Canciones: Under the Milky Way, de Sia; Drive, de Incubus
Capítulo Cuatro: Regreso a casa
And there's something quite peculiar
Y hay algo bastante peculiar
Something shimmering and white
Algo resplandeciente y blanco
Leads you here despite your destination
Te trae aquí a pesar de tu destino
Under the milky way tonight
Esta noche, bajo la vía láctea
Kenshin aceleró a través del vasto bosque, de camino estrecho y carreteras abiertas. Aunque su fina camiseta negra y sus pantalones no lo protegían del frío, no le importó el gélido aire nocturno.
Saboreó el olor del asfalto, las luces parpadeantes de los suburbios del pueblo y el tacto al cuero de Mizuki.
Era la primera vez que dejaba el centro en meses…si no estaba equivocado. La última vez que lo hizo, visitó la tumba de Ella, ya que era su primer aniversario de muerte. Se había dado cuenta en ese entonces, que habían pasado años desde su primera fuga. Suspiró, triste de que su memoria le volviera a fallar.
/Kenshin ajustó el agarre al embrague.
Ella lo envolvió con sus brazos fuertemente. Tenía miedo de caerse de Mizuki pero sabía que Kenshin no dejaría que eso pasara.
Kenshin observó por el espejo retrovisor mientras cerraba los ojos y le sonreía./
Ajustó los espejos. Mientras lo hacía, vio sus ojos negros mirándolo. Sus fríos, blancos brazos lo apretaban fuertemente por la cintura.
Kenshin la miró con horror, perdiendo el control de Mizuki. Girando bruscamente a la izquierda y luego sacudiéndose al ir derecho, la motocicleta lo traicionó. Kenshin salió despedido pero fue capaz de mantener su propio equilibrio. Puso su peso sobre sus dos manos y dio un salto mortal, aterrizando sobre sus pies. Mizuki chirrió a su lado, deteniéndose a centímetros de él.
Kenshin se quitó el casco. Temblaba y jadeaba, ahora el aire frío lastimaba sus brazos desnudos. A pesar de la noche fría, las gotas de sudor corrían por su rostro y goteaban por su camiseta.
Ahora no, por favor. Todavía tengo que ir a un lugar. Miró a su alrededor, viendo un imponente muro de piedras tras él. Supuso que era la entrada al túnel de Owasaki, el último que conducía hasta la ciudad.
Kenshin inspeccionó a Mizuki. Milagrosamente, el choque le había dejado rasguños superficiales, pero fuera de eso, estaba bien.
Respiró profundamente y se calmó. Se secó el sudor y sacudió sus manos para disipar el temblor.
Lentamente, examinó los espejos. No había rastros de Ella.
En un intento por continuar su viaje, Kenshin levantó a Mizuki, se montó sobre ella y condujo otra vez.
- Lo hizo de nuevo. Se fue. - Le reportó Saitou a Katsura, quien no pudo dormir esa noche.
Katsura se acomodó en su asiento y sacudió la cabeza. - Déjalo, Saitou. Deja que vea el mundo exterior.
Saitou encendió otro cigarrillo. - Y lo dejaremos porque…
- Te has vuelto tan inquisitivo como Megumi. - Sonrió Katsura.
Megumi se había tomado el día libre para estar con Sano. Katsura le permitió estar con él tanto como quisiera. La doctora le dijo cortésmente que sólo se tomaría un día.
Saitou no sabía qué era lo que le disgustaba más, si la vaga y remota lógica de Katsura, o los eventos caritativos de Tokio. - Katsura-sama, para serte franco, las misteriosas formas que tienes de decidir las cosas a veces son demasiado desconcertantes para una persona complicada como yo. A veces, tienes que dejar migas de pan para que Megumi y yo las sigamos.
Katsura rió con ganas. - Lo siento. Cuando se es un viejo como yo, la mente divaga mucho y no hay lugar para la lógica.
- Entonces descártame de eso, Katsura-sama. No me gustaría que mi mente divagara con esa facilidad. - Saitou aspiró largamente su cigarrillo.
- Te iba a decir por qué lo vamos a dejar vagar por ahí. Tuvimos que aprender la lección la última vez que lo hizo. Instalé un rastreador GPS en su Mizuki. - Dijo Katsura, confiado de haber manejado ese riesgo.
Saitou asintió. Gracias al cielo, una respuesta directa. - Ah, bien. Lo debiste haber ordenado durante el baile de caridad.
- Quiero saber adónde va. Qué hace. Pero sin interferir. - Explicó Katsura.
- Bien. ¿Pero y si hace algo peligroso?
- Confío en que a estas alturas sabes la respuesta a eso, Saitou. - Katsura sonrió significativamente.
Saitou gruñó. - Aquí vamos de nuevo con tus respuestas indirectas, Katsura-sama.
Katsura sólo sonreía.
- La Chica Mapache se desesperará. - Comentó Saitou como si nada.
Katsura le dijo con calma. - Déjala. Él volverá, estoy seguro de ello.
- Lo que digas, Katsura-sama. Tú y tus formas misteriosas. - Saitou inhaló su cigarrillo y observó exasperado a Katsura.
Aunque Kenshin pudo evitar caer, sintió ardor en su mano derecha. Debió habérsela dislocado mientras dio la vuelta. Inhaló bruscamente y lo soportó.
