Revisado y Editado:
4/05/2018
LIBRO ABIERTO
El día siguiente fue mejor... y peor.
Fue mejor porque no llovió, aunque persistió la nubosidad densa y oscura; y más fácil, porque sabía qué podía esperar del día. McKayla se acercó para sentarse a mi lado durante la clase de Lengua y me acompañó hasta la clase siguiente mientras Erica, la que parecía miembro de un club de ajedrez, la fulminaba con la mirada. Me sentí halagado. Nadie me observaba tanto como el día anterior. Durante el almuerzo me senté con un gran grupo que incluía a McKayla, Erica, Jeremy, Allen y otros cuantos cuyos nombres y caras ya recordaba. Empecé a sentirme como si flotara en el agua en vez de ahogarme.
Fue peor porque estaba agotado. El ulular del viento alrededor de la casa no me había dejado dormir. También fue peor porque la Sra. Varner me llamó en la clase de Trigonometría, aun cuando no había levantado la mano, y di una respuesta equivocada. Rayó en lo espantoso porque tuve que jugar al voleibol y la única vez que no me aparté de la trayectoria de la pelota y la golpeé, ésta impactó en la cabeza de un compañero de equipo. Y fue peor porque Edythe Cullen no apareció por la escuela.
Toda la mañana pasé intentando no pensar en que llegara la hora del almuerzo —y con ella las coléricas miradas de Cullen. Por un lado, deseaba plantarle cara y exigirle una explicación. Mientras permanecía insomne en la cama llegué a imaginar incluso lo que le diría, pero me conocía demasiado bien para creer que de verdad tendría el coraje de hacerlo. Quizás si no fuera tan hermosa…
Sin embargo, cuando entré en la cafetería junto a Jeremy —intenté contenerme y no recorrer la sala con la mirada para buscarla, aunque fracasé estrepitosamente— vi a sus cuatro hermanos, por llamarlos de alguna manera, sentados en la misma mesa, pero ella no los acompañaba.
McKayla nos interceptó en el camino y nos desvió hacia su mesa. Jeremy parecía eufórico por la atención, y sus amigas pronto se reunieron con nosotros. Pero estaba incomodísimo mientras escuchaba su despreocupada conversación, a la espera de que Edythe acudiese. Deseaba que se limitara a ignorarme cuando llegara, y demostrar de ese modo que mis suposiciones eran infundadas.
Pero no llegó, y me fui poniendo más y más tenso conforme pasaba el tiempo.
Cuando al final del almuerzo no se presentó, me dirigí hacia la clase de Biología con más confianza. McKayla, que empezaba a asumir todas las características, no sé, territoriales conmigo, me siguió fielmente de camino a clase. Dudé en la puerta, pero Edythe Cullen tampoco estaba en el aula. Respiré profundamente y me dirigí a mi asiento. McKayla me siguió sin dejar de hablarme de un próximo viaje a la playa y se quedó junto a mi mesa hasta que sonó el timbre. Entonces me sonrió apesadumbrado y se fue a sentar al lado de un chico con un aparato ortopédico en los dientes y un peinado parecido al de Drake Bell.
No quería ser arrogante, pero estaba muy seguro de que le gustaba, cosa que era una extraña sensación. Las chicas no me notaban en Pheonix. Me pregunté si quería que ella estuviese enamorada de mí. Ella era algo linda y todo, pero su atención me hizo sentír un poco incómodo. ¿Por qué pasaba eso? ¿Por qué ella me escogió a mí y no al revés? Esa era una razón estúpida. Mi ego se disparó como loco, como si tuviera que ser mi primera opción. Aun así, no era tan estúpido como para escoger la otra posibilidad en la que pensé, así que de verdad esperé que no fuera por el tiempo que pasé viendo embobado a Edythe Cullen ayer, pero temía que era eso. Eso era la cosa más estúpida, en realidad. Si basaba mi reacción a la cara de una chica con los atributos de Edythe, estaba perdido. Estaría fantaseando, no andando en la realidad.
El tener la mesa para mí solo y la ausencia de Edythe supuso un gran alivio. Me lo repetí hasta la saciedad, pero no lograba quitarme de la cabeza la sospecha de que yo era el motivo de su ausencia. Resultaba ridículo y egoísta creer que yo fuera capaz de afectar tanto a alguien. Era imposible. Y aun así la posibilidad de que fuera cierto no dejaba de inquietarme.
Cuando al fin concluyeron las clases y hubo desaparecido mi sonrojo por el incidente del partido de voleibol, me enfundé los jeans y un suéter azul marino y me apresuré a salir del vestuario, feliz de esquivar por el momento a McKayla. Me dirigí a toda prisa al aparcamiento, ahora atestado de estudiantes que salían a la carrera. Me subí al coche y busqué en mi mochila para cerciorarme de que tenía todo lo necesario.
