Primero que nada, una disculpa por haber tardado casi un año en publicar. Por cuestiones técnicas tuve que dejar de escribir durante un tiempo, pues se me borraron varios fanfics que no tenía publicados, incluído este capítulo, y reescribirlos fue bastante trabajoso. Así que...bueno, espero que me sigan leyendo xD


James Sunderland. Sesión 3.

- ¿Y cómo has estado, James? - saludó Kaufmann luego de darle la mano - ¿La vida bajo vigilancia es buena? – cuestionó en plan malicia pero con rostro inocentón.

- Sí..., algo – contestó divertido. Ya se estaba acostumbrando a tener policías fuera de su casa, además, prefería eso a pasar el resto de su vida encerrado en el psiquiátrico.

- ¿Qué hay de la oficial Cybil?, ¿Te tiene muy controlado? -

- ¿La oficial Cybil...? - suspiró – Es una mujer excepcional, pero algo paranoica -

- ¿Por qué lo dices? -

- Es porque… cada vez que pasa algún pasa algo cerca de los apartamentos enseguida ella sospecha de mí, sin importar si se trata sólo de un perro desaparecido o una cartera robada -

- ¡Oh! Eso. Eso es muy normal, James – dijo Kaufmann restándole importancia – Si fuiste capaz de asesinar a tu esposa con 17 puñaladas en el pecho, serías incluso capaz de robarle su platito de leche a un gatito -

- Bueno, viéndolo así..., la oficial Cybil sí que tiene buenas razones para sospechar de mí antes que nadie más -

- Me alegro que lo entiendas – dijo mientras buscaba sus notas sobre James en la libreta – Ya es tiempo de empezar la sesión. La última vez que hablamos mencionaste algo acerca de una iglesia alternativa en la que tú y Mary trabajaban por un salario modesto -

- Sí... La iglesia de Samael - murmuró el rubio con cierta extrañeza, habiendo súbitamente recordado el nombre del dios al que profesaban.

- Así que la iglesia de Samael... Es un nombre raro para una doctrina. Pero qué importa. No me interesa la religión en lo más mínimo y no sé cuál esté de moda. Por cierto, ¿aún existe la iglesia católica? ¡Es broma! No estoy tan desactualizado – rió anotando el nuevo dato – Y dime, ¿de qué se trata esa tal iglesia de Samael? -

- Umm, pues, no estoy seguro – admitió apenado – Yo sólo hacía lo que a Mary hiciese feliz. Ella era la que ya estaba muy metida en eso cuando nos conocimos. Lo poco que recuerdo de esa iglesia es que una sacerdotisa decía muchas incoherencias sobre purificar la tierra, quemar a los pecadores y no sé qué más tonterías fanáticas. Mary y su hermana eran muy devotas a esa mujer... -

- Vaya. No sabía que Mary tuviese una hermana -

- Sí. María. Son gemelas, es decir, eran… – rectificó sintiendo una punzada en el pecho.

- ¿Y qué tal te llevas con María? ¿Alguna vez la confundiste con Mary? - preguntó alzando una ceja en sentido de complicidad, quizás esperando a que James dijese alguna barbaridad.

- No – cabeceó – A pesar de ser físicamente idénticas sus personalidades eran muy distintas. María era la gemela Alfa, ya sabe, la que siempre manda, y Mary la sumisa -

- Déjame adivinar – pidió Kaufmann, escondiendo la punta de su bolígrafo – Si Mary hacía todo lo que su hermana quería, y tú hacías todo lo que Mary hacía, ¿entonces tú y Mary siempre hacían lo María que quería? -

James miró a un punto muerto en la alfombra unos segundos y lo pensó detenidamente.

- Sí, creo que sí...De hecho, María es la que era cien por cierto devota a Dahlia, la sacerdotisa de la que le hablaba. Creo que aún va esa iglesia, no estoy seguro. No he hablado con ella desde mi último juicio, cuando me condenaron... -

- ¿María alguna vez te ha reprochado la muerte de Mary? -

- No, jamás. Ella dice creer en mi inocencia pero…, sé que de igual manera duda de mí. No puedo culparla por eso. Era su hermana... - dijo nostálgico, recordando por un momento lo bella que era la sonrisa de su asesinada esposa.

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Henry Townshed. Sesión 2.

- ¿Continúas teniendo pesadillas, Henry? – preguntó Kaufmann.

- Sí, pero no tan frecuente como antes – contestó el castaño ya sin tanta timidez – Y, eh…-

- Dime – pidió al verlo dudar.

- Hice lo que usted me dijo… Entablé conversaciones con mis vecinos

- ¿Y qué tal fue la cosa? – inquirió con verdadero interés, pues rara vez los pacientes le hacían caso cuando aconsejaba. No por nada seguían asistiendo a terapia.

- Creo que bien – sonrió ligeramente – Algunos me han dejado entrar a sus apartamentos, y otros me invitan a fiestas y reuniones –

- Espero que estés aceptando esas invitaciones – comentó con cierto tono de amenaza.

- Eh… Es que no me gustan las fiestas…, y menos si hay alcohol y cigarrillos de por medio

- Tú ve, Henry, que no te importen los vicios de otros; ellos son los que se pudrirán de enfermedades cuando estén viejos y cansados. En las fiestas siempre uno puede divertirse sobrio si en verdad así lo desea. El alcohol es para los suicidas y depresivos. No te dejes intimidar si alguien te quiere obligar a hacer cosas que no quieres –

- D-De acuerdo – cabeceó – Intentaré asistir a las fiestas

- Muy bien, me alegra oírte decir eso. Por cierto, ¿Qué hay de…? ¿Cómo habías dicho que se llamaba? ¿Walter? –

- Eh, ¡sí! Walter – respondió enseguida.