Su único alivio era que no pasaron vehículos en el momento en que casi cayó en el pavimento. Pero se dio cuenta con abatimiento que no pasarían, ya que Hikaru era una instalación aislada. Una parte de él recordó que el centro era un psiquiátrico de élite. Otra parte de él se preguntó cómo fue capaz de evadir "las medidas de seguridad" del hospital.
Los pensamientos de Kenshin fueron interrumpidos por el sonido de un llanto. Detuvo a Mizuki y temió que le estuviera dando otro episodio.
El sonido venía de sus espaldas, como si pasara junto a una figura en llanto. No pudo descifrar si era Ella llorando. Era un sollozo agudo, definitivamente femenino, pero no podía ser Ella, ¿no? Dos episodios en cuestión de minutos. Y ahí estaba él, pensando que había progresado.
Kenshin quería ignorarlo pero el sonido estaba impregnado en su cabeza. Como la misma nota de una tecla de piano constantemente presionada. Eso lo inmovilizó.
Se quitó el casco y apoyó a Mizuki contra el muro de piedra. El sonido se acercaba.
Unas pequeñas y húmedas manos se aferraban a sus piernas.
Kenshin se volvió a mirar a la dueña de esas manos que se aferraban a él. Vio a una pequeña niña, acunando a un gatito ensangrentado. Su remera de Doraemon estaba manchada con sangre. Tal vez el gato fue atropellado. A juzgar por sus cortos jadeos, Kenshin sabía que moriría pronto.
- Por favor, ayude a Neko-chan. - Sollozó la niña, cuyos grandes ojos castaños miraban suplicantes a Kenshin.
Kenshin se estremeció al ver la sangre. El olor oxidado invadió su nariz. De repente, escuchó el sonido de metal contra metal. Había destellos en su cabeza.
/Todo blanco. Labios pálidos. Rojo profundo. Ojos en blanco./
Se apartó de la niña, la sangre y el sonido lo sacudían. Ella tomó su mano.
- Onegai, ayúdela, onisan.
Kenshin entrevió a la niña de nuevo. Llegaría tarde a su destino si hacía lo que ella le pedía. Podría vomitar a causa de la sangre si hacía lo que ella le pedía. Pero la vida del gato podría salvarse si hacía lo que ella le pedía.
Recobrándose, Kenshin preguntó, - ¿Cómo puedo ayudar?
La niña le dijo que la llevara a Isamu, un pueblo cercano al destino de Kenshin.
Después de asegurar a la niña y su gato a Mizuki, Kenshin se dirigió a Isamu.
Minutos después, llegaron al pueblo.
La niña le indicó a Kenshin que se detuviera frente a una casa vieja. Una vez que Kenshin pudo estacionar apropiadamente, la niña saltó de Mizuki y corrió hacia la puerta de madera. La golpeó, manchando la madera con sangre.
- Obaasan, obaasan, por favor, abre la puerta. - gritó.
Poco después, una anciana abrió. Sus ojos se abrieron de la sorpresa. - ¡Tsubame! ¡Neko-chan! ¿Dónde han estado? ¿Qué sucedió?
Inmediatamente los metió en la casa.
Kenshin observó la escena. No estaba seguro de qué hacer. Sus manos y ropa estaban manchados de sangre. Estaba mareado por el olor. Sintió su corazón acelerarse. Su visión se tornó borrosa. Le estaba costando respirar.
Cuando estuvo a punto de desmayarse, la anciana tocó gentilmente sus manos. - Joven, gracias por ayudar a mi nieta. Por favor, entre y cuénteme qué sucedió.
Kenshin evadió su roce y asintió. Se bajó de Mizuki y entró a la casa.
Kaoru gimió.
Estaba teniendo una pesadilla, una sucesión de imágenes inquietantes.
Siluetas de demonios cacareando. Sangre siendo servida en una copa de vino. Un globo ocular rodando por el piso de madera. Su boca abierta, gritando sin sonido alguno. Y la voz de un hombre llamándola por su nombre una y otra vez.
Kaoru se levantó, jadeando y sudando.
Esa pesadilla otra vez. Había tenido esa pesadilla desde que podía recordar. Percibió que se volvió más frecuente desde que empezó en el Hikaru.
Nunca entendió la pesadilla. Había tratado de analizarla utilizando diferentes teorías y métodos que había aprendido, pero sin éxito. Aun así, siempre tenía el mismo efecto en ella …puro miedo.
Mirando sus manos, Kaoru se dio cuenta de que estaba temblando sin control. Se levantó de la cama y fue a la cocina.
Bebió agua, casi vaciando el vaso. El tictac del reloj perturbaba el silencio. Levantó la vista y miró la hora.
1:40 am. Perfecto. A las 4:00 am, empezaba su nuevo turno de 11 horas por las próximas tres semanas.
Con un suspiro, Kaoru se dejó caer en el sofá y encendió la televisión. Ya no podía volver a dormir.
En un canal de películas pasaban Memento, de Christopher Nolan.
- La memoria puede cambiar la forma de una habitación; puede cambiar el color de un auto y los recuerdos pueden ser distorsionados. Son sólo una interpretación, no un registro, y son irrelevantes si tienes los hechos, - decía Leonard Shelby, el personaje de Guy Pearce.
¿Qué hechos tengo? ¿Fue mi pesadilla realmente un recuerdo? Meditaba Kaoru.
