300 A.L. –Camino Real cerca del Vado Rubí, las Tierras de los Ríos.
El sonido del Forca Verde al fluir acompañaba a los viajeros de la comitiva real. Tres semanas habían pasado ya desde la partida de Invernalia y diez días atrás las últimas ciénagas de El Cuello habían quedado atrás. El Norte era pasado y el resto del Reino estaba delante de Edric.
El séquito del Rey avanzaba lentamente debido a la cantidad de personas que lo componían, pero especialmente por gigantesca carroza que transportaba a la Reina y el resto de las damas nobles. Si no fuera por tal carromato y sus continuas averías, Ed apostaba a que ya habrían llegado a Desembarco del Rey.
Al llegar al Vado Rubí, el dorniense y los hermanos Stark -salvo Sansa, que aceptó una invitación de la Reina a desayunar con ella- tomaron sus caballos y se alejaron del resto de la comitiva para ver más de cerca el legendario lugar donde realistas y rebeldes se habían enfrentado dieciséis años atrás. Y aunque tanto Edric como Bran le decían que era imposible, Arya estaba convencida de que si se esforzaba lo suficiente lograrían encontrar alguna piedra preciosa.
-Siempre que ustedes se daban por vencidos cuando había que encontrar algo en Invernalia, yo seguía buscando y lograba encontrarlo. –dijo la Stark, segura mientras los tres cabalgaban entre cada vez menos árboles con dirección al río. –No miran donde hay que buscar, como yo. Estoy seguro de que quienes buscaron los rubíes antes se parecen a ustedes.
Bran y Edric se encogieron de hombros ante ello y resignados acompañaron a la muchacha. Era una mañana fresca, pero el sol estaba en lo alto sin ninguna nube acompañándolo, así que más temprano que tarde la temperatura subiría hasta volverse insoportable para los norteños. Los caballos llegaron al tope de una colina y la curva del río que formaba el vado quedó al descubierto. Tras quedarse contemplando la vista unos instantes, primero Arya y luego los hombres descendieron por la ladera de la colina hacia la orilla del vado.
-¿Ahora si estás convencida de que no quedan rubíes, Arya? –preguntó Bran, mientras su hermana se bajaba del caballo para observar con más detalle el suelo. –Han pasado años desde la batalla, y los rubíes que no tomaron los soldados se deben haber ido río abajo hace mucho.
-Cállate, dame un par de minutos y demostraré que se equivocan. –respondió la chica, arrodillándose en la arena y removiendo el follaje de la orilla del río para observar con mayor detalle el suelo.
Bran hizo un gesto que decía "como quieras" y también bajo de su caballo, pero con la intención de llevar al animal a la orilla del río para refrescarlo. Edric observó un momento a Arya antes de imitarlo, y mientras ambos animales bebían el dorniense comenzó a conversar con su amigo.
-Bran, ¿Dónde están Verano y Nymeria? –preguntó el dorniense, extrañado de que los huargos no estuvieran cerca de sus amos, aunque agradecido de ello en parte ya que así no asustaban a los caballos.
-Salieron a cazar en la tarde de ayer junto a Dama y todavía no han decidido volver. –respondió el Stark, mientras hacía caricias a su caballo que bebía del río. –Con todo el ruido que hace esa carroza de la Reina, probablemente todos los animales en leguas a la redonda deben haberse espantado, así que deben haberse alejado bastante para encontrar suficientes presas para los tres.
-Ah entiendo. -dijo el pelo ceniza, mirando su reflejo en el agua y llenando una cantimplora para beber el mismo de ella. Estaba en ello cuando recordó algo que había escuchado en una lección. - Arya, de todos modos no logras nada buscando acá en tierra. La batalla entre Rhaegar y el Rey Robert no fue en la orilla, fue en medio del río. Eso fue lo que dijo el maestre Luwin.
Ante eso, la Stark levantó rápidamente, abriendo ampliamente los ojos grises.
-¡Claro Ed!, ¿cómo no se me ocurrió? –exclamó mientras empezaba a correr sin decoro alguno hacía el centro del vado. Edric ya empezaba a preguntarse si habría sido buena idea haber hecho ese comentario.
-Vaya Ed, que idea le diste ahora. –dijo Bran, un poco contrariado. –Ahora cuando volvamos Padre no solo la encontrará sucia, sino que también mojada.
-Vamos Bran, tampoco es como si tu padre se enojara por encontrar a Arya así. –respondió el dorniense, mientras observaba a la Stark empezar a buscar en el centro del vado por los famosos rubíes.
-Bueno, eso es verdad. –respondió el pelirrojo, dejando de observar a su hermana y comenzando a buscar con la mirada algo en la orilla. -¿Cuánto tiempo crees que Arya siga buscando antes de darse por vencida?
-Unos veinte minutos, quizás un poco más. –respondió Ed - ¿Por qué preguntas?
-Porque… -respondió el Stark, quién tomo las riendas de los caballos y comenzó a caminar alejándose de la orilla hacia los árboles, antes de detenerse justo debajo de uno y atar a los animales a la sombra de este. –Quizás podríamos aprovechar el tiempo practicando. –Al decir el norteño dio un par de pasos y se agachó para levantar un palo de un tamaño aceptable mientras señalaba hacia otro árbol. –Allá hay otro palo parecido a este, luchemos un rato.
Edric aceptó el desafío y fue a buscar el pedazo de madera señalado. Tras volver con él, se puso en posición frente a su amigo, esgrimiendo el palo con ambas manos como si fuera un mandoble.
-¿Partes tú o yo? –preguntó el dorniense mientras sopesaba el peso de la madera, mucho más liviana que cualquier arma de acero o incluso las espadas de madera con centro de plomo con las que Ser Rodrik Cassel solía hacerlos entrenar cuando eran más pequeños.
-Yo. Estuve pensando en un movimiento nuevo y quiero ver como reaccionas a él. –dijo el Stark, antes de lanzarse hacia adelante intentando golpear rápidamente desde arriba a la cara del dorniense.
Bran también había tomado el palo con ambas manos y tanto la fuerza como la rapidez del golpe hicieron que Edric casi no pudiera bloquearlo, pero con un fuerte sonido logró enfrentar a la madera con la madera en el último instante. La cara del Stark reflejó un instante su frustración antes de arremeter nuevamente desde el costado.
Ed esta vez logró parar el golpe con mayor facilidad y aprovechó para contraatacar lanzando un mandoble hacia el costado derecho del pelirrojo, el que también lo bloqueó. El norteño nuevamente atacó y esta vez Edric decidió evitar el golpe agachándose. Aprovechó el momentáneo desbalance de su contrincante para contraatacar, pero esta vez fue Bran quién evitó el golpe saliendo del alcance de Ed.
-No fue muy caballeroso ese golpe, Bran.
-Bueno, de todos modos tampoco resultó. –dijo el pelirrojo, recuperando la respiración. –Habrá que hacerlo a la antigua entonces.
-Así parece- respondió Ed, sonriendo. –Pero no te des por vencido, estoy seguro que esta vez resistirás más de cinco minutos antes de que te desarme.
-Eso está por verse. –dijo el Stark, lanzándose para atacar nuevamente.
Ambos palos chocaron nuevamente, y lo hicieron otra y otra vez. Ambos muchachos si bien luchaban amistosamente eran igual de orgullosos y por ello no se iban a dar por vencidos fácilmente. El tiempo pasó hasta que finalmente Ed logró golpear una de las manos del norteño, el que lanzó un grito de dolor y soltó el palo.
Edric puso el palo en el cuello del Stark.
-Muerto. –dijo el dorniense, mientras el norteño se lamía los nudillos para calmar el dolor.
-Bueno, de todos modos el sol estaba a tu favor. –respondió el norteño.
-Como digas. –respondió Ed, quien bajo el palo. Ambos amigos sonrieron y caminaron hacia el vado para refrescarse un poco. Frente a ellos, una contrariada Arya caminaba resignada desde el centro del río. Al llegar frente a ellos los miró desafiantemente.
-No digan nada, o lo lamentarán. –dijo la esbelta Stark y sin decir más continuó caminando hasta llegar a los caballos.
