Voy a cambiar el mundo

"Yo voy a cambiar el mundo, vas a crecer en paz

Todo será distinto, ya lo verás

Yo voy a cambiar el mundo y voy a empezar por mí

Lo voy a hacer por ti"

(Alberto Plaza, Voy a cambiar el mundo)

El viaje rumbo a la mansión estuvo plagado de preguntas, las que se interrumpieron al arribar. Peter iba de asombro en asombro, impresionado por el tamaño del lugar, sus ojos grandes tratando de memorizarlo, con la nariz pegada a la ventana del auto.

- ¡Es gigante! – exclamó - ¿y yo viviré allí?

- Todos lo haremos, le dijo Albert, esa casa es tu nuevo hogar.

- ¿Puedo trepar a los árboles?

- Cuando el médico te lo permita. Ven, baja del auto para que puedas

conocer la casa y la gente que trabaja y vive aquí.

Mientras Peter caminaba de la mano de los dos, la pareja le fue mostrando el comedor, la inmensa biblioteca, la sala de música, el estudio de Albert, el salón, los baños y la cocina, donde lo saludaron y recibieron animosamente. La cocinera había agradecido la presencia de un niño en la casa.

En el segundo piso estaban las habitaciones, hacia el lado derecho se encontraba la pieza de la tía Elroy, Archie y Annie y varias de alojados. Hacia el otro lado, con vista especial hacia los jardines estaba la de los tórtolos de la historia y varias desocupadas. Albert abrió una puerta y anunció:

- Esta es la pieza de juegos.

Peter pensó que era muy afortunado, estaba lleno de juguetes, autitos, peluches, rompecabezas, mecanos. Al lado y conectada por otra puerta estaba su propia habitación. Las paredes eran celestes, tenía una gran cama, un velador, un ropero, un pequeño escritorio y su propio baño.

- ¡Es enorme!

- Si necesitas algo, nuestra habitación está al frente.

- ¿Y si me pierdo?

Candy le sonrío y se agachó hasta quedar a su nivel, bajito – como si de un secreto se tratara – le dijo que pronto conocería de memoria la casa y que no se asustara porque ellos lo acompañarían. Después desarmaron la maleta y comenzaron a guardar la ropa en el armario. El niño brincaba sobre la cama feliz, mientras los Andrew reían.

Para la hora de almuerzo ya estaba todo listo, así que bajaron los tres juntos. Ingresaron al comedor donde estaban Archie, Annie y la tía Elroy, quien miró ceñudamente al niño. Peter se escondió tras las piernas de Albert y jaló su pantalón. El hombre se agachó para escuchar:

- Albert, ¿esa señora está enojada conmigo?

- No, ¿por qué?

- Me mira feo. Albert dirigió su vista hacia la anciana y sonrío levemente,

ciertamente el seño adusto no ayudaba a su imagen, pero siempre había sido así.

- No te preocupes, lo que pasa es que no sonríe mucho.

- ¿Por qué?

Pero esa pregunta quedó sin respuesta mientras Albert lo presentaba al resto de la familia y recibía saludos de bienvenida de Annie y Archie. Tras ello, le asignaron su puesto en la mesa, al lado de Albert quien ocupaba la cabecera junto a Candy, frente a él estaban los demás. Annie y Archie le sonreían, mientras la señora seguía observándolo, como si fuera objeto de estudio.

El niño trató de comportarse naturalmente, pero no podía comprender la actitud de la mujer. Sin embargo, el almuerzo transcurrió tranquilamente. Al finalizar, Candy se retiró para tomar una siesta y Albert lo llevó al establo. Montados en su caballo favorito, "Negro", recorrieron la propiedad. Era enorme, para estar en plena ciudad poseía un pequeño lago y una variedad de árboles, que hacía pensar en un extracto del bosque. El chico estaba feliz y fascinado, apenas Albert lo bajó del caballo a la orilla del lago, se sacó los zapatos y corrió a mojar sus pies en las frías aguas.

El hombre reía al ver la felicidad de Peter, ¡los niños eran felices con tan poco! Y pensar que había gente que los llenaba de cosas y cumplía todos sus caprichos cuando bastaba con el contacto con la naturaleza. Después de un rato y percatándose que parte de su ropa ya estaba mojada, trató de poner orden.

- ¡Genial!

- Sal del agua, está muy fría.

- ¿Podemos venir mañana?

- El fin de semana haremos un picnic, mañana regreso al trabajo, si

quieres me podrías acompañar, dijo al ver su cara de decepción. El niño salió del agua y se sentó en el pasto, Albert se puso a su lado.

