IV. Si es que ya va por la segunda.

«Quien vive temeroso, no será nunca libre.»

Horacio.

Octubre de 1797.

Hubo un tiempo en el que Thorwyn, hijo de Geowyn, creyó que era feliz.

Cierto era que nunca esperó alegrías del ambiente en donde vivía, así que pronto dejó de desearlo. Tampoco esperó salir nunca de la Corte Noseelie, mucho menos del Reino de las Hadas.

Y sin embargo allí estaba, delante de las personalidades más influyentes de la corte y hasta del mismísimo rey Noseelie, por el único pecado de haberse atrevido a conseguir algo de felicidad.

En consideración a tus años de fiel servicio…

Hubo un resoplido despectivo en algún punto del enorme prado. Thorwyn tenía muy buen oído como para adivinar de quién había surgido, pero siguió en silencio, con la vista al frente y sin aspecto de sentirse bien o mal.

Había forjado una máscara de apatía, para así proteger lo que le quedaba de corazón.

—… Thorwyn, hijo de Geowyn, se te han concedido algunas gracias. La primera, es que se te permita decir algo en defensa de tu causa.

Lo único que quiero defender es a mi unigénito y a su madre. Deseo que ellos no sean castigados por mis errores, de ninguna manera posible.

La frase salió alta y clara, sin titubeos pero al mismo tiempo, muchos jurarían tiempo después que los dorados ojos de aquel caballero hada brillaron más que la llama de una vela.

Sabias palabras —concedió quien hablaba, sentado en un trono en las sombras a la cabecera de la vasta área donde se instalara ese día la corte—. Te es concedido. Juro que nadie perteneciente a esta corte, incluyendo a mi persona y a la sangre de mi sangre, tomará represalias debido a tus errores en la persona de tu unigénito ni en la de su madre, de ninguna forma posible.

Agradezco su benevolencia, mi señor.

Thorwyn hizo una reverencia, algo torpe debido al peso de su condena y al de los grilletes, los cuales estuvieron por causarle una mueca de dolor.

Tu segunda gracia es que, si bien has sido sentenciado a una maldición, habrá una forma para que dicha maldición sea revocada, la cual te será informada en privado y una vez que te hayas marchado de esta corte.

Las protestas no se hicieron esperar, brotando de bocas tan dispares que Thorwyn comprobó algo que le había dicho Margueritte en una ocasión: que la caída en desgracia de un pobre desafortunado podía unir a quienes por lo general, preferían evitarse entre sí. En ese momento, no podía estar más de acuerdo.

La revocación a la que tendrá opción Thorwyn ha sido aprobada por mi persona, así que no se diga más al respecto.

Solo eso acalló las protestas, aunque a Thorwyn no le habría importado que siguieran un poco más. Entre más tiempo estuviera allí, más se retrasaría lo inevitable.

Y por último, tu tercera gracia es que no se te despojará de ninguna habilidad o arma que poseas, desarrollaras o hayas forjado hasta antes de que sea ejecutada tu sentencia.

Acepto humildemente su clemencia, mi señor —dijo Thorwyn, haciendo una reverencia mucho más pronunciada que la anterior. Él sería muchas cosas, pero jamás un ingrato.

Alcanzó a percibirse el enfriamiento del ambiente ante eso, pero Thorwyn lo ignoró. Seguramente muchos se preguntaban si los rumores eran ciertos y, por lo tanto, de qué sería capaz sin estar sujeto a las normas comunes en la corte.

Dicho lo anterior, se pasará a ejecutar tu sentencia. Escucha atentamente, Thorwyn hijo de Geowyn, porque será tu única oportunidad de saber a lo que tú mismo te has condenado.

Eso no necesitaban aclarárselo, Thorwyn lo sabía de sobra.

Agachó la cabeza cuando notó quién avanzaba para ser su verdugo. No había necesidad de ahogarse más en la misera que se esforzaba por no demostrar.

Era una cruel paradoja que, al ser condenado por proteger a su amada y a su único hijo, se obligara a su propio padre a conjurar la maldición respectiva.

—&—

Junio de 1991.

