CAPÍTULO IV
3 de noviembre de 2003
Severus debía agradecer que Potter se hubiera comportado de forma suficientemente discreta y poco molesta. No había hecho ningún comentario, ni ningún gesto o expresión que demostrara lo que pudiera pensar del pequeño mundo en el que el Director había convertido sus habitaciones en las mazmorras. Había puesto unos cuantos hechizos tanto en la puerta como en la chimenea —algo completamente innecesario al parecer de Severus— y después parecía haberse relajado, dado que había sacado un libro de su petate y había empezado a leerlo atentamente. Desde su mesa de trabajo Severus no había podido leer el título, pero sospechaba que debía tratarse de un texto profesional más que de entretenimiento. Más o menos una hora después, Potter lo había guardado y le había pedido permiso para usar el cuarto de baño. Había sacado un neceser, una toalla y varias prendas de su petate y había vuelto quince minutos después, duchado y vestido con una ropa bastante similar a la que había llevado durante el día. Sin poder evitar su curiosidad, Severus había seguido observando cómo sacaba de su petate algo que, tras agitar su varita, devolvió a su tamaño normal y que resultó ser una almohada y una manta. El Director se preguntó si formaría parte del equipo que se entregaba a un auror, aparte del uniforme. La manta era de un azul bastante parecido al de la túnica que vestía el cuerpo de aurores. Fuera como fuera, Potter se había acostado en el sofá, vestido, con la varita bajo la almohada, le había dado las buenas noches y en menos de un minuto ya estaba roncando. Una vez en su habitación, a Severus le había costado bastante conciliar el sueño.
Por la mañana el Director se había levantado con los ojos pesados, como si no hubiera dormido lo suficiente o no hubiera descansado bien. Potter le esperaba en la sala, con sus cosas recogidas y leyendo otra vez ese libro de la noche anterior. Severus no se sentía muy hablador por las mañanas. Y al parecer Potter tampoco, porque se saludaron con un escueto buenos días y, sin mediar una palabra más, abandonaron las habitaciones después de que el auror levantara los hechizos que había puesto la noche anterior. Severus se sintió como un maldito squib.
—¿Va a trabajar en su despacho durante toda la mañana? —preguntó Harry a Snape después del desayuno.
—No pienso salir del castillo, si es eso lo que le preocupa.
—Bien, entonces aprovecharé para hablar con la Profesora Sprout y con la Profesora Hayes. Vendré a buscarle para ir a comer.
Severus hizo una mueca desagradable y preguntó en tono burlesco:
—¿Me traerá también un ramo de flores? Mis preferidas son las lilas…
Harry reprimió un gruñido de exasperación.
—Lo tendré en cuenta para la próxima vez. Pero me temo que hoy tendrá que conformarse con mi compañía… y la del claustro de profesores y setecientos ochenta alumnos.
—Setecientos ochenta y tres —rectificó Severus en tono agrio.
—¡Bien!
—¡Bien!
Y ambos hombres se dieron la espalda para dirigirse a sus respectivas obligaciones.
Harry se reunió con la Profesora Sprout a las nueve. El despacho de la Jefa de la Casa Hufflepuff estaba junto a los invernaderos, donde también tenía sus habitaciones. Ese día su primera clase empezaba a las diez de la mañana, con los de segundo. Harry acompañó a la enérgica bruja hasta uno de los invernaderos, donde ella empezó a preparar las orejeras que los alumnos utilizarían para trasplantar mandrágoras y las correspondientes macetas.
—¿Qué quieres que te diga, Harry? Puede que Dumbledore confiara en él; que Minerva confíe ahora en él también. Pero para mí no es más que un chaquetero, que salió mejor librado de la guerra de lo que se merecía.
—El Ministerio le reconoció como héroe de guerra… —le recordó Harry.
—Sí, ya, ya… —Sprout agitó la mano con desdén— Y le dio Hogwarts como recompensa a los servicios prestados. Eso ya lo sabemos.
Entonces se encaró a Harry, con los brazos en jarras sobre sus voluminosas caderas.
—Lo recuerdo como si hubiera pasado ayer mismo, Harry. A Snape parapetado detrás de esa armadura. ¡Lastima que ninguno de aquellos puñales le alcanzara! ¡Y lástima que el hechizo de Filius no lograra que esa misma armadura le diera un apretado abrazo después!
La Profesora se apartó un mechón de pelo gris de los ojos con un gesto brusco.
—Tenías que haber visto cómo corría mientras Filius, Minerva y yo le perseguíamos —y Harry no pudo decirle que sí, que había presenciado todo el episodio bajo su capa de invisibilidad junto con Luna—. El muy desgraciado saltó por una ventana, ¿puedes creértelo?
Por lo visto, la Profesora de Herbología no recordaba que al poco habían aparecido Luna y él, para asomarse a esa ventana y observar la silueta de Snape corriendo hacia el muro que delimitaba los terrenos de la escuela.
—Y ahora ella le apoya… —la bruja negó incrédulamente con la cabeza, refiriéndose a la subdirectora.
Después miró a Harry, como si esperara que él empezara su propia diatriba contra el Director. No obstante, el auror le dirigió una mirada de disculpa antes de decir:
—Me temo que tendré que preguntarle dónde estaba y qué hizo antes del banquete de Halloween, Profesora.