- ¿En qué trabajas?

- En un banco. La familia tiene varios negocios, entre ellos el banco y yo

lo administro

- ¿Qué es un banco?

- Es un lugar donde la gente guarda su dinero.

- ¿Por qué lo guarda?

- Para usarlo cuando lo necesita. Albert miró el cielo, unas nubes oscuras

se acercaban, tomó al niño de la mano, colgó sus zapatos en el hombro y montaron nuevamente, con un suave trote se dirigieron hacia la mansión.

Mientras los adultos tomaban té, el pequeño se entretuvo en la sala de juegos, descubriendo la cantidad de cosas que allí había. A las ocho de la noche se asomaron los rubios para cenar algo ligero juntos, acompañarlo a su cama y leerle un cuento. Cuando se durmió bajaron para beber un café con los demás.

- Buenos días preciosa. Silencio. Albert abrió los ojos y se encontró solo en su cama. Se sentó y la llamó.

- ¿Candy?, ¿cariño estás en el baño? Sin respuesta, silencio. Extraño, la

mujer nunca se levantaba temprano, menos a tiempo, era ya una costumbre despertarla diariamente.

De todas formas se asomó al baño, nada. Salió al pasillo y se acercó a la habitación de Peter, el niño estaba conversando con alguien. Sigilosamente abrió la puerta y observó como la rubia lo estaba vistiendo, mientras lo hacía le daba consejos para saludar a la gente. Cerró la puerta cuidando no hacer ruido y regresó a vestirse. Salía del baño con el pelo húmero cuando ingresó Candy a la habitación. Ella paseó su mirada de arriba – abajo, ¡que guapo se veía!

- Buenos días amor, te ves estupendo así.

- Gracias cariño, te ves bien de mamá, la besó en la mejilla, mientras le

hacía cosquillas en el cuello.

- ¡Nos estuviste espiando!

- No, solamente te buscaba y me asomé a la pieza de Peter.

Mientras terminaba de arreglarse le contó el detalle de las actividades del

día, con Peter acompañándolo a la oficina y con una posible visita al zoológico durante la tarde.

- Después lo traeré a casa e iré a buscar a la más bella dama de la ciudad.

- ¿La más bella dama?, ¿dónde piensa encontrarla?

- He oído que entre las enfermeras hay guapas mujeres. Pudo ver el

reflejo de Candy en el espejo mientras acomodaba su corbata, había levantado una ceja, señal de molestia. Se giró para robarle un beso.

- Pero la más linda es mi enfermera particular.

Tras dejar a Candy en el hospital, Albert, George y Peter llegaron a las oficinas de las empresas Andrew. El niño tomó la mano del rubio y no la soltó en ningún momento. Una joven mujer salió a su encuentro y les deseó buenos días. Avisó que los esperaban en el salón y ofreció café. Albert agradeció su diligencia y solicitó leche, galletas, papel y lápices para Peter.

En el interior seis hombres se levantaron para saludar, Albert respondió amablemente y presentó a Peter como su hijo. Luego sentó al niño en una mesita contigua.

- Mientras nosotros conversamos puedes dibujar. La señorita de la

entrada se llama Angélica, ella te entregará lápices y papel. También te traerá leche y galletas por si te da hambre. Si necesitas algo puedes pedírmelo o decírselo a ella.

La reunión transcurrió tranquila y sin contratiempos. Cuando Albert despidió al último asistente, Peter dormía profundamente apoyado en la mesita. El joven lo llevó a su despacho, lo recostó en un sofá y lo cubrió con su chaqueta.

La tarde pasó sin sorpresas con George, Archie y Angélica entrando y saliendo de la oficina, mientras Peter hacía dibujos en una mesita. A las seis de la tarde, Albert pidió un par de sándwiches y leche y se sentó a conversar y jugar con el niño. Cuando el reloj dio las siete, ambos salieron rumbo al hospital.

Candy estaba cansada y esperaba en la entrada del lugar. Apenas vio el auto sonrío, al subir su esposo le dio un beso de bienvenida y Peter le regaló un chocolate. Ellos le contaron las actividades del día y quedaron en visitar el zoológico durante su día libre.

Llegaron a casa a la hora de la cena. Por suerte para todos Elroy estaba visitando unas amigas; por lo que la comida transcurrió entre risas y bromas. Annie acompañó a Peter a su habitación y le leyó un cuento. Archie la encontró en el pasillo rumbo a su propia pieza, se quejaba de un fuerte dolor de estómago. El moreno la cargó en brazos, mientras llamaba a Candy y rezaba internamente para que su adorada chica estuviera bien.

