A veces pensaba si lo que esa mujer de rubia melena me contaba, era real o un cuento para no dormir. En muchas ocasiones pensé si todo aquello tenía sentido. Si de verdad toda aquella historia que contaba era cierta, ¿a qué venía que fuera a mí, a quién se la quería contar?

¿Por qué yo? Me considero buena en mi trabajo, sí, pero tanto como para aparecer una persona como aquella y contarme todo aquello… parecía absurdo.

No tenía sentido que me lo quisiera narrar, ¿acaso sólo quiere desahogarse?

Pero parecía todo demasiado pensado. Las cartas, los escritos, y aquella mujer… nada tenía realmente sentido. Lo que sí lo tenía era la historia. Realmente todo coincidía bastante. Aun así, no podía dejar de escuchar aquella suave voz que desde un principio me conquistó.

No sabía lo que tenía pero mi atención a cada minuto, era mayor.

Tal vez era así como se sentían todas aquellas mujeres que la servían. ¿Y si decide convertirme en una más? Si fuera así, no me estaría contando todo esto.

Me sentía demasiado confundida. Su tono en el aire caía dulcemente en mis oídos y no podía apartar mis ojos de aquellos orbes color sangre. Hasta eso le pegaba.

El color de sus ojos…


Blood: Lazos de Sangre.

Destino I

Por NaYmCo.



Año 1521.

Doscientos años habían pasado desde que me convertí en lo que era en esos momentos. No había parado de matar y estrangular a diestro y siniestro. Sin embargo, aquel frío en el estomago jamás se iba. Tenía todo lo que se pueda desear, mas aún así, ese dolor nunca me abandonaba. Me había vuelto caprichosa y arrogante. Más de lo que una vez llegué a ser.

Todavía no sabía que sentido tenía todo aquello, después de tantos años viviendo en la misma edad y viendo a la gente de a pie envejecer lentamente. Aquellas calles iban cambiando poco a poco. El tiempo pasaba para mucha gente, menos para mí.

Aun así seguía viendo a toda la muchedumbre como simple ganado. Yo sólo veía sus venas cargadas de sangre. Deshaciéndome al verla correr. Al parar en el músculo principal y de nuevo salir a recorrer todo aquel sistema circulatorio.

Era agobiante y a la vez satisfactorio, darme cuenta de mi posición ante todos los demás. Ya no sólo a los humanos corrientes, también ante los demás vampiros. Sobre todo ante ellos.

Ese suave sabor en los labios me despertó nuevamente al encontrarme en la cumbre de la montaña. Era cálido y suave. Tierno y hermoso.

Tener aquellas sensaciones por aquella mujer era simplemente innombrable. Pero ciertamente, no podía negar aquello tan evidente.

"Decidme Linith, ¿realmente me amáis? ¿O sólo es por yo ser quién soy?" pregunté al sentir su cabeza en mi pecho.

"Os amo… no podría amaros obligadamente, y estar con vos de esta manera. Siempre seréis el amor de mi vida." Contestó apoyando su barbilla.

Tumbadas en mi enorme cama, y totalmente desnudas, otra noche llena de pasión nos dejaba agotadas.

"¿Más de lo que fue mi padre?" inquirí nuevamente.

"Jamás amé a vuestro padre. Nunca estuve con él si es eso lo que queréis saber."

Sonreí al saber de aquellas palabras. Otro pinchazo más en el corazón.

Si eso era estar enamorada, querría sentirlo por el resto de la eternidad. Y eso era justo lo único que tenía de certera mi vida.

"La eternidad…" susurré.

Linith me miró un momento y sonrió. Sentí el calor de su piel nuevamente mientras nos volvíamos a besar. Y otro beso… y otro más… y dulcemente comencé a sentir la excitación de nuevo.

Ella se había subido sobre mí. Yo me senté y comencé a bajar lentamente por su cuello.

Su respiración en mi oído.

Sus manos mimaban mi espalda. Pasaba los dedos rozándola con la yema.

Sus gemidos de placer, al sentir las caricias de mi lengua en su cuello.

Y una vez más dejaba la marca de mi poder en él. Mis colmillos se hundían poco a poco. La carne se abría paso ante ellos. Y el dulce sabor de su sangre manchaba mis labios.

