en aquel lugar, pero era inteligente y se mantenía cerca de Irina quien le había tomado cariño y se hacía cargo de los casos difíciles para que él no se metiera en problemas por protegerla.

Para variar, no tenían tiempo para dormir como debían. Cuando llegaban pasada la media noche, Takeru, simplemente, se dejaba caer sobre el sillón que era su cama en esos días. No era muy cómodo, pero les decía a sus amigas y a Vasily que era perfecto esperando que él también se creyera aquella mentira, por suerte nunca había tenido problemas para dormir. Normalmente, en el 'Baikal' tenían el turno de la tarde aunque había días en los que salían en la madrugada, pero valía la pena trabajar allí. Il'ya dejó la fría cortesía y parecía más su amigo que su escolta. Además, por primera vez, Takeru había encontrado el lado bueno de abusar del alcohol, los borrachos no conocían el significado de la palabra 'secreto', solían decir más de lo que deberían y Mimi, Catt, y él tomaban nota de su indiscreción alcohólica. Aunado a eso, Takeru hacía fácilmente amistad con distintos soldados, aunque no era sincera amistad de ningún lado, ellos querían acercarse a las chicas, Takeru quería información.

Por extraño que sonara, disfrutaron su tiempo en aquella ciudad cerrada. Parecían una pequeña familia que vivía una vida sencilla. Mimi, que había convencido a Irina de dejarla "animar" el ambiente del 'Baikal', solía pasar las mañanas practicando tristes canciones rusas. Catherine y Takeru eran los encargados de las comidas, ella había aprendido de Yuri varios platillos rusos y él ya estaba acostumbrado a ser ayudante. Mimi no parecía muy contenta con aquel arreglo, solía sentarse cerca y resoplar a cada tanto, esforzándose por causar todo el alboroto posible. Un día en el que Catt había pasado todo el día cocinando un estofado bastante complicado, Mimi se puso insoportable.

—¿Por qué tan animados? —pregunto Irina cuando llegaron al 'Baikal' aquella tarde. Mimi le lanzó una mirada de «no preguntes» y se dejó caer sobre una silla escondiendo su cabeza entre sus manos.

—Déjala —comentó Catt en un susurro cuando la mujer iba a ver qué le sucedía—. Hoy no esta en su mejor humor.

—Déjame adivinar —le dijo a Mimi en un tono animado—. Estas hastiada de ver a esos dos todo el día, todos los días —Mimi levantó la cabeza para mirarla e Irina añadió—: Convivir con esos tortolitos debe de ser cansado.

—No tienes idea —resopló la chica en un tono claro de frustración.

—Hoy rompió la cuerda de su guitarra —comentó Takeru y ella levantó la cabeza y trató de asesinarlo con su mirada como si lo culpara por tal cosa.

Takeru contuvo la risa mientras limpiaba la barra, Mimi había vuelto a pegar la cara contra la superficie de la mesa mientras le contaba a Irina lo horrible que era compartir el techo con Olya y con él. Eran celos, concluyó Takeru, celos de Catherine. La francesa había invadido un territorio que ella creía suyo: la cocina. Horas antes, cuando Catt se había acercado a él con una cuchara para que él probara el resultado de su esfuerzo, Mimi había explotado. Catt había corrido a esconderse tras él mientras su amiga gritaba que estaba cansada de que hiciera tanto barullo por un simple estofado. La verdad, era de esperarse que algo así sucediera entre ellas, sólo deseaba que las cosas no se agravaran.

Pero no fue así, de hecho sus siguientes peleas fueron casi cómicas y siempre terminaban igual: una escondida tras él y la otra tratando de pasarle encima para darle alcance, para él era divertido.

Los días pasaron rápidamente. Los chicos se levantaban temprano para organizar la información que iban reuniendo, teniendo ya la libertad de fotografiar lo que quisieran y de mirar a donde quisieran pudieron obtener la información por la que habían ido. En Austria, Takeru había dado instrucciones de que sólo prendieran sus terminales una vez al día a la hora acordada y este era el tiempo en el que ellos enviaban la información de inteligencia reunida a Wallace, también era cuando su hermano le daba el reporte de su avance (y solía quejarse de lo mal que lo trataba Wendee). Todo parecía ir de acuerdo al plan, las cosas estaban conspirando a su favor y agradecían eso, el que les fuera bien para variar.