La Profesora Sprout abrió la boca, sorprendida. Como si aquello fuera lo último que hubiera esperado escuchar. Reponiéndose, dijo haber estado trabajando en los invernaderos toda la tarde. Sola.
Después de su entrevista con la Profesora de Herbología, Harry había bajado a las cocinas y merodeado un poco por el inmenso lugar. No creía que el veneno en el planto de Snape hubiera sido colocado allí. Las fuentes con la comida aparecían en las mesas del comedor desde la cocina. Pero éstas eran cuantiosas y de ellas se servían varios comensales. De la misma fuente con la carne que había comido Snape se habían servido también McGongall, Slughorn y Hayes. Y ninguno de ellos había sido envenenado. También había descartado la botella de vino por el mismo motivo. Sin embargo, estuvo observando durante un buen rato la condimentación de las viandas que se servirían a la hora de comer —causando con ello una seria conmoción a los elfos de las cocinas— y había escuchado con mucha atención todas las explicaciones que los tres elfos encargados de dirigirlas —responsable de primeros platos, de segundos platos y de los postres— habían estado encantados de brindarle, intercalando profundas reverencias entre frase y frase.
Eran cerca de las once cuando se dirigió al encuentro de la Profesora Hayes, en el primer piso, donde se encontraba el aula de Estudios Muggles. Llegó justo en el momento en que la puerta se abría y los alumnos empezaban a abandonar el aula. Eran de segundo, Ravenclaw y Hufflepuff. Harry tuvo que apretar fuertemente los labios para no sonreír ante los comentarios mal disimulados que llegaban a sus oídos.
—Les impresionas.
La voz de Leesa Hayes era tan dulce como su sonrisa.
—Tonterías…
Durante unos bochornosos segundos, Harry se sintió más tonto que uno de esos Hufflepuff de segundo. Entró en el aula, consciente de que tanto su expresión como su lenguaje corporal no eran los adecuados para un auror que estaba de servicio, a punto de interrogar a una posible sospechosa. Hayes sonrió de nuevo y Harry decidió que aquella entrevista sería mucho más interesante que la de la Profesora Sprout. La Profesora de Estudios Muggles se sentó tras su mesa con un movimiento grácil y fluido, y Harry se apoyó en el pupitre que quedaba enfrente. Sacó libreta y bolígrafo de su bolsillo y trazó una raya por debajo de las anotaciones que había hecho de la Profesora Sprout. A continuación escribió: Leesa Hayes
—Estoy un poco nerviosa —reconoció la Profesora.
Harry levantó la mirada de su libreta y sonrió.
—No tiene porqué, Profesora. Solo serán unas cuantas preguntas.
—Oh, por favor, tutéame —rogó la joven bruja con un ligero rubor—. Hará todo esto menos… formal.
—Como quieras —accedió el auror amablemente.
Harry observó los objetos que había encima de la mesa de la Profesora: una olla a presión, una sandwichera, una plancha para el pelo (lo sabía porque se la había visto utilizar a Hermione), una maquinilla de afeitar eléctrica y una consola de videojuegos.
—Supongo que para los niños hijos de magos deben resultar curiosos —dijo, señalándolos.
Hayes asintió, tomando la consola en su mano.
—Y todos acaban peleando por esto —sonrió—. Me gustaría proponerle al Director la compra de unas cuantas consolas, pero…
La bruja se encogió un poco de hombros, como si no estuviera muy segura de que la propuesta fuera a ser muy bien recibida.
—Hazlo —la animó Harry—. Lo peor que puede suceder es que te diga que no.
Ella dejó escapar una pequeña carcajada.
—Sí, es cierto. Y no es que yo tenga la intención de ponerme terca...
Harry garabateó en su libreta, haciendo circulitos y otros dibujos sin sentido.
—¿Le tienes miedo? —preguntó.
Ella se sonrojó de nuevo y esbozó una sonrisa avergonzada.
—Lo sé —dijo Harry con simpatía—, a veces puede ser un poco desagradable.
—Un poco —admitió la Profesora.
—Así que… —Harry hizo un nuevo círculo en su libreta—… empezaste como Profesora en Hogwarts en el noventa y nueve.
—Sí, cuando se reabrió la escuela.
Harry calculó que la bruja y él debían tener más o menos la misma edad.
—No te recuerdo… ¿en qué Casa estabas?
Ella negó con la cabeza, haciendo que su hermosa cabellera, que ese día llevaba suelta, se ondulara sobre los hombros.
—No estudié en Hogwarts, sino en Beauxbatons.
—Entonces estuviste aquí durante el Torneo de los Tres Magos —dijo el auror.
Ella le obsequió con otra esplendorosa sonrisa.
—Y desde entonces deseé volver a Hogwarts…
Leesa Hayes había estado toda la tarde de Halloween con la Profesora McGonagall, ayudando a algunos alumnos de los primeros cursos con sus disfraces.
Severus no tenía ninguna intención de esperar a Potter para que le acompañara al Gran Comedor. Sin embargo, deseoso de olvidarse de él y de la enojosa situación en la que se veía envuelto, se sumergió de tal forma en su trabajo que en cuanto quiso darse cuenta el auror estaba de nuevo en su despacho.
—Lo siento, no he encontrado lilas… —se disculpó con una sonrisa que a Severus le pareció demasiado alegre.