Volví rápidamente a su boca, para que limpiara los restos de su propio líquido.

Su boca, la única capaz de llenar aquel vacío en mi vida. Capaz de dar hasta su vida por besarme.

Y de la mía fue cuando salió dos palabras que llevaba tiempo queriéndole decir.

"Os amo…" murmuré.

Sentí como su abrazo se estrechaba y me acurrucaba en su cuello. Era la primera persona por la que había sentido algo. Sin embargo, ella me había tenido que compartir esos doscientos años. Pues yo no siempre me sentía así.

Lo sé, podría ser la mujer de su vida o su condena. Aún así, últimamente no me apetecía otra persona que no fuera ella.

Era extraño sentir aquellos arrebatos dentro de mi ser por estar a su lado. Tanto que, a veces, no la dejaba apartarse de mí.

Incluso cuando iba a leer a la biblioteca le pedía de su compañía.

Gracias a ella sentí aquella curiosidad por los libros, y era capaz de absorber su contenido en sólo una noche.

Lo poco que yo pudiera tener de bueno en esos momentos, se lo debía todo a ella.

Por ello lo agradeceré toda la vida.

Entre mis manos sus caderas que comenzaban a agitarse en movimientos rítmicos.

Volvía una vez más a ser mía. De nuevo sentir su sexo, su excitación, sus gemidos y sus movimientos suaves, era lo mejor de esa noche y de otras anteriores.

La abracé fuertemente para sentir más el calor y el sudor de su piel.

Aún la deseaba más.

Y de nuevo me perdí en aquellos jugosos labios.

Su respiración era agitada y sentía como sus pulmones estaban escasos de aíre al yo robarle el aliento.

Pero no podía evitarlo. Su lengua me volvía loca. Jugaba con ella y aquella excitación se apoderaba de mí.

"Os estáis volviendo insaciable…" me susurró.

Sonreí, pues era cierto. Cada vez deseaba más de ella, sin darme cuenta de que ya me lo había dado todo.

Era más mía que las demás. Porque no sólo era mía en carne sino en alma. Linith era la persona más importante desde que pisé aquel lugar.

Siempre sería así.

-- --

Al atardecer de aquel día fui como siempre en busca de uno de mis caballos. Desde hacía tiempo me gustaba ver ponerse el sol en lo alto de la colina. Así que aprovechaba para subir allí cada día.

Me gustaba la soledad que me daba aquel lugar. Y la paz que sentía. Eran los únicos momentos que tenía de verdadera tranquilidad.

Pero aquel día ocurrió algo al volver. Cuando llegué lo único que pude ver fue mucha sangre. Cuando levanté un poco la mirada siguiendo aquel rastro me encontré a Linith.

Yacía en el suelo.

Los demás sirvientes estaban a su alrededor con cara de espanto. Y un hombre con una espada llena de aquel líquido rojo me miraba impasible.

Su rostro era vengativo. Y su olor… él era un humano. ¿Qué hacía allí?

Mis ojos se abrieron de par en par al darme cuenta realmente de lo que había pasado. Linith estaba muerta. Y al acercarme y tocarla sentí su frío cadáver. Un gran charco de sangre a su alrededor.

Y su cabeza rebanada.

Agachada contemplaba aquella escena con asombro.

Dentro de mí surgió una ira jamás sentida.

Nunca antes había notado tanta rabia dentro de mí ser.

Me levanté aún espaldas a aquel hombre.

"¿Sabéis lo que habéis hecho?" dije en un susurro.

"Sí, desde luego que lo sé. Esa mujer fue mi esposa. Ese cuerpo pertenecía a mi mujer, y el diablo me la robó." Dijo creyendo que había hecho bien.

Me di la vuelta y lo observé un momento.

Era un hombre de edad media, alto y corpulento. Tenía una frondosa barba y sus ojeras resaltaban en su pálido rostro.

Sus ropas eran de campesino y sostenía una espada en la mano izquierda.

Éstas eran ásperas y gruesas. Ese hombre jamás había empuñado un arma así en toda su vida.

Mi rostro se enfureció y caminé hacia él con decisión.

Le arrancaría el alma allí mismo. Y sus restos serán pasto de los cuervos.

