NA: Soy pesada, ya lo sé... Pero no sé qué me pasa, que no puedo dejar de escribir esta historia!
Si antes no habéis seguido mi recomendación de escuchar las canciones que propongo, ¡muy mal! Pero para este capítulo sí tenéis que hacerlo, es fundamental para poneros en situación, para haceros sentir eso que quiero transmitiros... Así que espero que leáis con la canción "Everglow", de Coldplay, de fondo :) Y por supuesto espero que os guste.
. . .
But when I'm cold, cold...
Oh, when I'm cold, cold...
There's a light that you give me when I'm in shadow,
there's a feeling you give me, an everglow.
. . .
Capítulo 4: Renunciar a Astoria.
—¿Puedo pasar? —preguntó al fin, después de unos segundos de silencio.
Miré de reojo la enorme pila de platos sucios amontonados en el fregadero.
—No —respondí rápidamente. Desde que se había ido, hacía casi dos meses, sólo había estado fregando un plato, un vaso, y los cubiertos que necesitara para comer.
Ella se puso de puntillas, mirando por encima de mi hombro hacia la cocina. Luego, puso una mano sobre mi pecho y me hizo a un lado, entrando en el apartamento. Un profundo suspiro de incredulidad se escapó por entre sus labios mientras miraba de un lado a otro de la entrada, que conectaba con la cocina. Parecía completamente afectada por el estado de la casa.
Sin saber muy bien qué decir, me metí la mano en el bolsillo del pantalón y saqué el juego de llaves que siempre llevaba conmigo, el suyo, precisamente porque sabía que, tarde o temprano, llegaría aquel día… El día en el que ella volviera.
Sin mediar palabra, estiré el brazo (todavía dolorido por el golpe que me di al caer sobre el hombro derecho cuando aquel imbécil se tiró encima de mí, en la discoteca) y las sostuve frente a su cara, esperando a que las cogiera.
—No, Draco, no voy a quedarme —dijo cuando se percató de ellas.
—¿Qué quieres decir con que no vas a quedarte? —pregunté, perplejo, cayendo en la cuenta de que no llevaba ningún tipo de equipaje—. ¿Por qué motivo vendrías aquí si no es para eso?
Ella desvió la mirada hacia sus pies, absorta en sus pensamientos… Como si ni ella misma supiera muy bien qué hacía ahí.
—¿Me respondes? —le insté.
Hermione levantó la cabeza y me miró a los ojos. Pude apreciar un atisbo de cansancio y fatiga en su rostro.
—He vuelto porque te conozco —respondió, casi en un susurro—. Y sé que el Draco del que me enamoré sigue ahí —dijo, señalándome el corazón.
—¿Pero de qué diablos hablas? —pregunté con incredulidad, enarcando una ceja.
—Hablo de que el Draco de hace tres años no habría ido por ahí pegando a la gent…
—¡Ese estúpido estaba tirando de ti!
—¡Tú también lo hacías! —gritó, alterándose de repente.
Ambos nos quedamos en silencio un par de segundos. Ella, frotándose las sienes. Yo observándola. Cerró los ojos, cogió un una gran bocanada de aire, y lo expulsó por la boca sonoramente. Cuando volvió a abrir los ojos, yo la miraba resentido.
—Draco, te has pasado los últimos meses siguiéndome por toda la ciudad… Ahora que estoy aquí, ¿querrías escuchar lo que te tengo que decir? —preguntó, haciendo un gran esfuerzo por mantener los nervios a raya.
Yo asentí, sólo una vez.
—De acuerdo —dijo, mientras me esquivaba y se movía un poco por la habitación—. Me estoy agobiando entre estas cuatro paredes, ¿podemos ir al salón?
—Te sabes el camino —gruñí por lo bajo.
La seguí, casi pisándole los talones. No era así como había creído que sería su vuelta a casa.
Ella se sentó en el sofá, dando unos pequeños golpecitos a su lado para que yo también lo hiciera. Me dejé caer sobre él, estirando las piernas y cruzándome de brazos.
