Antes que nada, me gustaría agradecer a las personas que me leen, todas. Si pasan por aquí, les agradecería mucho sus comentarios: me ayudan a continuar con la historia y me dan más ánimos de seguir.
ATTE: Rafael Bautista Roque/Mordecai y los Rigbys
¡Gracias por leer!
Mi misión se cumple con una sola persona que llegue a amar mi trabajo en verdad.
CAPÍTULO CUATRO
SOSTENERTE
Por un momento me imagino con el uniforme de la cafetería: una falda recta, corta y amarilla; un delantal blanco en forma de medio círculo; unos tacones amarillos; y un ridículo y pequeño sombrerito blanco que posa encima de mi cabeza. Todo eso mientras llevo en mi mano izquierda una charola grande y plateada con miles de cafés encima y rebanadas de pastel de limón.
—¡Puaj! —exclamo, al imaginarme con ese atuendo.
—¿Qué? ¿No te parece buena idea?
Eileen me mira con ojos tristes. Y en lo único que pienso es en el vestido que tendré que usar.
—No tengo que usar falda, ¿verdad?
—¡Ja, ja! ¡Claro que no! ¿Qué te hizo pensar eso? —me pregunta, mientras hago una mueca y me río de nervios, apenado—. Hay un uniforme para caballeros, ¿sabías?
—Y ¿cómo estás tan segura de que me contratarán?
—Porque hay una vacante para limpieza, daaa... —me comenta, sacando la lengua para hacer ese sonido, como si fuese algo muy obvio—. Mañana llenaremos tu Solicitud de Empleo y, en lugar de pasarla a Recursos Humanos, yo misma te daré de alta. Le diré a mi jefe que estás capacitado... ¡y ya!
Mi amiga me sonríe, mientras vamos subiendo las escaleras para ir al departamento.
Creo que dormimos demasiado, ya que me desperté y observé el reloj rápidamente, con apuro. 01:00 p. m. Pero, antes de eso, me levanté de la cama y me embarré hacia una de las paredes del cuarto y después me puse en cuclillas mientras balbuceaba algo que ni yo entendí, deseando no estar encerrado de nuevo. No lo estoy. Sin embargo, para cuando me di cuenta de dónde estaba, ya me había arrancado un pequeño mechón de cabello; lo tengo sostenido en mi mano derecha y miro cómo se desagrupa, cayendo al suelo, pelo a pelo, uno tras otro. Sacudo mis manos para quitarme el resto y observo a mi amiga, la cual yace boca arriba, aún dormida y de nuevo descobijada hasta los tobillos. No la desperté con mi sobresalto. ¡Norrr...! Sigue roncando, mientras se soba su apenas notoria barriga. Suelta un quejido, abre sus ojos de golpe, patalea, se gira de costado (dándome la espalda), habla entre dientes, se rasca el trasero y se vuelve a morir. Por un momento me quedo pensando en el bebé; seguramente la despertó con unas cuantas patadas, por eso se quejó. En sí, no hay nada que despierte por completo a esta chica; ni aunque fuese el fin del mundo lo haría.
Me levanto del suelo y me encamino hacia el baño. Salgo hacia la sala y observo, por la enorme ventana de ésta, cómo las nubes truenan continuamente; aún sigue gris el cielo, ¡vaya! Sin embargo, ya no está lloviendo.
—¿Gustas gofres?
Me vuelvo de nuevo con otro sobresalto. Alguien me pregunta, y sí, seguramente es a mí, pero no localizo a nadie hasta que veo una silueta que se levanta de la mesa de la cocina. Me da pena estar en calzoncillos delante de ella.
—Ummm, ¡sí! —le respondo, jalando más la orilla de mi playera para ocultar mi ropa interior.