La noche pasada había descubierto que Charlie era incapaz de cocinar otra cosa que huevos fritos y tocino, por lo que le pedí que me dejara encargarme de las comidas mientras durara mi estancia. Él se mostró dispuesto a cederme las llaves de la sala de banquetes. También me percaté de que no había comida en casa, por lo que preparé la lista de la compra, tomé el dinero de un jarrón del aparador que llevaba la etiqueta «dinero para la comida» y ahora iba de camino hacia el supermercado Thriftway.
Puse en marcha aquel motor ensordecedor, hice caso omiso a los rostros que se volvieron en mi dirección y di marcha atrás con mucho cuidado al ponerme en la cola de coches que aguardaban para salir del aparcamiento. Mientras esperaba, intenté fingir que era otro coche el que producía tan ensordecedor estruendo. Vi que los dos Cullen y los gemelos Hale se subían a su coche. El flamante Volvo, por supuesto. Me habían fascinado tanto sus rostros que no había reparado antes en el atuendo; pero ahora que me fijaba, era obvio que todos iban magníficamente vestidos con ropa que probablemente fuera más cara que mi guardarropa completo. Eran tan atractivos que podrían llevar harapos e iniciar una moda. El tener belleza y dinero era pasarse de la raya, pero hasta donde alcanzaba a comprender, la vida, por lo general, solía ser así. No parecía que la posesión de ambas cosas les hubiera dado cierta aceptación en el pueblo.
No, no creía que fuera de ese modo. En absoluto. Ese aislamiento debía de ser voluntario, no lograba imaginar ninguna puerta cerrada ante tanta belleza.
Contemplaron mi ruidosa camioneta cuando les pasé, como el resto. Sólo que no eran como los demás.
Observé al tipo rubio enorme, Royal, creo. Royal, Realeza… Bueno, Royal tenía su mano posada de forma casual en la cadera de la chica alta con el cabello rizado, y parecía que no le era extraño el salón de pesas como a él. Tenía que ser unos cinco centímetros más alto que yo, pero solo le llevaba dos centímetros a ella. Aunque estaba obviamente seguro de sí mismo, me sorprendí de que estuviera cómodo haciendo eso. No era que ella no estuviera guapa, ella era super, mega sexy… pero no era... accesible. O sea, ni siquiera Dwayne Johnson se atrevería a silbarle, si saben a lo que me refiero. La rubia me atrapó viéndolos, y de la forma en que sus ojos se estrecharon me hizo ver hacia enfrente y darle al acelerador. La camioneta no se movió más rápido, el motor sólo gruñó más fuerte.
El Thriftway no estaba muy lejos de la escuela, unas pocas calles más al sur, junto a la carretera. Me sentí muy a gusto dentro del supermercado, me pareció normal. En Phoenix era yo quien hacía la compra, por lo que asumí con gusto el hábito de ocuparme de las tareas familiares. El mercado era lo bastante grande como para que no oyera el tamborileo de la lluvia sobre el tejado y me recordara dónde me encontraba.
Al llegar a casa, saqué las compras y las metí en un lugar que tuvieran sentido. El sistema de Charlie no tenía orden. Esperé que a Charlie no le importara, que no estuviese obsesionado con el orden en su cocina de la forma en la que yo lo estaba. Una vez estuve satisfecho con la organización, inicie los preparativos para la cena.
Creo tener una especie de sexto sentido con respecto a mi madre. Me di cuenta mientras metía el filete marinado en el refrigerador que no le había escrito cuando llegué ayer. Probablemente estuviera enloquecida.
Subí corriendo las escaleras dos a la vez y encendí el viejo ordenador instalado en mi cuarto. Tomó un minuto en que encendiera y después tuve que esperar que conectara a internet. Una vez estuve en línea, revisé mis mensajes. Tenía tres. Mi madre me había escrito cuando todavía venía en camino.
Beau:
Escríbeme en cuanto llegues y cuéntame cómo te ha ido el vuelo. ¿Llueve? Ya te echo de menos. Casi he terminado de hacer las maletas para ir a Florida, pero no encuentro mi blusa rosa. ¿Sabes dónde la puse? Phil te manda saludos.
Mamá
Suspiré y leí el siguiente mensaje. Lo había enviado seis horas después del primero. Decía:
Beau,
¿Por qué no me has contestado? ¿A qué esperas?
Mamá.
El último era de esa mañana.
Beaufort Swan:
Si no me has contestado a las 17:30, voy a llamar a Charlie.
Miré el reloj. Aún quedaba una hora, pero mi madre solía adelantarse a los acontecimientos.
Mamá:
Tranquila. Ahora te escribo. No cometas ninguna imprudencia.
Beau
Envié el mail empecé a escribir otra vez, mintiendo desde el inicio.
Mamá:
Todo va fenomenal. Llueve, por supuesto. He esperado a escribirte cuando tuviera algo que contarte. La escuela no es mala, sólo un poco repetitiva. He conocido a unos cuantos compañeros muy amables que se sientan conmigo durante el almuerzo.
Tu blusa está en la tintorería. Se supone que la ibas a recoger el viernes.
Charlie me ha comprado una camioneta. ¿Te lo puedes creer? Es genial. Es un poco antiguo, pero muy sólido, y eso me conviene, ya me conoces.