Los jóvenes rieron por ello y caminaron hacia sus propios caballos. Arya los esperaba con una expresión de enojo y ambos prefirieron no probar más su paciencia, así que de inmediato comenzaron el camino de vuelta sin volver a mencionar los rubíes de Rhaegar el resto del trayecto.
Atrás de ellos el Tridente continuó fluyendo como lo hacía desde épocas inmemoriales, indiferente a los jóvenes que recién habían estado en él. El río que tanta sangre había visto correr a lo largo de su historia no se inmutaba con nada.
-*-*-*-*.
Sansa había acudido a desayunar con la Reina y la princesa Myrcella. Solían invitarla de vez en cuando a compartir con ellas en la carroza real, pero no tanto como la pelirroja quisiera. Estar en la misma habitación con la familia real había sido algo que Sansa hubiera soñado hacer cuando era más pequeña, y si bien ahora ya era una doncella florecida y comprometida, la excitación que le producía tal situación no había desaparecido totalmente.
Tras terminar la comida y la sobremesa, la Stark se había despedido de sus anfitrionas y había comenzado a caminar hacia el pabellón de su padre, estaba a mitad de camino cuando avistó a tres jinetes acercándose al lugar donde la comitiva había hecho campamento. Sus cabelleras color negro, rojizo como el suyo mismo y rubio ceniza hacían claras sus identidades.
-¡Arya, Bran, Edric! –llamó la Stark haciendo señas con una mano a los recién llegados. Su hermano pareció verla, ya que avisó a los otros dos jinetes y llevó a su caballo trotando hacia su dirección.
-Hola Sansa, ¿has visto a padre? –preguntó su hermano menor, mientras se bajaba de su caballo. Su hermana y Ed hicieron lo mismo poco después. Los hombres se veían sudados pero más allá de eso no había nada extraño en ellos, sin embargo su hermana estaba sucia y todavía tenía el pelo y la ropa mojada, como si hubiera estado chapoteando en un río, aunque si Sansa lo pensaba bien, eso tampoco sería algo muy raro. Mientras el dorniense la saludo con un gesto de la cabeza, Arya no dijo nada. La Stark menor continuaba enojada por no haber tenido razón con los rubíes de Rhaegar y además nunca había sido alguien que destacara por su cortesía.
-No Bran, se levantó temprano y se fue con el Rey y un par de Guardias Reales a cazar. Según el Rey en esta región todavía hay uros y dijo que quería intentar comer carne de uno cazado por él mismo. –respondió la pelirroja.
-Ah bueno, nunca he visto un uro. –dijo su hermano, pensativo. Luego de eso se dio vuelta hacia la Stark menor– En ese caso, si yo fuera tú me iría a cambiar de ropa antes que vuelva, Arya. Estoy seguro que a padre no le gustaría que…
Bran no terminó su frase porque justo en ese momento a los Stark y a Edric les llegó el ruido repentino de múltiples voces entusiasmadas. Todos se giraron en la dirección del sonido y vieron una muchedumbre agolpándose rápidamente afuera de la carroza de la reina. Curiosos, interrumpieron sus conversaciones y los cuatro caminaron hacia el lugar que había llamado la atención de tantos.
Al abrirse paso entre las personas, pronto vieron a la Reina de pie en la puerta hablándole a tres extraños arrodillados frente a ella.
-Es un gran honor el que recibimos al… -decía Cersei, pero ninguno de los Stark ni Edric le prestaban mucha atención, los tres estaban muy ocupados escudriñando a los recién llegados.
El primero tenía poco más de veinte años y su armadura era de acero color verde oscuro como el de un bosque. Su cabello era negro como la noche y unos tormentosos ojos azules destacaban en medio de una atractiva y juvenil cara. El segundo desconocido observaba todo con una expresión sombría en el rostro huesudo. Tenía la tez afeitada, llena de cicatrices de viruelas, con las mejillas y los ojos hundidos. Su armadura era una cota de mallas color gris sobre cuero endurecido, simple y sin ningún adorno, que parecía antigua y muy usada. Sin embargo, era el tercer desconocido el que más llamaba la atención de todos.
Su armadura era un complicado diseño de escamas de acero blanco resplandeciente con uniones de plata, y de su espalda colgaba la nívea capa de la Guardia Real. El caballero retiró su yelmo y su cabello blanco como la propia capa quedó al descubierto. Pese a su aparente edad, el desconocido se veía aún fuerte y mantenía una postura gallarda al enfrentarse a la Reina. La identidad del hombre pronto quedó clara para los jóvenes exceptuando a Arya.
-Ser Barristan el Bravo. –murmuró un emocionado Bran, adelantándose a Edric y Sansa. El muchacho observaba con la boca abierta a uno de sus héroes de la infancia y sus ojos no dejaban por un instante al caballero.
La Reina justo en ese momento dejo de hablar y el susodicho tomó la palabra.
-El honor es nuestro Alteza, pero sin intentar menoscabar las buenas intenciones del Consejo Real, debo admitir que fui yo quien insistió en venir acá. –dijo el anciano caballero, con una voz orgullosa pero al mismo tiempo cálida. –Como Lord Comandante de la Guardia Real, mi papel está junto al Rey y su familia.
-Vamos Ser Barristan, admite que simplemente estabas aburrido en la capital y querías salir a cabalgar por la campiña. –dijo el desconocido del pelo negro y los ojos azules, al tiempo que sonreía y le daba un golpe amistoso en la espalda al caballero. –La verdad es que no eras el único aburrido en esa ciudad, a veces es bueno llenarse los pulmones con el aire puro del campo.
-Estoy segura que mi esposo estará bastante satisfecho de vuestra idea, Ser Barristan. –dijo la Reina, ignorando el comentario del caballero de la armadura verde. –Pero por ahora salió a cazar junto a Lord Stark y Ser Jaime. De todos modos no debería faltar mucho para que Su Alteza vuelva y se entere de las buenas nuevas. Por mientras podéis beber y refrescaos del largo viaje desde la capital en los toldos que fueron armados para la comida del mediodía, luego de ello necesito que se presenten en el pabellón real para hablar del estado de la capital.
-Lo haremos mi reina, agradecemos vuestra hospitalidad. –respondió Ser Barristan, poniéndose de pie y comenzando a caminar en dirección de los mencionados toldos. El caballero de la armadura verde lo imitó, pero el tercer hombre tras ponerse de pie permaneció en su lugar. De cualquier manera, Edric y los Stark estaban justo en su trayectoria de los dos caballeros, y si bien los muchachos pronto se hicieron a un lado para permitir el paso, no sirvió de nada cuando los propios caballeros se giraron para encararlos al pasar junto a ellos. El caballero del pelo negro fue el primero en hablar.
-¡Vaya!, ¿que tenemos aquí? –dijo el hombre sonriendo, mientras detrás de él Ser Barristan observaba con unos resplandecientes ojos azules a los jóvenes Stark. –Parece que unos lobos y un dorniense han entrado al campamento, ¿o me equivoco?
Sansa fue la primera en responder, sonrío como le había enseñado la septa Mordane e hizo una reverencia.
-No os equivocáis, mi señor. –respondió la pelirroja. –Soy Sansa Stark, hija de Lord Eddard y quienes me acompañan son mis hermanos menores, Bran y Arya. –señalo primero a los susodichos y luego continuó con Edric. –Y quién está con nosotros es Edric Dayne, Señor de Campoestrella, pupilo de mi padre y un hermano más para nosotros en todo excepto nombre.
-Encantado de conoceros, bella dama. –dijo el hombre, poniéndose en una rodilla y besando la mano de Sansa. – Soy Renly Baratheon, hermano del Rey.
-Hermano del Rey y Señor de Bastión de Tormentas, ¿o me equivoco Lord Renly? –respondió la Stark, un poco ruborizada por la caballerosidad del Baratheon.
-En efecto, Lady Sansa. Parece que sois tan hermosa como inteligente. –dijo sonriendo Renly- Dejadme presentaros a mis acompañantes.
-No será necesario, Lord Baratheon, pero agradezco vuestra gentilidad. –dijo la pelirroja, sonriéndole antes de girar para mirar al caballero anciano. –Hasta en Invernalia se han escuchado las proezas de Ser Barristan el Bravo. De hecho, mi hermano aquí presente es alguien que especialmente lo tiene como su héroe personal.
