Gilbert suspiró agotado. Llevaba un poco menos de una hora sentado en aquel avión junto a Alfred F. Jones, el estadounidense parlanchín. Ya quería tirarlo del avión. Sería relativamente fácil.

Alfred no paraba de hablar de sí mismo, de su heroísmo y de su amado país. Puras mentiras.

-Gilbert, ¿Me estás escuchando?-exclamó Alfred, sacando a Gilbert de sus cavilaciones.

-No, estaba planeando cómo tirarte del avión sin que los demás se dieran cuenta- exclamó Gilbert, con toda la seriedad que le fue posible. El norteamericano lo miraba indignado. -Lamentablemente, me has interrumpido, así que por ahora mi plan maestro no se ejecutará-concluyó, pero Alfred ya no estaba escuchando.

-Cómo decía, la espada es como... un súper conductor o algo así- exclamó. La alegría inundaba su voz. -Aunque hace explotar el aire de la nada y pareciera tener voluntad propia-murmuró de manera casi inaudible. Aquello despertó el interés de Gilbert. -Aunque sigue siendo increíble, ¡Como la espada de un súper héroe!-chilló.

-¿Una espada? ¿No estarás exagerando, yankee? - una sonrisa socarrona creció en su rostro.-Las espadas, que yo sepa, no pueden hacer lo que estás diciendo-agregó. Al estadounidense le brillaban los ojos de emoción.

-¡Es la pura verdad!-replicó el oji azul. -Esa cosa mató a 10 científicos- agregó.

-Eso es escalofriante, you idiot- gruñó Arthur, colándose en la conversación. Fulminaba con la mirada al oji azul, mirando por encima del respaldo del asiento de Gilbert.

-El británico cejudo tiene razón- replicó el albino.-Es escalofriante para que lo digas tan a la ligera- agregó, cruzándose de brazos.

-¡No es verdad!- chilló Alfred.

Aquello desató la tormenta. Alfred y Arthur empezaron a discutir acaloradamente, excluyendo totalmente a Gilbert. Era gracioso verlos pelear a diario, el británico regañaba al menor mientras este hacía una especie de pataleta. Tenían una relación bastante extraña y disfuncional, pero eran felices.

Gilbert sintió una puñalada de dolor. El amor lo había abandonado hace ya mucho tiempo. Cerró los ojos, su corazón estaba cansado de todo esto, de vivir sufriendo. Un dolor lacerante taladró sus sienes, desde que su país se había extinguido dolores de cabeza lo azotaban continuamente.

Quizás se estuviera muriendo, quizás su vida se estaba apagando lentamente.

Abrió los ojos de golpe. El inglés y el estadounidense se estaban besando. El albino volvió a cerrar los ojos, no quería saber lo que harían en un rato más. Con todas sus fuerzas, el oji escarlata deseó caer dormido. Y lo logró.

"Gilbert abrió los ojos con lentitud. Ya no estaba en el frío campo de batalla, si no en una acogedora cabaña. Un fuego crepitaba suavemente en una pequeña chimenea, el piso de madera estaba cubierto casi totalmente por una alfombra de un color carmesí oscuro, junto a la cama dónde él descansaba había una silla. No había nada más en la pequeña habitación, y la única luz surgía de las llamas de la chimenea."

"Le dolía horrores la cabeza y sentía unas nauseas terribles, no recordaba cómo había llegado allí... no recordaba nada. Intentó ponerse de pie, pero su cuerpo no respondía."

"Estaba indefenso"

"De la nada, una persona muy abrigada entró a la habitación y se sentó a los pies de la cama."

"-La parálisis no durará mucho- murmuró el extraño. Se empezó a quitar los múltiples abrigos que traía encima.-El veneno de lobo ayuda más de lo que daña- agregó."

"-¿Veneno?- dijo a duras penas Gilbert. Su voz estaba pastosa, cada palabra le conllevaba un esfuerzo tiránico."

