CAPÍTULO CUATRO
La caravana custodiada por Usagi y varios soldados dejaba la ciudad después de tan sólo una hora. Al verlos desaparecer a lo lejos, una figura femenina de inmediato abandona la puerta de entrada de la ciudad y se presenta en la casa de Usagi.
― ¿Quién eres? ― pregunta la doncella a la gatita frente al hogar del samurái.
― Mi maestro, el curandero, me ha mandado a cuidar al nuevo amo de la casa, soy su más eficiente discípula –, la chica le tendió un papel a la doncella quien al leer el mensaje para Usagi y reconociendo el sello oficial del viejo sanador, la dejó entrar.
No fue cosa difícil para la gatita conseguir todo aquello, ya tenía tiempo estudiando con el curandero, pero no por amor a sus semejantes sino para conocer la mejor forma de deshacerse de los que le estorbaban en la vida con la química que estudiaba bajo la enseñanza del hábil anciano, algo que también en el futuro y siendo hermana de un delincuente podría darle muchísimo dinero.
― Nos alegra mucho que hayas venido, siempre es mejor tener a nuestra disposición a alguien más versado en las ciencias, todas nosotras sólo somos criadas comunes y corrientes – le comentó la doncella a la gatita.
― ¿Cómo te llamas? ― preguntó la doncella.
― Soy Kaori –, contestó la chica entrando ambas a la habitación de Leonardo quien dormía plácidamente al doble aroma de las flores del jardín y de una tetera que aún dejaba salir vapor perfumado a jazmín que estaba junto a su cama sobre una pequeña mesita.
― ¡Oh, es un joven muy apuesto! ― repuso Kaori susurrando ― ¡Ahora me explico porque el señor Usagi está tan interesado en él!
― Deberías verlo cuando está sano por completo, sus ojos tienen un resplandor único y además es un guerrero con un estilo tan elegante como el de nuestro señor ―, murmuró la doncella con el placer que todas las féminas, en mayor o menor grado, tienen al compartir información.
Un rayo de verdadero odio cruzó la mirada de Kaori durante un instante, pero la doncella, admirando al chico aún dormido, no pudo verla.
― Por favor cuídalo, estaré dando mis vueltas para ayudarte en lo necesario.
― ¡Por supuesto! Yo lo cuidaré –, la doncella se sonrió y dejo solos a ambos. Escuchando con detenimiento los pasos que se alejaban, Kaori dejó caer su máscara tan pronto como se aseguró de estar sola.
― Maldito… – murmuró entre dientes mirando a Leonardo disfrutar del sueño de los inocentes ― claro que cuidaré de ti, tal y como mereces, mi plan es perfecto y cuando Usagi regrese tú habrás dejado de existir.
Los sirvientes atienden a la recién llegada en lo que despierta Leo, le muestran donde dormirá.
Kaori sabe que dentro de pocos días Usagi habrá de volver, así que su plan lo pone en práctica al día siguiente. Cuida con singular esmero a Leonardo para que pueda levantarse lo suficiente antes del regreso del conejo. Como precaución ella, con un tinte natural, se ha cambiado el color de su pelaje, sólo por si Leonardo pudiera recordarla.
― ¿Usagi aún no vuelve? ― le preguntó Leonardo mientras ella lo alimentaba con un caldo de verduras, algo suave y nutritivo para su debilitado organismo.
― No, aún no Leonardo-san, tal vez apenas estará llegando al otro feudo y depende de la duración de las negociaciones el tiempo que dure en volver ―. Las preguntas de Leonardo la sacaban de quicio, pero como una actriz consumada no permitía que el joven quelonio viera el verdadero aspecto de su interior, porque si el chico lo hubiese visto, habría quedado horrorizado.
― Eres tan amable y buena conmigo, Kaori, estoy seguro de que llegarás a ser una gran doctora ― Kaori no le comprendió.
― ¿Qué significa "doctora"?
― Perdona, es la palabra que usamos en mi mundo para referirnos a los que curan a los demás ―, le respondió Leonardo sonriéndole con agradecimiento.