-Me siento honrado por vuestras palabras, gentil doncella. –dijo Ser Barristan, haciendo una reverencia también frente a los Stark. –Espero no ser una decepción frente a lo que los bardos cuentan en sus canciones, joven Bran. –Al decir eso sonrío al muchacho.
-S… Ser Barristan –tartamudeó Bran, poniéndose en una rodilla frente al legendario caballero. –P-para nada, sois tan caballero como siempre os imagine.
-Tomaré eso como un cumplido –dijo el Guardia Real, haciéndole un gesto al muchacho para que se levantara –Debo decir que os parecéis muchísimo al tío de vuestra madre, Ser Brynden. Soy un hombre que ya ha visto muchas lunas, pero mi memoria sigue intacta y recuerdo como si fuera ayer cuando combatí junto a vuestro tío en la Guerra de los Reyes Nuevepeniques. Un gran caballero, hasta el día de hoy.
-Gracias, Ser Barristan. –respondió el muchacho, levantándose y sonriendo. –No he visto a mi tío desde que era muy pequeño, pero crecí escuchando a mi madre contar historias de él y sé que es un gran caballero.
-Que no te quepa duda de ello, muchacho, -finalizó el Lord Comandante justo antes de girarse para mirar a Edric. –Y veo que no eres el único que se parece a alguien conocido. ¡Por los Siete, es como si Arthur hubiera rejuvenecido y vuelto a ser escudero!
Todas las miradas se posaron en Ed, quién solo atinó a ser una reverencia al anciano caballero.
-Ser Barristan, es un honor conoceros. –dijo sinceramente el dorniense, mirando fijamente a los ojos de Selmy.- Al igual que Bran, también crecí escuchando vuestras historias. Personalmente mi favorita es cuando os enfrentaste al Príncipe Duncan y os ganasteis vuestro apodo.
-El Príncipe de las Libélulas fue muy amable conmigo en esa ocasión. –respondió el Guardia Real con una sonrisa triste, mientras recordaba viejos tiempos.- Otros no hubieran sido tan condecentes con un escudero tan impertinente.
El caballero iba a añadir algo más, pero fue interrumpido por Renly.
-Vamos muchachos, paren de adular a Barristan el Bravo o dejará su estoica postura y se transformará en Ser Abuelo –dijo amistosamente el hermano del Rey, poniendo su mano sobre el hombro acorazado de Selmy. –Y créanme, puede ser muy aburrido cuando pasa eso.
El intercambio de palabras entre los recién llegados iba a continuar, pero en ese momento un Guardia Real hizo acto de presencia.
-Lord Comandante –comenzó el caballero, saludando con una reverencia a Ser Barristan. –La Reina me mandó para recordaros que necesita hablar con vosotros. –el capa blanca miró a través de la visera de su yelmo a los Stark y Edric. –Dice que está muy ansiosa esperándolos.
Todos entendieron la indirecta, así que Ser Barristan asintió a su subordinado y procedió a despedirse de los jóvenes.
-Habrá otra ocasión para hablar, joven Edric. –dijo el anciano caballero, saludando con un gesto de la cabeza al dorniense. –En el sur también escuchamos la historia de un escudero desafiando a un caballero del Valle. Estoy seguro que Duncan el Pequeño también habría asignado un apodo a tal escudero.
-Esperaré ansioso tal conversación, Ser Barristan. –respondió Ed.
El caballero sonrío y prosiguió su camino, detrás de él Lord Renly hizo un último comentario y también siguió su trayecto a los pabellones.
-Recuerda lo que te dije sobre Ser Abuelo, dorniense. –dijo el Baratheon, dirigiéndose primero a Edric en particular y luego a los cuatro jóvenes. –Nos veremos en otra ocasión, muchachos y damas. Pero ahora tengo una cita con los melocotones de la despensa real y luego debo hablar con mi encantadora cuñada, adiós.
Ambos hombres siguieron su camino. Mientras Edric y Bran observaban absortos la capa blanca de Ser Barristan ondeando al viento mientras se alejaba, Arya aprovechó esa instancia para lanzar un golpe amistoso a la espalda del dorniense.
-Demonios Edric. –dijo la muchacha frunciendo el ceño mientras el dorniense se quejaba. –Pareciera que todo el mundo ya te conoce por culpa de ese estúpido caballero.
-Bueno, ¿lo que hice tampoco es algo muy común no? –respondió Ed, mientras Sansa miraba desaprobando a su hermana y Bran se reía.
-No, pero eso tampoco es motivo para que se te suban los humos a la cabeza. –respondió Arya, relajándose y poniendo una cara juguetona. –Además, que no se te olvide que yo te he derrotado varias veces, así que yo también podría haber derrotado al estúpido Royce.
-Vamos Arya, sabes muy bien que si me derrotaste fue por casualidad. –respondió el dorniense, también jugueteando. La muchacha le lanzó otro golpe. –Bueno, quizás esa vez que estaba enfermo me superaste de verdad. –el muchacho recibió otro más.- Ya, ya, suficiente. Tienes razón Arya. –finalizó el muchacho levantando los brazos.
La Stark sonrío, satisfecha. A su lado Sansa los observaba con los brazos cruzados mientras Bran se había aburrido y había comenzado nuevamente a buscar con la mirada al Guardia Real.
-Eso es lo que quería escuchar. –dijo Arya. –Entonces, ¿intentarás no hablar más de cuando derrotaste a ese caballero?
-Está bien, lo prometo. –respondió el rubio, resignado. – ¿En fin, tengo hambre, vamos a comer algo?
-Estaba pensando lo mismo. –respondió la muchacha. Los cuatro jóvenes emprendieron camino hacia el pabellón de Lord Stark.
-*-*-*-*.
-Ahí está, pequeños lobos: Desembarco del Rey. Finalmente nuestro largo viaje llega a su fin. –dijo Lord Stark a sus hijos y Ed. Mientras los cinco miraban a lomos de sus caballos hacia lo lejos.
La comitiva real estaba a pocos kilómetros de la capital de los Siete Reinos y las tres colinas que marcaban los principales hitos de la gran ciudad ya sobresalían en el horizonte. Pozo Dragón, el inmaculado Gran Septo de Baelor y la Fortaleza Roja poco a poco se hacían más distinguibles a medida que el Camino Real se acercaba a las murallas de la ciudad. El viaje desde Invernalia para los viajeros había transcurrido sin mayores novedades tras el encuentro con Ser Barristan y Lord Renly en las cercanías del Vado Rubí, y todos ya estaban ansiosos llegar al destino final.
-¿Qué es ese olor, Lord Stark? –dijo Edric, haciendo una mueca de desagrado. Bran y Arya lo imitaron, mientras Sansa miró con desaprobación al trío.
-Ese Edric, es el olor de una ciudad de medio millón de habitantes. –respondió Lord Eddard, mirando hacia las murallas de la ciudad. –Veo, o más bien dicho huelo, que el reinado de nuestro buen Rey Robert no ha mejorado en gran medida la sanidad de la ciudad.
-Quizás Lord Manderly podría ayudar al Rey en eso, ¿no crees padre? –preguntó inocentemente Bran, con una mirada esperanzada. –Digo, Puerto Blanco nunca ha olido así. A pescado y nieve sí, pero nunca este olor.
-Quizás Bran. –respondió con un asomo de sonrisa su padre.- Meditaré sobre tu idea.
Los Stark y el dorniense continuaron con su camino y unos kilómetros más tarde ellos y el resto de la comitiva penetraron en la capital. A ambos lados de la calle que subía hacia la colina de Aegon y la Fortaleza Roja los habitantes de la ciudad se aglomeraban para dar la bienvenida a su Rey. Hombres y mujeres de todas las edades enarbolaban ramos y aclamaban el nombre de su soberano. Los nobles respondían recíprocamente lanzando monedas a la muchedumbre, que se las peleaban como lobos frente a los restos de una presa. Poco después, finalmente los edificios de la ciudad quedaron atrás y las murallas de la Fortaleza Roja aparecieron al frente de la comitiva.
