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Capítulo 4

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Sangre y lluvia

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La lluvia caía torrencialmente mientras él se adentraba cada vez más en el corazón del mayor y único bosque perteneciente a los territorios de la Aldea Oculta de la Lluvia. Su país, el Viento, y la Lluvia eran aliados hace unos años, así que podía deambular por allí sin peligro alguno.

Se sentía empapado, pero le gustaba el cosquilleo que las gotas producían al resbalar por su piel y la gélida sensación que éstas dejaban por todo su cuerpo como si estuvieran extrayendo al exterior todo lo malo que en él pudiese habitar.

Gaara experimentaba de alguna manera un cierto alivio a su eterno sufrimiento bajo la lluvia, como si de una purificación momentánea se tratara. Por eso cada vez que se sentía a punto de estallar, a punto de sucumbir al poder de Shukaku, o cada vez que sentía la imperiosa necesidad de estar solo, se adentraba en los dominios de la Lluvia, donde era raro el día en que no llovía...

Ensimismado como siempre, en estos momentos de soledad absoluta, iba él de árbol en árbol, vagando sin rumbo, cuando escuchó un grito no muy lejano. Analizó de donde procedía y saltando sólo 5 árboles más a su izquierda, llegó a un claro, donde vio a dos personas: un hombre en postura ofensiva y una mujer frente a él, luchando con todas sus fuerzas por ponerse en pie.

Sin duda, eran ninjas.

Agudizó un poco la vista para determinar que el hombre pertenecía a la Adea Oculta de la Lluvia y que la joven había jurado lealtad a la Aldea Oculta de la Hoja. La chica, al fin, consiguió ponerse en pie, aunque se tambaleaba un poco. Encaró a su oponente, el cual con una sonrisa maliciosa en sus labios afirmó:

—Sabes que ya no puedes más, estás al límite de tus fuerzas, ya te lo he dicho antes, vas a morir aquí y ahora —dicho esto lanzó una serie de ataques cuerpo a cuerpo que la chica consiguió esquivar no sin bastante dificultad.



Era evidente que el ninja se estaba divirtiendo, jugando con su presa antes de asestarle el ataque final que acabaría con su vida..

Gaara notó como se le tensaban los músculos. No quería presenciar como mataban a la chica desde aquella rama en la que estaba suspendido, pero tampoco podía apartarse de allí, ni para ayudarla ni para evitar ver el lamentable espectáculo que al recién despierto por el intenso olor a sangre, Shukaku, se le antojaba irresistible...

La lluvia seguía cayendo fuertemente formando una niebla espesa y vaporosa que dificultaba la visión más allá de unos metros. Le calaba los huesos, pero a pesar de ello, percibió como su pecho comenzaba a irradiar un calor ya de sobras conocido para él... Shukaku vibraba, excitado por el inminente derramamiento de sangre, aunque no fuera a ser provocado por él. Hacía mucho tiempo que no protagonizaba ni presenciaba uno, porque Gaara había sabido ponerle freno a tiempo, pero esto le había pillado por sorpresa y ahora estaba atrapado.

La kunoichi de la Hoja había conseguido saltar y encaramarse en la rama del árbol más cercano; saltaba de una a otra intentando ganar tiempo, pero el shinobi la alcanzó finalmente en el estomago con su golpe final y más brutal. La chica se desestabilizó y cayó ruidosamente al suelo. Era obvio que había caído de muy mala manera, porque tardó lo que pareció una eternidad en moverse y cuando lo hizo le era imposible ponerse en pie. Parecía que se había roto una pierna.

Sus músculos de por sí ya tensos, se contrajeron aún más cuando vio que el shinobi de la Lluvia se acercaba, sacando un kunai del bolsillo de su pantalón y se arrodillaba a su lado.

Quería hacer algo, lo que fuera para no presenciar una muerte, pero Shukaku le tenía petrificado, no podía tan siquiera cerrar los ojos que observaban fijamente el rostro impasible de la muchacha que parecía que no se daba cuenta de que estaba a punto de morir.

Su demonio de arena rugía con rabia en su interior, porque quería verla temblar de miedo, quería verla llorar y suplicar por su vida, antes de ver como su sangre se esparcía en todas direcciones, pero sus deseos no se veían cumplidos, pues la muchacha mantenía su expresión serena en todo momento, sin un solo atisbo de miedo.

—Estás tan acabada, que no voy a molestarme en usar uno de mis jutsus para rematarte. Hace mucho tiempo que no mato a nadie cortándole el cuello con un kunai. Espero no estar muy oxidado, aunque pensándolo mejor, si lo estoy, tú serás la que sufrirás una muerte agónica —dijo con remarcada prepotencia e ironía en su voz, a la vez que se colocaba encima de ella y sujetaba el cuchillo sobre su pálido y frágil cuello. La miró fijamente antes de empezar a apretar la afilada hoja contra su garganta.

«Aquí acaba todo, aquí tienes lo que tanto ansías» pensó Gaara, sintiendo al fin como algo de la antigua excitación por el asesinato y la sangre tomaba posesión de su parte humana, de su parte consciente y se mezclaba con la propia de su encarnación de arena. Sintió un tremor en la boca del estomago al observar que el cuchillo cada vez se hundía más en el cuello de la chica que había cerrado los ojos. ¿Estaría muerta ya?

