Disclaimer: Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling, Bloomsbury Publishing, Scholastic Inc. y AOL/Time Warner Inc. Nadie gana ningún beneficio económico con esta historia.
Capítulo 4
El profesor Ivanov les había hecho sentarse de nuevo después de la práctica para comentar algunos detalles sobre los ejercicios y errores de los compañeros para aprender de ellos, Altais se sentía mortalmente aburrido y no venía el momento de coger su cartera y escapar antes de que lo interceptara de nuevo. En los dos meses que llevaban de curso ya había hablado con el hombre tres veces y estaba harto de perder su tiempo, de bailar con el hombre en las conversaciones que él consideraba pertinentes y en las que no tenía interés porque el profesor le escondía algo y no había manera de conseguir averiguar nada, y desde esa vez que se había quedado observándole impasible en las escaleras mientras luchaba por su vida soportaba aquella situación aún menos porque sabía que estaba evaluándolo o incluso podía querer perjudicarlo de algún modo. Ante esto último él tenía todos los permisos de la biblioteca guardados por si acaso ese era el objetivo de esos libros de moral cuestionable.
Miró a su alrededor, para ese punto escuchando a Ivanov sólo a medias, en cambio sus compañeros prestaban más interés que tres semanas atrás, antes del atentado en Hogsmeade esa asignatura no parecía tan importante, ahora la gente tenía miedo de una nueva guerra, de vivir el infierno que vivieron sus progenitores por mucho que el Ministerio hubiera asegurado que no había ningún Señor Oscuro alzándose y que esos mortífagos estaban siendo atrapados.
Al fin escuchó las palabras con las que el profesor puso fin a la clase, él hizo un movimiento de varita para que los utensilios que había dejado sobre la mesa por cortesía se guardaban y cogió su cartera dirigiéndose hacia la puerta como alma que lleva el diablo, sin embargo, el diablo no fue lo suficientemente rápido, casi había cruzado el umbral, pero las temidas palabras de Ivanov lo detuvieron.
—Señor Black, ¿puede quedarse un momento? Tengo algo importante que contarle —dijo Dimitri desde su escritorio.
El chico habría dejado caer la cabeza y lloriqueado de no ser una reacción tan poco correcta e infantil. Se giró con el rostro imperturbable.
—Sí, profesor Ivanov —respondió viendo a sus amigos pasar por su lado en dirección a la libertad, intuía que ahí se iba a ir su hora libre antes de la práctica de quidditch.
—No hemos podido hablar del incidente en Hogsmeade —dijo el hombre cuando el último alumno salió—. ¿Se encuentra bien?
La mirada de Altais se enfrió un ápice más, ¿ahora se preocupaba por si bienestar? La hipocresía tenía un límite o se creía que no lo había visto esa vez en las escaleras.
—De no ser así no estaría en su clase, ¿no cree, profesor? —replicó con palabras carentes de toda emoción, no había ni la cordialidad usual para esas cosas, nada.
—Supongo que no, señor Black —contestó el hombre sonriendo ampliamente, nunca lo había visto sonreír así—. Sinceramente, ¿qué opina del poder?
El chico decidió apoyarse en el pupitre de la primera fila que tenía detrás, tratando de que una posición más relajada lo ayudara con la paciencia.
—El poder es lo que mueve el mundo en cada una de sus formas, puede ser político, mágico, el conocimiento o incluso unos valores férreos puede representar un poder importante —respondió desapasionadamente.
—Esa es una buena respuesta —concedió—. El poder es una de las cosas más importantes de este mundo, señor Black, todo el mundo lo sabe, algunos lo intentan esconder, pero es tan cierto como que el Sol sale todos los días —comentó recostándose en su silla—. ¿Qué haría por conseguir el poder? ¿Qué estaría dispuesto a dar?