Las puertas del castillo estaban abiertas y de las almenas colgaban los estandartes negros y dorados de la dinastía Baratheon. Más allá de las puertas se ubicaba el patio interior de la Fortaleza Roja, y fue ahí donde la comitiva se separó. Mientras el Rey y su familia se dirigieron hacia el Torreón de Maegor, una torre-fortaleza dentro del propio castillo, rodeado por un foso y fuertes murallas; los Stark fueron dirigidos por los mayordomos hacia la Torre de la Mano, que servirían como su hogar mientras Lord Stark se desempeñara en su cargo.
Tras acomodar las posesiones de los norteños en el edificio, Eddard llevó a sus tres hijos y Edric a visitar el resto de la fortaleza. La Bóveda de las Doncellas, el Torreón de Maegor y la Torre de la Espada Blanca fueron observadas desde cerca por los jóvenes, siendo la última especialmente estudiada por Bran y Edric. Sin embargo, no fue hasta que se dirigieron hacia el gigantesco Salón del Trono cuando todos callaron impresionados, mientras Lord Eddard hablaba sobre el lugar.
El Salón del Trono podía fácilmente tener a mil personas en su interior y aun así tener espacio disponible. Imágenes de la Fe de los Siete adornaban las ventanas que permitían entrar la luz del exterior y tapices con imágenes de caza de la más fina fabricación adornaban las paredes interiores del salón. El estandarte dorado y negro de los Baratheon colgaba también de los costados y detrás del propio Trono de Hierro.
Dicho trono se encontraba vacío, ya que el Rey se encontraba todavía en los aposentos reales y Lord Eddard era la propia Mano del Rey, la única otra persona que podía sentarse en él. De todos modos la figura del trono era amenazante por sí misma. Mil espadas, fuego dragón y sesenta días habían sido necesarios para levantar el símbolo del dominio de los Targaryen sobre Poniente, y Aegon el Dragón lo había hecho de tal forma que fuera amenazante para los súbditos e incómodo para el monarca al mismo tiempo. Algunas de las espadas retorcidas aún poseían filo y en más de una ocasión habían herido al rey que intentaba acomodarse en él. Incluso se decía que Maegor el Cruel había muerto por culpa del trono.
El Salón del Trono traía recuerdos dolorosos a Eddard. Dos pequeños cuerpos envueltos en capas rojas acudieron a su memoria por un instante, para luego ser reemplazados por la figura de un hombre en armadura siendo asado vivo mientras otro era estrangulado al intentar alcanzar una espada para poder liberarlo, todo esto mientras un rey reía maniáticamente y la corte en pleno observaba en silencio.
Lord Stark alejó esos pensamientos de su cabeza y se apresuró a salir del lugar.
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-Lord Eddard, es un agrado que finalmente hayáis llegado a la capital. –dijo Lord Varys, sonriendo mientras emanaba un olor dulzón desagradable para el norteño. –El Consejo Real necesita de la Mano del Rey como un ciego necesita de un bastón, y ya llevamos mucho tiempo desde que se inició la vacante del cargo.
Cuatro personas estaban sentadas frente a Lord Stark en la cámara del consejo. Quien le había hablado, el eunuco Varys, Renly Baratheon –cuyo parecido con el Robert de su adolescencia le resultaba inclusive confuso de vez en cuando-, el Gran Maestre Pycelle, con una frondosa barba blanca que le daba un aspecto venerable, su túnica de maestre y el gran collar de la orden, compuesto por anillos de casi todos los metales conocidos; y finalmente un sujeto pequeño, con el pelo oscuro variando a gris y unos ojos verde musgo que sonreían sardónicamente. Eddard lo recordaba bien, de hecho su hermano Brandon le había dejado un recuerdo en el pecho a tal hombre si no mal recordaba. Petyr Baelish habló antes de que Ned pudiera hacerlo
-Lord Stark, tantos años. –dijo sonriendo el hombrecillo. –Veo que los años no os han hecho más jovial.
-Lord Baelish, veo que me recordáis. –respondió serio Eddard, mientras se sentaba en el asiento de la Mano del Rey. – La verdad es que creo que nunca habíamos cruzado palabra antes.
Meñique sonrío.
-Así es, pero bueno, eres el esposo de una vieja amiga como es Cat. Obviamente os conozco por ello, y además, bueno, creo haber conocido a vuestro hermano.
-Así es, todavía recuerdo como hablaba de vos con cierto decoro de vez en cuando. –dicho eso, Ned giro y saludo al resto de los consejeros.
-Espero que disculpen mi tardanza. –dijo luego de saludarlos. –Como sabeís, recién hoy llegamos a la ciudad y había estado recorriendo el castillo junto a mis hijos y mi escudero.
-No os preocupéis de darnos explicaciones por ello, Lord Stark. –dijo el Gran Maestre. –Sabemos que la primera visita a Desembarco puede resultar fascinante para las mentes jóvenes.
-Así es, Gran Maestre. –respondió Eddard. –De todos modos, aquí estoy, y debo decir que me llama la atención que solo seamos cinco las personas presentes.
-Ah, Lord Stark. –respondió Renly, moviendo una mano como señalando que no es algo importante. –Mi hermano Stannis se marchó a Rocadragón poco después del viaje de Robert a vuestra Invernalia, probablemente enojado con mi otro real hermano por no haberlo nombrado Mano. Ser Barristan se encuentra en la Torre de la Espada Blanca, y bueno, mi hermano la verdad es que nunca se hace presente en el Consejo. Aunque de vez en cuando nos envía órdenes.
-¿Es esa la situación ahora, Lord Renly? –preguntó Eddard.
-En efecto. –el Baratheon sacó de uno de sus bolsillos un pergamino y lo extendió para leerlo. –Nuestro regio hermano comanda a su concejo la organización de un Torneo para celebrar la asunción de Lord Stark a Mano del Rey.
-¿Que dice el tesoro al respecto? –preguntó Lord Stark.
Baelish se estiró antes de responder. –Bueno, si el Rey lo comanda, deberé conseguir el dinero nuevamente. La verdad es que nuestro magnánimo Rey tiene una afición a los torneos que hace que esto ya sea un proceso rutinario.
-¿Poseéis los fondos necesarios?
-No, como no contamos con ellos hace años. –respondió Meñique. –Pero de algún lugar habrá que conseguirlos.
Eddard se movió en el asiento, incomodo por la situación.
-Robert nunca fue propenso a la austeridad. –comentó. –¿Los años no lo han cambiado, no es así?
-En efecto, Lord Stark. –respondió el eunuco. –Y su Alteza sigue siendo igual de testarudo si es que me permiten la expresión, así que no escuchará a nadie que intente convencerlo de no realizar un torneo.
-Bueno, en ese caso no hay nada que hacer al respecto –suspiró resignado el norteño, no llevaba ni cinco minutos en la cámara del consejo y ya comenzaba a agotarle las obligaciones del cargo. –Pasemos al siguiente punto.
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Los Stark se habían acomodado bien dentro de la Fortaleza Roja. Pese a las quejas de la Reina, quién decía que animales como los huargos podían poner en riesgo la vida de ella y de sus hijos, el Rey Robert había hecho trasladar a todos los sabuesos del canil del castillo y había instalado a los huargos en ese lugar. De todos modos los lobos solían ser soltados por sus amos en el Bosque Real y no volvían en semanas, saciándose con los venados del bosque.
Sansa pasaba gran parte del tiempo en compañía de la princesa Myrcella, siguiendo las órdenes de Lady Catelyn, quién le había encomendado hablarle a la rubia sobre su futuro hogar en el Norte. Cella era curiosa, cortes y amable, y resulto ser una compañía perfecta para la Stark mayor, ambas junto a Jeyne Poole eran inseparables.
Lo mismo ocurría con Arya, Bran y Edric. Las incursiones por los pasadizos de la Fortaleza Roja, las salidas a cabalgar a las afueras de la ciudad, y sobre todo los interminables enfrentamientos con espadas de madera consumían casi todo el tiempo libre de los muchachos. Pese a que lo intentaban ocultar, Arya continuó uniéndose a los duelos de los hombres, usando el Bosque de Dioses de la Fortaleza Roja para ello.