"-Sí- respondió. Su voz era fría y monótona.-El extraño lobo de Alaska es tóxico- agregó. Lanzó el último abrigo que quedaba al suelo con los demás, quedándose sólo con la camiseta y los pantalones.-Mi nombre es James, no tengo apellido. Soy sólo James- se presentó. El cabello rubio le caía sobre los ojos, que eran como dos esmeraldas. Como los ojos de un gato.-Antes de que preguntes, sí, estamos con los Aliados en contra de ustedes, pero te salvé, bueno, ayudé a Alaska a salvarte. A ti y a tu hermano. Sólo los he salvado por Alaska, porque odio profundamente a los nazis- concluyó."

"-Deja de asustarlo, James- rió Alaska, entrando en la habitación. Tan hermosa como siempre."

"-Hablando del Rey de Roma...- murmuró por lo bajo James. Su voz se había suavizado notablemente."

"-Tu hermano está bien, pollito- musitó Alaska, mientras, al igual que James, empezó a quitarse los abrigos. -Se llama Ludwig ¿No? Ha intentado escapar unas diez veces- agregó con alegría. Alaska siempre estaba alegre. -Es perseverante- sonrió."

"-Yo le hubiera roto el cuello en la segunda...-murmuró el oji verde.-Los de su clase son sólo buenos de una manera: muertos y enterrados a tres metros bajo tierra- agregó. Su voz era afilada como una daga."

"-Eh, relájate, bestia- rió chica. James le dedicó una mirada terca.-No todos son malos... hay gente buena en esta guerra- susurró."

"-A mi me han obligado a enlistarme- exclamó Gilbert. Por fin había recuperado parcialmente el control de su cuerpo."

"-Vaya escoria que has salvado, Alaska-gruñó James."

"-Ya, dejaros de pelear. Parecéis unos críos- rió Alaska."

"James se sonrojó notoriamente, haciendo que Alaska riera más fuerte. Eran obvios los sentimientos del chico. Gilbert no sintió ni una pisca de celos, la chica era un imán de chicos, no era de extrañarse de que más de alguno estuviera perdidamente enamorado de ella. Sentía pena por James."

Gilbert despertó de golpe al sentir que lo movían bruscamente. Alguien lo estaba llevando en su hombro cual saco de patatas. Reconoció el bien formado trasero de su hermano. Una manera degradante de llevar a alguien de su categoría.

Tuvo la tentación de pellizcarle el trasero al rubio, pero se contuvo.

-Kesesesese, West ¿Podrías bajarme?-exclamó Gilbert.- Esto es bastante degradante, bruder- agregó. Ludwig bajó a su hermano y lo ayudó a ponerse de pie.

-Me alegro de que hayas despertado, ya estabas algo pesado- musitó Ludwig, estirándose.

-No es culpa mía de que seas debilucho- replicó el albino. Nadie le llamaría gordo a Gilbert Beilschmidt.

-Cómo digas... -rió por lo bajo el rubio. El mayor lo miró, indignado.

-¿Me estás diciendo gordo?- chilló. Absolutamente NADIE le podía llamar gordo al AWESOME Gilbert Beilschmidt.

-No- musitó el oji azul. Contuvo como pudo una sonrisa.

-Conste que tú estás más gordo que yo, West- replicó Gilbert. Ludwig sonrió un poco. Su hermano podía ser un maldito egocéntrico, pero no había forma de no quererlo, aunque sea un poco.- Sé que mi cara es hermosa, pero es raro que te me quedes mirando de esa manera, bruder - exclamó Gilbert.

-Perdona... sólo... perdona, me he ido por un segundo- se disculpó. El prusiano soltó una carcajada.

-Da igual, dummkopf- concluyó.

Ludwig se estaba comportando de una manera bastante extraña. Quizás Feliciano lo había embarazado... sí, eso debía ser.

Ambos caminaron juntos hasta el edificio que se alzaba majestuosamente frente a ellos. Era un monstruo de metal y cristal para nada bonito. Gilbert había dormido bastante, al parecer.