Tal vez se confiaron demasiado.

Takeru contuvo el aliento mientras analizaba la situación. Se dio cuenta de que era sólo un hombre, no era suficiente para capturarlos a los tres. Entonces, ¿qué pretendía, matarlos mientras dormían? Los pasos del desconocido se dirigieron a la mesa, parecía haber dejado algo y luego volvieron en su dirección. Conocía el lugar, concluyó, y luego tensó su cuerpo en espera de que el intruso llegara hasta a su lado. Cuando el sonido de pisadas se detuvo, Takeru supo que era momento de actuar. De una patada hizo que el hombre perdiera el equilibrio y se incorporó a tiempo de atraparlo con una llave al cuello sosteniendo la navaja sobre la piel del sujeto.

—¿Quién eres? ¿Qué quieres? —preguntó con la voz ronca mientras oprimía más el cuchillo.

—¡Chico, suéltalo!

Takeru volteó en dirección al sonido mientras las luces de la sala se encendían. Ahí, en el umbral de la puerta de su cuarto estaba Vasily en pijama. No parecía ni asustado ni confundido, para el caso casi parecía divertirle la escena. ¿Qué estaba pasando? Las chicas ya habían salido de la habitación de huéspedes cuando Takeru disminuyó la fuerza con la que sostenía el hombre. Lo movió un poco para mirarlo. No tenía pinta de militar, con los cabellos blancos alborotados y un abundante bigote de morsa, nadie lo consideraría una amenaza.

—Es un amigo —explicó Vasily y Takeru lo soltó por completo.

El pobre se dejó caer al suelo apoyándose en cuatro puntos mientras tosía, permaneció así hasta que estuvo seguro de que podía respirar con normalidad. Se apoyó en el sillón para ponerse en pie y luego se dejo caer entre los cojines. Vasily rió un poco.

—Hombre, te dije que esto pasaría si los asustabas.

Las chicas irrumpieron de inmediato pidiendo explicaciones. Takeru permaneció en silencio mientras regresaba la navaja a su lugar y se sentaba lentamente en el sofá. ¡Vaya forma de despertar a alguien!

—El es Filipp Vorobiov, como dije, es un amigo.

Los tres intercambiaron miradas interrogantes sin comprender por qué un amigo de Vasily entraría así en su apartamento y a aquellas horas.

—¿Cómo burló al guardia?

—No me entrenaron como a ti niña, pero se encargarme de un soldado. He vivido toda mi vida entre ellos.

Ahora sí estaban confundidos. Cuando estaban en el apartamento cuidaban cada palabra que decían porque Vasily sospechaba que había micrófonos, estaba prohibido decir una sola palabra que los sacara de la pantalla de la familia del científico que pretendían ser. Hablar de la forma en la que Filipp lo hizo era peligroso.

—No se preocupen —Vasily señaló un aparato negro rectangular que recordaba a una antigua grabadora portátil—. Esto impide que cualquier micrófono transmita, creerán que seguimos dormidos. —Vasily tomó asiento al lado de su amigo, le preguntó si estaba bien y revisó si Takeru no le había causado ningún daño permanente (Takeru se encogió un poco de hombros algo avergonzado). Luego miro a los chicos—: Siento no haberles advertido, pero como están las cosas me costó contactarlo. Ayer me confirmó que vendría pero no especifico cuando así que..., aquí esta.

—¿Qué hace aquí? —preguntó Takeru intentando en suavizar el tono de su voz.

—Para resumir las cosas, me enteré de DATS y de que ustedes estaban aquí —dijo Filipp. A juzgar por la mirada en dirección a su amigo, el «me enteré» se podía traducir como «Vasily me dijo»—. Le insistí mucho para que me dejara hablar con ustedes.

—¿Por qué? —preguntó Mimi, llena de curiosidad.

—Porque quiero ayudar a que esto se termine.

Los jóvenes podían entender eso.