Una mañana, tras unas palabras de Eddard, el legendario Ser Barristan se presentó por primera vez con dos espadas de torneo frente a la puerta de la Torre de la Mano, donde requirió la presencia de Bran. El joven con la boca abierta no podía creerlo, aun cuando unos minutos más tarde entrenaba junto al caballero blanco en el patio de armas del castillo. Ambos no pararon hasta que el sol cayó, y Edric averiguó de primera mano cómo había mejorado Bran como espadachín desde aquella ocasión.
Pero el dorniense también entrenaba con un caballero blanco.
-Vamos Edric, dudo que alguna vez llegues a Espada del Amanecer si sigues tomando la espada de esa forma, con suerte te alcanzaría para pelearle a Walder Frey el título de Señor del Cruce. –dijo Ser Jaime Lannister. Una solitaria gota de sudor corría por su cara, mientras se arreglaba un mechón dorado con la mano de la espada. Vestido con la armadura blanca de la Guardia Real exceptuando el yelmo, el caballero apenas parecía cansado tras más de media hora de enfrentamiento
-Lo intento Ser, pero no puedo cambiar el estilo de lucha que he tenido toda mi vida en menos de veinte minutos. –respondió el dorniense.
A diferencia del Lannister, el Dayne sudaba como el día que compitió con Robb y Jon sobre quien duraba más corriendo alrededor de Invernalia. Su normalmente pálida cara estaba roja como Sansa la primera vez que Domeric le dedicó una canción, y si bien no lo quería admitir, el hecho de estar vestido con una cota de malla y pesados guanteletes para protegerse habían hecho mella en su resistencia. Sus brazos se quejaban por el esfuerzo del entrenamiento y más de uno de los golpes que Ser Jaime había conectado con su cuerpo dejarían moretones.
-Deberás aprender a hacerlo, no todos a quienes te enfrenten pelearán de la misma forma. Luchando así podrías competir con cualquier caballero del Valle o del Dominio, pero imagínate intentando parar un hachazo de un hijo del hierro con Albor de esa forma. –Dijo Ser Jaime al tiempo que lanzaba un fuerte golpe en diagonal con la espada de torneo, para lanzar inmediatamente otro golpe al costado de Ed. – Te rompería todo el costado antes de que pudieras reaccionar y estarías muerto antes de caer al suelo, Albor sería clamada por un Greyjoy o un Harlaw y adiós miles de años de tradición. –Dicho eso Jaime golpeó la mano de Edric con suficiente fuerza para hacerlo soltar la espada pero no la suficiente para hacerle mucho daño, de todos modos el dorniense no pudo evitar un pequeño grito de dolor.
-Lo intentaré, Ser. –dijo Dayne, levantando tras unos instantes nuevamente la espada frente a la mirada atenta del caballero blanco.
-No lo intentes Edric, hazlo. –respondió Lannister.
Las espadas siguieron sonando por horas.
-*-*-*-*.
Eddard miraba con malos ojos la constante compañía del Matarreyes a su escudero, pero sabiendo el sueño del muchacho de convertirse en un maestro con la espada digno de Albor, y de que el muchacho nunca lo perdonaría si es que lo separaba del que quizás fuera el mejor espadachín de Poniente junto a Ser Barristan, el norteño prefería asentir cuando el dorniense le solicitaba autorización para salir a entrenar con el Lannister. Que Ser Jaime se encargara de la habilidad con la espada de Edric, pero sería el Señor de Invernalia el que le enseñaría de honor y ambas cosas eran necesarias para convertirse en una Espada del Amanecer.
Por otra parte, la cara de felicidad de Bran tras llegar tras cada duelo con Barristan el Bravo le reconfortaba el corazón. Su hijo estaba demostrando una disciplina en su aprendizaje que nunca antes había mostrado, y si bien las primeras semanas había nuevamente recaído en su fascinación por subir torres, ésta había desaparecido tras una petición de Ser Barristan al muchacho. Pese a su pelo rojizo y sus ojos Tully, con cada día que pasaba Bran se parecía cada vez más a Benjen, cosa por lo que Eddard daba gracias a los dioses. Con todo lo que quiso a su hermano Brandon, fue el pequeño lobo de su manada al que siempre le tuvo más cariño.
Y así como Bran se parecía a su tío en el Muro, Arya era Lyanna renacida. El aspecto desgarbado que había tenido cuando pequeña poco a poco estaba dando paso a la belleza deslumbrante que su tía había poseído… y que había desatado una guerra. Pero eso no era suficiente para parecerse a Lyanna.
Por ejemplo, la hija de Lord Karstark, la que Rickard había intentado comprometer con Robb cuando ambos eran pequeños, también poseía esa fría belleza norteña con su cara larga, pelo oscuro y ojos claros como el invierno. Lo que realmente hacía a Arya parecerse a Lya era su actitud, exuberante e inconformista, prefiriendo siempre luchar con espadas a estar cosiendo estandartes con las damas de la corte, cabalgando como una amazona más y haciéndose amiga de todos las personas que conocía, fueran de cuna noble o del pueblo llano.
Y a Eddard le preocupaba lo que podría pasar cuando ese parecido se acentuará aún más, porque el Rey vivía en el mismo castillo que ellos, y hasta el día de hoy Robert no había podido olvidar a su hermana.
"O por lo menos la imagen que él tenía de ella" pensó con una sonrisa triste el Señor de Invernalia. Robert había amado con todo su corazón a Lyanna, pero ella nunca habría sido feliz con él. Y si bien el amor es dulce, "no podía cambiar la naturaleza de un hombre", y Lya nunca podría amar a un hombre que le fuera infiel como Robert le hubiera sido.
Por ahora no se preocuparía en demasía de Arya. Aún pese a que tras el compromiso de Domeric con Sansa era por ella por la que ahora recibía ofertas de matrimonio de vez en cuando, no sentía mayor remordimiento al rechazarlas. Aún pese a que Catelyn se opusiera, Eddard había decidido comprometerla solo con alguien que ella consintiera. Hasta que ese día llegara Ned la consentiría como un padre lo hace con su hija menor.
Y eso incluía contratar a una ex Primer Espada de Braavos como maestro de danza para la pequeña Stark.
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-Lord Stark, tanto tiempo sin vernos. –dijo con una voz profunda y amable Yohn Royce. El canoso pero aún formidable Lord Protector del Valle estaba de pie, vestido con un jubón cobre con el blasón de su casa en el pecho. A sus espaldas, dos de sus hijos estaban también de pie y vestidos de similar manera, siendo ambos parecidos a su hermano Waymar, el que había ido al Muro hace años.
Era un día caluroso en Desembarco del Rey, como tantos otros desde que los norteños habían arribado a la capital. Entre las labores como Mano, las responsabilidades como padre, las numerosas solicitudes del Rey para que Ned lo acompañara a cazar, comer o pasear y la más discreta búsqueda de información sobre la muerte de Jon Arryn, Eddard no había podido recibir personalmente a los numerosos nobles que habían arribado a la ciudad para participar en la competición ya conocida como el Torneo de la Mano.
Es por eso que ahora, estando Ned caminando junto a sus hijas en las afueras de Desembarco caminando a las gradas para ver el Torneo, que lograba hablar por primera vez con su amigo y antiguo camarada de armas, el Señor de Piedra de las Runas.
-Yohn, lamento no haber podido recibirte antes. –dijo Eddard, sonriendo y extendiendo su mano para saludar al otro noble, quién se la estrechó. –La verdad es que todavía no me acostumbro a la capital y casi nunca tengo tiempo libre.
-Lamento escucharlo, pero bueno. Por lo menos ahora puedo hablar con vos. –respondió Royce, haciéndose a un costado para presentar a sus hijos. –Supongo que recuerdas a Andar. –dijo señalando al mayor, parecido profundamente a su padre, pero un poco más bajo y con una barba rojiza.
-En efecto, bienhallado Andar. –dijo Eddard estrechando la mano del caballero. Todavía recuerdo cuando eras un pequeño paje de tu tío en las Puertas de la Luna, justo antes de la Rebelión. Siempre supe que te convertirías en un hombre digno de tu padre.