El Director no le contestó. Se limitó a dirigirle una mirada impasible que hizo que la sonrisa del auror muriera en sus labios en un santiamén. Recogió un poco su escritorio y después abandonó el despacho, pasando por delante de Harry como si éste no existiera, para dirigirse al Gran Comedor. El auror cerró la puerta con un suspiro de resignación. Snape era difícil, ya lo sabía. Ello no quitaba que también fuera capaz de acabar con el buen humor de cualquiera.
Por la tarde, Harry habló con Slughorn y constató que estaba más gordo y también más adulador que nunca. El Profesor intentó vanamente que el auror le firmara la fotografía que tenía de él junto a todas las de sus escogidos. Harry también declinó el privilegio de asistir a la próxima reunión del Club Slug como invitado especial. Cuando el auror consiguió centrar al escurridizo Profesor en el tema de su pequeña reunión, Slughorn negó tener cualquier diferencia con el actual Director de Hogwarts, al que incluso elogió. Solamente admitió que, a veces, deploraba que Snape no valoraba lo suficiente el hecho de forjar contactos que podían ser útiles en el futuro. Antes del banquete de la noche de Halloween, había celebrado una reunión de su elitista club con varios de sus favoritos de ese curso. Después, se habían dirigido todos juntos al Gran Comedor para el banquete.
Harry estuvo buscando a Snape antes de cenar, después de su entrevista con la Profesora Sinistra y de soportar una larga y acalorada diatriba sobre la necesidad de comprar telescopios nuevos. Le había encontrado finalmente en las mazmorras. Estaba elaborando una poción, tan concentrado, que el auror decidió no interrumpirle para entrar en una discusión con él sobre que tenía que avisarle si pensaba cambiar de planes. Le había dicho que estaría en su despacho hasta la hora de cenar. Harry se sentó en uno de los viejos pupitres de la antigua aula de Pociones. Solo había cinco o seis, seguramente desechados durante el traslado a la actual aula, por demasiado viejos y deteriorados. Sacó su libreta de nuevo y repasó lo que tenía hasta el momento. A regañadientes, Snape les había dejado ver a Robards y a él las notas cuando había abandonado la enfermería. La primera la había recibido en octubre de 1999, el año que se había reabierto la escuela: Sangre Siempre Limpia. La segunda en noviembre de 2000: Sangre Siempre Noble. En febrero de 2001, Sangre Siempre Mágica y en diciembre 2002 la cuarta, El Odio es la Magia Más Poderosa. La última, O Con Nosotros O Contra Nosotros, había llegado en octubre de ese mismo año. Sin duda, anunciando el atentado que Snape sufrió poco después.
En principio, parecía que todo apuntaba a un mago o bruja sangre pura, o a un colectivo de éstos, que no estaban muy contentos con el juego de lealtades que el actual Director de Hogwarts había desplegado tanto en los años previos a la segunda guerra, como durante ésta. Partiendo de la base de que Hogwarts volvía a ser un lugar inexpugnable —él mismo había ayudado a crear las nuevas barreras durante su reconstrucción— o se ponía a buscar nuevos armarios evanescentes —el de la Sala de los Menesteres había sido destruido por el fuego demoníaco y el de Borgin & Burkes por el Ministerio después— o no le quedaba más remedio que dar por sentado que el o la culpable se encontraba dentro de Hogwarts. Algo bastante doloroso de aceptar dado que conocía y apreciaba a la mayoría de esas personas. De momento, estaba dispuesto a descartar a los alumnos de cursos superiores. Aunque no olvidaba que no sería la primera vez que alguien del exterior utilizaba a un alumno para sus fines. Como había sucedido con Malfoy. Además, había una posibilidad más, aunque difícil, no imposible…
—¿Cómo han ido sus entrevistas?
El hilo de pensamientos de Harry se rompió con la inesperada pregunta de Snape. El auror levantó la mirada hacia él.
—Bien.
Severus se quedó esperando a que Potter añadiera algo más. Pero éste no lo hizo. Había vuelto su atención a la maldita libreta. A Severus le molestó ser ignorado de esa forma.
—¿Ya sabe cómo llegó el veneno a mi plato? —preguntó de nuevo.
Esta vez Harry no levantó la mirada hacia el Director. Se limitó a decir:
—Barajo algunas teorías.
—¿Como cuáles?
—Me temo que no puedo compartirlas con usted —Harry miró a Snape con un punto de satisfacción que no pudo ocultar muy bien—. De momento es información reservada.
A pesar de haber vuelto a hojear distraídamente su libreta, el auror podía sentir la mirada de Snape sobre él. Fría e irritada. Sin embargo, ya no tenía once años. Y Snape hacía tiempo que había perdido su capacidad para amedrentarle.
—Hoy cenaré en mis habitaciones —le hizo saber Snape en tono seco—. Usted puede subir al Gran Comedor —esbozó una sonrisa sardónica—. No pienso moverme de aquí.
—Le acompañaré, si no le importa.
—Me importa. Preferiría cenar solo.
Harry arrugó un poco el ceño, contrariado. Pero le había prometido a Robards respetar las peticiones de Snape en cuanto a privacidad y espacio personal. Y, de todas formas, si el Director se encerraba en sus habitaciones, él tampoco tenía mucho que objetar en cuanto a su seguridad.