Yo también te echo de menos. Pronto volveré a escribir, pero no voy a estar revisando el correo electrónico cada cinco minutos. Respira hondo y relájate. Te quiero.
Beau
Escuché que la puerta se abrió y corrí hacia abajo para sacar las papas y freír el filete.
— ¿Beau? —gritó mi padre al oírme en la escalera.
¿Quién más sería?, me pregunté.
—Hola, papá, bienvenido a casa.
—Gracias.
Colgó el cinturón con la pistola y se quitó las botas mientras yo trajinaba en la cocina. Que yo supiera, jamás había disparado en acto de servicio. Pero siempre la mantenía preparada. De niño, cuando yo venía, le quitaba las balas al llegar a casa. Imagino que ahora me consideraba lo bastante maduro como para no matarme por accidente, y no lo bastante deprimido como para dispararme a propósito.
— ¿Qué vamos a comer? —preguntó con recelo.
Mi madre solía practicar la cocina creativa, y sus experimentos culinarios no siempre resultaban comestibles. Me sorprendió, y entristeció, que todavía se acordara.
—Filete con patatas —contesté para tranquilizarlo.
Parecía encontrarse fuera de lugar en la cocina, de pie y sin hacer nada, por lo que se marchó con pasos torpes al cuarto de estar para ver la tele mientras yo cocinaba. Creo que ambos estábamos más cómodos así. Preparé una ensalada al mismo tiempo que se hacía el filete y puse la mesa.
Lo llamé cuando estuvo lista la cena y olfateó en señal de apreciación al entrar en la cocina.
—Huele bien, Beau.
—Gracias.
Comimos en silencio durante varios minutos, lo cual no resultaba nada incómodo. A ninguno de los dos nos disgustaba el silencio. En cierto modo, teníamos caracteres compatibles para vivir juntos.
—Y bien, ¿qué tal el instituto? ¿Has hecho algún amigo? —me preguntó mientras se echaba más.
—Tengo unas cuantas clases con un chico que se llama Jeremy y me siento con sus amigos durante el almuerzo. Y hay una chica, McKayla, que es muy amable. Todos parecen buena gente.
Con una notable excepción.
—Debe de ser McKayla Newton. Un buena chica y una buena familia. Su padre es el dueño de una tienda de artículos deportivos a las afueras del pueblo. Se gana bien la vida gracias a los excursionistas que pasan por aquí.
— ¿Conoces a la familia Cullen? —pregunté vacilante.
— ¿La familia de la doctora Cullen? Claro. La doctora Cullen es una gran mujer.
—Los hijos... son un poco diferentes. No parece que en el instituto caigan demasiado bien.
El aspecto enojado de Charlie me sorprendió.
— ¡Cómo es la gente de este pueblo! —murmuró—. La doctora Cullen es una eminente cirujana que podría trabajar en cualquier hospital del mundo y ganaría diez veces más que aquí —continuó en voz más alta—. Tenemos suerte de que vivan acá, de que su esposo quiera quedarse en un pueblecito. Es muy valiosa para la comunidad, y esos chicos se comportan bien y son muy educados. Albergué ciertas dudas cuando llegaron con tantos hijos adoptivos. Pensé que habría problemas, pero son muy maduros y no me han dado el más mínimo problema. Y no puedo decir lo mismo de los hijos de algunas familias que han vivido en este pueblo desde hace generaciones. Se mantienen unidos, como debe hacer una familia, se van de camping uno que otro fin de semana... La gente tiene que hablar sólo porque son recién llegados.
Era el discurso más largo que había oído pronunciar a Charlie. Debía de molestarle mucho lo que decía la gente.
Di marcha atrás.
—Me parecen bastante agradables, aunque he notado que son muy reservados. Y todos son muy guapos —añadí para hacerles un cumplido.
—Tendrías que ver a la doctora —dijo Charlie, y se rió—. Por fortuna, está felizmente casada. A muchos del hospital les cuesta concentrarse en su tarea cuando anda cerca.
Nos quedamos callados y terminamos de cenar. Recogió la mesa mientras me ponía a fregar los platos. Regresó al cuarto de estar para ver la tele. Cuando terminé de fregar —no había lavavajillas—, subí con desgana a hacer los deberes de Matemáticas. Sentí que lo hacía por hábito. Esa noche fue silenciosa, por fin. Agotado, me dormí enseguida.
El resto de la semana transcurrió sin incidentes. Me acostumbré a la rutina de las clases. Aunque no recordaba todos los nombres, el viernes era capaz de reconocer los rostros de la práctica totalidad de los estudiantes del instituto. En clase de gimnasia los miembros de mi equipo aprendieron a no pasarme el balón y a interponerse delante de mí si el equipo contrario intentaba aprovecharse de mis carencias. Los dejé con sumo gusto.
Edythe Cullen no volvió a la escuela.