—¿A dar? Nada más que tiempo. ¿Por qué iba a sacrificar nada más? —contestó Altais y decidió ir acabando con aquel interrogatorio unidireccional—. ¿Y usted, qué daría, profesor Ivanov?
—Nada más que lo que de algún modo se interponga en mi camino —respondió con sinceridad el hombre—. El ministerio no sabe utilizar su poder, nunca lo ha sabido usar, ¿no cree?
—No creo que las políticas del ministerio tengan relación con mi mejora en la materia que imparte, profesor —objetó Altais.
—No estamos hablando de política exactamente, señor Black, sino del poder que está dispuesto a conseguir y que yo puedo ayudarle a alcanzar —contestó Ivanov, más concreto y transparente que en el resto de las ocasiones que habían hablado.
El nundu dentro de él se desperezó del lugar en que había permanecido agazapado en todas esas conversaciones, viendo la oportunidad y también furioso por sus sospechas. Para Altais esas palabras no eran más que falacias como todo lo demás, tretas para que Ivanov alcanzara sus propias metas usándole de algún modo. No soportaba que nadie tratara de utilizarlo, él sabía que estaba por encima de eso, cada vez superaba más a sus congéneres y no iba a permitir que lo mangonearan. Su magia pulsó en su piel con tintes de oscuridad sólo por la práctica o tal vez por su sangre afín a esa oscuridad, esa misma piel que arañaba la bestia en su interior mientras acortaba la distancia y subía a la tarima deshaciéndose de la altura privilegia del profesor, se había acabado el trato de favor.
—¿Qué poder pretende alcanzar a través de mí? Me he cansado de jugar al ratón y el gato —exigió saber—. ¿Cuál es su verdadero interés?
Dimitri no se amedrentó con la cercanía del chico, se inclinó un poco hacia él y mantuvo la mirada fija a sus ojos.
—Señor Black, cualquiera que supiera lo que es usted tendría interés en su persona. Yo lo tengo, desde antes de conocerlo siguiera, y siempre he sido consciente de que en el momento en que lo encontrara podría llevarnos al triunfo que esperamos desde hace tiempo, a un nuevo gobierno.
Altais se retrajo un segundo por la primera frase, como un gato al que le pisan la cola lo primero es tratar de liberar esa parte y si se sigue atrapado atacar. Él hizo justo eso inmediatamente después cogiendo el cuello de la gabardina del profesor con una mano y apuntándolo con la varita con la otra.
—¿Qué sabes?
—Estoy absolutamente seguro de que sé más que usted —contestó el hombre sin asustarse por la clara amenaza—. Nadie va a delatarlo, señor Black, soy el único que conoce su naturaleza y así seguirá siendo pase lo que pase.
—Eso no es una respuesta y nunca ha tenido ninguna credibilidad para mí —repuso Altais.
—El Señor Oscuro eligió muy bien al hechizar a tu madre, a su vástago, sin duda no podría haberlo hecho mejor —comentó, mostrando que sí sabía más que él sobre su maldición.
—Voldemort, soy el producto de otro de sus planes dementes —dedujo el chico con desprecio, soltó la gabardina, pero siguió apuntándolo, atento—. Y tú eres uno de esos secuaces que sigue por ahí y… que ni muerto y enterrado se atreve a decir el nombre.
—No, señor Black, yo soy más listo que todos ellos, más que el mismísimo Voldemort, yo sigo aquí —respondió Dimitri como si fuera obvio y sonriendo de lado—. Yo no tengo ideas genocidas, de eso nada, yo busco poder, el mismo poder que sé que usted desea también. ¿Por qué no aprovechar lo que sé del pasado?
—Así que además de saber que podría darle una muerte segura antes de que lograra llegar a la puerta, cree saber mis aspiraciones. ¿Y cuáles son esas según usted?
—Sé que quiere llegar a ser alguien importante, señor Black, con poder —contestó el hombre—. ¿O me equivoco?
—No, no lo hace. Pero no lo necesito a usted para lograr mis propósitos —objetó Altais.
