Disclaimer: Los personajes pertenecen a la Señora Rowling. Honestamente, dudo que alguien pudiera confundirnos. Jamás le habría dado ese final y me cortaba la mano con la que escribo antes de matar a Sirius. Dicho esto, continuemos.

Cuarto capítulo

El tren traqueteaba sin parar, en tanto se acercaba a la estación de Hogsmeade. Los tres miembros más conocidos de Gryffindor se encontraban en un compartimiento terminando con todas las golosinas que habían comprado a la señora del carrito tan pronto como se asomó, y conversaban respecto a lo que les depararía este año, cuando fueron interrumpidos por el sonido de la puerta que se abría. Y allí estaban sus dos compañeros más queridos: Luna Lovegood y Neville Longbotom.

- Hola, chicos, ¿podemos sentarnos con ustedes? – Preguntó Neville, para quedar un instante perplejo al ver que Luna ya había tomado asiento al lado de Hermione.- Quiero decir, estaba algo aburrido en el otro compartimiento y me encontré a Luna en el pasillo cuando los estaba buscando.

- ¿Desde cuando tienes que recibir una invitación o dar explicaciones? Vamos, hombre, siéntate y toma una rana de chocolate.- le invitó el pelirrojo.

- Gracias- Neville se acomodó al lado de Harry, les sonrió a todos y empezó a abrir una golosina, en tanto preguntaba- ¿Y qué tal les ha ido este verano?

- Muy bien, al fin me libré de mis tíos y la familia de Ron me acogió estas vacaciones. ¿Qué pasó contigo? – indagó Harry.

- Ya sabes, lo de siempre. En casa con mi abuela. Pero he aprovechado para practicar algunos hechizos que me llamaron la atención.- contestó el muchacho.

- ¿Qué clase de hechizos?- preguntó Ron, curioso.

Para este momento, Luna ya se había sumergido en la lectura de la última edición del Quisquilloso; y Hermione, que después de sonreírles para darles la bienvenida había empezado a mirar por la ventana, sumida en sus recuerdos, levantó la vista interesada en cuanto captó que alguien además de ella había estudiado durante las vacaciones.

- Nada muy impresionante, la verdad. Lo que pasa es que encontré unos viejos libros de mi padre, de cuando se estuvo entrenando para auror, y como yo ya he mejorado algo mi magia con lo del ED, pues quise ver si los podía hacer. Y si pude, en realidad son hechizos muy básicos, algunos de nosotros ya los hemos probado.- culminó su explicación el muchacho algo sonrojado por ser el centro de atención, aún de Luna, que en cuanto terminó de oírlo, se enfrascó nuevamente en su lectura.

- Me parece fabuloso que hayas usado tu tiempo libre para practicar, Neville. Así estarás mejor preparado para los exámenes, tal vez puedas prestarme tus libros luego que hayas terminado con ellos, prometo cuidarlos, sé que deben de ser muy valiosos para ti.- le dijo Hermione, pues sabía que si esos libros habían pertenecido a su padre, debían de constituir un tesoro para el muchacho.

- Claro que sí, Hermione, aunque será pan comido en tu caso, con lo buena que eres con los hechizos. – le contestó Neville, obteniendo una sonrisa de agradecimiento de parte de la castaña.

- Así que tú también encontraste libros antiguos este verano, Neville. Hermione, muéstrales ese que compraste en el Callejón Diagon- le indicó el pelirrojo a la chica.

- Lo he dejado guardado en mi baúl. En cuanto lleguemos te lo enseño, Neville. Es un libro muy valioso que conseguí en una tienda de antigüedades. Pero no es tan práctico como los tuyos, porque este es más bien de historia. Ya le di una ojeada y parece muy interesante. Te lo prestaré en cuanto lo termine; quizás encuentres a algún conocido.-le ofreció Hermione.

- ¿Conocido? ¿En tu libro?- le inquirió el muchacho.

- Sí, lo que ocurre es que trata acerca de antiguos magos que lograron renombre por lo poderosos que fueron o porque procedían de una estirpe de sangre limpia reconocida y que tuvieron mucha influencia en su tiempo. Tal vez aparezca algún familiar tuyo o de Ron.- explicó la castaña.