-Vuestras palabras son muy amables, Lord Stark. –respondió Andar, sonriendo. –Debo admitir que era muy pequeño como para recordar muchos detalles vuestros tiempos en el Nido de Águilas. Pero recuerdo al solemne norteño y al estruendoso señor de la tormenta que terminó siendo nuestro Rey luchando junto a mi padre en la Rebelión.
-Así es, aunque tu madre nunca me perdonó por completo que te llevara al asedio de Puerto Gaviota. –dijo Yohn tras las palabras de su hijo, luego de ello señaló al otro Royce. –Mi segundo hijo, Robar. Recién ungido caballero, por lo que de vez en cuando se les suben los humos a la cabeza. Pero fuera de ello es todo lo que puedes desear un hijo.
-Gracias padre. Siempre es un honor que le digas a todos los señores que conocemos que me vanaglorio por ser caballero. –bromeó el Royce menor. –Es un honor conoceos, Lord Stark. Mi padre siempre ha hablado muy bien de vos.
-El honor es mío, Ser Robar. –respondió Eddard, luego de ello presentó a sus propias hijas. –Ellas son mis hijas, Sansa y Arya. Justo ahora nos dirigíamos todos a ver las justas en el torneo.
-Señoras, es un placer conoceros. –dijo Lord Royce saludando con una reverencia a las niñas, Sansa sonrío dulcemente y hasta a Arya le parecía agradar el Señor del Valle. –Lady Sansa, sois la viva imagen de vuestra madre a tu edad, y Lady Arya, debo decir que os parecéis enormemente a vuestra tía. Chicos, saluden a las damas. –dijo haciéndoles señas a sus hijos. Ambos se pusieron con una rodilla al suelo y besaron cada uno la mano de cada una de las Stark, para luego intercambiar. – Si es que vais a las gradas, os puedo acompañar. Si bien mis hijos deben partir a nuestro pabellón para participar en poco tiempo más, yo no compito hasta mañana.
-Por supuesto, Yohn. –dijo Eddard. –Será un placer conversar con vos tras tanto adulador que usualmente pulula en la ciudad. –luego de ello se giró hacia los dos Royce menor. –Que tengáis el mayor de los éxitos, Andar y Robar. Siendo hijos de vuestro padre talento dudo que les falte.
-Gracias Lord Stark. Espero que podamos hablarnos en otra ocasión, hasta entonces. –respondió Andar, haciendo una reverencia antes de girarse junto a su hermano y comenzar a caminar hacia los pabellones.
El norteño y el hombre del Valle hablaban de viejas glorias y antiguos conocidos mientras caminaban entre los diferentes nobles sureños y sus sirvientes que también se dirigían hacia las gradas. Mientras empezaron a subir a sus puestos Eddard divisó a Lord Mallister y se propuso recordar saludarlo después. El viejo Señor de Varamar también era un amigo de los Stark de Invernalia, al igual que los propios Royce, los Blackwoods… y los Dayne.
Eddard se sentó junto a Lord Royce mientras Sansa y Arya lo hicieron en una fila más abajo, poco después de ello fue que Edric fue mencionado por el Señor de Piedra de las Runas.
-Debo decir que me causa curiosidad no ver a vuestro escudero con vos. –dijo Yohn. –No es que le guarde rencor por lo de Waymar, para nada. Pero es extraño que se separe de vos.
-Él y mi hijo Bran están sirviendo de escuderos a caballeros que participaran en el torneo. Ambos desean ganarse sus espuelas lo antes posible, y sabiendo que yo no participo en competiciones así, me pidieron permiso para acompañar a otros que si lo hicieran. –respondió Eddard, observando la primera justa entre un Frey del Cruce y un caballero menor de las Tierras de la Corona. El Frey tuvo dificultades pero logró vencer al caballero después de dos justas.
-Entiendo –dijo Lord Royce, mirando con desagrado al Frey que celebraba su triunfo. -¿Y qué caballeros recibieron el honor de tener a tales escuderos?
-Bran es el escudero de Ser Barristan. –respondió Eddard, mirando a los siguientes competidores en el torneo, uno de los hijos gemelos de Lord Redwyne y un caballero errante. –Ser Barristan ha estado entrenándolo desde que se enteró que era un admirador suyo, como tantos niños a su edad. –dijo sonriendo.
-El honor de ser entrenado por el Lord Comandante de la Guardia Real es algo con lo que todo niño sueña. –respondió también con una sonrisa Lord Royce. –Sobre todo cuando es una leyenda viviente con Barristan el Bravo. Yo en mi niñez también soñaba con siquiera conocer a Ser Duncan el Alto, aunque eso ya debo haberlo nombrado alguna vez en el pasado.
-Así es, una vez cuando yo y Robert éramos niños y tú estabas de visita en el Nido nos dijiste algo parecido.
-Lo sabía. –dijo Yohn, mientras el pelirrojo Redwyne salía victorioso en el primer cruce de lanzas con su contrincante. - ¿Y Dayne? ¿A quién servirá en el Torneo?
-Edric será escudero de Jaime Lannister. –respondió Eddard, poniéndose serio.
Royce estaba estupefacto.
-¿Al Matarreyes? –preguntó. –Ned, por la amistad que creo que compartimos, ¿En que estabas pensando cuando lo dejaste a cargo de ese Lannister sin honor?
-Yohn, si fuera solo por mí tampoco lo hubiera hecho. -Ned respondió tranquilamente. –Conoces bien mi opinión sobre el Matarreyes y su familia. –El recuerdo de Desembarco del Rey siendo saqueado por soldados con capas carmesí, y el de un caballero rubio con una armadura dorada sentado en el Trono de Hierro mientras el cadáver del Rey Loco se pudría en el suelo asaltó repentinamente a Eddard. –Pero hay algo que no puedo negar. Lannister no solo respetaba, sino que idolatraba a Arthur Dayne, el caballero que le dio las espuelas. Ahora parece que intenta honrar su memoria entrenando a su sobrino, aún con lo extraño que es pensar en una actitud así en un hombre sin honor como el Matarreyes.
-Creo entender lo que decís, Eddard. –respondió Lord Royce, con una cara pensativa. –Quizás sean ciertas vuestras sospechas, pero aun así no cambian mi opinión sobre el Matarreyes en lo más mínimo. Romper un juramento tan sagrado de la manera que él lo hizo es algo que no se puede olvidar, jamás.
-Yo tampoco lo haré, Yohn. –respondió el Señor de Invernalia, con una cara seria mientras abajo se preparaban para enfrentarse dos nuevos participantes del torneo. –Pero prometí a Edric ayudarlo a convertirse en un caballero digno de blandir Albor, y si ello significa entrenar con Jaime Lannister, que así sea.
-Mientras vos le enseñéis de honor, Dayne más temprano que tarde será un Espada del Amanecer. –respondió Royce, dando por terminada tal punto en su conversación con Eddard al ver que uno de los nuevos participantes en el torneo era uno de sus hijos.
Ser Andar Royce saludó al Rey y luego a Lord Stark y a su propio padre antes de ponerse en posición para la liza. El caballero del Valle, no tan corpulento como su padre, vestía una armadura bronce muy parecida a la heredada desde hace milenios por la familia Royce. Sin embargo la que él heredero de Yohn Royce ocupaba no poseía las dichosas runas que supuestamente dotaban de protección a quién la llevara encima.
De todos modos, la armadura de Andar cumplió con su cometido cuando resistió el embate en su hombro de la lanza de su contrincante, un corpulento caballero de la casa Crakehall. Royce también logró conectar su lanza con el cuerpo del abanderado Lannister, pero sin demasiada fuerza. Ninguno de los dos caballeros logró desmontar al otro en la primera ronda y se colocaron en posición para la segunda. Ser Andar logró llegar primero al extremo de su pista y pudo partir antes en dirección a su contrincante, alcanzándolo a mayor velocidad y con la fuerza suficiente para hacer caer al caballero del oeste de su corcel. La gradería estalló en aplausos, encabezados por el propio Lord Royce.
Ned también aplaudió al caballero del Valle, la suya había sido una acción inteligente, en vez de quedar paralizado por el dolor del golpe había continuado rápidamente para no dar ventaja a su adversario y había terminado ganando la justa.
-Le enseñasteis bien, Yohn –dijo Ned a Lord Royce. – Vuestro Andar es tan buen justador como su padre.
