After Reichenbach

Disclaimer: El Sherlock Holmes ficticio pertenece a Sir Arthur Conan Doyle y a Steve Moffat y Mark Gatiss, aunque el Sherlock Holmes de carne y hueso pertenece a John Hamish Watson.

Este fic es un regalo anticipado de cumpleaños para PrinceLegolas, que es tan fan de la serie como yo. A disfrutarla, mellon nin, y muchas gracias por tus consejos.

Capítulo Cuatro

John había pasado por muchas situaciones difíciles pero ninguna le había producido tantas emociones encontradas como la decisión de realizarse la prueba. La incertidumbre lo estaba matando. Si salía negativa sería un alivio inmenso y podría concentrarse en buscar la manera de exponer a Mycroft Holmes y encerrarlo de por vida. Tendría que extremar su seguridad para que no lo secuestrara otra vez y cuidar a la señora Hudson de una posible venganza.

Pero si la prueba resultaba positiva, ¿qué iba a hacer? Aquí era donde sus sentimientos chocaban. Por un lado, llevar un hijo de Mycroft convertiría su ya de por sí penosa vida en un calvario. Gestando el hijo de un sádico manipulador, tendría que evitar constantemente su acoso. Mycroft lo perseguiría a donde fuera y podría llegar a secuestrarlo hasta que naciera el niño. Eso si en el peor de los casos no lo obligaba a abortar. Estar embarazado se convertiría en un infierno para John. Sin embargo, quería al bebé. Era de Mycroft y volvería su vida un caos, pero también era suyo, estaba indefenso y necesitaba de su amor.

John Watson adoraba a los niños y sentía a un hijo suyo como al mejor regalo por más de que hubiera sido engendrado violentamente y llevara los genes de su nuevo enemigo.

Con estos sentimientos contradictorios, recogió la caja y entró en el baño.

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La señora Hudson brincó del asiento al oír que tocaban a su puerta. Estaba histérica esperando el resultado. Abrió y se encontró con su inquilino.

-¿Y?

John suspiró.

-Positivo, señora Hudson.

La anciana le echó los brazos al cuello.

-¡Qué noticia maravillosa! – exclamó, llorando -. Sherlock te dejó una parte de él. No te abandonó. Ahora tienes motivos para volver a sonreír. Mírate – le tomó el rostro con las manos -. Estás de pálido. Debes alimentarte bien, John. Tiene que cuidarte, llevar una vida sana y olvídate de los malabarismos que haces para ayudarme a cargar las bolsas del supermercado. Yo puedo sola, mi hijo. No soy una inválida.

-No lo es, señora H. – sonrió John.

-¡John! – gritó de alegría -. ¿Cuánto hacía que no me decías así? – le besó la mejilla -. Este niño va a transformarte para bien. No puede haber terapia más conveniente para tu salud. Entra, querido. Prepararé chocolate caliente y hay nuevas galletas de canela.

-Si sigo bebiendo su chocolate. . .

-No me vengas con dietas – amonestó la anciana alzando el dedo -. Menos en tu estado. Hay que festejar y como no quieres salir a cenar, compartiremos chocolate y galletas.

John se encogió de hombros. Cuando a su casera se le metía una idea, no había manera de protestar. Además, tenía un secreto para el chocolate caliente y le salía exquisito.

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Estaba oscureciendo cuando John salió a caminar. Ahora que había confirmado que estaba esperando un hijo necesitaba despejarse.

Mientras caminaba, se apretó el vientre con las dos manos. Era maravilloso que una vida estuviera creciendo allí. Todavía no se le notaba y la idea de saberlo y que los demás transeúntes no, lo hizo sentirse especial. Envió al demonio sus temores, la preocupación por Mycroft, el problema de afrontar los gastos para mantener al bebé y se dispuso a disfrutar del momento.