—De acuerdo —cedió—. Volveré a las nueve.
—Tómese su tiempo, Potter. No estoy tan deseoso de compañía.
Harry decidió ignorar el último comentario y, guardando su libreta, dejó la antigua aula de Pociones para encaminarse al Gran Comedor.
Los Profesores solían sentarse casi siempre en los mismos lugares de la mesa aunque éstos no estaban asignados, a excepción del Director, quien la presidía. La sonrisa de Leesa Hayes fue una clara invitación para que Harry se sentara a su lado. Y el auror habría estado más que encantado de hacerlo de no haberse interpuesto Koldstat entre ellos en el último segundo. Harry le dirigió a la Profesora de Estudios Muggles una mirada de disculpa. Y después una de hostilidad a Koldstat. Pero éste no pareció captarla. Por lo visto, el Profesor de Defensa no se había ganado la antipatía de sus compañeros por nada.
—¿Nuestro Director ha decidido no acompañarnos esta noche? —preguntó el Profesor en tono festivo, mientras le daba al auror un repaso de arriba abajo.
—Ha preferido cenar en sus habitaciones —respondió Harry, sentándose.
—Él se lo pierde —el mago le guiñó un ojo a Harry—. Y usted sale ganando con mi compañía.
—No puedo creer en mi suerte… —ironizó el auror.
El Profesor de Defensa soltó una alegre carcajada.
—Suerte la mía —dijo después.
Harry le estudió descaradamente durante unos momentos. Él también podía ser grosero si se lo proponía. Völund Koldstat era un tipo atractivo, de ello no cabía la menor duda. Y tampoco la había de que el noruego era muy consciente de ello. En otras circunstancias, tal vez Harry no se habría negado la posibilidad de tener algo con él. A pesar de que detestaba a los tipos arrogantes. Pero eran más bien pocos los que demostraban sus inclinaciones de forma tan abierta. La inspección de Harry se detuvo al llegar a la mesa. Estaban sentados, así que el auror no podía valorar detalladamente lo que pudiera adivinarse más abajo, a riesgo de parecer más insolente de lo que pretendía. No obstante, el Profesor demostró sentirse encantado con el scrutinio de Harry.
—¿Le gusta lo que ve? —preguntó sin ninguna vergüenza.
Harry sonrió.
—Hay muchas cosas que me gustan…
Koldstat también sonrió, mirando de reojo a la joven Profesora de Estudios Muggles.
—Ya veo, le gusta diversificar…
Harry se sirvió dos buenas cucharadas de puré de patata y antes de que pudiera alcanzar la fuente de salchichas Koldstat lo hizo por él. Al tomarla, el dedo del Profesor rozó la mano del auror de forma poco casual. Harry sintió un pequeño escalofrío de placer.
—Sólo en mis ratos libres, Profesor —puntualizó el auror, apartando rápidamente la mano—. Pero me temo que no estoy aquí de visita.
—Una persona no puede tener una jornada laboral de veinticuatro horas —objetó Koldstat, sirviéndose a su vez.
—Créame, Profesor, puede ser de veinticuatro, cuarenta y ocho o incluso a veces de setenta y dos horas.
—Llámame Völund, por favor. ¿Puedo llamarte Harry?
El joven auror negó con la cabeza, poco dispuesto a concederle familiaridades al Profesor.
—De acuerdo —se conformó Kolstat—. Si eso es cierto, pienso que el Ministerio les explota. ¿No ha pensado nunca en trabajar por su cuenta, auror Potter?
Harry estuvo a punto de sonreír. El noruego había pronunciado auror Potter de forma bastante resentida.
—No —dijo, mientras engullía una salchicha en dos bocados. ¿Por qué en Hogwarts la comida siempre sabía mejor?
—Probablemente sus conocimientos sobre artes oscuras son extensos y valiosos —conjeturó Koldstat—. ¿Puedo tener la esperanza de mantener con usted una conversación profesional, profunda y exhaustiva sobre el tema?
Con la boca llena, Harry negó de nuevo con la cabeza.
—¿Y una conversación exhaustiva y profunda sobre temas, digamos, menos profesionales?
Harry tomó un largo trago de jugo de calabaza. Nada de alcohol estando de servicio.
—No le gusta perder el tiempo, ¿verdad? —preguntó después, mirando al otro mago con cierta diversión.
Y le sonrió con simpatía a la Profesora Hayes, quien asomaba la cabeza tímidamente por detrás de Koldstat, tratando de oír algún fragmento de la conversación entre los dos hombres.
—No, si puedo evitarlo —respondió el Profesor de Defensa, guiñando de nuevo su ojo izquierdo—. Tal vez le gustaría pasarse por mis habitaciones a tomar una copa y a charlar un rato, después de cenar…
—Si no recuerdo mal, tenemos una reunión mañana por la tarde —le recordó Harry—. Hablaremos entonces.
El auror trató de continuar con su cena, anticipando que su reunión con Koldstat sería, como poco, entretenida.
