¡Buen día a todos! Aquí está el capítulo 4, recién salido del horno :D! Espero y les guste éste capítulo, es uno muy importante para la futura drama que viene en los próximos capítulos! Así que, espero y les guste c: disfruten la lectura!
-StormerHere
Capítulo 4 - Once Upon A Dream
Se acercó a ella con una lentitud casi abrumadora, convirtiendo al silencio en un agonizante recordatorio de que en cualquier instante él podría cambiar de opinión. Sus pasos resonaban en el cuarto que era completamente blanco, y el molesto sonido hacía que ella suspirara ruidosamente y aclarara su garganta en un intento por tranquilizar el creciente nerviosismo y la inevitable ansiedad que la dejaba sin aliento. Sus ojos la estudiaban desde la distancia; estaban entrecerrados ligeramente y su entrecejo estaba fruncido, analizándola. Quiso que la tierra la tragara tras ser víctima de la intensa mirada que ahora estaba sobre ella, pero no pudo hacer nada más que simplemente esperar con paciencia, a sabiendas de que lo que pasaría estaba a punto de cambiar sus vidas para siempre. Había algo en él que le atraía, que le gustaba, y a pesar de todas las advertencias de su subconsciente, de su propio juicio y de todo lo demás, quería conocerlo; adentrarse en su mente, examinarlo de adentro hacia fuera por completo. Era tortuosa la tentación que sentía por hacerlo. Finalmente, él estaba frente a ella. Y ahora que lo tenía tan cerca, no sabía qué hacer. Estaba vestido con un reluciente traje blanco, una corbata dorada y su esencia la embriagó entera.
Todas sus dudas murieron en su mente, todas las palabras se ahogaron en su garganta y toda razón y coherencia dentro de ella se perdió cuando él bajó su cabeza; nivelando su rostro con el suyo, levantó su mano y sujetó su barbilla con un delicado agarre, y sus dedos acariciaron con gentileza la piel alrededor. Quiso hablar, quiso moverse, quiso pensar, pero no podía. Le encantaba estar sumergida en aquellos bellos ojos azules frente a ella. Entonces él se acercó aún más; su mano disponible viajó hasta su cadera, sujetándola, evitando que hiciera cualquier movimiento. Analizó sus labios, los delineó con su dedo índice, e inclinándose un poco hacia adelante, pidió permiso para seguir su recorrido. Ella sólo pudo asentir débilmente, pero fue lo único que él necesito para estampar sus labios contra los suyos, fundiéndose en un beso que les ayudó a transmitirse todo aquello que no podía ser dicho ni con las más sofisticadas y finas palabras. Lo saboreó, disfrutó el momento, olvidó todo y suspiró cuando un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Lo besó con todo el fervor que había dentro de ella, con toda la pasión que llevaba consigo, con todo el anhelo y la esperanza de ser feliz. Quería entregarse en cuerpo y en alma, y al estar entre sus brazos, presa del cariño que ambos sentían, no quería ver a nadie más. No quería saber nada más. No quería tratar de entender nada más. Porque así, de esa forma, todo parecía ser perfecto. Todo parecía ser lo único que ella necesitaba en la vida.
Rompieron el beso debido a la falta de aire, pero eso no los separó por completo. Él descansó su frente sobre la suya, con los ojos cerrados, la respiración errática y una sonrisa en su rostro. Lo vio mover sus labios pero no pudo escuchar lo que dijo. Él lo repitió, pero ahora una serie de golpes hacían que su voz se perdiera en el espacio. Ella giró su rostro, acercando su oreja a su boca para poder escuchar mejor, pero sólo sintió su respiración. Lo volteó a ver y él seguía hablando, moviendo su boca, sonriendo. Los golpes se incrementaron, y su figura empezó a desaparecer. Empezó a verse borrosa, poco clara. Ella lo abrazó con fuerza, con miedo a perderlo, pero cada vez se sentía menos el calor de su cuerpo, cada vez la materia frente a ella se perdía más, hasta que sólo quedó una simple nube de polvo. Ella gritó, pidió que regresara, lo buscó; pero lo único que no daba indicios de desaparecer eran los constantes golpes que con cada segundo que pasaba se volvían poco tolerables y más molestos. Cubrió sus oídos con sus manos, aún buscándolo, gritando su nombre, desesperadamente tratando de encontrarlo. Entonces los golpes se hicieron más insistentes, más constantes. Cerró sus ojos y trató de aminorar el impacto que los golpes tenían sobre ella, pero no pudo. Todo a su alrededor comenzó a pintarse de negro, y la bella habitación blanca ahora era simplemente una oscuridad inminente y peligrosa.
Quiso protegerse, pero los golpes resonaban en las cuatro paredes, penetrando las barreras que cubrían sus orejas. Cerró sus ojos con más fuerza; los golpes la hicieron pensar en un corazón latiendo con adrenalina, un corazón con un latido salvaje, primitivo, ensordecedor. Gritó, pero ni siquiera ella pudo escuchar más su voz. Los golpes habían consumido todo.
