Hola de nuevo a todos =) Por fin de vuelta a fanfiction después de muchos meses.

Antes de nada me gustaría pedir mil disculpas por la larga espera. Tras el tercer capítulo escribí los dos siguientes de tirón, en apenas dos semanas. Además me encantaba como habían quedado. Sin embargo un virus atacó tanto mi ordenador como el pendrive donde tenía los archivos, así que debía reescribirlo todo desde el principio. Me enfadé tanto, me dio tanta rabia después de tanto esfuerzo que lo dejé abandonado un tiempo. Craso error ya que cuando retomé las ganas de seguir la historia no recordaba lo que había escrito, al menos no la totalidad. Espero que este capítulo os guste y en breve me gustaría acabar el siguiente. Gracias por la espera y por leer =)

Importante: El apellido Hayashi que se cita en el capítulo corresponde al apellido de Rukia, ya que ella en su juventud no tenía nada que ver con Byakuya y por lo tanto por ese entonces no podía tener el apellido Kuchiki. Sólo para que no os liéis y no haya malinterpretaciones. Sin más, disfrutadlo.

Bleach no me pertenece, es enteramente de Kubo Tite. Yo sólo juego con ellos un rato.


Bad luck

Sus pies se movían con torpeza y su cuerpo los seguía en la misma tesitura, sin embargo el fuerte agarre de su acompañante hacía que Rukia se sintiera con más seguridad. No tenía ni idea de hacia dónde se dirigían, aunque a juzgar por la estrechez del pasillo por donde caminaban juraría que se encontraban en la planta de su oficina. Pero de ahí a que estuviera convencida de ello había un trecho, sobre todo porque no le cabía en la cabeza qué podría tener de especial la oficina un sábado por la noche.

—No te preocupes, ya queda poco—apremió su acompañante de manera jovial. Tenía una voz grave pero divertida, capaz de serenar a cualquiera y atraer su atención—. Créeme, lo que vas a ver merece la pena.

Rukia sonrió y siguió tanteando el suelo que iba pisando, siguiendo cada una de las indicaciones que aquel hombre iba dictándole y sintiendo cómo el sonido de sus pasos quedaba ahogado gracias a la aparición de una moqueta bajo sus pies. Ahora sí que podía asegurar dónde estaban, había acertado de pleno. Pero, ¿qué le esperaba en un lugar como aquel y a solas? No podía negar que estaba muy nerviosa ante aquella situación, puesto que para empezar, nunca antes había pasado toda la tarde con él como compañía única y exclusiva, y mucho menos tomándose algo juntos, como si fueran…No sabía ni cómo denominarlo. Y si a todo aquello le sumaba la sorpresa que supuestamente él llevaba preparando "durante mucho, mucho tiempo", sólo para ella, las cosas no hacían nada más que empeorar. Rukia sabía perfectamente que esos pensamientos eran una pérdida de tiempo, una tontería puesto que se trataba de simples ensoñaciones suyas, sin embargo una parte de su ser era tontamente feliz pensando que quizás pasar tiempo juntos era agradable para él, que al fin y al cabo, pensaba en ella aunque fuera un solo un poquito. Y que ella supiera hasta ese mismo instante, soñar era gratis.

—Hayashi. —Su voz despertó a Rukia por completo, devolviéndola a la cruda realidad, donde llevaba un pañuelo del mercadillo atado de mala manera- como si fuera casi un turbante- y más cardenales por los brazos que en el mismo Vaticano—. ¿Es cierto lo que me dijiste antes? Lo de que querías ser actriz. Te lo digo porque sinceramente creo que deberías intentarlo.

Rukia se sorprendió ligeramente al oírle, no sabía que el tema le hubiera interesado tanto como para preguntarle más tarde sobre él.

— ¿Usted cree?

—Por supuesto. Recuerdo la pequeña obra de teatro que montó Matsumoto cuando Tanaka se jubiló. Estuviste brillante.

—Ni me lo mencione.