Severus cenó tranquilamente, mientras releía un libro sobre venenos que había desenterrado de lo más alto de su biblioteca. Después de los análisis que él mismo había practicado a los restos de comida que no se habían llevado los aurores, estaba bastante seguro de que se trataba del veneno de una Krait común. Ésta era una especie asiática, cuyo veneno era quince veces más potente que el de una cobra. De color negro azulado, con pequeñas bandas de color blanco y cabeza estrecha, no era de las serpientes más largas, puesto que solía medir unos 90 cm de media, aunque se habían encontrado ejemplares que llegaban al metro y medio. Una vez más, se preguntó cómo habría llegado el veneno a su plato. Aunque sería lo último que confesaría, tenía verdadera curiosidad por saber a qué conclusiones había llegado Potter y qué tipo de teorías barajaba, si realmente barajaba alguna, claro está. Lo más probable era que sólo se hubiera echado un farol para no parecer un completo inepto delante de él.
El auror llegó unos pocos minutos después de las nueve. Severus se había trasladado junto a su libro y una copa de brandy a uno de los cómodos sillones dispuestos ante la chimenea. Potter siguió la misma rutina que la noche anterior. No obstante, cuando terminó y con su propio libro en la mano, preguntó señalando el otro sillón vacío:
—¿Le importa?
Severus hizo un gesto con la mano, invitándole a sentarse. Disimuladamente, trató de leer el título del libro que sostenía el auror. Pero éste había sido borrado o estaba camuflado bajo algún hechizo. Y Severus no iba a rebajarse a preguntárselo a Potter.
—Gracias.
Cuando el auror se sentó, un suave y agradable aroma a jabón llegó hasta Severus. Potter no se había secado del todo el pelo, Merlín sabría por qué, y algunos mechones todavía húmedos se pegaban a su frente y a su mejilla recién afeitada. El joven parecía totalmente sumergido en su propia lectura, así que Severus podía observarle por encima de su libro sin resultar demasiado obvio. Aparentemente no había cambiado mucho. No bajo un vistazo rápido y superfluo. No obstante, Severus era un hombre que había aprendido a fijarse en los detalles. Hacerlo le había salvado la vida más de una vez. En el rostro todavía juvenil del auror había ya algunas marcas de expresión que no deberían estar en él todavía. Un par de arrugas en el entrecejo empezaban a dibujarse profundamente y, alrededor de sus ojos, aparte de las ojeras que dejaban adivinar un claro cansancio, había pequeñas señales que no deberían empezar a notarse hasta la treintena. Si no se equivocaba, Potter tenía sólo veintidós años. Sin embargo, Severus tenía que reconocer que sus propias arrugas habían aparecido muy temprano, producto de la agitada vida que había llevado. Siendo justos, la de Potter tampoco había sido un remanso de paz. Consideró que su ex alumno parecía un poco más alto de lo que recordaba, pero tampoco demasiado. Sin embargo, su cuerpo transmitía nervio y fuerza. En ocasiones, incluso parecía estar conteniendo una especie de ímpetu que el Director no estaba muy seguro si tenía tanto que ver con su fuerza física como con su poder mágico. De todas formas, era indudable que Potter había aprendido a controlarse. Significativamente, a controlar su lengua.
Cuando Severus se retiró al dormitorio, dejó a Potter todavía leyendo frente a la chimenea.
o.o.o.O.o.o.o
4 de noviembre de 2003
—Esta tarde tengo reunión con el Consejo Escolar —le hizo saber Snape a Harry a la mañana siguiente, después del desayuno.
—¿Aquí? —preguntó, refiriéndose a Hogwarts.
El Director hizo un gesto de desagrado, a la vez que asentía. Harry pensó que Snape no parecía muy feliz ante la perspectiva.
—Muy bien —dijo el auror—, anularé la reunión que tenía esta tarde con Koldstat.
Y no es que le supiera mal tener que hacerlo. Harry preveía que tal reunión sería más una defensa de su integridad física que otra cosa. Y aunque habitualmente solía sentirse halagado cuando alguien se interesaba por él, esta ocasión no era una de ellas. Podría estropear su investigación en lugar de facilitársela.
Aprovechó la mañana entrevistándose con Firenze y la Profesora Trelawney. Y fue, como poco, entretenido.
—Es un honor recibirte, Harry Potter —declaró el centauro con su voz profunda y tranquila—. Las estrellas vuelven a hablar de ti.
Empezamos bien, suspiró mentalmente el auror.
—Pues espero que hablen de cosas buenas… —dijo en voz alta.
Firenze inclinó su rubia cabeza con solemnidad y después añadió:
—Las estrellas hablan de tu corazón, Harry Potter.
—Las hojas de té me han dicho lo mismo —aseguró inmediatamente la Profesora Trelawney.
—Pues es un alivio que esta vez no hayan presagiado mi muerte, Profesora.
A pesar del tono claramente irónico de Harry, la Profesora no pareció sentirse ofendida. Se arrebujó en su extravagante chal lleno de lentejuelas moradas, haciendo tintinear cadenas y brazaletes.
—Un amor turbulento, apasionado —se emocionó la bruja—. Impulsivo y ardiente…
¡Joder! Harry dirigió la mirada hacia el centauro. Firenze siempre le había merecido confianza.
—¿Alguien a quien yo conozca? —preguntó.
Aunque la pregunta fue más por la cortesía de mostrar un pequeño interés en una ciencia en la que no creía demasiado. Profecías aparte.
—Cercano —afirmó Firenze—. Ha estado a tu lado durante muchos años, Harry Potter.