—¡Sam!
Y entonces despertó, con la respiración alterada y su pecho subiendo y bajando con más frecuencia de la normal. Entonces descubrió que los golpes eran en realidad alguien tocando en su puerta. Maldijo en lo bajo, y levantó su cabeza simplemente para sentir una punzada de dolor recorrerle todo el cuerpo. Inmediatamente su mano viajó hasta su sien izquierda, sintiendo pulsaciones y un molesto dolor en la zona sobre la que estaban sus dedos. Frunció el entrecejo y sintió náuseas, una acidez subiendo por su garganta y el sabor a bilis invadiendo su boca. Se sentía deshidratada y seca. Ignorando el dolor que sabía que esto le iba a causar al igual que el haber ignorado el constante sonido de golpes azotando su puerta, se levantó de la cama y corrió hasta su baño, arrodillándose frente al inodoro y sujetando su cabello a un lado con su mano antes de expulsar el líquido amarillento. Su garganta le comenzó a arder, el sudor se hizo presente en su frente, esforzándose por sacar todo lo necesario. Finalmente, después de unos segundos, ya no tenía nada más qué vomitar. Se recargó en la pared a un lado del inodoro, con su mano sujetando su adolorido estómago por la presión que había hecho al estar vomitando.
Permaneció sentada en el mismo lugar unos instantes, tratando de recobrar sus energías y de eliminar el sabor a bilis que seguía presente en su boca. Con la parte exterior de su mano, limpió su sudor, respirando entrecortadamente.
—¡Sam! ¡Despierta! —ahora le podía poner un rostro a la persona que tocaba con tanta insistencia su puerta: Clayton Carmine. ¿Qué demonios hacía ahí? No tenía una mínima idea. ¿Cómo había llegado a su habitación? No lo sabía. ¿Por qué se sentía de la mierda? Ni siquiera quería saberlo. Trató de juntar los fragmentos de recuerdos que llegaban a su mente de forma borrosa y apenas visible, pero era más difícil de lo que pensaba. Suspirando fuertemente, se levantó del suelo y cerró sus ojos cuando empezó a ver puntos negros a su alrededor, nublándole la vista. Con un paso cauteloso y tratando de no tropezar y caer, salió del baño y caminó hasta la puerta, sintiendo su cabeza como si estuviera a punto de explotar. Sujetó la manija y la giró, abriendo la puerta y encontrándose con un sonriente Clayton que cargaba dos botellas de agua y una caja de pastillas contra el dolor—. Vaya, luces horrible.
—Mmm —fue lo único que logró vocalizar, mirando fijamente los objetos que estaban en las manos de Carmine—, ¿vas a quedarte ahí parado o me vas a dar esas malditas pastillas? —su voz estaba ronca, casi afónica. Clayton puso ambas manos con los objetos frente a él, poniéndose a la defensiva.
—Tranquila —dijo, soltando una risa—. Aquí tienes —extendió su mano y le entregó la botella, que Samantha tomó de inmediato, abriéndola con más dificultad de la normal y dirigiéndola hacia su boca, dando un largo trago y disfrutando de la sensación que sintió al sentir el líquido hacer contacto con su irritada garganta. Cuando terminó de beber, Clayton le entregó las pastillas, las cuales sacó con rapidez del empaque para luego poner dos en su boca y beber una vez más de la botella para que se deslizaran con facilidad a través de su garganta. Una vez que las tragó, Sam se hizo a un lado, permitiéndole a Clayton adentrarse en su cuarto. Cuando ya estaba adentro, Samantha cerró la puerta y caminó hasta su cama.
—Eres como un ángel caído del cielo, ¿sabes? —Sam dijo con voz perezosa, recostándose sobre la suave superficie y escondiendo su rostro en su almohada.
—Me lo han dicho —Clayton habló, encogiéndose de hombros y sonriendo mientras se sentaba a un lado de Sam, en la orilla de la cama—. ¿Cómo te sientes?
—¿Qué no es obvio? —preguntó con ligera exaltación, claramente irritada por la pregunta. Ignoró la risa que salió de la boca del mayor de los Carmine—. Siento como si la cabeza me fuera a explotar en cualquier instante.
—¿Esperabas menos después de tomarte casi todo el bar tú sola?
—¿Sabes qué? Retracto haberte nombrado mi ángel caído del cielo —sumergió su rostro una vez más en la almohada, deseando con desesperación que las constantes punzadas de dolor que atacaban su cabeza desaparecieran—. ¿Qué hora es?
—Las tres de la tarde.
