La súplica de Rosita

Cisne les enseñó orgullosa el nuevo conjunto de lencería que le había regalado el Señor Cayado. Debía costar más que todas ellas juntas.

—¿No es un sueño hecho realidad? —Ellas tuvieron que admitir que era cierto. Seda roja adornada con diminutas piedras preciosas. Un regalo para la vista.

Cisne guardaba todas las prendas que el señor Cayado le regalaba en un arcón. Vestía igual que ellas, pero cuando él la llamaba para que le hiciera compañía por la noche, tenía la obligación de ponerse sus regalos.

Obligación que ella aceptaba de buen grado.

—Jo, Cisne, tienes mucha suerte. A mi no me regala cosas tan bonitas —comentó Esmeralda. Era una joven de lustrosa piel oscura y felinos ojos verdes. Una auténtica belleza de algún país del sur. Hablaba español con un acento difícil de identificar. Era fisioterapeuta, y conocía un montón de tipos de masajes diferentes y productos para el cuidado de la piel.

El amo no la llamaba tantas veces como a Cisne, pero de vez cuando le apetecía hacer algo diferente.

—Mis novios no solían regalarme cosas tan bonitas…el amo se porta muy bien conmigo.

—¿Estabas saliendo con alguien cuando…bueno, cuando te compraron? —le preguntó Estela. Ella hizo un mohín, como si le hubiera recordado algo en lo que prefería no pensar demasiado.

—He tenido varios novios. Un directivo de Google, un banquero, un futbolista, un fotógrafo…estaba saliendo con un piloto guapísimo cuando me secuestraron. Pero así son las cosas ¿verdad? Adaptarse o morir. Antes era Top Model y ahora…soy la amante de un mago rico. Podría ser peor. —dijo. Por un instante Estela llegó a ver en Cisne algo más que una chica frívola y consentida. Se buscaba la vida, como todas—. Derek y yo nos íbamos a casar en marzo del año pasado. Lo teníamos todo planeado. Un día salí de compras y un hombre se aproximó por detrás. No me dio tiempo ni si quiera a soltar las bolsas.

Cisne suspiró y guardó el conjunto.

—Al menos no tuve que esperar demasiado a que alguien se interesara por mí. ¿Qué me dices de ti? Con esa cara…no ha debido ser fácil.

Estela estaba intentando ser amable con Cisne. De verdad que lo intentaba. Pero ella no se lo estaba poniendo nada fácil.

—Estaba en el instituto cuando estalló la guerra. Tenía quince años cuando empezó todo…echarme novio no entraba en mi lista de prioridades. —Por desgracia, Estela debía admitir que Cisne tenía razón. Nadie había mostrado mucho interés en ella y había tenido que hacer frente a comentarios mordaces sobre su aspecto desde pequeña. Su vida no era perfecta, pero sacaba buenas notas y estaba segura de que quería estudiar Bellas Artes cuando acabara el instituto. Siempre se le había dado muy bien dibujar y había aprendido a restaurar muebles por su cuenta.

Cuando las demás chicas salían de fiesta, ella siempre prefería quedarse en casa, viendo tutoriales de bricolaje y videos de restauración.

El diseño de prendas de vestir era otra de sus aficiones. Por eso le había molestado tanto que le pusieran aquel saco de lana. Hasta en el Imperio Romano vestían mejor a sus esclavos.

—Bueno, pues aquí desde luego, pareja, no vas a encontrar…a veces los invitados aparecen con sus propios esclavos y podemos charlar un rato y con suerte, echar algún polvo. Pero eso sucede solo en raras ocasiones. Quizás sea mejor así…no echarás en falta algo que no has tenido.

Cisne hablaba de forma tan desinhibida que Estela se ruborizó.

Lo único bueno que podía sacar en claro de su actitud, era que no la consideraba una amenaza en potencia. Sabia que no llamaría la atención de su amo y que no le «quitaría el puesto».

Al cabo de un rato, Rosita regresó de adecentar a la señora Cayado y se unió a ellas. Ese día llegarían un par de invitados para la cena, pero por la mañana no había demasiado que hacer.

