Disclaimer: Los personajes de Saint Seiya The Lost Canvas no me pertenecen, más bien a sus respectivos autores: Masami Kurumada y Shiori Teshirogi. Fic sin fines de lucro.
Flores de Sangre
Capítulo III:
Hermanos.
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Aquellas manos eran gruesas y grandes, pero incluso así, su tacto era suave y de alguna manera, confortable. Eso hacía que Agasha se sintiera más segura, pues no estaba acostumbrada a que unas manos ajenas a ella palparan sobre su cuerpo de esa forma.
—¿Te duele aquí? —Cuestionó el hombre. Ante eso, la joven asintió con el rostro.
Albafica miraba, algo inseguro, la escena. Por alguna extraña razón, se le hacía incómodo observar como el doctor hacía revisión médica a la niña. Quizá era debido a que no estaba acostumbrado a tener contacto humano con nadie, como para ver como aquel doctor tocaba de una manera normal el cuerpo de la niña. Pero era quizás algo natural que sucedía siempre y él ignoraba, debido a que el único hombre que alguna vez hubiese curado sus heridas había sido Lugonis, y Albafica le había conocido de toda la vida, situación diferente a la de Agasha, que estaba siendo revisada por un hombre que acababa de conocer minutos atrás.
—¿Y te duele sí presiono un poco aquí? —Señaló, apretando un poco con el dedo índice y mediano en el costado izquierdo de la niña. Pero ella negó.
Habían llegado al sanatorio una hora atrás. El médico que estaba a la cabeza, daba enseñanzas a los jóvenes aprendices y atendía siempre a los casos más difíciles, se había tomado la molestia de haber sido quien verificara la salud de Agasha; eso debido a que Pefko le había comentado que incluso un Caballero Dorado había venido desde el Santuario a escoltar a la joven. Pero habían otros tantos pacientes a quienes atender que por eso había demorado.
No habían salido muy tarde de la casa de Pefko. El sol había asomado en el horizonte tímido, por lo que el día se sentía especialmente frío. Ligeras cortinas de neblina cobijaban las planicies cuando ellos habían emprendido el camino hacia el centro del pueblo. Las casas erigidas en maderas y sillares poblaban el lugar hablando por sí mismas de la humildad de la gente. El sanatorio era en realidad una de las construcciones más grandes, a pesar de que su magnificencia podría ser nublada fácilmente si se le comparaba con el mismísimo Asclepeion de Epidauro.
El sanatorio consistía en una entrada sencilla de orden dórico. En el friso que se encontraba entre el arquitrabe y la cornisa se dibujaban dignas las siluetas que representaban a quien se elevaban y dedicaban los cánticos peanes: Apolo, por quien pasaban las enfermedades y los pecados, pero también en sus manos descansaba la curación y la purificación. Su luz de la verdad se vaciaba entonces en los cuerpos vacíos de esperanza que llegaban ahí para hallar un lugar donde morir.
El primer edificio servía de templo, en la estancia principal, se hallaba enhiesta y mística la estatua del dios de la medicina, con su arpa entre las manos, en esa plenitud de una juventud que nunca se acaba, de una belleza que nunca se va y sin embargo una felicidad que jamás perdura. A los costados del edificio se encontraban las estoas que conectaban con el patio trasero donde se tomaban las clases. Y luego estaban las estancias en donde se alojaban los enfermos.
El camino le había servido a Albafica para alivianar el cansancio que sentía por no haber podido dormir toda la noche. Se hallaban en uno de los salones que servían para los enfermos, calculaba que había al menos veinte camas, la mayoría desocupadas pues varios de los enfermos yacían en el patio tomando el baño de sol recomendado, todos excepto una miserable que estaba sentada en su cama, cubriendo su piel leprosa con nuevos vendajes, indignada por haber visto nacer un día más sin el aliento de la muerte en el rostro todavía no tieso y pálido.
—Ahora te haré unas preguntas. — Habló el médico. Agasha estaba sentada sobre una camilla y a un lado de ella se encontraba una trémula mesa de madera. El hombre tomó una silla y se sentó ahí.
—De acuerdo.
Albafica apretó los ojos ligeramente para ahuyentar el sueño que comenzaba a apoderarse de él por la espera de tiempo sin hacer realmente nada. Pefko se había situado al lado del Santo, pero conociendo el estricto orden que debía seguir con la distancia con Piscis, terminó decidiendo que lo mejor que podía hacer era ir a sentarse con la joven enferma de lepra. Al menos ella no desdeñaba al infante como lo hacía con la mayoría de las personas.
