CAPÍTULO 3 : LA MUERTE DEL REY HELIOS

Aquella mañana la Tierra lucía más hermosa que nunca pues el palacio y alrededores habían sido decorados y arreglados a conciencia y, no era para menos, porque aquel día se celebraría el nacimiento del príncipe Endymión, heredero al trono de la Tierra. Sin embargo, aunque este era el motivo de gozo de los aldeanos que durante mucho tiempo habían esperado tal acontecimiento, para los reyes y nobles del lugar lo que verdaderamente importaba( y no con ello menospreciaban lo otro) es que por primera vez en toda la historia de la Tierra habitantes de otros planetas del sistema solar estarían allí.

Cuando el rey Etlio comunicó a sus ministros y amigos más cercanos lo que pretendía la primera reacción fue de sorpresa, pues nadie creía que fuera posible la existencia de vida en otro planeta distinto a la Tierra. No obstante, el rey y la reina eran muy respetados y queridos así que nadie dudó de la veracidad de sus palabras y, ahora, esperaban con impaciencia la llegada de sus invitados, ansiosos por comprobar con sus propios ojos lo que les habían contado.

Dado el poco tiempo del que se disponía para organizarlo todo ( apenas una semana) el resto de los habitantes de la Tierra fueron avisados del evento mediante pregones en las plazas de las principales ciudades del reino. El rumor de lo que ocurría no tardó en extenderse por todo el planeta y aunque hubo quien creyó firmemente en él, hubo otros que lo tacharon de locura y lo olvidaron pronto, concentrándose en la fiesta del príncipe.

Era normal, ni Calice ni Etlio habían esperado más de su gente así que se contentaron con mantener bien informados a los nobles que los acompañarían en la recepción y en la fiesta y a los soldados que se encargarían de la protección del palacio y de sus invitados.

El primero en llegar fue el rey Helios a quien recibió el soberano de la Tierra. A los demás se les esperaba más tarde por estar sus planetas de origen más alejados del planeta azul de lo que lo estaba la Luna.

- Bienvenido.- le saludó Etlio muy contento.- Habéis sido muy puntual pero ¿y la reina? ¿Le ha ocurrido algo?

- No, de ninguna manera.- respondió el aludido mientras estrechaba con firmeza la mano de su anfitrión.- Es solo que tenía que dejar zanjado un asunto del reino antes de venir y llegará un poco más tarde.

- En ese caso porque no la habéis esperado.- inquirió con curiosidad.

- No me necesitaba, además, ardía en deseos de conocer vuestro planeta, dicen que es muy hermoso.

- Bueno, tampoco es para tanto.- respondió algo sonrosado.- supongo que cada uno lo es a su forma. Durante mi breve instancia en la Luna pude comprobar que no tenéis nada que envidiar. Por cierto, aprovechando que el resto de los reyes tardarán algún tiempo en llegar por qué no me acompañáis a una cacería. No tenía pensado ir pero creo que sería una oportunidad perfecta para que conozcáis algo más la Tierra.

- Sería un placer.- sonrió Helios complacido por la invitación.- Tan solo decidme a donde debo ir.

Etlio se inclinó ligeramente y le indicó a su nuevo amigo que lo siguiera. Rodearon el castillo y llegaron a un espeso bosque que estaba situado al lado de las caballerizas reales en donde unos criados preparaban las monturas de sus señores para la cacería. El rey se dirigió a uno de ellos y le indicó que preparara dos más. El joven obedeció al instante no sin antes echarle una rápida mirada, que nadie noto, al hombre que acompañaba a su rey.

- ¿Habéis ido alguna vez de cacería?.- preguntó Etlio.

- A decir verdad, ni siquiera sé en qué consiste.- respondió tranquilamente Helios mientras se encogía de hombros y el rey de la Tierra lo miraba con cara de incredulidad.

- Pero... cómo es posible...

- Tened en cuenta que nuestros mundos tienen costumbres distintas, tal vez nosotros la conozcamos con otro nombre o tal vez no sepamos de su existencia. Es algo normal teniendo en cuenta la situación en que se encuentran nuestros reinos.

- Claro... eso... no había pensado en ello. Disculpadme por mi actitud pero es que la cacería es mi deporte favorito y... bueno...