Gimió de dolor cuando levantó su cabeza con sorpresa tras escuchar la hora. Clayton rió ante su reacción, colocando una mano en la espalda de Sam y acariciando la zona tras verla sumergir su cabeza en la almohada y suprimir varios gemidos de dolor.
—Si te reconforta saberlo, estaba igual que tú hace unas horas —Clayton admitió, sonriendo—. ¿Quieres comer algo?
—No —respondió, su voz siendo apenas entendible debido a la presión que ejercía sobre la almohada—, siento que si como cualquier cosa vomitaré.
—Pues es una pena, porque quieras o no vas a ir conmigo a la cafetería.
—Clay, no me hagas esto, por favor —Samantha gimió, cansada, frustrada—, ¿por qué no vas tú solo?
—¿Hay algún problema en querer que tú me acompañes? —Clayton preguntó, con su mano aún viajando a lo largo de la espalda de la pelinegra.
—Claro que hay un problema. No quiero ir, ¿no es suficiente? —Carmine rió. La pelinegra lo volteó a ver, sólo para descubrir que sus ojos cargaban súplica en ellos y sus labios estaban en forma de puchero. La imagen sólo empeoró la situación y Sam evitó poner sus ojos en blanco—. De acuerdo, iré contigo. Pero déjame tomar una ducha antes.
—¡Genial! Estaré esperando aquí —exclamó emocionado, levantándose de la cama y permitiéndole a Samantha hacer lo mismo—. No tardes.
—Muérete —y con paso lento y perezoso, Samantha se dirigió a su clóset, para después tomar una blusa negra y unos jeans azul fuerte antes de ir al baño. Cerró la puerta tras adentrarse en la pequeña habitación, colocando su ropa a un lado de la regadera y bajando la palanca del inodoro, que aún tenía el líquido amarillento de unos minutos atrás dando vueltas para luego desaparecer algunos segundos después. Abrió la llave del agua caliente y esperó a que un poco de vapor llenara el cuarto, para después combinar el agua caliente con un poco de agua fría. Se desvistió con algo de resistencia, pero después de unos segundos finalmente terminó, poniéndose de pie debajo de la regadera y suspirando en placer cuando el agua hizo contacto con su piel.
No recordaba absolutamente nada del día anterior. Todo parecía estar borroso; recordaba a Clayton y a ella tomando en el bar, recordaba cuando Cole y Jace se les unieron y recordaba cuando vio entrar a Baird por la puerta y acercarse a ellos. Eso no explicaba para nada cómo había llegado a su cuarto ni quién la había llevado hasta ahí, porque ciertamente no creía que hubiese llegado sola a su habitación. Era algo casi imposible. Se esforzó en encontrar el recuerdo que parecía estar profundamente escondido dentro de su cabeza, pero nada le vino a la mente. Suspiró agobiada y un poco frustrada por no ser capaz de recordar lo que hizo la noche anterior, pero decidió olvidar el tema y relajarse bajo el agua. Tiempo después, cerró ambas llaves y comenzó a secar su cuerpo. Finalmente, salió cambiada. Rió en lo alto cuando vio a Clayton dormido plácidamente en su cama, con su cabeza recargada en el respaldo de la misma y su tranquila respiración alterando el lugar.
Secándose su cabello con la misma toalla que había usado para secar su cuerpo, se acercó al mayor de los Carmine y pateó con fuerza sus botas, las cuales colgaban desde la orilla de la cama. La reacción fue casi inmediata y Clayton despertó, alertado e irritado por el espontáneo golpe.
—Sam, demonios, hay otras formas de despertar a una persona —se quejó, bostezando y permitiéndole a una lágrima bajar por su mejilla. Lentamente, se levantó y talló sus ojos con sus dedos índice y pulgar—. Como sea, ¿ya estás lista?
—Lista como siempre —Samantha respondió, dirigiéndose a la puerta y abriéndola—. ¿Vienes? —ambos soldados salieron, dirigiéndose a la cafetería. No estaba tan llena como lo estaría al mediodía o por la mañana, pero en la distancia, Clayton y Sam pudieron ver a Jace y a Cole sentados uno frente al otro, al parecer ambos probando su fuerza mediante unas vencidas. El puño de Cole claramente llevaba la delantera, y después de que Clayton tomara su bandeja de comida, se acercaron al par sólo para ver a Jace ser derrotado por Augustus.
—¿Qué pasa, Jace? Esperaba más de ti —Clayton dijo, riendo y sentándose a un lado del Gear más joven. Samantha se sentó junto a Cole.
—Le hubiera ganado si Gus jamás se hubiera inyectado tantos esteroides —Jace se quejó, masajeando ligeramente su muñeca.
—¿Esteroides? Me ofendes —Augustus dijo, riendo. Después, su atención se centró en la figura que estaba sentada a un lado de él. Sonrió con picardía y rodeó los hombros de Sam con su brazo—. Pequeña, no trajiste nada para comer.
—No tengo hambre —se encogió de hombros.