Las imágenes de una escena sensual entre ella y su compañera Nemu, a petición expresa –o amenaza- de su amiga Matsumoto, aún regresaban a ella como si se trataran de puñales clavados en su mente. El pobre hombre por poco se marcha de la empresa en ambulancia de la subida de tensión que le dio al presenciar aquello.

Su amigo rió enérgicamente.

—Bueno, salvando aquellos detalles escabrosos, la verdad es que fue una obra muy divertida. ¡Deberíais repetirlo algún día! Siempre y cuando Rangiku-san no renueve como directora…

Rukia no pudo evitar reír con él. Sus papeles como mujer fatal habían empezado y culminado con aquella representación.

— ¿Lo ha dicho en serio?—preguntó ella entonces, tornando su rostro más serio—. ¿Cree que debería intentarlo?

Él suspiró como si la respuesta fuera la más obvia del mundo.

—Yo no soy un crítico de cine ni nada parecido, tampoco estoy seguro de si eres lo suficientemente buena como para destacar en esa profesión. Sin embargo—Rukia presintió que alzaba el dedo índice mientras pronunciaba su discurso—siempre he estado seguro de que este no es tu sitio. A ti todas estas cosas de los negocios ni te van ni te vienen. Y si tu mayor deseo ha sido debutar en un teatro, no sé qué diablos te retiene aquí.

—Tal vez el hecho de no estar completamente segura de mis aptitudes.

El muchacho paró en seco y frenó a Rukia del mismo modo, poniéndose entonces frente a ella mientras colocaba las manos firmemente sobre sus hombros.

—Déjame decirte algo útil: nunca lograrás nada si dudas de ti misma. Debes tener fe, porque si tú no la tienes, nadie la tendrá por ti.

Rukia sintió cómo su cuerpo temblaba bajo aquellas manos que tanto anhelaba, y temía ser lo suficientemente descuidada como para que él se percatara de ello. Procuró aplicar las palabras que acababa de decirle en ese momento y confiar en sus escasas pero productivas hasta la fecha habilidades de interpretación.

—Lo haré—murmuró con toda la sinceridad que pudo mostrar dada la situación.

Él sonrió satisfecho. Era todo lo que necesitaba oír.

—Bien, pues he de decirte que ya hemos llegado—informó entonces recuperando su entusiasmo habitual—. Puedes abrir los ojos.

Cogió aire hasta llenar por completo sus pulmones y se dispuso a quitarse el turbante que le privaba de la vista. Podía sentir cómo el corazón se le aceleraba progresivamente, nerviosa por lo que quiera que estuviese allí esperándola. Sabía que él había pasado mucho tiempo con los preparativos, incluso intentando ocultar sus actividades relacionadas con la dichosa sorpresa para no levantar sospechas, y las expectativas que tenía sobre aquello eran tan altas que no tenía ni idea de con qué demonios iba a encontrarse. Una vez que el pañuelo cayó al suelo, pudo observar maravillada lo que aquel hombre tenía preparado para ella.

Se encontraba en una gran sala circular, probablemente se tratara de su despacho después de haber sido remodelado para la ocasión, en cuyo centro se situaba una gran mesa de comedor acompañada por innumerables y deliciosos platos de comida. Había todo lo que una podía imaginarse para la celebración de una gran fiesta: carne, ensalada, fruta, bebidas de toda clase, snacks…, hasta una majestuosa tarta de chocolate presidiendo la mesa. Los globos, las flores e incluso las cintas de colores que decoraban las paredes tornaban aquel lugar más espectacular de lo que ya de por sí era. En lo alto de la estancia, colgando del techo mediante pequeñas cuerdas plateadas, coronaba toda aquella fanfarria una pancarta de tela con las palabras más acertadas dada la situación: Feliz cumpleaños Rukia.

Apenas podía apreciar la grandeza de todo lo que veía, puesto que la única luz que lo iluminaba era la que se filtraba a través de las cristaleras del despacho, no obstante, lo que había visto era suficiente para dejarle boquiabierta.