Una maraña de kunais impregnados en un poderoso chakra, salieron de la nada para impactar violentamente contra la espalda del shinobi de la Aldea Oculta de la Lluvia que al tener toda su atención centrada en la excitación y la sensación de poder que le provocaba estar a punto de degollar a una kunoichi enemiga —contradiciendo todas las enseñanzas ninjas del sigilo— no lo sintió aproximarse. Se había expuesto y había muerto: cayó inmediatamente al suelo, quedando junto al costado izquierdo de la aliviada chica que abrió los ojos lentamente, mientras su salvador, un chico no mucho mayor que ella y también perteneciente a la Hoja, se arrodillaba a su lado con cara preocupada.

— ¿Estás bien?

—Creo que sí —respondió la chica pasando la palma de su mano por su cuello: tenía una marca que por algunas partes llegaba a sangrar superficialmente—. Esta vez ha estado realmente cerca —musitó.

— Muchas gracias, sino fuera por ti... ahora estaría...

—No pienses en eso ahora. ¿No creerías que iba dejarte morir? —dijo en voz baja, mientras miraba fijamente a la chica a los ojos.

—No, claro que no, pero no sabía si podrías llegar a tiempo… no creía que pudieras llegar a tiempo… Vuestro oponente era realmente poderoso…

—No lo suficiente como para impedir que viniera en tu ayuda —respondió, mirándola directamente los ojos.



—Lo importante ahora es salir de aquí, este territorio no es seguro para nosotros. Hay que darse prisa —la chica asintió con la cabeza, en un gesto de que llevaba razón al afirmar eso.

—Toma, mantén esto apretado contra el corte para que deje de sangrar, aunque es leve, no creo que siga sangrando mucho rato —ordenó el chico que había rasgado ya una de las mangas de su camisa para entregarle el trozo de tela resultante a la kunoichi malherida.

—No puedo ni moverme casi —dijo la chica, haciendo un esfuerzo evidente por incorporarse— además creo que me he roto la pierna derecha.

—Bueno, en ese caso, permíteme —le respondió el chico, mientras la recogía del suelo en brazos. Inmediatamente después el shinobi de la Hoja se levantó y en un momento quedó fuera de su vista, saltando de árbol en árbol en dirección opuesta a la suya.

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Y allí se quedó bajo la lluvia con la mirada fija en la sangre.

La sangre que fluía espesa a través de las múltiples heridas, abriéndose paso hasta resbalar lentamente por los costados del shinobi muerto, como cascadas que desembocaran en un mar teñido de rojo escarlata que la furiosa lluvia diluía y dispersaba a su alrededor.

No podía apartar la mirada de aquel increíble espectáculo. Le sobrecogía y le asqueaba a la vez, pero no tenía la fuerza para apartarse de allí. Shukaku le tenía petrificado. No importaba que al final hubiera sido el chico el que hubiera muerto, en lugar de la chica que era a la que había querido ver muerta desde el principio, lo realmente importante era el baño de sangre, que una muerte, por fin, había tenido lugar delante suyo después de tanto tiempo. Shukaku le ordenaba insistentemente que se acercará al cuerpo sangriento: quería oler, tocar y, finalmente sorber lentamente la sangre del shinobi, pero eso ya era demasiado. No podía soportarlo, no podía permitirlo…

Haciendo acopio de toda su fuerza mental y física, se volvió, dejando a su espalda, por fin, el lamentable espectáculo.



Saltó de árbol en árbol, alejándose de aquel lugar lo más rápido que le era posible, intentando no escuchar las barbaridades que Shukaku le gritaba. El demonio del Viento estaba enfadado, realmente enfadado porque no le había acabado de dar lo que Él quería. Gaara confiaba en que si se alejaba velozmente del olor y la visión de la sangre éste se debilitaría hasta caer bajo su control otra vez, profundamente dormido de nuevo.

Y así fue. Poco a poco los rugidos furiosos que sentía en su interior se fueron volviendo cada vez menos y menos intensos, hasta que por fin no sintió nada, nada en absoluto, respirando tranquilo, aunque a la vez abrumado: un poco más, sólo un poco más y Shukaku hubiera recuperado su autentico poder sobre él, y él mismo hubiera perdido el autocontrol que tantísimo tiempo llevaba practicando.

Se daba cuenta ahora de que, aunque hubieran pasado casi ocho años, aún era débil, muy débil contra el demonio que habitaba en su interior.

Y esa debilidad remanente, le aterrorizó aún más que el hecho de que Shukaku hubiera despertado tan repentinamente. Porque si él mismo, perdía el control de sus acciones de nuevo... mejor no quería pensar que ocurriría.

Era su instinto más primario el que le controlaba cuando eso le pasaba y lo odiaba con todas sus fuerzas, pero… controlar eso…

Controlar eso ¿realmente podría conseguirlo alguna vez?

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Continuará

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¡¡Por fin he vuelto!! Yeahhh

¡Estoy contenta!

Y no creáis que me he olvidado... ¡¡un fanfic con reviews es un fanfic feliz (Holofernes allá donde estés, va por ti como siempre)!! Así que ya sabéis...¡¡hacedlo feliz!! que se lo merece el pobre mío que está currando de lo lindo este verano...

¡Saludos a todos!

-Lunatea-

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