CAPITULO 4 Lejos de ella

Era temprano por la mañana cuando la joven exterminadora escuchó una voz conocida: -¡Miroku ya estoy listo! - gritó Inuyasha mientras entraba a la cabaña de sus amigos.

-Se ha ido, dijo que después de todo podría hacerse cargo de ese exorcismo el solo y volvería al anochecer- contestó Sango quien se encontraba sentada en el suelo frente a el -que bueno que viniste a buscarlo porque necesito de tu ayuda para levantarme, llevo aquí sentada un buen rato y ya no siento las piernas- terminó de decirle Sango con un poco de pesar y al mismo tiempo con un tono divertido.

-Claro- le contestó Inuyasha ahogando su risa -cada día que pasa te pones más enorme, seguramente tendrás más de un cachorro- le dijo a su amiga mientras se acercaba a ella y veía su abultado vientre de embarazada.

-Y cada día que pasa tú eres más tonto- dijo la exterminadora con tono de regaño -además son bebes, los humanos tenemos bebes y espero que estés completamente equivocado pues no sé cómo le haría con dos de esos- dijo preocupada mientras se impulsaba hacia arriba ayudada por Inuyasha.

Pudo ponerse de pie, pero casi se cae porque las piernas se le habían entumecido, afortunadamente Inuyasha la abrazó para evitar un accidente y enseguida los colores se subieron por la cara del mitad demonio dejando rojas sus mejillas. Sango lo miró y le dedicó una tierna sonrisa -Muchas gracias Inuyasha- le dijo.

-No es nada- contestó más tranquilo y aliviado por haber evitado un accidente. Sango pudo ponerse en equilibrio de nuevo y comenzó a estirar sus piernas cuando de pronto sintió unas patadas en su vientre.

- El bebé está pateando - dijo Sango sonriendo.

- ¿Puedo sentirlo? - preguntó su amigo bastante animado, lo cual la extrañó un poco pues Inuyasha nunca había querido tocar su vientre en otras ocasiones.

- Claro - dijo ella mientras lo tomaba de la mano y se la colocaba a su lado derecho.

Lo cierto era que a Inuyasha le daba mucha pena tocar a Sango cuando se encontraban otras personas a su alrededor, pero siempre había tenido curiosidad de sentir las patadas de un cachorro pues él nunca había tenido a una embarazada cerca. Esperó por unos segundos con la mano en el vientre de su amiga hasta que pudo sentir al bebé patear.

- ¡Vaya! - exclamó el sonriendo y con un tono de sorpresa - Es muy extraño! - Sango lo observó con ternura y melancolía pues ya no eran frecuentes las ocasiones en las que su rostro expresara una sonrisa de felicidad improvisada.

-Acompáñame a dar un paseo Inuyasha, necesito caminar un poco después de estar sentada por tanto tiempo-. Él asintió mientras Sango lo tomaba del brazo para comenzar a caminar.

Desde que Kagome regresó a su época Inuyasha había vivido en la aldea junto a sus amigos, tenía su propia cabaña la cual compartía con Shippou siempre que éste regresaba de su entrenamiento con los demonios zorrito. En un principio ambos se quedaban con la anciana Kaede, pero cuando Sesshomaru dejó a Rin a cargo de la sacerdotisa decidieron que lo mejor era tener una cabaña solo para ellos dos. Cuando Shippou se iba a su entrenamiento Inuyasha se quedaba solo y ante esto Sango lo convencía para que se quedara con ella y Miroku de vez en cuando.

Sango también extrañaba a su amiga Kagome igual que todos, pero sabía que para el mitad demonio debía ser un verdadero suplicio el no poder estar con la persona que más amaba en el mundo y por esa razón trataba de acompañarlo siempre que podía y procuraba no dejarlo solo. Inuyasha era muy reservado, cuando Kagome se encontraba ahí siempre hablaba con ella, pero desde que ella se fue en un principio él no quería hablar del asunto con nadie pues le resultaba doloroso. Ante esto su amiga exterminadora no se dio por vencida y siempre trataba de platicar con él como Kagome lo hacía y poco a poco él fue cediendo, aunque casi siempre hablaban de trivialidades.

Ya iban caminando cerca del pozo cuando Sango dijo: -Shippou me contó que cada tres días vienes hasta aquí para ver si Kagome ha regresado.

"Maldito mocoso" pensó el mitad demonio, luego bajó la mirada y contestó: -Se que debe parecer estúpido después de un año de no verla, pero… tener la esperanza de que un día ella salga de ahí me hace sentir mejor y al menos sé que se encuentra a salvó al otro lado con su familia- respondió con un profundo toque de tristeza y tranquilidad.

Sango le dedicó una mirada melancólica pues ella sabía mejor que nadie como se siente esperar por alguien amado, ella sentía la misma impotencia que Inuyasha cuando Naraku controlaba el destino de su hermano Kohaku. -Entonces ve y te prometo que no diré nada, si no me equivoco hoy es el tercer día- ella le indicó que se asomara al pozo, él asintió y comenzó a acercarse.

Cerca de ellos y escondida detrás de unos arbustos Kikyo los había escuchado escondiendo hábilmente su aura para que ninguno notara su presencia -Kagome regresó a su época entonces- dijo para sí misma, y una leve sonrisa enmarcó su cara.

Este episodio ha sido mi favorito a la hora de escribir, soy fan de los momentos Sango-Inuyasha pero no de manera romántica, me gusta pensar en ellos como muy buenos amigos. ¿Por qué habrá sido esa sonrisa de Kikyo? Chanchanchaaaaan… Averígualo en el siguiente episodio! Jajaja ya se pone bueno verdad? Espero que hayan disfrutado de este capítulo tanto como yo lo hice al escribirlo y recuerden dejar sus comentarios.