Según la definición del diccionario, "reto" significa "objetivo o empeño difícil de llevar a cabo, y que constituye por ello un estímulo y un desafío para quien lo afronta"

Estas pequeñas charlas lo son. Al final, y tras vuestras peticiones, me rindo y lo acepto. La verdad es que leer cada uno de vuestros comentarios es un estímulo para continuar. Gracias a todos por ellos, siento no poder contestar a todos, en especial a los que los dejáis como invitados. Es un placer escribir para vosotros. Quitaré la etiqueta de finalizado e iré añadiendo alguna charla más.

Esta "charla" es por la petición de Staraky, y ya sé lo que me has dicho, pero me lo has puesto difícil con esos dos personajes, espero que te guste, y por supuesto, que os guste también al resto.

OBSESION.

Según se adentraban en aquel edificio de apartamentos, a Ryan más se le erizaba el pelo de la nuca. Aquello era repulsivo. Le recordaba a su época en narcóticos. Se puso en alerta y echó mano a su arma. Esperaba no encontrarse con ningún yonqui, ya había tenido sus escarceos en épocas pasadas, cuando tan sólo era un novato que no pensaba en su propia seguridad y en más de una ocasión sus compañeros tuvieron que advertirle del peligro que corría al enfrentarse a ellos, no por qué pudiesen hacerle daño, un yonki mataría por una dosis, si no por las enfermedades contagiosas que podía contraer con su contacto con ellos al tener heridas abiertas.

- Vamos a coger hepatitis con solo respirar este aire tío – le dijo a Espo.

Su compañero no se detuvo. Tenían que encontrar a Benjamín Wade y a lo lejos y proveniente del que se suponía que era su apartamento parecía escucharse unas voces discutiendo.

Minutos más tarde, cuando ambos salieron del edificio con Wade esposado, Ryan respiró tranquilo.

- ¿Qué te pasa tío? – le preguntó Espo después de llevar un buen rato observándole.

- Nada. Cosas mías.

El moreno no preguntó más. Últimamente la cada vez más cercana paternidad de su compañero le tenía confundido. Parecía como si se hubiese contagiado del exceso de hormonas de Jenny y le notaba sobreprotector consigo mismo, como si temiese que pudiese ocurrirle algo malo y no pudiese hacerse cargo de su futuro retoño. Espo se giró mirando el asiento trasero donde Wade miraba tranquilo por la ventanilla.

- Todo ha ido como la seda – dijo Espo a Kate tras llamarla por teléfono – le tenemos.

Ya en comisaría, Ryan, en cuanto pudo, entró al cuarto de baño y se lavó las manos concienzudamente durante más tiempo de lo habitual, tanto, que Castle, que había entrado unos pocos segundos antes que él, no pudo dejar de observarle.

- ¿Todo va bien? – preguntó el escritor mientras se secaba sus propias manos sin dejar de mirar la cantidad de jabón que estaba utilizando el detective.

- Sí. Sí. Todo va bien.

Castle levantó las cejas y salió del baño.

- ¿Le pasa algo a Ryan? – preguntó a Espo – Se va a despellejar si sigue lavándose las manos con ese ímpetu.

- Exceso de hormonas – aseguró el moreno – supongo que se le pasará cuando por fin nazca el bebé.

- Si es que no se ha desintegrado antes – aseguró Castle – el jabón que compra el ayuntamiento es horrible para la piel – dijo enseñándole las manos – me las deja muy secas – aseguró mientras el detective le miraba con cara rara.

Espo miró a Kate que le devolvió una media sonrisa. Castle no iba a cambiar jamás sus extravagancias de millonario.

- Si no tienes ninguna marca de crema hidratante que recomendarle – intervino Kate – vamos a la sala de interrogatorios, tenemos trabajo.

- Pues ahora que lo dices, yo utilizo una que…

- ¡Castle! – cortó Kate.

- Vale… Pero ese jabón es corrosivo.

- ¿Quieres centrarte?

Una hora después, Ryan, teléfono en mano, se volvía loco intentando localizar entre los miles de taxis que recorrían a diario la ciudad de Nueva York, un Prius con un cartel del musical Wiked, basado en las brujas del mago de Oz.

Aprovechó el momento en el que llamó al Teatro Gershwin para preguntar por la empresa que llevaba el marketing y la publicidad, para reservar dos entradas para él y para Jenny, tuvo suerte que la chica que le atendió le hizo un buen descuento al saber que era policía. No estaba muy seguro que a su mujer le pudiese apetecer ir a ver el show, pero de vez en cuando le gustaba darle una sorpresa, para que ella no pusiese en duda que él seguía pensando en ella casi a cada instante del día.

