Sonata de mediodía

Al salir de la casa me dio cuenta de que es más temprano de lo que imaginé, las plantas están llenas de rocío, el sol aún no se ha elevado y el aire huele a mañana.

Camino en silencio por la parte oeste del pueblo, llena de sinuosos caminos de empedrado que se ramifican a partir de una angosta calle central, una bajada. A lo lejos diminutas figuras se mueven, unas aceleradas y otras con lentitud, siguiéndose unas a las otras para llegar a sus trabajos o alcanzar el tren a tiempo. Las aceras son resbalosas y la pendiente, traicionera. Reconozco algunos locales mientras desciendo: un par de sitios de comida, la famosa sastrería, una floristería y una panadería. Un local en específico llama mi atención, nunca antes lo había visto, parece una tienda de antigüedades (si es que esos lugares realmente existen). Toda la entrada está hecha de madera y tiene una amplia vitrina donde exhiben una variedad de artículos con ése porte inconfundible de ser de colección, o sea, viejos e inútiles. La curiosidad me ganó y como el aviso indica "abierto", no pude evitar entrar a fisgonear.

Al abrir la puerta suena una de esas irritantes campanitas de metal, pero nadie acudió al llamado. Con timidez reviso los anaqueles, parecen estar separados en secciones. En la esquina izquierda apenas entrando hay muchos objetos de madera, diminutas figuras de animales, de tonos diferentes; ídolos paganos de diversas culturas, todas desconocidas para mí; miniaturas de barcos e incluso tableros de ajedrez. En la esquina derecha está la sección de vidrio, imaginativas figuras hechas de vidrio deformado, de los más llamativos colores, algunas parecen incluso tener algún gas adentro. No puedo evitar sonreír al pensar en un diablo encerrado dentro de ella, capaz de cumplir tus más absurdos deseos. El resto de los artefactos están distribuidos de forma más heterogénea, no están acomodados por su material sino más bien por su función, uno de ellos en específico despierta mi curiosidad: una máquina de color ocre muy claro, casi cuadrada y repleta bajorrelieves de escrituras en algún idioma que no conozco. Tiene, además, una palanca del lado izquierdo, pero no puedo comprender para qué está ahí. La manoseo infantilmente intentando descubrir su utilidad.

—Ya puedes dejar de intentarlo. Ni siquiera yo sé para qué sirve esa cosa —salto al escuchar la voz carrasposa de un hombre. Es un señor de avanzada edad, flaco y de apariencia gruñona, que contrasta notablemente con unos apacibles ojos azules, protegidos detrás de un par de lentes correctivos. Le hago una mueca de que no entendí lo que me dijo.

—La máquina, ni siquiera yo sé para qué sirve —me mira fijamente a los ojos.

—¿Pero sabe lo que es? —le pregunto.

—No —responde en seco —Mi bisabuelo se la compró a un estadounidense hace muchísimos años, un tal Nathaniel o algo así. Mi abuelo me contó que el hombre balbuceó incoherencias sobre una investigación que llevo a cabo en el desierto de Australia, algo sobre ruinas antiguas, el hombre no explicó mucho sobre el aparato pero estaba dispuesto a venderlo, según él valía mucho, pero mi abuelo y bisabuelo son demasiado buenos en esto de los empeños como para creerle a un estadounidense delirante —dijo mientras limpiaba sus lentes con su camisa. Yo lo miro levantando una ceja, extrañada, pidiendo una mejor explicación. El señor se pasa de su lado del mostrador hasta donde está la máquina.

—Sé que no tiene mucho sentido, pero eso es todo lo que sé. Todos los que vienen a la tienda, tarde o temprano terminan preguntado sobre el aparato, y todos me miran con la misma cara con la que tú me ves ahora —se ríe el viejo.

—Bueno, es muy llamativo. Tiene un aspecto muy poco común —reconozco a la vez que le echo otra ojeada al artefacto.

—Y en todos estos años nadie se lo ha llevado —dice el viejo, casi en un suspiro. Luego se voltea y me mira fijamente con esa mirada de malicia que lanzamos todos al darnos cuenta de algo—Yo sé lo que estás buscando —sonríe y vuelve al otro lado del mostrador, removiendo cajas, abriendo y cerrando cajones en busca de algo. Yo lo espero a unos pocos metros, incómoda. Finalmente, de una vieja caja llena de polvo saca un collar con un dije circular plateado, decorado con un relieve de líneas gruesas que se entrelazan unas con otras en una especie de malla. El señor lo pone frente a mí con entusiasmo.

—¿Qué es eso? —le pregunto confundida.

—Pues un nudo de amor, mujer ¿Qué otra cosa parece? —le vuelvo a lanzar una mirada de absoluta ignorancia.

—Es celta, bastante antiguo, la historia de cómo lo adquirimos es igual de absurda que la del aparato —se detiene y yo le agradezco que no me la haya contado, luego estira la mano y lo acerca a mí—Tú tienes cara de que necesitas unos de estos.

—¿Cómo podría saber eso? —el viejo rueda sus ojos con indignación—Niña, créeme que lo sé —me mira con gravedad. Me sobresalto ante su inesperada respuesta—Tómalo, no hay problema —con timidez lo sujeto. Teniéndolo en mis manos puedo verlo mejor, no es más grande que una moneda, y el detalle es un bajorrelieve de intrincados surcos que se enrollan de forma simétrica. No puedo evitar preguntarme para qué sirve, o al menos qué simboliza, por lo que dice el viejo, debe representar un amor inquebrantable, sin origen ni final. Dos almas enlazadas durante eones por hilos de seda, roja e invisible.

Al salir de la tienda me despido del extraño anciano y camino cuesta arriba, el sol ya se eleva en el cielo y la frescura de la mañana empieza a desparecer. Con el collar aún en la mano, sigo vagando por las calles del pueblo sin nombre.

K-ON!

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