4. Promesa
Fui yo quien cargó a Luz desde el Sedán hasta el todo terreno. No estaba seguro de por qué, pero no quería que nadie más la tocara. Supongo que sentía que era mi responsabilidad. También la cargué cuando entramos a las cuevas. Jared se quedó atrás para descargar lo poco que habíamos conseguido recolectar en dos días –en mi opinión, solo era una excusa para no ser quien tuviera que explicarle las cosas a Mel-; y Wanda caminó a mi lado por los túneles. Se había vuelto muy buena en recorrerlos sin necesidad de luz.
- No todo es tan malo como parece –susurró con ternura una vez que dejamos a Jared atrás-. Solo tenemos que enviarla a algún lugar, como con los otros.
Jared le había contado a grandes rasgos por qué habíamos tenido que traerla. Me encogí de hombros.
- Y estarás liberando a una humana. No habías pensado en eso ¿cierto? En cierta forma, esto es un rescate –pensé en lo que decía por unos segundos.
- Supongo que tienes razón –le dije, también en voz baja. Me apoyó una mano en la espalda a modo de consuelo. Se sentía pequeña y frágil, como siempre la había sentido desde que cambió al cuerpo de Pet. Y ahora yo era tan alto como Ian, así que eso solo hacía que la sensación aumentara. Intenté buscar las palabras para explicar lo que me pasaba. No era normal que no tuviera palabras-. No sé por qué me siento tan…
- ¿Culpable? –ofreció cuando notó que me quedaba callado. Asentí.
- No es fácil tener en tus manos la vida de otra persona –respondió-. O su futuro.
Se me formó un nudo en la garganta. No quería tener la responsabilidad de terminar con la vida de alguien. Incluso si eso no significaba matar a ese alguien. A penas podía manejar mi propia vida ¿qué derecho tenía sobre la de otra persona? Suspiré llenando mis pulmones y Wanda estrechó mis hombros con un brazo. Supuse que ella había comprendido que ya no quería hablar del tema. Solía ser muy intuitiva con esas cosas.
Estaba comenzando a amanecer. Nuestros ojos descansaron de la oscuridad cuando la luz comenzó a filtrarse por las rajaduras del techo, a medida que nos acercábamos a la plantación. Dejé pasar a Wanda por la abertura y luego la seguí. Para mi alivio, no había nadie en la plaza.
- Tú ve a la enfermería –me indicó-. Yo iré a buscar a Melanie… Intentaré que no se altere -le sonreí con sinceridad y le planté un rápido beso en la coronilla. Murmuré un patético "gracias" y emprendí viaje. No sabía cómo hubieran sido nuestras vidas sin ella, y tampoco quería averiguarlo. Era como una segunda hermana para mí.
Me pasé todo el camino a la enfermería imaginando posibles escenarios en mi cabeza. Lo que haría si Destello de Luz se despertaba en el medio del camino, sin el atomizador que había dejado en el auto como un idiota. Lo que le diría para explicarle la situación. Quizás corriera, pero no habían muchos lugares a los que pudiera ir en estas cuevas. Deseé poder darle algún tipo de consuelo, pero nada venía a mi mente. Después de pensarlo bastante, decidí que si despertaba, debía procurar averiguar a qué planeta quería ir. Claro que eso era después de que lograra que dejara de gritar. Parecía tener muy buenos pulmones.
Cuando vi la luz al final del túnel, supe que nunca hablaría sobre esas cosas con ella. Jamás volvería a hablarle. Se me formó un pequeño nudo en la garganta, pero lo tragué con fuerza cuando atravesé el umbral de la enfermería.
Busqué a Doc, pero no lo encontré por ninguna parte. Probablemente estaría con Sharon. Se habían vuelto muy unidos en los últimos tiempos. Ella había cambiado increíblemente desde que la tía Maggie había muerto, hacía ya casi un año.
Tampoco encontré a Mandy por ningún rincón. Podía hacer la extracción yo mismo, me habían enseñado el procedimiento, para que pudiera realizarlo en caso de emergencia, pero no me sentía con ánimos. Deposité a Luz lentamente en una de las camillas y me alejé para buscar otro "Dormir" en las precarias estanterías. Ahora, la provisión de Doc y Mandy era increíble. Había algo para curar casi cualquier cosa que al cuerpo humano pudiera ocurrírsele atrapar. Claro que si te negabas a aceptar la medicina de las almas, como había hecho la tía Maggie al enfermar, daba igual la cantidad de recursos que pudiéramos tener.
Tomé uno de los frascos y recordé el inconfundible perfume a frambuesas. Lo había usado en un par de ocasiones en los últimos meses, intentando buscar una forma para dormir, pero no me gustaba la sensación de no poder despertar; era muy frustrante.