La graba crujía bajo las suelas de sus zapatos y una suave brisa rozaba su rostro y desordenaba sus níveos cabellos. Era un bonito lugar con un corazón podrido. Se detuvo un minuto, mientras que Ludwig continuó su camino.

Aquel era un lugar corrupto hasta la médula, desde sus gobernantes hasta sus ciudadanos. Nunca lograría disfrutar estar en tierras norteamericanas, personalmente prefería estar en territorio canadiense.

Retomó su caminar, hasta llegar a la entrada. Se topó con Yao Wang.

- Nín hǎo, Yao- exclamó Gilbert. El chino le dedicó una sonrisa algo fingida.-Espero que no hallamos llegado muy tarde, aunque no debe ser muy interesante estar escuchando las tonterías de Alfred- agregó.

-Salí hace un rato de la reunión, me he aburrido bastante- musitó. Su rostro se ensombreció.-Alfred... está obsesionado con la idea de que la espada va a beneficiar a la humanidad...-murmuró.

-¿Has visto la famosa espada?- dijo el prusiano con curiosidad.

-Es demoníaca, deberían destruirla- exclamó. En sus ojos había una sombra de miedo.

-¿Me dirías dónde la tiene escondida nuestro pequeño Alfie? Me está matando la curiosidad- musitó el albino.

-Piso -4, pasillo a la izquierda, décima puerta- contestó Yao.-Ten cuidado con los guardias- concluyó, antes de partir hacia los jardines que rodeaban el edificio.

Gilbert observó al asiático alejarse, Yao era bastante simpático aunque nunca llegaba puntual a las reuniones... por su lento caminar.

Entró al edificio y se metió en el ascensor. Pulsó el botón que decía "-4" . El ascensor tenía pintada en el techo la bandera norteamericana y la música ambiental era la melodía del himno estadounidense. Los yankees y sus egocentrías.

Cuando por fin llegó al piso -4, que debía ser el subterráneo del subterráneo del subterráneo del subterráneo.

Al salir del ascensor, un escalofrío le recorrió la espalda. El lugar estaba desierto, silencioso y helado. Puede que los sótanos fueras así... pero este era diferente... había algo fuera de lugar.

Las paredes estaban cubiertas de tubos delgadísimos, que parecían venas. Llevaban un líquido azul fluorescente, que iluminaba los pasillos.

Gilbert fue por el pasillo de la izquierda y caminó hasta quedar frente a frente a la décima puerta. Tenía pintada una 'X' en el centro... parecía escrita con sangre.

Debía ser pintura, pensó Gilbert mientras abría la puerta y asomaba su cabeza dentro de la habitación. La estancia estaba casi a oscuras, las "venas" que recorrían las paredes, el suelo y el techo llevaban un líquido oscuro... parecía sangre. Al centro había... una espada. El arma levitaba, las venas del techo y del suelo que estaban más cerca del arma formaban una jaula al rededor de ella.

El brillo que despedía tenía un ritmo, como el del latido de un corazón.

Gilbert volvió a cerrar la puerta de golpe. Era extraño que no hubiera ningún guardia vigilando la espada. En un lugar así debía estar lleno de guardias. De la nada, una puerta se abrió a sus espaldas. Una puerta sin número. Las venas se volvían blancas al interior de la habitación, iluminándola. El albino entró con cautela a la habitación. Algo lo estaba llamando. El miedo atenazaba su corazón, pero no se acobardó. Nadie ni nada lograría acobardarlo.

En el centro de la habitación, las venas del techo colgaban, amarrando los brazos de alguien...o algo, dejándolo suspendido en el aire. Al acercarse, Gilbert se percató de que ese algo era una chica de pelo como la brea y piel blanca como la nieve. Su brazo izquierdo estaba cubierto por un extraño tatuaje rojo, que simula una enredadera que trepando por su brazo.

Parecía estar profundamente dormida.