Minutos después de su discusión, Saitou volvió junto con Katsura. Mierda, ese retardado sí que ahora se perdió. Aplastó con su pie la colilla del cigarrillo.
- Katsura-sama, Himura ha desaparecido. - Reportó Saitou, bastante forzado.
- Lo sé, Saitou. Ya hemos tenido esta conversación antes. - Continuó Katsura. Estaba leyendo un libro. Durante los últimos años, dormía muy raramente.
- Esta vez se fue. - Enfatizó Saitou.
Katsura detuvo su lectura y levantó la vista.
Saitou continuó, - Uno de los guardias dijo que la señal del GPS desapareció en el Túnel de Owasaki. Hay dos posibles escenarios: uno, que haya encontrado y desinstalado el rastreador; o dos, algo causó que el rastreador dejara de funcionar. De cualquier manera, no es nada bueno.
Katsura asintió, reflexionando sobre qué acción tomar. - Envía grupos de búsqueda. Descubre qué sucedió. Pero por favor, sé discreto. No queremos que Kenshin entre en pánico al ver a los guardias.
Saitou asintió y se fue.
Katsura suspiró profundamente.
Kaoru se miró en el espejo. Se alisó la falda y se acomodó la etiqueta con su nombre. Su día comenzaba.
Como siempre, revisó los registros de Kenshin. Vio que la última anotación de Yumi fue la administración de las píldoras blancas. Tomó el botiquín de Kenshin y recordó que había sacado dos píldoras azules.
/- …No querías asesinarla. - Suspiró Katsura./
Con lo que descubrió la pasada noche, Kaoru pensaba, Ya no quiero saber más. Creo que he llegado al límite de mi curiosidad.
No podía negar que la revelación la hacía sentir más temor hacia Kenshin. Ahora que sabía sobre su pasado, se estremeció al pensar la razón que lo llevó a Kenshin a matarla.
Unió las piezas del rompecabezas. Las marcas de espadas. La cicatriz en forma de cruz. Su velocidad. Su fuerza sobrehumana. Kaoru tenía una teoría y no le gustaba. Volvió a dirigir su atención al registro.
Después de terminar de leerlo, se dirigió a la habitación de Kenshin y descubrió que la puerta estaba ligeramente entreabierta. No le pareció raro ya que Kenshin hacía eso a veces cuando la noche era muy oscura.
Pero cuando entró, fue presa del pánico.
- ¿Kenshin? - lo llamó.
Kenshin se había ido. No estaba en su esquina. Ni en el baño. Ni en el armario. Ni siquiera debajo de la cama. A pesar de su fuerza, vio que las ventanas gruesas y con barrotes no habían sido forzadas.
Lo buscó por toda la habitación una vez más pero era inútil. Salió de la habitación y continuó buscándolo por todo el piso.
Se había ido. Kenshin había desaparecido.
Sintiendo la garganta seca, Kaoru tragó saliva nerviosamente. Llamó a cada enfermera que encontró para preguntar por Kenshin. Alertaron a los guardias y a Saitou de lo sucedido.
Kaoru se mordía las uñas y seguía rastreando el edificio.
Kaoru seguía mordiendo sus cutículas.
- ¿Pararás con eso? - se mofó Yumi.
- Lo siento, senpai. Han pasado 3 horas y aún no sabemos nada. - Kaoru intentó volver a tocarse los dedos pero Yumi la miró.
- Exacto. Sólo 3 horas. Buscarlo y traerlo lleva un rato, Tanuki-chan. Deja que los secuaces de Saitou-sama se preocupen por esas cosas. - Yumi sorbió su té.
- No puedo evitar preocuparme, Yumi-san. Soy su enfermera. Es mi responsabilidad.
- En ese caso, debería preocuparme yo. Fui la última en verlo en su adorada esquina de la habitación. - Dijo Yumi indiferente.
Kaoru asintió. - ¿No está preocupada, entonces?
Yumi ladeó su cabeza. - No, ¿y sabes por qué, Tanuki-chan?
Kaoru negó con la cabeza.
Yumi gruñó. - Porque sé que volverá.
- ¿Cómo lo sabe?
Yumi suspiró. - No tiene familia o un hogar. No recuerda mucho de sí mismo, mucho menos de su pasado. Dudo que lleve dinero consigo. Él pertenece a este lugar, Kaoru.
Kaoru iba a protestar pero Yumi la interrumpió. - Es la verdad y lo sabes. Kenshin lo sabe. Así que deja de preocuparte por él y atiende a los demás pacientes. Él no es el único, sabes.
- ¿Cómo puede ser tan fría, senpai? - murmuró Kaoru en voz baja.
- Sólo soy práctica. Cuando llevas haciendo esto un tiempo, aprendes a controlar tus nervios y tus emociones. Tienes que dejar de volcarte emocionalmente a él. Es la única manera en que saldrás de aquí sin perder la razón. - Dijo Yumi, más seria que sarcástica.
En el fondo, Yumi estaba tan preocupada como Kaoru. La última vez que Kenshin había escapado fue durante el primer aniversario de la muerte de Ella. Esa motivación se podía entender. Pero ahora, no sabía qué lo había llevado a irse. Kenshin se estaba volviendo impredecible. En un sentido retorcido, Yumi encontró cierto "orden" en su inestabilidad. Ahora que sus muros habían sido derrumbados por esta Chica Mapache, a Yumi le preocupaba qué otras cosas podrían transformarlo. No podría controlarlo para entonces.