La chica, en el poco tiempo que había estado cuidando de él, se mordía los labios discretamente cada vez que observaba una virtud en aquel chico, su naturaleza envidiosa no paraba de obligarla a compararse con él y en verdad que cada vez que lo hacía era para dejar caer otra gota más de ácido en la purulenta herida de celos que tenía en su alma.
Todas sus observaciones no hacían más que hacerla sentir inferior a cada segundo, hasta el chico era mucho más atractivo que ella. Varias veces mientras Leonardo dormía ella tensaba los dedos de sus manos, curvando sus garras deseando saborear el hundirlas en aquella piel tan suave para destruir por completo aquella belleza que Usagi había llegado a preferir por encima de la de ella. Gracias a sus cuidados mal intencionados, llegó el día en que Leonardo por fin pudo levantarse de su cama por su propio pie y dar un diminuto paseo por el jardín.
― "Al fin… ya puede ponerse de pie, ¡estaba harta de sus estúpidas pláticas!" ― pensaba mientras su cara fingía una gran satisfacción al verlo caminar otra vez.
Ese día en la noche, ella durmió un poco más temprano porque Leonardo le aseguró que gracias a sus cuidados su mejoría era notable, aunque aún no recuperaba sus fuerzas. Ella sólo durmió unas horas, y justo cuando el reloj marcaba las dos de la mañana, se dirigió a la habitación de la tortuga.
― ¡Leonardo-san! ¡Leonardo-san! ― susurró para que Leonardo despertara, al mismo tiempo que le había puesto una mano sobre el hombro para moverlo un poco ― ¡Por favor despierta!
― ¿Qué? ¿Kaori? ¿Qué pasa? ― Leonardo se apoyó en sus codos para intentar sentarse y aunque le costó un poco de trabajo, lo logró.
― ¡Una terrible noticia! El grupo del joven Usagi fue atacado antes de llegar a la ciudad, él logró derrotar a los maleantes, pero… ¡Oh cielos! ¡Está muy mal herido y no se le puede mover porque se desangraría, ha pedido verte Leonardo-san, por favor, tienes que ir a su lado!
Era una noticia horrible para Leonardo, su mejor amigo ahora estaba a punto de morir, si él perecía, Leonardo estaría solo para siempre. La angustia y un resto de fiebre le impidieron a su raciocinio el ver las incongruencias de lo que sucedía a su alrededor; como la casa tranquila ante aquella noticia, ayudado por Kaori, Leonardo se levantó y se dejó guiar por la chica que poco a poco lo llevó a las afueras de la ciudad.
La gatita era lista, ya no podía apelar al mismo medio para deshacerse de su rival, era algo demasiado obvio hasta para el más torpe, así que lo llevó hasta la orilla de un enorme y profundo barranco que estaba a un centenar de metros de la periferia de la ciudad. Todo mundo creería que por la fiebre, Leonardo habría deambulado hasta el lugar y se había caído, pereciendo a causa de ello.
― ¿Falta mucho para llegar con Usagi? ― pregunta con angustia.
― Ya casi estamos ahí Leonardo-san, por favor aguanta un poco más, el grupo está ahí detrás de ésos árboles… Usagi te espera con ansias ―. Aquellas palabras le dieron a Leonardo la fuerza que necesitaba para seguir andando, un par de minutos después estaban a unos pocos metros de la peligrosa orilla.
Antes de poder llegar, como si fuese una maldición para Kaori, a Leonardo le faltaron las fuerzas otra vez y cayó de rodillas. Ella, a pesar de su gran capacidad para fingir, no pudo evitar lanzar una fuerte imprecación ante tal obstáculo, Leonardo la miraba sin comprender lo que le sucedía.
A pesar de ser mujer y de no tener las suficientes fuerzas, hizo el intento de levantar a Leonardo en brazos para lanzarlo al precipicio y parecía que las fuerzas infernales estaban con ella porque parecía empezar a lograrlo cuando a sus espaldas resonó una voz que la detuvo.