—Antes de enfermar, ¿comías bien? — El hombre la miró fijamente. Albafica aunque se mantenía silente, escuchaba con atención.
Agasha pareció meditarlo un poco, pero terminó dando una respuesta afirmativa.
—No solía ser enfermiza. —Contó Agasha. —Y considero que comía buenas raciones de comida en los horarios correctos.
—Ya veo. —El doctor suspiró. —Y en cuanto al trabajo físico, ¿te excedías?
—Solía ayudar a mi padre con la venta de las flores y a veces hacía entregas que se nos encargaban, pero en general no era un trabajo que me dejara agotada.
—¿Y qué hay de tu vida sexual? —Albafica, que había estado recargado en la esquina más cercana a la entrada del salón, abrió los ojos al oír esa pregunta. Notó de inmediato el rojo que se hospedaba en el rostro de la joven. Aquella pregunta no se la esperaba. —¿Todo va bien en ello?
—¿Por qué le hace una pregunta cómo esa? —Cuestionó Piscis, medio molesto y medio indignado. A leguas se veía que Agasha era una joven inocente y pura, no había razón de incomodarla con preguntas de esa especie.
El hombre se llevó una mano a la barba, dándose paciencia. Sabía que su pregunta podría desencadenar una reacción así. Ahora estaba escogiendo las palabras para dar su explicación. En cierta forma no conocía el temple del Caballero Dorado, por lo que decidió que debía ser cuidadoso.
—Sé que mi pregunta le desagrada. —Y no hacía falta que volteara a ver a Agasha para que se diera cuenta de la timidez que se desarrollaba en ella. —Pero me es necesario saber si existe algo en el ámbito físico de la señorita que le provoque este malestar del cuerpo. —Hizo una ligera pausa para suspirar. —Un cuerpo sano es un cuerpo ausente de enfermedad. Cuando esto no es así, significa que es porque los elementos básicos en el cuerpo; sangre, bilis amarilla, bilis negra y flema, no están en armonía entre sí. Sin embargo… ¿qué es lo que los impulsa a perder el equilibrio? Existe algo dentro de nosotros que motiva nuestro cuerpo, el ánima que da la razón a que nuestra piel y carne no se descompongan como lo hacen los cadáveres. Y, como el ánima no es algo que se pueda ver, su corruptibilidad se basa entonces en cosas que tampoco podemos ver; sólo sentir. ¿Qué es lo que nos hace sentir? Los impulsos exteriores. Si algo no transcurre bien en nuestra vida y en nuestro humor, sus efectos se resienten irremediablemente en el cuerpo.
—Y lo comprendo. —Albafica mantenía un semblante ceñudo. —Pero ella es muy joven todavía.
—Tiene catorce años, es una edad adecuada para el matrimonio. —Comentó, para luego volverse a Agasha. —Dime, ¿tienes amigas de tu edad que ya estén casadas?
—Algunas, sí. —Respondió con pena.
—¿Y qué hay en tu caso? —Ante eso, ella negó en silencio y con la mirada baja. —Quizá sea eso lo que te está estigmatizando. ¿No tienes ningún pretendiente?
—Sí. —Al oírla, Albafica alzó un poco las cejas. Estaba algo impresionado. La gente del pueblo parecía no perder el tiempo. —Era uno de nuestros mejores clientes, tiene treinta años… —La joven ladeó la mirada y suspiró. —Pero yo no quiero casarme con él y mi padre apoyó mi decisión. —Luego pareció que la timidez se desvaneció en un segundo del rostro de Agasha, pues miró con el ceño fruncido al doctor. —Y me siento feliz con mi decisión. No creo necesitar de los favores de un hombre para hallarme bien conmigo misma.
—Bien, puede ser. —El doctor la miró. —Pero quizás este estrés social sea el que te está causando daño…
—Oh, vamos Cyril, ya deje de presionar a la niña. Va terminar siendo usted quien le provoque más malestares. —Habló la joven leprosa que todavía se encontraba en el salón.
—Euterpe, usted no tiene remedio… —Suspiró el médico.
—Vamos, pequeña. —Continuó Euterpe, haciendo caso omiso de lo que le fue respondido. —Creo que tu decisión ha sido acertada. Si las suposiciones de este viejo son que te encuentras mal por no tener un hombre, ignóralo, se puede ser feliz en muchos otros ámbitos, ¿no? Pefko me contó que es tu anfitrión… ¡En compañía de tan adorable persona no creo que seas infeliz!