- Perdóneme, Yumi-san, pero no estoy de acuerdo. Como enfermeras, juramos proteger a nuestros pacientes. Si involucrándome emocionalmente con respecto a Kenshin puedo cumplir con mis deberes como enfermera, me arriesgaré. Si ésa es la única manera de sanarlo, que así sea. No creo que hacerlo me haga perder la razón. Incluso me volvería más sabia y fuerte sabiendo que cambié la vida de alguien para mejor. Eso es lo que creo, senpai. - Yumi creyó ver los ojos azules de Kaoru brillar con convicción.
Yumi puso los ojos en blanco. - Lo que sea, Chica Mapache. Sólo lo dices porque se trata de Kenshin.
Golpeó con su taza la mesa del comedor. - Toda esta basura idealista está deshaciendo mi maquillaje. Tengo que irme. - Y sin mirar a Kaoru, se fue.
Kaoru se encogió de hombros. Por supuesto que me preocupo al tratarse de Kenshin. ¡Es mi paciente y soy responsable de él! Incluso si no fuera mi paciente, estaría preocupada.
Ante ese último pensamiento se sentía insegura.
La anciana preparó té para Kenshin. Después de colocar la taza frente a él, se inclinó y le agradeció. - Gracias por traer a Tsubame y a Neko de vuelta a casa. Estuvimos buscándolas por horas.
Kenshin le devolvió el gesto. - Gracias por recibirme en su casa, obaasan. ¿Están bien?
- Sí. Mi esposo es veterinario así que está atendiendo las heridas de Neko. ¿Sabe qué sucedió con ellas? - Tomó su té, provocando que Kenshin hiciera lo mismo.
Kenshin negó con la cabeza. - Ya los había encontrado en ese estado.
- Por suerte lo hizo. Neko debió haber sido golpeada por un vehículo cuando Tsubame la encontró. - Se sirvió más té.
- A propósito, soy Hitoshi Sayaka. ¿Cuál es tu nombre, hijo? - Sus ojos marrón oscuro lo miraron, inspeccionándolo. Cabello rojo y cicatriz en forma de cruz. Era como esos personajes de los programas que veía Tsubame. Sólo que él sería el villano en esos programas.
- Himura Kenshin, de gozaru. - Kenshin se volvió a inclinar.
- Bueno, Kenshin, ¿qué te trae por estos oscuros caminos a estas horas? - Sayaka sorbió su té.
- Voy de visita a un lugar especial. - Contestó Kenshin brevemente, con una sonrisa. Sintió un ardor en su mano derecha y la masajeó con suavidad.
- Ya veo. Bueno, es muy tarde para ir a visitar lugares. Y demasiado peligroso también, ya que el camino es oscuro y sinuoso. ¿Por qué no te quedas a pasar la noche aquí? Continua con tu viaje mañana. - Sayaka le devolvió la sonrisa.
- Gracias, obaasan, pero tengo que irme. - repuso Kenshin cortésmente. En realidad, la oferta lo tentaba ya que estaba sintiendo los efectos de las píldoras blancas.
- Sea cual sea tu destino puedes ir mañana. Por favor, acepta mi oferta y descansa. De todos modos, no irías muy lejos con esa mano lastimada. - Sayaka lo miró.
Kenshin levantó la vista, preguntando - ¿Cómo…?
Sayaka sonrió. - Fui la asistente de un doctor durante 30 años, Kenshin. He curado manos heridas.
Se incorporó. - Traeré mi botiquín para tratarte.
Mientras esperaba, Kenshin contempló la pequeña y vieja casa. Era una casa tradicional japonesa, una vivienda de una sola planta con pocos muebles. Todo allí—los muros, el piso y los techos—estaban hechos de madera y fibras tejidas; el suave tono café de las puertas y paredes daba una sensación rústica. La sala de estar estaba iluminada por lámparas rojas, iluminando los retratos familiares en las paredes. Había una foto en blanco y negro de una pareja usando kimonos (supuso que eran Sayaka y su esposo). Había otro retrato a color de una pareja sosteniendo a un bebé, que Kenshin supuso que era Tsubame. La pareja vestía de uniforme verde de policía, con insignia y gorra.
Frunció el ceño al reconocer el atuendo.
/Dos figuras de verde. Un hombre jadeando. Una mujer gritando. Cuando el acero golpeó la piel, el verde se volvió rojo./
Agitó su cabeza. No puedo tener un episodio. No puedo lastimar a esta gente. Se decía a sí mismo.
Sayaka regresó con vendaje y alcohol. También traía una remera verde. - Toma, creo que eres de la talla de mi hijo. Déjame lavar tu camiseta manchada.
- Está bien, Sayaka-dono. La sangre se secará y…
- Y te costará más limpiarla así que déjame hacerlo, como muestra de agradecimiento. - Sayaka sonrió.
Kenshin le agradeció y tomó la prenda verde. Se quitó su camiseta negra y se la entregó a Sayaka. - Muchas gracias. Realmente lo aprecio. - Se puso la remera verde, que le calzaba a la perfección.
Sayaka desenrolló el vendaje. - Dame tu mano.
Kenshin extendió la mano derecha, haciendo una mueca cuando Sayaka la limpió y la envolvió con vendas.
- ¿A qué te dedicas, Kenshin? - Sayaka cortó el exceso de vendas.
- Soy un vagabundo, Sayaka-dono. - En más de un sentido.