Margarita me sonríe, se acerca hacia la estufa, con una larga pala en mano, y levanta un pedazo de masa café de un sartén, y al hacerlo, olió riquísimo en su momento, a caramelo, pero el agresivo aroma a dulce se ha ido conforme sigue avanzando en su receta. Termina, apaga el fuego y vacía el bello resultado. Me acerco a la mesa, paso a paso con mis pies descalzos, observando cómo pone una fresa por aquí y otra por allá. Toma un frasco lleno de un jarabe, y me doy cuenta de que es miel. Ella me mira sonriente, y yo asiento con mi cabeza, pelando mis ojos. Quiero que le vacíe todo el frasco; se ve exquisita esa miel, y en algunas capas ya lleva mermelada de fresa. Unta por aquí y después por allá, mientras yo babeo al ver que finaliza su preparación con un poco de crema batida.
Se me hizo, por completo, agua la boca.
—¿Así está mejor? —me pregunta, como si estuviese presumiendo de sus habilidades en la cocina, y no es de sorprenderme, pues se hizo una experta con tantos años de experimentar en la cafetería.
—Más que mejor —digo.
Para cuando me di cuenta de lo que dije, Margarita ya ha soltado una risita y me ha entregado el plato frente a mis manos, como si fuese una ofrenda de bienvenida. Se ve muy satisfecha con lo que preparó, al igual que yo y mi hambriento estómago, ambos muy agradecidos con ella.
—Son todos tuyos, Chad —me dice, alegre, dándome la espalda para enjuagar la pala bajo el chorro de agua del fregador. El agua cayendo sólo hace que me den más ganas de ir al baño, así que voy velozmente al que está cerca de la sala.
Siento como mi vejiga descansa al igual que mi espíritu. Salgo satisfecho del baño y me encuentro a una Eileen semidesnuda con mejillas atiborradas de... ¿gofres? ¡Son mis gofres! Llego corriendo a la mesa y ni siquiera hay migajas. Únicamente me queda pasar el dedo por el plato para recoger las sobras de la miel; me llevo el dedo a la boca, pero no sabe a nada.
—Ay... ¿Eran tuyos? —me pregunta mi amiga.
—Eran —le respondo, ya afligido. Si tan sólo les hubiera dado un mordisco antes de soltar toda el agua de mi cuerpo.
Me quedo mirando hacia el plato. Odiándome por ir al baño. Pronto Eileen da un salto de la silla y empieza a vacilar en susurros. Se va corriendo hacia la recamara, y yo me quedo viendo cómo desaparece. Después vuelve como si yo se le hubiese olvidado y me jala del brazo para llevarme, como una madre hace con sus hijos para prepararlos para ir a la escuela y ya fuese demasiado tarde, por ejemplo.
—¡Ya es tarde!
—¿Tarde para qué? —le inquiero.
—Para que vayas a renunciarle a Benson.
—Pero... eso lo puedo hacer cualquier hora del día —le respondo; no tiene coherencia.
—Es que... —Se queda trabada mientras choca ambos dedos indice varias veces—. Es que, después de eso, quiero que me acompañes a comprar ropa, ¡je, je! —añade. Suelto una risa y le digo que sí. Siempre ha sido adicta a las compras desde que la conocí—. Y un libro nuevo que acaba de salir..., ¡pero vámonos ya!
Eileen se para detrás de mí y comienza a empujarme por el trasero para apresurarme. Me visto con la misma ropa de ayer; Eileen hace lo mismo. Salimos de la habitación y nos encontramos a Margarita jugando de nuevo videojuegos. Está acostada en la alfombra y con un enorme tazón de frituras posado en su estómago. «¿Cómo le hace para jugar así y que el tazón no le tape la mayor parte de la pantalla?», pienso. No tengo idea, ¡pero que ágil es! Está jugando con una sola mano mientras que con la otra toma frituras, metiéndoselas a la boca por montones. Sé que no me aguanté la emoción de verla jugar así, ya que solté un ligero ¡guau!, y ella me miró rápidamente y me guiñó el ojo mientras llegaba a la meta en primer lugar y con una gran ventaja.
