Disclaimer: El Hobbit, El señor de los Anillos y sus personajes no me pertenecen; pertenecen al maestro Tolkien, grande donde los haya.
Advertencias: muerte de un personaje.
Parejas: Thorin x Fem Fili, Dark Thorin x Fem Fili.
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El monstruo que soy
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Han pasado diez años. Una década ya. En otro tiempo pensar que estaría escribiendo estas palabras me parecía inconcebible… Yo, Thorin hijo de Thrain, el victorioso Escudo de Roble, el rey bajo la Montaña, infeliz en Erebor, en mi… hogar. Pero aquí me hallo, encerrado en mis cámaras reales como un lobo solitario cuando en el salón de mi abuelo se está celebrando una gran fiesta, el primer aniversario de la recuperación de Erebor. Pero no es una celebración para mí; lo que para otros es felicidad, para mí es el día más aciago de mi vida, un día de duelo y eterno pesar.
Oh, Fili, sobrina, kidhuzel, si tan sólo estuvieras aquí… qué distinto habría sido todo, qué diferente lo sería ahora.
Quién sabe si no estaríamos celebrando ahí abajo sentados mientras nuestros hijos estarían corriendo entre los invitados, riendo de alegría con sus juguetes nuevos, persiguiendo al gato que estoy seguro que te habría gustado tener, como solías decir en Ered Luin. Maldigo a los Valar por arrebatárteme, y me maldigo a mi mismo por haber hecho lo que hice. Me odio, y odio la vida que vivo, pues sin ti, mi amor, no tiene sentido vivirla.
Sin ti a mi lado todo el oro y joyas de Erebor no valen nada, no sirve de nada tener toda esa riqueza si no estás aquí para disfrutarla conmigo, y cada año que pasa en mi vida me resulta más largo de vivir que mil edades. Incluso los manjares y el licor más caro saben a amarga ceniza en mis labios, privados de los tuyos. No quiero sino estar a tu lado. Y esta vida es la penitencia que debo pagar.
Cerró los ojos, dejando que una solitaria lágrima vagara por su mejilla perdiéndose entre su barba, recordando.
—Nos toman por tontos —dijo Thorin con una sonrisa casi indignada—, es una treta, una argucia —y gritó enfurecido hacia el maldito elfo y el humano frente a él—. ¡La Piedra del Arca está en esta montaña! ¡Es una trampa!
Sin embargo, cuando Thorin, con el corazón lleno de ira y dolor creía que las cosas no podrían empeorar, se pusieron peor. Lo que nunca habría imaginado, una nueva traición por parte de un ser querido llegó en forma de una vocecilla a su espalda, que hizo que todos los presentes se giraran a mirarlo excepto Thorin, que tragó saliva con los ojos cerrados.
—No… no es ninguna trampa, es la piedra autentica —confesó Bilbo, saliendo de detrás de los enanos—. Se la he dado yo.
Thorin dejó salir el aire que había estado reteniendo, girándose lentamente con el pulso latiéndole muy despacio, muy lento, presagiando un dolor mayor.
—Tú… —Fue lo único que el rey pudo decir, incapaz de formar palabras coherentes.
La traición era demasiado grande, no podía creer lo que estaba pasando. Pero tal como su corazón preveía que sucedería, un nuevo dolor se añadió a su sangrante alma apuñalada. Fili se adelantó, poniéndose junto al mediano y protectoramente pasó su brazo delante de él para impedir que Thorin llegara a tocarlo.
—Si vas a descargar tu ira sobre alguien, hazlo sobre mí —dijo Fili mirándolo directamente a los ojos, su mirada azul grisácea fija en la suya, empañada de lágrimas—. Bilbo fue el ejecutor, pero fue mía la idea.
Thorin se quedó paralizado, intentando encontrar sentido a las palabras de su rubia sobrina, intentando encontrar mentira en ellas… pero no la había. Ni falsedad ni titubeo posible que la obligaran a desmentirlo. La voz de Fili había sido firme y decidida; había dicho la verdad.
—No —dijo Thorin aún negándose a aceptarlo—, no lo harías, no podrías… tú no me traicionarías.
Y aun así su corazón deseaba con todas sus fuerzas resistirse a creerlo, no quería, no podía aceptar algo así, porque la amaba. Ella era su adorada heredera, la hija de su hermana, su más preciado tesoro y orgullo, la única cosa buena que poseía. «Tú no, kidhuzel, por favor, no tú», gritaba su alma rasgando su corazón como un cuchillo helado. Pero de nuevo la voz adorada le rompió su pequeño muro de cristal, haciendo añicos su única esperanza del salvarla de la traición.