Filipp comenzó hablando sobre su trabajo. Les dijo que era considerado el mejor en el país en su especialidad y que por ello no le había sorprendido cuando el gobierno lo llamó para encargarse de los HO (objetos no identificados). Todo lo relacionado con lo que los entrenadores llamaban digimundo y digimon comenzó a clasificarse como D-Blue Files y eran cosas que el gobierno Ruso mantenía en secreto (como todos los gobiernos). Su trabajo era estudiar y entender a los digimon, criaturas a las que encontraba fascinantes y admitió que le encantó el trabajo hasta que empezó a descubrir la verdad.

—Sé que no son programas —dijo con los ojos brillantes como si el tema aún no dejara de sorprenderlo—. Su mundo, ellos, tienen reglas parecidas a las que rigen nuestra red de comunicaciones, pero su mundo no existe ahí. Hay mil teorías sobre ellos... Me inclino a pensar que su mundo fue influido por el nuestro cuando apenas se formaba, por ello la compatibilidad, y que aún es muy joven, por ello aún es maleable. Es intrigante, tan diferente a nuestro mundo y a nuestras leyes físicas pero con las similitudes suficientes para que los humanos también puedan sobrevivir en él.

Takeru sonrió, la forma en que hablaba y describía al mundo digital le recordaba a Jyou y Koushiro fusionados en un solo sujeto. Y la teoría sobre el origen del digimundo era muy parecida a la que tenían ellos y el señor Takenouchi.

—Sabía cómo el gobierno pedía la "colaboración" de aquellos chicos —confesó, agachando un poco la cabeza, con culpa—. Pero todo se volvió peor después del primer ataque.

Takeru asintió sabiendo a qué se refería. Cuando Hoi y los outsiders se adueñaron de los sistemas de defensa de China y Corea a principios del 2008 (aunque en realidad su primer golpe fue contra Corea del Norte en 2005, pero como fallaron, aquel país pudo mantenerlo en secreto). DATS los había detenido a tiempo de causar un daño mayor. Las acciones de los outsiders únicamente complicaban las cosas, pero eran tamers enojados que buscaban venganza, pensar en las repercusiones políticas de sus acciones no era lo suyo.

—Después de eso el gobierno dejo de pedir "pedir". Las cosas se complicaron, involucraban a la familia y a amigos. Ustedes deben de saber, Vasily me dijo que ayudaron a huir a quienes habían descubierto, sólo que no pudieron sacarlos a todos a tiempo. Ni lo que les hicieron a esos niños para que cooperaran ni lo que les hacen a su compañeros digimon..., nada de esto es correcto. Además, Yuri —y al decir aquel nombre Catt, Takeru y Mimi alzaron la cabeza y abrieron los ojos asombrados— me dijo que la única razón por la que los digimon no parezcan defenderse es porque ustedes han intervenido. Tamben me dijo que nuestro sistema colapsaría si aquellas criaturas se defienden. Enfrentarse a un grupo de seres que controlan la tecnología sobre la que hoy se sostiene nuestra sociedad es escalofriante.

Hubo una pausa muy larga en la que el hombre pareció tratar de volver a ordenar sus ideas y recordar cuál era el motivo de estar ahí.

—Sé que destruirlo tampoco es la solución. Así que quiero ayudar.

Y paso a darles información que no hubieran conseguido de ninguna otra manera. Se fue justo antes de que comenzara a clarear afuera. Pero ellos se quedaron sentados en la sala de estar sin moverse, procesando todo lo que Filipp había dicho. El que hubiera mencionado a Yuri los hizo sentir que estaban a nada de rescatarlo, que en unos días sería libre. Aquellos diecinueve días en Známensk les había parecido frustrante saber que su amigo estaba allí, tan cerca, y que no pudieran ir por él en ese instante, que tuviera que sufrir otros días de cautiverio. El problema ahora era que, no sólo tenían que rescatar de ahí a Yuri, también otros once tamer eran retenidos en Známensk.

—Bueno, será mejor que comamos algo —dijo Catt cuando se dio cuenta de que casi era hora para Vasily se marchara al trabajo.

El científico fue a ducharse, Takeru comenzó a trabajar en el reporte que le enviarían a Wallace y Mimi se recargó en sus brazos observando a los demás trabajar, demasiado cansada para hacer otra cosa.