—Señorita Euterpe, no es necesario… —Dijo Pefko agazapándose en una manta, sonrojándose. Euterpe sonrió divertida y Agasha le imitó.
—Tiene usted razón, señorita.
—Euterpte, tienes que recordarme porque te aguanto. —Dijo el doctor dedicándole una mirada llena de fastidio. Pero aquello sólo entretenía a la mujer.
—¡Ah! Pero que hombre tan sensible. No se preocupe, pronto habré de irme a un lugar mejor que este. —A pesar de que las palabras sonaban normales, Albafica sintió en ellas la oscuridad. Entendía que la mujer no hablaba de otro poblado donde cobijarse de la noche, ella hablaba de la muerte. Siendo conocedor de esa verdad, la miró con un cruce de curiosidad y molestia. No aprobaba el desprecio que esta parecía ostentarle a la vida. Pero también sabía que debía haber razones detrás de ello, como si su enfermedad no fuese suficiente motivo. —Quizás me vaya con ese hermoso hombre. —Soltó la mujer, notando que Piscis la miraba cauteloso. —¿Qué dice, apuesto Caballero? —La voz de Euterpe sonaba más como un reto que como un halago. Albafica sonrió y cerró los ojos, deshaciendo la postura que tenía para dar algunos cuantos pasos y verla esta vez, directamente a los ojos.
—Antes de atender cualquier petición, no me molestaría pedirle que no vuelva a llamarme así. —Pidió, con el mismo tono retador. A pesar de que ella era una enferma, eso no lo arredró. Había sido así con todos, la condición de ella no hacía diferencia. No iba a permitir que nadie le llamase de esa forma, desprestigiando todo su valor como guerrero.
—¿Por qué? ¿Es que acaso una leprosa como yo tampoco puede dar un cumplido? ¿O es que soy tan poca cosa como para compartir el aire con este bendecido por Afrodita? —La voz femenina sonaba cínica. Piscis dio un suspiró. Tuvo paciencia, no sólo porque se trataba de una mujer y de una enferma; se le hacía fácil oír el resentimiento.
—Nada de eso. —Frunciendo el ceño, la encaró. — Quizás su piel este llena de llagas, pero ¿aquello implica que sus pensamientos deban estar igual de contaminados? Si usted ve sólo mi piel entonces está respondiendo a los estándares de belleza más vanos que existen. Es por eso que se desprecia así misma hablando de esa manera. Estoy seguro que existe algo más allá que esa piel triste y esos ojos cansados, mucho más profundo e invaluable. Así como sucede con Pefko, como con Agasha o con el doctor. Así sucede también conmigo. Le pido por favor que no hable tan irresponsablemente una vez más.
La habitación se sumió en un profundo silencio. El doctor y los más jóvenes se habían quedado a la expectativa de la respuesta de la mujer. Albafica había sido duro, de aquello no cabía duda. Y la mirada de Euterpe ahora desprendía odio, un odio puro que intentaba reflejarse en frivolidad habituada al temor de develar un sentir verdadero.
—Bueno, tu lengua suelta fácil las palabras porque tu piel no esconde un dolor semejante a la mía. —Respondió con voz seria, mientras se deshacía del vendaje de su mano derecha. —Si realmente no obedeces a la belleza en la que dices que yo creo, porque no vienes y me ofreces un beso. —Sonrió retadora, mientras extendía la mano cubierta por una piel frágil que se desintegraba sangrando por las lesiones cutáneas, en ofrecimiento a los labios de Albafica. Pero este ni lo pensó.
—No. —Su voz era firme. —No lo haré.
—¡Qué cobarde! No sabía que esa fuera la valentía de los Caballeros de Athena. —Sonrió sintiéndose triunfadora. —Seguro que si yo me atreviera a cruzar las Doce Casas todos esos Caballeros me dejarían pasar por temor a acercárseme.
—¡Ay, señorita Euterpe! Usted siempre le dice lo mismo a cada persona que viene aquí. —Pefko la miró reprobatoriamente. —No sea tan dura con la gente.
—Es lo mejor. —Cerró los ojos, indignada. —No necesito la lástima o el asco de las personas. Viene siendo lo mismo y no me sirve en lo absoluto. Y este hombre, —abrió los ojos para ver a Albafica—es un cobarde y sus palabras no valen nada. Pero se le hace fácil hablar porque es bello, si tuviera una piel semejante a la mía comprendería el ínfimo valor de su habla imprudente.