—Quiero volver contigo —susurró de repente.
Sus palabras provocaron un espasmo en mi interior que me hizo girar la cabeza de golpe para mirarla.
—Acabas de decirme que no piensas volver —le acusé.
—Yo no he dicho eso. He dicho que no voy a quedarme… De momento.
Así que quería ir poco a poco… Después de dos meses, ¿no era aquello injusto?
No abrí la boca, esperando que se explicara.
—Quiero volver contigo —repitió—, pero con una serie de condiciones.
—A ver si lo he entendido bien… —dije, intentando ordenar mis ideas—. Primero te vas y me abandonas, y ahora me vienes con no se qué condiciones para volver.
—Si me fui, fue por muchos motivos… Uno de ellos tu compañera de trabajo —espetó con indiferencia, levantando una mano para que no la interrumpiera cuando me vio abrir la boca para rechistar—. Es, precisamente ella, mi primera condición.
Fruncí el ceño. Podía hacerme una ligera idea de lo que quería decir, pero no estaba del todo seguro.
—¿Te explicas? —pregunté con arrogancia.
—Me explico —concedió con pesadez, haciendo una breve pausa antes de continuar—. Draco, ¿crees que no trato de entenderte?
—¿A qué viene eso ahora?
—Maldita sea, simplemente responde.
Me quedé mirándola mientras me preguntaba si aquella era una pregunta trampa. Opté por decir la verdad.
—Creo que no hay necesidad de que nadie trate de analizarme.
—No te analizo, sólo trato de encontrarle una lógica a las cosas… Un por qué… Un motivo…
—¿A dónde quieres llegar a parar? —gruñí, empezando a perder los nervios.
Ella suspiró.
—Supe que me habías sido infiel desde el primer instante en el que entraste por la puerta… ¿Recuerdas que te ayudé a quitarte el abrigo y que luego te di un abrazo? Pude confirmar mis sospechas simplemente con la manera en la que dejaste caer los brazos a cada lado de los costados —desvió la mirada hacia sus manos, entrelazadas sobre su regazo—. ¿Sabes? Supe que todo estaba a punto de cambiar a partir de entonces. Tampoco me equivocaba al respecto.
La miré con desconfianza. No saber qué era exactamente lo que quería decir me ponía de los nervios… Y el tema de conversación no ayudaba en absoluto.
—Recuerdo que esa noche me metí en la cama y acaricié tu espalda desnuda. Nunca antes me habías dado la espalda en la cama, Draco, nunca… ¿Sabes cómo me sentí en aquel momento? Miserable. Sentí que no me merecía aquello, yo, que siempre había estado a tu lado en todo. No creí haberme portado tan mal como para que ni quisieras devolverme el beso que dejé en tu nuca en un intento de llamar tu atención —volvió a hacer una pausa mientras sorbía por la nariz y una rebelde lágrima escapaba de sus ojos—. Pero nunca te juzgué. Te entendí.
Ella me miró unos segundos, como esperando que yo dijera algo, pero ante la falta de respuesta volvió a bajar la mirada.
—Decidí olvidarlo. Lo obvié. Simplemente lo pasé por alto… Hasta que no pude aguantar las ganas de llorar, patalear y romper cosas a medida que seguías haciéndolo. Llegados a un punto, yo ya no podía hacer la vista gorda. Fue entonces cuando decidí irme la primera vez. No llegué ni a la vuelta de la esquina… A pesar de lo mal que me lo estabas haciendo pasar, decidí no hacerte eso. Me necesitabas en esos momentos, yo lo sabía… Recordé aquel viaje que hicimos el último año de universidad, cuando te sinceraste conmigo bajo las estrellas de París… Entendí que el abandono de tu madre cuando eras un bebé había hecho mella en ti, siempre has tenido ese fantasma y esa pena a la espalda…
—No sigas por ahí —le advertí.