Sentía que las palabras se le atascaban en la garganta, por eso trató de tragar saliva antes de pronunciarlas.

—Gracias—dijo apenas en un susurro—. Esto es... No quiero ni imaginarme el trabajo que…

—Enciende las luces—le cortó él—. Por favor. Enciende las luces.

La luz evanescente de la luna hizo refulgir su sonrisa, y Rukia no fue capaz de pronunciar sílaba alguna más. Pero no fue necesario, porque una vez que apretó el interruptor de la sala, todas las palabras se esfumaron de su mente como si nunca hubieran existido.

—¡Sorpresa!

Un grupo de personas, ataviadas con sombreritos de fiesta estilo Merlín, salió de detrás de medio mobiliario saltando y coreando su nombre como si de una celebrity se tratase. ¡Ya le parecía a ella que aquello era demasiada comida para dos!

Pudo apreciar entonces que allí se encontraban las personas más importantes de su vida: sus amigos y hasta su familia. No podía creerlo, pero su hermana Hisana también estaba allí. Corrió hacia ella como alma que lleva el diablo y la abrazó con tal fuerza que incluso ella misma quedó impresionada con la efusividad de sus sentimientos. Quizás la timidez no importaba demasiado en esos momentos.

—Rukia…

Hisana sonrió dulcemente, mientras se dejaba apretar por su hermana pequeña.

—Pensé que estabas en Japón, no sabía que…

—Bueno, en eso consisten las sorpresas hermanita.

Rukia rió con energía. Estaba muy feliz de poder ver a Hisana en el día de su cumpleaños, más aún sabiendo que últimamente estaba un poco delicada de salud.

—Byakuya y yo te hemos comprado un regalo.

Rukia frunció el ceño mientras el aludido carraspeaba un poco en señal de cierta desaprobación. Él no llevaba gorrito, y Rukia pensó que tal vez sería mejor si no quería reírse en su cara. No parecía muy convencido por las palabras de su esposa, y Rukia también podía asegurar que él no era la clase de hombre que se dedicaba a comprar regalitos en los cumpleaños de los demás. Al igual que no se colocaría los dichosos gorros. Lo más seguro era que Hisana le hubiera dado la lata hasta que compraron algo. Decidió hacer caso omiso de sus pensamientos y saludó a su cuñado con cortesía, siendo respondida de la misma manera un instante después.

Entretanto, su hermana sacó de no se sabe dónde un paquete gigante, con un envoltorio de colorines que poco dejaba a la imaginación. Se veía a la legua que se trataba de un peluche en forma de conejo…

—Espero que te guste—murmuró Hisana con la emoción tiñendo sus palabras.

No tuvo que decir nada más, porque Rukia sabía perfectamente lo que había al otro lado del papel de regalo…

— ¡Chappy!—alcanzó a decir en medio de su agitación.

Todos los asistentes de la fiesta rieron al oírla, conscientes de que Rukia, al fin y al cabo, no iba a cambiar esa obsesión tan rara que tenía por ese conejo ni aunque pasara un millón de años.

—Creo que con esto mi regalo le va a parecer una mierda—opinó Renji desde el otro lado de la sala.

Rukia soltó una carcajada. También se alegraba de que él estuviera allí.

—Cualquier regalo que venga de ti me parecerá una mierda, Renji.

El pelirrojo se sobó la nuca y esbozó una sonrisa de complicidad que Rukia captó inmediatamente. Su amistad sí que era algo que no cambiaba con el paso del tiempo.

—Desde luego la confianza da asco—opinó entonces haciéndose el dolido.

— ¿Y qué pasa conmigo Kuchiki?—Esta vez era él quien hablaba—. Con todos los preparativos no me ha quedado dinero ni para pagarme el alquiler. ¡No tengo regalo!

Rukia sonrió mientras sacudía la cabeza.