Eileen me mira, sonríe por como veo a Margarita y me jala del brazo para ya irnos.
Salimos en su auto y llegamos en un dos por tres al parque. Me sorprende la prisa que lleva esta mujer para que la acompañe a comprarse ropa; seguramente hay liquidación o muy buenas rebajas.
Me preparo para lo que se viene. Abro la puerta del copiloto, saco un pie y lo pongo en el terroso camino hecho de piedritas. Estudio fijamente la casa. Sin embargo, no veo señales de vida. No me doy cuenta de que he estado bajo la lluvia todo este tiempo que me quedé congelado, hasta que sentí mojada la cabeza, la espalda y los hombros. Entonces cierro la puerta y corro detrás de Eileen, quien ya va diez metros delante de mí. Y no sé por qué no se estacionó más cerca de la casa; seguramente lo hizo para no estorbar por si llegara alguien.
Mi ritmo cardíaco comienza a aumentar conforme nos vamos acercando más hacia la casa. Al llegar al pórtico, siento que ya no puedo más; me vuelvo para irme y correr como gallina. Sin embargo, Eileen me sostiene de nuevo del brazo como lo ha estado haciendo todo este tiempo (ya se le hizo costumbre jalarme) y me adentra más hacia la casa. La puerta nunca ha tenido seguro, pues no es necesario, ya que entra y sale mucha gente seguidamente, como todos los trabajadores del parque, por ejemplo.
—No quiero ir —mascullo.
—No te dejaré solo. Lo prometo.
Suelto un suspiro y, tomados de la mano, comenzamos a avanzar hacia las escaleras. Las subimos hasta llegar al alargado pasillo. Desde aquí veo la puerta de Mordecai. «Está cerrada, pero ¿con quién adentro?», pienso, no puedo evitar hacerlo sin algún tipo de obsesión mórbida hacia Mordecai. Lo odio en estos momentos; si no fuera por él, ahora no estaría sufriendo. He comenzado a culparlo de todo. Toda la culpa la tiene él. No estaría muerto de no haber sido por aquella estúpida discusión que tuvimos sobre su verdadera sexualidad.
El coraje hacia él y hacia todo me hace más fuerte y me ayuda a difuminar el miedo por ratos, y lo he notado en este momento, ya que ahora yo llevo a Eileen del brazo, por todo el pasillo, para llegar lo más pronto a la oficina de Benson, muy presuroso de renunciar ya mismo. Me urge salir de aquí.
—¡Hola, Chad! —me saluda Jeremy, saliendo de su habitación y tomándonos por sorpresa a ambos. Suelto a Eileen—. Es decir —me susurra—, Rigby.
Jeremy me sonríe y me guiña un ojo, sin saber cuál será mi próximo movimiento.
—Ummm, quiero hablar contigo —le digo, en tono serio.
—¡Seguro! —me responde, volviendo a sonreírme. Hoy todos me han mostrado su felicidad hacia mí, pero ¿qué he hecho yo para merecerme tanta alegría? Me cuestiono y, por más que le doy vueltas a la pregunta, no obtengo respuestas.
—¡Ven! ¡Sígueme! —le ordeno.
Ahora los tres nos encaminamos hacia la habitación en la que está Benson, la cual está del lado izquierdo del pasillo (una puerta después de la de Mordecai, pero una antes de Thomas).
Al entrar, observo a Benson escribir y mover papeles a lo loco por todo el buró. Mi coraje aún fluye y rápidamente le digo que me mudaré al departamento de Eileen nuevamente (como Chad lo hizo en su momento, antes de morir) para ayudarle con sus gastos; el no sabe nada de la vida de Eileen, así que me es fácil aplicar el plan. Se me queda mirando por unos segundos, como si notara algo sospechoso en mí, como si me conociera. Me doy cuenta: todo este tiempo he estado vomitando palabras aceleradas como si fuese yo mismo, como si fuese Rigby en realidad, cuando Chad suele hablar despacio y con suavidad. Benson mira hacia sus papeles y deja caer su cabeza sobre su escritorio, suspirando, parece cansado. Después la levanta con lentitud, entrecruza sus dedos y apoya su único puño que tiene ahora sobre la madera. Asiente. Sólo eso hace. Hago lo mismo y doy las gracias para apresurarme a salir, dándole la espalda mientras camino a pasos acelerados.