—¿Y qué me diría si yo le ofreciera mucho más que esos propósitos? ¿Si pudiera alcanzar un poder mayor que al que aspira en estos momentos? Puedo lograrlo, señor Black —aseguró Ivanov.
—¿Más arriba que el Consejo de la Confederación Internacional? No lo creo, usted es sólo un maestro, ni siquiera procede de una familia importante. Usted, profesor Ivanov, no es nada —replicó el chico.
El profesor, para sorpresa de él, empezó a reír. —¿De verdad piensa que le estoy ofreciendo algo por simples contactos? Nada de eso, señor Black, para lo que le estoy ofreciendo hay que luchar, trabajar, pero no creo que usted tenga ningún problema con eso —aseguró el hombre cuando dejó de reír—. Le estoy ofreciendo controlar todo el mundo mágico, señor Black.
Altais elevó una ceja, incrédulo. —Me temo que no es usted tan inteligente, pretende, pero sólo quiere otro demente tratando de hacerse con poder a punta de varita. No son mis planes, ya se los he dicho —contestó y bajó la varita—. Ya he perdido bastante de mi tiempo y tengo práctica de quidditch. Buenas tardes, profesor —se despidió dando los primeros pasos para marcharse.
—Yo no envío a esos dementes, como usted los llama. Cualquier persona inteligente habría aprendido de lo que pasó con Voldemort por sus estúpidos planes de dominación y limpieza. Pero en algo tenía razón, la magia es mucho más poderosa de lo que nos hace ver el ministerio, nos controla, nos limita, yo no quiero límites, señor Black, ¿y usted? ¿No disfruta practicando esos hechizos que le di?
—Sólo tres de los libros que me ha dado no habían pasado antes por mis manos, profesor —confesó Altais, volviendo a girarse para mirarle, pero sin desandar lo que se había alejado—. Cada forma de la magia tiene su poder y es importante, para mí la magia no está corrompida, no es buena ni mala, es el mago y los propósitos con los que hace uso de ella lo que la hace de un modo u otro. La desgracia de la magia negra es que son muchos los magos débiles que se consagran a ella y son consumidos —explicó más sincero y directo que en todas las conversaciones anteriores.
—Entonces está de acuerdo en que el ministerio nos limita —contestó el hombre—. Llegando a la Confederación Internacional no logrará liberar su poder, señor Black, hay que cambiar el mundo mágico para lograrlo.
—¿Y qué propone, profesor Ivanov?
—Únase a nosotros, señor Black, o mejor, únase a mí. Le aseguro que podremos alcanzar esas metas —ofreció Dimitri mirándolo fijamente.
—Qué… apasionada afirmación, pero no tengo ninguna intención en ser el siervo de nadie —denegó la oferta.
—Piénselo, señor Black, no es servidumbre lo que le estoy ofreciendo, usted y yo seremos socios —aseguró centrando su vista en unos pergaminos sobre su mesa, dando por terminada la conversación.
Altais frunció el ceño ante esas palabras, pero no dijo nada más y siguió su camino. En ese momento no quería saber nada más y tenía que analizar todo lo que habían hablado. Al salir de la clase comprobó la hora y maldijo por no tener la estúpida práctica de quidditch, en ese momento era lo que menos le apetecía, no estaba de humor, pero se había comprometido a ir y no le quedaba otra. Tendría que relegar ese análisis para otro momento.
-o-o-o-
Ella no quería, de verdad que no quería, pero su mente estaba haciendo una fuerza sobrehumana para salir de ese plácido sueño en el que se encontraba. Estaba cansada, y algo dolorida, por eso quería seguir durmiendo plácidamente, pero su cabeza parecía tener otros planes para ella. Hizo un suave sonido de protesta y se acurrucó más bajo las mantas, pegándose a esa calidez que sentía frente a ella. Inspiró y el característico olor de Altais llegó a sus fosas nasales haciéndola sonreír incluso en esa duermevela, siempre se sentía bien saber que estaba con ella cuando despertaba, aunque si lo pensaba no recordaba haberse ido a dormir con él la noche anterior.