Un movimiento en la camilla me saco de mis pensamientos e hizo que me diera vuelta apresuradamente. Luz se quejó y se llevó ambas manos a la cabeza, como si sufriera de jaqueca. Me acerqué rápido, destapando el tubo, pero ese sonido pareció alertarla de mi presencia. Abrió los ojos de inmediato y se incorporó cubriéndose el rostro para protegerse.
- ¡Aleja esa cosa de mí! –casi gritó. Me congelé en mi lugar a un par de pasos de la camilla en la que se encontraba. No recordaba a ningún alma que me hubiera hablado de esa manera. La miré por unos segundos: estaba temblando y respiraba con dificultad. Sus manos permanecían levantadas, preparadas para bloquear un ataque. Su camisa blanca parecía manchada con el polvo violeta de las cuevas y el color anaranjado de la arena del desierto.
- Tranquilízate –susurré-. Y por favor no grites –supliqué. Me miró con temor en los ojos y bajó uno de sus pies de la camilla-. No corras. No hay nada que temer.
Sus ojos se movieron por una fracción de segundo a mi cinturón, y yo seguí la trayectoria de su mirada. Un cuchillo permanecía atado ahí, su mango marrón resaltando encima de la tela azul de mi camiseta. Había olvidado que lo traía conmigo. Me alejé un paso, moviéndome lo más lento que podía y dejé el spray encima de una mesa de utensilios que gracias al Cielo permanecía vacía. Ni siquiera podía imaginarme su reacción si hubieran estado a la vista los bisturís y demás herramientas de Doc.
Muy lentamente, tomé mi cuchillo con dos dedos y lo dejé en la mesa procurando no hacer ningún sonido. Acto seguido, me moví lejos, tanto de ella como del arma y me acerqué a la puerta. No quería que escapara, podría lastimarse corriendo por estas cuevas en la oscuridad y sin supervisión ni experiencia. Ella seguía todos mis movimientos con los ojos abiertos y dilatados, como un animal salvaje que solo espera su oportunidad para escapar.
- Escucha –dije con la voz calmada-. No te haré daño –aseguré.
- Eres un humano –murmuró. No era una pregunta, pero de todos modos asentí.
- Eso no significa que vaya a lastimarte –le dije, intentando con todas mis fuerzas que se tranquilizara. No pareció hacerlo.
- ¿Dónde estoy? –preguntó. Su voz sonaba como si estuviera conteniendo las lágrimas. Alternaba entre mirarme a mí y a la salida que se encontraba ahora a mis espaldas.
- En el desierto –le dije. No era mucha información de todos modos. Nada que no pudiera deducir por el calor en el aire o por la arena que a veces caía por los respiraderos de las cuevas.
- Quiero ir a casa –su voz se quebró y sus ojos se llenaron de lágrimas. Sentí mi corazón deshacerse cuando la escuché. ¿Cuántas veces había pensado o dicho eso siendo un niño? Cuando huía con Mel, siendo demasiado pequeño para comprender lo que sucedía, todo lo que quería era volver a mi hogar.
- No puedo dejar que te vayas –se envaró, tensando cada uno de los músculos de su cuerpo y se puso de pie en un solo movimiento, sin dejar de mirarme. Se alejó rodeando un lado de la camilla y luego se acercó a una pared. Parecía no ser consciente de que solo se estaba acorralando a sí misma.
- No quiero quedarme aquí –pidió mientras una lágrima se escapaba de uno de sus ojos y resbalaba por su mejilla. Intenté hacerme lo más pequeño posible, solo para no asustarla.
- No tienes que hacerlo –respondí. Sus ojos se abrieron aún más y su expresión mostró verdadero pánico.
- ¿Vas a matarme? –preguntó elevando la voz.
- ¿Qué? ¡Claro que no! –respondí automáticamente. Esperé que eso la relajara un poco, pero no fue así. Quise acercarme, consolarla, cada célula de mi cuerpo me pedía que me acercara e intentara tranquilizarla, pero sabía que eso no ayudaría en lo absoluto, así que procuré que mi voz sonara pacífica, como sonaba la de Wanda cuando quería terminar una discusión-. Hablaba en serio cuando dije que no te lastimaría.
- Entonces ¿Qué es lo que quieres? No lo entiendo –había comenzado a llorar, y ahora sus lágrimas mojaban su rostro sin tregua. Se cubrió la cara con las manos y se apoyó contra la pared, deslizándose luego para quedar hecha un ovillo en el piso. Su llanto se hizo más evidente cuando se abrazó las piernas con los brazos y escondió el rostro detrás de sus rodillas.