—Y la muerte de tu padre hace un par de años fue el desencadenante de la llegada del Draco arrogante y narcisista que tengo a mi lado en estos momentos.
Acababa de tocar justo donde sabía que no debía.
—¡Maldita sea, Granger! —bramé, levantándome de un salto del sofá—. ¿Quieres cerrar la puta boca? ¡Te he dicho que no siguieras por ahí!
—¡He seguido por ahí para explicarte por qué aguanté tanto desprecio por tu parte, aun cuando no lo merecía! ¡Entendía que no estabas bien, y albergaba la esperanza de que te refugiaras en mí, en mí, para así poder ayudarte a salir de tu agujero! Hubiera dejado atrás todo, ni siquiera hubieras tenido que pedirme perdón… Pero no, decidiste refugiaste en los brazos de la persona equivocada y ocultarte detrás de esa fachada de gilipollas que a día de hoy sigues teniendo —unas ahora gruesas lágrimas resbalaban por sus mejillas, dejando un reguero salado a su paso.
—¿Y por qué querría Hermione Granger volver con este gilipollas? —escupí las palabras con rabia—. ¿Acaso la mártir no tuvo suficiente con sufrir en silencio los cuernos?
—¡Si quiero volver es porque… —se quedó callada una milésima de segundo—. ¡Porque sé que mi Draco sigue por aquí, escondido en alguna parte de esta casa! Esta mártir se ha cansado de que la pisoteen, por eso necesita asegurarse de que, si vuelve, ese aspecto de la relación habrá cambiado…
Su voz se fue haciendo cada vez más débil a medida que hablaba.
—Yo solo quiero que hables con ella, y no me refiero a mandarle un mensaje… Sino a que le dediques un momento en persona para decirle que lo que sea que haya entre vosotros se ha acabado… —se llevó una mano al rostro y se secó los ojos como buenamente pudo—. Deja que llore en tu hombro si lo necesita… Nunca pude juzgarla por enamorarse de ti…
Hermione se dio media vuelta y caminó hasta la puerta de entrada.
—Mi primera condición es que renuncies a Astoria —dijo con firmeza, a pesar de parecer destrozada por dentro—. Si es que todavía me quieres, claro…
Cerró la puerta tras ella con demasiada suavidad. Hubiera preferido un portazo.
. . .
Caminé apresuradamente hasta la boca de metro más cercana. Mi casa quedaba lejos de su apartamento y le había prometido a mis padres que llegaría para la hora de la cena… Aunque volver a aquella casa me había cerrado el estómago, y la disputa que habíamos tenido había hecho que volviera a darme de bruces con la realidad. ¿Cambiaría? ¿Estaría dispuesto? ¿Haría lo que le había pedido? Habían pasado dos años desde que empezó a comportarse así… Dos años de compadecerlo a él. Dos años de compadecerme a mí.
Saqué mi tarjeta Oyster y la pasé por el lector de la entrada del metro, haciendo que se abrieran las estrechas compuertas para dejarme pasar.
Llegué a las larguísimas escaleras mecánicas y me dejé recostar en la parte derecha, sin poder evitar sumirme en mis pensamientos de nuevo. La gente pasaba por mi lado, bajando corriendo por la izquierda… Yo también había querido salir corriendo para subirme cuanto antes al próximo tren que pasara, pero la vida me había puesto la zancadilla y me había caído de bruces, encontrando al levantarme el mismo andén del que estaba intentando escapar.
¿Cómo estaría Theodore? No había tenido la fuerza para llamarlo después de lo sucedido… Aunque, ¿qué pretendía decirle? "Hola, soy Hermione, la chica borracha con la que intercambiaste unas cuantas palabras en la discoteca. Sí, exacto, la novia (o ex novia) del tío que te pegó. Ajá, sí, la razón por la que ahora tienes un ojo morado. Oye, ¿qué me cuentas? Te quedaste en la parte donde me decías que hablabas tres idiomas".