- Majestad, pensábamos que no nos acompañaríais.- los interrumpió un hombre de repente.

El rey de la Tierra se giró algo molesto por la intromisión pero se contuvo de decir algo al ver quien era el causante. Se trataba de Tiresias, el hermano mayor de la reina Calice.

- Pensé que a nuestro invitado le gustaría ir.

- Entiendo... entonces eres uno de esos reyes a los que su majestad invitó.- comentó con veneno en la voz mientras miraba fijamente a Helios.

- ¡Tiresias!.- exclamó enojado Etlio por su actitud.- El rey de la Luna es un invitado de honor, harías mejor en guardarte de tus palabras o olvidaré que eres el hermano de la reina.

- Perdón mi rey.- se disculpó el joven de una manera poco convincente.- No trataba de ser grosero, en realidad, es un honor que nos acompañe en esta cacería.

- No os preocupéis.- respondió Helios con una amplia sonrisa como si nada de lo que acababa de pasar fuera con él.- Etlio me estaba explicando en que consistía la cacería justo cuando llegasteis pero... .- concentró su mirada en un grupo de hombres que se acercaban.- parece que tendré que esperar un poco más.

Efectivamente, el resto del grupo que participaría en la cacería se estaba acercando y, al igual que le ocurrió a Tiresias, se mostraron sorprendidos al ver a su rey, todos pensaban que no asistiría por tener que ocuparse de sus invitados del espacio exterior, como los llamaban para sus adentros. No obstante, a diferencia del hermano de Calice, cuya actitud dejaba ver la hostilidad que sentía ante esa gente extraña, la del resto de los presentes era de curiosidad, una curiosidad que no tardó en convertirse en camaradería, al igual que le ocurrió al rey Etlio, ante la extraña pero amigable personalidad del rey Helios que parecía estar disfrutando sobre manera de la cacería.

El joven rey de la Luna demostró ser un gran jinete cuando cabalgaron al interior del bosque en busca de su presa. Etlio le había contado que la cacería era una tradición muy antigua de su familia y que consistía en ir a la busca de ciervos para su caza con arco y flechas. Normalmente establecían que el primer ciervo en ser herido por alguno de ellos era el que debían cazar para que formara parte de la cena y de esta forma la cacería se convertía en una especie de competición en donde cada uno de los presentes mostraba sus habilidades como arquero y jinete.

El primer ciervo que divisaron se escapó debido a la mala puntería de Tiresias que falló en su tiro. El segundo huyó por la mala fortuna de un joven que estaba muy nervioso por tratarse de su primera cacería y, la presencia de Helios, a pesar de que este había sido muy agradable con el joven, no lo ayudaba a sentirse mejor. En fin, que después de una hora intentando herir a alguno aún no lo habían conseguido.

Aprovechando un instante en que el rey Etlio se separó de su invitado para ir a darle algunas instrucciones a sus compañeros, Tiresias se acercó a hablar con Helios.

- Vaya parece que hoy no es nuestro día, normalmente no tardamos tanto en herir a algún ciervo. Será que vuestra presencia intimida a los hombres.

- A mí no me lo parece.- le contestó Helios ignorando nuevamente el doble sentido de sus palabras.- Un mal día lo tiene cualquiera.

- Supongo... de todas formas aún no os he visto utilizar el arco, ¿acaso en la Luna tampoco lo conocéis?

- Digamos que en la Luna tenemos otra forma de enfrentarnos a nuestros enemigos.

- ¡Oh sí!. Lo había olvidado.- respondió con burla.- Vuestras famosas sailor scouts. Perdonad mi atrevimiento pero no creéis que mandar a la guerra a vuestras mujeres en vez de ir vosotros mismos es algo... no sé... de cobardes.

Esta vez Tiresias fue demasiado lejos. El rey Helios podría haber soportado cualquier insulto de ese hombre que sin lugar a dudas no era del agrado ni del rey ni de ninguno de sus compañeros pero insultar el buen nombre de las sailor, el orgullo de su reino, era demasiado. No obstante, Helios no estaba dispuesto a darle a ese ser el gusto de verle perder los nervios así que decidió darle en donde más le dolería.