El mero hecho de que hubiera montado todo eso para ella, reuniendo a toda la gente que verdaderamente importaba, era todo un regalo. Y estaba segura de que no lo olvidaría nunca.


—Eh, Rukia.

Su tono de voz fue intenso, pues ya era la tercera vez que la llamaba y parecía estar demasiado sumida en sus propios pensamientos como para prestarle atención. Tenía la mirada vacía y melancólica, clavada en los empañados cristales del coche. No había que ser muy listo para dilucidar que la mente de la chica estaba a miles de kilómetros de allí. Aunque no por mucho tiempo.

— ¿Me llamabas?

Ichigo asintió.

—Estoy entrando al barrio, será mejor que me vayas diciendo dónde es.

Aunque no hacía falta que la chica dijera nada, le hacía sentir un tanto incómodo que se mantuviera tanto tiempo en silencio. No es que le molestaran esos intervalos, en absoluto, lo prefería antes que tener que aguantar a un charlatán, pero había algo raro en ella, algo que le hacía sentirse incómodo en ese silencio que había vivido durante gran parte del viaje. Se sentía como si estuviera invadiendo la intimidad de la chica. Como si ésta hubiera viajado a sus más recónditos recuerdos, rememorando viejos sentimientos, y él estuviera allí como un intruso.

— ¿Estás bien?—acertó a preguntar viendo su semblante.

Rukia fingió una sonrisa.

—Sí, no te preocupes. Me he abstraído un poco. Ya sabes, el estrés.

—Ya.

Y funcionó. Siempre funcionaba.

Se irguió en el asiento del coche y de nuevo miró a través de las lunas del coche, esta vez para cerciorarse de dónde estaban y poder ejercer de GPS. Comprobó que estaba muy cerca de su casa, apenas la separaban unos metros, pero toda una hilera de automóviles detenidos les distanciaba de su destino. El semáforo estaba en verde y sin embargo nadie se movía ni un ápice.

— ¿Por qué hay tanta gente parada?

El muchacho se encogió de hombros.

—Debe haber un accidente o algo así, ya llevamos unos minutos retenidos aquí.

Rukia se azoró ligeramente. Ni se había dado cuenta.

El chico abrió su ventanilla y el sonido de la lluvia golpeando el suelo invadió la estancia con fuerza. Se asomó con cuidado para no mojarse demasiado y oteó como pudo el final de la calle, descubriendo en el mismo lo que parecía una escalera de gran envergadura levantándose hacia el cielo. Había una persona subida a ella, y por el uniforme que vestía no podía ser otra cosa que un bombero. Aquello sí que no se lo esperaba. Achicó los ojos para poder enfocar mejor la vista, y comprobó que efectivamente uno de los edificios escupía humo por una de las ventanas. La calle estaba cortada, y seguramente los bomberos no tardarían en echarles para poder maniobrar mejor. O eso o no les quedaba otra que esperar a que el infierno acabase.

—Parece que hay un incendio—logró decir una vez se introdujo de nuevo en el vehículo. Era lo que le faltaba. Estaban en una calle de un solo sentido, lo cual significaba que sólo podría salir de allí si los de detrás suya lo hacían. Hasta entonces permanecería retenido.

Aquello era toda una faena con el torrente de agua que estaba cayendo del cielo, y esperaba que Rukia reaccionara de igual manera, pero se equivocó de cabo a rabo. En su lugar recibió palabras teñidas de consternación.

— ¿Cómo has dicho? ¿Dónde?

Ichigo señaló la dirección donde había visto aparecer el humo. No estaba muy seguro de si era el último edificio o el penúltimo, pero tampoco importaba demasiado. No sabía a qué venía tanto nerviosismo por parte de la muchacha.

Sin ningún tipo de miramiento o explicación previa, Rukia abrió la puerta del coche y salió a toda prisa de allí, dejando a un Ichigo boquiabierto llamándola desde el interior. La sacudida de la tormenta ahogó cualquier sonido que pudiera salir de sus labios.