El miedo invadió a Gilbert, su instinto le gritaba que saliera lo más rápido posible de allí. Pero su corazón le rogaba que se quedara. A esa chica... la recordaba de alguna parte...

De la nada, la chica abrió los ojos de golpe y clavó su fría mirada en el prusiano. Ojos de fuego frío.

-No deberías estar aquí- exclamó Alfred, poniendo su mano en el hombro de Gilbert. Parecía estar alegre, pero una oscura ira se podía ver al interior de sus ojos.

-¿Quién es ella?- murmuró Gilbert en respuesta. Esos ojos... no era posible...

-No lo sé, la han traído como prisionera desde Irak- replicó el rubio, algo sorprendido por la pregunta.

De repente, se escuchó un chillido agudo. Las venas que sujetaban a la chica se habían cortado dejándola caer. Era libre.

El suelo temblaba y ella rugía, sus ojos se habían vuelto rojos como la sangre y su rostro mostraba una mueca horrible. Sonreía mostrando unos afilados dientes y sus uñas se habían vuelto afiladas garras.

Por primera vez, Gilbert sintió lo que era verdaderamente el miedo.

La criatura lanzó a ambos hombres contra la pared con sólo un movimiento de su mano. El cuerpo de Gilbert azotó con brutalidad la pared para después caer pesadamente al suelo. Sintió un dolor agudo recorriéndole de pies a cabeza. Había sangre por todas partes. Su cuerpo no había resistido el impacto, sus huesos habían cedido y su abdomen había explotado dejando sus intestinos a la vista. Tosió sangre. No podía respirar.

Cerró sus ojos. La hora había llegado, no se arrepentía de nada, en verdad. Solamente le hubiera gustado disfrutar más la vida y no desperdiciarla tanto.

Sintió la caricia suave de la muerte. Podría ver a Alaska... Lizzandra. Podría abrazarla otra vez, escuchar su risa...

Un cosquilleo le recorrió el cuerpo. El dolor había desaparecido, no sentía nada.

Estaba...

-¿Gilbert?- murmuró una voz suave, cantarina. Estaba muerto.

-Lizz...- susurró Gilbert. Abrió los ojos. Allí estaba ella, tan hermosa cómo la recordaba.-¿Estamos...?- empezó a decir, pero un sollozo rasgó su garganta.

-Gilbert... -susurró ella, antes de caer desmayada.

No estaba muerto, sentía el calor de las llamas que se acercaban hacia ellos. Gilbert se puso de pie como pudo y tomó a la chica entre sus brazos a Lizzandra y rápidamente salió de la habitación. No sabía si el incendio podría extenderse al resto del edificio... habían posibilidades de que explotara...

Pero él no se quedaría a averiguarlo.

Corrió hacia el ascensor y entró en él, las llamas todavía no habían llegado hasta allí. Apretó el botón que tenía el número '1' y se apoyó contra la pared. Las puertas se cerraron lentamente.

Lizzandra respiraba suavemente entre sus brazos. Era extraño verla... viva. Una especie de alegría le inundaba el alma, una alegría lacerante que lo desgarraba por dentro. Quería gritar de gozo pero no lograba hacer sonido alguno.

Con cuidado, abrazó a la chica un poco más fuerte. Habían pasado años pero seguía amándola cómo la primera vez.

-Eh, no me aprietes tanto- murmuró Lizzandra, riendo. Sus ojos brillaban suavemente.

-Lizz...- murmuró Gilbert. Las lágrimas se acumulaban rápidamente en sus ojos.

-Pollito... no llores- murmuró ella. Se bajó con cuidado de entre los brazos del chico.

-Creí... - susurró. Ella lo abrazó. Ambos lloraban... de dolor y felicidad.

-No pasa nada...-murmuró ella.

Justo es ese momento, las puertas se abrieron revelando el vestíbulo. Gilbert salió del edificio junto a Lizzandra. En el exterior reinaba la histeria, casi todos corrían asustados de un lugar a otro. El único que parecía estar calmado era Kiku Honda.