—El señor Albafica no es un cobarde, señorita. —El niño la miró, ahora triste. —Él no quiere acercarse a usted porque su sangre está envenenada. Si se acerca podría incluso matarla. Es por eso que no aceptó, no porque fuera un cobarde.
—Bueno, si ese es el caso entonces que se acerque. Me estaría haciendo un favor. —Habló, amargamente. Agasha amplió la mirada cuando la escuchó decir aquello y sin decir nada se levantó para abrazarla.
Euterpe estaba sorprendida pues no había estado a la expectativa de algo semejante. Por alguna extraña razón, se sintió fuera de sí misma. Durante un tiempo que pareció haber sido insoportable, ella se había mantenido cautiva de su cuerpo, encerrada en esa prisión de piel como el ave privada del vuelo por estar envuelta entre el tiempo cercado por unos barrotes fríos. Su alma había sido prisionera de ese lugar tan contaminado, que estaba ya muy cansada. Ya nadie le tocaba, nadie se ofrecía a acariciarla más que sus propias uñas y dientes. Por eso cuando Agasha la abrazó, sintió que todo era diferente. El calor de una caricia era tan diferente a como lo recordaba. Aquel tacto era infantil como los dulces y suave como las plumas de un estornino. Los brazos enfermos y débiles que se cernían alrededor de ella habitaban inocencia. La inocencia entonces era cómoda, confortable, amable. Tenía memoria de la humanidad innata antes que el pecado y la suciedad.
Euterpe estrechó los ojos, entristecida. De pronto le pareció trágico que la inocencia también solía ser de temple frágil.
—No vuelva a decir palabras tan crueles como esas. —La regañó la niña. Luego le besó la mejilla tiernamente, para después separarse.
—Jovencita, eres muy valiente. —Sonrió la mujer, cerrando los ojos. —Eso me alegra.
Luego todo quedó en silencio. Las miradas y los movimientos hablaron. Albafica regresó a su lugar inicial, sopesando la situación, no sin advertir la mirada amarga que Euterpe le dedicó. Agasha volvió con Cyril para continuar con la entrevista médica. Pefko se quedó hablando con Euterpe, reprendiéndola por su actitud, ella sólo asentía como una niña regañada. De cualquier forma, jamás podría llevarle la contraria al pequeño. Era, después de todo, su único amigo.
—Bien, definitivamente se trata de consunción. Sin embargo, es muy importante que a partir de ahora sigas una dieta estricta de pescado, fruta y agua de cebada. — Los ojos de Cyril reflejaron cierto cansancio. —Es importante que te haga tratamiento de sangría por lo que debes venir al menos cada tres días al sanatorio, puedes también usar opio cuando el dolor no sea soportable. También es crucial que te prepares infusiones de quinina, es un buen febrífugo.
—¿Por cuánto tiempo, doctor? —Preguntó Agasha, mirándolo expectante. Cyril rehuyó esa mirada, asqueado de dar malas noticias. Le exasperaba el sentimentalismo de la gente. Esperaba que cuando pronunciara la verdad de las cosas, los ojos de ella se anegaran en lágrimas y no quería tener que lidiar con semejante escena.
—Escucha, jovencita —comenzó recargando los codos en la mesa y entrelazando las manos por delante de su barbilla, —estos tratamientos sirven para evitarte el dolor en la medida de lo posible durante el tiempo que tenga que dudar. Si los sigue, puede alargar más la esperanza de vida que tiene ahora. Pero siendo completamente franco… su tisis continuará hasta que usted ceda.
Cuando terminó de hablar, la habitación volvió a quedarse silente. Pefko había dejado de hablar con Euterpe cuando escuchó las palabras de Cyril. Albafica miraba a Agasha, temiendo su reacción. Pero ella bajó la vista por unos instantes. Cerró entonces los ojos y aspiró una profunda bocanada de aire. Luego, con un porte solemne, miró al doctor y le sonrió.
—Gracias por todo. —Dijo, levantándose de su lugar.
Sin mediar palabra con alguien más, salió del lugar y caminó por el pasillo en dirección a la salida del salón. Albafica se quedó meditando unos segundos, para luego tomar la capa que la niña había dejado sobre la cama y salir también de la habitación. Pefko se apresuró a seguirle.