― ¡SUÉLTALO, KAORI! ¡NO PERMITIRÉ QUE LE HAGAS DAÑO!
― ¡¿TÚ?! ¡¿PERO CÓMO ES POSIBLE?!
― Parece ser que no eres tan infalible como tú creías maldita, cometiste un gran error pensando que no podías cometer alguno, pagarás por ello y por haberme empujado a hacer el mal.
Con una enorme venda cubriendo una gran parte de su cabeza, Miyako caminó hasta donde estaban los dos y se interpuso entre Leonardo que había caído de nuevo al suelo y una sorprendida Kaori.
Miyako no perdió tiempo con palabras, empujó a Kaori lejos de Leonardo, pero su contrincante no estaba dispuesta a dejarse vencer cuando su victoria estaba tan cerca. Pero antes de que Kaori reaccionara, Miyako se le fue encima, ella conocía que no podía darle la espalda a semejante arpía pues se aprovecharía de cualquier descuido.
Leonardo ahora recordaba el rostro de la chica y del gato que la acompañaba, pero sobre todo la lujuriosa forma en que él lo había mirado, intentó ponerse de pie para ayudar a la doncella de Usagi, pero el cansancio y su debilidad no se lo permitieron.
El combate era una verdadera pelea de gatos. Mikyako ya le había arrancado varios mechones de cabello a Kaori quien no paraba de arañarle la cara y el pecho; gritos, gruñidos y quejidos era lo único que se escuchaba en medio de una parcial obscuridad, mucho polvo se levantaba cuando los cuerpos de ambas rodaban por el suelo.
Harta de tanta resistencia, Kaori logró hacer caer de espaldas a Miyako; como su herida en la cabeza aún no estaba curada del todo, el golpe le hizo ver doble. Aprovechando la oportunidad, Kaori recogió una pesada rama del suelo y le dio otro golpe en la cabeza. Miyako cayó muerta. A pesar de su buena intención no fue rival para aquella desalmada.
En tanto esto pasaba, Leonardo había logrado ponerse de pie y cuando los ruidos no se escucharon más, intentó ver a través de la obscuridad. Alguien se acercaba, desgraciadamente no era quien Leo esperaba que fuera.
― Una vez más esa imbécil me ha ahorrado la necesidad de inventar una mentira, yo diré a todo el mundo que intenté con valor el salvarte cuando ella intentaba matarte, no sólo me he deshecho de esa idiota sino que me cubriré de gloria al narrar mi pelea y lo mejor de todo es que tú también habrás muerto.
Leonardo no se había dado cuenta de que estaba muy cerca de la orilla del precipicio; con la adrenalina aún corriendo por su cuerpo, Kaori empujó con fuerza a Leonardo quien cayó de espaldas al vacío.
La gata oye el grito de horror del quelonio y sonríe satisfecha de haberse librado de él finalmente.
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Usagi dormitaba al pie de un árbol cuidando la caravana de diplomáticos que había acampado para pernoctar. Tenía muchos planes para cuando regresara. Conquistaría a Leonardo poco a poco. Su amor abriría el camino al corazón del quelonio y si no llegaba a lograrlo se podría conformar con su presencia. Recordaba cómo su familia lo había negado y le dolía pensar el sufrimiento que vivía desde entonces.
― Leonardo, prometo hacerte muy feliz a mi lado.
De la nada una sensación de angustia lo comenzó a envolver. Una punzada en el corazón le indicaba un creciente dolor. Esto iba más allá que un presentimiento o advertencia de peligro, se trataba de un llamado desesperado a su alma que se alojaba en su pecho y no pretendía irse.
― ¡Leonardo! ― supo en un instante que se trataba de él. Quería regresar a su lado pero era imposible. Su palabra estaba empeñada y no podía dejar vulnerables a los diplomáticos, la paz y muchas vidas dependían de eso.
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En las alcantarillas, Splinter lloraba la pérdida de su primogénito, se sentía vacío y un cobarde. Debió haberlo escuchado, saber qué pasaba por su mente al hacer eso.