- Creo mi joven amigo que cuando os hablaron del reino del Milenario de Plata no entendisteis con claridad el misterio que hay detrás de la existencia de las sailors. Sin embargo, no me sorprende, al fin y al cabo, no todo el mundo tiene la suficiente capacidad como para hacerlo.- comentó con una extraña dulzura y comprensión que molesto muchísimo a Tiresias que detuvo su caballo.

- Sí decís eso es porque tal vez vos mismo seáis tan patético que no os quede más remedio que creer en vuestras propias y absurdas fantasías.

Helios estaba a punto de replicar cuando Etlio se acercó a avisarles que habían divisado nuevamente a un ciervo. Tiresias sonrió con desprecio al rey de la Luna y se dirigió en busca del ciervo seguido por Helios y Etlio.

El hermano de Calice fue el primero en tenerlo a tiro y sin perder un segundo disparó una de sus flechas, volviendo a errar el blanco y haciendo que el ciervo escapara espantado ante la desilusión de los demás. No obstante, antes de que lo perdieran de vista el rey Helios disparó su primera flecha y a pesar de la gran distancia que separaba al cazador de su victima, la flecha se clavó en su abdomen hiriéndolo de gravedad ante las sorprendidas miradas del grupo de cazadores que jamás habían presenciado tal maestría con el arco.

Evitando perder más tiempo, Helios salió detrás de su presa, la verdadera competición había comenzado y, aunque no era propio de él, sonrió sabiendo que Tiresias acababa de ser herido en lo más profundo de su orgullo.

Etlio y sus hombres tampoco perdieron tiempo y se fueron detrás de Helios, de Tiresias( que había seguido al invitado de su rey con un ahínco impropio de él ) y del ciervo. Sin embargo, llegó un momento en que perdieron el rastro de los tres y se encontraron dando vueltas intentando encontrarles. Fue en ese momento cuando llegó un criado avisándole al rey que acababan de llegar los reyes de Urano y Neptuno.

Mientras tanto, Helios había dado caza al ciervo y, se encontraba amarrándolo a su caballo para poder llevárselo, cuando sintió una presencia extraña al mismo tiempo que una voz lo ponía sobre aviso.

- Vaya, vaya, parece que después de todo el gran rey de la Luna sabe manejar un arco. ¡Qué grata sorpresa!

- Tiresias.- susurró sorprendido Helios que había esperado encontrarse a cualquiera menos a él. El aura que había sentido era muy poderosa.

- Si, sin duda ha sido un gran tiro.- comentó mientras observaba con detenimiento al ciervo.- Estoy seguro de que mi querido cuñado se mostrará satisfecho, está claro que le caéis muy bien.

- Creo que hubiera preferido cazarlo él.- observó Helios.

- Sabéis, nunca me he llevado bien con el rey Etlio.-prosiguió hablando ignorando el comentario de Helios.-en realidad, sino hubiera sido por la intersección de mi hermana hace mucho tiempo que me habría desterrado de su reino... por eso la odio a ella también.- su voz era casi un susurro, su mirada estaba llena de ira.- porque siempre me está restregando en la cara que ella lo tiene todo y yo no tengo nada, tan solo las migajas que se digna a darme.

- No creo que sea muy apropiado que me lo contéis a mí.- respondió Helios con tranquilidad aunque en su interior estaba alerta por lo que pudiera pasar.- Al fin y al cabo como vos mismo me disteis a entender antes solo soy un extraño.

- ¡Oh sí! Un extraño... un extraño que me ha dejado en evidencia delante de mi gente, un extraño que cree que la Tierra necesita las migajas de su imperio y viene a ofrecérnoslas muy amigablemente, un extraño que dice tener poder, que dice ser el auténtico señor de todo su reino pero que en realidad no es más que una despojo de un ser humano que necesita que las mujeres lo hagan todo por él, empezando por su esposa... entiendo que os llevéis tan bien con Etlio... sois iguales.- puntualizó con sarcasmo.

- Eso no es cierto.- contestó firmemente mientras posaba su intensa mirada esmeralda en Tiresias.- No sé que es lo que os ha llevado a pensar tales cosas, y comprendo que tal vez me excedí un poco antes pero nada de eso hubiera ocurrido si os hubierais molestado en saber de lo que hablabais antes de juzgar a los demás y burlaros de sus costumbres.