Miró la hora, la búsqueda de ese maldito taxi le iba a llevar demasiado tiempo. Sonrió al pensar como se le pudo haber ocurrido decirle a Espo que Beckett estaba mejor en Washington. Buscar ese taxi le llevaría horas, pero si lograba encontrarlo podrían tener una pista fiable sobre lo que ocurrió con la chica y resolver el caso. Definitivamente Beckett estaba mejor en Nueva York y él lo sabía, aunque a veces, como ese día, le fastidiase no poder ir pronto a casa con su mujer.

Después de intentar hablar en vano con la empresa que llevaba la publicidad, miró la hora y desistió en su empeño. Los horarios de oficinas no entendían de asesinatos y si nadie le contestaba era por que no había nadie trabajando en la agencia. Probaría a primera hora de la mañana. Justo en ese momento escuchó a Castle hablar.

- Ahora si me disculpas – dijo Castle a Kate - me voy a casa para recrearme en el que quizás, haya sido el día más decepcionante de mi carrera resolviendo crímenes.

- Vale. Iré después para intentar animarte – contestó Beckett en voz baja, pero no lo suficiente como para que él no la oyese.

Ryan sonrió. Castle había hecho un buen trabajo con ella, poco a poco había ido rescatando a Kate de lo alto de su torreón, con perseverancia, como un gran escalador que sube lento pero seguro hasta su meta. Y ahora su jefa, no sólo sonreía más, si no que él sabía que por fin había conseguido algo que ella misma se negaba. La veía feliz. Y eso le hacía sentirse feliz también a él.

Por mucho que Beckett llevase las riendas en el trabajo y les trajese fritos a él y a Espo, jamás dejaría de ser la frágil y joven chica a la que él y el hispano cuidarían por encima de todo, tal y como ambos le habían prometido a Montgomery cuando éste les llamó a su despacho la misma mañana en la que había muerto. Ninguno de los dos había entendido a que venía esa petición, al principio pensaron que se trataba únicamente de la preocupación que el capitán tenía esos días por ella. Pero después, cuando Montgomery murió, ambos comprendieron que tendrían que cumplir su promesa para siempre.

Ryan les miró, les envidiaba. Envidiaba esos días antes de que Jenny se quedase embarazada, esos en los que él estaba deseando salir del trabajo para llegar a su casa y dedicarse en cuerpo y alma a "animar" a su mujer.

Un par de horas después, sin que ninguno de los tres policías pudiese avanzar más en sus investigaciones, Kate decidió que era hora de marcharse a casa. Ryan bromeó con sus dos compañeros en el ascensor, cuando estos comenzaron a meterse con su capacidad de empatía con Jenny.

- Ya veremos que ocurrirá con vosotros cuando esperéis un bebé – les dijo.

- Eso está muy lejos tío – confesó Espo – al menos para mí… Aunque ¿Cuándo pensáis vosotros hacer un pequeño Castle? – dijo mirando a Kate.

Kate sonriendo elevó su mirada al techo negando con la cabeza.

- No tienes remedio Javi – le dijo – deberías centrarte más en Lanie y olvidarte de Castle y de mi.

- Mira que eres tío – intervino Ryan regañándole muy serio para después sonreír añadiendo picajoso – ¡Seguro que esta misma noche tienen ensayos previos!

Los dos rieron con ganas mientras Kate se ruborizó ante el comentario.

- Esto es por lo que nos has hecho trabajar hoy – aseguró Ryan sin parar de reír.

- Lo tendré en cuenta Kevin – aseguró Kate – para ponértelo más difícil mañana.

- ¿Más que buscar un taxi en Nueva York con la única pista de un anuncio y el modelo del coche? Creo que es imposible.

- Ya lo creo que es posible – contestó ella mientras los tres salían del ascensor – me lo recordarás cuando pase.

Media hora después de despedirse de sus compañeros, Ryan abría la puerta de su casa.

- ¿Jen?

- Estoy aquí, en la cocina.

- ¡Hola cariño! ¿Cómo ha ido el día?

- Horrible. Me muevo a cámara lenta, estoy hinchada, no paro de ir al baño y tengo hambre cada dos por tres… Estoy deseando que pasen estos meses… ¿Qué tal tu día?

- Buscando una aguja… En el enorme pajar de Nueva York.

- ¿No vas a darme un beso?

- ¿Eh?... Primero debo darme una ducha… Ya sabes… El trabajo.