Harry sintió un atisbo de inquietud. No supo si sentirse aliviado de que ésta última afirmación descartara a Koldstat. O preocupado de que, finalmente, pudiera ser Ginny. Al fin y al cabo, ella había estado a su lado durante muchos años. Tenían un hijo en común. Tal vez las cosas se arreglarían entre ellos… Harry sacudió inconscientemente la cabeza.
—¿Una taza de té, querido? —ofreció la Profesora Trelawney.
—¡No!
La bruja dio un pequeño saltito hacia atrás, sorprendida por la virulencia de la respuesta.
—Quiero decir… —enmendó Harry—… que no me apetece. Gracias.
Firenze sonrió enigmáticamente, mientras la Profesora se servía una taza de té para ella, con el pulso algo tembloroso debido al sobresalto. Harry sacó libreta y bolígrafo y volvió a sentirse seguro.
Después de comer el auror acompañó a Snape a su despacho, donde éste estuvo repasando papeles y preparando la reunión que tendría lugar a las cuatro de la tarde. Saltaba a la vista de que el Director no gozaba de su mejor humor. Harry se preguntó cuán difícil sería enfrentarse al Consejo Escolar para Snape. Si gozaba de tantas simpatías entre sus miembros como en Hogwarts con algunos de sus Profesores, seguramente lo sería. Cuando, cerca de las cuatro, el Director se levantó de su sillón con un montón de pergaminos en las manos, Harry simplemente le siguió. Sin hacer preguntas. No estaba el horno para bollos…
El Consejo Escolar de Hogwarts estaba formado por doce miembros. Padres o tutores de alumnos de la escuela. Abuelos en algún caso, incluso. Snape les esperó al pie de la escalinata que daba acceso a la puerta principal del castillo. Por lo que Harry dedujo, habían llegado por sus propios medios a Hogsmeade, apareciéndose era lo más probable, y los carruajes de la escuela les habían recogido en la estación. A diferencia de para con los alumnos, los carruajes llegaron hasta el pie de la escalinata.
Cuando magos y brujas empezaron a descender de los carruajes, Snape le endilgó sorpresivamente a Harry los pergaminos que llevaba todavía en las manos, para poder saludar a los recién llegados. El auror dejó escapar un gruñido de queja, que no fue tenido en cuenta. ¿Cómo se suponía que iba a sacar su varita, si necesitaba hacerlo? Todas esas personas parecían, en principio, inofensivas. Pero la experiencia le había enseñado a Harry que no podía fiarse de las apariencias. El auror no podía descartar la posibilidad de que alguna de esas personas pudiera estar confabulada con alguien en Hogwarts.
Resignado a hacer de improvisado ayudante de Snape, Harry siguió a la comitiva de padres hasta la Sala de Profesores, donde tendría lugar la reunión. Los saludos entre el Director de Hogwarts y los miembros del Consejo Escolar habían sido protocolarios y fríos. El auror sentía mucha curiosidad por ver cómo iba a desarrollarse la reunión. A diferencia de la celebrada con los Profesores, a la que Harry había asistido, además de té había pastas y pastelitos. Hogwarts cuidaba bien de los miembros del Consejo, pensó. Una vez estuvieron todos sentados, con Snape a la cabecera de la mesa, éste procedió a duplicar algunos de los pergaminos que Harry había dejado caer desganadamente frente a él y a repartirlos entre magos y brujas.
—¿Y él? —preguntó un mago de expresión ceñuda señalando a Harry, quien se había quedado de pie detrás del Director.
—Ignórenlo —respondió Snape secamente.
—Pero… ¡es Harry Potter! —titubeó una bruja que llevaba un gran sombrero tocado con varias plumas.
—Es un auror del Ministerio —puntualizó Snape, en un tono que rozó lo cortante—. La razón de su presencia ahora mismo no viene a cuento, señoras y señores.
—Nunca ha asistido un auror a una reunión del Consejo Escolar —declaró otro mago—. Creo que merecemos una explicación.
Harry observó que Snape parecía estar haciendo acopio de toda su buena voluntad para no mandarlos a todos al cuerno.
—¿Podría esperar fuera, auror Potter? —solicitó de forma extrañamente amable.
—Me temo que no, Director Snape —contestó Harry, procurando no dejar entrever su satisfacción.
Las manos de Snape se crisparon en los bordes del pergamino que sostenía. A pesar de que estaba disfrutando más de lo debido con la incomodidad del Director, Harry decidió ser buena persona y echarle un cable.
—Mi presencia aquí es un asunto del Ministerio —declaró en voz alta y un punto autoritaria—, y no va a interferir en los temas que tengan que tratar en su reunión. Pueden proceder de la manera habitual y, tal como les ha sugerido el Director Snape, ignórenme.
Por una vez, y sin que sirviera de precedente, Snape observó con satisfacción que nadie estaba dispuesto a contradecir al héroe del mundo mágico.
—Empecemos —invitó—. Los pergaminos que tienen ante ustedes son un resumen de los gastos del cuatrimestre. Incluidos los previstos hasta el 31 de diciembre.
Durante una larga hora, Harry observó y escuchó la aburrida reunión. Y soportó las continuas y rápidas ojeadas que los miembros del Consejo le dirigían, pretendiendo que él no lo notara. El mago de aspecto ceñudo, de nombre Randolph Burrow, era quien llevaba la voz cantante. Harry sospechaba que debió pertenecer a Ravenclaw. El mago discutió y desmenuzó cada una de las partidas del informe de Snape. Y éste tuvo que defender su gestión punto por punto, sin que Burrow le diera tregua. No obstante, el Director se defendió con gran habilidad, justificando hasta el último knut después de cada ataque de Burrow.