Sonrió de alegría por primera vez desde la muerte de Sherlock. No llegaba a sentirse feliz pero sí esperanzado. Caminó veinte cuadras y al cruzar una avenida, vio una limusina negra esperando el cambio de semáforo. Sintió escalofríos y aceleró la marcha. Lo más probable era que se tratara del coche de un desconocido. Dobló en la siguiente esquina y casi llegando al final de la cuadra, ladeó la cabeza y comprobó que efectivamente lo estaba siguiendo. Maldijo no haber salido con su pistola. Se metió en la primera puerta que encontró y que resultó ser un café, y se sentó en la mesa más alejada de la vidriera.

No pasaron ni cinco minutos, cuando alguien entró con caminar pausado y elegante, acompañado del compás de un bastón o paraguas. El corazón de John dio un vuelco al ver al descarado Mycroft Holmes sentarse a su misma mesa.

-Buenas tardes, John – le sonrió cínicamente, mientras colgaba su paraguas del respaldo -. ¡Ah, no! Yo no haría eso si fuera tú. Estás escondiendo el puño cerrado debajo de la mesa para golpearme. Si lo haces, armarás un escándalo y terminarás en prisión. Vengo en son de paz y no pretendo ni lo uno, ni lo otro.

John se puso lívido.

-Si te golpeo y llega la policía para detenerme, podría acusarte.

-¿Acusarme de qué? – desafió Mycroft y le sonrió a la jovencita que se acercaba a tomarle el pedido -. Un café negro y un vaso con agua, querida.

La muchacha le devolvió la sonrisa y regresó a la barra. Mycroft se acomodó la corbata dentro del chaleco.

-¿De qué me acusarías, John? No tienes ninguna prueba. Fui cuidadoso para no lastimarte demasiado y no dejé ninguna huella.

-Se te olvida que también me secuestraste el teléfono – señaló John con sarcasmo.

-Mis disculpas – se burló Mycroft.

John permaneció en silencio, decidido a no prestarse a su juego provocador. Cerró los ojos para hacer uso de una técnica de relajación aprendida al regreso de la guerra. Consistía en aspirar y exhalar el aire cinco veces, mientras se ponía la mente en blanco. Cuando lo consiguió, recordó su color favorito, el verde, y recién le respondió.

-No te daré el placer de contestarte como te lo mereces, Mycroft. Estás buscando provocarme y te lo diré sólo una vez. Déjame en paz, o me seguirás dando más motivos para cumplir mi objetivo.

-¿Cuál es tu objetivo?

Tranquilo, John lo miró directo a los ojos.

-Verte pudrirte en la cárcel, hijo de puta.

Mycroft se echó hacia atrás, horrorizado. Detestaba las groserías en su presencia.

John se levantó y dejó el dinero de su pedido sobre la mesa.

-Antes de que te vayas, John – carraspeó Mycroft con una sonrisa maligna -. No busco el placer de que me respondas como me merezco. Ya me provocaste suficiente placer y pronto va a repetirse.

John le partió la nariz con un puñetazo. Mycroft Holmes cayó sentado con toda su parsimonia.

La gente quedó muda. Ya con el autocontrol perdido, John se lanzó sobre su cuñado sin darle tiempo a incorporarse. Se oyeron gritos y tres jóvenes corpulentos corrieron a separarlos. La cajera y algunos clientes llamaron desesperados a la policía.

Quince minutos más tarde, John salía esposado del café, mientras que en una ambulancia atendían los moretones y la nariz sangrante de Mycroft Holmes. El oficial metió al médico dentro de la patrulla y John pasó la noche dentro de un calabozo. Irónicamente era la primera vez desde que enviudara que se sentía libre gracias a su hijo, y la pasó tras las rejas.

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Por la mañana, la señora Hudson fue a buscarlo a la comisaría. Se la veía preocupada y ansiosa. Mientras recorrían al pasillo, ella caminaba más rápido que John y el guardia.

-¡Ay John! ¿Qué locura cometiste? Estaba desesperada. Tú y el bebé – susurró, mirando desconfiada al policía -. Los dos pasaron la noche en una celda. No podía quitarme la idea de la cabeza. Afortunadamente Mycroft vino a hacerme compañía.