—Bilbo me mostró la Piedra del Arca cuando llegamos a Erebor —contradijo Fili, rebatiéndolo—. Nos advirtió sobre ti, sobre lo que habías cambiado, del mal que había arraigado en tu alma —y se detuvo, con dolor en su voz—, y lo tuve claro. Debía salvarte, aunque ello significara salvarte de ti mismo.
Ya no había salvación para ninguno, ni para ella, ni para él, pues el odio rebosó las murallas de su corazón y las lágrimas desbordaron de sus ojos, cegándolo.
—¡Salvarme, maldita traidora! —gritó Thorin finalmente, con las lágrimas resbalando por sus mejillas—. ¡Mi propia sangre! ¡La hija de mi hermana me ha traicionado!
Fili entonces se había quedado paralizada por el miedo, al ver la expresión de rencor que se había formado en el rostro amado de su tío, que avanzaba hacia ella con pasos lentos pero firmes, tomándola por los brazos con fuerza, acercando sus rostros hasta que sus frentes prácticamente se tocaron y sus labios estuvieron a un suspiro de rozarse.
—¡Necia, infame! —exclamó Thorin sin soltar su fuerte agarre—, apártate de mi vista —añadió con un siseo ronco.
Entonces la soltó como si su simple tacto quemara sus manos, empujándola con desprecio lejos de su lado, rompiendo el corazón de Fili, que estaba reteniendo las lágrimas en sus ojos sobrellevando aquella marea porque sabía que sucedería, y a pesar de saberlo le dolía tanto. Thorin entonces se giró hacia Bilbo, que había visto la escena con creciente horror en sus ojos, viendo cómo el moreno se acercaba ahora adonde él estaba.
—En cuanto a ti, miserable rata… —comenzó Thorin, antes de ser interrumpido.
—Deja marchar a Bilbo —pidió Fili.
Y tal como hiciera un instante antes, la rubia se puso delante de Bilbo, sabiendo que Thorin no le haría daño. Se equivocaba. Pues ya no era Thorin, su tío amado quien estaba frente a ella, sino el rey de Erebor, el monstruo corrompido por el oro el que la hablaba.
—¿¡Suplicas por él!? —gritó Thorin con el veneno corriendo por sus venas como un fuego ardiente.
Valar, ¿de qué traiciones había sido víctima? ¿Qué habrían conspirado esa rata y la sucia miserable de su sobrina? ¿Planeaban derrocarlo? ¿Entregarle el trono al elfo? ¿O tal vez al necio humano? ¡Malditos fueran todos ellos! ¡Y él había sido tan necio para amarla, adorarla y consentirla sin reservas! ¡Maldita, maldita fuera! ¡Maldita fuera ella, el mediano y el mago que lo trajo a esa compañía!
Cerró los ojos con los puños apretados y la mandíbula tensa, controlándose por un instante.
—Vete —ordenó Thorin entonces, sin mirarla—, vete antes de que te mate.
Pero Fili no se movió.
—No voy a dejarte —replicó firmemente—, no me vas a apartar de tu lado, ni de los que quiero.
Entonces sus manos, que había tenido firmemente apretadas en un puño rozaron la empuñadura de su espada, abriendo los ojos mientras avanzaba hacia ella.
—Haberlo pensado antes de traicionarme —dijo con la voz rota el rey—, de escupir sobre tu legado y el de tu pueblo… Eres despreciable.
Y de nuevo estuvieron tan cerca como para rozar sus frentes, su nariz contra su nariz, sus labios suspirando sobre los de ella.
—Ya no eres más de mi sangre —dijo—. ¡Vete!
El rey ya no lo soportaba más, notaba el calor ardiente en sus manos, el calor que emanaba de su presencia, y se alejó de la joven para girarse y darse la vuelta y no volver a posar su mirada sobre ella, pero la voz temblorosa del mediano le hizo detener sus pasos.
—Thorin… —musitó Bilbo.
Antes de que pudiera decir nada, vio que los ojos de Bilbo no estaban mirándolo, sino a su sobrina. Siguió la dirección de su mirada, tan sólo para ver cómo la sangre manaba de su abdomen, donde la rubia tenía una mano, paralizada, con sus dedos manchados de rojo al igual que su camisa, empapada. Miró entonces sus manos, y la espada, manchadas también de sangre, y lo entendió; el conocimiento llegó a él como una puñalada.