—¿Por qué? —a pesar de saber la respuesta, Cole siguió cuestionando a la pelinegra.
—Como si no supieras —Samantha se mofó, seguido de sonreírle a su amigo—, estoy segura de que fuiste tú el que me llevó a mi habitación —la sonrisa que estaba en su rostro se desvaneció cuando la confusión y la extrañez se apoderó de las facciones de Cole. Abrió su boca para decir algo, pero nada salió de sus labios.
—Yo no te llevé a tu habitación —la mirada de Augustus viajó desde Sam hasta el menor de los soldados—, Jace y yo llevamos a Clayton a su cuarto —Samantha comenzó a digerir la información. Sus ojos azabaches estudiaron a sus dos compañeros, confirmando que lo que decían era cierto. Varias preguntas comenzaron a generarse dentro de su mente ante la duda de quién pudo haber sido la persona que la había llevado a su habitación. Entonces, la sorpresa causada por la respuesta la golpeó más fuerte de lo que hubiera querido. Suspiró, con los ojos algo más abiertos de lo normal, pero antes de saltarse a las conclusiones quiso escucharlo venir de parte de sus colegas.
—¿Entonces...?
—Fue Baird el que te llevó a tu cuarto —Cole contestó, sonriente—. Lo hubieras visto; en serio quería llevarte él mismo. Estaba muy emocionado por hacerlo —Samantha estaba muy dentro de sus pensamientos como para notar el guiño que Augustus le hizo a Clayton y a Jace. ¿Baird emocionado por llevarla a su cuarto? ¿Por qué? ¿Qué tenía de emocionante una tarea así? Sin que se diera cuenta, un sonrojo subió a sus mejillas, colorándolas con un bello color durazno.
—¿Baird me llevó a mi habitación? —preguntó, más para ella misma que para los demás. Volteó a ver a Cole sólo para verlo asentir en silencio—, ¿por qué?
—No lo sabemos —Jace intervino, encogiéndose de hombros—, pero en serio quería hacerlo. Cole me dijo que yo te llevara a tu cuarto, pero Baird de pronto dijo que estaba bien si yo iba con Gus, diciendo que yo era más fuerte que él, ¿puedes creerlo?
—No realmente —respondió algo insegura, volteando hacia abajo y frotando sus manos formadas en puños contra sus piernas de arriba hacia abajo.
—¿Estás bien, Sam? —Cole preguntó, genuinamente consternado pero riéndose para sus adentros tras ver las diversas reacciones de la pelinegra, quien seguía absorta en sus pensamientos.
—Sí, estoy bien —respondió con lentitud, haciendo contacto visual con Cole—. Un poco sorprendida.
—Es comprensible —Cole comenzó a decir, palmeando la espalda de Sam en un gesto amistoso—, ¿y por qué no le preguntas tú misma? Ahí viene —y entonces Samantha volteó a ver en la dirección en la que Cole apuntó con su dedo índice, y vio la familiar figura de Damon acercándose a ellos. Llevaba puesta una playera blanca y jeans negros. Suspiró al verlo, no pudiendo evitar pensar en qué bien se veía con esos jeans puestos. Cuando sus ojos azabaches conectaron con los azules de él, Baird se tensó visiblemente, ralentizando su paso. Samantha desvió la mirada, centrándola en Carmine, quien seguía comiendo en silencio, ignorando la tensión que había en el aire—. ¡Hey, Baird! ¡Por aquí, hermano! —Cole exclamó, sacudiendo una mano en el aire. Después de unos segundos, Damon finalmente llegó al encuentro con Delta.
—¿Qué tal, Baird? —Jace habló, sonriendo. Damon simplemente le asintió, pero no contestó y se dirigió hacia un lado de Cole, donde tomó asiento en silencio. Samantha seguía con sus ojos sobre Clayton, quien tras unos segundos percibió su mirada en él y levantó su rostro, encarándola. La miró con plena y genuina confusión en su rostro, pero no recibió ninguna clase de reacción de parte de Sam, quien al parecer tenía la mirada perdida, adentrada en sus pensamientos por completo. Clayton se removió en su asiento, sintiéndose de pronto incómodo.
—Sam —susurró, aprovechándose de que Cole y los demás se habían sumergido en una conversación. La pelinegra siguió en su misma posición—. ¡Sam! —susurró lo más alto que podía, finalmente recibiendo la atención de Samantha. Ella le arqueó ambas cejas después de parpadear múltiples veces—. ¿Estás bien? —la pelinegra asintió de inmediato, haciendo que Clayton la mirara con ojos incrédulos y conocedores. Para sorpresa de todos, Samantha se levantó, interrumpiendo la conversación de Cole, Jace y Baird y llamando la atención de cada soldado presente.