Sacudí la cabeza al llegar al final del tramo de escalera, poniéndome en marcha para intentar olvidar aquella vergonzosa escena. Logré entrar por los pelos en un tren abarrotado de gente, pero a medida que nos alejábamos del centro, se fue despejando. Después de varios minutos, por fin llegué a mi parada, aunque mi casa quedaba a un paseo andando.
Tengo que sacarme el carnet de conducir, pensé. Luego recordé que el sueldo de mi padre a duras penas nos daba para vivir, y recordé por qué no me lo había sacado antes.
En un semáforo en rojo, aproveché para abrir el pequeño bolso que llevaba a modo de bandolera, coger el móvil y mandarle un mensaje a mi madre con las palabras "ya llego".
Me di cuenta de que en el fondo del bolso estaban mis cascos azules, por lo que los cogí y los conecté al móvil, buscando una emisora de radio que pusiera música movidita. Me urgía despejarme desesperadamente. Pronto encontré una canción que me gustó, "Break Free" de Ariana Grande y Zedd.
Oh, sí. Sí. Aquello era exactamente lo que necesitaba en ese momento.
Dejé que el enérgico ritmo de aquella canción se apoderara por completo de mi mente y mis sentidos.
I only wanna die alive, never by the hands of a broken heart. Don't wanna hear you lie tonight, now that I've become who I really am.
Me mordí el labio inferior, sintiendo muy dentro aquella letra.
This is the part when I say I don't want ya', I'm stronger than I've been before. This is the part when I break free, 'cause I can't resist it no more.
Llegué a mi casa justo cuando sonó la última nota de la canción.
"Acabamos de escuchar a la preciosa Ariana con su tema más rompedor hasta ahora" —dijo el hombre de la radio. Metí la llave en la ranura de la puerta y abrí.
—¿Hermione?
"Y aquí os traemos lo nuevo de Coldplay…"
—Sí mamá, soy yo.
"Un nuevo temazo llamado Everglow…"
—Vamos cariño, te estamos esperando.
Olfateé un poco antes de preguntar en voz alta qué había de cena.
"Una lenta balada cargada de sentimiento…"
—Canelones con bechamel —respondió mi madre, saliendo a la puerta de la cocina para recibirme—. ¿Estás bien?
Oh they say people come, say people go…
Yo negué con la cabeza. Aquellas nuevas notas y ritmos lentos habían hecho que quisiera correr a meterme bajo las sábanas y no salir nunca.
This particular diamond was extra special, and though you might be gone, and the world may not know…
—¿Qué te pasa? —preguntó ella, acercándose a mí.
Still I see you, celestial.
—¡Nada! —dije más fuerte de lo que pretendía, esquivando la mano de mi madre, que se disponía a acariciarme—. Es sólo que… Ya no tengo hambre.
Me di la vuelta y me apresuré a subir las escaleras, sin mirar atrás.
So how come things move on, how come cars don't slow when it feels like the end of my world? When I should but I can't let you go?
—A mí no me preguntes —espeté con rabia mientras me quitaba los auriculares de un tirón.
Yo tampoco sabía por qué la vida seguía adelante, por qué el sol seguía saliendo o por qué el mundo no se ralentizaba… cuando parecía que yo me había quedado atascada en un callejón sin salida.
. . .
Aquella noche opté por comerme un puñado de cereales viendo la tele, solamente por tener algo en el estómago antes de acostarme.
No dormí bien.
Una parte de mí no podía dejar de pensar en las palabras de Hermione, haciéndome sentir una culpa estúpida ante la idea de haber sido yo el causante de tanto dolor que decía haber sufrido.
La otra se negaba en rotundo a aceptar que aquello fuera cierto.
No podía serlo.
Di varias vueltas sobre mí mismo, probando a ponerme boca arriba, boca abajo, de un lado y del otro… Pero no conseguía quedarme dormido. La última vez que miré el reloj de la mesita de noche, marcaba las cinco de la mañana. Me levanté de la cama y vagué a oscuras por el pasillo hasta la cocina.