― "Usted educó a ese chico quien se convirtió en un gran guerrero" ―. Las palabras de Usagi eran ciertas. Como padre de todos ellos, se jactaba de conocerlos a la perfección, Leonardo no se atrevería a traicionarlos y mucho menos a quitarle la vida.
― "¿Y si planeaba hacer algo más?" ― pensaba.
Entró a su habitación. Muy ordenada, algo polvosa y triste ahora sin su hijo. Vio su escritorio. Una fotografía de su familia. Podía verlo rebosante de alegría al estar abrazando a sus hermanos y él sonriendo como todo padre orgulloso.
― ¿Qué pasó, hijo mío? ¿Qué sucedió en realidad? ― Se lamentaba no haberlo escuchado. Vio su librero, con varios libros de diferentes géneros. Recordaba con ternura el primer libro que le dio y lo emocionado que estaba por leer la vida de Miyamoto Musashi, ese libro lo había inspirado mucho. Pero destacaba uno que no reconocía. Su portada no tenía titulo y al tomarlo se dio cuenta.
― "Hola, soy Leonardo Hamato y escribo esto para algún día escribir mi vida como Miyamoto musashi." ― La letra de un Leonardo de cinco años era inconfundible. Vio en el librero más y más diarios.
― "Mi hijo escribía... aquí debe estar la respuesta…" ― sacó los diarios hasta llegar al último que escribió y leyó con avidez. Lágrimas amargas comenzó a derramar.
― No puede ser... hijo mío…
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El hermano de Kaori tenía bajo su mando a una pandilla de malvivientes que se habían unido a él bajo la promesa de volverse ricos vendiendo las drogas que Kaori habría de fabricar en un futuro, pero mientras tanto se entretenían robando y a veces asesinando a los viajeros. Tenían su guarida escondida en una cueva que estaba al fondo de la cañada, casi donde desembocaba el río.
A la mañana siguiente, después del pérfido acto de Kaori, uno de los delincuentes que salió a vigilar, vio algo raro flotando en el agua. Se acercó y recogió un haori fabricado con una tela muy costosa.
― ¡Qué suerte! Es una buena prenda, ¿habrá algo más por aquí? ― empezó a buscar a ver si había algo más que valiera la pena rescatar. El agua ya no tenía la misma profundidad que la que tenía más arriba cerca del precipicio junto a la ciudad. Y por cosas del destino pudo ver algo más cerca de la orilla opuesta del río.
Al acercarse se dio cuenta de que era un joven quelonio. Era obvio por el resto de la vestimenta de la tortuga que el haori hacia juego con todo lo demás que traía puesto. Sin importarle en lo más mínimo se dispuso a despojar al joven de toda su ropa. Justo cuando comenzaba a quitarle la parte superior, el joven empezó a quejarse, eso asustó un poco al tipo. Sin saber que hacer fue en busca del jefe.
― Oye Kai ―, le dijo a un gato enorme y muy musculoso que se veía en un espejo con enojo, el mismo que había recibido una buena lección de parte de Leonardo y Usagi ―, hay una tortuga tirada en el río y parece que aún está viva.
― ¿Tortuga? ― el gato de inmediato salió de la cueva y guiado por su secuaz no creyó en su buena suerte al ver al culpable de la humillación que había sufrido.
― Revísalo ―, le ordenó a su ayudante.
― Aún está vivo, jefe, ¿qué hacemos con él?
― Obvio, pediremos rescate, alguien con ropa tan costosa tiene mucho dinero que compartir ― se sonrió con ansia de venganza ―. "Además de otro tipo de diversión que se puede obtener mientras esperamos el dinero" ― añadió para sí mismo.
― ¿Y a quién le pediremos el rescate, jefe?
― A Usagi Miyamoto… ― al escuchar ese nombre todos miraron a su jefe como si estuviera loco mientras un calosfrío de miedo les recorrió todo el cuerpo, Usagi no sólo era el mejor hombre del señor feudal sino también un gran campeón respetado por todos y no era fácil el hacerlo víctima de algún robo o rescate en este caso.