John quedó de piedra.

-¿Mycroft?

La anciana se volvió hacia él con una sonrisa, mientras lo tomaba del brazo para que siguiera andando.

-Yo tampoco apruebo lo que le hizo a Sherlock, querido. No lo llamé ayer. Él se presentó de sorpresa. Sabes que tiene sus contactos así que se habrá enterado de tu detención apenas te apresaron.

John se pasó la mano por el rostro y la señora Hudson interpretó que estaba agotado.

-Apenas lleguemos a casa, vas a comer y derechito a la cama. Mycroft es un santo. Vino a acompañarme estando adolorido. Tenía la nariz lastimada por una caída que sufrió a la tarde.

Satisfecho, John suspiró interiormente.

-¿Cuánto tiempo se quedó con usted?

-Unas cinco horas, quizás seis. Se fue de madrugada, después de que tomé mis calmantes.

-¿En algún momento estuvo solo? – John se preocupó -. ¿Fue usted a prepararle café o le sirvió algo, dejándolo solo?

-¡Ay querido! – exclamó la casera -. ¿Qué significa todo este interrogatorio? Ya sé que el hombre tiene complejo de "Gran Hermano" pero no fue a dejar micrófonos o cámaras por mi sala. Por cierto, volveremos en taxi, yo pago. ¡Y no me salgas con que no es necesario!

En ese momento llegaron a la oficina. John firmó los documentos pertinentes y lo dejaron salir. Mientras esperaban un taxi, él imaginó los posibles lugares donde Mycroft podía haber plantado los dispositivos para desplegar su espionaje.

-Ya sé que no lo apruebas – lo interrumpió la anciana -. Sin embargo, en tu situación necesitas ayuda y Mycroft Holmes tiene el poder y el dinero para hacerlo. Es tu cuñado y el tío del bebé.

John la miró fijo.

-Señora Hudson, escúcheme con atención. No permita, bajo ninguna circunstancia, que Mycroft Holmes se le acerque. Cuando lleguemos a casa, subamos a mi departamento y le explicaré hasta donde pueda explicarle.

La casera iba a replicar pero justo su inquilino detuvo un taxi. Viajaron, John tratando de distraerse con los transeúntes y la señora Hudson pensando que era necesario que John aceptara la ayuda de su cuñado por el bienestar del bebé.

Al llegar, John subió a los trompicones y echó un vistazo a la sala de su casera.

-¿Qué te ocurre? – preguntó la anciana, ansiosa.

John cerró la puerta.

-¿Entró Mycroft a mi departamento?

-No – ella sacudió la cabeza.

-Entonces subamos allí – decidió.

Con un suspiro resignado, la señora Hudson lo siguió. John le ofreció el sofá, le trajo té y él se sentó en su sillón favorito.

-¿Qué es lo que te ocurre, John Watson? – demandó la casera, nerviosa.

El médico cruzó los dedos y se echó hacia adelante.

-Mycroft no es lo que él quiso que usted y yo pensáramos. Además de entregar a su propio hermano por el secreto de un código, ha hecho cosas terribles para lastimarme. Es una persona malvada, sádica y monstruosa. No puedo contarle más porque se alarmaría. Quisiera que me permitiera buscar micrófonos o cámaras en su sala.

-Querido, sé que en tu estado las hormonas. . .

-Las hormonas no tienen nada que ver – cortó John -. Conozco el funcionamiento hormonal en un embarazo. Esto es diferente. Tengo pruebas de que Mycroft es una persona peligrosa y cruel. No es lo que nos hizo creer que era.

La anciana se frotó la frente.

-John, lo que me estás diciendo es desconcertante.

-Pero es la verdad. Por favor, señora Hudson. No permita que se acerque a esta casa.

-Me parece que te equivocas con tu cuñado.

-Ojalá estuviera equivocado pero lo que le dije es lamentablemente la verdad. Hágame caso, por favor.

-Lo haré porque estás embarazado.

-Dígalo convencida. Recuerde que Mycroft tratará de manipularla.