- En mi caso, lo dudo. A menos que llames famoso a un bisabuelo que tuve y se le dio por importar espíritus chinos, pasándolos como si fueran almohadas encantadas; y eso no era precisamente legal, se salvó de Azkabán porque también estaba algo loco; mi madre no lo menciona. Es lo más parecido a una celebridad que tenemos los Weasley. – Contó Ron, haciendo reír a los chicos.- ¿Pero como puede parecerte interesante? Creí que no te agradaba que se adorara a los magos sólo por su árbol genealógico.

- Es que este no es el caso, independientemente de dónde procedían hicieron cosas fabulosas y no dice que todos fueran sangre limpia, aún no lo terminó. –Contestó Hermione- Yo no soy prejuiciosa y además…

Mientras Ron, Hermione y Neville conversaban animadamente; Luna, que estaba sentada frente a Harry, dejó la revista sobre su regazo y acercándose al chico le dijo muy bajito, para que no se escuchara sobre las carcajadas del pelirrojo:

-¿Ha pasado algo malo, Harry? Estás muy callado.

- Tú tampoco has dicho mucho, Luna. En realidad, no has dicho nada. – le contestó algo a la defensiva el muchacho.

- Ya, pero yo siempre soy así, además esta edición es la más interesante del año. Estamos de aniversario y mi padre ha publicado un artículo sobre los snorbacks que vio en su última excursión; lástima que se le arruinó la cámara y no pudo tomarles una foto, pero hizo un muy buen dibujo.- le contó entusiasmada la chica.

Harry tan solo sacudió la cabeza y no le retrucó el comentario. De haber sido Hermione ya se imaginaba lo que le hubiera dicho. Pensar en ella hizo que instintivamente volteara la mirada en su dirección y se quedara silencioso nuevamente.

- Harry, si eso es lo que ocurre, ¿no sería más sencillo que simplemente hables con ella?- le sugirió la rubia con simpleza.

El muchacho le lanzó una mirada espantada, como si el mismo Voldemort se le hubiera aparecido, y empezó a hacerle señas para que guardara silencio. ¿Luna se había dado cuenta? Genial, estaba muerto. Si la persona más distraída de Hogwarts lo había notado, sólo le faltaba que el profesor Binns hiciera algún comentario al respecto en su primera clase.

- Tranquilo, Harry. Ella no sabe nada, no sé porque pero parece algo ida. – le dijo la chica aún más bajito para tranquilizarlo.

- Luna, luego hablamos de esto, ¿de acuerdo?- le indicó prácticamente con señas el niño que vivió.

Ella sólo asintió y volvió a tomar su revista para continuar leyendo; no sin antes lanzarle una mirada a Hermione y otra a Harry sonriendo para si y asintiendo en son de aprobación.

Los otros tres seguían conversando, más bien digamos que Ron y Hermione discutían y el pobre Neville trataba de ser la voz de la razón. Esto le dio a Harry el momento de paz del que hacía tiempo no podía disfrutar para pensar tranquilamente.

De acuerdo, no tenía que entrar en pánico, seguro que sólo Luna lo había visto, pero era Luna, tal vez algo distraída, sin embargo él ya sabía que la chica podía notar cosas que la mayoría no y sospechaba que en eso de los sentimientos no se le pasaba una. Como fuera, ella no diría nada, era una amiga leal, ya había dado bastantes muestras de eso, así que en lo que a ella se refería sabía que no habría problemas.

El problema era él, o en todo caso lo que sentía o había empezado a sentir, no estaba muy seguro. Cómo le gustaría tener a su padre o a Sirius en momentos como este. Se sentía confundido y no tenía a nadie con quien hablar.

¿Cuándo se inició este lío? No tenía ni idea. Sólo sabía que en cuanto llegó a la Madriguera y empezó a pasar tiempo con los Weasley, especialmente con Ron y Ginny, si bien se divertía y mucho, una parte de él añoraba a su amiga. Mejor dicho, sentía que le faltaba esa parte. La parte que ocupaba Hermione dentro de él. Se había acostumbrado tanto a pasar casi todo el tiempo con ella y Ron, aún las vacaciones de uno u otro modo, ya sea con un problema de por medio, que siempre lo había dado por hecho. Por eso, cuando recibieron su nota, en la que decía que había decidido pasar esos meses con sus padres, sintió como si algo lo desgarrara por dentro, como si le hubieran quitado algo que necesitaba para estar completo.