Abrí el frigorífico, teniendo que cerrar los ojos ante el bofetón de claridad que me dio la luz en la cara. Cogí a tientas la leche y volví a cerrar el frigo de una leve patada.
Tomé el vaso y traté de mirar si había algo dentro. Sin ánimo de ponerme a lavarlo, eché la cabeza hacia atrás y dejé caer en la boca un par de gotas del zumo que me había bebido antes de que Hermione llamara a la puerta.
Vertí un poco de leche dentro y puse el vaso en el microondas, programándolo para que dejara la leche bien caliente.
Casi lo caigo cuando me quemé los dedos al sacarlo. Cogí el vaso con un paño y me dirigí hacia el pequeño salón, encendiendo la tele y bajándole el volumen casi al máximo.
Me estiré a lo largo del sofá, dándole pequeños sorbos a la leche hasta que se terminó.
La sensación de tener algo caliente en el estómago me proporcionó, como por arte de magia, el sueño que llevaba horas esperando. No me molesté en volver a la cama. Dejé el vaso en el suelo y abandoné mi cuerpo al sueño sobre el sofá.
Soñé con aquel 29 de junio, cuando tomamos un avión dirección París. Desde la penúltima fila de asientos, junto a mi compañero Goyle, que roncaba con la boca abierta, podía distinguir la cabellera castaña y caótica de la muchacha a la que hacía unos meses le había robado su primer beso. Se sentaba junto a Weasley, una chica pecosa y pelirroja que aparentaba menos edad de la que realmente tenía. Charlaban animadamente sobre cosas que no pude escuchar, pero parecían nerviosas y entusiasmadas por iniciar aquel viaje. De repente, como si hubiera sentido mi mirada, desvió los ojos unos segundos hasta donde estaba. Los apartó de nuevo con una sonrisa dibujada en el rostro, fingiendo que había sido provocada por lo que fuera que su amiga le estaba contando.
Yo también sonreí.
Liarme con el cerebrito de la clase no era propio de mí. De hecho, llevábamos en el mismo curso desde primero y nunca me había fijado en ella… No sabía si era porque yo siempre me sentaba en las últimas filas y ella siempre lo hacía en la primera, o porque estaba demasiado ocupado mirando los cuerpos de infarto de aquellas que iban a la universidad a pasearse.
Su ropa holgada, a veces demasiado oscura, la hacía pasar desapercibida. Era como si las prendas se la tragasen. Los libros ya se ocupaban de ocultar su rostro.
Soñé con la primera vez que hablamos. Yo acababa de llegar a clase. Era lunes, a primera hora de la mañana, y me sorprendió no ver a nadie más que a ella, ya que yo siempre llegaba tarde, y para cuando lo hacía, la clase ya había empezado.
—Oye —le dije, desde la puerta. Ella levantó la cabeza del libro para mirarme. Había algo en sus ojos que me descolocó, algo que no pude entender.
—¿Sí? —había respondido, con voz suave.
—¿No hay clase? —conseguí decir.
—No. La profesora mandó ayer un correo avisando de que no podía venir —comentó, volviendo la vista hacia el libro.
Goyle se las iba a ver conmigo por no avisarme. ¡Sabía perfectamente que no había tenido internet con todo el lío de la mudanza!
—¿Entonces qué haces aquí? —las palabras cayeron de mis labios, sin poder contener la curiosidad que me daba que alguien se hubiera levantado y hubiera ido a clase aun sabiendo que no había.
—Estaba en la sala de estudio, pero hay varias personas haciendo un trabajo de Creación de Empresas y no paraban de hablar en voz alta —comentó, encogiéndose de hombros—. Así que, como sabía que no habría nadie, me vine aquí.
Desvié la mirada hacia uno de los libros que había frente a ella, el que estaba abierto por la mitad. Junto a él había un montoncito de pulcros apuntes de caligrafía fina y bonita.
—¿Es eso Dirección de Personal?
—Ajá —asintió sin mirarme, pasando la página.
—¿Viniste a clase el último día? —pregunté.