- Pero… - dijo Jenny quedándose con la palabra en la boca mientras su marido desaparecía a toda prisa hacia el baño.

Abrió el grifo del agua caliente dejando que corriese mientras se desnudaba amontonando la ropa en el suelo. El baño poco a poco fue inundándose de vapor y entró en la ducha cerrando la mampara y dando pequeños alaridos por el contacto con el agua ardiendo. Comenzó a enjabonarse mientras su piel, que había enrojecido rápidamente, se acostumbraba al exceso de calor.

Jenny abrió la puerta del baño y Ryan se percató enseguida, abriendo la mampara y asomándose.

- ¿La ropa es para lavar? – preguntó Jenny agachándose para recogerla.

- ¡No la toques! – dijo gritando – Yo lo haré.

Jenny paró en seco y asintió. Miró los ojos de pánico de su marido y salió del baño todo lo rápido que su crecida barriga le permitió.

Ryan volvió a enjabonarse concienzudamente todo el cuerpo frotándose con la esponja hasta casi hacerse daño, tras un buen rato bajo el ardiente agua, finalmente cerró el grifo y se envolvió en su albornoz. Cogió el cepillo de dientes y comenzó a lavárselos apretando tanto el cepillo que incluso se provocó un poco de sangre en la encía. Después de varios minutos se enjuagó e hizo gárgaras con una buena cantidad de un colutorio que normalmente no aguantaba si no lo rebajaba con agua. Después le tocó el turno a su nariz, utilizó un spray de agua marina para limpiarse a fondo las fosas nasales, y tras un rato, decidió que estaba completamente limpio y sonrió ante el espejo. Utilizó un spray de limpieza en el plato de la ducha y los grifos.

Se puso el pijama que previamente había llevado hasta el baño y recogió la ropa envuelta con el albornoz para no tocarla, abrió la puerta saliendo del baño y fue hasta la lavadora, metió todo dentro, se pasó con la dosis de jabón y la puso en marcha.

- ¿Jen? – llamó cuando volvió a la cocina y su mujer no estaba allí - ¿Jen? – siguió llamando por toda la casa mientras la buscaba.

Cuando entró en la habitación la encontró allí. Estaba tumbada de lado en la cama. Se acercó a ella sentándose a su lado.

- ¿Qué te ocurre? ¿Te sientes mal? – preguntó mientras separaba un mechón de pelo de su cara.

Jenny le miró y él pudo comprobar que estaba llorando.

- ¿Qué ocurre cariño? – preguntó asustado.

- Has estado con otra mujer ¿Verdad? – preguntó casi entre sollozos.

- ¿Cómo? – dijo él asustado.

- Has estado con otra mujer por que yo estoy gorda, tengo la cara hinchada, no paro de quejarme y has dejado de quererme.

- ¡Jenny! ¿Cómo puedes decir eso? – dijo él intentando acercarse para besarla.

- ¡No! No has querido ni besarme cuando has entrado, te has ido directo a la ducha y no has querido que tocase tu ropa. ¿Estabas borrando restos de su perfume verdad?

- Jen…

- ¿Cómo puedes hacernos esto ahora?

- Cariño… Tu eres la única mujer que hay en mi vida – aseguró con suavidad sabiendo que las hormonas de Jenny no la dejaban actuar con normalidad.

Jenny comenzó a sollozar.

- Ven aquí cariño, te lo explicaré todo – dijo tumbándose detrás de ella y abrazándola por la espalda contra él.

Jenny no se movió, realmente su imaginación había volado y se había dejado llevar, estaba realmente asustada.

- Tenemos un nuevo caso, una chica fue asesinada anoche – comenzó a decirle mientras besaba su hombro – Beckett nos envió a Javi y a mí a buscar a un sospechoso. El tipo iba disfrazado de monje y había salido de prisión no hace mucho tiempo. Todos pensamos que era el culpable.

Jenny poco a poco pareció ir calmándose mientras su marido la acariciaba con suavidad.

- Cuando llegamos a ese sitio donde vivía… Jen, aquello era horrible, un edificio oscuro y sucio, lleno de pintadas, el suelo estaba lleno de jeringuillas, papel de aluminio, condones… El aire era tan rancio que te entraba en los pulmones y te abrasaba, daba la sensación que ibas a contagiarte de cualquier enfermedad únicamente con respirarlo…

Ryan hizo un silencio mirando al vacío. Jenny, trabajosamente se dio la vuelta para mirarle.