Casi se da de golpes contra la ventana por pensar de ese modo, parecía una línea de esas ridículas novelas románticas que veía su tía por televisión y que él tenía que aguantar. Pero es que así era. ¿Eso sería amor? ¿Cómo diablos iba él a saberlo? No fue amor lo que sintió por Cho, de eso estaba seguro. Entonces cómo saber de qué se trataba. Eso no era precisamente su especialidad, le iba mejor con el quidditch, hasta esquivar a un grupo de mortífagos se le hacía más llevadero. No quería sentirse así, era ridículo. Pensó que en cuanto la viera de vuelta en el Callejón Diagon como quedaron, todas esas ideas se le irían de la cabeza y se daría cuenta de que sólo la extrañaba, un sentimiento muy común, le hubiera pasado lo mismo de haberse tratado de Ron.

Su esperanza se fue al diablo cuando la vio fuera de esa tienda y tuvo que reprimir las ganas de abalanzársele encima y besarla hasta que le faltara el aire. No, definitivamente Ron no le inspiraba esos sentimientos.

De modo que se la había pasado actuando como un loco desde que se encontraron. Primero, la había saludado con una timidez que no era habitual en él cuando se trataba de ella. Luego, la había defendido de las bromas de Ron, cuando siempre dejaba que se las arreglaran entre ellos. No pudo resistir la tentación de abrazarla a medias con la excusa de guiarla a la heladería, como si ella no conociera el camino y para rematarla la había llamado linda, bueno, eso era cierto, pero en su caso era mejor que se lo guardara por ahora. Ron no era tonto, ya se había dado cuenta de las miradas suspicaces que le lanzaba cuando lo veía pensativo, sus burlas porque le agarró la mano por más que él se defendía diciendo que era su amiga y no tenía nada de malo porque él también lo hacía, y hasta había empezado a hacer comentarios respecto a lo bonita que se había puesto Hermione en sólo un par de meses y en como tendrían que espantarle a los pretendientes en la escuela. Claro, como si no supiera que lo que pretendía era jalarle la lengua.

Sin mencionar la casi escenita de celos que le armó sólo porque mencionó que había ido a un baile con su familia. Pero es que en cuanto escuchó la palabra baile, se le vino a la mente Krum y fue como si se le hubiera encendido una alarma en el cerebro. Tenía que saber con quien había ido exactamente y si conoció a alguien que le interesara. De lo último no pudo sacarle mucho porque le hacía una pregunta más y le lanzaba un hechizo para sellarle la boca, no le hubiera extrañado. Fue un poco patán, lo reconocía, pero sabía que fue por celos y ella ya lo había perdonado. Pasaron un día genial comprando las cosas que le hacían falta y casi había vuelto a la normalidad hasta que se despidieron y en vez de igualar el gesto de Ron de darle un fraternal abrazo, le extendió la mano. Otra vez tuvo que refrenarse de darse de cabezazos, esta vez contra el respaldar del asiento. La mano, ¿desde cuando le daba la mano? Por lo menos ella no le dio tanta importancia y si bien alzó una ceja extrañada, se fue muy tranquila rumbo a su casa, en tanto ellos regresaban a La Madriguera.

Y así estaban las cosas ahora, se encontraron en la estación, tomaron el tren y conversaban casi de manera normal hasta que llegaron Luna y Neville. Eso tenía que agradecerlo, necesitaba ordenar sus ideas y así no llamaba tanto la atención que estuviera tan callado. Claro que no contaba con la percepción de Luna, pero eso no era grave, luego vería como conversar con ella, o tal vez se le olvidara, no le extrañaría, si, no pasaba nada. Sólo necesitaba calmarse, todo iba a estar bien. Quizás fueran ideas suyas, o como le bromeó Ron cuando se vieron cuando llegó a su casa, este año debía conseguirse novia. Sí, eso era. Técnicamente no había salido con ninguna chica, exceptuando a Cho, si a ella se le podía llamar una novia. Lo que tenía era curiosidad. En cuanto llegara a Hogwarts y tratara a algunas chicas, entonces tal vez alguna le interesara. Es que estaba acostumbrado a Hermione. Ignoró a la parte de su cerebro que le decía que en la estación y en el expreso ya había visto a varias y ninguna le inspiraba lo que su amiga, por muchas sonrisas y saludos coquetos que le habían lanzado en cuanto lo vieron.