Todos los días vigilaba la puerta con ansiedad hasta que los Cullen entraban en la cafetería sin ella. Entonces podía relajarme y participar en la conversación que, por lo general, versaba sobre una excursión a La Push Ocean Park para dentro de dos semanas, un viaje que organizaba McKayla. Me invitaron y accedí a ir, más por ser cortés que por placer. Las playas deben ser calientes y excluyendo el océano, secas.
Cuando llegó el viernes, yo ya entraba con total tranquilidad en clase de Biología sin preocuparme de si Edythe estaría allí. Hasta donde sabía, había abandonado la escuela. Intentaba no pensar en ello, pero no conseguía reprimir del todo la preocupación de que fuera la culpable de su ausencia, por muy ridículo que pudiera parecer.
Mi primer fin de semana en Forks pasó sin acontecimientos dignos de mención. Charlie lo pasaba en el trabajo. Limpié la casa,- obviamente mi orden obsesivo compulsivo no era problema para Charlie- , avancé en mis tareas y escribí a mi madre varios correos electrónicos de fingida alegría. El sábado fui a la biblioteca, pero tenía pocos libros, por lo que no me molesté en hacerme la tarjeta de socio. Pronto tendría que visitar Olympia o Seattle y buscar una buena librería. Me puse a calcular con despreocupación cuánta gasolina consumiría la camioneta y el resultado me produjo escalofríos.
Durante todo el fin de semana cayó una lluvia fina, silenciosa, por lo que pude dormir bien.
Mucha gente me saludó en el aparcamiento el lunes por la mañana, no recordaba los nombres de todos, pero agité la mano y sonreí a todo el mundo. En clase de Literatura, fiel a su costumbre, McKayla se sentó a mi lado. El profesor nos puso un examen sorpresa sobre Cumbres borrascosas. Era fácil, sin complicaciones.
En general, a aquellas alturas me sentía mucho más cómodo de lo que había creído. Más satisfecho de lo que hubiera esperado jamás.
Al salir de la clase, el aire estaba lleno de remolinos blancos. Oí a los compañeros dar gritos de júbilo. El viento me cortó la nariz y las mejillas.
— ¡Vaya! —Exclamó McKayla—. Está nevando.
Estudié las pelusas de algodón que se amontaban al lado de la acera y, arremolinándose erráticamente, pasaban junto a mi cara.
— ¡Uf!
Nieve. Hasta aquí llegó mi buen día. McKayla se sorprendió.
— ¿No te gusta la nieve?
—No. Significa que hace demasiado frío incluso para que llueva —obviamente—. Además, pensaba que caía en forma de copos, ya sabes, que cada uno era único y todo eso. Éstos se parecen a las puntas de los hisopos.
— ¿Es que nunca has visto nevar? —me preguntó con incredulidad.
— ¡Sí, por supuesto! —Hice una pausa y añadí—: En la tele.
McKayla se rió. Entonces una gran bola húmeda y blanda impactó en su nuca. Nos volvimos para ver de dónde provenía. Sospeché de Erica, que andaba en dirección contraria, en la dirección equivocada para ir a la siguiente clase. Era evidente que McKayla pensó lo mismo, ya que se acuclilló y empezó a amontonar aquella papilla blancuzca.
—Te veo en el almuerzo, ¿okay? —continué andando sin dejar de hablar. Lo último que quería era un poco de hielo sucio derritiéndose en mi nuca el resto del día.
McKayla asintió con la cabeza sin apartar los ojos de la figura de Erica.
Jeremy y yo nos dirigimos a la cafetería con mucho cuidado después de la clase de español. Las bolas de nieve volaban por doquier. Por si acaso, llevaba la carpeta en las manos, lista para emplearla como escudo si era menester. Jeremy se rió de mí, pero había algo en la expresión de mi rostro que le desaconsejó lanzarme una bola de nieve.
McKayla nos alcanzó cuando entramos en la sala; se reía mientras la nieve que tenía en las puntas del cabello se fundía. Ella y Jeremy conversaban animadamente sobre la pelea de bolas de nieve; hicimos cola para comprar la comida. Por puro hábito, eché una ojeada hacia la mesa del rincón. Entonces, me quedé petrificado. La ocupaban cinco personas.
Jeremy me tomó por el brazo.
— ¡Oye! ¿Beau? ¿Qué quieres?
Bajé la vista, me ardían las orejas. Me recordé a mí mismo que no había motivo alguno para sentirme cohibido. No había hecho nada malo.
— ¿Qué le pasa a Beau? —le preguntó McKayla a Jeremy.
—Nada —contesté—. Hoy sólo quiero un refresco.
Me puse al final de la cola.
— ¿Es que no tienes hambre? —preguntó Jeremy.
—La verdad es que estoy un poco mareado —dije.
Él se apartó un poco de mí.
Aguardé a que tomaran la comida y los seguí a una mesa sin apartar los ojos de mis pies.
Bebí el refresco a pequeños sorbos. Tenía un nudo en el estómago. McKayla me preguntó dos veces, con una preocupación innecesaria, cómo me encontraba. Le respondí que no era nada, pero especulé con la posibilidad de fingir un poco y escaparme a la enfermería durante la próxima clase.