Sin más estiré mi mano y la puse en su pecho. Él extrañado, me observaba.

Sentí aquella furia condensada en mi mano. Me quedé así un momento hasta sentir de donde procedían los latidos de su corazón.

Me separé un momento, y sin más lo atravesé. Desgarré su carne y le arranqué su tesoro más preciado. El me miró sin creer lo que pasaba.

La sangre salpicaba por todos lados, el suelo, mi ropa, mi cara… fluyendo sin parar. Y mis ojos del mismo tono observaban a aquel hombre caer al suelo. El tintineo de la espada al chocar contra la superficie me hizo despertar del trance.

Linith…

Pensé al tiempo que corría hasta donde se encontraba. Observé su cuello cortado y aquel líquido borgoña empapándolo todo.

La cara de los demás era de tristeza. Ella…

Ella había muerto y no pude decirle nada más.

Ya nunca volvería a estar conmigo.

Ya nunca podría volver a sentir su calor.

Aquello fue algo que comprendí minutos más tarde.

Ser quien era yo, tenía su condena.

La más pesada.

Algo de lo que jamás me había preocupado.

Ella era vampiro, ¿cómo iba a morir? No podía ser.

Mi maldición sería, perder a todas las personas de mí alrededor.

-- --

"Realmente, ¿todo esto es cierto?" pregunté ingenua.

"¿Crees que estoy inventándome algo así?" respondió.

Se echó hacia delante y mi observó fijamente a los ojos.

El reflejo de mi cara en ellos daba la sensación de estar en un infierno.

Quería que siguiera contando, sin embargo, no tenía prueba alguna de que todo aquello fuera real. Por otro lado, la imagen de la pintura era idéntica a ella.

Aquello me estaba llenando más de curiosidad pero, tal vez sólo fuera una persona normal que aprovechó su físico para estafarme de algún modo.

Aunque ahora que lo pienso, en ningún momento me ha pedido nada. Apenas si hemos realmente hablado. Ella cuenta esta historia y yo sólo escucho.

"¿Quieres que te siga contando? Estoy segura que poco a poco te darás cuenta de que lo que digo es cierto."

Abrí los ojos de par en par, mirando como se volvía a acomodar.


Año 1619

El enorme salón resonaba con el bullicio de los seres que allí había. Durante trescientos años he vivido. Mi vida había cambiado mucho desde la muerte de Linith. Dejé de sentir. Dejé de pensar que había o existía el amor.

Eso realmente no es importante, me decía. La soledad cada vez era peor.

Mi alma se sentía sola.

De nuevo ese constante vacío dentro de mí ser.

"Señorita Testarossa." Dijo mi mayordomo despertándome del sueño de mis pensamientos.

"¿Ocurre algo, Graham?" pregunté observando todo aquel tumulto.

"Creo que se están alterando un poco, ¿no creéis?" Comentó contemplando la sala llena de vampiros.

"Dejad que se diviertan." Sonreí al ver a una preciosa chica que pasaba frente a mí.

"Sí pero, ¿deben matar aquí a humanos?"

"Es una fiesta. No es algo anormal que hagamos esto, ¿qué os pasa, Graham?" inquirí mirándole.

"Lo sé, pero tal vez deberíais cambiar un poco el modo de hacerlas. Esos humanos no paran de gritar."

"Es divertido ver lo que pueden llegar a hacer por tal de no morir." Contesté apoyando uno de mis codos en el reposabrazos de aquel sillón que muchos les gustaría probar. El poder es lo único que mueve realmente a toda esta jauría de seres, sedientos de sangre.

Una de mis sirvientas me llamó.

Todos guardaron silencio al ésta entregarme una espada.

"Debéis hacer los honores, ama."

Me entregó aquella arma de filo plateado y afilado. Jugué con éste entre los dedos.

El lugar, estaba lleno de vampiros y otros seres. En varias paredes había humanos atados de pies y manos a unas enormes rejas.

Sobre mí, comenzó a sonar un ruido de cadenas. Y observé otra de aquellas rejas encima. Ésta estaba en horizontal e igualmente había una hermosa mujer de piel blanca como la leche, colgada de ella.

Sonreí al verla. Era hermosa, pero más hermosa era para lo que iba a servir.