Sayaka asintió, mostrando interés. - Un vagabundo. ¿Adónde has ido, hijo?
- Acabo de empezar. Estaba yendo a un lugar especial.
- Y ese lugar especial, ¿qué harás allí? Si no te importa complacer a esta anciana - Sayaka levantó la vista.
- Veré el paisaje de…- Kenshin buscaba la palabra adecuada, - del que un amigo me contó.
Sayaka asintió, finalizando su tarea. - Ya está, estará bien. Descansa tu mano por las próximas 24 horas o no podrás visitar ese lugar especial del que me hablas.
Llevó a Kenshin a una habitación libre. Pero antes, pasaron a ver a una dormida Tsubame y a su gata. Su abuelo, Ryu, las cuidaba. Le dio las gracias a Kenshin y le deseó buenas noches.
- Los padres de Tsubame solían estar aquí. - Sayaka tomó una almohada y una cobija del pequeño armario de madera.
- ¿Dónde están, obaasan?
Sayaka suspiró. - Ambos murieron durante la guerra. Eran parte de la fuerza policíaca que protegía al Shogun. Ryu y yo hemos criado a Tsubame desde entonces.
Kenshin agachó la mirada. - Lamento haber preguntado, Sayaka-dono.
Sayaka sacudió la cabeza. - No, no lo lamentes Kenshin. No es tu culpa.
Le entregó la almohada y la cobija. - Buenas noches.
Deslizó la puerta y dejó a Kenshin solo.
Kenshin dejó la manta y la almohada sobre el futón. Miró alrededor y encontró su lugar. Se apoyó contra el armario de madera y cerró los ojos.
Los padres de Tsubame... ¿pudieron ser las mismas personas que recordé? Se preguntó Kenshin. ¿Pero por qué los conozco?
A pesar de sus preguntas sin respuestas, se quedó dormido.
Kenshin despertó a las 7:00 am. Se dirigió a la cocina mientras olía algo cocinándose.
Sayaka lo vio y se lo llevó al comedor. Le sirvió un plato caliente de arroz.
Kenshin dio las gracias y comió con ganas. - Sabe maravilloso, obaasan. Gracias por la hospitalidad. - sonrió.
- No es nada. Gracias por ayudar a mi nieta. - Sayaka se sirvió un plato.
- Me alegra ayudar. - Kenshin inclinó su cabeza.
- Ese lugar especial al que vas, ¿está cerca? - preguntó Sayaka.
- Sí, lo está. - Asintió Kenshin.
- Ya veo. ¿Entonces no hay apuro para que te vayas? - sonrió Sayaka.
Kenshin se rascó la cabeza. - Bien, no ahora. Pero esta noche, sí.
- Genial, entonces puedes acompañarme al mercado. - Sonrió Sayaka. - Verás, Ryu estará fuera todo el día. Salió temprano a hacer algunas diligencias. Se supone que Tsubame me ayudaría pero está cuidando a Neko. Estás aquí y…
Kenshin no sabía por qué Sayaka confiaba en él. No solía ser tratado con confianza. No es que se quejara, pero podría ser un demente en su casa. Lo cual era verdad. Afortunadamente, no había visto rastros de Ella o sus demonios, desde ese amanecer. Deseó que durara para siempre.
- Está bien, obaasan. Iré con usted. - sonrió.
Sayaka aplaudió con alegría. - ¡Muy bien! Preparémonos.
Después del desayuno, Kenshin lavó los cubiertos (tarea que tuvo que sacarle a Sayaka) y tomó un baño. Sayaka calentó su agua y le devolvió su camiseta negra.
Cuando estuvieron listos, Kenshin se despidió de Tsubame. Caminaron hasta la parada de buses mientras le insistía a Kenshin que descansara la mano por lo menos hasta la noche.
La parada estaba un poco alejada, como a una milla desde su casa. La anciana se rehusó a que la ayudase, diciendo que "todavía era fuerte como un árbol de bambú."
Luego se quedaron en silencio.
Kenshin miró alrededor y se dio cuenta cuán cerca estaba la casa de Sayaka de la naturaleza. Se aislaba de las otras casas, que aparecían a 500 metros de allí. Una pareja de ancianos y una niña viviendo en un lugar remoto no es seguro, pensó Kenshin.
- Es difícil estar solo con tus pensamientos, jovencito. - Sayaka rompió su reflexión.
Kenshin dijo tímidamente, - Lo siento, obaasan. Estaba pensando en que no tienen vecinos cerca. Es peligroso, especialmente si necesitaran alguna vez de ayuda.
- Ah, eso pasa muy raras veces, Ken-san. La nueva era es muy pacífica. Aparte del incidente de anoche, no se han reportado crímenes en nuestra comunidad por años.
Kenshin asintió levemente. - Ya veo.
- ¿No estás convencido? - Sayaka le dirigió una mirada inquisitiva.
Kenshin negó con la cabeza. - No. Quiero decir, no lo sé. No he salido por un tiempo. Digo, vengo de un… lugar lejos de aquí así que no lo sé.
- Para ser justos con los patriotas, están haciendo un buen trabajo. Nunca pensé que vería paz a mi edad. - Dijo Sayaka pensativa.
- Yo también lo creo.
- Tal vez esta no es la paz que andas buscando, jovencito.
Kenshin miró a Sayaka.