― ¿Algún problema? ― fue la pregunta amenazante por parte de Kai al verlos con actitudes dudosas.
― No, no, jefe, pero Usagi… él es…
― ¡¿ES QUÉ?! Si van a portarse como un montón de cobardes les daré una golpiza y después los mataré a todos si se les ocurre abandonarme, ¡¿ENTENDIERON?! – todos asintieron con rapidez ―, además ―, añadió para quitarles toda duda ― piensen en la fortuna que podemos pedirle… una gran cantidad ― eso avivó la avaricia de todos.
Sin muchos miramientos, dos de los ayudantes cargaron a Leonardo hasta el interior de la cueva; al fondo, en uno de los rincones lo ataron de pies y manos, dejándolo tirado en el frío suelo de piedra. Kai se sentó en una enorme roca, observándolo fijamente.
― Aunque ahora sé que no eres una chica… no me importa, habré de cobrarme la humillación que me hicieron sufrir de la peor forma. Se acercó a Leonardo y comenzó a tocarlo suavemente. Al contacto de aquellas manos lascivas, Leonardo poco a poco recuperó la conciencia, pero su vista estaba aún borrosa y sus oídos zumbaban ligeramente.
― ¿Quién eres? ¿Dónde está Usagi? ― Preguntaba, pero la debilitada tortuga no obtenía respuesta. Sintió un frío tacto acariciándolo, lo borroso de su vista no le dejaba ver de quien se trataba. Trató de moverse pero no podía.
― Tranquilo chico, esto será divertido… ― la voz era inconfundible, Leonardo se estremeció. Trató de incorporarse pero no pudo. La fuerte mano de Kai lo empujó nuevamente al suelo.
― Shssss, ¿a dónde vas? Quédate ahí. Ahí estas muy bien. Es una pena que no seas mujer, te pude haber vendido a un burdel en un muy buen precio. Pero siendo hombre no me decepcionas ―. Se sentó sobre su abdomen sacándole el aire al aplastarlo, comenzó a acariciar su pecho.
― Un kame como tú es una joya rara. Te puedo vender muy bien a un rico terrateniente de un feudo vecino. A él le gustan los chicos como tú ―, decía mientras besaba el pecho los hombros y cuello ― los que son atractivos ―, besaba ―, atléticos ―, seguía besando ― y fuertes ―. Lo besó en los labios.
― Detente… ―, decía débilmente el quelonio pero era ignorado.
― Él disfrutará de ti y cuando lo canses, te dejará libre en su campo, a él le gusta cazar a sus víctimas para terminar comiéndoselas ― otro violento beso le dio ―. Pero si eres bueno conmigo tal vez le pida que solo seas su juguete y esclavo.
― No... déjame... Usagi vendrá por mí, él me ayudará.
― ¿Ah, sí? Entonces mientras llega vamos a pasarla bien ―; se levantó y desgarró las ropas de su prisionero. A pesar de estar acostumbrado a no usarlas por primera vez Leonardo se sentía desnudo.
― ¡Nooo! ― Trataba de luchar, pero su debilidad no le permitía hacer mucho. Kai lo cargó y lo colgó con las manos atadas de un gancho incrustado en la pared.
― ¡Déjame! ― Le gritaba al sentir como era acariciado de forma tan obscena que se sentía humillado con cada caricia y un calor en todo su cuerpo cuando Kai tocó su entrepierna después de quitarle la atadura de los tobillos ― ¡SUELTAME! ― gritaba.
― No digas eso… Te voy a hacer disfrutar…
― ¡NOO! ¡DÉJAME! ¡USAGI! ¡USAGI! ― gritaba desesperado. Un fuerte golpe le sacó el aire y lo dejó si habla.
― Él no está aquí. Nadie te ayudará.
Leo jadea por aire e intenta soltarse, más Kai lo tiene bien sujeto, termina de hacer jirones el resto de las ropas para tener libre acceso a las partes íntimas del quelonio.
Continuará...
Del siguiente capítulo en adelante la historia cambiará de T a M.