—Hoy es nuestro último día en el bar —comentó con suspiro cuando Takeru dejó a un lado el ordenador.

—Es cierto —coincidió en el mismo tono.

—Es extraño, ¿no creen? —dijo Catt, sartén en mano—. No querer irnos.

Todos asintieron, incluso Vasily, que caminaba ya vestido para el trabajo secándose el pelo con una toalla, parecía triste. Pero realmente no era extraño resistirse a dejar esos tranquilos días atrás.

El día que llegaron se preguntaron cómo vivirían allí tres semanas. El apartamento era un desastre (aunque parecía que el hombre había tratado de arreglar y hacer espacio para ellos), había pilas de cosas por todos lados. Catt creía que Vasily llevaba viviendo solo la mayor parte de su vida. Los primeros días parecía que tener invitados lo sacaba de quicio y que lo volvió lo doble de loco el que la francesa hubiera organizado sus cosas y que se pudieran ver las superficies de los muebles, pero el hombre nunca protestó. Agradecía la compañía, el interés de los chicos, las pláticas y las risas, el no comer solo. Aquel apartamento se volvió más un hogar de lo que había sido desde que el hombre se mudó a Známensk.

El día antes de irse transcurrió muy lentamente, los tres se esforzaron por prolongarlo aunque no tenía caso porque nada cambiaria el hecho de que se irían al siguiente día (excepto que los atraparan y terminaron con Yuri, pero sólo eso).

Vasily los acompañó hasta el aeropuerto. Los abrazó a los tres mientras les decía que se cuidaran, que quería verlos de nuevo pronto y lo mucho que iba a echarlos de menos. Ellos no pudieron dejar de voltear atrás un par de veces concientes de que también lo extrañarían.

Takeru, Mimi y Catt sí entraron al aeropuerto pero salieron por el otro lado luciendo completamente diferentes, aunque, las sobrinas del científico y Liosha abandonaron el país aquel día. Los chicos se reunieron con Wallace, Derek y Henry en Moscú, tenían un día para repasar el plan, memorizar mapas y dirigirse nuevamente a Známensk.

—¡Vaya! —exclamaron los tres al entrar a un penthouse amueblado en el que Wallace, Derek y Henry, habían pasado sus semanas en Rusia.

—Bienvenidas, bellas señoritas y... Tk —saludó Wallace en tono juguetón mientras invitaba a las chicas a tomar asiento.

—¿Cómo es que tienen dinero para esto? —preguntó Catt, intrigada, la renta debía costar una fortuna.

—Es mejor para ti si no los sabes —le aseguró Takeru mirando acusadoramente a su amigo estadounidense.

—Honestamente Tk, tú no sabes disfrutar de las pequeñas cosas de la vida —declaró, fingiendo ofenderse. Luego señaló con un gesto hacia el comedor y preguntó con una amplia sonrisa—: ¿De casualidad no tendrán hambre?

Takeru suspiró mientras las chicas se dirigían animadas hacia el festín que esperaba por ellos en el comedor. Derek y Henry se unieron a ellos poco después para "ayudarlos" a terminar con la comida para que pudieran comenzar a hablar de cosas más importantes.

—Esto es lo que tenemos —dijo Wallace, extendiendo lo que parecía una pieza de plástico negro rectangular de poco más de un metro de largo. Estaba cubierta por pequeñas líneas negras de otra textura un poco abrillantada formando un patrón de cuadrícula. Wallace presionó uno de los bordes y una imagen tridimensional del cosmódromo de Kapustin Yar se proyectó sobre el rectángulo, casi parecía una maqueta sólo que se podía ver a través de ella y que tenía la opción de alejar o acercar a cierto edificio.

—Este es —Takeru señaló un edificio en la parte sur de Kapustin Yar junto a una pista de aterrizaje en desuso—. Este es EspecAct —Derek lo miró confundido y él explicó—: Así abrevian especial activities, actividades especiales.

—Buen nombre —comentó Henry con una mano sobre su barbilla—. Así nadie sospecharía nada.