- ¿Tal vez sea paz interior? La nueva era no te puede dar eso. Eso es algo que tú tienes que encontrar. - Sayaka le sonrió significativamente.
- Obaasan, está siendo muy metafórica. Creo no saber de lo que está hablando. - Sus palabras le sonaron verdaderas. También era verdad que no sabía lo que significaba la paz. Para Saitou, se trataba de "eventos de caridad". Para Sano, era proteger a los marginados. Para él, era… ¿Qué era? Se preguntó.
- Ya llegó el autobús. Vamos, sino lo perderemos. - Sayaka corría más rápido de lo que Kenshin hubiera esperado. Kenshin subió al vehículo.
Al llegar al mercado de Isamu, Kenshin se sintió repentinamente mareado. Había mucha gente. Todo era ruidoso. El sol pegaba mucho. Luego la vio a Ella.
Ataviada en un kimono tradicional, estaba de pie en medio de la multitud, con el rostro oculto por un gran ramo de flores de ciruelo blanco.
- Hijo, por aquí. - Sayaka le dio una palmada en la espalda y se dirigió al lado izquierdo del mercado.
Kenshin volvió su vista a Ella y vio que había desaparecido. Sacudió la cabeza y siguió a Sayaka.
Lo llevó hasta un puesto de molinillos de viento y trompos de madera. Vio que Sayaka abría la puerta con una llave. - ¿Es suyo, Sayaka-dono?
Sayaka asintió. - Me harás compañía hasta que Ryu regrese, cosa que sucederá a la tarde. Puedes cenar con nosotros. Tsubame suele venir conmigo a atender el puesto pero como está indispuesta, te pediré que seas mi asistente por hoy.
Kenshin no pudo ocultar su sorpresa. - Cuando me dijo que la acompañara al mercado, pensé que compraríamos alimentos. No sabía que tenía que ayudarla a atender un puesto.
- La vida está llena de sorpresas, ¿no, Kenshin? Bueno, no te quedes parado. Ayúdame con la mercadería. Pero sólo usa tu mano izquierda. - Sayaka abría una caja con madera y cuerdas.
Con su mano izquierda, Kenshin ayudó a acomodar el resto de los materiales; palos y bloques de madera, washi (papel japonés) y cuerdas. - ¿Usted fabrica los molinillos y los trompos, obaasan?
Sayaka asintió. - Nuestro hijo también solía hacerlo. Te mostraré cómo se hace. Pero no te esfuerces demasiado. Tu mano podría resentirse.
- Sí, obaasan. Gracias.
Kenshin se pasó el resto del día aprendiendo a hacer molinillos de viento y trompos de madera. Los trompos eran más complicados así que se dedicó a los molinillos. También ayudó a Sayaka a atender a los clientes.
Tenía una extraña sensación en el pecho. Algo que no había sentido en mucho tiempo.
Él era normal.
No estaba siendo alimentado con píldoras multicolores. No le sacaban sangre para exámenes de laboratorio. O coaccionado para que dijera por qué Ella lo atormentaba.
Y le gustaba lo que sentía. Me pregunto... si deambulara, ¿sería siempre así? consideró. Había suficiente dinero en su compartimiento, si bien recordaba. Trabajaría en lo que exploraba Japón. Pero no estaba seguro por cuánto tiempo estaría sano. Porque había sucedido antes. Estuvo bien unas semanas y luego volvió a su caparazón.
Y también estaba…
Ya de noche, Ryu preparó un delicioso sukiyaki, sopa de miso, sushi y jalea de almendras. Kenshin observaba mientras Sayaka le servía a Ryu sopa, mientras Tsubame les contaba cómo Neko ya podía incorporarse, y mientras Ryu mostraba los hongos silvestres que recolectó de las cercanías del bosque.
Así que esto es como tener un hogar. Reflexionó Kenshin. Nunca había sentido algo así. Sonrió. ¿Acaso esto es paz interior?
Y también estaba Kaoru-dono.
Después de cenar, Kenshin agradeció a la familia Hitoshi. Luego se marchó, a pesar de las protestas.
- Debo seguir mi camino. Lo siento. Gracias por su amabilidad. - Dijo Kenshin cortésmente.
Ryu y Sayaka lo despidieron.
Cuando Kenshin era sólo un punto en el camino, Ryu suspiró. - Ya no es más un monstruo, Sayaka.
- Katsura cumplió su promesa. Nuestro hijo y su esposa han sido vengados. - Sonrió Sayaka.
/- Cuidaré de tu familia, especialmente de tu nieta. No trabajarás ni un día en tu vida. - Katsura tenía la cabeza gacha, inclinándose para disculparse con los Hitoshi.
Ryu mantuvo la compostura, sonriendo tristemente a Katsura. - No necesitamos de su dinero, Katsura-sama. Queremos pedirle otra cosa.
Katsura levantó la cabeza y miró a Sayaka y a Ryu. - Nómbrenla, Ryu-sama y Sayaka-dono. Se las daré.
Sayaka suspiró profundamente. - Prometa que las personas en esta nueva era nunca más sufrirán la pérdida de un ser amado. Que reformará a los monstruos que le hicieron esto a mi hijo. Que Tsubame crecerá en paz, sabiendo que sus padres murieron luchando por esa causa. Si puede hacer eso, Katsura-sama, encontraremos la justicia que buscamos. - Dijo Sayaka, con las lágrimas cubriendo su rostro.