—Tengo que irme. Ya vuelvo —dijo, y sin esperar la respuesta de sus compañeros, caminó hacia la salida, y la mirada del resto de los Gears la siguió mientras se alejaba en la distancia con paso firme y seguro. Cuando cruzó las puertas de la cafetería, se recargó en la pared que estaba a un lado, suspirando. La razón por la que se había retirado no era simplemente por la presencia de Baird. Era el hecho de haber recordado su sueño. El sueño donde aquél hombre se le acercaba y la besaba. Solamente que ahora podía ponerle nombre al rostro. Había soñado con Damon Baird. Si antes estaba confundida, ahora lo estaba mucho más. Por supuesto que Baird le atraía, pero no creía que esa atracción fuese tan grande. Se mordió el labio inferior, poniéndose a pensar sobre la información que acababa de recolectar de parte de Cole y de Jace.
—Qué estupidez —se mofó, rascando su cabello y comenzando a caminar lejos de la cafetería, sumergida en sus pensamientos e inevitablemente pensando en el atractivo Damon Baird.
Dom logró conciliar unas horas de sueño antes de despertar gracias a los constantes golpes que azotaban la puerta de su habitación. Trató de ignorar el sonido, cubriéndose el rostro con la delgada almohada que había debajo de su cabeza y tratando de aminorar el ruido, deseando dormir un poco más. El azota-puertas siguió con su tarea, ahora golpeando más fuerte. Santiago maldijo en lo bajo y suspiró a sabiendas de que la persona que lo quería despierto no se iba ir hasta ver cumplido su cometido. Enderezándose y viendo que aún tenía la misma ropa puesta que el día anterior, talló su rostro con sus manos y volvió a escuchar los golpes resonar en las cuatro paredes. Gruñó mientras se levantaba y se hacía paso hacia la puerta, la ventana al fondo detrás de él indicándole que aún era un poco temprano, ya que el cielo se veía naranja y el sol parecía apenas estar saliendo. Eso sólo hizo que se molestara más, y extendiendo su mano con salvajismo para sujetar el pomo de la puerta y girarlo, cuestionándose mentalmente qué demonios quería el visitante y por qué lo molestaba tan temprano en la mañana, finalmente abrió la puerta.
—Matt —Dom suspiró el nombre, tragándose todos los improperios que amenazaban con salir de su boca una vez estuviera frente a frente con su visitante. El hombre frente a él lo miró con un poco de burla, su puño ligeramente levantado. Al parecer Santiago había interrumpido su tercera ronda de golpes. Dom se llevó una de sus manos a sus ojos, tallándolos con su dedo índice y pulgar—. Matt, ¿qué pasa?
Matthew lo miró con sorpresa, ambas cejas arqueadas con duda e incredulidad.
—Pensé que querías ir hacia Anvil Gate lo más pronto posible —la somnolencia que Dom desprendía fue esfumada rápidamente por las palabras del joven doctor. Parpadeó varias veces y sonrió, dejando a su mente absorber la información que le acababa de decir Matthew. Había olvidado por completo el viaje que se suponía debía de hacer hacia Mercy, y después hacia Anvil Gate, donde esperaba que Hoffman estuviera situado. Santiago rió ligeramente, recibiendo una sonrisa de parte de Matt—. Ven, acompáñame. Te tengo una gran sorpresa, —aún ligeramente adormilado, Dom cerró la puerta cuando salió de la habitación, encaminándose hacia la planta baja y tratando de seguirle el paso a Matthew, quien se giró hacia la recepción y abrió las dobles puertas del hospital, encontrándose con el paisaje que había visto las últimas dos noches. Matt siguió caminando hacia la gran extensión de árboles, con Dom siguiéndolo y bostezando continuamente mientras una lágrima se deslizaba por su mejilla.
—¿A dónde vamos? —Dom preguntó con voz curiosa pero ligeramente adormilada.
—¿No sabes lo que una sorpresa significa? —Matthew lo volteó a ver sobre su hombro con una sonrisa plantada en sus labios. Dom rascó su cabello y asintió—. Entonces espera. Ya casi llegamos.
Y tal como dijo Matthew, en la distancia y entre varios árboles, Santiago pudo visualizar un cuarto hecho con ladrillos y con un techo de madera. Frunció el entrecejo. Afuera había varias piezas de metal, neumáticos y basura. El cuarto que medía aproximadamente siete metros por ocho no tenía puerta alguna, y el Gear trató de ver qué había dentro. Se sorprendió cuando Charlie salió de la habitación con su ropa completamente manchada de lo que parecía aceite y una sonrisa alegre en sus labios. Los saludó desde lejos moviendo la mano de un lado a otro.
—Buenos días, Charlie —Matthew exclamó, acercándose lo suficiente después de unos instantes y palmeando la espalda del pelirrojo.