-Ah, todavía tiene que aprender un par de trucos. –respondió Bronze Yohn, sonriendo. –Pero si, Andar es un buen caballero. Piedra de las Runas estará en buenas manos cuando me toque partir.
-Espero que falte mucho para ello. –añadió sinceramente Lord Stark.
Los lores continuaron contemplando en silencio las siguientes justas. Ser Barristan y Ser Jaime en compañía de sus escuderos hicieron su aparición derrotando rápidamente a sus oponentes. Tanto Edric como Bran cumplieron correctamente con sus funciones al asistir a sus caballeros.
Seis Freys fueron derrotados la primera jornada al igual que casi todos los caballeros errantes que se habían inscrito en el torneo, lo mismo ocurrió con los no caballeros, salvo Sandor Clegane y Lothor Brune. Casi terminaba la jornada de combates cuando Lord Royce entabló conversación con Ned sobre un tema particular.
-Ned, poco antes de venir a Desembarco, mi hija Ysilla me habló sobre un libro que había leído. –dijo Yohn, aparentando una mirada concentrada en la justa. – La Princesa y La Reina, sobre la Danza de los Dragones.
Eddard se tensó al escuchar aquello. La Danza de los Dragones había sido la Guerra Civil más sangrienta en la historia de Poniente, incluso superior a las Rebeliones Fuegoscuro o la propia Rebelión de Robert. Y su antepasado Cregan Stark había cumplido un papel crucial en el desenlace de ella. Lord Royce continuó.
-Mi casa, como sabéis, fue una de las que apoyó a Rhaenyra. –dijo Yohn, con el semblante serio. – Para más mal que bien, eran los hombres del Valle los que mantuvieron Desembarco tras la deserción de los Velaryon. Y por ello, fue un antepasado mío uno de los que defendió Pozo Dragón cuando los disturbios empezaron. Los Royce no solo perdimos a un miembro ese día, sino que también a Lamento.
Ned recordaba en las lecciones de su infancia ese nombre. Lamento, la espada ancestral de los Royce, de acero valyrio al igual que Hielo. Las espadas valyrias no eran abundantes y los señores se aferraban a ellas más que a sus propias hijas. Si ni el poderoso Tywin Lannister había podido conseguir una para reemplazar la antigua espada de los Reyes de la Roca, perdida hace siglos, mucho menos lo conseguirían los Royce y otras casas más pequeñas. Lord Stark creyó prever el rumbo de la conversación.
-¿Queréis revisar las ruinas del Pozo para ver si encontráis alguna pista? –dijo Ned. – Yohn, ha pasado un siglo y medio. Si en todo ese tiempo nadie encontró nada, ¿por qué crees que ahora sí?
-Nunca nadie ha revisado exhaustivamente el Pozo. –respondió el Señor del Valle. –A los Targaryen ese lugar les recordaba uno de los mayores fracasos de su dinastía y a Robert no le interesa. Es probable que si buscamos encuentre algo.
-Veré que puedo hacer. –respondió Ned.
-Solo necesito la autorización, Ned. –dijo Yohn Royce. –Mis propios hombres pueden encargarse de buscar.
Tras meditarlo un instante, Eddard no encontró alguna razón para negarle el favor a su amigo.
-De acuerdo Yohn, yo como Mano del Rey os autorizo a revisar el Pozo Dragón. –dijo Ned. –Sentíos libre para iniciar cuando queráis.
-Gracias mi amigo, ni mi familia ni yo lo olvidaremos.
Ambos lores continuaron contemplando las justas.
-*-*-*-*.
-Date prisa Edric, en cualquier momento el heraldo toca su trompeta de mierda y me nombra para pelear con Royce. –dijo Ser Jaime Lannister, estirando impacientemente su desprotegida mano de la espada hacia el escudero rubio.
Ed se apresuró a recoger el guantelete dorado de una mesa dentro del pabellón del guardia real y corrió para ponerlo en la mano del caballero. Era un día caluroso y debajo de la tela de la tienda lo era aún más, por lo que el dorniense ya estaba sudando tras acarrear una a una las piezas de la armadura dorada de Ser Jaime.
Tras asegurar el guantelete, Ser Jaime salió de la tienda rumbo a su caballo seguido de cerca por su escudero, quién llevaba la última pieza de la armadura –el yelmo- en sus brazos. Vestido de dorado de la cabeza a los pies exceptuando a la nívea capa blanca de la Guardia Real y al yelmo que todavía no se colocaba, el caballero hacía más honor a su familia que a su orden. Ed pensó en decir algo al respecto, pero considero que no era su lugar criticar al caballero al que servía.
El corcel esperaba atado a unos metros de la tienda, y también estaba protegido con piezas de metal doradas. Justo cuando Ser Jaime lo montaba la trompeta del heraldo sonó y llamó a las lizas a Ser Andar Royce y Jaime Lannister. El caballero rubio masculló una maldición y aprieto los costados del caballo para que avanzará hacia las pistas. Edric le lanzó el yelmo que el guardia real atrapó con habilidad, y comenzó a acarrear un carromato pequeño que llevaba las lanzas y el escudo de torneo de Ser Jaime. Las lanzas también eran doradas.
Tras llegar a las lizas, Ser Jaime se puso el yelmo y fue a saludar al público a lomos de su corcel. La muchedumbre lo recibió con un moderado entusiasmo, si bien el Matarreyes no era odiado, tampoco era el caballero favorito del pueblo llano. Luego de ello volvió al lado de Edric quién se había colocado en el extremo de la liza que le correspondía a Lannister.
Al otro extremo, la armadura cobre del caballero del Valle refulgía en el sol. Edric se apresuró a pasar el escudo a Ser Jaime y luego una de las lanzas de madera dorada de las Islas del Verano.
-Ed, recuerda tener listo algo para refrescarme. –dijo el caballero dorado, estirando la lanza y colocándose en posición antes de comenzar la justa. –Esto no demorará mucho.
La trompeta sonó y ambos caballos partieron. Unos segundos después todo había terminado, Ser Jaime cumplió su palabra y Ser Andar cayó de su caballo tras un golpe limpio en el pecho. El guardia real dirigió su caballo hacia Edric, quién le alcanzó una bota con agua de la cual bebió antes de ir a saludar al público nuevamente. Tras ello volvió donde el dorniense, quien lo ayudó a apearse del caballo y juntos emprendieron rumbo hacia el pabellón.
El torneo continuó ese día y el siguiente, desmontando Ser Jaime a los lores Mallister y Caron sin mayores problemas. Pronto los competidores fueron reduciéndose hasta que solo quedaron ocho, y la competencia recobró su emoción. Sobre todo para Ed, cuando vio que el siguiente oponente del caballero al que servía era el Lord Comandante de la Guardia Real, Barristan el Bravo, quién además tenía como escudero al pequeño Bran.
Ambos guardias reales se encontraron delante de la grada al saludar al Rey, El veterano pero aún fuerte Ser Barristan luego de ello lanzó una mirada desaprobatoria a su hermano juramentado, el que a su vez lo miró con una sonrisa burlona. Luego de ello ambos se separaron y acudieron a los extremos de las pistas para recibir las lanzas de sus escuderos.
Edric se apresuró a alcanzar la suya a Ser Jaime, para luego hacer lo mismo con el yelmo, y finalmente el escudo. Estaba en ello cuando el caballero habló.
-Oye Ed, el escudero de Ser Barristan, ¿es el hijo pequeño de Ned Stark, cierto? –preguntó Lannister mientras aseguraba el yelmo a su cabeza.
-Sí, Ser. –respondió el dorniense, a un par de metros del caballo tras haber cumplido con su papel. –Lord Stark permitió a Bran servir de escudero a Ser Barristan, tal como me permitió a mi servíos a vos.
-Cosa que si soy sincero aun no entiendo como ocurrió. –respondió Ser Jaime, absorto en sus pensamientos mientras miraba en la gradería a Lord Stark, luego de un instante se giró hacia su escudero y sonrío. – ¿Supongo que esto hace que la justa sea aún más interesante para ti, no?
-¿Que? No, para nada. –se apresuró a responder Edric. –Bran es mi amigo, no mi contrincante. Nunca he estado ansioso por superarlo o algo por el estilo.