—Se tiene que dar todo un rodeo desde Známensk —apuntó Derek, pensativo—. ¿Seguro que es buena idea ir a Známensk primero?

—Si, es la ruta que siguen los soldados cuando cambian turnos. Además, si ves esto —su dedo siguió la carretera desde Známensk, pasando por el Sitio de Lanzamiento V-2, hasta el sitio de entrenamiento de las tropas—. Aquí es donde lo retienen, y sólo hay que continuar por la misma carretera hasta al final para llegar a EspecAct. Ahora, lo que realmente me preocupan son las cámaras, si captan mi rostro seguro que no les costará nada reconocer a Liosha.

—Yo me encargo de eso y de tener a la mano una distracción por si las cosas se complican —aseguró Wallace.

—¿Estas seguro que podrán manejarlo únicamente Derek y tú? Estamos hablando de doce tamers.

—Estaremos bien, tal vez si alguno no puede moverse por si mismo nos veamos en aprietos... Mmm, Estaremos bien.

—Entonces —Wallace hizo algo para que el complejo de cárceles fuera el único edificio frente a ellos—. Será mejor que comiencen a memorizar el camino. Esto está algo enredoso y no tienen tiempo para perderse.

Wallace no los dejo dormir ese día hasta que pudieron describir su ruta sin un sólo error. «Más no podemos hacer», declaró cuando dio su aprobación y les permitió ir a descansar, el día siguiente era el gran día.

Známensk era una ciudad cerrada pero con el tiempo había desarrollado ciertos problemas de seguridad en el muro perimetral. Varias generaciones de jóvenes habían considerado demasiado restrictivos los muros y para escapar del encierro hicieron huecos por todos lados. Los más visibles habían sido reparados pero siempre había un hueco nuevo por el cual entrar y salir de Známensk. El sábado por la noche no era nada sospechosa una motocicleta conduciendo cerca de los muros de la ciudad cerrada, los adolescentes solían escaparse para pasar el fin de semana en Astracan.

La imagen satelital no muestra peligro —aseguró Wallace—. Pueden acercarse.

Aún así los chicos iban cuidando sus pasos, cerciorándose de que, en efecto, el perímetro estuviera libre. Una vez frente al muro Takeru y Derek terminaron de ponerse completo el uniforme militar y se deslizarse por un hueco.

Los jóvenes siguieron su camino al extremo este de la pequeña ciudad que era el que colindaba con los edificios principales del cosmódromo, hasta el bar 'Baikal'. Takeru confiaba en que disfrazado de soldado y con la oscuridad, ninguno de los clientes frecuentes lo reconocería. Esperaron en la esquina de la calle unos minutos fingiendo platicar hasta que un vehículo militar 4x4 se estacionó cerca de ellos justo a tiempo. Un soldado de la estatura y complexión de Takeru bajó de él, estaba distraído cerciorándose de traer suficiente dinero cuando los chicos se acercaron a él por detrás. Un pinchazo de un pequeño dardo fue suficiente para que el hombre perdiera el conocimiento en segundos. Los jóvenes lo sujetaron y lo metieron a su auto. Takeru buscó entre las cosas del hombre sus papeles y al encontrarlos cerraron la portezuela y el vehículo arrancó dirigiéndose fuera de Známensk hacia el primer reten. Su primera prueba, un soldado se acercó al vehículo. Takeru se tensó un poco pensando en Derek y en el soldado escondidos en la parte de atrás. El soldado tomó los papeles de Takeru, revisó una lista y le preguntó a dónde iba.

—Serguéi Bajválov me pidió recogerlo cuando su turno terminara —el hombre volvió a checar las lista y pareció haber encontrado el nombre que Takeru mencionó.

El soldado asintió y, sin decir palabra, lo dejó pasar. Takeru arrancó preocupado porque aquello hubiera sido demasiado sencillo.

La carretera permaneció vacía mientras conducía en la oscuridad, no se toparon con nada inusual en la media hora que les tomó llegar al final del camino hasta la última construcción en los límites sur del cosmódromo. Resaltaba de los demás porque parecía la construcción más reciente que había por allí. Takeru apagó el motor.

—Willis, estamos en posición —anunció Takeru por el micrófono de su transmisor.