Salgo de la casa y me siento a meditar un poco sobre las escaleras del pórtico. Ahora cargo con una enorme melancolía. Me siento triste, pero no quiero llorar. Ya he llorado suficiente y por culpa de la misma persona, aunque, ahora, me doy cuenta de que no sólo es por él, sino por todo lo demás; no puedo irme sin extrañar este lugar.
Pasan unos minutos hasta que escucho pasos detrás de mí. Sólo es una persona. No me doy cuenta de quién es hasta que se sienta junto a mí, de mi lado derecho. Eileen. Me mira como si supiese lo que me pasa; siempre lo ha sabido, tiene un don muy especial para sentir una fuerte empatía y saber qué ocurre con las personas cercanas a ella. Me toma por sorpresa, posando su mano izquierda sobre mi hombro derecho. Después arrastra su palma hasta media espalda y, seguidamente, me da unas palmadas, diciéndome que todo se resolverá, que sólo hay que esperar, y que en un chasquido de dedos estaré en casa nuevamente. Eso espero. Lo anhelo de verdad.
—¿Todo bien? —me pregunta. Mi único consuelo ahora es que tengo un par de verdaderos amigos que me apoya incondicionalmente.
—Bueno, sí, pero... yo...
—Rigby... —me interrumpe, esperando un sí por respuesta.
—Sí..., ya —suelto, sin más preámbulos.
—Ahora, Rigby... —Hace una pausa y después me abraza de una manera muy fuerte y agradable; siento su calor recorrer mi cuerpo con entusiasmo. Ahora sé que todo estará bien—, ¡... un fuerte abrazo de Ei-Ei!
No recordaba ese apodo. Se lo puse la primera vez que la conocí cuando Mordo me invitó hace como cinco años a la cafetería. Y, pensando sobre eso, me doy cuenta de cuánto tiempo han trabajado ahí, y cuánto tiempo trabajamos nosotros en el parque. Aún recuerdo cuando dejamos nuestra ciudad natal para venir hasta aquí, Mordo y yo, en busca de un empleo, y no nos fue muy bien, es claro que no, hablando económicamente, pero sí nos fue excelente conociendo gente. Ahora ellos son mi... ¿familia? Me quedo pensando en cómo fue el funeral de mi cuerpo, en cuanta gente fue a ver cómo me enterraban y me lanzaban flores. «¿Fue así en verdad?», pienso; nunca se me ocurrió preguntarle a nadie, ni a Eileen ni a Jeremy. Ahora solamente me queda mi imaginación. Mis padres y amigos me dan por muerto, al igual que el padre de Chad, quien firmó mi estancia en el hospital sin tentarse el corazón, ordenando que nadie de la familia ni amigos fueran a visitarme. Pues él no sabía que Chad era gay, dando por hecho que su locura (mi locura diciendo que era Rigby en realidad), fue provocada por su homosexualidad; ¡qué estupidez! Se puso como energúmeno delante de mí. A nadie le dio la dirección del hospital... Y eso me lleva a otras preguntas: ¿sabrá de mi liberación, la liberación de Chad, de su hijo? ¿Seguirá odiándome? No tengo idea.
—Gracias, Eileen, me hacía falta. —Ella me suelta, pero yo la abrazo nuevamente, con una gran sonrisa—. ¿Dónde está Jeremy?
—Se molestó.
—No quería que se molestara, se lo íbamos a decir, ¿no?