Rosita tenía quince años. Con sus tupidos rizos pelirrojos y sus expresivos ojos azules, parecía una pequeña ninfa. Tenía las mejillas cubiertas de pecas y la piel blanca como un rayo de luna. Su madre era irlandesa y su padre español. Era pequeñita, pero esbelta, y aunque no hablaba mucho, siempre tenía una sonrisa para todo el mundo. Era la benjamina del grupo y había sido seleccionada por la propia señora Cayado como su esclava personal cuando tenía doce años. El señor Cayado nunca la había llamado, como había hecho con Cisne y Esmeralda, porque todavía era muy joven. A Tulipán solo la había llamado dos veces, pero la falta de interés de su amo no la molestaba en absoluto. Estaba satisfecha con su posición de encargada.

Rosita, sin embargo, estaba preocupada. La señora Cayado estaba muy débil y temía que una vez que ella hubiera fallecido, sus servicios dejaran de ser necesarios.

—Por enésima vez, Rosita —le dijo Tulip—. No te preocupes. En serio…estoy segura de que no te echarán.

Rosita dejó que Tulipán le diera un abrazo y enterró la cabeza en su hombro, con los ojos empañados.

Toda su familia había muerto a causa de la gripe. Era un auténtico milagro que ella hubiera sobrevivido.

El día transcurrió con cierta lentitud hasta bien entrada la tarde. Habían limpiado varias habitaciones, y habían ayudado a Lubi en la cocina.

El señor Cayado había invitado a dos colegas suyos. Se trataba de una cena de negocios, y ya les había adelantado que les entregaría vestidos mucho más elegantes para la ocasión, como si aquello fuera una noticia maravillosa.

—Mira, te he traído esto —le dijo a Estela, antes de marcharse—. Es una crema que hará desaparecer tu marca de nacimiento por unas horas. Quiero que te la des antes de la cena de esta noche. Así no llamarás tanto la atención —le explicó. Estela sabia que en realidad temía que se rieran de él por su culpa. Sus amigos debían ser casi tan superficiales como él.

Eso, o simplemente sentía curiosidad por ver cómo era su cara sin aquella mancha de la piel, lo que todavía le resultaba más inquietante.

—Gracias, señor —le dijo, con frialdad. Debía estar pensando que aquel regalo le haría ilusión y no comprendía su falta de entusiasmo. Se marchó, un poco indignado, y no volvieron a verlo hasta la hora de la cena.

Los vestidos que les habían prestado eran plateados, tenían un escote muy abierto y unas hebillas plateadas en los hombros. Una cuerda plateada se ceñía a su cintura y la falda caía lisa, hasta por debajo de las rodillas.

La tela era tan transparente que dejaba mas bien poco a la imaginación.

Estela empezaba a echar de menos los sacos de lana. Con aquella ropa se sentía desprotegida.

La crema, por otro lado, había cumplido su cometido, pero se le hacía muy raro mirarse al espejo y ver una cara que no era la suya. Sus ojos negros parecían mucho más nítidos y expresivos de lo normal.

No se sentía ella misma. Ahora era como todas las demás. Su marca era de alguna forma su sello de identidad y sin ella, se sentía extraña.

—¡Estela, estás preciosa! —le dijo Tulipán, cuando se dignó a salir del baño. Rosita les había arreglado el cabello a todas. Tenía mucha maña para esas cosas. A ella le había hecho dos trenzas en la parte superior de su cabeza, como si fueran una especie de corona. El resto de su cabello oscuro caía en cascada hasta los hombros.

—¿No me veo rara?

—¿Rara? ¡Por favor! ¡No! Estás fabulosa. ¿A qué sí, chicas? —les preguntó a las demás.

El gesto avinagrado de Cisne daba a entender que Tulipán tenía razón.

—Sí…supongo que sí. Ahora al menos, se le ven los dos ojos.

Bueno, si ellas lo decían, entonces tendría que creerlas. Aunque aquel cambio seguía sin convencerla.

La señora Cayado bajó durante unos minutos para cenar y saludar a sus invitados, pero pronto tuvo que regresar a su habitación. La mesa estaba engalanada con jarrones simétricos de flores azules y un mantel a juego. La cubertería era de oro, como no podía ser de otra forma y había docenas de platos de olores y aspecto misteriosos. Salvo por algunos muslos de pollo, puré de patata y zumo de calabaza, todo lo demás le resultaba del todo desconocido.