—Dom, Matt —Charlie asintió, sonriendo—. Vengan adentro —siguiendo al joven mecánico, Santiago se dio cuenta de que estaban en una clase de taller casero. Adentro, las paredes estaban pintadas con un intenso color azul fuerte, y había varias partes de automóviles y múltiples herramientas. Al lado izquierdo, Dom pudo ver un coche desmantelado con el motor afuera. Del lado derecho, Dom visualizó dos mesas con objetos de metal sobre las mismas. El cuarto estaba iluminado por una tenue luz que provenía de un foco colgante del techo, dándole un aspecto cálido y ligeramente hogareño. Al final del cuarto, Santiago visualizó una puerta de madera, y supuso que se dirigían hacia ahí. Tenía en mente lo que podía estar pasando y qué era aquello que Matthew le quería mostrar, pero prefirió quedarse callado, dejando el factor sorpresa intacto. Cuando estaban a centímetros de la puerta, los hombres esperaron a que Charlie la abriera, y en seguida se encontró con una habitación más iluminada que la anterior, las paredes pintadas con un verde claro, las cuales lucían desgastadas y afectadas por la humedad y por el paso de los años—. Bien, Dom; espero que te guste.
Inmediatamente después de que Santiago diera un paso adentrándose a la habitación, pudo ver en su máximo esplendor la armadura con la que estaba más que familiarizado. Estaba apoyada sobre una mesa que estaba colocada de forma vertical, y las extremidades de la armadura estaban sujetas a las bases de la mesa. Dom supuso que era para trabajar de una mejor forma. Las luces en la armadura funcionaban; estaba ligeramente rasgada de la parte superior, pero aún más de la parte inferior. Lucía desgastada y un poco vieja, pero Dom no pudo evitar sonreír al verla después de tanto tiempo. Algo sorprendido con el trabajo hecho, se acercó a paso lento hacia la armadura y extendió su mano para tocarla. Se sentía áspera, fría, pero ni siquiera esas propiedades se acercaron al calor que Dom sentía por dentro al recordar todas las cosas por las cuales había pasado con esa armadura.
—Esto es impresionante, Charlie —Dom murmuró mientras sus ojos estudiaban su armadura y brillaban ligeramente como cuando un niño recibe el regalo que quería en Navidad. Sonrió ampliamente y quiso vestirse con ella de inmediato—. En serio, impresionante —escuchó la risa de Charlie y Matthew resonar en la habitación.
—No me gusta alardear, pero en realidad puse todo mi empeño en esta belleza —Charlie dijo, sonriendo—. La CGO tiene buena artillería, ¿eh, Dom? —Santiago asintió, volteando a ver a la pareja de hombres que lo veían emocionados. Dominic extendió su mano hacia Charlie, quien la estrechó.
—Gracias. Es un muy buen trabajo —Matthew colocó su mano en el hombro de Dom, quien lo miró, atento.
—¿Estás listo para vestirte con ella? —Santiago sabía que usarla sin la característica licra negra iba a ser una molestia, pero no pudo evitar asentir emocionado—. Bien, entonces vamos a bajarla de aquí para que la uses —los tres hombres deshicieron los nudos que sostenían la armadura, y Matt y Charlie dejaron solo a Dom para que pudiera vestirse con ella. Cuando obtuvo su privacidad, Santiago no pudo evitar suspirar aliviado, analizando la armadura frente a él y sonriendo ampliamente mientras miles de recuerdos de Marcus y él juntos pasaban por su mente con rapidez. Extrañaba a su hermano. Extrañaba bromear con él; charlar con él. Marcus sabía absolutamente todo sobre Dom, y él sobre Marcus. Inhaló y exhaló con fuerza, comenzando a desvestirse. Dobló su ropa y la puso a un lado, comenzando a vestirse con la armadura. Tal y como lo había supuesto, el material frío y duro de la armadura raspaba su piel en ausencia de la licra negra, pero rápidamente se acostumbró, ignorando hasta la más mínima molestia. Bajó su rostro, viéndose desde arriba hasta abajo, apreciando su figura dentro de la armadura, y después se suspirar una vez más, se encaminó hacia la puerta y salió del cuarto, donde Matthew y Charlie se hallaban platicando antes de ser interrumpidos por la presencia de Dom. Charlie silbó.
—Vaya, todo un soldado de la Coalición —el pelirrojo dijo, mirándolo de pies a cabeza. Santiago sonrió.
—Luces bien, Dom, ¿listo? —Matthew preguntó, señalando la salida de la habitación.
—Listo.
Cuando regresaron al hospital y se dirigieron a la parte trasera del mismo, Matthew ya tenía preparada una camioneta verde con aspecto militar. En ella había varios suministros y sacos de dormir, junto con un par de armas que hicieron que Santiago se cuestionara a sí mismo si en algún punto de su recorrido tendrían que usarlas. Matthew conocía mejor a los civiles; siendo parte de ellos, era normal saber de qué podían llegar a ser capaces. Ambos hombres se encaminaron hasta el vehículo, y Dom lo estudió con cautela, apreciando el diseño del mismo. Silbó cuando lo rodeó por completo.