- ¿Me estáis pidiendo perdón, gran rey?.- preguntó con cinismo.

- No. Solo quiero evitar que esta estúpida disputa que vos parecéis empeñado en proseguir termine de una buena vez. Creo que la Tierra merece formar parte de la alianza planetaria tanto como cualquier otro planeta y no me gustaría que por la actitud de personas como tu todo se echara a perder.

- ¡Nadie en la Tierra quiere formar parte de esta estúpida alianza!.- exclamó con desprecio.- ¡Y juró que moriré antes que permitir que eso suceda!

Y antes de que Helios pudiera replicar se lanzó sobre él con la clara intención de clavarle una daga que tenía en la mano. Sin embargo, su victima fue más hábil y lo esquivo para después agarrarle de la muñeca y retorcérsela obligándole a soltar el arma.

- ¡Esto ya ha ido demasiado lejos Tiresias!.- exclamó muy enojado Helios.- Te aseguro que Etlio sabrá de esto.- lo amenazó mientras lo lanzaba contra un árbol.

- Oh no, mi querido rey.- susurró con veneno en la voz.- Eso no ocurrirá.

Helios se giró esperando recibir otra embestida pero cual no sería su sorpresa al ver que Tiresias se levantaba y un aura muy poderosa lo envolvía. No podía creer que fuera él la persona a la que había presentido antes, cuando habían cabalgado juntos no había notado magia alguna en él. En realidad, pocos terrestres la tenían y, sin embargo, parecía haberse equivocado.

Tiresias cortó el rumbo de sus pensamientos al invocar una gran bola de fuego que envió en contra de su rival. A su vez, Helios conjuró una barrera de protección e impidió que el hechizo le tocara. Irritado, Tiresias volvió a formar otra bola de fuego pero esta vez más grande y poderosa y volvió a lanzársela. El joven rey de la Luna volvió a esquivarla.

- ¡Ya es suficiente!.- gritó.- Aunque domines la magia no eres lo suficiente fuerte como para vencerme.

Y antes de que Tiresias tuviera tiempo de invocar un nuevo conjuro, Helios hizo que del suelo surgieran nueve poderosas llamas de fuego que rodearon al hermano de Calice amenazando con quemarle si realizaba el más mínimo movimiento.

- Será mejor que te rindas sino quieres morir.

- El que va a morir eres tu.- y Tiresias comenzó a reír como nunca antes lo había hecho en su vida.

Helios lo miró sorprendido incapaz de entender su reacción y cuando se dio cuenta de a que se refería fue demasiado tarde, el verdadero asesino apareció detrás de él y le clavo una daga en la espalda sin darle tiempo a reaccionar. El rey de la Luna cayó al suelo herido de muerte, sin embargo, antes de que su alma abandonara su cuerpo el misterioso personaje le agarró del cabello y le levantó con brusquedad la cabeza para que lo mirase.

- Solo quería que supieras que fui yo.

Acto seguido desapareció, Helios murió y Tiresias fue liberado de su prisión, se acercó al cuerpo inerte del rey, tomó la daga y presa de una excitación morbosa que ni el mismo lograba entender le clavó el cuchillo una y otra vez a su cadáver.

Justo en ese momento llegó el rey Etlio acompañado de Atlante y Tritón.

La Luna, tres días después del asesinato del rey Helios

Llevaba dos días sin dormir, dos amargos días en donde no había podido dejar de llorar ni un solo instante. Tenía el corazón destrozado, había perdido lo que más quería en este mundo y no había podido hacer nada por evitarlo.

Cada vez que pensaba en esa última noche que habían pasado juntos, en las palabras de amor que él le había susurrado a su oído, en las sensaciones que habían recorrido su cuerpo al sentir sus caricias, en sus hermosos ojos esmeralda que la miraban con inmenso amor, su corazón se estremecía de dolor y las lagrimas volvían a surcar su rostro.

Sentía que ya nada merecía la pena, que nada tenía sentido y que lo mejor era marcharse lejos sin importar las consecuencias, sin importar lo que dejaría atrás, un imperio que se había quedado sin rey. Sin embargo, no lo haría, seguiría adelante pese al dolor de su alma porque él le había enseñado a no rendirse nunca y porque él había tenido un sueño, el sueño de ver crecer un imperio, el sueño de proteger aún a riesgo de su propia vida los ideales que el Milenario de Plata representaba y a las personas que vivían en él y confiaban en sus gobernantes.