-Vamos Ed, sé sincero –dijo ser Jaime, sin dejar de sonreír al tiempo que controlaba al corcel con las piernas para que se mantuviera estable. –No hay nada de malo en un poco de competencia entre amigos, yo mismo a tu edad solía intentar superar en todo a todos. Aunque claro, era tan bueno que no me resultaba tan difícil. Solo Addam Marbrand solía lograr superarme, y no fue más que unas pocas veces.
Edric iba a responder, pero las trompetas que anunciaban el inicio de la justa hicieron acto de presencia y Ser Jaime tuvo que apresurarse a partir.
Ambos caballeros se pusieron en posición, uno en cada extremo de su pista. Las capas níveas colgaban de los hombros ambos, uno protegido con una armadura color plata casi blanco y el otro con un dorado que refulgía en el sol del mediodía. Ambos montaban corceles blancos que también poseían ornamentaciones de la guardia real. Probablemente eran los mejores caballeros de Poniente, y el tiempo pareció detenerse en los instantes previos al inicio de la justa.
Edric miró la postura de ambos y se dio cuenta de que Ser Jaime no se había tomado en serio las justas hasta ese momento, y que recién ahora estaba realmente concentrado en vencer a su contrincante. Ed logró prever que para bien o para mal la justa se decidiría en la primera liza, es decir que habría solo un choque entre ambos caballeros antes de decidir el ganador.
La trompeta sonó y ambos caballos arrancaron, el corcel de Ser Jaime logró una pequeña ventaja de velocidad pero nada determinante para el resultado final. Ambos caballeros avanzaron con las lanzas apuntando al cielo y las bajaron a mitad del recorrido, Ser Barristan apuntando directamente al centro del cuerpo de Ser Jaime, mientras que este hacía lo mismo pero contra el hombro de la lanza del anciano caballero. Ambos escudos protegían los flancos de los guardias reales, pero el de Ser Jaime un poco más debajo de lo normal.
Finalmente un segundo antes de que ambas lanzas impactaran con sus objetivos, Ser Jaime bajó su lanza un poco más apuntando directamente al centro del cuerpo de Ser Barristan, al mismo tiempo que subía su propio escudo para recibir la lanza del Lord Comandante. La maniobra logró potenciar la fuerza de ambos movimientos y al momento de impactar la lanza de Ser Barristan contra el escudo de Lannister ésta se astilló pero fue desviada por el escudo del rubio que apenas se tambaleó en la silla de montar, mientras la lanza de Ser Jaime impactaba limpiamente contra el centro del abdomen de Ser Barristan, lanzándolo por los aires hacia el suelo. Todo ocurrió en un abrir y cerrar de ojos, pero aún así Edric logró retenerlo.
Ser Barristan aterrizó con poca dignidad, sonando estrepitosamente la armadura al golpear el suelo, al tiempo que su yelmo se soltaba y volaba por los aires hasta caer unos metros más allá del caballero. Su corcel lanzo un relinchó al sentir a su caballero caer y tras trotar unos metros más se detuvo y volvió caminando hacia su jinete. Edric vio a Bran correr desde el momento en que Ser Barristan perdió la justa, pero aún así se demoró en llegar a socorrer a su caballero. Ser Barristan ya se estaba levantando cuando el joven Stark le tendió una mano.
Edric no pudo seguir observando a su amigo, ya que Ser Jaime, se acercó a su Lord Comandante ocultando a Bran tras ponerse entre él y donde se encontraba Edric. El Lannister había bajado de su caballo, llevándolo tomado de las riendas, y se había sacado el yelmo dorado. Al llegar al lado de Ser Barristan este le dirigió unas palabras, que el Lord Comandante respondió sin que Edric logrará escuchar nada por la distancia. Luego de ello Ser Jaime hizo un ademán con su cabeza y dio media vuelta, comenzando a caminar hacia el dorniense.
-Vamos Ed, vayamos al pabellón para que me ayudes a quitarme esta cosa. –le dijo al llegar a su lado. Le entregó las riendas del corcel y ambos caminaron hacia la tienda que ocupaban como cuartel.
Al entrar a ella Ser Jaime se sentó en un trabuquete y Edric se apresuró a retirarle la armadura. Mientras el escudero trabajaba, el caballero emitió un par de comentarios sobre la justa.
-Funcionó tal como esperaba. –dijo mientras el dorniense le retiraba el gorjal. –Ser Barristan no se esperaba que moviera la lanza tan tarde cuando ya no había tiempo de reaccionar. Creía que si lo hacía no alcanzaría a apuntar bien y fallaría.
-¿Cómo lo sabéis Ser?, ¿Os los dijo después de la justa?
-No, lo sé porque eso fue lo que paso en el último torneo que nos enfrentamos. –respondió Lannister con una risa entre dientes. –Pero bueno, ahora funcionó y Barristan el Bravo fue el que cayó derrotado.
El caballero le hizo señas a Ed para que le entregará un poco de cerveza aguada desde el jarrón que había en una de las mesillas de la tienda. Luego de que se lo trajo, le hizo señas para que él también se sirviera un poco.
-Te lo mereces Edric, has sido un buen escudero. –dijo el guardia real al tiempo que bebía un poco. –Quizás te demoraste mucho en limpiarme la armadura antes de la justa contra Royce, pero se lo aburrido que es así que es excusable. De todos modos lo que quería decir es que has cumplido bien con tu deber sin ser siquiera mi escudero oficial, así que si llegó a ganar el Torneo ten claro que estaré en deuda contigo. Y bueno, supongo que ya sabes lo que dicen sobre los Lannister y nuestras deudas.
-Lo sé, Ser. –respondió Edric, solemne.
Ser Jaime luego le dijo que cosas podría y no podría cumplir, pese a la insistencia de Edric de que solo estaba cumpliendo con sus obligaciones, pero el caballero no le hizo caso.
De todos modos todo terminó en nada en las semifinales, cuando el Perro de Joffrey, Sandor Clegane, desmontó a Ser Jaime tras romper tres lanzas. Luego de ello, la otra semifinal enfrentó a Loras Tyrell con la Montaña y terminó con el primero ganando con un truco sucio pero efectivo. Luego del intento de Gregor Clegane de asesinar al Caballero de las Flores por su ofensa y la intervención de Sandor Clegane, el Torneo se dio por finalizado con el Perro como vencedor honorario.
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Al anochecer del mismo día, Ned Stark recibió a Varys en sus aposentos de la Torre de la Mano, donde el norteño y la araña discutieron de un caballero del Valle muerto en el Torneo, una Mano del rey difunta y venenos. Una charla que desembocaría en consecuencias catastróficas para Poniente al largo plazo, pero que no se comparaba en nada a lo que hubiera ocurrido si cierto Lannister hubiera sido tomado como rehén en una posada cerca del Tridente.
Los dominios de la Casa Tully dormirían tranquilos esta y muchas otras noches, pero eso no significaba que permanecerían indemnes frente a la guerra que llegaría, quizás no hoy, pero algún día. Porque llegaría el momento en que todo Poniente se vería enfrentado en un conflicto tan sangriento sin par alguno en toda su historia.
Porque en Rocadragón una sacerdotisa roja de Asshai empezaba a cantar en el oído de un hombre que había descubierto un secreto horrible y que había tenido que escapar de Desembarco del Rey temiendo por su vida. Y en la misma ciudad otro hombre poco a poco empezaba a unir las piezas del rompecabezas que incluían un libro de linajes antiguos y a un bastardo de pelo negro como la noche.
La guerra llegaría, más temprano que tarde.
N.A: Intentaré avanzar lo más rápido posible con la trama de Desembarco del Rey, ya que estoy recorriendo territorio ya conocido en el universo original. Solo después de que cierto Rey muera (porque si bien Catelyn tomando como rehén a Tyrion fue la causa original de la guerra, al final Ned terminaría descubriendo la verdad o Stannis comenzaría a actuar) la historia avanzara más detalladamente. La historia continuamente actualizada, no la abandonaré. Quizás me demoré un poco más o un poco menos por capitulo (ya que prefiero capítulos largos) pero no la dejaré en hiatus.
Comentarios e ideas son bien recibidos, hasta la próxima.