- Me hizo recordar mis días en narcóticos – aseguró mirando sus ojos - ¿Sabes? yo era un novato sin experiencia que a punto estuve más de una vez de meter la pata y contagiarme de hepatitis, sida o cualquier otra cosa por no poner cuidado al tratar a los arrestados… Esos tipos estaban acabados, sus vidas se consumían, los virus se apoderan de ellos, no son sólo las drogas Jen, ver esas caras grises, llenas de sarcomas, me entró pánico, ese sitio me recordó que ahora tengo que tener cuidado –aseguró.

- ¿Por qué? ¿Por qué ahora y no siempre?

- Por qué ahora te tengo a ti y a este pequeñajo – dijo acariciando su vientre – y no puedo permitir que pueda pasarme algo así, o lo que es peor, que pueda pasaros a vosotros.

Ryan besó a su mujer dulcemente en la nariz.

- Tenía la sensación que mi piel, mi pelo y mi ropa tenían restos de ese aire, seguía oliéndolo hasta hace un rato. No podía besarte así, y no iba a permitir que tocases mi ropa. No puedo permitirme el lujo que por mi culpa os pase algo.

Jenny acercó la cara a la de su marido, besándole dulcemente.

- No hay ninguna mujer en mi vida Jen, sólo tú.

- Perdóname…

- No. Fue culpa mía. Debía habértelo explicado cuando llegué, pero me dio miedo.

- ¿Miedo?

- No podría soportar que mi trabajo nos separase Jen. No quiero que pienses que os estoy poniendo en peligro y me dejes.

- Kev… Me casé contigo sabiendo los riesgos que corres día a día y estoy orgullosa de tu trabajo cariño, y este pequeñajo – dijo llevando la mano de su marido a su barriga – lo estará más aún.

- El mundo da miedo Jen… Está tan lleno de peligros… Tengo tanto miedo por vosotros dos…

- Cariño, gracias a vosotros, a vuestro trabajo, el mundo es más soportable. Cada vez que resolvéis un caso y encerráis a un culpable, yo me siento más segura – le dijo mientras acariciaba su cara.

Juntaron sus frentes quedándose quietos y callados durante unos minutos.

- Kev…

- Dime.

- No quiero que seas sobreprotector con nuestro hijo.

- No podré evitarlo.

- Prométeme que dejarás que sea como el resto de los niños.

- No te entiendo – dijo separándose para mirarla.

Jenny levantó la manga del pijama de su marido y le señaló varias cicatrices.

- ¿Cómo te hiciste esto?

- Ya lo sabes, fue de pequeño, en una de mis múltiples caídas con los patines, me corté con el cristal de la puerta cuando choqué y la atravesé con el brazo.

- ¿Y ésta? – le dijo hundiendo sus dedos en su cabeza, buscando con el tacto una cicatriz en su cuero cabelludo.

- Esa fue en una guerra de piedras con los chicos del barrio – dijo sonriendo nostálgico – Brian tenía buena puntería.

- ¿Te conté como me hice ésta? – preguntó Jenny señalando la cicatriz que surcaba su muñeca.

- Jugabas con tu hermana y vuestras muñecas a servirles comida en la vajilla de porcelana de tu abuela y se rompió uno de los platos, intentaste esconderlo para que tu madre no lo viese y te cortaste al hacerlo.

- Y mi madre me regañó por la herida y no por el plato – terminó Jenny sonriendo.

Jenny volvió a besar a su marido.

- Le pasarán todas esas cosas – dijo acariciándole la mano que él tenía sobre su tripa.

- Pero…

- No podremos evitarlo Kev, tendrá que caer y levantarse, llorar y reír, tendrá que ensuciarse, comer tierra y seguro que romperse algún hueso.

- Pero cariño…

- Kev… Prométemelo…

Su mente viajó hasta su infancia, cuando corría alegre por el parque, tropezando y saltando, subiéndose a los árboles y luchando con palos de madera, riendo y manchándose, haciéndose heridas al aterrizar sobre la tierra, cogiendo constipados por quitarse la camiseta y tumbarse para rodar sobre la hierba. Volvió por un momento a esa infancia despreocupada y feliz. Comprendió que no podría privarle a su hijo de esas experiencias.

- Prometo intentarlo – dijo después de unos segundos.

- No va a pasarnos nada mi vida – le aseguró Jenny – te lo prometo.

Él la abrazó fuertemente contra su cuerpo.

- Moriría si os pasase algo.

- No vuelvas a hacerme lo de hoy – pidió – o seré yo quien me muera de celos…

- No volverá a pasar… Te amo tanto Jen...

/../

GRACIAS por llegar hasta aquí. Una vez más, espero no defraudar a nadie.