Capítulo Cuatro

POV Narrador:

Después de que la nieta del difunto ex presidente se desmayara todo se convirtió en un caos, sin embargo, luego de unos minutos los Agentes de la Paz lograron que todos se calmaran y se fueran a sentar en sus respectivos lugares.

La Zona Ocho seguía y, por lo tanto, su escolta se levantó de su silla en el balcón y caminó hacia las urnas.

— Bueno, bueno, eso sí que fue… Intenso— dijo la mujer de cabello purpura—. Pero continuemos con nuestra cosecha— soltó una pequeña risita y después metió su mano en la urna femenina. Tras unos largos segundos tomó un papel y retiró su mano de la urna. Lo abrió con algo de dificultad puesto que sus uñas median por lo menos cuatro centímetros y leyó–: Pippa Roundhead.

Pippa hizo una mueca y arregló su cabello rubio. Caminó por el jardín hasta llegar a la tarima y tomó asiento en su silla.

Trato de no cruzar su mirada con la de su hermana pequeña, Lauren, que estaba llorando en los brazos de su hermano mayor, Phillip.

Lo único que deseaba en ese momento era que su hermano no fuera elegido como tributo.

— Ahora el tributo masculino es…— dijo la escolta mientras metía su mano a la otra urna y sacaba un papel— Nehemiah Sonar.

Pippa no sabía quién era su compañero de zona hasta que lo vio.

Él era un lobo solitario. No tenía amigos y no hablaba con nadie. Las pocas veces en las que lo vio él estaba siendo golpeado por Lyle y por su novio, Midas.

Su cabello era negro como la noche, a excepción de un mechón rosa sandia. El rostro de Nehemiah se iluminó y él sonrió. Caminó con ansía hasta la tarima y se sentó junto a ella.

La cosecha siguió y veinte minutos después todos los tributos habían sido escogidos.

De la zona nueve estaban Genevieve Yolo y Perry Potola. La muchacha tenía quince años recién cumplidos mientras que Perry cumplió trece años un par de meses atrás. El cabello de ella era rosa pálido; el de él era tan negro como las noches sin luna.

Los tributos de la zona diez eran Geraldine Yolo, de pelo largo rosa pálido, quien era hermana menor de Genevieve, y Theodore Nott, un niño de 14 años que tenía el pelo color verde menta.

Los de la zona once eran Tessa Snow, la hija bastarda de Amelia Snow y nieta de Cornelius Snow, y Xavier Jones.

Y, por último, los de la zona doce eran Waverly Timond, de dieciséis años, y Zane Mavilar, de dieciocho años.

La Presidente dio otro discurso y, sin más, la Cosecha se terminó.

Todos los tributos y sus familias fueron escoltados al salón principal de la Mansión Snow donde se celebraban los bailes.

Los sirvientes habían colocado varios sillones para que los tributos y sus familias pudieran estar juntos.

El Vigilante Jefe, los Escoltas, Vigilantes, Senadores y otras personas importantes en la rebelión también entraron a la Mansión solo que ellos estaban en la sala de arte. Entre ellos, estaban Katniss Everdeen, Peeta Mellark y Gale Hawthorne.

Katniss estaba pasando un mal rato.

Para empezar, habían invitado a Gale, a quien no le hablaba desde hace un año y medio.

Después la tributo del Seis, Eve Dimino, era un clon de su pequeña aliada Rue. Ver morir a esa niña sería como ver a la difunta tributo del distrito once morir de nuevo.

Y, por último, la nieta de Snow quería, y había logrado, humillarla en frente de todo Panem.

— ¿Gale, cómo te ha ido en el dos?— preguntó Peeta después de unos minutos de incómodo silencio.

— Bien.

— Y dime, ¿las chicas de haya son bonitas?

A esto, Gale sonrió y dijo—: Oh, sí que lo son. Hermosas, Peeta, hermosas. Aunque a la mayoría le gustan las cosas sádicas en la cama.

— Oh, bueno, si eres un asesino…— dijo Katniss mientras jugaba con su trenza— te han de encantar las sádicas del Dos.

POV GALE:

Año y medio esperé para que me dirigiera la palabra. Año y medio.

Y ahora que me habla me dice esto.

Todos saben que me odia y que me culpa por la muerte de Prim.

¿Quién la culpa? Hasta yo me odio. Pero que haya dicho eso duele. Me levanté del sillón y salí de la sala. No soportaba verla.

POV NARRADOR:

Tate y su familia se encontraban en un sillón, ninguno hablaba. Tate tenía la cabeza en sus manos.

Se preguntaba si haber tomado el lugar de Chris había sido lo correcto. Después de todo su hermano pequeño había dicho esa misma mañana que esperaba ser elegido. Pero todos sabían que él no estaba preparado ni mental ni físicamente para los juegos.

Sí, había hecho lo correcto.

Miró a su familia. A su madre, a sus hermanos y, por último, a su padre. El hecho de que este último se presentara le extrañó, ya que no lo había visto desde que la guerra terminó, año y medio atrás.

— Hiciste lo correcto— dijo Alazor—. Chris no duraría ni un día. No me mires así Chris, sabes que es cierto. Aparte, creo que podrías hacerlo. Ganar, y volver a casa. Tu única competencia serían Lyle, August y el del Dos.

Y él lo sabía. Tate sabía que él podría ganar. El problema era que él no quería ganar. No si eso significaba que ella moriría.

POV Felicity

Desperté cuando elegían a los tributos de la zona once pero no tenía ganas de bajar, así que me dispuse a ver las cabezas de los tributos que ya habían sido elegidos.

Una lágrima se deslizó por mi mejilla al ver el cabello dorado de Marlo, el cabello encrespado rosa de Genevieve y el lacio del mismo color de Geraldine.

Por estar distraída no escuché el nombre de la tributo de la zona once pero supe quién era en cuanto vi el cabello de color púrpura obscuro, fucsia y salmón. Era Tessa, mi prima.

Salí de mi cuarto y caminé por los pasillos hasta llegar al invernadero. Un odio hacia mi abuelo se apoderó de mí y al ver las rosas perdí el control. Arranqué con ira cada una de las rosas, tiré masetas y grité de furia. Al final quedó una sola rosa. Una rosa color rosa. Mi rosa. Mi abuelo la había plantado el día que supo que mi madre estaba embarazada de su segundo hijo. O mejor dicho, su primera hija. El día en que nací él arrancó esa rosa y la puso dentro de una caja de cristal. Ahora, catorce años después la rosa seguía igual de hermosa que el día en que él la arrancó.

Levanté la tapadera de cristal y tomé la rosa en mis manos. Lista para destrozarla. Lista para acabar con mi rosa.

— Mierda.

La rosa cayó de mis manos y volteé a ver al intruso. En ese momento, agradecí a quien evitó que destrozara mi rosa.

Era un hombre en sus veintes. Tenía el pelo café obscuro y la piel, de un tono oliva. También era alto y, eso lo supe porque al acercármele vi que me llegaba al cuello, agachado. Tenía un pedazo de maseta de cristal incrustado en la mano y de esta salía mucha sangre.

— ¿Quién eres y qué haces aquí? —pregunté al extraño. Este levantó su cara y me miró con sus ojos grises.

Gale Hawthorne.