Ridículo. No tenía por qué huir. ¿Por qué estaba siendo tan cobarde? ¿Acaso era tan malo que me miraran mal? No era como si me fuera a acuchillar o algo así.
Decidí permitirme una única miradita a la mesa de la familia Cullen. Sólo para ver su humor.
Mantuve el rostro inclinado hacia el suelo y miré de reojo a través de las pestañas. Alcé levemente la cabeza.
Se reían. Edythe, Jessamine y Eleanor tenían el pelo totalmente empapado por la nieve. Archie y Royal retrocedieron cuando Eleanor se sacudió el pelo chorreante para salpicarlos, dejando un amplio arco de gotas de agua en sus chaquetas. Disfrutaban del día nevado como los demás, aunque ellos parecían salidos de la escena de una película, y los demás no.
Pero, aparte de la alegría y los juegos, algo era diferente, y no lograba identificar qué. Estudié a Edythe con cuidado, comparándola con mi recuerdo de la semana pasada. Decidí que su tez estaba menos pálida, tal vez un poco colorada por la pelea con bolas de nieve, y que las ojeras eran menos acusadas. Su cabello se miraba más oscuro, húmedo y pegado a su cráneo. Pero había algo más. La examinaba, intentando encontrar ese cambio, fingiendo que no la miraba.
—Beau, ¿a quién miras? —interrumpió Jeremy.
En ese preciso momento, los ojos de Edythe centellearon al encontrarse con los míos.
Ladeé la cabeza completamente hacia Jeremy, también moviendo mis hombros en su dirección. Él se alejó, sorprendido por mi repentina invasión de su espacio personal. Estuve seguro de que, cuando nuestras miradas se cruzaron, sus ojos no parecían tan duros ni hostiles como la última vez que le vi. Simplemente tenían un punto de curiosidad y cierta insatisfacción.
—Edythe Cullen te está mirando —me murmuró Jeremy al oído, y se rió.
—No parece enojada, ¿verdad? —tuve que preguntar.
—No —dijo, confuso por la pregunta, pero después sonrió repentinamente—. ¿Qué hiciste, la invitaste a salir?
—¡No! Jamás he hablado son ella. Solo… creo que no soy de su agrado —le confesé. Mantuve mi cuerpo inclinado hacia Jeremy, pero la parte trasera de mi cuello tenía los vellos erizados, como si pudiera sentir sus ojos sobre mí.
—A los Cullen no les gusta nadie... Bueno, tampoco se fijan en nadie lo bastante para les guste, pero te sigue mirando.
—No la mires —insistí.
Jeremy se rió con disimulo, pero desvió la vista.
McKayla nos interrumpió en ese momento; estaba planificando una épica batalla de nieve en el aparcamiento y nos preguntó si deseábamos participar. Jeremy asintió con entusiasmo. La forma en que miraba a McKayla dejaba pocas dudas, asentiría a cualquier cosa que sugiriera. Me callé. Me pregunté cuanto tiempo debería vivir en Forks para que estuviese lo suficientemente aburrido para encontrar el agua congelada divertida. Probablemente mucho más de lo que planeaba estar acá.
Me cuidé de no apartar la vista de mi propia mesa durante lo que restaba de la hora del almuerzo. Asistiría a clase de Biología, ya que Edythe no parecía enfadada. Tanto me aterraba volver a sentarme a su lado que tuve unos leves retortijones de estómago.
No me apetecía nada que McKayla me acompañara a clase como de costumbre, ya que parecía ser el blanco predilecto de los francotiradores de bolas de nieve, pero, al llegar a la puerta, todos, salvo yo, gimieron al unísono. Estaba lloviendo, y el aguacero arrastraba cualquier rastro de nieve, dejando jirones de hielo en los bordes de las aceras. Me cubrí la cabeza con la capucha y escondí mi júbilo. Podría ir directamente a casa después de la clase de gimnasia.
McKayla no cesó de quejarse mientras íbamos hacia el edificio cuatro.
Ya en clase, comprobé aliviada que mi mesa seguía vacía. La profesora Banner estaba repartiendo un microscopio y una cajita de diapositivas por mesa. Aún quedaban unos minutos antes de que empezara la clase y el aula era un hervidero de conversaciones. Dibujé unos garabatos de forma distraída en la tapa de mi cuaderno y mantuve los ojos lejos de la puerta.
Oí con claridad cómo se movía la silla contigua, pero continué mirando mi dibujo.
—Hola —dijo una voz tranquila y musical.
Levanté la vista, sorprendido de que me hablara. Se sentaba lo más lejos de mi lado que le permitía la mesa, pero con la silla vuelta hacia mí. Llevaba el pelo húmedo y despeinado, pero, aun así, parecía que acababa de rodar un comercial. Su deslumbrante rostro era amable y franco. Una leve sonrisa curvaba sus llenos labios rosados, pero los ojos aún mostraban cautela.
—Me llamo Edythe Cullen —continuó—. No tuve la oportunidad de presentarme la semana pasada. Tú debes de ser Beau Swan.