Y después de hablar sobre temas banales —y de insultar a los muggles de todas las formas imaginables— los dos amigos del señor Cayado tomaron asiento en unas mullidas butacas situadas junto a una chimenea, con sus vasos de Whiskey de fuego llenos hasta el borde. Las botellas por lo general, los servían sin mediación de nadie, y gravitaban a su alrededor como si las sujetara una mano invisible; pero después de un rato, uno de ellos, el de aspecto más desaliñado, tomó la palabra.

—Oye, pelirroja, ven aquí —le dijo a Rosita, con un tono que oscilaba entre el autoritarismo y la burla. Ella contempló a su amo, dubitativa—. Vamos, ratoncito, no seas tímida.

De alguna forma parecía que ya había visto a aquel hombre en otras ocasiones. Tenía una apariencia muy desagradable, y su actitud no parecía mucho mejor.

Era un tipo con la barba y el cabello muy largos, de color castaño. Su piel tenía un matiz acerado y sus dientes eran amarillentos y muy poco estéticos. Era bastante más viejo que el señor Cayado y vestía una túnica negra que lo hacía parecer, si cabe, aún más tenebroso.

Tenía un tatuaje muy raro en una muñeca, conformado por una calavera y una serpiente. No era bonito, pero lo exhibía con orgullo.

—Rosita, acércate —le ordenó el señor Cayado. Ella agachó la cabeza y caminó hasta ellos, temblando como una hoja.

Estela contemplaba la escena a distancia prudencial, con una jarra de agua en las manos.

El hombre del tatuaje le pidió que vertiera más Whiskey en su vaso y ella cogió la botella con delicadeza. Estaba tan nerviosa que Estela temió que fuera a derramar la bebida. El invitado no le quitaba los ojos de encima. Parecía un depredador observando a su presa.

Le acarició una pierna por debajo del vestido y ella emitió un gemido temeroso, pero no se movió. Él le sobó el trasero durante un rato, antes de hablar de nuevo.

La tensión se respiraba desde el rincón más alejado del salón.

—Eres muy dócil ¿verdad, ratoncito? ¿Te sirve bien, Cristian?

El señor Cayado no parecía estar disfrutando en absoluto de aquel espectáculo. Pero por lo que Estela había podido deducir de la conversación que habían mantenido durante la cena, su invitado era un hombre poderoso. Estaba pensando en invertir bastante capital en un nuevo hospital mágico, que pronto pasaría a manos del señor Cayado.

—Es una buena esclava.

—Yo todavía no he adquirido ninguna. Ya sabes…mis compañeros son un poco más radicales y prefieren matarlos en vez de esclavizarlos. En general estoy de acuerdo, pero no sé, me gustaría probar algo nuevo. Pueden ser juguetes muy entretenidos, por lo que me han contado.

—Son totalmente inofensivos. Si te muestras contundente desde el principio, por lo general no causan problemas. Mi hijo, sin ir más lejos, ha escogido a una como compañera de juegos y está muy contento. Mi elfina está ya muy mayor, y mi mujer carece de la vitalidad necesaria para atender a Daniel. Ha sido una inversión muy adecuada.

—Ah, ¿sí? Interesante. No lo había pensado. ¿Cuánto quieres por esta?

El señor Cayado guardó silencio durante un rato. Rosita tenía los ojos cerrados y una silenciosa lágrima rodó por su mejilla. Estaba muy asustada.

—Esta no está en venta. Pero conozco a un traficante que podría ayudarte a encontrar alguna que sea de tu gusto.

—¡Oh, vamos, Cristian! No seas tacaño. Voy a invertir mucho en ese hospital tuyo…concédeme este capricho, anda. ¿Diez galeones? No me importa que esté usada.

—No lo está…pero es la esclava de mi mujer. No puedo vendértela sin su consentimiento.

—Vaya. ¿Y no podrías hacer una excepción? Déjame probarla, al menos. Solo un ratito. ¿Te gustaría eso, ratoncito? —le preguntó, sin soltarle la pierna—. Tú y yo solos. Seguro que nos vamos a divertir.

Entonces Rosita se tiró a los pies del señor Cayado y estalló en un llanto incontrolable.

—¡Por favor, señor, no! ¡Haré lo que quiera! ¡Pero no me haga esto, se lo suplico!¡No me deje con él! —Cristian la contempló con cara de circunstancias. Estaba claro que no había previsto su reacción, ni de lejos.

El invitado del señor Cayado se puso en pie, ofendido.