- Bien, chicos - en cuanto escuchó la voz de la chica en la que se la había pasado pensando dio un salto del susto- ¿qué pasa, Harry? Sólo les quería decir que estamos por llegar a la estación y ustedes todavía no se han cambiado. Voy con Luna y Neville a su compartimiento para pasar luego por el vagón de los prefectos y ver al otro Premio Anual. Ustedes aprovechen para ponerse el uniforme. Nos vemos abajo, para tomar juntos el carruaje, no tarden.- terminó con voz autoritaria.

En cuanto la chica y los otros dos muchachos salieron, Harry y Ron se cambiaron tan rápido como podían, ya que el tren hacía el sonido de detenerse y no querían recibir un regaño de Hermione ni tomar los últimos carruajes porque se les había despertado el apetito, especialmente al pelirrojo, como era usual.

Los chicos bajaron, y en la plataforma pudieron ver a Hagrid guiando a los niños de primero que lo veían aterrados. El hombre les hizo un saludo que ellos respondieron con entusiasmo y se dieron la vuelta para buscar a Hermione, que en ese momento estaba parada al lado de un carruaje junto a Luna y Neville, aparentemente esperándolos.

- Vamos, rápido, he podido separar este. Ron, tu hermana se fue hace unos minutos con unos compañeros de curso, me pidió que te dijera que te verá en el comedor. Subamos ya- ordenó la chica.

- No me digas que tú también tienes hambre.- le dijo el pelirrojo algo incrédulo.

- Claro que no, ni que fuera tú. Es que como premio anual debo estar entre las primeras en llegar por si se me necesita- le contestó la chica subiendo al carruaje- Por cierto, Ernie Mcmillan es el otro y él ya se fue hace un buen rato.

- ¿Porqué no me extraña? Es tan estudioso como tú.- Le bromeó Ron, subiendo el último.

- No se trata sólo de eso. Hay otras cosas a considerar, como el compromiso y la dedicación y mucho más, ¿no es cierto, Harry? Harry, te estoy hablando. Empiezas a preocuparme, ¿qué te pasa? Andas muy distraído, ¿seguro que te sientes bien? –le preguntó ya algo inquieta.

- Todo está perfecto, Hermione, en serio. Sólo tengo hambre. ¿Mcmillan es el otro premio anual, decías? Supongo que está bien. Espero que sirvan la cena en cuanto lleguemos y la selección no se alargue mucho.- dijo el niño que vivió con falso entusiasmo mientras era examinado con preocupación por Hermione.

Luna, a su lado, empezó a tararear una canción que habría jurado era de amor, en tanto la asesinaba con la mirada y ella seguía leyendo su revista de lo más tranquila. Ya podían ver las verjas del castillo y en cuanto los carruajes se detuvieron, Harry bajó primero, aún pasando sobre Ron, que soltó un quejido por el pisotón que se llevó y caminó con paso decidido a la entrada ignorando las miradas de los demás, que sólo atinaron a seguirlo con un encogimiento de hombros.

&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&

En un amplio salón, con altos ventanales del suelo al techo, cubiertos por pesados cortinajes y decorado con exquisito gusto, sentada sobre un sillón se encontraba una hermosa mujer. Tenía una apariencia magnífica. Si bien algunas canas adornaban su cabello, fuertemente sujeto en un elegante moño, podía verse en su rostro que en su tiempo debió de ser una mujer espectacular, con ese aire algo desdeñoso al mirar y la postura tan envarada.