-¿Qué ha pasado, Kiku?- preguntó Gilbert.

-Hubo una explosión en el subterráneo, Gilbert-kun- respondió Kiku.

-¿Por eso están tan histéricos?- rió. Disimula, disimula...

-La explosión ha partido el edificio en dos- agregó, con un tono sombrío.

-Era de esperarse- soltó de la nada Lizzandra.-Concentrar toda la energía en la base del edificio sabiendo que la fuente es impredecible y volátil no es una buena idea a mi parecer- agregó.-Los norteamericanos pueden ser tan idiotas a veces- rió. El asiático la miraba, sorprendido.

-Hola -.exclamó el japonés. La chica le dedicó una linda sonrisa.

- Kon'nichiwa, mi nombre es Lizzandra y por lo que me he fijado... te llamas Kiku ¿No?- exclamó con alegría.

-Hai, un gusto conocerla Lizzandra-kun- murmuró Kiku, haciendo una rápida reverencia.

-Oye ¿Has visto a mi hermano?- exclamó Gilbert rápidamente. Verdammt.

-No sé dónde podría estar, Gilbert-kun- exclamó.-Gomenasai- murmuró.

-Da igual... si lo ves... dile que volví a mi apartamento- musitó.

-Hai- asintió Kiku.

Gilbert tomó de la mano a Lizzandra y la arrastró lejos de allí. Ya era suficientemente sospechosa su mera presencia, descontando que ella era la fuente de energía... junto a la espada, todos hablaban de ella. Bueno, Alfred le hablaba a todos sobre ella, desde los niños que jugaban en los parques hasta los indigentes en los callejones.

Lizzandra caminaba en absoluto silencio, ni siquiera se alcanzaba a oír su respiración. En la guerra había sido una de las mejores asesinas, la llamaban sombra, susurro y a veces ojos de muerte, este último era el más acertado ya que lo último que lograbas ver antes de que ella te cortara la garganta era el brillo azulado de sus ojos. Gilbert adoraba aquel brillo, pero muchos le temieron y llegaron a odiarlo. Quizás estaba loco por enamorarse de una asesina... pero era feliz, y eso es lo que importaba.

De la nada, Lizzandra se detuvo y se apoyó contra un árbol que estaba junto a ella. Las piernas le temblaban y respirar se asemejaba más a un jadeo entrecortado. Gilbert no se había dado cuenta lo demacrada que la chica estaba: estaba pálida como papel y tenía bolsas oscuras bajo los ojos, sus ropas estaban raídas y sucias, estaba increíblemente delgada, su pelo estaba enmarañado y sus uñas estaban rotas. Lo único que no había sufrido eran sus increíbles ojos.

-Lizz...- murmuró Gilbert preocupado. Al acercarse a Lizzandra, ella negó con la cabeza y le lanzó una sonrisa cansada.

-Estoy bien, pollito- murmuró ella, apartándose del tronco.-Sólo... estoy algo cansada.- agregó. Al estirarse, soltó un quejido y volvió a apoyarse contra el árbol.

-Ven...- murmuró él acercándose a ella.

Lizzandra lo miraba con desconfianza, la mirada de un animal salvaje. Listo para defenderse hasta la muerte. Con sumo cuidado, Gilbert tomó a Lizzandra entre sus brazos y ella se acomodó como pudo. Pasó sus brazos por la nuca del chico para no caerse.

-¿Mejor?- preguntó Gilbert. Ella no pesaba nada. Como una pluma.

-Sí- respondió Lizzandra.-...gracias- agregó. Un leve rubor teñía sus mejillas.

Gilbert no pudo contener una sonrisa. De la nada, Lizzandra depositó un beso en la mandíbula del chico, haciendo que él se sonrojara levemente. Cuando él bajó la vista, la chica ya estaba profundamente dormida.

Con suavidad, Gilbert le besó la coronilla.