Katsura asintió y se volvió a inclinar. - Se los prometo. La nueva era traerá la paz que siempre quisimos./
Ryu asintió. - Nunca lo creí posible.
- Es cuestión de tener un poco de fe. La gente puede cambiar. - Lo alentó Sayaka.
La pareja que encontró a Kenshin una década atrás volvió a su hogar.
Kenshin llegó a su destino.
Aunque eran pasadas las 9:00 pm, todavía había gente reunida en diferentes puntos del lugar. Algunos compraban gloria de la mañana en un colorido local mientras otro grupo de adolescentes admiraban las rosas.
Recordó cómo a Ella le encantaba trabajar en el jardín que tenían, donde sólo había ciruelos blancos. Siempre les sonreía. Raras veces a él.
Kenshin dejó de lado sus recuerdos si no quería sufrir otro episodio. Había venido de lejos y no iba a fallar.
Dejó la motocicleta en el estacionamiento y caminó por el camino empedrado, deteniéndose cada vez que veía algo interesante. Como por ejemplo, una urna de barro, con flores de cerezo esculpidas. También, una pintura en miniatura del mar sobre bloques de mármol finamente lijados. Un edredón con cuentas del cielo nocturno, tan grande como una cortina. Y por supuesto, el puesto de flores.
Se maravilló de ver tantos colores. Sus ojos se fijaron en los lirios blancos, recordando lo que Kaoru le había dicho.
Chiba era un espectáculo para la vista. Una mezcla de culturas. Un soplo de aire fresco lejos de Hikaru.
Mientras merodeaba por Chiba, encontró la pintura de la que Kaoru le había hablado. Era tan fascinante como ella la había descrito. Entre más miraba Kenshin la pintura, más pacífica la mujer lucía.
Kenshin sintió que lo estaban persiguiendo. Se encontró con un hombre vestido casualmente, leyendo un periódico cuya primera plana era diferente a la del periódico del día. En una esquina, vio a otro hombre mirando hacia donde él estaba y apartando la vista al descubrirlo.
Sabía que eran los hombres de Katsura pero aún no estaba listo para irse con ellos. Fingió no saber que estaban allí. Entró y salió de la multitud, buscando una esquina en la cual pudiera desaparecer. Encontró un callejón sin salida cerca del puesto de lámparas tradicionales. Sobre el callejón había un árbol muy alto junto con una roca que salía a un prado verde.
Como era de esperarse, los agentes lo siguieron hasta el callejón. Pero antes de que llegaran a dar vuelta la esquina, Kenshin trepó al árbol y se ocultó tras la roca. Los había perdido.
Aparentemente, la roca era un sitio fortuito al ser la cima de Chiba. Se sentó sobre ella y esperó a hacer lo que prometió.
/- La gente del lugar decía que si ves las luciérnagas a medianoche, se te concederá un deseo. No salen todos los días pero una vez que lo hacen, aparecen por montones. Las luciérnagas se te acercan sigilosamente. Todo está oscuro y de repente, ves un montón de orbes luminosas a tu alrededor. La gente acampa en la plaza del pueblo para poder pedir un deseo. Para ser honesta, no sé cuál sería el mío si las viera. Pero me encantaría verlas. Lástima que Uno-san y yo no pudimos quedarnos tanto tiempo para hacer eso. - Le narraba Kaoru.
Kenshin cerró los ojos e imaginó lo que ella le contaba./
Kenshin abrió los ojos y vio un millón de luces esmeraldas rodeándolo. Trató de tocar una pero se fue volando, chocando con otra y provocando chispas verdes. Él estaba maravillado por la vista que rodeaba a la pequeña ciudad de Chiba.
Bajó la vista y vio a la multitud con los ojos cerrados. Estaban orando, probablemente pidiendo un deseo.
¿Cuál podría ser el mío? Rumió Kenshin, cerró los ojos y susurró. Deseo…
Pasó el resto de la noche contemplando las luciérnagas que volaban a su alrededor.
Pronto amaneció.
Cuando terminó de contemplar y sumergirse en la vista, Kenshin volvió junto a Mizuki. Notando que el compartimiento estaba entreabierto, lo abrió y vio que no se habían llevado nada. Vio el molinillo de viento que Sayaka le había dado y sonrió. Lo tomó, sopló y luego lo colocó cuidadosamente en la caja. Cerró el compartimiento.
Montó a Mizuki y se detuvo. ¿Debería visitarla? Pensó mientras el motor retumbaba. Miró las luces parpadeantes de las luciérnagas y decidió que le haría una visita a su tumba.
Kenshin estaba llegando a su tumba cuando detuvo a Mizuki.
Se dio cuenta de que se había olvidado de llevarle flores.
Quería volver a Chiba y comprar algunas pero se percató de que casi no tenía combustible.
Había sólo un lugar al que podía ir si quería seguir su viaje: su tumba, que estaba cerca de una estación de servicio donde podría llenar el tanque de Mizuki, o Hikaru, donde sería el destino final de Mizuki por el momento ya que para entonces el combustible se terminaría. Tenía que tomar una decisión.
Se decidió y condujo a Mizuki.
El turno de Kaoru transcurría lentamente. Como muchos de los pacientes dormían, todo lo que podía hacer era llenar órdenes y revisar tablas.
Esto lo hacía agonizante y enloquecedor en lo que esperaba por el regreso de Kenshin.