Entendido... Listo, cámaras fuera, ahora serán invisibles.

—Tu turno —le dijo a Derek.

Derek hizo una mueca de victoria y bajó del vehículo rumbo a la construcción de cinco pisos. Takeru se cruzó de brazos, molestó de ser el que se quedaba en el auto. Habían decidido quién entraría en el edifico de EspecAct de la manera más estratégica posible, echaron suertes y como Takeru perdió se tenía que quedar atrás esperando cosa que comenzaba a aborrecer. Lo único bueno del asunto era que podía escuchar sus progresos por el transmisor así que su mente no podía engañarlo pintándole terribles escenarios.

El edificio de actividades especiales les interesaba por una sola razón, querían conseguir algo que les pertenecía a los temer secuestrados, sus digivice.

—Su contacto es un genio —dijo Derek al volver con el motín—. Describió cada parte tan bien que sentí un ligero deja vu mientras estuve ahí dentro.

—Me alegra que te hayas divertido —comentó sin animo Takeru.

El vehículo dio vuelta en U y recorrieron de nuevo mitad del camino hasta acercarse a los edificios de entrenamiento de los soldados. Aún lado de este, estaban el complejo de cárceles, tenía una altura de cuatro pisos, gris, rodeado por una cerca de alambre. Takeru apagó le motor del auto y respiró hondamente.

—Wallace...

Lo sé, lo sé, todo esta listo. No deberían tener problemas... Creo.

Takeru rodó los ojos intentado no encontrar aquello gracioso. Luego miró a su amigo quien simplemente asintió con la cabeza y ambos bajaron del vehículo. Caminaron a la pequeña cabina de vigilancia que estaba fuera. Los espejos oscuros no dejaban ver nada y la ventanilla estaba cerrada así que tocaron la puerta. Después de unos segundos escucharon que quitaban el cerrojo y, cuando la puerta se abrió, tenían a un hombre apuntándoles con un arma a la cara exigiendo explicaciones.

—¿Serguéi Bajválov? —preguntó Takeru mientras ojeaba unos papeles.

—Si —dijo el soldado, acercándose un poco y bajando el arma creyendo que tenían algo para él.

No les costó nada dejarlo inconsciente, Derek lo arrastró dentro de la cabina, le quitó las llaves y tecleó la clave de seguridad para abrir la primera puerta.

En cuanto la puerta de la cerca se abrió, Takeru se deslizó dentro hacia la entrada del complejo, entró decidido, como si tuviera derecho de estar ahí. Dentro todo era blanco, como un hospital. El joven se detuvo un momento para acostumbrarse a la brillante luz y luego continuó hacia la izquierda, lejos de las oficinas que era precisamente el lugar al que Derek se dirigía para acceder al cuarto de control para abrir las puertas que necesitaban.

En el pasillo que llevaba a las celdas había otro puesto de vigilancia al otro lado de las rejas, Takeru se deslizó por la pared y terminó el camino agachado para que el hombre dentro, entretenido en mirar la televisión, no lo viera. Transcurrieron unos cuantos segundos y escuchó el confundible zumbido que indicaba que la puerta había sido abierta. Takeru la empujó con suavidad, se detuvo frente a la puerta del cuarto de vigilancia, inspiró hondamente e irrumpió abruptamente en la habitación. El guardia, que hacia equilibrio en las patas traseras de la silla en la que estaba sentado, casi cae al suelo. Fue un blanco demasiado fácil, al cerrar la puerta el soldado estaba sentado en la silla con la cabeza caída oliendo a alcohol.

Takeru consultó su reloj para confirmar que tenía el camino libre, que no se cruzaría en la ruta de ningún guardia. Iba a tiempo, ladeó una sonrisa y se introdujo en el laberinto de pasillos, bajando a los niveles inferiores, a pasos rápidos, siguiendo el mapa que había memorizado hasta la celda de su objetivo principal: Yuri Nóvikov.