—¿Es tuyo? —preguntó con una sonrisa, recibiendo un asentimiento de parte de Matt—. Lindo.
—Estoy orgulloso de él —rió y abrió la puerta del piloto, adentrándose en el auto y encendiendo el motor. Santiago se acercó al otro extremo de la camioneta, sentándose en el asiento del copiloto.
—¿Te vas a ir nada más así? ¿Qué hay de tu grupo? ¿Los dejarás solos?
—Dame más crédito —Matthew dijo al momento de cambiar la palanca de velocidades y pisar el acelerador, haciendo que la camioneta comenzara a moverse mientras el conductor maniobraba con suma elegancia el volante—. No es la primera vez que salgo; cuando te rescaté fue una de esas veces. Siempre dejo a cargo a Harry, es muy bueno en esa clase de cosas. Es como mi mano derecha —Dom asintió, apreciando el paisaje que pasaba por la ventana. El interior del vehículo era de admirarse. Los asientos no estaban en perfecto estado, pero para que el fin del mundo hubiera estado tan cerca, la camioneta lucía más que decente. La cabina del vehículo era espaciosa, y en los asientos de atrás había cajas de munición que llamaron la atención de Dom.
—¿Las vamos a necesitar? —preguntó consternado mientras su pulgar señalaba la parte trasera de la camioneta. Matt removió sus ojos del camino para centrarlos en el retrovisor y ver los diversos objetos esparcidos en el asiento. Una vez más, sus ojos regresaron al camino frente a él, encogiéndose de hombros en el proceso.
—Hay civiles que son, bueno… civilizados —explicó con algo de rudeza—, sin embargo, hay otra clase de civiles que al parecer han perdido la razón. Son salvajes, nómadas. Atacan a todo lo que se mueve —Santiago asintió. Sabía que los civiles buenos no eran tan conocidos como los civiles "malos". Conducían a través de una gran vereda, y la camioneta continuamente rebotaba o se sacudía debido a la imparcialidad del terreno. Después de unos minutos en silencio, Matt finalmente encontró la carretera y tomó la dirección concreta—. Cuéntame, Dom, sobre tu equipo. Tus compañeros.
Santiago dejó que una risa saliera de sus labios.
—¿Para qué quieres saber?
—Matar el tiempo, tal vez —se encogió de hombros y sonrió—. Vamos, anda. Rompe el hielo —Santiago suspiró abatido, y sus ojos se centraron en el camino frente a los dos.
—Yo era parte de Delta, aunque también estaba Delta Dos. Éramos muy conocidos, ¿sabes? —comenzó su relato, recordando los reconocimientos que se le habían dado cada vez que triunfaba en una batalla contra los Locust—. Mi sargento era mi mejor amigo, Marcus. Es frío y serio. Él fue uno de los que acabó con la guerra. Su padre tenía la cura para los efectos de la Imulsión; él sabía cómo detener toda ésta mierda —Matthew lo miró con sorpresa.
—Entonces, si hubieras seguido hasta el final con ellos, ¿tú hubieras participado en el final de la guerra? —Dom asintió en silencio, mordiéndose el labio inferior—. Asombroso. Continúa por favor.
—Éramos cuatro en cada pelotón. Marcus, yo y otros dos más. Los otros eran Baird y Cole, aunque tiempo después los cambiaron a Delta Dos. Eran como súper mejores amigos. Baird era un bastardo sarcástico y Cole... bueno, Cole era otra cosa.
—Cole, ¿huh? Un nombre peculiar.
—Seguro lo conoces —Matthew lo volteó a ver con una ceja arqueada—. Cole, el tren. ¿Te suena?
—¿Qué? —Matt preguntó, su boca abriéndose y sus ojos ampliándose—. ¿El tren de los Cougars?
—El mismo.
—Me estás tomando el pelo, ¿verdad? —Dom negó con la cabeza, sonriendo cuando Matthew comenzó a reír emocionado—. ¡Estabas en un equipo con Cole El Tren! ¡Joder, Santiago! —Matt exclamó, una gran sonrisa plasmada en su rostro—. Me encantaba ver jugar a los Cougars; ese hijo de puta siempre lograba sorprenderme. Era increíble. ¿Recuerdas esa anotación que le hizo a los Sharks en el juego final de la temporada? ¡Dios! Era como si hubiera muerto e ido al cielo en el tiempo que duró su jugada. ¡Corría como loco!
—Me estás asustando —Dom dijo, fingiendo temor en su rostro, para luego reír enérgicamente—. Es un gran tipo, no hay nadie que no le agrade.