- ¿Aún lo ves? – preguntó con cierta preocupación, pues le pareció extraño que Henry no le hubiese mencionado primero.

- S-sí, todavía platicamos de vez en cuando – contestó algo nervioso.

- ¿Qué te ha dicho sobre su persona? ¿Ya sabes cuál es el número de su apartamento? –

- No, aún no…Pero me comentó que nació en Silent Hill -

- Y dime, ¿crees que entre tú y Walter puede haber algo? – inquirió intentando esconder la malicia detrás de la pregunta, pero una sonrisita acusadora traicionaba su boca.

Al principio el castaño parecía no entender la pregunta hasta que, un par de segundos después, saltó una chispa de luz que iluminó su cerebro. Inmediatamente después su rostro terminó ruborizado.

- No sé a qué se refiere – anunció, juntando las manos y mirando hacia el piso.

- Claro que lo sabes, Henry. No me mientas, soy tu psicólogo – dijo fingiendo pesar, al tiempo que escribía en la libreta –Las pesadillas se deben, probablemente, a causa de una recién descubierta homosexualidad. Como ya mencioné antes: miedo al cambio

Hubo un corto pero incómodo silencio que Kaufmann se dignó a romper con más preguntas.

- Henry, ¿tu padre era homofóbico? –

- ¿Eh? – sorprendido – S-sí. ¿Por? – contestó aún sin entender por dónde iba el tema.

Pero Kaufmann al menos ya sabía dónde estaba el problema.

Alex Shepherd. Sesión 3.

- Dime qué fue lo que recordaste – pidió Kaufmann al muchacho moreno.

- ¿Seguro, doctor? Pero no creo que se trate de nada importante – dijo Alex, dudando seriamente si sus recuerdos vagos podrían servir de algo para la terapia.

- Claro. Soy todo oído – contestó riendo – Cuéntamelo todo lo que necesites decirme antes de que se te vuelva a olvidar –

- De acuerdo… - asintió poniéndose más serio – Ayer en mi cama, cuando intentaba dormir, tuve un 'flash' extraño: Joshua y yo estábamos en el parque de diversiones Likeside en Silent Hill. Pero vi a Joshua más pequeño, quizás él tendría 4 años y yo 10. Joshua me dice que quiere un conejito Robbie pero yo no pude ganarle uno en los juegos y ya no tenía más dinero para seguir intentándolo -

- Espera, ¿dijiste conejito Robbie? – cuestionó Kaufmann sin poder disimular su sorpresa. ¿Dónde había oído ese nombre antes…?

- Sí. El conejo Robbie era la mascota del parque – contestó sin darle mucha importancia, pero luego abrió mucho los ojos – ¡Cierto!…Robbie. Recuerdo que esa cosa me daba miedo. Era extraño…Un conejo rosa manchado de kétchup que parecía más bien sangre. No sé cómo permitieron eso de mascota en una feria para niños – ladeó la cabeza con desaprobación mientras sentía escalofríos – Ah. Como decía – siguió contando – Yo no pude ganar un peluche de Robbie así que Joshua se fue llorando. Mi madre y yo lo buscamos en todo el parque por cosa de horas hasta que un hombre de Seguridad lo encontró, y cuando fuimos al cubículo de Niños perdidos por él, vi que Joshua traía consigo un conejo Robbie. Le pregunté de dónde lo había sacado y él dijo que tirando en el piso, pero, no sé, nunca le creí…-

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- Interesante… - musitó Kaufmann cuando revisaba sus apuntes.

- ¿Qué cosa, doctor? – pregunto Lisa, curiosa, mientras le servía café.

- He notado que… - se llevó una mano a la barbilla – mis nuevos pacientes tienen algo en común

- ¿Que están locos? – dijo en broma.

- Aparte de eso… - rió – No. Se trata de otra cosa

- ¿Qué otra cosa tienen en común entonces? – cuestionó ahora interesa, pues se dio cuenta que Kaufmann hablaba en serio.

- Ellos mencionan muy seguido ese pueblo…Silent Hill

- ¿En serio? – sorprendida - ¿Sabe? Yo nací allí, en Silent Hill –

- Cierto, lo había olvidado… - comentó pensativo – Dime, Lisa, ¿qué sabes acerca de una niña llamada Alessa Gillespie? –

- ¿A-Alessa Gillespie? – tras terminar de pronunciar el nombre, la taza de café que bebía le resbaló de las manos, quebrándose por el impacto - ¡Aah! ¡Pero qué torpe soy! Doctor, l-lo siento, su alfombra…-

- Deja eso. Luego llamo a la tintorería – dijo. La reacción de Lisa le hiso saber que su respuesta era más importante que una alfombra mojada – Háblame sobre Alessa –

- S-sí – se sentó en la silla cercana a su escritorio – Yo…recuerdo que cuando era pequeña acompañaba a mi madre a su trabajo de enfermera en el Hospital Alchemilla y…un día, llegó a emergencias una niña completamente quemada. Mi madre me dijo que no la mirara pero…no hice caso y la vi. ¡Fue…fue horrible! – se abrazó a sí misma – La niña murió días después… ¿Por qué eso pregunta, doctor? –

- Un paciente lo mencionó y quise confirmarlo

- Ya veo… La verdad es que había olvidado eso, quizás mi mente lo bloqueó

- Debe ser eso – le dio la razón mientras se levantaba del escritorio – Ya es tarde. Es hora de ir a casa


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