—¿He oído bien? ¿Esta puerca muggle me acaba de rechazar? La hospitalidad en esta casa deja mucho que desear.

El señor Cayado se puso en pie y obligó a Rosita a hacer lo mismo.

—No, no, Tobías. Puedes hacer lo que quieras con ella. Hablaré con mi mujer. Mira, allí tienes una habitación vacía. Puedes…puedes llevártela. —Rosita seguía llorando y al final, tuvieron que silenciarla mientras el invitado se la llevaba casi a rastras.

Tulipán, Estela, y las demás esclavas no daban crédito. El señor Cayado parecía tener verdadero miedo de aquel hombre y no había hecho nada para evitar que se llevara a Rosita.

El otro amigo del señor Cayado había observado la escena con oscuro divertimento, sin decir nada. Tenía un rostro anodino y sombrío, nada que realmente llamara la atención. Llevaba el cabello largo y la barba bien recortada.

—Disculpa a Tobias. Es un hombre muy caprichoso.

—Ya…bueno, no pasa nada —dijo Cristian con aire distraído, mientras dirigía la mirada hacia el cuarto donde Tobías se había encerrado con Rosita—. Los amigos son los amigos. Aunque le agradecería que no la matase…me ha servido bien.

El señor Cayado intentaba mantener la compostura, pero se notaba a la legua que aquella situación lo había incomodado profundamente.

Estela quería creer que de verdad lamentaba lo que había hecho, pero sus actos no tenían excusa. La pobre Rosita no había hecho nada para merecer un trato como aquel.

—Bueno, Cristian. Uno más o uno menos, debería darte lo mismo. A fin de cuentas, la gripe mágica la creó tu equipo de sanadores. Sus efectos han sido…sorprendentes. Todavía no te he dado la enhorabuena. Nos has quitado mucho trabajo.

—Eso no fue exactamente lo que…—se defendió el señor Cayado.

A Estela se le escurrió la jarra de entre las manos y al chocar con el suelo, el líquido se derramó. El señor Cayado se interrumpió.

Los pedacitos del recipiente se desparramaron por la alfombra y ella se agachó para recogerlos.

Tulipán se aproximó a ella y la ayudó a recoger. Le sujetó una mano y la miró con intensidad.

—Cálmate, por lo que más quieras.

El estrépito atrajo la atención del señor Cayado y su confidente, pero ella procuró no mirarles a la cara.

—¡Reparo! —dijo el señor Cayado, antes de echarle un rapapolvo. Los pedazos de la jarra volvieron a unirse y el líquido desapareció— ¡Estela! ¡Por Merlín! ¿Quieres prestar un poco más de atención? ¿Qué demonios te pasa?

—Yo…no me encuentro bien. Necesito…necesito ir al baño —balbuceó, con el rostro colorado. Acto seguido, se llevó una mano a la boca y echó a correr.

No lo podía creer. Era obra suya. Él había provocado aquella hecatombe…aquella pandemia. La muerte de su familia. Quería creer que solo se había dejado llevar por las circunstancias, pero no.

Era un monstruo. Un asesino. Como todos los demás magos.

Tendría que haberlo imaginado. Si había sido capaz de azotarla, desde luego que era capaz de hacer cosas peores.

Estela se sentía aturdida y confusa. Enferma. Necesitaba tomar el aire. La atmósfera de aquella casa se había vuelto irrespirable.

Se desplazó por el corredor como alma que lleva el diablo y se encerró en el primer cuarto de baño que encontró.

Se tiró en plancha sobre el retrete y vomitó varias veces seguidas.

Tenía el rostro anegado en lágrimas y el pulso le temblaba.

Unos diez minutos después, unas voces procedentes del salón, atrajeron su atención.

—Es una buena esclava, tenías razón. —Tobías había salido de la sala—. La he dejado dentro. Tardará un rato en recuperarse. Demasiadas emociones fuertes, supongo.

Alguien se echó a reír.

Estela vomitó otra vez.

Hasta los licántropos empezaban a parecerle más humanos después de lo que había escuchado durante aquella cena.

Su padre tenía razón. Tendría que haber dejado que lo hiciera, que hubiera apretado el gatillo.

Era una ilusa si creía que allí podría encontrar algo parecido a un hogar. Eso era imposible. Lo que había averiguado era demasiado terrible como para dejarlo pasar.

No podía vivir bajo el mismo techo que un asesino.