Pensando en eso recordó el día que era, el día de su cumpleaños, eso sin duda explicaba el cansancio de su cuerpo y ese pequeño embotellamiento de su cabeza. La noche anterior había estado en su fiesta, la que Zaniah le había organizado en la sala común, había sido una gran fiesta, mucha gente había ido y Altais había estado con ella en casi todo momento, algo extraño en él cuando se trataba de esa clase de eventos. Recordaba haber estado bebiendo, bailando y riendo con sus amigos largo rato, pero de repente una gran laguna se formaba en su cabeza y no podía recordar nada.
Frunció el ceño un poco molesta por esa sensación y se removió incómoda. No le gustaba, no, nada de nada, así que forzó a su mente a recordar. Pudo verse a sí misma, bailando con Altais, juntos, muy juntos, hablándose al oído y ella riendo ante lo que le estaba diciendo, pero no recordaba el qué había sido. En la siguiente escena no estaban solos, Zaniah, Emery, Chealse y Teddy estaban con ellos brindando a gritos por la cumpleañera, se vio a sí misma siendo alzada por Emery, a los demás riendo, incluso Altais tenía una sonrisa ladeada en el rostro ante la escena de ella exigiendo ser bajada y su amigo riendo.
También recordó haber ido a por una nueva bebida y haber ignorado completamente a Higgs que le estaba diciendo algo. El último retazo que recordó parecía ser cerca del final de la fiesta, ella y Altais sentados en un sillón apartado, ella sentada en su regazo y él rodeándola con un brazo por la cintura. Estaban hablando de algo, por la expresión de él parecía estar reprochándole que hubiera bebido de más, pero Leyna le restó importancia dándole un dulce beso.
Después de eso no sabía qué había pasado, al parecer su novio se había asegurado de que se fueran a dormir a un lugar cómodo. Ese pensamiento la hizo sonreír más y dejó un beso en el pecho del chico sin abrir aún los ojos.
—Buenos días —saludó Altais, llevaba tiempo despierto, pero no había hecho nada por liberarse del abrazo de su novia, más siendo ese día, estaba haciendo muchas concesiones por ser su cumpleaños—. ¿Cómo va la cabeza? —preguntó moviendo el brazo con el que la había estado rodeando por la cintura para acariciar con los dedos su cabello.
—Un poco embotada —contestó ella sintiendo la boca un poco pastosa—. ¿Me porté bien?
—¿Tú qué crees? —replicó alzando una ceja antes de incorporarse un poco para coger una poción y un cáliz de la mesilla—. Bébete esto, intenté que te lo tomaras ayer, pero lo escupías.
—Es que sabe horrible —se defendió ella incorporándose y miró el cáliz con la nariz arrugada antes de beberlo de un trago—. Lo último que recuerdo es acurrucarme contigo y darte un beso, eso no es portarse mal —respondió poniendo una sonrisa inocente.
—Si te hubieras comportado no estarías tragando eso ahora —replicó Altais, cogiendo el cáliz, dejándolo en la mesilla y girándose por completo inclinándose por el borde de la cama para coger una bandeja con patas que puso sobre las piernas de Leyna.
La chica sonrió ampliamente ante el completo desayuno, aplaudiendo emocionada al ver galletas de chocolate y menta en él. Llevó una mano a la mejilla de Altais y lo besó castamente en los labios para no dejarle el sabor de la poción.
—Te quiero mucho mucho en estos momentos —le dijo cogiendo una galleta.
—Cuánto interés —la molestó un poco mientras cogía de la bandeja una taza de té Earl Grey para desayunar también.