Los rubios subieron velozmente y Candy revisó a su amiga. Cuando llegó el médico, el dolor era menor y Annie tenía mejor aspecto. Tras un exhaustivo examen, el galeno explicó que la señora Cornwell necesitaba descanso y una dieta blanda. Todos se fueron a dormir.

La siguiente mañana Albert regresó al lago con Peter y recorrieron el resto del lugar a caballo. Arriba de un árbol había una pequeña casa de juegos, construida por el padre de Albert cuando éste era pequeño. La fascinación de Peter significó la promesa de tener su propia casa en el árbol. Tras el almuerzo con Archie y Annie, el rubio se encerró en su despacho y Peter se entretuvo jugando con Archie.

Cuando Albert salió de su estudio, ambos armaban un mecano en la biblioteca, Annie tejía en un sillón. Desde la noticia de su embarazo, ella y Archie se habían trasladado a la mansión Andrew buscando que la morena estuviera acompañada en caso que su esposo tuviera que viajar.

- ¿Puedo sumarme a la construcción?

- Claro Albert, hace tanto que no armaba un mecano.

- Ni lo digas

- El experto era Stear

Dorothy entró para avisar que llamaban por teléfono al dueño de casa. La interrupción fue aprovechada para enviar al niño a cenar y dormir.

- Albert, ¿no me vas a leer?

- Lo siento pequeño hoy no puedo hacerlo, pero recuerda que mañana vamos al zoológico. El niño se puso a dar saltos por la biblioteca, feliz.

Al otro lado de la línea Candy esperaba impaciente.

- ¿Aló?

- ¿Cariño?

- Si, ¿pasa algo?

- Sí, estamos atochados y acaba de fallar una enfermera, me quedaré

hasta mañana.

- Amor, no te exijas tanto.

- Lo prometo, ¿cómo estuvo tu día?

- La mañana fue agradable, Peter descubrió la casa en el árbol, ahora quiere una. En la tarde, lo de siempre. Te extrañé, si no es por Peter la casa está silenciosa.

- ¿Y Annie?

- Oh, ella está mejor, no te preocupes.

- Albert tengo que irme, me están llamando. Te veo mañana, buenas noches.

- Buenas… la comunicación se cortó.

El joven se iba a dormir cuando escuchó risas en la pieza del frente. Al

abrir la puerta descubrió a Peter saltando en la cama y a Dorothy intentando ponerle pijama.

- ¿Qué estás haciendo?

- Jugar un rato.

- Es hora de dormir, ven acá. Tomó el pijama de manos de Dorothy y se

acercó, mirando seriamente al niño, aunque internamente riera a más no poder.

- ¿No podemos jugar otro poco?

- No, ya es tarde, vamos, pon el brazo.

- ¿Me vas a leer un cuento?

- Sólo cuando estés con pijama en tu cama.

Palabras mágicas, tres minutos después las historias de aventuras en el

mar y los piratas surcaban la habitación. El hombre miró al niño que dormía plácidamente, lo arropó y apagó la luz.

Candy llegó exhausta a la casita, donde Albert la esperaba para desayunar.

Acercándose con su sonrisa más sensual y una flor en la mano, la vio bajar del vehículo con un rostro que demostraba señales de una intensa noche de trabajo.

- Buenos días amor, se acercó para abrazarla, besarla y entregarle la flor.

- Buenos días cariños, correspondió el abrazo y el beso.

Tras los saludos, Albert la cargó en brazos hacia el interior, donde el

desayuno estaba servido, la depositó suavemente sobre la silla y recibió un beso delicado en la mejilla.

- Gracias amor, anoche nos llegaron tres atropellados por un coche, no paramos ¿y tú?

- Bueno, después de conseguir que Peter se durmiera decidí que me

tomaré unos días de la oficina para que viajemos a Florida.

- Pero Albert, aún no es seguro viajar y no me gustaría verte enfermo

otra vez.

- Quizás tienes razón, entonces secuestraré a mi esposa y pasaré más

tiempo con ella y nuestros hijos.

El desayuno fue tranquilo y al finalizar, la rubia fue a darse un relajante y merecido baño. Salió cubierta por una camisola y una bata ligera para despedirse de Albert y regresar a su cama. Se durmió apenas recostó la cabeza en la almohada.