-¡Basta John! – la señora Hudson sacudió las manos cansada -. No dejaré que Mycroft Holmes se me acerque ni pise esta casa. Aunque sigo pensando que si no fuera lo que dices que es, sería una excelente ayuda para ti.

-Gracias, señora H – sonrió John -. Si me autoriza, bajaré a revisar su sala.

La casera asintió, resignada.

-Haz lo que quieras. Tienes suerte de estar embarazado o no te tendría tanta paciencia.

-Gracias – John le sonrió de cuenta nueva y se acarició el vientre.

Mientras la señora Hudson miraba televisión, su inquilino dio vuelta la sala sin encontrar nada. Tal vez Mycroft la había visitado para jugar al buen samaritano. Después de una inspección minuciosa, puso todo en orden y subió. Encontró a la anciana dormida en el sofá con la tele encendida. John se le acercó, le besó la cabeza y fue a la cocina a preparar el almuerzo para los dos.

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Molly Hooper entró en su departamento con paquetes de mercaderías en ambos brazos. Los vació en la cocina, que estaba pintada de rosa y tenía un juego de sillas fucsia y una mesa roja. Su inquilino en el último mes no aprobaba el decorado pero como sabía que necesitaba de su ayuda para mantenerse oculto, se guardaba las protestas. Preparó dos emparedados de jamón y queso derretido, colocó una taza de té y un vaso de jugo de naranjas exprimidas en una bandeja floreada, y golpeó una puertita.

-Tu cena, Sherlock – avisó.

No hubo respuesta. Molly rodó los ojos. Era una persona dulce y paciente pero Sherlock Holmes ponía en juego sus virtudes. Desde que fingió su muerte, se las había pasado recluido en esa habitación, leyendo documentos y pensando. Apenas había salido unas tres veces para visitar el cementerio en el momento que deducía que John iría a llorar sobre tu tumba.

-Sherlock, ¿prefieres que abra y la deje adentro? – insistió.

-Si con eso me dejas tranquilo, entra – contestó la voz de barítono del detective.

Molly obedeció intentando hacer el menor ruido posible. Sherlock estaba echado en la cama con su bata, leyendo unos papeles. Sobre el colchón estaban esparcidas carpetas, libros y más papeles.

-¡Fue Mycroft! – estalló Sherlock bruscamente.

La joven dio un brinco del susto, mientras que el detective salía de la cama, ansioso, y recorría la pequeña recámara en círculos. Con las manos superpuestas y las yemas de los dedos rozando los labios, hablaba para sí mismo.

-Todo el tiempo fue él. James Moriarty no era más que una máscara, un actor muy bien pagado, al que más tarde le lavó el cerebro para que se volara los sesos frente a mí. Sí, fue Mycroft. Moriarty era carismático pero Mycroft ¡Oh! Él tiene el cerebro, la sangre fría y la astucia para ser el criminal asesor del mundo. Gracias a su trabajo, tiene contacto con las personalidades más poderosas, tiene el carácter de hierro para llegar a donde desea, y el dinero para manipular, torturar, asesinar y guiar los crímenes más perversos. Sólo él posee la inteligencia necesaria para hacerme sombra, sólo él pudo desafiarme y jugar conmigo. Sólo él, Mycroft Holmes.

-¿Quién es Mycroft? – interrumpió Molly.

Sherlock se detuvo y la miró, percatándose recién de su presencia.

-Mycroft Holmes, mi hermano.

-¿Tu hermano? – exclamó la joven y enseguida recordó al sujeto alto y de cabello cobrizo que había acompañado a Sherlock a la morgue en una ocasión.