Qué hice, Mahal, qué fue lo que hice…
El sonido de las flechas surcaba el aire, y el acero chocando eran la música de fondo, tan familiar en los oídos de Thorin como la melodía de su arpa.
Azog.
Frente a él.
Sabía que no podía ganarle, sabía que probablemente moriría allí. Estaba herido y sangrando y su cuerpo pesaba como piedra maciza; pero si iba a morir, si tenía que morir en ese lugar, se lo llevaría con él. Luchó espada contra maza, gritando de esfuerzo, sudando sangre, y con todo el dolor de cada célula de su cuerpo finalmente pudo deshacerse del infame pálido orco que había destruido a su familia.
No cometería el error de dejarlo ir sin cerciorarse primero de que estaba bien muerto.
Su cadáver pálido y brillante flotaba nebuloso bajo el agua, pero la visión, tan siniestra como fascinante, logró hipnotizarlo tan sólo el tiempo justo para que se diera cuenta de la treta de Azog. Sucio orco… creer que caería en algo tan burdo como aquello. No le dio tiempo a reaccionar, sino que alzó a Orcrist y la atravesó en el hielo, haciendo que el orco bajo él abriera los ojos por la sorpresa, atravesado de parte a parte por el cortante acero de Gondolin de la hoja del enano.
No podía creerlo, había ganado.
Debía volver a Erebor, a ver cómo estaba Fili, y si por la gracia de los Valar había sobrevivido a su ataque, implorar su perdón.
Estaba tan distraído con sus pensamientos, la mirada clavada aún en la brillante hoja de Orcrist, que cuando escuchó la voz amada, creyó que se trataba de un sueño.
—¡Arriba, Thorin! —gritó Fili—. ¡Cuidado!
Todo pareció ir muy lento entonces, como si alguien hubiera ralentizado el tiempo y lo viera todo a través de un cristal que le impidiera moverse o andar, se había paralizado. Fili estaba tras él, con una venda en la cintura empapada de sangre, y medio arrastrándose logró llegar con sorprendente rapidez a su lado justo a tiempo para empujarlo y apartarlo del espadazo que Bolgo, el vástago de Azog había dado justo en el lugar donde había estado hacía tan sólo un instante.
No supo qué pasó, sólo que la adrenalina recorrió su cuerpo dándole fuerzas donde antes no habían quedado, haciendo que en un último esfuerzo lograra enfrentarse al hijo del pálido orco antes de caer desplomado y herido por las heridas que Azog le había causado.
Oyó un grito desesperado de Fili, y luego lo que le pareció un rugido estruendoso de una bestia, tal vez de un oso… y luego todo se volvió negro.
Pensar que fui yo quien te arrebató la vida, Atamanel, me duele como si fuera yo quien muriera.
Al abrir los ojos habían pasado varios días, casi tres semanas, y su cuerpo había recuperado la suficiente fuerza para mantenerse despierto y consciente, e incluso levantarse y andar un rato. Estaba cubierto de vendas, y le habían dicho que había permanecido sedado y drogado para evitar el dolor. No sólo el físico, sino el emocional que pronto le sobrevendría. Lo sabían bien, pues no pasó mucho antes de que el rey se enterara de la horrible verdad, la funesta desgracia.
Fili ya no estaba.
Había muerto, y ya estaba enterrada.
Thorin había bajado a la calle del Silencio a contemplar el lugar donde yacía ahora su corazón y alma, y había encontrado una tumba hermosa, rodeada de flores frescas, tallada de mármol grisáceo veteado de plata con una estatua esculpida tumbada sobre la piedra de la lápida. Era tan perfecta que casi dolía, el ver representada la figura que tanto amaba con tal sutil perfección, y saber que bajo aquella estatua vacía en verdad estaba ella, y que había sido él quien la había matado. Leyó las palabras que rezaba la pequeña placa de oro «Fili Durin - 2859 - 2941 - Amada hija y valiente heredera» y su corazón se partió en mil pedazos, pulverizados como polvo llevado por el viento.
Lloró, lloró durante días, lloró hasta quedarse sin lágrimas, hasta que por fin entendió que lo que había pasado había sido un castigo por sus actos, y ahora debía sobrellevarlo.
Había querido el oro, ahora tenía todo el oro del mundo.
Había querido Erebor, ahora era rey bajo la montaña.
Y a cambio de su ambición, había pagado el precio más alto: había sacrificado su alma.
Sólo espero que cuando nos reunamos, puedas perdonarme mi amor, pues no deseo más que llegue ese día en que pueda de nuevo tenerte en mis brazos.