Ella negó con la cabeza. —Te quiero mucho siempre, pero cuando me traes galletas te quiero mucho más —aseguró sonriéndole—. ¿Cuándo me trajiste aquí? —preguntó observando la sala de los menesteres.
—Cuando decidiste que la sala común era un buen lugar para intimidades, esa fue la señal de que ya habías tenido suficiente fiesta y bebida —respondió Altais.
Leyna se sonrojó ante la respuesta. —Lo siento —se disculpó por ese comportamiento que en realidad a ninguno de los dos le gustaba.
—¿Al menos recuerdas algo de tu fiesta de cumpleaños?
—Sí… recuerdo que estuviste conmigo, bailando y todo el tiempo, y que también estuvimos con los demás… recuerdo todo hasta que empezamos a beber con todos esos chupitos de whisky de fuego —contestó.
—Algo es algo. Habría sido desafortunado que después de permanecer horas allí no lo recordaras —explicó su punto de preguntarle.
La chica asintió comprendiéndolo. —También sé que Emery me alzó por los aires y nadie hizo nada por salvarme —agregó mirándolo mal.
—Te reías, parecías estar pasándolo bien, ¿quién soy yo para impedírtelo? —objetó con una sonrisa burlona.
Ella bufó y bebió lo que le quedaba de zumo de naranja para después acabar con su última galleta. Habiendo subsanado el mal sabor de boca llevó una mano a la mejilla de Altais de nuevo y lo volvió a besar, esa vez más largamente.
—Te perdonaré por el desayuno y por haberme traído.
—¿Sólo por eso? —preguntó sobre sus labios antes de unirlos de nuevo.
Ella rio en el beso. —Bueno, también por ser tú.
—Termina de desayunar, aún no te he dado mi regalo —la instó, siguiendo sus propias palabras.
—¡Regalo! Vale —aceptó dando cuenta de su té, apartó la bandeja dando por terminado el desayuno y lo miró con emoción.
Altais sonrió con cierta diversión y se levantó, podría haber convocado el regalo como había hecho con el desayuno cuando se despertó, pero disfrutaba de hacerla impacientar. Dirigió su cuerpo sólo cubierto por los calzoncillos hasta la mesita baja frente a la chimenea, cogió un paquete envuelto en plata y una cinta verde con un sobre encima y regresó con pasos deliberadamente lentos.
—Ábrelos —la instó sentándose a su lado.
Leyna los cogió y meditó cual abrir primero, decantándose por el paquete plateado. Deshizo el lazo con cuidado y lo abrió sin romper el papel. Sonrió ampliamente cuando leyó el título del libro: Rasgos de los animales del mundo y las tranformaciones de los animagos.
—Gracias, es genial, así podré saber más cosas para cuando lo consiga —dijo empezando a hojearlo y viendo que las páginas no parecían terminar nunca aunque el libro era fino—. Tiene un hechizo, para que no abulte —dijo con emoción y dejó un beso en la mejilla de Altais—. Ahora el sobre —anunció abriéndolo también con cuidado.
Miró con absoluta sorpresa a su novio cuando sacó las dos entradas para ver a Dust Wizards en concierto esas Navidades. El grupo era uno de sus favoritos, por no decir su preferido, tocaban música Rock y su madre los aborrecía. Además eso significaba que podría ver a Altais en las fiestas, ya que no iban a quedarse en el colegio como el año anterior. Se lanzó a abrazarlo, haciéndolo caer de espaldas a la cama y le dio un largo e intenso beso.
—Eres el mejor del mundo.
—Lo sé —dijo como usualmente hacía—. Me alegro de haber acertado con el regalo —agregó metiendo una mano en el pelo rubio de su nuca y acariciando instándola a besarlo de nuevo.
—Lo hiciste, el libro es genial y el concierto… adoro el grupo y me encanta poder verte en Navidad —contestó volviendo a unir sus labios como él quería.
—Hoy no voy a mandarte, además Looper ya está casi recuperado —informó en referencia a su acuerdo.