Parecía algo pensativa y acariciaba distraída las costuras de su vestido de seda, cuando la puerta del salón se abrió y la expresión de su rostro cambió totalmente. De inmediato sonrió con dulzura haciéndola parecer aún más bella. Se notaba que no era un gesto que tuviera con cualquiera. El hombre que entró se acercó elegantemente a ella y con una ligera inclinación, besó su mano diciendo:

- Buenas tardes, condesa, ¿cómo haces para estar cada día más bella?

- Ese, desde luego, es un secreto y una dama no revela con facilidad los suyos, ¿no te he enseñado eso?- dijo ella con cariño.

- Me has enseñado eso y mucho más, como bien sabes. Pero no me culpes por preguntar, eso te pasa por estar deslumbrante, condesa mía. ¿Voy a tener que suponer que has recibido alguna noticia que te tiene además tan pensativa? - le preguntó el hombre.

- Tan sólo la carta de un viejo amigo, nada más. Ninguna noticia especial. Es bueno mantener correspondencia con los seres queridos, ¿no crees? Y deja eso de condesa, sabes que me haces sentir vieja.-lo regañó la mujer con falsa severidad.

- Imposible, pero si hoy no estás de humor para eso, no se diga más. ¿Has comido ya, madre?- le dijo con cierto tono burlón.

- Sí, hijo querido, sabes perfectamente que he dejado la costumbre de esperarte. Nunca sé cuando vas a venir y no voy a cambiar mis horarios a tus caprichos.- dijo la dama con la misma sorna cariñosa que parecía la habitual en sus conversaciones.

- Haces bien, especialmente si consideras que prácticamente vivo fuera.- le contestó el hombre indiferente, en tanto se sentaba en una silla frente a su madre.

- Como si no lo hubiera notado. Y dime, cariño, ¿no tienes nada que contarme?- le preguntó, mientras hacía sonar una campanilla que estaba sobre una mesita al lado del sillón.

- Tengo muchas cosas que contar madre, pero sospecho que todas deben de parecerte absolutamente intrascendentes, así que mejor no te aburro.- le contestó el aludido.

En este momento, fueron interrumpidos por un viejo mayordomo que se acercó a ellos tras abrir la puerta, y con una profunda reverencia, saludó al hombre en la silla, que le contestó con una sonrisa amistosa, para luego dirigirse a la dama:

- ¿Me mandó llamar, Milady?

La mujer, en cuanto entró el mayordomo, cambió inmediatamente de semblante, adoptando esa actitud desdeñosa que reservaba para casi todo el mundo.

- Desde luego. Me imagino que mi hijo ya ha comido, pero tal vez desee una bebida. – le ordenó con tono soberbio.

- Madre, ¿hiciste venir a Hawkins para eso? Tan sólo tenías que preguntar.- dijo el hombre claramente disgustado, obteniendo sólo una mirada fastidiada como respuesta.

- Milord, es mi labor, por favor. Dígame, ¿desea que le sirva algo?- preguntó el mayordomo solícito e ignorando el enfrentamiento de madre e hijo.

- No en este momento, Hawkins, muchas gracias. Si necesito algo, yo mismo me lo serviré. Puedes retirarte, luego me acercaré a la cocina a tomar algunas galletas de Dottie. Supongo que habrá, saben que no puedo vivir sin ellas.- le bromeó el caballero con cariño.

- Por supuesto, milord, siempre están esperando por usted.- le contestó amablemente el mayordomo.

- Fantástico, déjanos ahora, por favor.-pidió el hombre.

Con una última inclinación de cabeza dirigida a quienes se encontraban en la habitación el anciano se retiró.

- Ya te he dicho que no me desautorices delante de la servidumbre- le increpó la dama en cuanto estuvieron solos.

- Y yo te he pedido desde que tengo memoria, que seas cortés con Hawkins. Ese hombre lleva mucho tiempo con nosotros, se merece mayor consideración. No puedo creer que necesite decirte algo así, madre. ¿Cómo puedes ser tan dura sólo porque es un empleado?- le dijo el hombre a su vez.

- Sabes perfectamente que no se trata de eso. Me tiene sin cuidado si es un empleado o un duque. El problema es otro y no me digas que no es un problema. Tal vez para ti no lo sea, esa es tu manera de ver las cosas y no me inmiscuyo. Respeta tú mis ideas. Ya hemos discutido hasta el cansancio esto y no vamos a empezar de nuevo.- fue la tajante respuesta de la dama.