La Cacería Salvaje rara vez tenía algo de qué preocuparse.

La encomienda de aquellos pertenecientes a tan peculiar grupo, era simple de pronunciar, aunque no de entender. No importaba, en realidad, porque sin importar lo que se dijera, no había ni uno solo de sus miembros, que se supiera, que estuviera en ella voluntariamente.

Thorwyn, por supuesto, no sería el primero en alegrarse por ser miembro de la Cacería.

Los cielos, por primera vez en mucho tiempo, aliviaban sus años de soledad y tristeza. Esa noche, con algo de luz de crepúsculo todavía en el oeste, le parecía sacada de un lejano sueño. Se preguntó, no sin razón, el motivo para que esa sensación lo inundara, pues lo más parecido que recordaba era…

Sombras.

Un vacío en la boca del estómago.

Una cara desconocida con unos ojos familiares.

Dolor y pérdida.

Aquel cúmulo de emociones e imágenes borrosas no duró ni diez segundos, aunque Thorwyn sintió que fue una eternidad. Aferró tan fuerte las riendas de Terreur, que temió encajárselas en las manos.

Estamos por llegar —anunció el líder del grupo.

Thorwyn asintió a las palabras, pero no lo miró. Iarlath nunca le había agradado y desde que lo habían sentenciado a la Cacería, menos aún.

Sin embargo, se preguntó qué le habría pedido el Jefe a ese tipo, como para necesitar que llevara manos extra.

Aquí.

Solo al ir descendiendo, Thorwyn creyó saber por qué se sentía bien surcando esos cielos.

Estaban descendiendo en París.

La ciudad lo desconcertó. Ciertamente era París, pero no aquella por la que él caminó y tampoco en la que consiguió su breve intento de vida feliz. Esa enorme torre a un lado del Sena era desconcertante, pero extrañamente bella debido a sus múltiples luces; además, había muchísimas cosas que le resultaban extrañas y atrayentes.

Sintió que podría amar de nuevo esa ciudad, aunque no estaba seguro de que le gustara.

«Si la sangre de tu sangre engendra vida también, la Tierra mundana vas a pisar otra vez.»

La frase vino a la mente de Thorwyn como un golpe de viento. Le parecía que había pasado mucho tiempo desde que aceptó su condena, por lo cual apenas si le dedicaba un pensamiento a lo que podría salvarlo de la misma. Sin importar la distorsión temporal que significaba vivir en Feéra, sabía que Margueritte y Albwyn ya debían haber muerto. ¿Para qué querría ser libre, entonces?

Acabaron el descenso en un área verde, de esas que los lugareños llamaban «jardín». Thorwyn creyó reconocer el área por ciertos edificios, pero pensó que probablemente era por su anhelo de ver algo conocido y amado, no porque realmente hubiera estado allí.

Localizaremos al objetivo un poco más allá —Iarlath señaló hacia su derecha, a una vía muy concurrida por… ¿cajas con ruedas? Thorwyn no sabía lo que eran—. Vamos.

Dejaron las monturas bien resguardadas entre unos árboles y comenzaron a andar. Thorwyn procuró quedarse en la retaguardia, pero no por miedo. Quería ver qué había cambiado en París antes de ser arrastrado de nuevo a la soledad. Iba a fabricar una nueva estampa en su memoria, una que pudiera evocar durante las noches que no fuera obligado a cumplir con sus deberes para la Cacería. Aunque le doliera, iba a imaginarse en esa novedosa imagen con su amada y el niño al que apenas pudo conocer, con tal de que el corazón no se le convirtiera en hielo o piedra.

Allí está. Justo a la hora.

Thorwyn salió de su ensimismamiento al fijarse mejor a dónde los habían guiado. Estaban delante de un café en una esquina, cuyo letrero en rojo y blanco brillaba por algo que Thorwyn no conocía, que era como si hubieran encerrado soles de colores en aquella curiosa estructura.

En eso, fijó la vista en el mismo punto que Iarlath y se quedó de piedra.

La sonrisa de Margueritte estaba allí.