—Pobre muchachita. —Habló Euterpe, sin interesarle si Cyril le hacía caso o no. —En un mundo como este ser así de noble como ella es un crimen. Y si no son las imposiciones sociales, es la enfermedad la que la arrastra.
El viento cantaba. Las mariposas pululaban y las hojas bailaban en las ramas de los árboles. En el patio de la edificación, Agasha había ido a sentarse en una de las bardas. Siendo honesta consigo misma, estaba asustada y en lo único en que pensaba era en la desesperación y agonía de su padre cuando la viera partir. Pensaba en sus manos, que ya no estarían ahí para acariciar las flores, pensaba en su voz, que ya no podría decirle a su padre cuanto lo quería. Pensaba en sus brazos, que llegaría el momento en el que el cansancio los alejaría de su padre y los abrazos se perderían. La voz de sus pensamientos surgió mediante sus lágrimas.
Miró a sus alrededores. Varios de los enfermos se hallaban disfrutando de la fragilidad del cálido ambiente. Pensó que varios de ellos también estaban ahí en espera de la hora oscura. Pero sus rostros incluso así eran capaces de reflejar la luz del sol. Por eso no podía permitir que la sombra de la tristeza se extendiera en los senderos de su alma.
Se limpió las lágrimas abruptamente con el dorso de la mano. Pero en seguida un par de sucias y pequeñas manos le acunaron en un abrazo.
—¡No se preocupe, Señorita Agasha! — Dijo Pefko, con un rostro triste, desbordado en lágrimas. —¡Yo la curaré, lo prometo! —Pefko aspiró la humedad en su nariz de una manera tan graciosa que a la joven florista no le quedó más que reír débilmente.
—Gracias Pefko. —Respondió, devolviéndole el abrazo.
—No lo tomes a la ligera. Pefko es muy obstinado. —Habló Albafica, colocándole la capa sobre los finos hombros. La niña volteó a mirarlo con los ojos rojos. El Santo de Piscis atinó a sonreírle amablemente.
—No lo haré, yo confío en Pefko. —Sonrió y luego jaló suavemente de la mejilla del niño para que este dejara de llorar.
El día transcurrió tranquilo después de eso. Agasha y Pefko se quedaron en el sanatorio ayudando y haciendo compañía a los pacientes. Euterpe habló mucho con Agasha y ambas se entendieron rápidamente. Por su parte Albafica merodeó por el pueblo, buscando algunos alimentos, como las frutas y el pescado para Agasha. Evitaba tener el menor contacto posible con la gente, y a pesar de que llevaba sus ropas de civil, incluso así su presencia era llamativa. A sus oídos llegaban fácilmente los cuchicheos de las mujeres que hablaban sobre su apariencia, pero las ignoraba. En sus ojos pintó la más despectiva frialdad y entonces, nadie se atrevió a mediar palabra con él, salvo los vendedores que eran requeridos por él para las compras.
Se apartó de la multitud puesto que la algarabía ya estaba comenzando a mermarle la tranquilidad. A las afueras del pueblo, caminó dando cruce a un pequeño campo de cultivo para terminar adentrándose en los árboles, siguiendo el camino trazado naturalmente. Subió una pendiente y en su camino a través de la ladera, las rocas comenzaban a crecer enormes. Mientras más avanzaba y más alto estaba, la vegetación iba en declive. Los olmos y los robles quedaron atrás. El aire se volvía más frío y violento. Pero cuando consiguió subir lo más alto de los montículos rocosos y llegó hasta el risco, la visión del mar extenso y azul frente a él le trajo tranquilidad. Gracias a sus capacidades como Caballero Dorado, la travesía le había tomado muy poco.
Se sentó en una de las rocas y extrajo una pera de las tantas que había comprado y comenzó a comer. En realidad, estaba agotado, pero la intranquilidad de todos estos días le había dejado un insomnio imperecedero. Recordó las miles de veces que cuando niño, había bajado al pueblo de Rodorio para comprar los encargos que le hacía Lugonis, cuando podía ir y venir cuanto quisiese, sonriendo a las personas en lugar de mirarles con desdeño. Sus ojos estaban tan habituados a mentir y eso los agotaba, pero era irónico que incluso así, en aquellos momentos fuesen incapaces de cerrarse para entregarse a un sueño reparador.