—¡Apuesto que lo es! —Matthew sonreía de oreja a oreja, sin que su mirada se alejara nunca del camino—. Lo siento, me encantaba ver los juegos y todo eso mientras tomaba cerveza. No me perdía ningún maldito juego cuando la temporada empezaba. Gané doscientos billetes gracias a tu amigo —después de eso, Matt suspiró, y su sonrisa de felicidad se tornó en una de melancolía y nostalgia. Se quedó en silencio unos momentos y Dom lo miró con confusión, preguntándose qué pasaba por su mente en esos instantes. Después de unos segundos que parecieron horas, Matthew volvió a sí mismo y parpadeó varias veces—, ¿y qué me dices del resto?
Un poco extrañado por el repentino cambio de actitud, Dom respondió de todas formas.
—Después de que cambiaran a Baird y a Cole nos asignaron a un novato llamado Jace. Era el más joven de todos. También nos asignaron a una ex teniente; su nombre es Anya. Era muy unida a Marcus —después, Dom suspiró, removiéndose en su asiento y colocando su dedo índice sobre su barbilla—. Entonces estaba Delta Dos, donde Baird y Cole estaban. Con ellos estaba Clayton, un hijo de puta muy fuerte. Era el único que lograba alcanzar el músculo de Cole, en serio. Perdió a sus dos hermanos en combate; ambos estaban con Marcus y conmigo tiempo atrás: Benjamin y Anthony. No eran los mejores, pero eran buenos, ¿sabes?
—Supongo que cada soldado dio su respectivo aporte —Matthew opinó—, ¿y el cuarto miembro? Dijiste que había cuatro en cada pelotón —Dom no pudo evitar sonreír cuando una imagen del cuarto miembro se proyectó en su mente. Sus bellos ojos azabaches, su actitud especial y remarcable.
—Esa es Samantha —dijo, sin poder evitar suspirar después de decir el nombre—. Ella es especial. Tiene esa actitud que le permitía no tenerle miedo a nada. Siempre estaba dispuesta a todo, y era muy talentosa usando el francotirador. Tiene un acento especial ya que ella es de Kashkur, y le encanta hacer tatuajes. Me hizo el que tengo en el brazo; es muy buena en eso. Siempre quiere ayudar, ¿sabes? Si había una misión especial, ella quería participar a como diera lugar. Y siempre se estaba peleando con Baird —permitió que una risa escapara de sus labios—, él decía que era muy irritante, pero yo creo que lo que hacía era muy respetable. Era más madura que todos nosotros juntos —se detuvo y se perdió en sus pensamientos, ignorando la mirada que Matthew le estaba dando.
—Samantha suena como una persona encantadora —opinó con una sonrisa.
—Es una persona encantadora —Dom dijo, mirando a través de la ventana.
—¿Sabes, Santiago? La descripción de Samantha fue la más larga de todas —Dom volteó a ver a Matt, ligeramente sorprendido—. ¿Eras muy apegado a ella?
—No realmente —respondió con sinceridad, frunciendo el entrecejo—. Aunque me hubiera gustado haberlo sido.
—¿Y por qué no lo intentaste?
—Por querer quedarme estancado en el pasado —Dom admitió, permitiendo que su mente proyectara diversas imágenes de María—. Desaproveché muchas cosas cuando estaba aún con ellos, y una de esas cosas fue el hecho de estar con ella. Siempre la... alejaba. La apreciaba, la quería. En serio la quería. Pero me daba miedo acercarme tanto a una persona. No quería lastimarla.
—Pero ahora tienes otra oportunidad, ¿no? Enmienda tus errores, Santiago —Matt dijo con una sonrisa alegre en sus labios—. ¿Qué harás cuando la veas de nuevo? —Dom dejó que una risa escapara de sus labios.
—Eso no es de tu incumbencia. Es personal —respondió fingiendo estar ofendido. Matthew en respuesta a su actitud se encogió de hombros—. Sólo espero que no sea demasiado tarde.
—Nunca es demasiado tarde para esa clase de cosas.
Y Dom simplemente asintió, agradeciendo el apoyo pero aún así creyendo imposible lo que Matthew acababa de opinar. En serio deseaba que no fuera demasiado tarde.
Y bien? Qué les ha parecido? En serio espero y les haya gustado todo esto! Quiero aclarar una cosilla: ¿en serio Dom sentía tanto cariño hacia Sam? Bueno, creo que en el juego muestran que Santiago se sentía bien con ella y hasta se preocupaba por ella, pero no en el sentido de amor o algo así. Pero ahora que ha despertado, supongo que se dio cuenta de la forma en la que Sam se comportaba con él (ya saben, cuando Baird le dice a Clayon que Samantha no le comprará nada porque no es Santiago, o cuando Dom estaba inconsciente y Sam se asustó) y quiere acercarse a ella porque se siente algo solitario. Con eso ya aclarado, creo que podemos seguir normalmente:D . Gracias por leer, adióoos!