Por esa razón, aquella mañana, tres días después de la muerte de su marido, la reina Serenity había convocado al consejo pese a los consejos de su fiel amiga Luna que pensaba que era demasiado pronto y que la reina debía descansar aún. Serenity le agradeció su preocupación pues sabía que Luna la quería muchísimo y que lo único que la impulsaba a actuar de esa manera era haber sido testigo de su mudo sufrimiento.

Con la determinación que siempre la había caracterizado se dirigió a la sala de reuniones en donde la estaban esperando los regentes del resto de planetas de la alianza. Entró y se sentó en el asiento que antaño había pertenecido a Helios. Este pensamiento la entristeció y las lágrimas amenazaron con salir de nuevo pero la joven reina las contuvo, se había jurado a sí misma que sería fuerte.

- Siento haberos hecho esperar.- se disculpó con humildad.

- No os preocupéis mi reina.- intervino Adonis.- lo entendemos.

- Lo sé.- sonrió la reina.- Y también sé que muchos de vosotros no estabais de acuerdo con celebrar esta reunión tan pronto debido a las circunstancias que nos rodean y os aseguro que de corazón agradezco vuestra preocupación pero este asunto no puede retrasarse más y como reina del Milenario de Plata mi deber es plantarle cara.

Los presentes la miraron con tristeza, a todos les había dolido conocer la noticia de la muerte del rey Helios y entendían lo mal que debía de estarlo pasando su reina.

- El asunto está bien claro.- prosiguió la reina.- ahora que mi marido ha... .- las palabras se le atragantaron en la boca pero ella misma se obligó a seguir.- que mi marido ha muerto... yo me convierto por ley en la reina absoluta del Milenario de Plata y, como tal, es mi deber juzgar la gravedad de lo que ocurrió en la Tierra. Para ello necesito que Atlante y Tritón nos cuenten lo que vieron.

- Mi reina.- intervino Hermes.- no creo que sea necesario.

- Lo es, esto es un juicio y no se pueden omitir detalles, puede que vos conozcáis los hechos pero eso no quiere decir que el resto de los presentes estén en vuestra misma situación. ¿Me equivoco?.- Ares y Zeus movieron la cabeza en señal de consentimiento.- Bien, podéis comenzar Tritón.

- En realidad no hay mucho que contar. Atlante y yo llegamos al mismo tiempo al planeta Tierra en donde nos recibió la reina Calice. Su marido se había ido de cacería con nuestro rey y mando a un sirviente a buscarlo. Cuando vino a nuestro encuentro el rey Helios no estaba con él, dijo que se había extraviado persiguiendo a un ciervo y que iríamos inmediatamente a buscarlo. Nos internamos en el bosque y no tardamos mucho en divisar a su montura. A su lado, el rey estaba en el suelo y un hombre lo estaba apuñalando en la espalda con una daga una y otra vez.- la reina cerró los ojos al oír sus palabras.- Ese hombre se llamaba Tiresias y es el hermano mayor de la reina Calice.

Tritón guardó silencio a la espera de que la reina hablara pero esta parecía sumergida en su propio dolor y no dijo nada.

- Mi reina.- intervino Ares.- si os sentís mal podemos posponer la reunión, cualquiera de nosotros podría ocuparse del control del imperio mientras os recuperáis.

- No.. no.- negó Serenity mientras abría los ojos conteniendo el dolor.- no es necesario. Atlante, lo que nos ha contado Tritón es lo mismo que vos visteis.

- Sí, aunque debo añadir que el rey y la reina parecían verdaderamente apenados por lo que ocurrió.

- Estoy segura de ello y me consta que pese a la crueldad de lo que ocurrió en la Tierra ninguno de ellos tuvo nada que ver.

- ¡Majestad!.- interrumpió Zeus de repente.- no pretenderéis decir que pese a todo lo que ha ocurrido aún queréis que la Tierra entre a formar parte de la alianza, eso es...

- ¡Zeus!.- se enfadó la reina.- Os rogaría que antes de hablar terminarais de escuchar lo que tengo que decir.

- Lo siento.