A veces Agasha le recordaba a él mismo cuando fue joven y feliz. Con un corazón animoso y un temple optimista. Verla le traía recuerdos agradables. Quizás en ella se guardaban parte de sus memorias más felices, así como en otros escenarios y le ayudaban en la vacuidad cuando sentía que toda afabilidad en la vida había quedado atrás.
¿Qué iba a hacer? Juraba por Athena que la situación de la joven le ensombrecía el corazón. ¿Hasta cuanta soledad tenía que arrastrarse para descorazonarse y entonces alejar aquellos sentimientos que lo forzaban a vivir en esa fastidiosa dicotomía? Ese odio y amor que sentía hacía las personas. Las amaba por lo que eran, pero las odiaba cuando trataban de acercársele, haciéndole más difíciles las cosas.
Rio, irónico. Agasha había decidido darle su espacio y cuando todo eso pasó, ¿no fue ahora él quien se acercó a ella? ¡Qué estúpido! Albafica casi se echaba a reír de su propia ingenuidad. ¿Para qué encariñarse con alguien cuando no se le puede prometer nada a esa persona, ni si quiera lo más esencial? Pero ya estaba ahí. Tenía que cuidarla. Haría lo posible por salvarla.
Se preparó para regresar. Aspirando el aire tan fresco que había ahí, dio un último vistazo al mar y dio vuelta de regreso al pueblo. Al igual que el viaje inicial, su retorno no le tomó mucho. Agasha y Pefko le recibieron con una sonrisa, pero Albafica notó extraños sus semblantes. La joven se veía muy débil y pálida y Pefko se veía algo perturbado.
—¿Se encuentran bien? —Preguntó. Los niños asintieron en silencio y echaron a andar de regreso a casa.
Agasha de vez en cuando se tambaleaba y en el rostro de Pefko se dibujaba una profunda preocupación. Albafica se hubiese ofrecido a llevarla cargando, pues también notaba que la niña se veía terrible, pero el temor en su sangre le evitó ayudarla. Pefko, entendiendo el sentir de sus acompañantes, pasó uno brazo de Agasha por su hombro y la ayudó con lo que restaba de camino. La florista sintió que jamás un camino se le había hecho así de eterno como ese.
—¿Sucedió algo mientras yo no estaba? —Cuestionó el Santo de Piscis, cerrando la puerta de la cabaña. Agasha apenas había visto la cama de Albafica, se recostó ahí sin pensarlo, pues se sentía débil y mareada. Pefko se apresuró lavarse las manos y prepararle algo que le ayudase a recobrar fuerzas con la despensa que Albafica había traído.
—No, nada. —Medio sonrió Agasha. —El médico me hizo tratamiento de sangría, es todo. Dijo que me iba a sentir algo mareada pero que estaba bien.
—Entiendo. —Albafica fue a sentarse nuevamente en el lugar más apartado de los niños. —¿Te explicó para que servía el tratamiento?
—Sí. —Agasha intentó sentarse. — Dijo que era tal y como nos había explicado sobre los elementos básicos del cuerpo; la sangre, la bilis negra, la bilis amarilla y la flema. Cuando uno enferma es porque un elemento esta discorde con los otros y que las enfermedades a menudo se estancan en la sangre, por eso me aplicó la sangría. —Bostezó un poco.
Piscis frunció el ceño al oír esa explicación. Le parecía extraña. Miró hacía afuera, el atardecer que daba paso a la noche se dibujaba igual de mágico que el día anterior.
—Señor Albafica… —Pefko habló débilmente, escudándose en la infusión que estaba preparando. —¿Puedo pedirle un favor?
—¿De qué se trata, Pefko? —Piscis miró con cierta curiosidad al niño. Este por su lado, lo miró, inseguro.
—¡No vuelva a permitir que el doctor le aplique la sangría a la señorita Agasha, por favor! —Pidió extremamente preocupado.
—¿Por qué me pides algo así? —Los ojos azul cobalto miraron con impresión al niño de nueve años que no era capaz de devolverle la mirada. Agasha reaccionó de la misma forma. No entendía por qué Pefko pedía aquello. —El médico es el experto aquí. Supongo que él sabe lo que hace.