El caballero pareció pensar en replicar esto último, pero al final debió decidir que era una batalla perdida, por lo que se puso de pie y acercándose a un mueble situado en una esquina del salón, se sirvió en una fina copa una bebida de las que allí había. No regresó a su asiento, sino que se recostó sobre el aparador y guardó silencio, mirando fijamente a su madre.

- Edmund, cariño, por favor, tenemos tan poco tiempo para conversar. Sabes que a mi manera respeto a la gente que se lo merece y definitivamente Hawkins entra en esa categoría, él me conoce y sé que después de tantos años, mi manera de tratarle es lo último que le importa, además tú lo compensas por ambos, con todo el cariño que le muestras, a él y a Dottie. Así que deja esa actitud ofendida ya y ven a sentarte al lado de tu pobre madre que te ha extrañado.- le pidió la mujer con la dulzura que aparentemente reservaba para su hijo y en tono de súplica que no podía ser ignorado.

El hombre suspiró audiblemente y con ademán de rendición, fue a sentarse de nuevo en su lugar, para decir con voz divertida:

- Madre, madre, ¿qué voy a hacer contigo? Pero en algo tienes razón. No tiene caso discutir esto. ¿Sabes que nuestros amigos te tienen espanto?- le dijo retomando su burla.

- ¡Amigos! ¿Qué amigos? Deberías agradecérmelo. Sospecho que te he espantado como tú dices a más de una mujer que venía con malas intenciones.- le contestó la condesa.

- Vaya afirmación la tuya, madre. En realidad, creo que el que generalmente tiene malas intenciones soy yo.- soltó una carcajada sincera el hombre

- ¡Edmund! No vuelvas a decir eso. Tú eres un hombre honesto, y no lo digo porque sea tu madre, es simplemente la verdad. Son ciertas amistades tuyas las que dejan mucho que desear. Como esa señorita Van Hanssen.- esto último lo dijo con obvio malestar.

- ¿Sara? Ah, si, claro. La vi hace poco, te envía sus saludos, por cierto. Debí decírtelo antes, pero se me olvidó. ¿Y se puede saber a que viene su nombre en nuestra conversación? Sé que no te agrada y ella también es consciente de ello, por eso no te visita.- le dijo Edmund con falsa pena a su madre, sabiendo lo mucho que eso le iba a molestar.

- Me gustaría que se atreviera. Aunque prefiero no verme en una situación tan desagradable, no de nuevo. Creo que ya le dejé en claro más de una vez lo mucho que me incomoda su presencia.- espetó la dama con un mohín disgustado.

- Ella piensa que la odias, pobre. Ya le he explicado que sólo sientes aversión por algunas personas, que no es nada personal, pero no me cree.-le dijo muy divertido aparentemente.

- En este caso en particular, si es personal. Anda detrás de ti desde que se conocen a pesar de que sabe que no te interesa. Créeme, esa mujer no es de fiar. No entiendo como puede ser nieta de Albert, un hombre tan decente.- se preguntó contrariada.

- Uno no elige a sus parientes y Sara no es tan mala. Sólo hay que saberla llevar, como a la mayoría del mundo. Y el buen Albert sólo te agrada porque lo consideras un igual, si Sara hubiera nacido distinta, no tendrías los mismos prejuicios. Pero a todo esto, ¿me vas a decir porque la has sacado a colación? Sé que no es tu tema favorito. – preguntó extrañado Edmund.

- Ni mucho menos. Lo que ocurre es que fui al despacho del señor Anderson, nada importante, debía ver unos papeles, hubiera preferido que él viniera, pero no pudo hacerlo cuando lo necesitaba, y como quería terminar ese asunto pronto, me acerqué hace unos días y me encontré allí a Charles Hoover, el tío de esta joven. Me comentó lo feliz que estaba porque ella había vuelto y cuanto lamentaba que no hubiera podido asistir al baile que dio en su honor. Como si realmente esperara que fuera.- terminó de hablar con cierto desdén.

- Creo que ya sé para donde vas, madre.- dijo el hombre, invitándola a continuar con un ademán.

