Disclaimer: Obviamente, los personajes y escenarios utilizados en esta historia no son de mi propiedad, sino de la magnífica JK Rowling.

Reseña de la historia: Rolanda X. Hooch tendrá un nuevo alumno. Y no está muy contenta por ello. Para proteger al niño que vivió, Severus Snape será árbitro en el próximo partido de Quidditch… pero para eso, necesitará un curso exprés con Madame Hooch.

Resumen del capítulo: Temor irracional, frustración bien encaminada y rostros sin máscaras.

Miedo.

Antes del comienzo de la temporada de Quidditch, mi relación con Snape era nula. Lo saludaba por las mañanas. Intentaba imaginar cómo era su vida o su carácter, ya que me parecía injusto creer todo lo que se decía de él. A veces hasta lo defendía, dándole el beneficio de la duda. Pero después de la lección privada de vuelo, no volví a creer que Snape era una blanca paloma. Era lo que todos decían que era, un maldito murciélago.

Desde ese día, él me saludaba con una evidente expresión de burla en la cara. Yo le respondía educadamente, pero no podía evitar sonrojarme de vez en cuando, cuando me tomaba desprevenida.

El rojo no se llevaba bien con mi cara.

Lo descubrí una de esas veces.

Snape me saludó con una leve cabezada y la conocida mueca burlona. Yo solo sonreí y desvié la vista, pero me espanté en el acto, cuando vi mi reflejo en un ventanal. El color rosa en mis mejillas me daba un aspecto extraño. Antinatural. Conforme fue desapareciendo, volví a ser yo.

Mi tez blanca, acentuada por el cabello canoso, contrastaba positivamente con mis ojos áureos, enmarcados en mi cara redonda. Los labios (el inferior más grueso que el superior) volvieron a la calma y dejaron escapar un pequeño suspiro… me miré de perfil. La nariz estaba igual que siempre, recta y pequeña. Tal como la había dejado la última vez.

Tal vez tendría que buscar alguna poción anti-sonrojo. Aunque no estaba segura de que eso existiera.

Me sentía como una verdadera estúpida. ¿Quién se creía que era para tratarme así?

Una parte de mi, esperaba con ansías el partido de Quidditch, con la esperanza de que alguien lo derribara de la escoba o le lanzase una bludger a la cabeza con la suficiente potencia para reacomodarle las neuronas o quizá estaría bien ese maleficio de las piernas unidas. Sería tan gracioso.

Cuando llegó el día del famoso partido, me llevé una sorpresa.

— ¿Puedo acompañarla, Rolanda? —Me preguntó amablemente, el director Dumbledore.

— ¡Qué grata sorpresa, profesor! —Dije con honestidad—. No siempre asiste a los partidos.

—No quisiera hacer favoritismos, pero la seguridad de los alumnos es una prioridad. —Respondió y luego, hizo ademán de sacar algo de uno de los bolsillos de su túnica—. ¿Le apetece un caramelo?

Yo tomé uno de limón, sonriéndole. Era una suerte que la mayoría de los habitantes de Hogwarts fueran amables.

Ocupamos nuestros lugares en la grada del profesorado y esperamos pacientemente el inicio del partido. Era decisivo para Potter, después del incidente de su primera actuación. Aunque lo compadecí por tener que soportar al murciélago.

Snape ya se paseaba por el campo, sin subirse a su escoba. Estaba tan enfadado que pensé que tal vez sufría de algún tipo de petrificación facial, teoría que descarté al momento en que él montó su escoba y dio una vuelta por el área, lanzando una mirada rápida a donde nosotros estábamos y arrugando aún más el ceño.

Pronto empezó el partido. A menos de un minuto de comenzado, Snape ya había marcado un penalti a favor de Hufflepuff por una bludger lanzada contra él accidentalmente, por uno de los gemelos Weasley. Y dos segundos después, marcó otro penalti, sin ninguna razón aparente. Ese niño Potter tendría que esforzarse en encontrar la Snitch, si no querían perder por penaltis injustos.

Apenas habían corrido cinco minutos en el reloj, cuando sorpresiva y, en mi opinión, valientemente, Potter le pasó por un lado a Snape a toda velocidad, atrapando la Snitch un segundo después. Hubiera pagado por un retrato mágico de Snape en esos momentos.

Sonreí discretamente y bajé a los vestidores para asegurarme de que guardaran las escobas y no las dañaran. Los Griffindors no cabían de gusto. Potter era una estrella. Lo felicité y todos se fueron rápidamente a sus salas comunes, aunque los Hufflepuffs, visiblemente desanimados.

En esas estaba, cuando me sobresalté al escuchar el conocido caminar de mi maestro de Pociones favorito. No me volví para verlo, pero podía imaginar su rostro crispado por la rabia contenida por el triunfo de Potter (a veces los hombres pueden ser enfermizamente infantiles, por Merlín, el pobre niño no era James), y tenía en la mente mil y un comentarios perfectos para molestarlo. Tenía la oportunidad de la perfecta venganza por esos días de humillación constante administrada a cuentagotas. Pero lo que pasó a continuación, borró todo lo que había en mi mente y aún no puedo recordar las genialidades con las que minutos antes, pretendía vengarme, solo recuerdo que eran sarcasmo puro, ingeniosas y mordaces.