—Lo sé… me enteré —contestó pasando a besar su cuello—. Aunque también me lo pasé bien cuando me ordenabas cosas —admitió mordisqueando el pulso de él.
—Eso era evidente —contestó ladeando la cabeza para dejarla hacer por el momento.
Leyna sonrió sobre su cuello, sus manos acariciando el pecho de él despacio, colocándose mejor con las piernas a ambos lado de él. Bajó a sus hombros con esos gestos y de ahí a su pecho mientras los dedos de sus manos aventureras se metían bajo la tela del calzoncillo.
—No dije que fuera a ser tu regalo —comentó Altais, aunque su pasividad evidenciaba lo contrario, era patente que se estaba ofreciendo a ella por esa vez, sólo a ella.
—Eres mejor que un regalo —aseguró ella mirándolo y dejando un dulce beso en su pecho antes de seguir su descenso poco a poco. Cuando llegó al abdomen sus manos bajaron esa única prenda que lo cubría y sonrió pícara, dando una sola lamida al miembro de él y regresando de nuevo al abdomen.
Altais jadeó, casi gimió por esa acción, la miró con frustrado deseo, no podía hacerle eso para dejarlo en una insinuación. Llevó una mano al pelo de Leyna, pero se contuvo de guiarla a donde quería. Ella jugó con su ombligo, lamiendo, rodeándolo con la punta de la lengua, se alejaba hacia su cadera y regresaba tras dejar un suave mordisco ahí. Se mantuvo en el lugar largo rato antes de seguir el descenso a las ingles de él y meter sus manos bajo el cuerpo de su novio para poder agarrar sus nalgas al tiempo que acogía entre sus labios su creciente erección. Él gimió alto ante eso, ¿por qué tenía que ser tan incontrolablemente placentero que hiciera eso? Sintió esos labios subir y bajar por su erección, cuando sin que nada se lo avisara ella volvió a apretarle los glúteos se retorció sin poder contenerse, sus caderas querían moverse para profundizar más en esa boca, de su boca escapaban placenteros gemidos y con una mano se sujetó al cabecero cuando esa dinámica continuó y sintió que el placer arrasaba toda razón.
Leyna sacó una mano del cuerpo de él y con esfuerzo llamó a su varita, Altais le había enseñado a hacerlo después del ataque de los mortífagos, por si volvía a haber otro y perdía la varita en el proceso. Con un movimiento se deshizo de la ropa que la cubría a ella y después realizó los hechizos convenientes anticonceptivos. Apretó por última vez el culo de Altais, sabía que lo estaba dejando al borde de la locura, pero aun así apartó la mano que le quedaba y su boca de su erección. Antes de que él pudiera hacer un sonido de protesta se empaló, suficientemente húmeda sólo por verlo y sentirlo.
Altais se sorprendió por el cambio, por ese caliente abrazo rodeando su polla, le costó reubicarse, salir un poco de la vorágine en que había entrado. Cuando lo hizo, llevó sus manos a las caderas de su novia, se incorporó quedando sentado y la instó a moverse mientras atrapaba sus labios con los propios. Ella lo hizo con un ritmo lento, pero profundo y rítmico que fue aumentando poco a poco. Rodeándolo con los brazos por el cuello para mantenerse pegada a él y responder a ese intenso beso. Él tomó una profunda respiración entre un beso y otro, después de calentarlo tanto lo estaba matando con esa lentitud, no sabía cuánto iba a aguantar así no queriendo cambiar el plan de la chica esa vez.
Leyna le hizo esperar un poco más hasta que ella misma estuvo igual de excitada que él y aumentó mucho más ese ritmo, moviéndose casi frenéticamente, gimiendo sin contenciones, besándolo con pasión. Metió los dedos de una mano en el pelo de Altais y apretó un poco para que se separara y poder mirarlo. Conectó sus ojos verdes con la tormenta en los de él, de los labios gruesos de Altais también escapaban cortos sonidos placenteros, estaba anhelando llegar a orgasmo. Las manos de él ayudaron en el movimiento, llevándolos finalmente a la tan deseada culminación casi sincronizándose. Se quedaron en esa posición, abrazándose el uno al otro mientras recuperaban el aliento.