Pasé la punta de la espada por uno de sus pechos. Ella llena de pánico comenzó a pedir piedad por su vida.

Humanos, siempre acabáis igual.

Sin pensarlo más pasé la espada abriendo en canal a aquella chica. Ésta aún gritaba cuando su sangre empezó a caer al suelo.

Mis siervas se pusieron bajo ella. Y comenzaron a dejar caer la sangre en sus cuerpos. Todo el tumulto comenzó a gritar alterado.

Y ellas se iban bañando en aquel líquido rojo. Comencé a besarlas una a una, saboreado aquel líquido borgoña.

Lamiendo cada gota en sus cuerpos. Manchando mi cara. Mordí sus cuellos.

Mis manos acariciaban los pechos de una y mis labios estaban en la boca de otra. Era sádico lo sé, pero estar en ese momento allí para mí, era el mejor modo de olvidar.

Pronto los demás se abalanzaron a hacer lo mismo y matar y arrancar carne y venas de aquellos humanos que aún estaban vivos.

"Deberíais dejar de hacer estas fiestas, Señorita Testarossa." Dijo mi mayordomo que se había acercado y me había entregado una toalla para limpiar los restos de sangre de mi cara.

"¿Por qué?" pregunté curiosa.

"Si estuviera aquí Linith, ¿qué creéis que pensaría?"

Me miró fijamente.

Por un momento me quedé pensativa. Recordé algunas cosas de ella.

Pero no dije nada más. Sólo me senté donde siempre y observé como la sala comenzaba a tener pequeños ríos de sangre por el suelo.

Aquella fiesta sería la última que haría en aquella casa. La última que haría por siempre.

La muerte de mi ama de llaves, fue a causa de su marido. Después de muerta, me enteré de que ella cuando era humana hacía muchos años, estaba casada. Una noche un vampiro la mordió y desde entonces vagaba por las calles.

Hasta que mi padre la vio. Él se enamoró de ella al instante.

Linith era diferente. Siempre lo fue. Nunca se comportó como las demás. A ella no podía verla como una posesión más. A ella la veía como mi diamante.

Mi padre nunca logró lo que yo sí. Ella se enamoró de mí locamente y me lo demostró cada noche. Cada noche durante cien años.

Mi cuerpo temblaba de sólo pensarlo.

Ahora recuerdo las tardes al despertar sintiendo su piel. Su calor.

Tal vez, no era la persona con la que yo debía vivir el resto de mis días.

Aunque mi corazón le perteneció una vez. Yo sentía que tal vez no era amor, sino el cariño con el que me trataba.

Tal vez…

-- --

Otra tarde más en la biblioteca, leyendo. Evadiéndome de mi vida.

"Señorita, ha llegado otra invitación, ¿queréis que la rompa como las demás? Preguntó desde el fondo del lugar mi mayordomo.

Miré por encima de uno de aquellos libros.

"Dádmela…" contesté.

La abrí.

Al parecer habría una fiesta de la alta sociedad en un gran salón.

Humanos, vuestras fiestas son aburridas, pensé.

Aunque en ese momento, me dieron ganas de ir. Tal vez observarles me haría comprenderlos.

Ya no recordaba lo que era ser eso. Ser una persona normal.

Así que me entró la curiosidad de intentar acordarme de mi poca humanidad.

Pero al llegar allí, comprendí que no tenía ninguna. Todo había muerto, pues seguía viéndolos como carne.

Sangre…

Simple ganado.

Fue entonces cuando la vi…

Una preciosa chica, de mi aparente edad. Sentada al lado de una pareja algo más mayor. Posiblemente serían sus padres.

Niña rica, pensé.

Frente a ellos se presentaba un militar. Ellos se levantaron para saludarle.

Aquella preciosa chica también lo hizo. Miró un momento a aquel hombre con uniforme y no sé por qué motivo, su mirada se dirigió a mí.

Yo me encontraba al otro lado de aquel salón. Caminaba despacio observándolo todo.

Pero sin darme cuenta, no había apartado los ojos de aquella mujer ni un segundo.

Sus preciosos ojos azules me contemplaban.

Su cobrizo pelo recogido, me atraía.

Era hermosa.