—Quisiera someter a la aprobación del Consejo un par de asuntos más —dijo Snape, duplicando un nuevo pergamino, que también procedió a repartir entre los asistentes.
Harry se dio cuenta de que el Director, seguramente de forma totalmente inconsciente, tomaba aire, como si fuera a enfrentarse a algo peor que la anterior aprobación de gastos.
—¡Por las barbas de Merlín! —exclamó Burrow de nuevo— ¡Los telescopios otra vez no!
Snape no se inmutó ante la reacción del mago, que al fin y al cabo seguía en la misma línea de actitud asumida al principio de la reunión. Harry sospechaba que el Director ya estaba acostumbrado.
—Sí, telescopios otra vez —afirmó Snape con una sonrisa irónica—. Seguimos necesitándolos, a pesar de que este Consejo se niegue a aprobar el gasto.
—¡Esto es ridículo, Director Snape! —se quejó Burrow— No vamos a perder el tiempo en discutir otra vez por cuatro telescopios. Sáquelos de cualquier otra partida.
—No son cuatro, sino veinte —le rectificó Snape— ¿Y de qué partida desea usted que los saque? —el tono de voz del Director se volvió mordaz— ¿De la alimentación de sus hijos? ¿De las ayudas a los alumnos con menos recursos? ¿O tal vez prefiera despedir a algún profesor cuya asignatura no considere usted necesaria?
Burrow enrojeció. Harry no habría podido afirmar si de vergüenza o de rabia.
—Tal vez deberíamos reconsiderarlo, Randolph —intervino tímidamente una bruja que hasta entonces no había abierto la boca—. Si son tan necesarios…
—Lo son —afirmó Snape, agarrándose a las palabras de la bruja como a un clavo ardiendo—. Los que utilizamos actualmente, me temo que fueron adquiridos en la época de los abuelos de todos ustedes —tomó aire antes de arremeter de nuevo—. Les recuerdo que los que teníamos fueron dañados o destruidos durante el asalto a Hogwarts. Y que ahora mismo sus hijos están trabajando con verdaderas reliquias.
Un rumor afirmativo se extendió por la mayor parte de la mesa.
—¡Astronomía! —bufó Burrow— ¿Para qué sirve, de todas formas?
—Mi hijo quiere dedicarse a la astronomía, señor Burrow —intervino un mago de apellido Preece, que hasta el momento sólo había objetado el coste de algunas de las criaturas que Hagrid utilizaba en sus clases—. Que usted no le dé importancia a esta asignatura, no es razón para que mi hijo y otros alumnos tengan la oportunidad de aprender con buenas herramientas.
Burrow le dirigió al mago, que se sentaba oblicuamente a él, una mirada amenazante. Pero éste le plantó cara.
—Votemos —desafió Preece a Burrow.
Snape contuvo una sonrisa.
—¿Votos a favor? —preguntó sin perder tiempo.
Cinco manos se alzaron inmediatamente. Otras dos lo hicieron un momento después, de forma más tímida.
—¿Votos en contra? —preguntó de nuevo el Director.
Burrow, otro mago y dos brujas alzaron sus manos.
—Siete votos a favor, cinco en contra y una abstención.
La pluma encantada que estaba tomando nota de la reunión para levantar la consiguiente acta al finalizar, se puso rápidamente a escribir el resultado al sonido de la voz de Snape.
—Bien —dijo el Director, incapaz de ocultar su satisfacción—, el siguiente asunto que quiero someter a su consideración está relacionado con la biblioteca de Hogwarts.
Algunas cabezas se dirigieron hacia Snape con más interés que cuando había mencionado los telescopios.
—Como todos ustedes saben, valiosos volúmenes fueron destruidos durante el ataque a la escuela. El Consejo ya ha asignado un presupuesto anual para ir reponiéndolos. Sin embargo, en muchas ocasiones y después de cinco años, los alumnos siguen peleándose con más frecuencia de la deseada por un sólo ejemplar para hacer el trabajo que el profesor de cualquiera de las materias les exige. Y encima pretendemos que lo entreguen a tiempo y aprueben…
Snape extendió una mirada crítica a lo largo de la mesa, deteniéndose en Burrow.
—Tal vez el señor Burrow quiera destinar el presupuesto que tan generosamente aporta para los campeonatos de quidditch (no olvidemos que el hijo del señor Burrow es el capitán de su equipo y un gran buscador), a favor de libros que beneficien a su propio hijo y al resto de alumnos…
Harry tuvo que contener una sonrisa. Snape era bueno. Muy bueno. Se preguntó si la Profesora Sinistra sabría de la lucha del Director por obtener sus telescopios… El auror reconoció que su respeto por Snape había aumentado un poco después de esa reunión.
Cuando terminaron eran más de las seis de la tarde. Burrow tuvo la desfachatez de acercarse a Harry para pedirle que le firmara un autógrafo para su esposa. El auror se negó.
—Lo siento, señor Burrow. Estoy de servicio.