—Sí, pero le cayó como piedra en el riñón. Fue una gran sorpresa para él.
—Y ¿por qué le molestaría tanto mi partida?
—No quiere estar solo.
Ay, eso duele. Por culpa de mi cobardía para evitar a Mordo cuanto antes, no tuve tacto en esto que se supone que era delicado. Hasta Benson tiene que haberse dado cuenta, por eso se quedó frío de esa manera delante de mí, quizá. Ambos saben que estoy huyendo de lo inevitable.
—Entiendo —suelto mis palabras con un aire desalentado—. Iré a hablar con él. No tardo.
Me levanto, abro la puerta y comienzo a subir las escaleras. Recorro todo el pasillo hasta llegar al cuarto de Jeremy, aún con el miedo de encontrarme a Mordecai. Lentamente giro la perilla, echo una mirada, por lo entrecerrado, y observo que se ha dormido. Ya es tarde. Entro a la habitación sin hacer rechinar la puerta. Está acostado de lado, en la cama que era de Chad, dándome la espalda. No trae su par de tenis y porta encima una delgada cobija que sólo le alcanza a tapar de los hombros a la cintura. La cobija es peluda y de color amarillo huevo, pero lo que me llama la atención es que porta los mismos Ositos Babositos que Mordo usaba en sus antiguos calzoncillos apestosos. ¡Puaj! Recuerdo esos calzones.
Un sonido distrae mi mirada hacia la ventana. Escuché algo. Ésta está completamente corrida, dejando entrar el fresco aire de la lluvia y uno que otro canto de pajarito rechoncho. Antes de llegar, observo la capa de nubes grises; no está lloviendo en este momento, pero lo hará pronto, así que decido cerrarla para que el agua no se cuele mientras Jeremy duerme; y al hacerlo, veo una figura que me es peculiar mientras barre las hojas. Mordetonto. Lleva un impermeable de los que comúnmente compra Benson, pero éste ya no es amarillo patito, sino azul rey. Trae puesto el gorro y está de espaldas, pero sé que es él.
Me vuelvo para irme. Sin embargo, noto que no cerré bien la ventana. Me acerco y empujo más. Ahora sí está cerrada, pero, por culpa del ruido que hice, Mordecai se giró, volteó hacia arriba y me miró detenidamente, como una estatua; yo me quedé igual. Nos observamos como por diez segundos hasta que uno de los dos se mueve. Mordo tira el rastrillo sobre el pasto y sale corriendo, yo hago lo mismo. Necesito salir cuanto antes.
Viene para acá, viene hacia mí.
Me lanzo por el pasillo y bajo las escaleras a grandes zancadas. Al salir por la puerta principal, no miré atrás, aunque escuché que ya venía por la cocina; espero que no me haya visto salir.
Ahora me encuentro con una Eileen ocupada, limándose las uñas, aún sentada en las escaleras del pórtico. Por un momento, aquella escena, me recordó a Chad, cuando solía hacer lo mismo mientras se hallaba aburrido. Pero no es momento de recordar. Enseguida tomo el brazo de mi amiga y salgo pitando con ella de ahí, tambaleante y muy presuroso. Nos acercamos lo suficiente al auto cuando ya empieza a bajar mi velocidad, junto con mi ritmo cardíaco.
—¿¡Qué sucede!? —me grita, entrando al auto.
—¡Nada, nada! —le respondo, entrando también. Ambos cerramos las puertas. Eileen comienza a conducir y yo trato de tranquilizar mi temblorosa garganta para poder hablar con claridad. Sin embargo, me doy cuenta de que ahora no puedo entablar una conversación sin tener mi voz demasiado alzada—. ¡Es que... se nos hace tarde para comprarte ropa, sí, ropa! ¡Eso! ¡Ropa!
—Tranquilo —me dice en un tono bajo—. No es necesario que grites —añade, confundida. Ya vamos a medio parque, y, ya a punto de salir, me pregunta—: ¿Mordecai?