- Por supuesto que lo sabes. El señor Hoover no cabía en si mismo de felicidad mientras me contaba lo animada que había estado su sobrina teniéndote de acompañante. Cuánto se había divertido y lo atento que habías sido, haciéndola sentir en casa. Creí que en cualquier momento me iba a preguntar cuando íbamos a pedir su mano.- a este punto la condesa parecía a punto de explotar de indignación.

- El día que decida casarme, madre, serás la primera, bueno, la segunda persona en saberlo y si bien agradeceré tu bendición puedes estar segura de que no será un requisito para asegurar mi felicidad. – Le contestó el hijo con indiferencia.- Pero si te sirve de consuelo momentáneo, puedes estar completamente segura de que Sara no está en mi lista de candidatas, ni lo estará nunca. Es hermosa, pero vacía. Me aburriría en un mes.- culminó su explicación sin ser su tono ofensivo, sino como si dijera algo muy obvio.

- Eso lo sé perfectamente, pero no es precisamente de ella de quien te quería hablar. No levantes la ceja de ese modo, me recuerdas a tu padre. Quizás quería que me lo confirmaras, contigo nunca se sabe. Pero la verdad es que fue otra cosa que el señor Hoover dijo lo que despertó mi curiosidad- confesó la dama.

- ¿Y qué fue eso? Ve al grano de una vez, no es tu costumbre darle tantas vueltas a un tema.- para esto, Edmund ya miraba a su madre con abierta suspicacia, la conocía demasiado bien como para no saber que estaba a punto de develar lo que en realidad llevaba un buen rato deseando decir.

- Bueno, me comentó también que antes de que te encontraras con su sobrina, habías tenido la tremenda generosidad, o así lo considera él, de entretener a cierta jovencita, hija de unos amigos suyos, creo, que aparentemente se encontraba sola. Por supuesto, yo que soy tu madre, sé perfectamente que tu amabilidad no da para tanto.- le indicó con mordacidad.

- Vaya, no sabía que tenías ese concepto de mi. Para que sepas, me considero un caballero y no puedo dejar a una dama sola – Edmund había tomado una postura más erguida en su silla tan pronto como se dio cuenta de a donde iban los pensamientos de su madre. No le gustaba el giro que estaban tomando las cosas y era mejor mantener la actitud burlona tanto como pudiera.

- Desde luego que eres un caballero, hijo, así te eduqué. Pero siempre has dejado en claro que cuando algo o alguien no te interesan te alejas, sin importar la impresión que des. Y el señor Hoover me contó que pasaste mucho tiempo con esta chica. Como dije, debiste de encontrarla realmente fascinante para malgastar tanto de tu precioso tiempo con ella, cuando podías simplemente escoltarla con sus padres, eso hubiera sido lo normal en otra ocasión. Te he visto hacerlo antes. Y deja ya esa expresión de burla, sabes que estoy hablando seriamente.- le ordenó dejando de lado su dulzura habitual para con él.

- No me burlo, madre, pero no entiendo tu interés y ni mi tiempo es precioso, ni lo malgasté con ella. Era una joven encantadora con la que pude platicar de temas muy interesantes, lo que como bien sabes, es poco común. En realidad, soy yo quien le está agradecido.- terminó Edmund, dejando de lado las bromas para ponerse serio.

- No creas que te estoy fiscalizando, sólo me gustaría saber quien es ella. Hace mucho que no sé de alguien que llame tanto tu atención y creí que podrías hablarme al respecto, eso es todo; no tienes que ponerte a la defensiva.- trató la dama de apaciguarlo.

- No es así. Sabes que me importa mucho mi privacidad, y detesto estar en boca de la gente. Hoover no tenía porqué contarte nada, ni de Sara ni mucho menos de Hermione.- cuando dijo el nombre casi se patea a sí mismo.¿Cómo lograba su madre sacarlo siempre de quicio hasta obtener lo que quería? A nadie más le hubiera dado esa información.

- ¿Hermione? Qué curioso nombre. Muy poco común. ¿Y su apellido cuál es?- preguntó con falsa indiferencia.