Me propuse en ese momento que sería mía.

Pero mi corazón comenzó a latir más fuerte aún, de sólo pensar en besarla.

Era una sensación que jamás había sentido.

¿Cómo era posible? ¿Acaso no había vivido lo suficiente? ¿Por qué sentía aquello al notar su mirada?

Cuanto más caminaba mas segura estaba de que sólo me miraba a mí. No entendía muy bien por qué, pero me observaba.

Hasta que aquel militar llamó su atención. Ella hizo una reverencia y él besó su mano. Seguramente ese hombre joven, la estaba pretendiendo.

Pero ella no parecía muy feliz de verle. Es más, se la veía aburrida.

Y entonces fue cuando apareció un vampiro en la sala. Otro vampiro que no era yo. Se acercó a ella y le pidió bailar, ésta miró a sus aparentes padres y ellos afirmaron con la cabeza.

¡Cómo odiaba a la sociedad por eso! Era detestable.

Finalmente y después de algunos bailes, salieron fuera. Lo más posible es que ese vampiro le habría puesto el ojo y la querría para cena.

Sonreí pues, me pareció todo un reto. No la haría mía como siempre hice, no. Esta vez la conquistaría de verdad, quería saber que era lo que me hizo sentir con solo cruzar nuestras pupilas.

Y allí estaban, lo que imaginaba. Ese ser la tenía hipnotizada bajo un árbol, algo lejos ya de la zona de la fiesta. Él acariciaba su rostro y sonreía maquiavélicamente. Pero lo que no sabía era con quién se cruzaría esa noche.

Me pregunto si sabrá distinguir a alguien como yo, o simplemente le dará igual como muchos vampiros pretenciosos y egoístas. Muchos no sabían quien era yo y finalmente tenía que hacérselo saber, aunque realmente sería la última vez que verían la noche.

"Ni se os ocurra tocarla." Susurré por encima de su hombro. Éste estaba espaldas a mí y es posible que por ese motivo ni sintiera mi presencia.

Se giró algo asustado y al mirarme relajó su rostro. Parece que si sabía quién era yo.

"No sabéis el susto que me habéis dado. ¿También buscáis alimento entre la gente de la alta sociedad? A mí me gusta el sabor de la sangre rica. ¿Y a vos?" dijo ingenuo.

"He dicho que no la toquéis." Sonreí.

Él me miró aún sin saber.

"Ella me pertenece, iros a buscar a otra muchacha con quien saciaros." Contestó arrogantemente.

"Veo que no sabéis con quién habláis. Me presentaré, mi nombre es Fate Testarossa. ¿Sabéis ahora quién soy?"

Sus ojos parecieron estallar en pánico total. Agachó la cabeza y luego volvió a mirarme.

"No la dejaré, es mi comida. Me gusta esta mujer y aunque seáis quien sois ella me pertenece."

Lo miré un momento, y luego agarré su cuello. Comencé a apretar mientras él comenzó a forcejear para soltar mi mano.

Pero fue inútil, antes de poder hacer nada mi mano había oprimido totalmente su cuello. Tanto que lo levanté del suelo y lo miré con rabia.

"Dije que no la tocaréis."

Y eso fue lo último que escucho cuando sentí el sonido de su cuello partirse. Poco a poco se fue deshaciendo. Finalmente, se volvió polvo que la suave brisa se llevó.

La muchacha aún hipnotizada estaba de pie apoyada en el árbol y con los ojos cerrados.

"Me gusta como oléis. Seréis mía, os lo aseguro."

Y al chasquear los dedos la saqué de su trance.

"¿Os encontráis bien?" pregunté haciendo como que pasaba por allí.

Ella me miró algo aturdida, y sólo afirmó con la cabeza. Le ofrecí mi mano para devolverla a la fiesta.

Pero eso no sería todo. Pronto sabría quién era esa chica que desde que la vi por primera vez, me había hecho sentir que estaba viva. Me pregunto que pasará…


N/A: Sí, hacía tiempo que no subía nada, perdón por ello, últimamente no tengo tiempo, pero aún así busqué un poco para sacar este capítulo. Espero que os guste, ya que la historia parece que comienza a tener forma. Saludos a mis lectores y gracias por seguir leyéndome.