Estaba confuso y la cabeza me daba vueltas. ¿Me lo había imaginado todo? Ahora se comportaba con gran amabilidad. Tenía que hablar, esperaba mi respuesta, pero no se me ocurría nada convencional que contestar.
— ¿Cómo sabes mi nombre? —tartamudeé.
Se rió de forma suave.
—Oh, creo que todo el mundo sabe tu nombre. El pueblo entero te esperaba.
Hice una mueca. Sabía que debía de ser algo así, pero insistí como un imbécil.
—No, no, me refería a que me llamaste Beau.
Pareció confundida.
— ¿Prefieres Beaufort?
—No, me gusta Beau —dije—, pero creo que Charlie, quiero decir, mi padre, debe de llamarme Beaufort a mis espaldas, porque todos me llaman así —intenté explicar, y me sentí como un completo imbécil.
—Oh.
No añadió nada. Incómodo, desvié la mirada.
Gracias a Dios, La señora Banner empezó la clase en ese momento. Intenté prestar atención cuando explicó que íbamos a realizar una práctica. Las diapositivas estaban desordenadas. Teníamos que trabajar en parejas para identificar las fases de la mitosis de las células de la punta de la raíz de una cebolla en cada diapositiva y clasificarlas correctamente. No podíamos consultar los libros. En veinte minutos, la profesora iba a visitar cada mesa para verificar quiénes habían aprobado.
—Empiezen —ordenó.
— ¿Las damas primero, compañero? —preguntó Edythe.
Alcé la vista y le vi esbozar una sonrisa burlona tan arrebatadora que sólo pude contemplarle como un idiota.
Alzó las cejas,
—Uh, claro. Adelante. — tartamudeé.
Vi sus ojos centellear a mi sonrojo. ¿Por qué no podía mi sangre quedarse donde debía estar?
Miro rápidamente hacia el microscopio, arrastrándolo hacia su lado de la mesa.
Estudió la primer diapositiva por un cuarto de segundo, quizá menos.
—Profase.
Cambio la diapositiva por la siguiente, se detuvo y me miró
— ¿Quieres revisar? —me desafió.
—Uh, no, estoy bien. —le dije.
Escribió la palabra profase limpiamente en la parte superior de nuestra hoja de trabajo. Incluso su letra era perfecta, como si hubiese tomado clases de rúbrica o algo así. ¿Todavía hacen eso?
Apenas vió a través del microscopio con la segunda, y escribió Anafase en la próxima línea, haciendo círculos en la A como si fuera caligrafía, como si estuviese escribiendo una invitación para boda. Yo tuve que hacer las invitaciones para la boda de mamá. Imprimí las tarjetas con una fuente elegante que no se miraba tan perfecta como la letra de ella.
Puso la próxima diapositiva en su lugar, mientras tomé ventaja en su distracción para verla fijamente. Tan de cerca, pensaría que podría ver algo, algún rastro de una espinilla, una pestaña caída, un poro… algo mal en ella. Pero no encontré nada.
Repentinamente su cabeza se levantó, viendo hacia el frente, justo antes de que la profesora Banner le dijera:
—Señorita Cullen.
—¿Si, profesora? — dijo Edythe, deslizado el microscopio hacia mi mientras hablaba.
—Quizás debería dejar que el Sr. Swan tenga una oportunidad de aprender.
—Por supuesto, profesora.
Edythe se dio vuelta y me dio una mirada de "bueno pues, inténtalo".
Me incliné para ver a través del lente. Pude sentir que me miraba, muy poco, considerando la forma en la que la observé yo, pero aun así me hizo sentir incómodo, el hecho de inclinar mi cabeza era un movimiento torpe.
Por lo menos, la diapositiva era fácil.
—Metafase. —le dije.
—¿Te importa si reviso? — preguntó mientras empecé a quitar la diapositiva.
Su mano atrapó la mía para detenerme, mientras hablaba. Sus dedos estaban frios como un témpano, como si los hubiese metido en nieve antes de clase. No fue eso por lo que aparté la mano rápidamente. Cuando me tocó sentí algo parecido a una pequeña descarga eléctrica.
—Lo siento, murmuró, retirando su mano, aunque todavía alcanzó el microscopio.
La observé, un poco fuera de mí, mientras examinaba la diapositiva por otra fracción de segundo.
—Metafase, — me concedió, y entonces deslizó de nuevo el microscopio hacia mí.
Intenté intercambiar de diapositivas, pero eran muy pequeñas o mis dedos muy grandes que terminé dejando caer ambas. Una cayó en la mesa y la otra en el borde, pero Edythe la atrapó antes de que pudiese caer al suelo.
—Ugh, —exhalé, mortificado. —Lo siento.
—Bueno, la última no es un misterio, de todos modos —dijo.
Su tono estaba justo al borde de la risa. Fui la razón de su chiste de nuevo.
Edythe escribió las palabras Metafase y Telofase en las últimas dos líneas de la hoja de trabajo.
