Virtudes en azul y bronce
Por Muinesva
IV
Paciencia
Laverne de Montmorency
Es una lluviosa mañana de septiembre y la alegría y expectación inundan el Expreso de Hogwarts. Laverne lo ve por primera vez, caminan frente a frente por el pasillo buscando un lugar donde sentarse, y antes de que él se fije en ella, alguien le saluda y desaparece en el interior de un compartimiento.
Durante años ella no deja de observarlo a escondidas en las horas de la comida en el Gran Comedor o en las clases. Le gusta demasiado, pero es muy tímida hasta para decirle un simple "Hola". ¿Cómo hablarle a alguien que está en otra casa y con quien casi no comparte clases?
Pero en quinto año comete el error de contárselo a su mejor amiga durante una velada nocturna en la que los secretos flotan en el aire de una habitación circular, bajo la promesa de no salir de ahí jamás. Ella, su amiga, a la que quiere como si fuera una hermana, la traiciona.
Cuando Laverne ve a su amiga y al chico del que está enamorada caminar juntos del brazo hacia Hogsmeade aquel día de San Valentín, no pude evitar apretar los puños de la rabia que siente y desea con todas sus fuerzas convertir a ambos en sapos cornudos. Y la sonrisa de satisfacción que tiene ella cuando se da cuenta de que Laverne los mira no hace más que aumentar su deseo de vengarse.
No, no va a lanzarles una maldición ni a armarles una espantosa escena digna de alguien con una autoestima por los suelos. Aunque difícilmente encuentra una forma de vengarse con clase y compostura, porque cuando esa noche ve entrar a su amiga en la habitación lo único que quiere es lanzarse sobre ella. Pero se contiene. Oh, vaya que lo hace. Es sorprendente su autocontrol. Pero todo ello se va cuando su amiga se acerca y le comenta lo enfadada que se ve.
—¿Por qué estás tan molesta? —le pregunta, como si nada hubiera pasado pero con los ojos brillando con malicia.
—¿Y todavía tienes el descaro de preguntarlo?
Sin esperar a una respuesta, Laverne se levanta de su cama y se acerca a la puerta para salir de ahí, pero la voz de su examiga le detiene por un instante.
—Si es por él, déjame decirte que tú tienes la culpa —Laverne aprieta los dientes y cierra la mano sobre el pomo de la puerta con fuerza, como si quisiera convertirlo en polvo—, llevas cinco años tras él y jamás has tenido el valor de hablarle. Y si tú le atrajeras ya se habría acercado, ¿no crees? —termina de hablar con voz venenosa.
—Y de repente te gusta solo porque te conté que a mí me gusta, ¿verdad? —le dice Laverne fríamente mirándola de reojo por un instante antes de irse.
A partir de entonces, Laverne se pasa las noches en vela pensando en lo que debería hacer. No puede dejar que aquella chica que consideró amiga suya le pisotee el ego de esa forma. Y decide acercarse al chico, llena de una infundada y extraña valentía. Y para su sorpresa, descubre que él responde a sus miradas y le sonríe. No tarda mucho en decirle algo más que un simple saludo y Laverne siente que se encuentra en el séptimo cielo.
Pero si pensó que todo iría tan bien, estaba muy equivocada. Su amiga se acerca más a él y se comporta como si todo fuese una competencia. Y eso a Laverne le repugna. Le molesta haber visto a los dos besándose en un aula vacía. Y entristece al darse cuenta que él jamás la ha besado a ella, ni siquiera se le ha acercado tanto.
Entonces la joven Laverne desiste y decide enfocarse en las pociones, que son lo que mejor se le da. Se inscribe a clases extra y se pasa las horas libres en las mazmorras triturando ingredientes, mezclándolos y conociendo propiedades de extrañas sustancias. Los vapores que emanan de los calderos le encantan y puede olvidarse por primera vez de su fracaso en el ámbito amoroso. ¿Qué más da? Se siente más feliz con aquel caldero frente a ella.
Llega a un excelente nivel hasta el punto de inventar nuevas pócimas. Son simples, pero son un buen ejercicio para crear algo que valga la pena. Aprende que se puede crear de todo. Multitud de sentimientos están enfrascados en los estantes, obra de personajes anteriores a ella. Allí están pociones que inducen al sueño, a la euforia, a la muerte y al odio. ¿Se podrá crear el amor? Eso se pregunta Laverne. Claro que como todas aquellas pociones, no sería un sentimiento verdadero. Algo similar, pero sin duda pasajero. Y es entonces cuando aquello se convierte en su proyecto personal.
Muchos errores y desastres, explosiones de calderos y efectos secundarios terribles, situaciones graciosas y llantos histéricos. Laverne pasa por todo aquello en su búsqueda por llegar a su tan ansiada meta. A veces se desespera y quiere echarlo todo por la borda y olvidarse de tan alocado proyecto, pero su paciencia es infinita y su profesor le promete ponerla en contacto con los más grandes pocionistas de la época.
Casi al final de sexto año consigue preparar una excelente poción de amor. Todo fue por motivos puramente académicos, pero en cuanto sale de su burbuja de pociones se da cuenta de que sigue enamorada de ese chico. Y que él vuelve a estar solo. Hay una última salida a Hogsmeade y Laverne no quiere desaprovecharla, de modo que todo el tiempo lleva en su bolsillo la diminuta botellita de poción de amor.
Él se acerca a ella y le sonríe y la joven no es capaz de echar la poción en su jugo de calabaza. Pero eso no es necesario. Él le invita a Hogsmeade sin ayuda de ningún brebaje, y Laverne vuelve a sentirse en el séptimo cielo.
Todo está bien. Va del brazo del chico que quiere y en la mañana ha recibido una lechuza de Hector Dagworth-Granger, el fundador de la Rimbombante Sociedad de Amigos de las Pociones, el cual le augura un brillante futuro como creadora de pociones.
N/A: Laverne de Montmorency (1823 – 1893) Gran pionera de pociones de amor.