Y aunque hubiera podido oír algo, Rukia no le habría hecho caso. Corría a pasos forzados con los tacones y el vestido, tropezándose cada dos pasos, sus movimientos eran tan torpes como en la ensoñación que había vivido momentos antes. Notaba como la lluvia calaba su cuerpo hasta los huesos y sabía que acabaría pillando el catarro del siglo, pero en esos momentos poco importaban todas esas cosas. No podía detenerse. Se trataba de un terrible presentimiento, y no estaba dispuesta a quedarse sentada esperando saber si sería cierto o no. Tenía que comprobarlo con sus propios ojos, hasta las últimas consecuencias.

Ichigo no sabía qué pensar. ¿Debía ir tras ella a decirle que volviera? ¿Dejarla que en su locura volviera ella solita a casa? ¿Desde cuándo le importaba tanto que hubiera un incendio en la ciudad? ¿Acaso era periodista? ¿De una ONG de ayuda para los damnificados por el fuego? Fuera lo que fuera había salido en medio de una buena tormenta y era cuestión de tiempo que acabara en urgencias por una pulmonía. Él se había comprometido a acercarla a su casa y eso era lo que iba a hacer.


Aquello iba simplemente de mal en peor. La comida, fantástica. La compañía, insuperable. La valentía, brillaba por su ausencia. Tatsuki y Renji llevaban un buen rato ahí sentados, en lo que se podría denominar el nido de amor del restaurante, y no eran capaces de sacar el tema del viaje. Habían hecho un par de referencias, pero en ningún momento en lo que respectaba a su relación de amistad o no amistad.

Renji casi lo daba por perdido, pues cuando surgía algún tema de conversación donde pudiera desviarse a dicha cuestión no se veía capaz de hacerlo. Su subconsciente le ganaba la partida por goleada, y no le extrañaba demasiado con todos los desengaños que había tenido en los últimos años. Pero entonces, contra todo pronóstico, sucedió algo que cambiaría el curso de la noche: Tatsuki pronunció la frase del millón. La que todo hombre querría escuchar en su primera cita con una mujer.

— ¿Te parece que nos pasemos por mi casa después de cenar?

Podría considerarlo como una proposición indecente, pero Renji no era un hombre normal, así que en lugar de hincharse interiormente de júbilo y hacerse el interesante, optó por desencajar la cara en una expresión de total incredulidad.

— ¿Qué?

—Que si te vienes a casa después de cenar—repitió ella entre risas—. No sé qué te pasa hoy, de verdad. Estás en la luna, Renji.

El pelirrojo resopló en su fuero interno. Si ella supiera…

Permaneció en silencio durante unos instantes y procuró poner en orden las ideas. Estaba muy nervioso, y era normal que pensara cosas tan extrañas. Pero tenía que ser realista, Tatsuki por mucho interés que tuviera puesto en él no le propondría ir a su casa a pasar la noche como si fuera la femme fatale de la discoteca. Además había pasado casi más tiempo en la casa de la chica que en la suya, y el hecho de que quisiera que fueran ahora no implicaba nada más allá que el pasar un rato tomando un café tranquilamente en el sofá. Una vez analizó toda la situación y se pudo sentir totalmente estúpido por sus conjeturas iniciales, pudo decir algo:

—Claro, no hay problema.

Parcas palabras pero eficaces. Tatsuki sonrió.

—Genial, quería enseñarte un nuevo artilugio que he comprado. Utilízalo durante quince días y acabarás con el cuello de Stallone.

Jamás lo habría pensado, pero la idea pintaba muy pero que muy interesante.


Siguió corriendo como pudo a través de la intensa lluvia que la golpeaba, pisando algún que otro charco en el proceso. Cuando llegó al lugar del incidente, haciendo caso omiso de algunos agentes de policía que hacían lo imposible por detenerla, no supo qué decir ni cómo actuar. No después de que comprobara ella misma con sus propios ojos que el piso que ardía tan intensamente era el suyo. Había varios camiones de bomberos en la zona, con sendas escaleras que se alzaban hacia las ventanas y la terraza del apartamento. El agua de sus mangueras entraba en el interior con fuerza, pero parecía que el fuego se resistía a desaparecer. El humo que escupía la vivienda se alzaba con violencia hacia el cielo, negro como el tizón.