Acabamos antes que todos los demás. Vi cómo McKayla y su compañero comparaban dos diapositivas una y otra vez y cómo otra pareja abría un libro debajo de la mesa.
Pero eso me dejaba sin otra cosa que hacer, excepto intentar no mirar a Edythe... sin éxito. Lo hice de reojo. De nuevo me estaba observando con ese punto de frustración en la mirada. De repente identifiqué cuál era la sutil diferencia de su rostro.
— ¿Usas lentes de contacto? —le solté sin pensarlo.
Mi inesperada pregunta la dejó perpleja.
—No.
Se encogió de hombros y desvió la mirada.
De hecho, estaba seguro de que habían cambiado. Recordaba vividamente el intenso color negro de sus ojos la última vez que me miró colérica. Un negro que destacaba sobre la tez pálida y el pelo cobrizo. Hoy tenían un color totalmente distinto, eran de ocre extraño, más oscuro que un caramelo, pero con un matiz dorado. No entendía cómo podían haber cambiado tanto a no ser que, por algún motivo, me mintiera respecto a los contactos. O tal vez Forks me estaba volviendo loco en el sentido literal de la palabra.
Observé que volvía a apretar los puños al bajar la vista. En aquel momento la profesora Banner llegó a nuestra mesa para ver por qué no estábamos trabajando y echó un vistazo a nuestra hoja, ya rellena. Entonces miró con más detenimiento las respuestas.
—En fin, Edythe…—empezó la profesora Banner
—Beau identificó tres de las cinco diapositivas —, dijo Edythe antes de que la profesora pudise terminar.
La señora Banner me miró ahora con una expresión escéptica.
— ¿Has hecho antes esta práctica de laboratorio? —preguntó.
Me encogí de hombros.
—Con la raíz de una cebolla, no.
— ¿Con una blástula de pescado blanco?
—Sí.
La señora Banner asintió con la cabeza.
— ¿Estabas en un curso avanzado en Phoenix?
—Sí.
—Bueno —dijo después de una pausa—. Supongo que es bueno que ambos sean compañeros de laboratorio.
Murmuró algo más mientras se alejaba. Una vez que se fue, comencé a garabatear de nuevo en mi cuaderno.
—Es una lástima, lo de la nieve, ¿no? —preguntó Edythe.
Me pareció que se esforzaba por conversar un poco conmigo. Era como si hubiera escuchado mi conversación con Jeremy durante el almuerzo e intentara demostrar que me equivocaba.
Cosa que era imposible. Me estaba volviendo paranoico.
—En realidad, no —le contesté con sinceridad en lugar de fingir que era tan normal como el resto. Seguía intentando desembarazarme de aquella estúpida sensación de sospecha, y no lograba concentrarme.
—A ti no te gusta el frío.
No era una pregunta.
—Tampoco la humedad —le respondí.
—Para ti debe de ser difícil vivir en Forks —concluyó.
—Ni te lo imaginas —murmuré con desaliento.
Por algún motivo que no pude alcanzar, parecía fascinada con lo que acababa de decir. Su rostro me turbaba de tal modo que intenté no mirarle más de lo que exigía la buena educación.
—En tal caso, ¿por qué viniste aquí?
Nadie me había preguntado eso, no de forma tan directa e imperiosa como ella.
—Es... complicado.
—Creo que voy a poder seguirte —me instó.
Hice una larga pausa y entonces cometí el error de mirar esos relucientes ojos dorados que me confundían y le respondí sin pensar.
—Mi madre se casó.
—No me parece tan complicado —discrepó, pero de repente se mostraba simpática—. ¿Cuándo ha sucedido eso?
—El pasado mes de septiembre —mi voz transmitía tristeza, hasta yo me daba cuenta.
—Pero él no te gusta —conjeturó Edythe, todavía con tono atento.
—No, Phil es un buen tipo. Demasiado joven, quizá, pero amable.
— ¿Por qué no te quedaste con ellos?
No entendía su interés, pero me seguía mirando con ojos penetrantes, como si la insulsa historia de mi vida fuera de capital importancia.
—Phil viaja mucho. Es jugador de béisbol profesional —casi sonreí.
— ¿Debería sonarme su nombre? —preguntó, y me devolvió la sonrisa.
—Probablemente no. No juega bien. Sólo compite en la liga menor. Pasa mucho tiempo fuera.
—Y tu madre te envió aquí para poder viajar con él —fue de nuevo una afirmación, no una pregunta. Alcé ligeramente la barbilla.
—No, no me envió aquí. Fue cosa mía.
Frunció el ceño.
—No lo entiendo —confesó, y pareció frustrada.
Suspiré. ¿Por qué le explicaba todo aquello? Continuaba contemplándome con una manifiesta curiosidad.
—Al principio, mamá se quedaba conmigo, pero le echaba mucho de menos. La separación la hacía desdichada, por lo que decidí que había llegado el momento de venir a vivir con Charlie —concluí con voz apagada.
—Pero ahora tú eres infeliz —señaló.
— ¿Y? —repliqué con voz desafiante.
—No parece demasiado justo.