- Bien. Todos sabéis que mi marido quería que la Tierra entrara a formar parte de la alianza y una de las razones por las que he decidido seguir adelante es para hacer honor a su nombre y llevar a cabo sus sueños, sin embargo, estoy segura que pese a lo que él quería estaría de acuerdo con la decisión que voy a tomar. Puede que los gobernantes de la Tierra no tuvieran nada que ver con lo sucedido pero el hecho de que existan fracciones dentro de su gobierno que no estén de acuerdo y, que no sepan controlarlas, es algo muy negativo, más aún cuando el propio hermano de la reina forma parte de ellas. Por esta razón y, pese a lo mucho que lo pueda sentir por ellos, a partir de ahora la Tierra será terreno prohibido, nadie de ese planeta podrá volver a pisar nunca más la Luna ni el resto de los planetas del sistema solar, porque si lo hace solo la muerte lo esperará. Y esta prohibición continuará hasta que la Tierra demuestre que verdaderamente es digna de confianza.

Un silencio espectral continuó a las palabras de la reina. Nadie imaginó jamás que Serenity pudiera llegar a tomar una decisión tan drástica.

- ¿Hay alguien que este en contra?.- preguntó la reina.

Nadie contestó.

- Bien, entonces doy por zanjada esta reunión.

Horas después, en la Tierra

Etlio y Calice se encontraban en la sala del trono. Calice acababa de tomar la decisión más difícil de su vida condenando a su hermano Tiresias a la muerte por el crimen que había cometido y se sentía desecha por dentro. Sabía que era lo justo pero eso no la hacía sentirse mejor, al fin y al cabo, era su hermano y ella lo quería. Además, acababa de llegar un mensaje de la Luna y deseaba escuchar lo que la reina Serenity tenía que decirles, por eso y, a pesar de su estado, aún permanecía al lado de su marido.

El rey leyó lentamente y su rostro palideció al comprender lo que la reina Serenity había decidido.

- Etlio, ¿qué ocurre?.- preguntó la reina preocupada.

- Léelo tu misma.- respondió el rey sin fuerzas.

La reina tomó la carta y la leyó y cuando lo hubo hecho su rostro enrojeció de ira. Cómo podía tomar la reina una decisión de tal magnitud tan a la ligera, lo que había ocurrido en la Tierra no era culpa suya por muy doloroso que pudiera resultarle. O es que acaso Serenity no comprendía su propio dolor, acababa de perder a su hermano, ¿cómo creía la gran reina que se sentía ella? Su corazón se lleno de odio hacia el Milenario de Plata y tomó una decisión de la cual en el futuro se arrepentiría. Si el Milenario de Plata se negaba a saber cualquier cosa de la Tierra, la Tierra haría lo mismo y a partir de entonces estaría prohibido cualquier alusión a lo que había ocurrido durante la fiesta de celebración del nacimiento de su hijo. La decisión estaba tomada y era irrevocable, se opusiese quien se opusiese.

Al anochecer, en la habitación de la reina Serenity

Serenity se encontraba recostada meditando sobre la decisión que había tomado hacía apenas unas horas. Sabía que había sido muy injusta con los reyes de la Tierra pero si pasaba por harto lo que había ocurrido con Helios aquellas facciones que estaban en contra de la alianza podrían tomarlo como una señal para seguir con los crímenes. Solo esperaba que Etlio y Calice entendieran su posición y no se sintieran traicionados, lo que ella había hecho era para darles tiempo a arreglar la situación y a la vez demostrarle a esos asesinos que con el Milenario de Plata no se jugaba.

No obstante, seguía sintiéndose mal porque aunque se había prometido a sí misma que sería fuerte era difícil hacerlo en la soledad de su habitación, en la soledad que a partir de entonces la rodearía para siempre.

En ese momento entró Luna con una inmensa sonrisa en su rostro.

- Mi reina, os tengo una gran noticia.

- ¿El qué, Luna?.- preguntó sin mucho ánimo.

- ¿Recordáis las pruebas que os hicisteis hacer el otro día porque no os encontrabais bien?

- Sí, las recuerdo. ¿Qué ocurre con ellas?

- Mi reina, ocurre que... ocurre... ¡¡¡¡qué estáis embarazada!!!!

Continuará...