- Buen intento, madre. Deja ese tema ya. No vas a lograr sacarme nada más. Aprende a perder.- le dijo en tanto se levantaba. Dejó su copa sobre el mueble y se acercó a su madre haciendo ademán de levantar su mano, pero ella la retiró con rapidez.

- Ni se te ocurra, no puedes irte cuando no me has contado nada. Apenas tocamos el tema que realmente nos interesa. ¿A qué viene tanto misterio? Voy a terminar pensando que esa joven significa más para ti de lo que pensaba en un principio.- eso sonó casi como una amenaza.

Edmund endureció el gesto, tomó nuevamente la mano de su madre, esta vez con firmeza para que no la retirara e inclinándose para besarla, le dijo:

- Mantente fuera de esto, madre, te lo pido por favor. Todo tiene un límite y tú estás muy cerca de cruzarlo. – dicho esto besó su mano y se dio la vuelta para partir, cuando fue interrumpido nuevamente por la condesa.

- Sé hasta donde puedo ir, Edmund, y recuerda que sólo quiero lo mejor para ti. Sabes que bastante angustia paso sabiendo todo en lo que te estás involucrando. Te pedí, te rogué que te mantuvieras al margen y no me escuchaste. Pero he decidido respetar tus decisiones. No puedes pretender alejarme así de tu vida.- casi le suplicó ella.

- Sólo quiero que estés segura. Y te recuerdo que me involucré en esto porque tú me inculcaste siempre hacer lo correcto y es lo que hago ahora. Me estoy adentrando en un mundo al que me enseñaste a respetar, un mundo por el que siempre me has dicho debo de sentirme orgulloso. Si no lo hice antes, fue por mi padre. Ya no puedo seguir dándole la espalda. Pensé que tú más que nadie lo entendería.- le dijo Edmund casi con desesperación.

- Sí, yo más que nadie, y estoy orgullosa de ti, hijo, pero sólo quiero que tengas cuidado y que no me dejes de lado. Antes no me hubieras ocultado si te interesaba alguna joven, sin importar lo que yo pensara.-le increpó la condesa algo resentida.

- Es algo más complicado que eso madre, últimamente todo parece ser más complicado- suspiró el hombre.- Si es tan importante para ti, tal vez me interese más de lo que debería, aún no estoy seguro. Y te diré otra cosa, sé que te importa aunque a mi me tenga sin cuidado. Pertenece a nuestro mundo.- lo último lo dijo con la sonrisa burlona que compartía con su madre.

- ¿Hablas en serio? ¿Pero qué hacía en esa fiesta, entonces? Edmund, no me dejes con la duda- casi gritó al ver que su hijo se dirigía a la puerta y la abría con decisión.

- Reconoce que me has sacado más información de la que esperabas, condesa. Me alegró verte, siempre es así, pero debo irme. No te preocupes si desaparezco un tiempo, estaré en contacto. Richards está a cargo de todo, ya hable con él. Sabes que es de confianza.- empezó a salir por la puerta y lo detuvo la voz de su madre.

- ¿A dónde irás y qué vas a hacer?- preguntó con la voz cortada.

- No te preocupes, a donde vaya estaré bien, soy un digno hijo tuyo. Y entre otras cosas, tengo que cumplir una promesa, espero hacerlo pronto. Nos veremos, madre, despídeme de Hawkins y Dottie. Diles que me guarden esas galletas. Cuídate. – y diciendo esto último cerró la puerta tras de si, para dirigirse con elegancia a la salida.

*********************************

Nota de la autora: Antes que nada, gracias a Ludmy (tus ánimos me vinieron en buen momento) y a Orquídea Negra (tomo nota de tus consejos, gracias, espero haber mejorado). Si alguien más lee, pero no deja mensaje, gracias igual, que hayan llegado hasta aquí ya es un halago.

Creo que ya se va viendo que pasa con Harry y porqué daba la impresión de andar tan retraído, veamos que hace frente a ciertas situaciones que se le van a presentar. En cuanto a Edmund, era necesario ver lo importante que es su madre para él y cuanto influye en sus decisiones, pero dejando en claro que la última palabra siempre la tiene él. Respecto a la promesa, espero que ustedes también la recuerden. Bueno, nos leemos pronto, un beso a todo el mundo.