—Vengo a clase todos los días, Malfoy.
Una expresión de desconcierto cruzó mi rostro de lado a lado.
—¿Cómo sabes quién soy?
Estaba seguro de que nunca antes había cruzado una palabra con ella. Volvió a pasar otra página.
—Es difícil no saberlo cuando los profesores tienen que interrumpir sus explicaciones para llamarte la atención —confesó, distraída en su lectura—. Escucho tu apellido y el de Goyle unas veinte veces al día.
Ah, claro. Me reí un poco ante aquello, y ella me miró, visiblemente molesta.
—¿Me dejas los apuntes que dio el último día? —dije, intentando reprimir la sonrisa. Seguro que los de ella serían más legibles y precisos que los de Goyle.
Ella miró el montoncito de apuntes un segundo y volvió a posar sus ojos en mí, desconfiada.
—Me acabo de independizar y no pude venir a clase —me excusé, pero aun así no parecía muy segura—. Oye, no me los quiero comer… Simplemente quiero hacerle copias.
Al final, acabó dejándomelos a regañadientes.
Al día siguiente, cuando acabó la última hora de clase, ella recogió sus cosas y caminó por la clase hasta las filas del fondo. Se paró justo a mi lado, saludándome por lo bajo.
—Ahora voy —le dije a Goyle, que nos miraba extrañado. Éste se encogió de hombros y salió de clase. Esperé a quedarnos solos ante la preocupada mirada de aquella chica, que se temía que algo no iba bien. Cuando el último compañero hubo salido, cerré la puerta y me giré para mirarla.
—Los he perdido —dije después de unos segundos.
—¿Cómo que los has perdido? —bramó ella, totalmente fuera de sí.
—Oye, te lo compensaré, ¿vale? —espeté ante su tono de voz tan fuera de lugar—. He debido ponerlos en alguna parte de mi nuevo apartamento, pero está todo por medio y no he logrado encontrarlos.
—¡Sabía que no debí habértelos dejado!
—No haberlo hecho —dije, sin poder aguantar la risa ante su desorbitada reacción.
—¿Pero tú de qué vas? —espetó, acercándose unos pasos a mí—. ¡No sabes lo importante que son esos apuntes! ¡Necesito aprobar esa asignatura!
—¿Sabes que no se acaba el mundo por suspender un examen? —le dije, empezando a enfadarme por cómo me estaba hablando.
—¡No, tú no lo entiendes! —gruñó, dando otro par de pasos en mi dirección—. ¡Si no apruebo esa asignatura me quitarán la beca de estudios y no podré seguir estudiando! —empezó a balbucear.
—Creo que deberías calmarte un poco.
—¡No me digas que me calme! —gritó, salvando la distancia entre nosotros y dándome un empujón con todas sus fuerzas. Yo cerré los ojos y apreté los labios para no perder los nervios, pero ella seguía ladrando, y parecía no tener intención de parar.
—¡Mírame cuando te hablo! —dijo entonces, volviendo a darme otro empujón.
Fue un acto reflejo el agarrar con fuerza uno de sus brazos y tirar de ella hacia mí, sin darle tiempo a reaccionar. Presioné mis labios con los suyos con rapidez, sosteniendo su cabeza quieta con la mano libre. Me dio un par de manotazos en el pecho antes de rendirse al beso. Mi lengua presionó la frontera de sus labios y consiguió que entreabriera levemente la boca, lo suficiente como para poder adentrarse en ella.
Fue un beso extraño, raro… Había estado cargado de rabia y enojo, pero a la vez me había dejado un sabor dulce y suave en la boca.
Cuando nos separamos, yo seguía sujetando su brazo fuertemente. Ella hizo un movimiento brusco, consiguiendo que la soltara.
—¿Cómo decías que te llamabas? —pregunté, quitándole un mechón de la cara.
Me desperté con el sabor de sus labios todavía en mi memoria. Boca abajo, respiré profundamente por la nariz mientras me esperezaba. El sofá seguía oliendo a ella. Había vuelto sólo para impregnarme la casa con su aroma.