Habían pasado exactamente 30 horas de la desaparición de Kenshin. Al menos eso fue lo que dijeron los guardias, ya que Kenshin se había ido cerca de las 11:30 pm. Cómo lo sabían era un misterio para Kaoru.
Se encogió de hombros al pensar que podría haber una cámara en la habitación de Kenshin. En ese caso, los guardias pudieron haberlo visto irse y hacer algo para detenerlo. Y en ese caso también, pudieron haber visto a Kenshin abrazándola esa vez. Se sonrojó.
A Kaoru le irritaba que las demás enfermeras tuvieran la misma tranquilidad que Yumi. Se mostraban indiferentes ante la desaparición de Kenshin. Entendía que preocuparse no lo traería de vuelta pero también sabía que para ella era normal sentirse así, ya que era su paciente. Incluso hablando con Zukita le dijo que probablemente hubiera empatizado con ella si uno de sus pacientes hubiese desaparecido. Zukita sólo respondió que sería genial si algo así sucediera.
Golpeteando su portapapeles, Kaoru suspiró y decidió dar una vuelta por el jardín de sakuras.
Se sentó en el banco, mirando cómo los pétalos caían en círculos.
- ¿Dónde estás, Kenshin? - le preguntó al viento.
Justo cuando pensaba que estaba mejorando, él va y desaparece. Últimamente, había visto cambios en la conducta de Kenshin. No estaba enojado o alicaído; no estaba catatónico o maníaco.
Estaba normal.
Lo suficientemente normal como para escuchar sobre su viaje a Chiba. Lo suficientemente normal como para sonreír cuando la conversación lo ameritaba. Lo suficientemente normal como para desearle buenas noches. Y aparentemente, para las otras enfermeras, lo suficientemente normal como para escaparse por las noches y desaparecer en el aire.
Estaba empezando a apegarse a él. No de una forma romántica—no sería ético—pero sí de una forma emocional. Vio a una persona profunda atrapada en la enfermedad que bien podría haber sido su mentor, su confidente o su amigo. Por alguna razón, la asustó y la atrajo. Entre más ella escarbaba en su interior, más desenredaba las capas de su personalidad.
Y su pasado, reflexionó. Un oscuro y misterioso pasado del que nunca podré saber ahora que se ha ido.
Kaoru se sintió aún más sola ante el pensamiento. Su primer caso y se había ido. Justo cuando empezaba a conocerlo; a pesar de su pasado, empezaba a conocer el verdadero lado de Kenshin. Creía que ese lado era más suave, compasivo e inteligente.
Tal vez Yumi tenía razón. Debería ser más dura, más fría y más sabia. Nunca debió haber sido tan curiosa. Nunca debió importarle.
Pero ya estaba hecho, y con eso, deprimida en el jardín de sakuras.
Unos pasos se aproximaron a ella; escuchó el susurro de las hojas caídas. Pensando que era una de las enfermeras, dijo de manera inexpresiva, - Sí, sí, ya vuelvo. Sólo me tomé un pequeño descanso.
Y cuando se volvió, no pudo creer lo que sus ojos veían.
- Kenshin… - Sostenía un molinillo de viento, que giraba con el viento.
Kenshin le sonrió; su otra mano estaba en su bolsillo. Su cabellera se mecía con la brisa. - Kaoru-dono.
Kaoru estaba extasiada. Sin pensar, se levantó y corrió hacia él. Cerró sus brazos alrededor de su espalda, enterrando su rostro en su pecho y mojando la camiseta negra con sus lágrimas.
Kenshin se sorprendió un poco, retrocediendo y soltando el molinillo. La vio estremecerse a causa del llanto. Él colocó levemente sus manos sobre su espalda. - Vi las luciérnagas, Kaoru-dono. Son las luces más bellas que he visto.
Kaoru levantó la vista y se separó de él. Sollozando, balbuceó, - ¿Las viste? Me alegra, Kenshin. ¿Pediste un deseo?
Kenshin asintió.
Fue allí que Kaoru se dio cuenta de que se había abalanzado sobre Kenshin. Dio un paso atrás y se recompuso. - Lo siento, Kenshin. Eso fue inapropiado.
- Está bien, Kaoru-dono. Entiendo. - Kenshin sonrió.
Kaoru se sonrojó y asintió furiosamente. - ¿Y cuál fue tu deseo, Kenshin?
Kenshin sólo sonreía.
- Cierto, no reveles el deseo o no se cumplirá. - Kaoru se regañó a sí misma.
Se miraron el uno al otro y se sonrieron satisfechos.
Kaoru le dio la razón a Yumi. Kenshin había vuelto. No porque no tenía opción. Realmente lo hizo. Podría haberse ido. Él era "libre".
Había vuelto porque era donde estaba su familia; sin importar lo disfuncional que fuera, era la única que se preocupaba por él. Quizás no las enfermeras, quizás no Saitou-sama. Pero sí personas como Megumi y ella, quienes deseaban verlo recuperado.
- Bienvenido, Kenshin. Estás en casa. - Kaoru volvió a sentir las lágrimas correr por sus mejillas.
Kenshin sonrió y asintió. - Estoy en casa.
Y por una vez, Kenshin supo que realmente lo estaba.
Lately,
Últimamente
I'm beginning to find that
Empiezo a descubrir que
When I drive myself,
Cuando me conduzco a mí mismo
My light is found
Encuentro mi luz