-Siete años mayor, sí – contestó el detective escuetamente y siguió andando y analizando -. Mycroft me envidió desde que nací. No hay que conocerme en profundidad para entender por qué me convertí en el favorito de mis padres. Cuando descubrió que era tanto y más inteligente que él, sus celos rebasaron los límites. ¡Cómo lo odié estos años que me tuvo bajo su vigilancia asfixiante! No me protegía sino me espiaba para conocerme y saber cuándo dar el golpe final. Cruzó a ese taxista con aires de grandeza en mi camino para presentarme a su obra maestra, James Moriarty. ¡Me convenció! Porque Mycroft conoce mi única debilidad, el saberme superior a todos. Por eso creó a mi némesis, mostrándomelo primero como a un fan que manejaba criminales. Luego llegó su "Gran Juego". Él mismo me pidió que investigara a Andrew West mientras, de forma paralela, ponía a actuar a su creación en secuestros y bombas. Después contactó a Irene Adler por medio de Moriarty para burlarse y demostrarme que no soy puro cerebro. Pero olvidó que sé manejar mi corazón. Por último me desafió con su "Problema Final". Ay – sonrió -. Mi propio hermano, holgazán, gordo y sofocante jugando conmigo.

Molly se dejó caer en la silla.

-¡Qué familia! – suspiró -. Y yo que pensaba que con mi primo Albert tenía suficiente.

-¡John! – exclamó Sherlock, como partido por un rayo -. Va a buscar a John. Después irá por la señora Hudson.

-Debes proteger a tu esposo.

El detective se volvió hacia ella.

-¿Qué dices?

La joven se encogió de hombros.

-Sé que John Watson es tu esposo, Sherlock, desde hace medio año. Mírate la alianza. A partir de la noche que te traje aquí después de arreglar tu muerte, te la pusiste y no te la quitaste más.

Sherlock se observó el anillo. Cuando se casaran, lo había mantenido escondido para que nadie supiera de su relación con John pero, a partir del momento en que fingió su suicidio, se lo había colocado para seguir con John espiritualmente. Se preguntaba si su esposo, que también ocultaba el suyo, había hecho lo mismo.

-No te asombres de que me haya dado cuenta – continuó Molly, levantándose -. Me subestimas y no te fijas en mí pero yo sí me fijo en ti. Te observo cada detalle. Disfruta de tu cena, Sherlock. Buenas noches.

-Buenas noches.

La joven salió, cerrando la puerta. Sherlock no miró la comida. Sólo pensaba que necesitaba visitar a John de inmediato.

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Sherlock se coló por la ventana del dormitorio de su departamento a las dos de la mañana porque sabía que para esa hora su esposo ya estaría dormido y detestaba cerrar los vidrios.

La recámara estaba a oscuras pero el detective la conocía de memoria y no tropezó con nada. Recién encendió la linterna cuando llegó al borde de la cama para contemplar a John. Dormía como un ángel con la paz y la inocencia de un niño. Le observó la mano izquierda que salía de la sábana y descubrió el anillo. Al igual que él, se había puesto la alianza para seguir conectado a su esposo.

Sherlock sonrió, no con arrogancia sino con amor. Era una sonrisa especial, reservada sólo para John, la adorada y única razón de su vida. Con el sigilo de un felino, se sentó en la cabecera y le acarició el pelo, y con su insaciable curiosidad, husmeó la habitación. Sobre la mesa de luz encontró la caja y la prueba de embarazo.

-Positivo – murmuró, maravillado, y miró a su esposo.

John frunció los labios y siguió durmiendo.

-Nos cuidamos – susurró Sherlock, sin salir de su asombro -. Pero aún así lo estás. Oh, John.

Sherlock aborrecía emocionarse pero pensar en un criatura le produjo aprensión por la situación que estaban viviendo para tenerla, y también esperanza. Desconocía cómo ser un buen padre pero si era tan bueno en tantos aspectos, pensó que con su esposo podría salir adelante. A partir de este momento, lucharía por proteger a John y a su hijo.

El detective se acomodó junto a su esposo sin tocarlo para que no despertara y pasó la noche contemplándolo en silencio. Antes de que amaneciera, lo despidió con un beso suave en el pelo y con la yema de los dedos le acarició el vientre.

-Nos veremos pronto, John – le prometió con la sonrisa, que sólo a su esposo y a su hijo les pertenecía.