Takeru se detuvo frente a la celda, ansioso, y miró dentro. Al instante, se le heló la sangre. Aquel no podía ser su amigo. Recordaba a Yuri fornido y musculoso, el joven que tenía enfrente no era nada parecido. Estaba en los huesos, sus ojos estaban rodeados de un intenso morado, el color de sus labios era casi azul, su piel, normalmente con un tono rosa, era cetrina. ¿Qué le habían hecho?

Yuri alzó la mirada sin reconocer a Takeru, quien seguía paralizado por la conmoción, sus ojos se encontraron y la mente de Yuri comenzó a notar el parecido del soldado con uno de sus amigos, pero sus recuerdos gastados no eran ya una fuente de confianza para el ruso. Ya no tenía esperanza, la había perdido hacia mucho.

—Yuri, soy Takeru —dijo en un susurro al recuperar la voz.

El joven se puso de pie a duras penas y se acercó a los barrotes, algo parecido a una sonrisa se formó en los delgados labios del demacrado joven. Takeru se apresuró a forzar la cerradura para sacarlo.

—¿Estas loco? ¿Qué haces aquí? —su voz era débil y ronca, parecía costarle trabajo sacar sonidos de aquellos labios partidos. Takeru sonrió ayudándolo a salir.

—Sólo vine a saludar.

—Sí, estás loco —sentenció el joven tras dar unos pasos asistido por su amigo.

Habían caminado sólo un poco antes de escuchar el inconfundible eco de pasos en su dirección. El instinto de Takeru le decía que debía salir corriendo pero no podía, no con Yuri. Recargó al joven en una pared y sacó su arma, consciente de que no tenían salida. Cuando los pasos retumbaron más cerca quitó el seguro, si no disparaba primero podía considerarse hombre muerto.

Vio la sombra de un hombre corriendo hacia él, iba a jalar del gatillo y reconoció las facciones de su amigo británico. Sus manos temblaron mientras bajaba el arma sintiendo un agudo dolor en el pecho debido al temor, ¡había estado tan cerca de disparar!

—Gracias por perdonarme la vida —satirizó Derek, al entender la escena.

—¡Pues no me asustes! —protestó—. No me avisaste que venias —añadió, señalando el audífono.

—Cierto. Lo siento.

Takeru sonrió sardónicamente y se secó el sudor de la frente.

—Es que esto fue más fácil de lo que Will... —luego se fijó en Yuri y por un momento el joven británico palideció— ...is dijo.

Algo parecido a una sonrisa apareció nuevamente en el rostro del ruso, lo que seguramente logró hacer sentir lo doble de incómodo a Derek. El tamer luchaba por tratar de actuar normal con Yuri, con su amigo. Pero, al igual que le había sucedido a Takeru, Derek se encontró mudo unos precioso segundos. El japonés tuvo que darle un codazo en las costillas para ayudarlo a reaccionar, sacudió la cabeza, apresuró una cara expresión casual y dijo:

—Te ves bien.

Los chicos alcanzaron a ver una verdadera sonrisa en el rostro de Yuri antes de que se fuera la luz y quedaran a oscuras.

—¿Willis, qué pasó?

—Nada grave, sólo descubrieron al guardia de afuera inconsciente... Les quedan unos minutos.

Takeru gruñó y comenzó a buscar a tientas en sus mochilas un par de linternas, le pasó una a Derek y le encargó que lo ayudara y comenzó a correr para ir en busca de los otros tamers. Se detuvo frente a otra celda, rectificó el número e iluminó la cara de una jovencita. Los ojos cafés de la chica lo miraron desconcertados desde el camastro. Takeru sacó un digivice antiguo y la joven sonrió poniéndose en pie de un brinco, Takeru abrió la celda y le dijo que lo siguiera entregándole el aparato.

Continuaron de aquella manera, corriendo celda tras celda, hasta sacar a once de los doce prisioneros. Trataban de abrir la última cuando sonó una alarma en toda la base y las luces de emergencia se prendieron. Takeru hizo lo que pudo para abrir la última celda que luchaba por mantenerse cerrada. De pronto se escuchó un chirrido en uno de los pisos superiores y voces y gritos de confusión, segundos después se oían ya pasos en los pasillos de arriba. Al parecer ya sabían que estaban dentro. Desistió en su intento por abrir la última celda, para terror del adolescente atrapado dentro. En lugar de eso, sacó de la mochila una laptop y tecleó como loco unas claves. La pantalla mostró la conocida puerta del mundo digital abierta.