Lo sabía. De algún modo lo sabía, pero tenía cierta esperanza de que todo hubiera sido un mal augurio.

Uno de los agentes llegó hasta ella, procurando convencerla de que no debía estar allí, que podía ser peligroso.

Rukia ni le miró. Se encontraba absorta, perdida en un universo donde todo se hacía añicos en un solo segundo. El suyo. Todo estaba allí, todo. Sus muebles, sus libros, su ropa, sus fotografías, sus recuerdos…No podía explicarse por qué tenía que pasarle precisamente a ella. ¿No había sufrido ya lo suficiente?

—Señorita—repitió el agente, zarandeándola con suavidad—le ruego que se vaya de aquí ahora mismo, si no quiere que sea yo quien lo haga. Señorita—llamó de nuevo con tono severo.

Rukia ladeó levemente la cabeza, señalando con profundo dolor a la terraza que emanaba llamas con violencia.

— ¿Es su casa? ¿Vive allí?

Tardó unos segundos en contestar, probablemente temiendo pronunciarlo en voz alta y admitir que lo que estaba viendo estaba ocurriendo en realidad.

—Sí. —Tragó saliva amargamente—. O lo era.

—Joder…

No era la mejor palabra de apoyo que podría haber escogido, pero estaba teñida de profunda consternación. Ichigo acababa de llegar, y no podía haberlo hecho en peor momento.

No sabía qué podía decirle, de hecho, dudaba que alguien supiera qué decir en ese tipo de ocasiones. Es como cuando muere alguien cercano a una persona. ¿Qué puedes decir que le alivie el corazón? ¿Qué puede hacer que se sienta mejor? ¿Decir lo siento? Parcas palabras que poco ayudan. Sin embargo, era las únicas que tenía a mano.

—Lo siento.

—Gracias—logró murmurar Rukia. Sus labios se apretaron con fuerza al igual que sus manos, y, por propia experiencia, Ichigo supo que intentaba aguantarse las lágrimas. No sabía si había perdido mucho o poco, pero de todas formas, perder tu casa no resultaba nada divertido.

El oficial que se encontraba en la zona se acercó a ellos pronunciando palabras de consuelo. Parecía sacado de una película de Hollywood, con un enorme mostacho que surcaba su cara y una barriga prominente que se hacía aún más visible gracias al cinturón tan prieto que vestía. Respiraba con cierta dificultad, en parte seguramente debido a lo anterior mencionado, y su paraguas amenazaba con romperse de un momento a otro.

—La señorita Kuchiki, ¿no?

—Kuchiki Rukia, sí.

—Lamento profundamente lo de su casa, pero me temo que aun con todo tiene que irse de aquí, al menos quedarse detrás del perímetro de seguridad. —Señaló a un grupo de personas apostilladas tras unas vallas de seguridad. Eran sus vecinos, desalojados del edificio por su seguridad—. Después nos gustaría hablar con usted sobre lo ocurrido.

Rukia salió brevemente de su trance.

— ¿Saben qué ha podido ser?

El oficial se encogió de hombros.

—Por ahora es difícil saberlo, una vez esté apagado escrutaremos el apartamento hasta encontrar la fuente del problema. ¿Sabe si dejó alguna llave del gas abierta? ¿Una estufa? ¿Algo que pudiera prender?

La muchacha negó con firmeza.

—No tengo nada de eso, no entiendo qué ha podido pasar. Además llevo casi todo el día fuera de casa…

El hombre se atusó el bigote mientras hacía sus propias cavilaciones.

—Bien, no se preocupe, en breve sabremos qué pudo ocurrir. La lluvia está ayudando mucho y no creo que tarden demasiado. ¿Tiene algún lugar donde poder alojarse esta noche?