—No, no. —Pefko negó insistentemente con la cabeza. —La sangría no sirve para nada. ¡Créame, lo he visto! Los pacientes siempre se ponen débiles y empeoran más y más cuando les sacan sangre. Le he dicho al doctor sobre lo que he observado, pero dice que mi opinión no tiene valor porque todavía no sé nada… ¡Pero se lo juro! ¡Incluso mi maestro Luco decía que ese tratamiento sólo ayudaba a los pacientes a morir más rápido! —El niño entrelazó sus manos, nervioso. —Intenté evitar que le sacara sangre a la Señorita Agasha pero… —Apretó con más fuerzas sus manos. —Dijo que si lo volvía a molestar ya no me iba a dejar visitar a los enfermos… Además, el prometió ayudarnos con la quinina…
—¿Es muy importante la quinina? —Cuestionó Agasha, arrugando los ojos, se sentía cansada.
—Sí. La quinina ayuda mucho a reducir la fiebre. —Le miró preocupado. —Yo podría conseguirte un tratamiento más efectivo… otros pacientes se han dejado tratar la consunción con las plantas de los apuntes de mi maestro y las observaciones que yo he hecho y parece que han mejorado. Varias de esas plantas las cultivo en el vergel de aquí. Pero la quinina no se da en estas tierras. La traen desde el Nuevo Mundo por lo que es muy cara…
El estrés y preocupación se dibujaban con facilidad en la cara de Pefko. Piscis luego miró a Agasha con detenimiento. A pesar del cansancio que sentía, ella le sonreía al más pequeño para extenderle confianza.
—Está bien, Pefko. Seguiremos tu tratamiento. —Habló Agasha con una voz tranquila. —Ese doctor sólo me dijo que no tengo esperanzas de vivir. Prefiero confiar en ti… No te preocupes, no hace falta la quinina…
—Pero… —Pefko no se veía satisfecho. Al parecer él consideraba aquella planta de vital importancia.
—No te preocupes por la quinina. —Le dijo Albafica. —Yo la conseguiré, así que quédate tranquilo, ¿de acuerdo?
Cuando escuchó aquello, Pefko sintió que podía respirar con tranquilidad de nuevo. Les sonrió agradecido y terminó por servirle algo a Agasha para que esta comiera. Conversaron por un pequeño rato y la joven se retiró a dormir, pues se sentía cansada. Pefko y Albafica conversaron otro rato hasta que la noche cayó en plenitud. Luego de eso, decidieron dormir.
Cuando Agasha despertó, una luz amarilla lamía el borde inferior de la puerta. Se levantó, sintiéndose renovada. Entreabrió un poco la puerta de madera para observar y entonces vio a Pefko, sentado en el escritorio, con la lámpara de aceite a un lado. El muchachito continuaba estudiando, repasando y revisando los apuntes de su maestro Luco y los suyos propios.
—¿Pefko? —Preguntó Agasha, saliendo de la habitación. El niño parpadeó un poco, evidentemente cansado y la miró.
—Señorita Agasha, vuelva a la cama. Necesita reponer fuerzas. —Frunció el ceño de una manera tan tierna que para Agasha era imposible tomarse en serio esa amenaza.
—Tú también deberías dormir. —Tomó una pequeña manta de su habitación y se dirigió hacía Pefko para colocarla sobre sus hombros. —Deben ser como alrededor de las 4:00 am y tú sigues despierto. —Regañó, pero de manera suave. El aprendiz de Luco volvió a suspirar.
—Al menos el Señor Albafica si pudo dormir hoy gracias a la infusión de Valeriana que le di. —Mencionó Pefko cerrando el libro que revisaba para levantarse de la silla y dirigirse a su camastro. —Ayer no durmió nada, estuvo toda la noche fuera.
—¿De verdad? —Agasha no lo había notado.
—Me dijo que tenía un poco de insomnio. —Comentó un somnoliento Pefko, rascándose la cabeza. —Así que le di la Valeriana sin que se diera cuenta.
—¿Lo drogaste? —Preguntó Agasha, impresionada. Pefko negó de inmediato.
—¡Sólo fue un té relajante! Nada del otro mundo. —Se excusó. Agasha rio pues desde un principio había planteado la pregunta a manera de broma.
—Te creo. —Aclaró acariciándole la cabeza. —El Señor Albafica me da la impresión de que no es alguien que se deje ayudar tan fácil. —Sonrió, mientras se sentaba a lado de Pefko. Ambos miraron la respiración tranquila de Albafica que había caído rendido al sueño. —Me gustaría ayudarlo, al menos hacer que no esté tan solo. —Confesó, con una triste sonrisa.
—Yo también quisiera ayudarlo. Le prometí que encontraría una cura para su sangre y no me detendré hasta que lo logre. —A pesar del sueño, Pefko habló con determinación.