Él se detuvo a un par de metros de mí, lo supe por mi agudo sentido del oído, ya que yo aún permanecía de espaldas, con lo que pretendía fuera una pausa dramática. Cuando creí que era suficiente, me giré y la imagen que se presentó ante mis ojos era demasiado amenazadora para soltar cualquiera de mis agudas observaciones. Así que, aún recordándolas, decidí dejarlas para después. El tiempo no cambiaría el hecho de que Harry Potter era una estrella del Quidditch. Y dicen que la venganza es un plato que se sirve frío.

Mi corazón latía violentamente. Tal como (supongo) que palpitará el de una gacela segundos antes de ser asesinada por un león hambriento. O tal vez sería mejor analogía la del corazón de un pequeño y tierno roedor de campo después de haber hecho contacto visual con una serpiente dispuesta a picar, para luego engullirlo sin antes tener la delicadeza de matarlo. Me pregunté, si el corazón del roedor sería capaz de dejar de funcionar estando en el estómago de la víbora o si su instinto de supervivencia lo obligaría a vivir allí dentro, hasta sucumbir a la ponzoña de la picadura o hasta agotar todas sus energías y posibilidades de salir. Era un pensamiento desagradable y poco recomendable en mi situación. Pero poco a poco fui recuperando la calma. Después de todo, ¿qué podría hacer él?, ¿quitarle puntos a Ravenclaw por mi culpa?, y aunque pudiera, ¿con qué excusa lo haría?, ¿por mis pensamientos retorcidos? Sería más justificable que yo le restara puntos a Slytherin bajo la acusación de casi causarle un paro cardíaco a una colega, en este caso yo.

Así que solo dije, (o balbucee):

—B-buenas noches, Snape… profesor Snape. —Me corregí inmediatamente.

Pero al parecer, el daño ya estaba hecho. Él me lanzó una de sus insoportables sonrisas de suficiencia (dudo que pudiera sonreír de otra manera), y se acercó un poco más a mí. Regodeándose en la incomodidad que me causaba su mirada.

—Hooch… —dijo, viéndome fijamente y sin parpadear en ningún maldito momento—. ¿Cómo era eso agarrar el ritmo para hacer el amor?

El miedo se esfumó rápidamente. Entorné los ojos y, al fin, fui capaz de responder a su ataque (aunque en ningún momento me hizo saber que lo fuera, ya que nunca utilizó su varita para lanzarme alguna maldición imperdonable), con mi más maligna mirada.

¿Acaso pensaba que estaba en posición de burlarse de mí?, ¿o tal vez en su retorcida mente, creía que eso era el inicio correcto de una conversación entre colegas?

Pero no era nada de eso. Una fracción de segundo después (demasiado corta para tener siquiera un nombre como nano-segundo o así), y con sus labios aprisionando los míos con rudeza, supe que todo era alguna clase de válvula de escape para la tensión sexual que (según él) había surgido entre nosotros después de ese comentario malogrado del sexo y las escobas. Porque así era, ¿no?

Y correspondí el beso. Fue muy agradable. En cuanto cedí y lo profundicé, el sabor salado y el aliento de yerbabuena me inundaron e imposibilitaron a mis neuronas para reaccionar correctamente, llegando al punto de no retorno. Su nariz competía con la mía en una loca carrera por tocar y oler y encajarse en la piel del otro, absorbiendo la esencia de las cosas.

El beso terminó, dejándome con los pies en puntillas para alcanzarlo y la respiración entrecortada. Le sostuve la mirada y por un, dolorosamente corto segundo, pude ver en él a un ser humano como cualquier otro, sin todas esas capas de sarcasmo y crueldad. Por una vez, vi en sus ojos negros la belleza que le daba la desnudez de dureza y soberbia. La imagen se disolvió al segundo siguiente, recobrando su pasmosa frialdad.

Sin decir nada más, salió a grandes zancadas de allí. Mis ojos estaban abiertos como platos. Inconscientemente me llevé la mano derecha a los labios, tocando quedamente la piel que había sido acariciada por Severus Snape.


Espero no recibir ninguna maldición imperdonable… o que no sean tantas, ya que éste es el final de la historia. Yo sé que es una conclusión demasiado abierta, pero desde un principio dije que sería una historia corta y un romance extraño.

Si se ve el vaso medio lleno, se puede notar que al menos terminó con un beso. Es una linda forma de terminar, ¿no?

Si les gustó, me haría muy feliz recibir sus cometarios. En caso contrario, también me encantaría recibir sus críticas, constructivas o destructivas, no importa.

Y ya por último, sé que va a sonar a excusa, pero siento la necesidad de hacer notar que es mi primera historia contada en primera persona. Espero que no me haya salido tan mal… normalmente me gusta más tener el absoluto control y conocimiento de todo.