Quitándose el aturdimiento como pudo, Thorwyn observó mejor, queriendo asegurarse de que los fantasmas de su pasado no le hubieran jugado una mala pasada.

El cabello de Margueritte, castaño y brillante, también estaba allí. Pero no era posible. A su alrededor quedaba más que notorio el paso no solo de los años, sino de las décadas. ¿Acaso era un nuevo tormento que Iarlath o alguien más habían ideado para él?

No pudo seguir negando lo evidente cuando un atisbo de sus propios ojos pareció mirar en su dirección, fijándose en él un segundo más de lo necesario antes de regresar toda su atención a la persona que tenía enfrente.

Quería creer en lo que estaba viendo, pero tenía sus reservas. Sabía demasiado sobre los mestizos de su raza como para confiarse. Además, si demostraba aunque fuera un ápice de reconocimiento, pondría vidas inocentes en riesgo.

Está con su mujerzuela y ella tiene la Visión. Thorwyn, verifica si hablan de nosotros.

El aludido sintió, por primera vez en mucho tiempo, que la voz acudía a su boca, pugnando por salir, pero se contuvo.

«Si la sangre de tu sangre vuelve a mirarte, tu voz va a volver a sonar.»

Antes tenía que comprobar que esa frase también se había cumplido, o estaría en dificultades. Sin quedarle más remedio, asintió con la cabeza y saliendo del pequeño grupo, cruzó la calle con cuidado mientras conjuraba un glamour y se acercó a la mesa del café indicada.

El hombre sentado allí no dejaba lugar a errores. Sus rasgos eran delicados y fuertes al mismo tiempo, casi irreales. Deslumbraba a varios a su alrededor y sin embargo, sus ojos dorados y todas sus sonrisas estaban dirigidas a la mujer delante de él, pequeña y voluptuosa, cuyo cabello castaño resultaba opaco y sin gracia en comparación con el de su compañero. Sin embargo, se le notaba un espíritu inquebrantable a esa mujer, algo que hacía una combinación fascinante con sus gestos firmes y su voz dulce.

—… por eso creo que deberías cuidarte más, Alphonse, querido. ¿Quieres que te consiga agua bendita para cuando bajes?

Thorwyn apenas pudo registrar en su memoria el diálogo entero. Se había quedado maravillado con el nombre, librándose así de toda duda.

Alphonse. Ese era el nombre mundano de su hijo.

No te preocupes tanto, Anne. Sabes que Claude es un caballero. Si ha solicitado que baje, debe ser importante. Tal vez tenga más información sobre el último incidente.

De ser así, ¿por qué no ha ido a la Cité?

Sabes perfectamente por qué. No vamos a confiar en esos hijos del Ángel ahora, no mientras no hagan nada por controlar a sus chicos descarriados, esos del Círculo. Además, Yves y Claude ya tienen bastantes problemas. Los suyos no quieren que vayan a la firma de los Acuerdos. Dicen que es una trampa y con todo lo que ha ocurrido, no me extraña que lo crean. Soleil a duras penas aceptó ir, pero ella tampoco tiene muchas esperanzas.

El Mundo de las Sombras, por lo visto, enfrentaba una crisis muy seria, pero eso a Thorwyn no podía importarle menos. Si ese era Albwyn (y todo apuntaba a que sí), hablaba con sensatez y fiereza, justo como le habría gustado que lo hiciera en caso de necesitar valerse por sí mismo.

Esperanzas… Thorwyn las sentía nacer en su interior, pese a saber que no debía ser así.

¿Te iras después de bajar? —Preguntó la mujer, Anne—. El médico dijo que falta poco…

Ella se llevó una mano al vientre, abultado bajo el vestido de verano verde pastel.

Bien, al menos eso confirmaba la razón para que pudiera pisar ese plano de nuevo, aunque se preguntaba qué habría sucedido en caso contrario.

Procuraré estar aquí, Anne, aunque no puedo prometerlo. En estos días, las hadas están algo… raras en mi presencia. No entiendo por qué y no sé si sería bueno averiguarlo. Por si las dudas, deberías dejar de trabajar con hadas una temporada.