Se encogió de hombros, aunque su mirada todavía era intensa. Me reí sin alegría.
— ¿Es que no te lo ha dicho nadie? La vida no es justa.
—Creo haberlo oído antes —admitió secamente.
—Bueno, eso es todo —insistí, preguntándome por qué todavía me miraba con tanto interés.
Me evaluó con la mirada.
—Actúas bien—dijo arrastrando las palabras—, pero apostaría a que sufres más de lo que dejas ver.
—Repito… ¿Qué tiene? —me encogí de hombros.
—Es que no te comprendo completamente, eso es todo.
— ¿Por qué lo querrías hacer? —fruncí el ceño al decirlo.
—Muy buena pregunta —musitó en voz tan baja que me pregunté si hablaba consigo mismo; pero, después de unos segundos de silencio, comprendí que era la única respuesta que iba a obtener.
Era incómodo, vernos las caras, pero ella no apartó la mirada. Quería seguir viendo su rostro, pero temía que se preguntara que era lo que pasaba conmigo por verla demasiado, así que finalmente miré hacia el pizarrón. Ella suspiró.
Volví a verla, y todavía me miraba, pero su expresión era distinta. Un poco frustrada, o irritada.
—Lo siento, —dije rápidamente. —Yo… ¿te estoy molestando?
Negó con la cabeza y sonrió a medias, así que un chocoyo sobresalió.
—No exactamente. Estoy más molesta conmigo.
—¿Por qué?
Inclinó su rostro a un lado.
—Leer la gente… es generalmente fácil para mí. Pero no puedo… supongo que no puedo saber nada de ti. ¿Acaso no es eso gracioso?
Sonreí ampliamente.
—Es algo inesperado. Mi madre me dice que soy su libro abierto. Según ella, puedes hacer todo menos leer lo que pienso en mi frente.
Su sonrisa desvaneció mientras miraba con intensidad en mis ojos, no enojada, sino más bien intensa. Como si intentara con fuerza leer mis pensamientos, como había dicho mamá. Y, intercambiando personalidades abruptamente, volvía a sonreir.
—Supongo que me confié demasiado.
Se rió, y el sonido era como música, pero no podía compararla con ningún instrumento. Sus dientes eran perfectos, no me sorprendí de ello, además de ser cegadoramente blancos.
La señora Banner llamó al orden a la clase en ese momento, le miré y escuché con alivio. No me podía creer que acabara de contarle mi deprimente vida a aquella chica guapa y estrafalaria que tal vez me despreciara. Durante nuestra conversación había parecido absorta, pero ahora, al mirarlo de soslayo, le vi inclinarse de nuevo para poner la máxima distancia entre nosotros y agarrar el borde de la mesa, con las manos tensas.
Traté de fingir atención mientras La señora Banner mostraba con transparencias del retroproyector lo que yo había visto sin dificultad en el microscopio, pero era incapaz de controlar mis pensamientos.
Cuando al fin el timbre sonó, Edythe se apresuró a salir del aula con la misma rapidez y elegancia del pasado lunes. Y, como el lunes pasado, le miré fijamente.
McKayla acudió brincando a mi lado.
— ¡Qué rollo! —gimió—. Todas las diapositivas eran exactamente iguales. ¡Qué suerte tener a Edythe como compañera!
—Sí. Parece que sabía de raíces de cebolla.
—Hoy estuvo bastante amable —comentó mientras nos poníamos los impermeables. No parecía demasiado complacida.
Intenté mostrar indiferencia y dije:
—Me pregunto qué bicho le picó el lunes.
No presté ninguna atención a la cháchara de McKayla mientras nos encaminábamos hacia el gimnasio y tampoco estuve atento en clase de Educación física. McKayla formaba parte de mi equipo ese día y muy amablemente cubrió tanto mi posición como la suya, por lo que pude pasar el tiempo pensando en las musarañas salvo cuando me tocaba sacar a mí. Mis compañeros de equipo se agachaban rápidamente cada vez que me tocaba servir.
La lluvia se había convertido en niebla cuando anduve hacia el aparcamiento, pero me sentí mejor al entrar en la seca cabina de la camioneta. Encendí la calefacción sin que, por una vez, me importase el ruido del motor, que tanto me atontaba.
Miré alrededor antes de dar marcha atrás. Fue entonces cuando me percaté de una figura blanca e inmóvil, la de Edythe Cullen, que se apoyaba en la puerta delantera del Volvo a unos tres coches de distancia y me miraba fijamente. Ya no me sonreía, pero tampoco me daba miradas asesinas… por ahora, de todas formas. Aparté la vista y metí la marcha atrás tan deprisa que estuve a punto de chocar contra un Toyota Corola oxidado. Fue una suerte para el Toyota que pisara el freno con fuerza. Era la clase de coche que mi camioneta podía reducir a chatarra. Respiré hondo, aún con la vista al otro lado de mi coche, y volví a meter la marcha con más cuidado y éxito. Seguía con la mirada hacia delante cuando pasé junto al Volvo, pero juraría que la vi reírse cuando le miré de soslayo.