La mente de Rukia disparó la imagen Renji. Tenía que llamarle con urgencia.

—Sí, sí…Llamaré a un amigo.

—Como quiera. Lo mejor es que se vaya de aquí y se resguarde de la lluvia.

—No puedo irme de aquí.

Sus palabras denotaban claramente que no tenía la menor intención de abandonar el lugar. ¿Cómo alguien es capaz de querer alejarse viendo cómo tu hogar es consumido por las llamas? Era como si abandonara una parte de sí misma. Quizá hubiera algo que pudiera rescatar….

—Este hombre tiene razón—apuntó Ichigo con toda la delicadeza que pudo—. No podemos estar aquí, al menos no con la que está cayendo.

El oficial asintió con vehemencia e hizo una señal a uno de sus camaradas, que pronto apareció con un par de paraguas para ambos muchachos.

—Quédense junto a los de la ambulancia, desde allí puede mirar si quiere. —La miró con una mezcla de tristeza y sorpresa. Él no querría ver todo aquello. Cogió los paraguas que le tendió su compañero y se las ofreció—. Váyanse allí—ordenó entonces.

—Vamos.

Los pies de Rukia no querían moverse de allí, se negaban a despegarse de su sitio, sin embargo los brazos de Ichigo fueron más fuertes, y, sujetándola con fuerza, la arrastró hacia el lugar que el policía les había indicado. Una vez allí, atendidos por el personal de emergencias, Ichigo se envolvió en una de las mantas que les habían proporcionado secándose como buenamente pudo. Tenía frío, mucho frío, y eso que habían sido tan sólo unos minutos y él podía considerarse de complexión fuerte. No quería saber cómo estaría ella, siendo apenas un bulto de persona.

Se alegró de que no pudiera leerle en pensamiento.

—Estás empapada, toma. —Le ofreció la que quedaba y le instó a ponérsela—. Te encontrarás mejor.

Rukia cedió y se sentó junto a él dentro de la ambulancia, arrebujándose en el abrigo y dejando que el poco calor que le llegaba se impregnara en ella. Ojalá esa sensación también pudiera borrar la impotencia que sentía en aquellos momentos.

—Tengo que llamar a Renji. Necesito hablar con él.

Se oyó a sí misma decirlo y le sonó a casi una súplica. Pero no podía evitarlo, necesitaba escuchar una voz conocida, familiar, y Renji lograría reconfortarla. De eso estaba completamente segura.

—Te has dejado el bolso en el coche…Iré a aparcarlo. Puedes usar el mío si quieres por ahora.

Se lo tendió sin ningún reparo y Rukia supo entonces que quizá no fuera tan mal chico después de todo. Sobre todo teniendo en cuenta que se encontraba allí con ella acompañándola en su desgracia. Sonrió débilmente, de forma apenas perceptible, pero fue su forma de agradecérselo.

—No te muevas.

Ella negó con la cabeza, mientras sacaba de su memoria el teléfono de su amigo. Con suerte, aquel sonido vibratorio tan estridente conseguiría despertarlo de su ensoñación amorosa con Tatsuki.

Tatsuki.

Sabía que esa noche era muy importante para él, pero no tenía a nadie más a quien acudir. Él lo entendería. Siempre lo hacía.

Marcó con decisión su número y esperó impacientemente una contestación que, no obstante, nunca llegó. Probó de nuevo repetidas veces pero el resultado fue el mismo que en la primera ocasión. Nada.

Rukia se llevó las manos a las sienes, haciendo círculos en las mismas con sus finos dedos. No podía ser, ¿dónde se había metido? Al parecer el móvil no estaba apagado sin embargo nadie contestaba. Resopló con fuerza y se recogió las piernas con los brazos, hundiendo su rostro momentos después.

Definitivamente, aquel no era su día.


Gracias a los que lean y muchas más para quien, además, se tome la molestia de comentar.