—Entren —ordenó el chico, entregándole al adolescente atrapado su propio digivice. Los jóvenes lo obedecieron y en unos segundos Takeru se encontraba solo en el pasillo.

Sacó su D-terminal para tenerla a la mano y alzó la laptop. Derek y Yuri se habían retrasado y ahora tenía que ir a buscarlos, los vio al dar la vuelta por el largo corredor. Puso el aparato nuevamente en el suelo y le colocó un dispositivo que al encenderlo comenzó a contar en reversa a partir de treinta segundos.

—¡Apresúrate, Derek!

Los pasos cada vez se escuchaban más cerca, los soldados casi estaban sobre ellos. Los jóvenes alzaron sus terminales en el mismo instante que una lluvia de balas caía sobre ellos.

Takeru vio como los soldados que les apuntaban desaparecían al tiempo que escuchaba el fragor de los disparos. Cuando se vio en el mundo digital no pudo evitar revisarse a si mismo para averiguar si estaba completo. Sonrió al comprobar que estaba ileso.

—¡Tk! —le gritó Yuri y el joven se dio cuenta de que Derek estaba sangrando.

Takeru se acercó a su amigo para revisar la herida, la bala había atravesado la pierna derecha pero, al parecer, no había dañado nada importante.

—¿Cómo te sientes?

—No es grave, pero sabes por experiencia propia que duele.

—Niñita —se burló Takeru, sabiendo que su amigo iba a vivir.

—¡Tk!

El joven se dio vuelta y descubrió a Mimi y Catherine acercándose al grupo de jóvenes junto con sus digimon, Patamon voló a su lado saludando efusivamente al chico. Las habían enviado primero para revisar el área y despejarla en caso necesario, lo último que necesitaban era entrar en un terreno custodiado por algún grupo enemigo.

—Hay que movernos de aquí, esta zona no es segura —ordenó notando que las chicas se habían quedado repentinamente mudas al contemplar a uno de sus amigos herido y al otro tan pálido que apenas y parecía vivo.

Takeru ayudó a incorporarse a Derek sirviéndole de apoyo y le hizo un gesto con la cabeza para que Catt hiciera lo mismo con Yuri, pero la chica dio un paso atrás en lugar de al enfrente y Mimi, al darse cuenta, se acercó al ruso para ayudarlo a caminar.

El grupo comenzó a avanzar con lentitud, Takeru, con todo y Derek, iba al frente y a su lado Catherine caminaba con evidente nerviosismo y culpa. De vez en cuando lo miraba y él podía ver su desconcierto y su enfado por el estado su amigo.

—Estará bien —le susurró en una de esas veces en la que sus miradas coincidieron y ella asintió y se rezagó un poco, tal vez para hablar con él.

Takeru se detuvo un momento para revisar al grupo, pasó sus ojos azules por las caras de los jóvenes mientras respiraba aliviado. Había olvidado cuándo había sido la ultima vez que las cosas habían salido de acuerdo al plan, se sentía tan bien... Y los recién rescatados sonreían, estaban cansados, heridos y mal nutridos, pero sonreían. Y Takeru también sonrió. La fija mirada de Mimi llamó su atención, estaba calmada mientras le decía algo que no alcanzó a oír a Yuri. Sus ojos avellana lo miraban radiantes, llenos de alegría y alivió. Un alivió que duro muy poco.


N. A.:

Espero que no haya sido demasiado, no supe que quitar... Y gracias por sus comentarios, me hicieron sonreír. (^o^)/

Revisado, corregido y aumentado: 1/06/12. Este capítulo era originalmente el tres.

El próximo capítulo esta un poco (demasiado) modificado... Necesito revisarlo para asegurarme de que quienes ya hubieran leído "El sabor del pasado" no extrañen su antigua versión.

¡Gracias por leer!


Notita: HO son las siglas rusas para objeto no identificado (hasta donde yo sé). Este fue el nombre con el que denominaron a los digimon los gobiernos el capítulo 47 de digimon 02 (si memoria no me falla).