Está bien, les diré que soy una débil mundana que necesita tiempo para su bebé, ahora que va a nacer. Hablando de hijos, ¿no se está tardando Étienne?

Tal vez haya fila en el baño. ¿Quieres que vaya por él?

Sí, por favor.

Albwyn asintió y mientras se ponía de pie, se estiró para darle un beso en la mejilla a Anne. Thorwyn sintió una punzada en el corazón, allí donde prevalecía el recuerdo de Margueritte.

Un atisbo de felicidad le cosquilleaba en el pecho, al ver que su hijo había encontrado amor.

En ese momento, vio una seña de Iarlath, así que sin mostrar renuencia, fue a su encuentro.

¿Y bien? ¿Hablaban de nosotros?

Thorwyn negó con la cabeza.

¿Te vio la mujerzuela?

Escondiendo todo lo posible su indignación ante tal apelativo, Thorwyn volvió a negar.

¿Sabes a dónde fue el mestizo?

Esta vez Thorwyn asintió, preguntándose cómo había confirmado Iarlath que Albwyn era tanto mundano como hada.

Bien, entonces echa un vistazo y pon atención por si dice o hace algo sospechoso.

Thorwyn no tenía el más mínimo deseo de obedecer, pero eso le daba la oportunidad de acercarse de nuevo a Albwyn, así que asintió y regresó al café, esta vez con un glamour lo suficientemente fuerte como para no ser visto por los mundanos, aunque quizá la mujer de su hijo pudiera distinguirlo fugazmente, si de verdad tenía la Visión.

El local no era como los escasos salones de té que recordaba. No dejaba de toparse con objetos de los cuales desconocía su función y a veces arqueaba las cejas ante palabras a las que no hallaba el menor sentido, aunque el idioma en general seguía siendo el francés que recordaba. Los letreros tenían algo más de significado, al menos para él, por lo que descubrió uno que señalaba el camino a los baños y fue hacia allí.

Alphonse, ¿vas a ser mi papá?

La vocecita hizo que Thorwyn fijara su atención al frente, al otro extremo del corto pasillo.

Después de cerrar una puerta roja, Albwyn venía hacia él, tomando de la mano a un niño de unos tres años.

Muy pronto, Étienne. Tu madre ha dicho que sí. Después de que nazca tu hermanita.

Una niña… Albwyn iba a darle una nieta.

No pudo contenerse. Si tenía voz de vuelta, sabía cuál era la primera palabra que quería oírse pronunciar.

¿Albwyn?

Si aún le quedaban dudas, se disiparon cuando el otro se tensó al oír ese nombre, colocándose de forma inconsciente delante del niño, en ademán de protección.

Era curioso, pensó Thorwyn, eso de ser fulminado por unos ojos que eran idénticos a los propios. Como si te mirara una versión ajena y compleja de ti mismo.

¿Quién le dijo ese nombre? ¿Qué quiere?

¿Alphonse?

Thorwyn pudo observar al niño un momento. Tenía un aspecto sencillo, pero no feo, y era completamente humano. Algunos rasgos de su cara eran como los de Anne, así que eso y lo que el infante preguntara antes, daba a entender que ella lo había tenido con alguien más.

Deje que el niño se vaya.

Asintiendo, Thorwyn se hizo a un lado, pidiendo silencio con un ademán. Albwyn, sin duda furioso, asintió y se agachó para mirar al niño a la cara.

Étienne, ve con tu madre y dile que no tardo, que me encontré con un cliente.

Ah, sí. Cliente. Yo le digo.

Étienne aprovechó la cercanía para darle un beso en la mejilla a Albwyn, antes de irse.

¿Qué quiere? —volvió a preguntar Albwyn, con el ceño fruncido—. No muchos conocen ese nombre. ¿Quién lo envía? ¿Lady Nerissa? ¿Lord Meliorn?

—Iarlath, de la Corte Noseelie.

Mientras Albwyn arrugaba más la frente, Thorwyn maldijo para sus adentros. Por su largo tiempo en silencio, había usado su lengua materna: el arcaico dialecto feérico de su familia.

¿No entienden un no por respuesta? Me sorprende que le insistan tanto a un mestizo.