—¡Sí! —le contesto, y me doy cuenta de que mi voz no ha disminuido su tono alto.
—Ummm, me lo imaginé —me dice, haciendo una mueca, algo molesta—. ¿Hablaste con Jeremy?
—¡No tuve tiempo! —le respondo, aunque no sea cierto.
Eileen detiene el auto por la luz roja y aprovecha eso para darme una palmada fuerte en mi espalda, que me hace toser varias veces al instante.
—¡Eh, qué pasa! ¡Cof, cof! No era necesario eso... ¡cof! —le espeto. Al principio mi voz sonó como un graznido, pero se compuso conforme hablaba más, hasta volver a su tono normal. He dejado de gritar, entonces le agradezco—: Gracias. Necesitaba eso.
—Sí —me responde, sonriente—, me lo imaginé también.
Hemos llegado a lo que parece ser un bonito centro comercial. No me doy cuenta de dónde estoy en realidad hasta que estudio bien el lugar. Es el centro comercial donde, antiguamente, trabajaban Eileen y Chad; ha cambiado mucho desde la última vez que estuve aquí, cuando vine a recurrir con Chad después de haber golpeado a Mordecai. Es como si mis dos huidas se hubiesen concentrado a traerme a este bonito, pulcro y elegante lugar. Qué curioso.
Nos la pasamos en tiendas, una tras otra, recorriendo infinidad de pasillos y subiendo y bajando escaleras. Por un momento me quedo esperándola afuera de un probador, hasta que veo algo que me ha dejado atónito. Mordecai.
«¿Qué hace aquí? —pienso—. ¿Acaso nos siguió?»
Me agacho, viéndolo pasar por detrás de un montón de ropa. Estoy muy seguro de que me está buscando, pero ¿para qué? Por el momento, mi prioridad es ocultarme. Evidentemente no quiero hablar con él; no tengo ganas, no quiero hacerlo, y punto. No es el momento.
—Rigby...
—¿Qué pasa, Eileen? —le pregunto, agachado en cuclillas y sin mirar hacia la puerta, donde proviene su voz. Estoy vigilando mi posición ahora, por si tengo que moverme rápidamente. Sin embargo, Mordecai ha desaparecido de mi campo visual.
—No me siento bien... —añade mi amiga. Ha llamado mi atención.
—¿Qué pasa? —le pregunto, levantándome del suelo, y, por como la oigo, algo no anda bien.
Me espero, pero no me responde, así que abro la puerta, de golpe, encontrándome con un charco de sangre y, a un lado de éste, a Eileen.
Me llevo las manos a la boca.
Intento levantarla, pero no puedo, soy débil ahora. Se ha desmayado, y yo pido ayuda a quien sea que me escuche, con un grito ahogado. Mordecai me pasa por un lado y carga a Eileen para sacarla de ahí cuanto antes. Lo primero que haríamos en estos casos es llamar a una ambulancia. Sin embargo, todo pasa tan rápido que terminamos dentro del auto del parque. Mordo la recuesta sobre el asiento trasero, y yo me subo ahí mismo para estar con ella.
Pronto me percato de un chico que va sentado en el asiento del copiloto, desconcertado, mientras Mordecai conduce por calles velozmente; lo reconozco de inmediato, con odio: es el último «Rigby» que vi ayer antes de lanzarme hacia el pedal para obligar a Eileen a acelerar. «¿Por qué vino con él, con Mordo?», pienso, aunque no me importa. Me viene otra serie de preguntas, como, por ejemplo, el porqué de su llegada hasta este lugar. Y, pensándolo bien, por más que quise evitar a Mordo, no pude lograrlo; estoy junto de él, a sólo un metro de distancia dentro del auto.
Lo que pasa a continuación hace que se me caiga el alma a los pies: ahora me hallo en el hospital, en la zona de urgencias, lidiando con un problema de aborto.