—¡Te apoyaré en eso! —Agasha se veía emocionada. —¿No te gustaría que nosotros tres fuéramos como hermanos y nos apoyarnos siempre? A pesar de todo creo que el Señor Albafica se preocupa mucho por nosotros, aunque no lo diga.
—Es verdad. —Sonrió el niño. —Me gustaría que fuera como dices, ser los tres juntos como hermanos. —Se miraron y se sonrieron, cómplices en silencio. Sin embargo, aquella complicidad pasó a otro plano cuando notaron que el semblante de Albafica comenzaba a perturbarse.
—No… no… —Mencionó entre sueños, el Santo de Piscis.
De nuevo las pesadillas referentes a todo lo que lo perturbaba últimamente estaban acechando sus sueños y ultrajando las puertas de su alma. Albafica ya no sabía que miedo le aguardaba ahí, si la muerte de Lugonis o la muerte de Agasha. La eterna soledad que el destino le había preparado estaba comenzando a vaciarle los sentimientos lentamente.
Un par de lágrimas surgió de los ojos entregados a las sombras del cansancio y las pesadillas. Los más jóvenes al mirarlo, se sorprendieron.
—Cuando mi madre murió, mi padre solía llorar mucho cuando dormía. —Mencionó Agasha, levantándose de su lugar y aproximándose donde Albafica. —Pero durante el día, siempre actuaba con normalidad.
—¿Qué haces? ¡No te acerques! —Antes de que pudiera hacer algo, Pefko vio como Agasha se inclinaba suavemente sobre Albafica y le ofrecía un dulce y tierno beso en la frente. Luego, con mucho cuidado limpió las lágrimas que estaban en el inquieto semblante de Piscis.
La delgada mano de Agasha tenía un tacto tan suave gracias al cariño, bondad y amor que estaban envueltas en aquella pequeña tarea que la niña se había dispuesto, para dar paz al Santo. Este, luego de unos segundos, se calmó. La florista sonrió, regalándole un beso más en la frente, que sellaría por esa noche, las frustraciones de Albafica.
—Cuando mi padre lloraba, esta era la manera de calmarlo. —Explicó, irguiéndose. Pefko parpadeaba sin parar.
—¡No te paso nada! —Exclamó, sorprendido. Agasha sonrió alegre.
—El Señor Albafica es precavido. Pero creo que un poco paranoico al final. —Luego miró al jovencito con determinación. —Es tu turno.
—¿Eh? ¿Yo? —Pefko negó varias veces con la cabeza. —El Señor Albafica se enojará conmigo.
—¡Vamos! Dijiste que querías ser como un hermano para él. —Agasha le tomó de la mano y lo haló hacia ella. —¡Debes apoyarlo en momentos como estos!
—Pero… ¿Estás segura?
—Sí. —La mano de Agasha palmeó la espalda de Pefko para darle ánimo. El niño frunció el entrecejo hacía arriba, pues no estaba del todo seguro. Miró a Albafica, luego a Agasha, y sin dejarla de mirar se inclinó levemente sobre la frente de Piscis para ofrecerle él también un beso como muestra de afecto, pero cuando apartó la mirada de joven y volvió los ojos a Albafica, se topó un entrecejo fruncido y unos ojos molestos.
—Pefko ¿qué diablos estás haciendo? —Preguntó Albafica, quien, para desgracia del pobre niño, se había despertado. Pefko dio un saltó para atrás por tremendo susto.
—Señor… Señor Albafica… —Lo siguiente que salió de la boca del niño fue un tartamudeo incomprensible. Agasha lo ocultó detrás de ella mientras sonreía nerviosa viendo como el Santo Dorado se levantaba de la cama.
—¿Y bien? —El semblante de Albafica no se veía nada amable.
Continuará…
NdA: La sangría era un tratamiento médico donde básicamente te sacaban sangre porque se pensaba que ahí era donde residía la enfermedad. Muchas cosas y disparates se creían como certeros en la medicina de siglos pasados. xD
¡Muchas gracias a todos por sus lindos comentarios! Me alegra mucho que les vaya gustando la historia. Lamento haber dejado el final así porque en un inicio mi plan era agregar la escena completa, pero creo que ya me estaba quedando algo largo, así que mejor le dejé hasta ahí. Espero les haya gustado. Ya faltan como cuatro o cinco capítulos para que esto acabe. xD
¡Abrazos!