—Maldita —susurré.
Me incorporé de mala gana, poniéndome una mano en el costado mientras me pasaba la otra por el cabello. Dios, estaba muerto de hambre.
Puse un par de rebanadas de pan en la tostadora y me hice un té aromatizado. Cuando las tostadas saltaron, las puse en un plato, cogí la mantequilla, la mermelada y la taza y me senté en la mesa del salón. Unté las tostadas mientras esperaba unos pocos segundos a que el té reposara.
Tenía que llamar a Astoria.
Desayuné en silencio, sin ni siquiera encender la televisión.
Mejor le mandaría un mensaje.
Fui a la habitación en busca del teléfono, y cuando lo encontré, busqué su nombre en la lista de contactos. Luego, me puse a redactar un escueto mensaje.
"¿A las cinco?"
Presioné el botón de enviar y esperé un poco. Ella nunca se demoraba en contestar cuando se trataba de mí. Un par de pitidos confirmaron que había recibido algo.
"Aquí te espero"
Hacía dos semanas que había vuelto a verla casi a diario. El calor de su cama, al que nunca había echado cuenta hacía unos meses, ahora se había convertido en una forma de reconfortarme y de refugiarme después de un largo día de permanecer en las sombras, tras sus pasos.
Pasé la mayor parte del día en el sofá. Era por eso por lo que no me gustaban las vacaciones de verano. No tenía nada que hacer. A excepción de a casa de Greengrass, no tenía ningún otro sitio al que ir.
Cuando fue llegando la hora, me vestí y salí a la calle, montándome en el coche y poniéndome en marcha.
Cuando llegué a su edificio, abrí la puerta del garaje con el mando que me había facilitado hacía mucho tiempo. Ella tenía una plaza libre, que nunca usaba. Aparqué donde siempre, junto al coche de Astoria, y me dirigí al ascensor al que tantas veces me había subido.
6º piso.
No tardó en llegar. Salí de él y recorrí el pasillo poco iluminado, como con inercia. Llamé a su puerta, que se entreabrió un poco.
Cuando pasé y la cerré detrás de mí, ella se me abalanzó al cuello, dándome besos por todas partes.
Mi primera reacción fue devolvérselos… Y se los devolví, olvidando por un momento qué era lo que había ido a hacer allí. Su cuerpo se pegó al mío con ansias, con deseo de volver a empezar otra vez, de que la tocara, de que la hiciera estremecer.
La aparté de mí tomándola de la cintura y echándome a un lado. Resoplé, intentando calmar a la bestia que acababa de despertar.
—¿Qué pasa? —preguntó.
Escuchar su voz me parecía extraño. Apenas cruzábamos palabras entre nosotros. Siempre nos habíamos limitado a ignorarnos en el trabajo, y a hacer el amor en la cama.
—Hoy no —dije al fin.
—¿Qué quieres decir? —volvió a preguntar, mirándome con curiosidad—. ¿Prefieres que hoy me comporte pasivamente?
—No. No es eso.
Caminé hasta la sala de estar y me senté en un sillón. Ella me siguió y se sentó sobre mí, acariciándome la cara.
—¿Qué ocurre?
Acaricié su pierna desnuda, cubierta parcialmente con una delicada y finísima lencería de encaje. No podía negar que iba a extrañar aquello, y mucho además… Pero si tenía que elegir, no tenía ninguna duda.
—Yo no te quiero —confesé.
Su expresión se tornó afligida de repente, apartando su mano de mi rostro.
—Ya lo sé —susurró.
No tuvimos que decirnos nada más. Yo había sido capaz de articularlo y ella de entenderlo.
Tal y como predijo Hermione, Astoria se dejó recostar sobre mi pecho y se echó a llorar.
Yo me limité a dejar que lo hiciera.
Las mujeres eran muy sentimentales, tantas emociones terminarían acabando con ellas. Con todas y cada una de ellas.