—Estoy seguro de que lo considerará, señor Potter, en cuanto sepa con quién está hablando —sonrió el mago de forma altanera.
—Como auror, todo el mundo es igual para mi, señor Burrow. Y, particularmente, jamás firmo un autógrafo. A nadie.
Harry estaba seguro de haber visto a Snape sonreír.
Aquella noche, cuando después de ducharse y cambiarse de ropa Harry se sentó en el sillón frente a la chimenea para leer un rato, Snape le sorprendió de nuevo.
—Creo justo darle las gracias por lo que ha hecho esta tarde —dijo el Director, sin mirarle, con los ojos fijos en su propio libro.
—¿Las gracias? —preguntó Harry, sin comprender.
Snape se removió en su sillón, claramente incómodo.
—Por no darle alas a Burrow…
—Ah, eso… —Harry se encogió de hombros— No hice nada que no haga habitualmente —dijo, restándole importancia—. No soy ninguna estrella del rock para ir por ahí firmando autógrafos.
Snape le miró detenidamente durante unos momentos, como si le costara creer en la verdad de la afirmación del auror. Después asintió con la cabeza y volvió a su libro. Harry, por su parte, lo meditó unos segundos antes de decir:
—Indudablemente tiene a un enemigo en ese tal Burrow. ¿Ostenta algún cargo importante?
—Es el director de San Mungo —respondió Snape sin levantar la mirada, pero con una mueca de desprecio en el rostro—. Suele creer que está por encima de los demás.
—¿Sangre limpia?
El Director de Hogwarts alzó el rostro hacia Harry.
—Cada gota de ella —respondió con el mismo resquemor— ¿Un posible sospechoso?
—No descarto a nadie, por el momento.
Harry tomó nota mental de contactar con sus compañeros en el Ministerio y pedir información sobre aquel tipo.
—¿En el Consejo hay alguien más a quien pudiera considerar como un posible enemigo? —preguntó a continuación.
—No les caigo bien —gruñó Snape—. Creía que había sido suficientemente obvio para usted.
Harry hizo un gesto de impaciencia.
—Que uno no le caiga bien a alguien, no significa que ese alguien necesariamente quiera matarle —objetó—. Pero siempre hay individuos capaces de llevar su odio hasta las últimas consecuencias.
Snape se encogió de hombros.
—Elija a cualquiera de los cuatro que han apoyado el voto de Burrow —dijo—. Sin embargo, le recuerdo que ninguno de ellos estaba aquí en Halloween.
—Pero podrían tener a alguien que les apoyara desde dentro… —insinuó Harry.
—¿De veras cree en lo que dice, Potter?
—Bueno, usted no parece gozar de la simpatía de mucha gente —los labios del auror esbozaron una sonrisa maliciosa—. Ni dentro ni fuera de Hogwarts.
—No es algo que me quite el sueño —desdeñó Snape, pretendiendo terminar con la conversación, volviendo a su libro.
—A mí me lo quitaría si quisieran matarme…
Severus alzó de nuevo los ojos hacia el auror.
—De hecho, usted ya sabe lo que es eso, ¿verdad?
Extrañamente, la afirmación no desprendió ningún deje irónico.
—Por desgracia —respondió Harry de mala gana—. No creo que el sentimiento le sea ajeno tampoco a usted, ¿verdad? —dijo, él sí, con retintín— Y esta vez se han esmerado, porque el veneno de krait no es muy fácil de conseguir.
Severus no pudo evitar mostrar su sorpresa. Harry le sonrió con suficiencia.
—El departamento de aurores tiene un buen laboratorio y cuenta con excelentes expertos.
—Pues me alegro por ustedes —no pudo evitar refunfuñar Severus, un poco rebotado.
—Estoy seguro de que, con colaboración externa o no, el que puso el veneno en su plato está aquí, en Hogwarts.
—¿Está compartiendo sus suposiciones conmigo, auror Potter? —preguntó Severus con ironía.
—Búrlese si quiere —se molestó Harry—. Pero a mí no me haría ninguna gracia que uno de mis Profesores estuviera intentando envenenarme.
—Todavía no está en posición de afirmarlo —rebatió Snape igualmente molesto. No era una opción que le gustara considerar.
—Ni usted en posición de negarlo —Harry suspiró con cansancio—. No es divertido, ¿sabe? La mayoría han sido mis profesores.
—¿Acaso cree que lo es para mí?
Harry contempló la expresión crispada en el rostro de Snape. Sus dedos estaban casi blancos por la fuerza con la que sostenía su libro.
—No, supongo que no lo es —admitió.
Severus cerró el libro con un fuerte "plaff", que sobresaltó al auror.
—Me voy a dormir. Hoy ha sido un día estresante. Buenas noches, Potter.
Se levantó para dirigirse a su habitación. Dio unos pocos pasos y después se detuvo.
—Podría hacer que trajeran una cama, si lo prefiere —ofreció, señalando el sofá.
Harry le miró, sorprendido nuevamente.
—No es necesario —rechazó, sin embargo—. Estoy acostumbrado a dormir en cualquier sitio. Y ese sofá es cómodo.
—Como quiera —el tono de voz de Snape volvió a ser áspero.
—Gracias de todas formas.
Severus hizo un leve movimiento de cabeza y reemprendió camino a su habitación. Esa noche el sofá no le pareció tan cómodo a Harry.
Continuará…