Me acerqué tanto como lo creí prudente y me agaché para quedar a su altura. Solo nos separaban un par de metros.
- Nadie va a hacerte daño –insistí-, pero no puedes quedarte sabiendo que estamos aquí –negó con la cabeza mientras yo hablaba.
- ¿"Estamos"? –repitió-. ¿Quieres decir que hay más? –me mordí la lengua con fuerza y me maldije a mí mismo internamente. Al parecer, no recordaba a Jared.
- No tengas miedo, no somos malos –una mirada de incredulidad cruzó su rostro antes de que el temor volviera para reemplazarla-. Solo tienes que decirme a qué planeta te gustaría ir ahora. Eso es todo. Podrías irte, te mandaré allí.
- Solo quiero que todo esto termine –lloró. Y entonces me miró a los ojos por primera vez desde que había descubierto que era un humano. Le sostuve la mirada intentando que viera realmente que no tenía intenciones de lastimarla. Había leído en algún lugar que los ojos eran una ventana al alma… y salvando la ironía, ahora esperaba que fuera cierto-. Tengo miedo-. Susurró en un hilo de voz. Tomé aire e intenté tragar el nudo que se había formado en mi garganta.
- No tienes por qué tener miedo –susurré-. Yo me aseguraré de que nadie te haga daño. Lo prometo.
Quizás ella no supiera que esa promesa era una nueva verdad para mí. Algo tan seguro como que el sol saldría mañana o que la lluvia caería eventualmente, incluso en el desierto en el que nos encontrábamos.
Me levanté con lentitud y me acerqué para tomar el aerosol. Escondió el rostro y se echó a temblar con más fuerza al ver que me movía, pero agité el frasco para que supiera qué era lo que había ido a buscar.
- Mira –pedí y esperé a que lo hiciera. Pareció relajarla un poco no ver el cuchillo en mis manos-. Solo dime a dónde quieres ir y te dormiré con el "Dormir". Será como si nada hubiera pasado. Te despertarás en otro lugar. Un lugar en el que quieras estar, con gente en la que confíes.
Pareció pensarlo por un momento.
- No me gusta este planeta –confesó con un hilo de voz. Una mueca se dibujó en mi rostro, pero evité preguntarle por qué. Solo me acerqué y puse una mano en su hombro lo más delicadamente posible. Ahora lloraba en silencio. Intenté ofrecerle una sonrisa.
- No podría ser mejor. Ya no tienes que quedarte aquí. ¿Qué planeta te gusta? –dejó de llorar mientras pensaba. Cerró los ojos unos cuantos segundos y habló mientras los mantenía de esa forma.
- El de las Nieblas. Quiero ser un oso de nuevo –soltó justo antes de suspirar. Una pequeña sonrisa se asomó por sus labios y me urgió preguntarle en qué estaba pensando… por supuesto que no lo hice.
Después de casi un minuto abrió los párpados y me miró. Ya no había miedo en sus facciones. Sostuve su mirada de nuevo, sin poder evitarlo. Era una criatura muy compleja. Y sus ojos, a pesar de estar tan irritados, eran hermosos… profundos y cálidos. Y brillantes, muy brillantes. Le sonreí con sinceridad y destapé el frasco que llevaba en la mano libre.
- ¿Lista? –le pregunté. Escuché el eco de pasos acercándose por el corredor. Los demás no podían estar muy lejos. Llegarían en apenas un par de minutos. Comenzó a asentir, pero luego sacudió la cabeza y alejó su rostro-. ¿Qué sucede? –le pregunté.
- Quiero saber tu nombre –susurró, y luego miró hacia la salida. Quizás ella también había escuchado los pasos. Froté su espalda con suavidad para mantenerla tranquila.
- Soy Jamie –le sonreí con mucha pena-. Y siento mucho que todo esto haya sucedido.
Se encogió de hombros restándole importancia.
- No te preocupes –murmuró-. Seré un oso de nuevo –agregó con un hilo de voz, y luego me sonrió con completa sinceridad. La posición de su cuerpo cambió ligeramente mientras levantaba su rostro para enfrentarse al frasco que yo llevaba en la mano. Pulvericé un poco de su contenido cerca de su nariz. La nube plateada la envolvió por un momento antes de que inhalara con fuerza. Se quedó dormida en cuestión de unos dos o tres segundos.
Me tomé un pequeño espacio de tiempo para mirarla, pero tuve que apresurarme para levantarla y llevarla hasta la camilla cuando el sonido de los pasos se hizo más fuerte en el corredor. Los chicos entraron justo cuando me alejaba de Luz, pretendiendo haberlos esperado sin ningún inconveniente. No estaba seguro de por qué, pero no quería que nadie supiera acerca de lo que acababa de pasar.
