Los personajes pertenecen a Masashi Kishimoto.
La historia pertenece al libo Temblor de Maggie Stiefvater.
Capitulo 4: Sasuke(32ºC)
El día que estuve a punto de hablar con Sakura fue el más caluroso que recuerdo. Aunque la librería tenía aire acondicionado, el calor entraba a bocanadas por la puerta y a través de los ventanales. Yo estaba acomodado en un taburete tras el mostrador, intentando absorber hasta la última gota del verano. Con el paso de las horas la luz del mediodía fue destiñendo los libros de las estanterías hasta convertirlos en una versión pálida y brillante de sí mismos, calentando el papel y la tinta que guardaban hasta que flotó en el aire un olor a palabras no leídas.
Disfrutaba de esas cosas cuando era un ser humano.
Mientras leía, la puerta se abrió con un tintineo y dejó entrar un soplo de calor sofocante y, con él, a tres chicas. Como se reían y bromeaban entre sí, pensé que no necesitaban mi ayuda, así que continué leyendo mientras las oía corretear a lo largo de las estanterías y hablar de cualquier cosa excepto de libros.
No creo que hubiese pensado más en ellas de no ser porque, con el rabillo del ojo, vi como una se recogía la melena, de un tono rosa claro, en una coleta. En si, el gesto no tenía nada de particular, pero me permitió que un aroma tenue se extiendiese por el aire. Reconocí ese olor. Lo supe de inmediato.
Era ella. Tenía que serlo.
Escondí la cara tras el libro y miré con disimulo hacia las chicas. Las otras dos seguían hablando y gesticulando bajo un pájaro de papel que yo habá colgado del techo en la sección infantil. Ella, sin embargo, guardaba silencio; se había separado de sus compañeras y observaba los libros que la rodeaban. En ese instante, vi su rostro y reconocí algo mío en su expresión. Sus ojos saltaban de anaquel en anaquel buscando vías de escape.
Había imaginado mil versiones de aquella situación, pero, a la hora de la verdad, no supe que hacer.
Estaba allí de verdad. Era diferente cuando la veía en el patio trasero de su casa, leyendo un libro o haciendo los deberes en su cuaderno. Allá, el abismo entre nosotros parecía infranqueable; me sobraban los motivos para matener las distancias. En cambio, en la librería estabamos muy cerca, por primera vez en el mismo mundo. Nada me impedía aproximarme a ella.
Me miró, y yo aparté la vista al instante y me concentré en el libro, no creí que pudiera reconocer mi cara, pero sí mis ojos. Sí, tenía que reconocer mis ojos.
Deseé que se marchara para recuperar el aliento.
Deseé que comprara un libro para tener la oportunidad de hablar con ella.
Entonces, una de sus amigas la llamó:
-¡Skura, ven y mira esto! La graduación: como entrar en la universidad de tus sueños. Suena genial, ¿no crees?
Ella se agachó junto a las demás para examinar los libros y yo inhalé lenta y profundamente mientras observaba su espalda, esbelta el iluminada por el sol. Vi como se encogía de hombros levemente, como si el interés que mostraba fuese solo un gesto de cortesía; luego asintió y señaló otros libros, pero me pareció que estaba distraída. La luz que entraba por las ventanas le atrapaba los cabellos sueltos de la coleta y los transformaba en hebras rosadas e iridiscentes. Me di cuenta de que movía la cabeza hacia delante y hacia atrás de un modo apenas perceptible, al ritmo de la música ambiente.
-Oye...
Di un respingo al ver aparecer una cara frente a mi. No era Sakura sino una de sus amigas, una chica de cabello oscuro y piel clara. Llevaba una cámara enorme colgada del hombro y me miraba directamente a los ojos. No decía nada, pero era evidente lo que estaba pensando. Las reacciones a mi color de ojos variaban entre las miradas furtivas y las descaradas; al menos, ella no ocultaba su estupor.
-¿Te importa si te saco una foto?-preguntó.
Miré alrededor mientras buscaba una excusa.
-Algunos pueblos piensan que, al sacarle una foto a una persona, le arrebatas también el alma. A mi me parece una forma de pensar bastante acertada, asía que lo siento mucho, pero prefiero que no lo hagas-me encogí de hombros con aire de disculpa-. Puedes fotografiar la librería si quieres.
La tercera chica se colocó junto a la de la cámara; tenía una melena crespa de color castaño y la piel blanca, e irradiaba tal cantidad de energía que me sentí exhausto.
-¿Ligando, Hinata? No tenemos tiempo para eso. Venga, nos llevamos este.
Le cogí el libro de las manos y eché un vistazo fugaz en busca de Sakura.
-Diecinueve dolares con noventa centavos-anuncié.
El corazón me latía con fuerza.
-¿Por una edición de bosillo?-protestó la chica pecosa mientras me daba un billete de veinte-. Quedate con la vuelta.
En la librería no teníamos un bote para las propinas, así que dejé el centavo en el mostrador, junto a la caja registradora. Metí el libro en una bolsa y me demoré preparando el tique con la esperanza de que Sakura viniese a ver pr qué tardaba tanto.
Pero ella se quedó en la sección de biografías, leyendo los títulos de los lomos con la cabeza ladeada. La muchacha pecosa cogió la bolsa y nos sonrió a Hinata y a mó. Después ambas se reunieron con Sakura y se encaminaron hacia la puerta.
Date la vuelta Sakura. Mírame. Estoy aquí. Si se hubiera vuelto en aquel momento, me habría visto los ojos y me hbria reconocido, sin duda.
La chica de las pecas abrió la puerta con un tintineo y les dedicó a sus compañeras un gesto de impacienta: era hora de irse. Hinata volvió la cabeza durante un instante y nuestras miradas se encontraron. Me daba cuenta de que estaba observando a las chicas con descaro-a Sakura, en realidad-,pero no podía evitarlo.
Hinata frunció en ceño y puso un pie en la calle.
-Sakura, vámonos ya-insistió la muchacha pecosa..
Me dolía el pecho; mi cuerpo hablaba un leenguaje que mi mente no era capaz de comprender.
Esperé.
Pero Sakura, la única persona en el mundo a quien deseaba conocer, se limitó a acariciar con un dedo la cubierta de un libro del mostrador de novedades, y luego salió de la librería sin advertir que yo estaba allí, a su alcance.