Ella sonrió, feliz de estar con él, y dejó un relajado beso en sus labios, soltando un poco su agarre.
—Es bueno ser libre de nuevo —bromeó mirándolo con cariño.
—Estoy bien contigo —contestó ante esas palabras, acarició su mejilla al ir a llevar una mano a su nuca y la besó lentamente.
La chica asintió cuando el beso terminó y escondió el rostro en el cuello de su novio, no quería separarse en ese momento de él, y creía que nunca querría hacerlo.
—En Navidad… cuando sea el concierto… ¿crees que podremos estar juntos más después? —preguntó acariciando el hombro contrario al que estaba apoyada.
—Podría secuestrarte, así voy practicando para el verano —bromeó Altais.
Ella rio y asintió ante la idea. —Me parece perfecto que lo hagas —aseguró—. Tengo que hablar con Zaniah para verano, para que me cubra.
—Vaya, va a ser útil —comentó el chico.
—Es útil muchas veces, lo que pasa es que os odiáis mutuamente —replicó ella soltando un largo suspiro por eso.
—No la odio, eso sería darle mucha importancia —objetó Altais, y decidió cambiar de tema y de posición, soltando a Leyna y tumbándose—. ¿Has pensado hacer el examen de aparición?
Ella se quedó sentada aún sobre él, con la yema de un dedo empezó a dibujar cosas en el pecho de su novio.
—Sí, antes de navidad lo haré. ¿Y tú? ¿Planeas hacerlo?
—Sí, en mi cumpleaños —corroboró él, observando lo que hacía con ese dedo, no le parecía nada en concreto.
—Y ya podemos hacer magia fuera del colegio, así que podremos escapar sin problemas —rio.
—Facilita los trámites del secuestro.
—Mucho —concordó sonriéndole antes de seguir con el dibujo—. Deberías aprenderte las canciones más famosas del grupo, ¿sabes? Es divertido cantarlas con ellos.
—No voy a cantar —dijo tajante, ya era bastante aceptar ir a ese concierto en el que los apretujarían y habría cientos de adolescentes desinhibidos y otros no tan adolescentes, pero como si lo fueran.
—¿Por qué? Es divertido y sé que te gustan las canciones cuando las canto —aseguró mirándolo con la cabeza ligeramente ladeada, ese grupo era uno de los que más solía cantar cuando estaban relajadamente en la cama o en el sofá frente al fuego y no quería buscar un libro para leer, de cualquier modo cantar era su pasatiempo secreto desde siempre.
—Yo no canto. Tampoco le veo la importancia a hacerlo, menos en un concierto en que no importa si lo haces o no porque no se oye —argumentó, imperturbable a su mirada.
—Simplemente es divertido —contestó ella encogiéndose de hombros y se inclinó un poco hacia él—. Y no me importa que no me escuche el resto, puedo cantar para ti —agregó, sus palabras rozando la oreja de él y empezando una suave melodía.
Altais sonrió y se relajó escuchándola cantar, había sido extraño la primera vez que lo había hecho, pero esa voz dulce encandilaba a cualquiera, le gustaba, más aún porque sabía cuánto le gustaba a ella hacerlo, la hacía feliz. Leyna sonrió también al verlo sin detener su canto, se tumbó a su lado de costado, con la cabeza en su hombro, y siguió con esas suaves caricias y la canción que fue enlazándose con otras; tenían todo el día para estar el uno con el otro.
Continuará…
Notas finales: Bueno, bueno, ya se van desvelando los planes de Ivanov. ¿Y qué opináis del origen de la maldición de Altais, os lo olíais?