—¿Me has entendido?

¿Por qué no lo haría? Trato seguido con hadas. Y la sangre ayuda, la verdad.

Albwyn…

El aludido puso una expresión de desconcierto que despertó de nuevo las memorias de Thorwyn, pues era igual a una que solía hacer Margueritte.

Está mal —soltó Albwyn—. Es Alwyn. Todos me dicen Alwyn. Albwyn… Así me decía…

¿Margueritte?

Albwyn asintió lentamente, con evidente incredulidad.

¿Conoció a mi madre?

—La conocí, sí. La salvé de la guillotina. Le di un empleo y un asilo. La amé. Ella me amó. Y cuando me condenaron por todo eso, la volví a salvar.

Thorwyn pudo notar cuando Albwyn comenzaba a comprender lo que había querido decirle. Al principio se le vio confuso y algo indignado, por lo cual no lo culpaba en absoluto; sin embargo, al poco rato Albwyn le dedicó una enorme sonrisa que le rompió el corazón.

Sí, era la sonrisa de Margueritte.

—No tengo mucho tiempo —indicó, esbozando su primera sonrisa en mucho, mucho tiempo—. Dije la verdad sobre la Cacería. Es parte de la maldición a la que me sentenciaron.

¿Maldición? ¿Por qué…?

—Luego podré decírtelo. Espero. Primero, lo importante. ¿Por qué te busca la Cacería?

¿No lo sabes?

—Hasta hace una hora, no sabía que veníamos a la Tierra mundana, mucho menos a París.

Lo único que se me ocurre es que se filtrara que… Bueno, a veces sé lo que va a pasar. No es algo consciente y no lo controlo del todo, así que aunque quisiera, no podría usarlo para nadie. Hace unos meses vinieron de la Cacería para invitarme a ir al Reino de las Hadas, pero no me convencieron. Las pocas veces que he ido, me hacen a un lado en cuanto mi glamour en turno se desvanece.

—¿Has ido a Feéra?

Sí. Me presenté en la Cité, en el Instituto de los nefilim, como un contacto hada, aunque a últimas fechas no he ido. Tú sabes, por lo del Círculo.

—Desconozco el asunto del que me estás hablando. No he venido a la Tierra mundana desde que tuve que dejarlos, a Margueritte y a ti.

Albwyn abrió los ojos con pasmo.

Eso… ¡Eso fue hace casi doscientos años!

Thorwyn sintió de nuevo el aguijón de la pena. Sabía que había sido mucho tiempo, pero saber cuánto era en realidad…

—Pude no haber vuelto nunca, así que debo agradecerte, en parte.

¿A mí?

—Sí. También te lo explicaré luego. Entonces, ¿crees que la Cacería quiera tu habilidad?

¿Por qué otra cosa andarían detrás de alguien como yo? No tengo familia, no me veo como un hada, a duras penas puedo usar algo de magia y para nada vivo en la tierra bajo la colina.

—¿Saben ellos quién soy yo? Respecto a ti, quiero decir.

Hasta donde sé, no. No es secreto que mi padre es un hada, pero ignoran que eres tú.

¿Seguro?

Seguro. De hecho, no estoy seguro de que sepan cuántos años tengo. He vivido siempre como mundano. Lo de involucrarme en política subterránea ha sido muy reciente.

Según Thorwyn, aquello no tenía sentido. Debía haber alguna otra razón para que la Cacería quisiera específicamente a Albwyn, ¿pero cómo descubrirla?

—Puedo intentar averiguar qué quiere la Cacería contigo, pero me llevará un tiempo y no puedo asegurar que pueda hacértelo saber al instante. Lo ideal es que no trataras con hadas por una temporada.

Albwyn lo miró con ojos muy abiertos, sacudió la cabeza un par de veces y luego, carraspeó.

Eso mismo acabo de decirle a Anne.

¿Anne?

Anne–Laure Poquelin, mi novia. Es la de esa mesa, con el vestido verde.

Thorwyn giró la cabeza lo suficiente como para simular ver a la mujer, con tal de no borrar la sonrisa orgullosa y amorosa de Albwyn.

La sonrisa de Margueritte.

—Es encantadora.

Lo aseguró porque era verdad. Tal vez existieran mujeres más hermosas, pero como él mismo había podido comprobar, la belleza está en el ojo de cada quién y en lo personal, sentía que había algo especial en Anne–Laure, algo que también Albwyn percibía y que formaba parte de su amor hacia ella.

—Está encinta —observó con suavidad, antes de girarse y mirarlo a los ojos con orgullo—. Mis más sinceras felicitaciones.

Gracias. De ti puedo creerlo.

—¿Solo de mí?

No, pero… Tú no vives aquí ni has ido al Moulin Rouge

—¿De qué me hablas?

Albwyn agitó la cabeza, arrepentido de lo que había dicho, pero Thorwyn sospechó que lo que se callaba era aquello por lo que Iarlath llamaba «mujerzuela» a Anne–Laure.

¿No deberíamos salir ya? Puede que tus camaradas sospechen.

Thorwyn asintió, empezando a dar media vuelta.

¿Volveré a verte, padre?

Padre… Thorwyn contuvo las lágrimas a duras penas. Debido a las circunstancias, era la primera vez que podía oírse llamar así.

—Mientras esté maldecido, no es recomendable. Menos si la Cacería anda tras de ti. Mejor céntrate en proteger a tu familia. Al menos eso espero habértelo enseñado bien, aunque no estuviera contigo.

Lo hiciste. Gracias a ti estoy aquí y puedo tener a Anne, a Étienne y a… ¿Está bien que el bebé se llame Margueritte? Amélie Margueritte, de hecho. Será una niña.

—Por supuesto. A Margueritte le habría gustado.

Thorwyn se hizo a un lado para dejar ir a Albwyn, tras lo cual cerró los ojos.

Una abrumadora verdad le perforaba el alma, recordando parte de sus visiones previas a su descenso en París.

Albwyn, como él, no vería crecer a su bebé.

&—

Enero de 2025.

—Siento que algo de esto lo he visto.

—Por lo que sabemos, es probable.

Thorwyn oyó las frases sin dar señales de estar en contra, aunque enseguida carraspeó.

—Lo sentimos, pasaremos a francés en un momento.

Por favor. Lo que viene es una parte delicada y no podré decir nada que los ayude.

—Ya sabía yo que ese feérico era diferente. El ritmo, la pronunciación… ¿Y acaso dijo «delicada»? Porque conocía otra palabra para eso.

Thorwyn asintió.

—Pensé que ese dialecto era exclusivo de tu familia.

Lo es, pero se puede enseñar lo básico a otras familias nobles. Por otro lado, solo lo entiendes completo si eres pariente consanguíneo y eso no es difícil aquí, siendo como Geowyn.

—Geowyn… ¿Él no es tu padre?

En esa ocasión, el asentimiento de Thorwyn fue más lento, cargado de tristeza.

—Espera, ¿significa que posiblemente somos parientes?

Más que posible, sí. Ahora, por favor, los disfraces y el idioma. Estamos a punto de llegar.

Thorwyn miró al frente. Desde la cima de una colina, observaba una planicie que se extendía más allá de lo que la vista podía abarcar.

Sin embargo, sabía que su destino estaba allí, aunque de momento no era visible. Tenso, Thorwyn se preguntó a qué sería condenado si descubrían lo que estaba pasando y su responsabilidad en ello.

No le sorprendió saber que no le importaba en absoluto.

Les he dicho que no me gusta su papel, ¿cierto?

—Sí, lo has dicho. Respetamos eso, pero es la forma más rápida para entrar.

—Además, no puedes culparnos por ser idóneos para esta tarea y que confiemos en ti para sacarnos de problemas.

Pueden presentarse dificultades. Puede que no llegue a tiempo si…

Las miradas que recibió Thorwyn lo silenciaron. Había determinación en ambas, lo mismo que esperanza, la cual se había prometido no volver a concebir. Sin embargo, Thorwyn no pudo evitar que renaciera en su interior.

Asintiendo en silencio, supo que era hora de usar a sus caballos de Troya.